I
—Il y a terriblement d’années, je m’en allais chasser le gibier d’eau dans les marais de l’Ouest —et comme il n’y avait pas alors de chemins de fer dans le pays où il me fallait voyager, je prenais la diligence…
«Que te vaya bien, y que caces muchas perdices», pensó Clara, apartándose de la entrada del aula. La voz del Lector dejó de oírse; estupendo lo bien aislados que estaban los salones de la Casa, bastaba retroceder un par de metros para reingresar en el silencio levemente zumbador de la galería. Caminó hacia el lado de las escaleras y se detuvo indecisa en el cruce de otro corredor. Desde ahí se oía distintamente a los Lectores de la sección A, novela inglesa moderna. Pero era difícil que Juan estuviera en uno de esos salones. «Lo malo es que con él nunca se sabe», se dijo Clara. Entonces quiso ir a ver, apretó con rabia la carpeta de apuntes y tomó a la izquierda, lo mismo daba un lado que otro. «Was there a husband?» «Yes. Husband died of anthrax.» «Anthrax?» «Yes; there were a lot of cheap chaving brushes on the market just then»
Nada de malo pararse un segundo para ver si Juan
«some of them infected. There was a regular scandal about it». «Convenient», suggested Poirot. Pero no estaba. Las siete y cuarenta, y Juan la había citado a las siete y media. El gran sonso. Estaría metido en alguna de las aulas, mezclado con los parásitos de la Casa, escuchando sin oír. Otras veces se encontraban en la planta baja, al lado de la escalera, pero a lo mejor a Juan le había dado por subir al primer piso. «Qué sonso. A menos que se le haya hecho tarde, a menos que…» Otras veces era ella la que llegaba tarde. «Vamos hasta la otra galería, seguro que anda metido por ahí»,
dans les mélodies nous l’avons vu, les emprunts et les échanges s’effectuent très souvent par-
y nada, no estaba. «Este Lector tiene buena voz», se dijo Clara, parándose cerca de la puerta. La sala estaba muy iluminada y se veía el cartelito con el título del libro: Le Livre Des Chansons, ou Introduction à la Chanson Populaire Française (Henri Davenson). Capítulo II. Lector: Sr. Roberto Chaves. «Éste debe ser el que leyó La Bruyère el año pasado», pensó Clara. Una voz liviana, sin énfasis, soportando bien el turno de cinco horas de lectura. Ahora el Lector hacía una pausa, dejaba caer un silencio como una cucharada de tapioca. Los oyentes sabían, por la duración del silencio, si se trataba de un punto y aparte o de una llamada al pie de página. «Una llamada», pensó Clara. El Lector leyó: «Voir là-dessus la seconde partie de la thèse de C. Brouwer, Das Volklied in Deutschland, Frankreich…». Buen Lector, uno de los mejores. «Yo no serviría, me distraigo, y después corro como un perro.» Y los bostezos nerviosos al rato de leer en voz alta, se acordó de que en quinto grado la señorita Capello le hacía leer pasajes de Marianela. Todo iba tan bien las primeras páginas, después los bostezos, el lento ahogo que poco a poco le ganaba la garganta y la boca, la señorita Capello con su cara de ángel oyendo en éxtasis, la pausa forzada para contener el bostezo —le parecía sentirlo otra vez, lo transfería al Lector, lo lamentaba por él, pobre diablo—, y otra vez la lectura hasta el siguiente bostezo, no, con toda seguridad no serviría para la Casa. «Aquél es Juan», pensó. «Ahí viene tan tranquilo, en la luna, como siempre.»
Pero no era, sólo un muchacho parecido. Clara rabió y se fue al lado opuesto de la galería, donde no había lecturas y, en cambio, se olía el café de Ramiro. «Le pido una tacita a Ramiro para sacarme la rabia.» Le molestaba haber confundido a Juan con otro. La gorda Herlick hubiera dicho: «¿Ves? Trampas de la Gestalt: dadas tres líneas, cerrar imaginariamente el cuadrado. Dado un cuerpo más bien flaco y un pelo castaño y una manera de caminar arrastrando un ocio porteño, ver a Juan». La Gestalt podía… Ramiro, Ramiro, qué bien me vendría una taza de su café, pero el café es para los Lectores y para el doctor Menta. Café y lecturas: la Casa. Y las ocho menos cuarto.
Dos chicas salieron casi corriendo de un aula. Cambiaban frases como picotazos, ni vieron a Clara en su apuro por llegar a la escalera. «Capaces de irse a escuchar otro capítulo de otro libro. Como si movieran el dial de la radio, de un tango a Lohengrin, al mercado a término, a las heladeras garantidas, a Ella Fitzgerald… La Casa debería prohibir ese libertinaje. De a uno en fondo, queridos oyentes, y a no prenderse de Stendhal hasta no acabar Zogoibi.» Pero en la casa mandaba el doctor Menta, siervo de la cultura. Lea libros y se encontrará a sí mismo. Crea en la letra impresa, en la voz del Lector. Acepte el pan del espíritu. «Esas dos son capaces de subir para oírle a Menghi alguna novela rusa, o versos españoles tan bien dichos por la señorita Rodríguez. Tragan todo sin masticar, a la salida comen un sándwich en la cantina de la Casa para no perder tiempo, y se largan al cine o a un concierto. Son cultas, son unas ricuras. En mi vida he visto pedantería más al divino botón…» Porque hubiera sido inútil preguntarle a una de esas chicas qué pensaba de lo que ocurría en la ciudad, en las provincias, en el país, en el hemisferio, en la santa madre tierra. Informaciones, todas las que uno quisiera: Arquímedes, famoso matemático, Lorenzo de Médicis, hijo de Giovanni, el gato con botas, encantador relato de Perrault, y así sucesivamente… Estaba otra vez en la primera galería. Algunas puertas cerradas, un zumbido de mangangá, el Lector. Les Temps Modernes, N.° 50, diciembre 1949. Lector, Sr. Osmán Caravazzi. «Yo debería hacer la prueba de oír revistas», pensó Clara. «Puede ser divertido, primero un tema y después otro, como cine continuado: La lectura empieza cuando usted llega.» Se sentía cansada, fue hasta donde la galería daba sobre el patio abierto. Ya había estrellas y lámparas. Clara se sentó en uno de los fríos bancos, buscó su tableta de Dolca con avellanas. Desde una ventana de arriba llegaba una voz seca y clara. Moyano, o quizá el doctor Bergmann que había leído todo Balzac en tres años. A menos que fuera Bustamante… En el tercer piso estaría la doctora Wolff, gangosa con su Wolfgang gangoso Goethe; y la pequeña Mary Robbins, lectora de Nigel Balchin. Clara sintió que el chocolate la enternecía, ya no estaba enojada con su marido; a las ocho no le molestaron las campanadas del gran reloj de la esquina. En el fondo la culpa la tenía ella por venir a la Casa, porque a Juan maldito sí le importaban las lecturas. En un tiempo en que resultaba difícil dictar cursos interesantes o pronunciar conferencias originales, la Casa servía para mantener caliente el pan del espíritu. Sic. Para lo que verdaderamente servía era para juntarse con algún amigo y charlar en voz baja, cumpliendo de paso el vistoso programa de trabajos prácticos combinado por el doctor Menta y el decano de la Facultad. «Pero claro, doctor, pero claro: la juventud es la juventud, no estudian nada en su casa. En cambio, si usted les hace oír las obras, dichas por nuestros Lectores de primera categoría (cobraban sueldo de profesores, esas cornucopias), la letra con miel también entra, ¿no es cierto, doctor Menta? El doctor Menta… Pero si sigo reconstruyendo sus canalladas», pensó Clara, «acabaré por creer en la Casa». Prefirió morder a fondo la tableta de Dolca. Y al fin y al cabo la Casa no estaba tan mal; so pretexto de difundir la cultura universal, el doctor Menta había acomodado a docenas de Lectores, pero los Lectores leían y las chicas escuchaban (sobre todo las chicas, siempre buenas alumnas y tan atentas al programa de trabajos prácticos), y algo quedaría de todo eso, aunque más no fuera Nigel Balchin.
—Mañana a la noche —explicó Juan—. El examen final. Sí, pero claro que vamos a almorzar. Y al concierto, seguro. El examen es a la noche, hay tiempo para todo.
Cuando colgó, rabiando por lo mal que había oído a su suegro y lo tarde que se le hacía, vio a Abel que entraba al bar por la puerta de Carlos Pellegrini. Abel estaba de azul, palidísimo y flaco, como de costumbre no miraba a nadie de frente y se movía a lo cangrejo, evitando más las caras que las mesas.
—Abelito —murmuró Juan, acodado al mostrador—. ¡Abelito!
Pero Abel se quedó en un rincón sin verlo o a lo mejor sin querer verlo, mirando la pared. Juan revolvió el café. Lo había pedido por costumbre, sin ganas de tomarlo. Nunca le había gustado telefonear desde un bar sin pedir antes alguna cosa. De espaldas, Abel parecía todavía más flaco, cargado de espaldas. Hacía tanto que no se veían, en otros tiempos Abelito no tenía ese traje azul. «Anda con plata», pensó Juan. En realidad lo más natural hubiera sido que Abelito y él se saludaran, aunque fuera desde lejos y sin darse la mano. Nunca se habían peleado, como para pelearse con Abel. Se acordó vagamente de las babosas que aparecían a veces en el cuarto de baño de su casa, cuando volvía tarde en sus tiempos de estudiante. Pobre Abelito, realmente era demasiado compararlo con… Tragó el café tibio y demasiado dulce, miró con cariño el paquete con la coliflor. Desde el primer momento había instalado el paquete sobre el mostrador, cerca del teléfono, para que no fueran a plantarle una mano o un codo encima. Ahora un rubio en mangas de camisa hablaba a gritos por teléfono. Juan miró una vez más a Abel que se había sentado en la otra punta del café, pagó y salió llevando con mucho cuidado el paquete.
Caminó por Cangallo, sorteando a los transeúntes apurados. Hacía calor, hacía gente. Los cafés de las esquinas estaban llenos. «Pero a esta hora, ¿qué carajo hacen todos estos tipos?», pensó Juan. «¿Qué vidas, qué muertes están incubando? Yo mismo, qué diablos tengo que hacer en la Casa. Más me hubiera valido toparlo a Abel, preguntarle por qué anda con la cara planchada…» Al verlo en el café, esa rápida sospecha de que quizá Abelito… Pero es que a nadie le gustaba Abelito; razón de más para encontrárselo en los cafés. Pobre Abel, tan solo, tan buscando algo.
«Si buscara de veras ya nos habría encontrado», pensó.
Cruzó Libertad, cruzó Talcahuano. La Casa tenía las luces extra de los jueves. «No se pierden un aula, meten seis mil escuchas en tandas de a mil. Cuánto lamenta Menta no tener el Kavanagh…» Y en su despacho estaría, de azul oscuro o de negro, revisando expedientes, atendiendo a un público lleno de buenas intenciones, creemos que debería repetirse el curso de Dostoievsky, y el de Ricardo Güiraldes. Se pierde demasiado tiempo con las revistas centroamericanas. ¿Cuándo se abrirá la cinemateca? El doctor Menta lamenta, pero en el aula 31 tienen para seis semanas más con Pérez Galdós. «Nada fácil dirigir la Casa», pensó Juan. Subió los escalones de a dos y casi choca con el ñato Gómez, que salía corriendo.
—Avisá si andás rajando de la policía.
—Peor que eso, me escapo de la gordita Maers —dijo el ñato—. Cada vez que me pesca se pone a explicarme Darwin y la conducta de los antropoides.
—Mi madre —dijo Juan.
—Y la suya, porque me habla de la familia y de una hermana que tiene en Ramos Mejía. Hasta luego. ¿Te va bien?
—Sí, me va bien. ¿Y vos?
—Yo estoy en Impuesto a los Réditos —dijo el ñato y se fue, lúgubre.
Juan cruzó la galería hasta el patio donde-con-seguridad-Clara-furiosa. Se le acercó por detrás, le hizo cosquillas.
—Odioso —dijo Clara, alcanzándole el final del Dolca.
—Olés a cumpleaños. Correte para que me siente. Tenés el aire de la víctima, del sujeto de laboratorio. El doctor Menta lamenta.
—Asqueroso.
—Y me recibís con la gracia que asiste a las fuentes, a las colinas.
—Son las ocho y veinte.
—Sí, el tiempo ha seguido y nos ha pasado.
El tiempo, como un niño
que llevan de la mano
y que mira hacia atrás…
—Este hai-kai lo escribí hace dos años, date una idea… Clara, en este paquete tengo un coliflor prodigioso.
—Comételo, y si querés vomitalo. Además, se dice la coliflor.
—No es para comerlo —explicó Juan—. Este coliflor es para llevar en un paquete y admirarlo de cuando en vez. Creo que el presente es un momento propicio para la admiración del coliflor. De modo que…
—Me gustaría más no verla —dijo Clara, orgullosa.
—Apenas un segundo, para que lo conozcas. Me costó noventa en el Mercado del Plata. No pude resistir a la hermosura, entré y me lo envolvieron. Era más hermoso que un primitivo flamenco y ya sabés que yo… Balconeá un poco…
—Es linda, la veo muy bien así, no la destapés del todo.
—Tiene algo de ojo de insecto multiplicado por miles —dijo Juan, pasando un dedo sobre la apretada superficie grisácea—. Fijate que es una flor, enorme flor de la col, coliflor. Che, también tiene algo de cerebro vegetal. Oh, coliflor; ¿qué piensas?
—¿Por eso te retrasaste?
—Sí. También le telefoneé a tu papi que nos invita a almorzar mañana, y lo estuve mirando a Abel.
—Sabés perder el tiempo —dijo Clara—. Abel y papá… Prefiero la coliflor.
—Contaba además con tu perdón —dijo Juan—. Aparte de que estamos a tiempo de oírlo un rato a Moyano. Yo sé que a vos te gusta tanto la voz de Moyano. El gran acariciador acústico, el violador telefónico.
—Sonso.
—Pero si está bien así. El tipo lee con tal perfección que ya no interesa lo que lee. Y a mí me gustan las tres rubias que se sientan a bebérselo en la primera fila. El pobre, el galán superheterodino. Esperá que rehaga el paquete, me podrían estropear el coliseo, el colosal coliflor, el brillante colibriyo, el colifato.
De un salón de la izquierda, al principio de la galería, venía como una salmodia ahogada por las puertas de vidrio. «Leen a Balmes», pensó Clara, «o será Javier de Viana…». Una pareja llegaba corriendo, se separaron para leer los cartelitos en las puertas, cambiando señas iracundas. Zas, de cabeza en Romance de Lobos, lector Galiano Sifredi. Un chico de grandes anteojos leía aplicadamente el lema de la Casa, letras de oro en la pared.
L’art de la lecture doit laisser l’imagination de l’auditeur, sinon tout à fait libre, du moins pouvant croire à sa liberté.
Stendhal
(Pero nadie ignoraba que la frase era de Gide, y que se la habían vendido al doctor Menta como buena.)
«Inventar el ideario apócrifo», pensó Clara. «Hacerle decir a un prócer lo que debió decir y no dijo; ajustar la estúpida temporalidad, dar al César lo que debería ser del César pero que dijeron Federico II o Yrigoyen…»
—Vamos —dijo Juan, tomándola del brazo—. Con tal que haya sillas.
A mitad de la escalera se pararon a examinar el busto de Caracalla. A Clara le gustaba el gesto dominador de las cejas, cerrándose sobre los ojos como puentes. Siempre lo acariciaba al pasar, deplorando la rajadura de la nariz que le daba un aire bellaco.
—Un día te va a plantar un mordisco en la mano. Caracalla era así.
—Los Césares no muerden. Y con ese nombre tan dulce, Caracalla, señor de los romanos.
—No es un nombre dulce —dijo Juan—. Restalla como los látigos de sus cocheros.
—Confundís con Calígula.
—No, ése suena a raíz amarga. Dos granos de calígula en un vaso de miel. O si no esto: el cielo está caligulado, ¿quién lo desencaligulará? Adiós, doctora Romero.
—Buenas noches, jóvenes —dijo la doctora Romero, bien agarrada del pasamanos.
—Movete, Juan, Moyano habrá empezado a leer hace veinte minutos.
—Fuiste vos la que se paró a masturbar a ese pobre César.
—¿Qué querés? Se lo merece, es bueno conmigo. Nadie lo mira; él, que fue tan mirado.
—Pero Cara calla —dijo Juan—. Los romanos eran así. La doctora Romero está hecha un elefante. El elefante se da vuelta y contempla mi paquete. Ha olido el coliflor.
—¿Y vas a entrar con eso al aula? —dijo Clara—. Harás ruido con el papel, molestarás a todo el mundo.
—Si pudiera ponerme el coliflor en el ojal, ¿eh? Capricho caracallesco. Te parece hermoso, ¿verdad? Un coliflor como ya no hay más.
—Es pasable. En casa las compran más grandes.
—Tu famosa casa —dijo Juan.
El Lector pausó su final de capítulo. Antes de iniciar el siguiente dio tiempo a las toses, la aparición de pañuelos, el rápido comentario. Como un pianista veterano, concedía unos segundos de relajación, pero no demasiado, no se fuera ese fluido, esa sustancia tensa que pegaba su voz a la gente, su lectura a las atenciones no siempre fáciles.
Inclinándose levemente,
Moïse prenait de l’âge, mais aussi de l’apparence. Les banquiers ses contemporains, qu’il avait dépassés à trente ans en influence, à quarante en fortune…—
—Dejame poner el paquete entre los dos —pidió Juan—. Esta gorda que tengo a la izquierda es muy capaz de aplastarme el coliflor.
—Dámela —dijo Clara, apretando el papel (que crujió, y Andrés Fava dio vuelta la cara y les hizo una mueca). En el por fin silencio, la voz del Lector caía sin esfuerzo de su discreta altura. Clara se acordó de golpe.
—¿Qué hacía?
—¿Quién?
—Abelito en el café.
—No sé. Buscarte, quizá.
—Ah. Pero me busca justamente donde no estoy.
—Por eso —dijo Juan— te busca.
—Cállense —rezongó Andrés—. Llegan ustedes y se va todo al diablo. Me desconcentro, ¿entendés? Me descerebro.
«Abelito», pensó Clara, mirando amistosamente el pescuezo un poco flaco de Andrés, detallando implacable la vulgar permanente que estropeaba a Stella, porque naturalmente Stella estaba sentada al lado de Andrés. «Sí, me busca justamente donde no estoy, donde nunca estuve. Pobre Abelito.»
Stella metía despacio la mano en el bolsillo de Andrés. Despacio Stella metía la mano. Stella, en el bolsillo de Andrés, metía la mano despacio. Nada fácil meter una mano (ajena) en el bolsillo del pantalón de un hombre sentado. Andrés se hacía el sonso y la miraba de reojo. Lo gracioso era que el pañuelo estaba en el otro bolsillo.
—Me hacés cosquillas.
—Dame el pañuelo, voy a estornudar.
—Lloremos juntos, amor, pero no lo tengo.
—Sí tenés un pañuelo.
—Sí tengo un pañuelo, pero no para vos.
—Odioso.
—Resfriada.
—Vos sos el que reclama silencio —le dijo Juan— y ahora armás un lío por un pañuelo. Más respeto por la cultura, che. Dejen oír.
—Eso —dijo un tipo gordo sentado a la derecha de Stella—. Más respeto.
—Seguro —dijo Juan—. Es lo que yo digo, señor: más respeto.
—Eso —dijo el tipo gordo.
Clara escuchaba Eglantine:
Eglantine entrait, et redonnait subitement leur réalité, pour les yeux de Moïse ému, au taupé et au Transvaal
y apreciaba en el Lector el arte de leer con un mínimo de gestos. «Yo revolearía las manos en todas direcciones», pensó Clara, «y Juan para leerme una noticia de Crítica es capaz de voltear la silla». Por completo distraída, incapaz de concentrarse en Eglantine (pensaba leerla por su cuenta, como tantos libros que después no leía), miró de nuevo la espalda de Andrés, el pelo de Stella, la cara indiferente del Lector. Se sorprendió explorando con los dedos el contenido del paquete, andando como un bicho por la fría superficie arrugada de la coliflor. Se llevó los dedos a la nariz: olía débilmente a afrecho húmedo, a tiempo lluvioso en una sala con piano y muebles enfundados, a Para Ti guardado.
Juan le permitió que cuidara el paquete y aprovechó la siguiente pausa en la lectura para sentarse a la izquierda de Andrés. Ahora podían hablar sin que el tipo gordo se molestara, porque el tipo gordo se había puesto a charlar con una señora de aire jubilado y vestido violeta.
—Un día se descubrirá el verdadero contenido de un bolsillo —dijo Juan— y se verá que tenía muy poco que ver con Charles Morgan.
—La introspección de la persona —dijo Andrés—. ¿Qué contás, che?
—Todo sigue igual, hermano. Usted, Stella, preciosa como de habitúdine.
—Usted siempre el mismo —dijo Stella—. Todos los amigos de Andrés son los mismos mentirosos y sinvergüenzas.
—Encanto de chica —dijo Juan a Andrés—. Tenés un tesoro en tu casa, y seguro que no te das cuenta.
—No creas —dijo Andrés—. Soy el más indicado para apreciar los méritos y encantos de Stella. Ya he llenado varios cuadernos de elogios, y la posteridad sabrá un día lo que fue para mí la ciudad con Stella.
—¿Usted escribe, joven? —dijo Juan—. Qué notable, ¿no? Qué promisor.
—¿Y usted, mocito? ¿No escribe? Sería una tristeza, créame.
—Oh, quédese tranquilo, joven. Yo también escribo. Todos, todos escribimos en nuestro inteligente medio. En cuanto a usted, he oído rumores de que lleva una especie de diario que alguna vez me gustaría campanear, si es gustoso.
—Vos te lo habrás buscado —dijo Andrés—. Pero no es un diario, sino un noctuario.
—¿Ustedes oyeron? —dijo Stella—. Parecía una sirena.
—Era una sirena —dijo Clara—. Y capaz de perforar las planchas aisladoras de nuestra santa Casa.
—La mitología acaba por coincidir con la ruda realidad —dijo Andrés—. Personalmente opino que podríamos irnos a charlar a algún sitio donde se puedan emplear a fondo las cuerdas vocales. Stella, adorada mía, vos no te enojarás si interrumpimos tu íntimo coloquio con la literatura.
—Pero si apenas faltan cinco minutos —se quejó Stella, que confundía fácilmente la asistencia con el aprovechamiento.
—Cinco minutos, una perfecta basura —dijo Andrés—. Aparte de que Clara no nos deja escuchar con ese ruido de papeles. Che, es increíble la devoción de la gente por las bellas letras. Una noche en el ringside del Luna Park me encontré a un tipo que entre pelea y pelea se leía dos paginitas de Jaspers.
—Yo no te fastidio con ningún ruido de papeles —dijo Clara—. Es éste, que se compró una legumbre y me la pasa para que se la cuide.
—No quiero que lo machuquen —dijo Juan—. Como te decía antes de que nos interrumpieran tan groseramente, no me desagradaría nada que me dieses a leer tus últimos ensayos. Tengo un elevado concepto de tu prosa, y además acato con humildad mi destino, consistente en leer las vidas y opiniones de los demás. Con Abelito era lo mismo. Y con Clara es peor: me informa por vía oral, de la fábrica al consumidor. Intimidad, date una idea. Su madre tenía cuatro dientes falsos, el hermano junta discos de Sinatra. ¿Para qué venimos a la Casa? Los mejores libros están fuera.
—Las nueve menos cinco —dijo Stella—. Hoy estuve de desatenta…
—No sufras, querida —dijo Andrés—. Cuando se acabe ésta te llevo a oír una de Vicki Baum.
—Malo. No ves que quiero practicar el francés. Me distraigo por culpa de ustedes. Qué cosa.
Clara le posó la mano por el pelo, enternecida. «¿Se hace la idiota o es idiota?», pensó. «Pobre Andrés, pero él la eligió, parece.» Stella tenía un pelo abundante que se dejaba invadir por los dedos y resbalaba suavecito. Le hacía como un halo a través del cual vio Clara al Lector que cerraba el libro y se levantaba. Las sillas se pusieron a crujir y a chirriar como si empezaran por su cuenta los comentarios a la lectura. «Lo que han de saber las pobres», pensó Clara. Un libro tras otro, semanas y semanas. La luz parpadeó dos veces, se apagó, volvió a encenderse: una de las ideas del doctor Menta para desalojar rápidamente la Casa a las nueve de la noche.
Andrés salió al lado de Clara y palpó el paquete.
—Buena hortaliza —dijo—. Vos estás un poco flaca.
—La vela de armas —dijo Clara—. Mañana examen final. ¿Para qué venís aquí, Andrés?
—Oh, en realidad la traigo a Stella para que practique fonética. A mí me da lo mismo estar o no estar. Me debe haber quedado la costumbre de cuanto estudiaba en la Facultad, y además siempre se encuentra a algún amigo. Ya ves esta noche, tuve suerte.
—La verdad es que nos vemos tan poco últimamente —dijo Clara—. Qué vida idiota.
—No incurrás en pleonasmos. Pero la Casa es divertida y Stella se imagina que nos hace bien a los dos. Personalmente lo que más me gusta de la Casa son los sándwiches que se comen en la cantina. Los de paté sobre todo.
Clara lo miró de reojo. El habitual, el insólito, la escurridiza cucaracha anteojuda. Y él se rió de golpe, contento.
—¡Pobre, así que estás en capilla! ¿Y por qué perdés el tiempo aquí?
—Es mejor, ya no podemos estudiar más —dijo Juan—. Entrenamiento liviano la víspera de la pelea. Clara va a aprobar, es seguro. Yo no sé. A veces te preguntan cada cosa…
—De verdad —dijo Stella—. Es como en las audiciones del shampú, yo me como las uñas, me dan unos nervios…
(Stella
«Señorita, ésta va por cincuenta pesos. ¿Acepta?
» Yo…
» Muy simpático, señorita. Así me gustan las chicas valientes. Vamos a ver, señorita.
»¿Quién descubrió el principio de la flotabilidad de los cuerpos?»)
—Hay que apelar a los trucos —dijo Andrés—. A pregunta estúpida respuesta absurda. Los tres tipos de la mesa se quedan pensando si les estás tomando el pelo o si realmente tenés algo en el mate. Como pasa el tiempo, se aburren y te aprueban.
—A vos te parece fácil —dijo Juan—, pero un examen final no es macana. Sobre todo para mí, que pago las culpas de un autodidactismo más bien desorganizado, porque habría que ser idiota para creer que se aprende algo en las santas aulas argentinas.
—Clara debe saber —dijo Stella—. Seguro que estudió muchísimo.
—Todo el programa —dijo Clara, suspirando—. Pero es como un pozo: miro al fondo y no me veo más que a mí, con la cara lavada.
—Tiene un susto padre —explicó Juan—. Pero ella va a aprobar. Che, ¿adónde vas ahora?
—A ver pasar la noche, a tomar un vermú con Stella.
—Y con nosotros.
—Bueno.
—Y hablaremos de máscaras negras —dijo Clara.
—Y de Antonio Berni —dijo Stella, que admiraba a Antonio Berni.
Andrés y Juan se quedaron atrás. Las chicas iban del brazo, mezcladas con la gente que salía de otras salas. Oyeron la voz de Lorenzo Wahrens, que terminaba presuroso la lectura de un capítulo. Muchos oyentes se amontonaban en la puerta de la sala, salían en puntas de pie con aire un poco avergonzado.
—¡Pobre autor! —dijo Andrés—. Mirá cómo rajan antes de que acabe Wahrens.
—Qué querés, viejo, está leyendo La Nouvelle Héloïse —dijo Juan.
—De acuerdo, pero, ¿vos te explicás esta ansiedad por mandarse mudar? Lo mismo es en el cine; media hora de cola para entrar, y después les falta tiempo para salir disparando… Formas superficiales de la ansiedad, supongo. También supongo que en todas partes será igual. Lo digo porque aquí hay una cantidad de sociólogos improvisados que creen reconocer conductas específicamente argentinas donde sólo hay conductas específicas a secas. Todas las pavadas que se han dicho sobre nuestra sociedad, nuestro escapismo…
—La verdad es que aquí la gente está siempre ansiosa —dijo Juan—. Lo malo es que los motivos de su ansiedad suelen ser tan importantes como la pava del mate (andá a ver si ya hirvió, apurate, seguro que ya hirvió, Dios mío, uno no se puede descuidar ni un minuto…).
—Che, el mate es una cosa importante —dijo Andrés.
—O el miedo a perder el tren, aunque salga uno cada diez minutos. Mirá, una vez me aboné a un ciclo de cuartetos. A mi lado había una señora que en todos los conciertos se iba antes de que empezara el último movimiento del último cuarteto. Como ya éramos amigos, la tercera vez me explicó que si perdía el tren para Lomas de Zamora tendría que esperar veinte minutos en Constitución. Y así cambiaba veinte minutos por el Assez vif et rythmé de Ravel.
—Peores cosas se han cambiado por un plato de lentejas —dijo Andrés—. Fijate que de una manera u otra el hombre repite siempre los crímenes básicos. Un día es Ixión y al otro un pequeño Macbeth de oficina. Pensar que después nos atrevemos a solicitar certificado de buena conducta.
—Tal vez por eso yo siempre tengo miedo cuando entro en la policía —dijo Juan—. Nadie tiene el prontuario en blanco, che.
—Andá a saber —dijo Andrés— si las cosas que tomamos por desgracias o enfermedades no son simplemente sanciones. Me imagino que el viejo Freud no decía otra cosa, pero yo pienso ahora en la calvicie, por ejemplo. ¿No te parece que a lo mejor los calvos sucumben a un inconsciente-Dalila, o que los artríticos se dieron vuelta a mirar lo que no debían? Una vez soñé que me castigaban con la pena capital. Entendé que no aludo a la muerte: todo lo contrario. La pena era capital porque consistía en vivir del otro lado del sueño, acordándome todo el tiempo que lo había olvidado, y que el castigo era eso, haberlo olvidado.
—Abel hablaba así a veces —dijo Juan—. Su nombre lo sindicaba como víctima jugosa. Tal vez por eso anda con ganas de dar vuelta los papeles, se hace el malo con los espejos.
Andrés no dijo nada. Empezaron a bajar por Cangallo, sintiendo el calor en la cara.
—Cuidame bien el paquete —pidió Juan, adelantándose—. Mejor dámelo a mí, Clarita; vos, querida mía, sos una calamidad en la calle.
Volvió a ponerse al lado de Andrés. Stella proponía que fuesen a caminar por la recova y a comer algo en una parrilla. Subieron hasta Sarmiento para tomar el 86, pero Clara quiso telefonear a su casa y se quedaron en la esquina esperándola. Andrés miraba estimativamente a Juan.
—Sos un tipo colosal. ¿No tendrías que ir a estudiar un poco?
—Prefiero un litro de semillón y charlar con vos. Fijate que nos vemos muy poco, casi como si fuéramos amigos íntimos.
—Dios nos libre de eso, y te libre a vos de las malas paradojas. ¿No notás una cosa en el aire?
—Neblina, tesoro —dijo Stella—. A esta hora se levanta la neblina.
—Macanas, nena. A esta hora no se levantan más que las putas y los bailarines. Pero como ser neblina, es.
—El centro está húmedo —dijo inútilmente Juan.
—La ropa se pega a la piel —dijo Stella—. Esta mañana cuando me desperté me parecía que las sábanas estaban mojadas.
—Cuando tú te despiertas
sangra el despertador.
Cuando tú te despiertas
son las once y cuarenta.
Amor, sábanas húmedas,
cuando tú te despiertas —dijo Andrés—. Te regalo esta letra de bolero para que reconfortes tu corazoncito candombero.
Stella le pellizcó una oreja, lo zamarreó contentísima.
—Cuando yo me despierto —dijo Juan— lo primero que se me ocurre como medida de emergencia es volver a dormirme.
—Lo que llaman cerrar los ojos a la realidad —dijo Andrés—. Ahora fijate en esto, que es importante. Hablás de volver a dormirte y tratás de hacerlo. Pero
