NOTA A LA PRIMERA EDICIÓN
La generosidad de amigos, de personas conocidas y desconocidas, me ha permitido recoger estas cartas que aparecen ahora, a quince años de la muerte de Cortázar. Imposible excluirlas del cuerpo de la “obra”; pese a su espontaneidad y, a veces, a su carácter circunstancial, forman el revés de la trama de la vida y la escritura del autor.
Los azares de viajes, de incidentes y accidentes personales de los destinatarios, fueron mermando insidiosamente este verdadero mar de papeles. La voluntad de salvarlos fue más fuerte que la conciencia de mis limitaciones para este tipo de tarea.
Diré en particular que la exclusión de algunas cartas y de algunos pasajes de ellas no ha obedecido, en ningún caso, a forma alguna de censura. Se ha tratado de evitar en lo posible las repeticiones y las referencias a cuestiones de escasa importancia para el lector.
Las pocas notas (Cortázar era enemigo de que se interrumpiera la continuidad de la lectura) tienen por objeto, sobre todo, dar al lector alguna información sobre hechos y personas que pueden resultarle desconocidos, en la mayor parte de los casos, por razones generacionales. Para facilitar su acceso, se han situado al final de cada carta. Las referencias de Cortázar a su propia obra figuran con asterisco al pie de página.
Los originales en inglés y francés, cuya ortografía se ha respetado, van seguidos de la traducción. También se han traducido ciertas frases en esas lenguas.
Para terminar, espero que algún día estas cartas, más las que puedan aparecer a lo largo de los años, sean objeto de la edición crítica que merecen.
Quiero agradecer, por último, a todas las personas e instituciones como el Centro Damián Bayón del Instituto de América, de Granada, y la Mandeville Special Collections Library, de la Universidad de California, que respondieron diligentemente a mi pedido, así como quienes me ofrecieron espontáneamente las cartas que poseían. A todas ellas añado a Gladis Yurkievich, sin cuya infatigable colaboración mi trabajo no hubiera sido posible.
Aurora Bernárdez
NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN
Ésta es una versión corregida y muy aumentada de la edición de las cartas de Julio Cortázar que preparó Aurora Bernárdez con la colaboración de Gladis Yurkievich y publicó Alfaguara en Buenos Aires el año 2000. (Muy aumentada: incluye más de mil cartas nuevas.) Para subsanar errores, hemos cotejado las trascripciones y los originales que estaban a nuestro alcance: aproximadamente un noventa por ciento del total.
Aunque algunas de estas cartas fueron manuscritas con una caligrafía perfectamente legible, la enorme mayoría fue escrita a máquina. Cortázar era un mecanógrafo excelente y su ortografía en español, impecable; hemos tenido que corregir poquísimas erratas en este idioma y hemos conservado alguno de sus caprichos ortográficos (por ejemplo, “en el interín” por “en el ínterin”, “jira” por “gira”). Hemos reproducido verbatim los distintos modos de fechar los encabezados y hemos regularizado las formas diversas que usó para destacar palabras o frases, indicar títulos de obras, nombres de editoriales, etc. Las confusiones en la transcripción de nombres propios y las grafías incorrectas en otros idiomas son del autor, salvo en aquellos casos –esperemos que escasísimos– en que no hayamos podido detectar nuestros propios errores de copia.
Tras largas discusiones, hemos decidido restituir todos los fragmentos que en la primera edición fueron suprimidos por repetitivos o porque se referían a cuestiones que podrían resultar de escasa importancia para el lector. En el año 2011 Cortázar ya debe ser considerado un clásico de la literatura en español del siglo XX, y por lo tanto no corresponde a los editores sino al lector valorar lo acertado de esta voluntad inclusiva. Así, cuando aparecen corchetes de supresión […], el signo indica que por voluntad de los destinatarios –o por el deterioro de los originales– se ha suprimido un fragmento. En Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Woody Allen se burlaba de los estudios freudianos a que dio pie la publicación de Las listas completas de ropa de Hans Metterling (Venal & Sons editores), uno de cuyos grandes enigmas era por qué ese gigante de la escritura suprimió súbitamente los calcetines en la lista semanal para la lavandería. Esperamos que las minucias de esta edición no den la impresión de que nos hemos atrevido a tanto.
Hay ocasiones en las que aspirar a una correspondencia “integral” no es descabellado: autores ha habido que conservaron, ordenadas, copias de todas y cada una de las cartas que escribieron y recibieron a lo largo de su vida. ¡Felicidad, y facilidad, de los editores de las 8.500 cartas que forman los últimos 32 volúmenes de las obras completas de Tolstói, conservadas junto a otras 1.500 en el museo que lleva su nombre, en Moscú! Lamentablemente, Cortázar guardó muy pocas copias de las que escribió (apenas las de los últimos tiempos relativas a cuestiones “en marcha”) y, según parece, apenas ninguna de las recibidas. ¿No es para echarse a llorar, pensar qué se hizo de las cartas de Octavio Paz, de Lezama Lima, de Italo Calvino, de…? Basta con recordar lo que escribe a Manuel Antín el 23 de agosto de 1962: “Hay que conocer muy mal a los cronopios para imaginar que guardan cartas”.
En los once años transcurridos desde la primera edición, Internet ha facilitado mucho la tarea de los investigadores, poniendo a nuestro alcance catálogos de los fondos bibliotecarios y archivísticos de todo el mundo, a los que hemos recurrido. Asimismo hemos preguntado si tenían cartas a todos aquellos amigos, conocidos o especialistas que escribieron sobre él y hemos podido localizar. Nos ha emocionado su casi unánime respuesta: con poquísimas excepciones, los corresponsales atesoraron esas páginas durante décadas y quisieron compartirlas con cordialidad. Quede por escrito nuestro mayor agradecimiento.
Además de a los corresponsales y a sus familias en los casos en que éstos habían fallecido, queremos consignar nuestra gratitud a otras personas que a modo de cofradía han ayudado en las búsquedas: Facundo de Almeida, Alejandra Birgin, Fabiana Camargo, Jaime Correas, Mariángeles Fernández, Rendrik Franco, Mariquita González, Nevena Janićijević, Bruno López Petzoldt, Raúl Manrique Girón, Juan Murillo Barrena, Andrea Pari, Elena Peregrina Salvador, Claudio Pérez Míguez, Víctor Poll, Nieves Vázquez Recio y Diego Zeziola.
Pese a que en efecto Cortázar era poco amigo de las interrupciones provocadas por las notas a pie de página, dado que la lectura de toda correspondencia no sólo hace sino que también invita a hacer, nos ha parecido útil anotar todas las referencias posibles a publicaciones bibliográficas y hemerográficas que se mencionan: en este caso hemos puesto las notas a pie de página y no al final de cada carta para evitar la incomodidad de leer con señaladores, algo que inevitablemente recuerda la costumbre de comer con palillos en los restaurantes chinos. Dos fuentes han sido del máximo provecho: el ejemplar trabajo de Sara de Mundo Lo Julio Cortázar: His Work and his Critics. A Bibliography (Urbana, Albatross, 1985) y la base de datos del archivo virtual Julio Cortázar del Centre de Recherches Latino-Américaines de la Universidad de Poitiers, catalogado bajo la dirección de Susana Gómez. Del mismo modo, nos ha parecido conveniente elaborar índices de obras del autor y de personas citadas lo más completos posible, para que los particularmente interesados en tal o cual cuento o novela puedan localizar con facilidad las referencias oportunas. (Además, claro está, de que hay quienes hojean libros de estas características con la curiosidad de saber si figuran en ellos, y cómo se los retrata. Cuentan que Norman Mailer –que por cierto escribió y conservó 52.000 cartas– abrió un volumen acabado de recibir, corrió al índice onomástico y ahí, junto a su nombre, encontró la dedicatoria del autor: “Querido Norman, sabía que éste era el primer lugar que mirarías. Atentamente”.)
De un modo muy especial queremos dejar constancia del entusiasmo y la pericia de Julia Saltzmann, Gabriela Franco, Silvia Santillán y Mónica Deleis, a las que debemos que estos volúmenes aparezcan con el mínimo de errores posible. Ahí donde esté, Cortázar les guiña un ojo.
Para terminar, rindo pleitesía a Carmen Balcells; con la generosidad que en su caso siempre es de honor, nos facilitó una oficina para que no acabáramos sepultados bajo papeles, así como la colaboración del extraordinario equipo de su Agencia Literaria.
Al final del prólogo de Papeles inesperados cité una frase de Borges a propósito de las versiones homéricas que gustó mucho. La reencuentro ahora un poco modificada en su “Nota sobre el Ulises en español”, y la re-cito con resignación: “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la superstición o al cansancio”. Ya que muy molidos no estamos, crucemos los dedos para que en los años venideros sigan apareciendo más, muchísimas más cartas del feroz epistológrafo Julio Florencio Cortázar Descotte.
Carles Álvarez Garriga
CORTÁZAR EN CONSTRUCCIÓN
“Creo que soy un hombre que jamás se aburrió un solo segundo a lo largo de toda su vida.”
JULIO CORTÁZAR, carta a su madre,
23 de agosto de 1982
Entusiasta de las enumeraciones como todos los bibliófilos, Alberto Manguel ha escrito una lista de libros que le gustaría tener aunque ni siquiera sabe si existen; entre ellos, “una biografía de Borges bien escrita y documentada, un relato de lo que ocurrió exactamente durante el cautiverio de Cervantes en Argel, una novela inédita de Joseph Conrad y el diario de la Milena de Kafka”. Cuando me topé con ese fragmento de La biblioteca de noche, momentos antes de empezar este prólogo, me dije: ¡Tal cual! La correspondencia de Julio Cortázar es su biografía, la mejor escrita y documentada que cabe esperar, pero también el relato en primera persona de lo que le ocurrió en sus varios cautiverios geográficos, políticos y hasta sentimentales; su última novela inédita, que lo toma como protagonista, y, en fin, casi su diario a diario.
El comentario que uso como epígrafe no es la simple frase que escribe el hijo con esposa gravemente enferma para mostrar tranquilidad ante la madre nonagenaria, sino una autodefinición pasmosa. Cuando uno termina de leer las mil ochocientas y pico cartas, telegramas y tarjetas postales de esta edición está completamente de acuerdo con esa sinceridad y se dice que tampoco se ha aburrido más que algunos segundos a lo largo del trayecto. Ahora bien, ¿cómo consigue el autor acaparar nuestra atención durante tanto tiempo y con tan escasas recaídas? ¿Cómo logra que quien acaba de pasar semanas, meses junto a él, se plantee quizá lo mismo que el narrador de “Los pasos en las huellas” dice del investigador literario que protagoniza el relato?
Terminada la etapa del fichero, sería necesario alcanzar la síntesis, provocar impensablemente el encuentro del poeta y su perseguidor; sólo ese contacto devolvería a la obra su razón más profunda.
¿Cómo justificar tanto entusiasmo? Una pregunta que nunca es fácil de responder.
Hasta que apareció en el año 2000 la primera edición del epistolario, el lector de Cortázar no podía hacerse una idea suficiente acerca de su formación intelectual y sus peripecias más menudas. Antes se habían publicado, sí, algún apresurado intento biográfico, multitud de entrevistas –mención de honor para el libro de Omar Prego, La fascinación de las palabras–, e incluso los más recalcitrantes habían podido ganar dioptrías con el repaso compulsivo de viejas filmaciones. Pero fue con la publicación de los tres nutridísimos volúmenes cuando pudimos sentirlo de nuevo ¡y eso es tan cortazariano! como si estuviera escribiendo en la mesa de al lado. Las cartas ponían de manifiesto algo infrecuente en el género, una característica que al fan del autor no había de sorprender pero sí reconfortar: la formidable coherencia entre vida y obra, la absoluta falta de astucias o renuncios, su gran disponibilidad.
A propósito de la correspondencia de Flaubert, Borges escribió una frase que muy bien podría ser el lema de la presente compilación: “Pese a que en los otros libros esté su credo, aquí está el rostro de su destino”. Porque si bien un personaje de una novela de Piglia se preguntaba qué es en definitiva la biografía de un escritor sino la historia de las transformaciones de su estilo, Vargas Llosa se interrogó también acerca del extraordinario cambio que experimentó Cortázar hacia mayo del 68, “el más extraordinario que me haya tocado ver nunca en ser alguno”. Cuando lo vio entonces, barbudo y con melena, militante y exaltado, dudó: “¿Era él? ¿Era Julio Cortázar?”.
Las cartas dan respuesta a ambas preguntas: por un lado, puede contemplarse la prodigiosa creación de un estilo inconfundible e imitadísimo; por otro, la multitud de detalles que proporcionan ayuda a entender, a modo de rompecabezas, la mutación del 68 y aun otras mutaciones anteriores y posteriores no menos desconcertantes.
Beatriz Sarlo se quejó en una ocasión de que muchos reprochen a Cortázar su asombrosa facilidad, “como si se acusara a Ella Fitzgerald de cantar haciendo que todo parezca tan sencillo”. Los volúmenes muestran cómo tanta versatilidad formal no era un don innato sino el resultado de un ejercicio tenaz y admirable para liberarse de lo que él mismo llamó “los floripondios inútiles de la retórica”. En estas páginas se asiste a la forja de una prosa “conversada” que incorpora con naturalidad en nuestro idioma, ya desde los cuentos de Bestiario, una comodidad verbal que ha hecho que generaciones establezcan con su obra un vínculo muy peculiar, casi de tuteo: son legión los que dicen que Rayuela no les pareció una novela más sino un libro escrito en clave y para ellos.
Al leer algunos de los relatos de La otra orilla y compararlos con páginas de Un tal Lucas, cabe dudar si su autor era la misma persona. Lo mismo sucede si cotejamos, por ejemplo, las cartas dirigidas a Paco Porrúa a mediados de la década de 1960 con las que enviaba a las amigas de provincias a finales de los treinta: muy circunspectas, culturalistas, cursilonas, como los textos en que firmaba “Julio Denis”. Claro que al transcurrir los años, a menudo el otro ya no es el mismo, pero ¿no es cierto que leyendo epistolarios uno suele descubrir a jóvenes que escriben como viejos, jóvenes que a la hora de escribir “se calzan el cuello duro y se suben a lo más alto del ropero”? ¿No hay escritores con un único registro a lo largo de toda su vida, con un sonsonete invariable al margen de que traten distintos temas y se dirijan a corresponsales diversos, muertos de aburrimiento? A partir de las cartas a Sergio Sergi se diría que el tono Cortázar ya es el que conocemos:
Perolandia, 7 de enero de 1946
Querido Oso redondo y gruñón:
Corriendo el riesgo de que me llame hipócrita, mentiroso y adulador, he de decirle que los extraño mucho a Gladys y a usted. Extraño: el perfume de sus alcauciles, el ukelele de la Trovadora, la fonética del Bichito, las estampillas de Sergito, y el grato desorden de su taller y de su living. Es la primera vez en casi nueve años, que Buenos Aires no me ha envuelto en olvido y novedad. ¿Se inicia la vejez, la decadencia, el provincianismo? Me da muchísima rabia acordarme en esa forma desvergonzada de ustedes –y de Oonah y Felipe, a quienes también extraño muchísimo–. Quisiera no haberlos conocido, empiezan a resultarme antipáticos, aprovechadores; siento como si se tomaran atribuciones y prerrogativas a distancia; los detesto profundamente (en su actual forma de saudadescos fantasmas) y por eso mismo los extraño más. A usted lo odio en una forma particular; odio sus corbatas, su goulash, su grabado del Cortejo, el lado derecho de su cara, su caminar de contramaestre holandés en retiro. Lo considero un individuo tentacular, que no contento con fastidiarme noche y día en Mendoza (¡oh “buena vecindad”!) proyecta su imperialismo afectivo hasta la más linda de las capitales de la Tierra. Así es, Sergio Sergi; los extraño mucho, y esta carta no tiene otro motivo que el de decírselo e insultarlo por ello. […]
Ese soltarse el pelo retórico que incorpora el humor y la autoparodia como rasgos destacadísimos, convive de modo natural con otros elementos que lo hacen muy simpático incluso en sentido etimológico (del lat. simpathĭa, y éste del gr. συμπάθεια, comunidad de sentimientos): nunca pontifica, no hace alardes de falsa modestia, no abruma con su inteligencia o su cultura, no pierde la curiosidad por nada ni comenta trivialidades. (Le interesaban muy poco, dice Aurora Bernárdez, las historietas personales y no era amigo de las confidencias; ni de hacerlas ni de recibirlas.) Con todo, el lector atento encontrará algunas divertidas maldades dedicadas a Sabato o a Guillermo de Torre, y alguna carta dictada con una furia realmente cómica, como esta que escribió en inglés el 2 de abril de 1971, cuya versión bilingüe encontrarán en el lugar correspondiente:
Estimado señor Blaedel:
Ugné Karvelis, que es mi agente, me ha entregado la correspondencia enciclopédica intercambiada entre usted y ella sobre la publicación de Todos los fuegos el fuego en danés, desde el 30 de enero de 1969, fecha de su primera carta acerca de la cuestión.
Debo admitir que el asunto es bastante sorprendente y si tuviera que elegir mi peor editor del mundo, me temo que usted sería el elegido. Ha pasado casi un año desde que firmé el contrato con usted –el 23 de abril del año pasado– y aún no he podido disponer del pequeño anticipo al que usted se había comprometido. Supongo que desde entonces ese anticipo habrá producido algunos intereses. ¿Cuántos? Después de explicar a Ugné Karvelis que el cheque había sido enviado por error a Gallimard –y haber dedicado varias personas a averiguar cómo y cuándo pudo ser–, usted descubrió que había enviado el cheque a mi cuenta. Lamentablemente, después de que varias personas en mi banco se ocuparan del asunto, resultó ser que eso tampoco era verdad: incluso en los países subdesarrollados de peor fama como los de América Latina, rara vez ocurre semejante cosa.
Por todo ello, le estaría muy agradecido de que transfiriera inmediatamente el anticipo de 1500 coronas danesas a mi cuenta bancaria […] A menos que esta transferencia haya tenido lugar antes del 1º de mayo de 1971, consideraré anulado mi compromiso con usted.
Le saluda atentamente.
Quizá lo más emocionante de todo es la empatía, aquella inusual amabilidad que uno encuentra en personas muy educadas que ponen toda la atención en su interlocutor, sea un ministro sea un taxista. Así, uno verá cómo el autor dedica las mismas energías a la hora de responder a amigos, editores, traductores, devotos lectores o estudiantes. Para no caer en explicaciones innecesarias, y aclarando que podía dedicar tanto tiempo a la epistolografía porque –como dice Aurora– “Julio era un hombre que jamás papaba moscas”, basta con un solo ejemplo: la respuesta a un muchacho que quería hacer una tesis sobre uno de sus libros y preguntaba por las “fuentes” (especialidad de la filología funeraria a la que cierto hispanista llamó “crítica hidráulica”).
París, 24 de noviembre de 1964
Estimado amigo:
No creo que pueda ayudarlo mucho, pero aquí van las pocas referencias que se me ocurren.
Como usted sabe, la noción de “fuentes” en materia literaria es mucho menos accesible para el autor que para sus exégetas. Cuando trato de situar las fuentes de Los reyes, las únicas que veo con claridad son las de la Plaza del Congreso, por donde yo me paseaba mucho en esa época a causa de una chica que vivía cerca de la Confitería del Molino. En cambio puedo recordar con una claridad extraordinaria el minuto en que tuve la perfecta visión del poema; fue en un colectivo 49, que en aquel entonces iba de Plaza Once a Villa Ballester. Sucedió en la calle Díaz Vélez, y duró hasta la entrada en la Avenida San Martín.
No crea que me estoy burlando; trato solamente de darle la visión que se tradujo esa misma noche y la siguiente en el texto de Los reyes. Creo que los investigadores del hecho literario parten casi siempre del error de creer que no hay efecto sin causa. Más que error, es una simplificación. Yo no usé ninguna fuente (copio los términos de su carta); en todo caso, vaya a saber qué remotas y múltiples fuentes me usaron a mí. Un dibujo de Cocteau, por ejemplo, con un joven minotauro mirando a lo lejos. O alguien que silbaba debajo de mi ventana, dibujando un laberinto en el aire. Usted cita el nombre del cabeza de toro, Asterión. Me enteré de ese nombre mucho después, por un hermoso relato de Borges. Para mí el minotauro no tenía ni tiene nombre.
El personaje de Axto, para terminar, es muy malo para una tesis pues no tiene origen alguno. Usted quizá admitirá que de cuando en cuando a un escritor le ocurre inventar a un personaje sacándolo de la pura nada. Es triste, pero es así. Probablemente por eso Minos mandó torturar y matar a Axto; también Minos buscaba fuentes, tenía una fuerte vocación de filólogo.
Si usted mismo, que es joven y empieza a vivir, no se da cuenta de cuáles fueron las razones que me llevaron a hacer lo que hice de Teseo y del Minotauro, me temo que su tesis no le servirá de gran cosa. Creo que le contesto con suficiente claridad la pregunta.
Entre solo en el laberinto, los ovillos no sirven para nada. Le deseo muy buena suerte,
Julio Cortázar
De entre toda la ensalada convendría destacar algunas otras, tarea difícil puesto que muchas son verdaderos ensayos sobre las artes de escribir, traducir, escuchar música, pasear, visitar museos, hacer asados, etcétera. Para señalar sólo tres, muy breves e inéditas hasta ahora, hago una orejita en la parte superior de estas emotivas páginas: la carta al padre de 2 de agosto de 1949, reaparecido como un fantasma “desde el fondo del tiempo y la distancia”, cinco parrafitos que hielan el corazón; la carta de 1º de octubre de 1971, un planto por el poeta Paul Blackburn (“era mi hermano, Toby, un amigo maravilloso, el primero y más maravilloso de los cronopios, a los que amaba y dio vida en inglés”); la carta de 10 de julio de 1983 en que pide a Aurora que, en caso de que él muera en su inminente viaje de solidaridad a una Nicaragua en guerra, ella deberá ir a su casa y mirar en los cajones: “Sobre todo hay fotos, que sólo vos debes ver y destruir. Muchas fotos de Carol desnuda, fotos que quiero guardar para mí porque fueron momentos de amor y de belleza. No las destruyas sin mirarlas, porque comprenderás lo que fueron para ella y para mí. Sólo vos debes verlas, será como si yo mismo las mirara una vez más”.
En su deliciosa “Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar” (1948), Pedro Salinas se confesaba incapaz de imaginar “un mundo sin buenas almas que escriban cartas, sin otras almas que las lean y las disfruten”; un universo, “en el que todo se dijera a secas, en fórmulas abreviadas, de prisa y corriendo, sin arte y sin gracia”. Le horrorizaba vivir en una Edad de Lata en que algunos hoteles ya ponían a disposición de los clientes una portentosa hoja plegable a modo de carta, que no había que escribir ya que incluía frases impresas, subrayables, con finales optativos:
Y hasta en la despedida un “Te recuerda con toda su alma, con mucho afecto o con cariño” ofrece gradaciones delicadas a las reservas sentimentales que cada cual lleva en su equipaje.
Épocas peores estamos viviendo: si hoy alguien manda una carta como las más largas de Cortázar, sin duda lo llamarán pelmazo, matusalén o loco de atar. Es por ello que la lectura de más de cuatro décadas de cartas finalmente nos mata de nostalgia: al terminar sentimos que ya no recibiremos más páginas del amigo. Los pequeños Jonquières no podrán seguir su colección de estampillas. Los hijos de Monsieur Micoulé, el cartero de Saignon, no subirán de nuevo la empinada cuesta para recibir los dulces que son el premio a sus entregas. La gorda Madame Clément, modelo de porteras, no custodiará más los sobres recibidos en el 9 de la plaza del General Beuret, au fond de la cour. Con toda mi alma, con mucho afecto y con cariño, qué tristeza escribir la palabra Fin.
Carles Álvarez Garriga
A EDUARDO HUGO CASTAGNINO
Bolívar, 23 de mayo de 1937
Amigo Eduardo:
Ya sé, ya sé. Habrás protestado de lo lindo por mi silencio, ¿no es cierto? Y las reglas de urbanidad ordenan que, a renglón seguido, yo arree la mulita de las excusas. Pero como sucede que soy un individuo a quien la urbanidad –ésa, la “social”– le interesa tan poco como las poesías de don Arturo Capdevila, no te diré sino que el problema de habituarse a un medio, las pequeñas grandes dificultades que se plantean al encarar una nueva esfera de actividad, y todas las zarandajas del caso justificarán sobradamente mi retardo. Con decirte que aún me falta escribir a miembros de mi familia…
Recién hoy, domingo, me siento más libre. Es de mañana, y estoy solo. A Vecino1 lo llamó el doctor Solís desde Buenos Aires, y me temo que haya algo raro en eso. Pero no quiero adelantar impresiones hasta saber qué demonios ocurre con el pibe. Lo de “demonios” debes interpretarlo como un simple recurso para infundir mayor firmeza al período.
Este Colegio Nacional de Bolívar es un gran edificio relleno a medias de estudiantes y algunos profesores. Prácticamente, aún no se ha hecho nada en materia de enseñanza, y he tenido oportunidad de enterarme de algunas pequeñas comidillas. Por ejemplo, que de no venir varios profesores –entre los cuales nos contamos Vecino y el que te tortura– la Inspección hubiera armado un tremendo escándalo, ya que, a un mes de iniciadas las clases (!), la única materia que se dictaba era Ciencias Biológicas. Además, Música, pero eso no es una materia; eso es algo inefable, algo que va más allá de las palabras. Presenciar clases de Música en los colegios secundarios significa horrorizarse hasta el punto de que yo, tras de la experiencia, llego a sentir cierta simpatía por Canaro. ¿Qué más se le puede pedir al hombre, finalmente, con ejemplos tales como los que tú y yo habremos recibido más de una vez? Cuando me acuerdo de Llensa…
La vida, aquí, me hace pensar en un hombre a quien le pasean una aplanadora por el cuerpo. Sólo hay una escapatoria, y consiste en cerrar la puerta de la pieza en que se vive –porque de ese modo uno se sugestiona y llega a suponerse en otra parte del mundo– y buscar un libro, un cuaderno, una estilográfica. Nunca, desde que estoy aquí, he tenido mayores deseos de leer. Por suerte que me traje algunas cosas, y podré, ahora que estoy más descansado, dedicarles tiempo. El ambiente, en y fuera del hotel, en y fuera del Colegio, carece de toda dimensión. Los microbios, dentro de los tubos de ensayo, deben tener mayor número de inquietudes que los habitantes de Bolívar. Ayer, como excepción honrosísima y fenómeno increíble, encontré a una persona que “ha oído hablar” de Arturo Marasso.2 Imagínate que, en tercer año del nacional, no sabían quién era Beethoven. Tuve que aclarar una frase en la que incluyera el nombre del músico, convencido de que todos tendrían, por lo menos, un ligero esquema, un recuerdo… Aquí, un vigilante de la capital pasaría por erudito.
Tal como era de imaginarse, en vista de los informes que Gómez le diera a Solís acerca de mi persona, me han sugerido que haga uso de la palabra, mañana a las diez. Eso significa que cuando retire esta hoja de la máquina, tendré que colocar otra, en blanco, y empezar: ¡Oh…! ¡Ah…! ¡Uh…! Si sustituyes los puntos suspensivos por los lugares comunes de rigor, tendrás el discurso perfecto para Bolívar.
Perdóname las innumerables faltas de estilo, pero no pienso hacer borrador y pasar luego en limpio la carta. Te escribo directamente, ya que no me preocupa el temor de tanta gente que está a la espera de que se publiquen, en la edición de las Obras completas, las correspondientes colecciones epistolares. Por lo tanto, si deseas modelos de estilo, dirígete a don Leopoldo Lugones (senior, naturalmente, porque el junior…) y sabrás lo que es limpieza de conceptos y elegancia de factura. Aquí, en Nosotros,3 me entero de que hay un señor que se ha tomado el trabajo de contarle a don Leopoldo las innumerables repeticiones de la rima: “Azul, tul”. Yo, que la víctima, me suicidaba, después de recibir semejante palo en las costillas. Pero no hay que temer decisiones desesperadas en don Leopoldo; tanto él, como el poeta por kilómetros –me refiero a Capdevila– gozan de una salud a toda prueba.
Pero ya que me permito el lujo de hablar mal de nuestros grandes poetas, pagaré mi culpa proporcionándote tema para que me critiques con esa ironía anatolesca que tienes, y que se entra despacio, como un estilete, para que la herida no sea ostentosa y la sangre se derrame –mortal– por el lado de adentro. Bien sé que no comulgas con la generación de Girondo y de Neruda. (No he olvidado tus indignadas protestas en Addenda.)4 Con todo, y quizá por eso mismo –ya que sería ir a la batalla ganada ofrecerte algo que de antemano fuese a gustarte–, copio para ti esto que yo llamo poesía, y que escribí una noche en que el frío me helaba las palabras, y sólo quedaba el expediente de volcarlas en un papel. Se llama “Ataraxia”, y se despacha como sigue:
Tras de los cansancios, hay latir de tiempos
no todavía futuros.
En las sienes, calor de bolsillos invernales,
de bares ahumados
–epítetos que se caen sentados junto al nombre–.
Olvido de mis países a conocer,
geografías aún ingenuas, frío de la noche.
Pero todo ha empezado a ponerse igual,
como ladrillos junto a ladrillos
cuando camino calles nubladas de sueño.
Tengo vida hasta los codos, hasta las rodillas;
y me muevo apoyado en el aire.
Los tejados hacen la mueca de los grises,
gozando al saber que no siento.
Vendrán tranvías a levantarme,
acaso, nunca, puede que -…
Ese guión con que termina la poesía, es algo que me niego a explicar. Naturalmente que, frunciendo olímpicamente las cejas, estarás sumamente enojado conmigo, y pensarás: “Y yo que le he dado cátedras… ¡Qué equivocación, madre mía…!”. Entonces, para tranquilizarte un poco –¿sabes que las poesías de Molinari eran muy buenas?– te copio esto que yo –candor de la adolescencia– llamo romance. Se titula “Diálogo de Inocentes”, y fue escrito poco antes de venirme a estos páramos.
Era un sol y era una flor
y catorce vacas blancas
delante de un cielo que
de sangre se disfrazaba.
Para escapar a la noche
dormíanse las campanas
después de sacar la lengua
con postreras carcajadas,
y se doblaban jacintos
rompiendo quejas de ráfagas.
–Madre, que yo tengo miedo
de que me lleven las ánimas.
–Clavel te puse en el pelo
para alejar de tu almohada
la legión de los vampiros
y las brujas de cerámica
con que sueñas, niño tonto,
cuando te vas a la cama.
–Madre, tírame una mano
y hazla trizas en mi cara.
No quiero ver, en el campo,
sombras que semejan larvas,
sombras que trepan y enroscan
su salinidad de lágrimas.
–Haré que suene un pandero
para llamar la mañana,
y nos quedaremos juntos…
Dos cabezas y una almohada.
Era una luna, era un canto
y catorce estrellas pálidas,
delante de un cielo que
de monje se disfrazaba.
Y tú, contagiado por la influencia geográfica del romancillo en cuestión, dirás, desesperado:
–Buen pez está hecho este Cortázar, que se va a trescientos kilómetros, lejos del alcance de mis puños, y de allí me tira eso que él llama versos…
Reacciona, hombre, y tranquilízate. No te copio más poesías, y cuento acabado. Aunque alguna vez –cuando lo pase en limpio– te haré rabiar enviándote cierto estudio crítico (!!) que hice sobre Federico –yo le llamo así, y bien sabes a quién me refiero– a fin de que vuelvas a solazarte con aquello de:
La tarde, loca de hogueras
y de rumores calientes
cae desmayada en los muslos
heridos de los jinetes…
Y piensa que para aquella ocasión de Addenda no elegiste lo más incongruente –desde tu punto de vista, claro está–.5 En Canciones, hay algo que dice, más o menos:
Por tu amor me duele el aire,
el corazón y el sombrero.
Y paso a otra cosa, porque serías el primer amigo fallecido de apoplejía y no es una enfermedad que me agrade.
Bueno, amigo, pensándolo mejor, he decidido no pasar a otra cosa, y terminar aquí esta carta, que tiene de todo menos de carta. Perdona su aburrimiento, perdona su ramplonería, y piensa que el aire local empieza a surtir su efecto. Quizá, en otros mensajes, logre decir algo. Y si aquello de: “La intención basta” te es simpático, déjame que lo aplique aquí y mi conciencia habrá quedado tranquila.
Mis saludos a tu esposa, a quien te ruego agradezcas una vez más su gentileza para conmigo. Y para ti, oh mártir de mis efusiones líricas, un apretado abrazo de
Julio Cortázar
Mi dirección –hasta nueva orden– es: Hotel “La Vizcaína”, Bolívar, F. C. Sud.
P. D. Mis saludos a Gómez y a Estrella Gutiérrez.6 Cuando mi situación aquí quede bien definida –aún no lo está– le escribiré a Gómez.
A EDUARDO HUGO CASTAGNINO
Bolívar City, 27 de mayo de 1937
Caro Eduardo:
El largo y el ancho del sobre que acabo de recibir –a las seis de la tarde– eran académicos, y no presentaban ninguna señal destacada; pero me bastó palpar su espesor, para sentirme el individuo más feliz de Bolívar, lo cual ya es mucho decir en un pueblo donde la gente es de lo más simple y, por lógica consecuencia, dichosa hasta la medula. Habrás notado la falta del acento en la anatómica palabreja con que termina la frase anterior. Pues recién tres días antes de zarpar de Buenos Aires me enteré de que “médula” es anticuado. Y como hay que marchar al día, en medula me quedo.
Vuelvo al sobre. Qué hermosa carta habías acostado en ese lecho con estampilla (¿qué tal eso del lecho?) y con cuánto placer, no exento de seriedad y de sonrisa alternadas, la he leído hace un instante. Gracias, amigo, por escribirme tanto. Si supieras lo que significa para mí recibir algo tuyo, que me traiga vientos de Fronda, para acudir a una feliz expresión parisina que por cierto queda muy bien en la provincia de Buenos Aires.
Observo –y es confesión tuya, además– que lo que tú llamas “puntas de fuego”, ha resultado un verdadero Toddy espiritual. Yo estaba temiendo que retardaras indefinidamente tu respuesta, o que te libraras de la tarea con una carilla. Y ahora, entro decididamente en el terreno polémico, dispuesto a no cortarme el cabello hasta vengar a Patroclo. Esta última frase –habrás notado que me analizo– es digna de Miguel Cané.
Eso de que yo “manejo la pluma con rara habilidad”, es cosa que ignoraba hasta el arribo de tu carta. Me creo poseedor de alguna facilidad para redactar cosas que la bondad de los amigos suele denominar cartas, y allí se termina todo. Ahora bien, si en lo de “manejar la pluma” encubres alguna alusión a trabajos en los que participe un plumero, allí te doy la razón. Nadie como yo para quitar el polvo al techo de un ropero sin subirme a una silla, y tu elogio deja de serlo para reflejar, simplemente, la desnuda verdad. Además, ello explicaría por qué agregas, a renglón seguido, que “esa magnífica cualidad no te la envidio”. ¡También, como para envidiármela, tú, un profesor normal! Lo que me resulta algo más oscuro es eso de: “lo que natura non da… etc., etc.”. Pero ello se debe a que mis conocimientos de sánscrito no son nada del otro mundo.
Y vamos a lo del “veneno”. Si yo hice alguna vez alusión a tu pluma “emponzoñada”, ten por seguro que no pasó de una simple broma, provocada, sin duda, por aquellas apostillas referentes al caso Federico* y al caso Neruda. Pero, fuera de eso, jamás podría yo decir que tú tienes veneno, desde el momento que incurriría en un pecado de lesa mentira. Lo que tú dices –“se me ocurre que esto del veneno es un escape de mi impotencia intelectual”– merece un uppercut. Apronta la mandíbula, y recibe el golpe. Muy bien, el honor queda vengado. Usted, joven, no tiene ni medio de impotencia intelectual y ya quisieran unos cuantos –con el que suscribe a la cabeza– gozar de su inteligencia, de su juicio crítico y de su estilo. Grandísimo modesto.
¿Conque la ironía franciana te produjo contracciones en el peritoneo? Como diría Greta Garbo: “I am sorry…”. No hubo ninguna mala intención, pero me alegro en el alma de haberlo puesto, porque ello –punta de fuego– me ha dado la satisfacción de leer tus opiniones sobre el maestro. En serio, te creí más encariñado con Anatole. Lo de “bonito” quizá le quede un poco chico, aunque, naturalmente, no es posible hipertrofiar los adjetivos recordando a hombres como André Gide y Marcel Proust. Estos dos nombres han sido puestos por mí en base a una simpatía personal, y no porque tenga un criterio dogmático con respecto a los puntales de la literatura francesa moderna. Queda, pues, campo abierto para sustituir o relegar. Me gustaría saber –y ahí va un tema– qué piensas de Gide. Alguna vez, házmelo saber, y te lo agradeceré con un mohín de mis ambrosianas cejas. Y no te olvides del compromiso que entraña esta frase que “copeo” al punto: “Pero toda la ironía de la Isla de los Pingüinos o de cualquiera de los volúmenes de su Vida Contemporánea no valen una pulgarada de rapé. Y el porqué creo esto, será el tema de otra carta”. Conque, amigo, a no olvidarse.
Y ahora, héteme aquí metido en el sector más belicoso de tu carta: el sector dedicado a la poesía. Esto va a ser el disloque. Decir que Neruda es pirotecnia, significa azotarme en ambas mejillas, ¡voto a Dios! Ni siquiera con el atenuante de preceder la frase con: “todo lo que he leído de él…”. Yo parto de la base de que has leído mucho. Te concedo –homenaje a la amistad, o armisticio momentáneo– que Residencia en la Tierra sea un merengue y que resulte necesario desmontar el libro verso a verso, sacarle lustre y luego mirar adentro, para ver qué hay. Concedido. Pero, ¿y Veinte poemas de amor y una canción desesperada? Ahí tienes algo que es muy simple, simplísimo. Una iniciación a Neruda. ¿Qué contestas, acusado? ¿No contestas nada, con mil diablos?… Lamento no tener aquí el libro, y carecer de memoria; de lo contrario te endilgaba algunos versos que habrían de mostrarte si ese chileno es o no un señor poeta, quizá menos que Federico, pero sin que esto sea lesivo para él, ya que Federico es la cúspide. Todavía más; te invito a que compres Residencia en la Tierra –yo no lo tengo, por desgracia, y lo he leído fragmentariamente– y le dediques un mes. Bien vale un mes de vida el descubrimiento de un poeta.
“La poesía la siento, no la razono”, dices. Perfectamente aceptado, mientras no pase de frase elegante –como todas las tuyas– pero inadmisible si intentas darle valor ético, valor de conducta ante la poesía. Piensa, carísimo, que si te dedicas a sentir la poesía, y te guardas la razón para las ciencias naturales o la geometría, acabarás frente al mar, totalmente despeinado, a la triste manera del vizconde de Chateaubriand. Será el tuyo un final a lo Hugo o a lo Musset. Y para rematar, a lo Lamartine, que es la apoteosis del puro sentir… y del absoluto vacío intelectual. Yo te invito a que medites en la actitud meramente “sensible” ante una poesía, y verás algo sumamente curioso. Ante todo, que es una concepción romántica, y romántica furiosa, lo cual es ya más lamentable. Olvidarse de las facultades intelectuales, de todas esas admirables casillitas que tan bien suele describir Fatone7 –para no mencionar a Kant, que trae rigidez alemana a mi carta– significa ser, sí, “sensible”, pero significa algo peor, a la luz de la poesía moderna: ser “sensiblero”. Y yo sé perfectamente que tú no tienes de sensiblero ni la vereda de tu casa.
Ergo, aunque trates de negarlo, tú razonas la poesía, lo cual no quita que la sientas. Precisamente, el equilibrio estaría –a mi parecer– en crear una poesía que reflejara estados interiores –ya que eso es, al fin, todo lo que puede reflejarse en este mundo– pero sublimados, embellecidos en el crisol de una expresión personal. Algunos suelen llamar a esto último la técnica del poeta. Yo protesto contra el vocablo y creo que es mejor seguir utilizando el de “expresión poética”. Mallarmé tenía una expresión simbólica. Baudelaire una expresión menos oscura, más “humana”. Neruda es algebraico. Pero si alguna vez has entrevisto tú en esa obra del chileno cierta consistencia poética, ¿no vale la pena estudiar su lenguaje, su instrumental, para seguir la caza codiciada?
Éste es un pequeño aspecto del problema, y no creo haber dicho nada interesante. Hay un segundo sector que en cierto modo choca con el fácil distingo que hice más arriba entre la poesía en sí y la manera de expresarla. Este segundo concepto es el que sostiene que la expresión poética es la poesía misma. El simbolismo exagerado llevó a eso. Un soneto simbolista era un conjunto de ritmos, de colores, de músicas. Eso era la poesía. Las jitanjáforas responden al mismo criterio. Que a mí, sinceramente, me parece una gran macana. Y corto el chorro para ir a cenar. Seguiré después de haberme alimentado convenientemente.8
De regreso, a las 21.
Pienso en dos cosas: que mañana tengo clase a la primera hora –si es que no me encuentro con que me han hecho sonar, cosa que, a juzgar por el affaire Vecino no me sorprendería en lo más mínimo– y ello significa levantarse a las seis y media. Me da sueño por anticipado. Segundo: esta carta es una lata. La voy a terminar, a fin de que el correo se la lleve temprano y la recibas lo antes posible. De lo contrario, no saldría hasta el sábado. Desde mi casa, el domingo, te hablaré por teléfono. Mis saludos a tu esposa, y para ti un pedido de perdón por todo lo que antecede, y un abrazo.
Julio
A EDUARDO HUGO CASTAGNINO
Amigo Eduardo:
Nada de reproches. ¿Acaso no soy yo quien tiene que acusarse de un sinfín de incorrecciones y de irregularidades? Te enumeraré algunas: a) no avisarte inmediatamente después de recibir la noticia de mi nombramiento, b) no enviarle a Estrella Gutiérrez –esta incorrección también te atañe– las críticas bibliográficas prometidas, c) no escribirte de inmediato al llegar a Bolívar por segunda vez.
Bien te darás cuenta de que, puestos en el terreno de deslindar agravios, soy yo quien quedará malparado. Mas como alguien dijo que siempre está uno a tiempo para arrepentirse de sus errores, he aquí que me acerco, con las manos juntas, a abrazar tus rodillas y a decirte estas palabras aladas: (!)
–¡Oh, Eduardo Castagnida –lo siento, pero era necesario helenizar tu apellido dada la índole de mi estilo–, no me hundas bajo el peso de tu tronitonante furor, y escucha a tu esclavo! (Conste que eso de esclavo no es más que literatura. No sea que te lo tomes en serio…)
Me gusta eso de “tengo una cuenta pendiente contigo que pronto la cobraré”. Me palpito la entrega de un sobre que va a venir echando chispas y coleando como un cohete. Pero, ¿verdaderamente tienes tantas cosas que cobrarme?… Trato de recordar el texto de la carta que te envié, y no logro fijar sino dos cosas: a) que estaba mal escrito, b) que al final se hablaba de poesía. Ahora bien: de esto que acabo de estampar, tú sacarás a tu vez dos conclusiones: a) que sigue mi falsa modestia, b) que soy un ingenuo al emplear la palabra “poesía” para lo que yo pienso. Y yo, de rebote, extraigo de tus consecuencias otras dos: a) que tu bondad llega a lo sobrenatural, b) que tienes razón.
A la espera de tu andanada, entonces, voy a responder a esa patrulla de reconocimiento que me enviaste –¡siete renglones, miserable!– descerrajándote algunas noticias locales. Ante todo, el Colegio Nacional se ha visto honrado con la presencia de los colegas Cancio y Sordelli,9 quienes tomaron las riendas hace una semana y todavía no se han caído del sulky. Con una bronca bárbara lo veo a Sordelli dictar castellano, mientras yo tengo que hacer mapitas. ¡Yo, mapitas, con esa memoria cuyo límite máximo se extiende a una semana atrás! Al menos, en materias filológicas y sus derivados, me tengo un poquito más de fe. Mas el destino –la Moira, como diría don Arturo– lo ha querido así.
La manera de divertirse, en Bolívar, es inefable. Consta de dos partes:
a) Ir al cine.
b) No ir al cine.
La sección b) se subdivide a su vez:
a) Ir a bailar al Club Social.
b) Recorrer los ranchos de las cercanías, con fines etnográficos.
Esta última sección admite, a su vez, ser dividida en:
a) Concurrir, pasado un cierto tiempo, a un dispensario.
b) Convencerse de que lo mejor es acostarse a las nueve de la noche.
Como ves, el programa es de lo más variado. Los habitantes de Bolívar, con el dinamismo que los caracteriza, encuentran que es excesivo, y sostienen que se hace derroche de pasatiempos…
Antes de que me olvide, quiero tocar el asunto Estrella Gutiérrez; jamás podré arrepentirme tanto de algo como de lo que ha sucedido. Pero, viejo, fue inevitable; piensa que yo tengo 9 horas, repartidas en tres años distintos, lo cual significa aprenderse tres geografías (matemática, Asia, África, Europa, América, Argentina; más de 3, ahora que releo), corregir trabajos… y traducir. Tú sabes que yo sigo trabajando para Sopena, y que todos los días tengo que pasarme tres o cuatro horas preparando material inglés y francés para esa gente de Leoplán.10 Además, me vine sin haber tenido tiempo de comprar libros que se prestaran a crítica. Bien sabes que Estrella me habló un sábado, me fui el domingo, y mi viajecito intermedio no me dio tiempo para buscar. Sólo me traje esos tres tomos de la antología de Oscar Beltrán; pero si yo hago la crítica de “eso”, voy a tener que repartir una tanda de palos, empezando por los prólogos y terminando por la impresión de los libros, que en ciertos cuadernillos resultan verdaderas odas a las páginas en blanco. Y como Estrella me solicitó que fuese “buenito” para mis pacientes… no podía debutar con aires hitlerinos. Bien ves que mi situación no ha sido nada cómoda, y que los trescientos kilómetros me pesan mucho. ¿Cómo puedo averiguar lo que conviene leer para luego someterlo a crítica? ¡Si vieras la librería máxima de Bolívar…! El orgullo del dueño es tener una colección literaria completa y encuadernada: la de Delly.11
¿Leíste en La Nación ese estudio acerca de Rilke? Muy mal escrito, pero con el regalo de dos versos del poeta, y de un retrato impresionante. ¿Te gustan los trabajos de Víctor Delhez, que aparecieron en La Nación o en La Prensa?
Jonquières12 me envió un libro que aún me falta leer de Rilke –fíjate en la exquisita construcción de la frase con que inicio esta página, y después atrévete a hablar de “estilo”–: Les Cahiers de Malte Laurids Brigge. Es el tomo, traducido por Maurice Betz, en que constan los capítulos de la muerte del chambelán, la mano debajo de la mesa… Tú conoces todo eso, ¿verdad?
Son las cuatro de la tarde del sábado, y me dispongo a tomar mate. Mi pieza es amplia, y cierta mucama llamada Josefa –¡cuándo no!– me ha traído ayer el regalo de un gran sillón giratorio, en el cual estoy sentado en este instante. Encenderé la radio, y escucharé media hora de buena música de jazz. Jazz negro, que es el genuino. Después, volveré a la lectura de Madame Bovary; te confieso avergonzado que aún no la conocía… y he querido borrar ese pecadillo. Más tarde –lo siento en la atmósfera, y eso es mal presagio– temo que voy a escribir algo. Ni siquiera en Bolívar me abandona la enfermedad poética. Advertirás que el nombre que le doy es otro síntoma claro de mi caradurismo.
Aún más: voy a enviarte cinco sonetos que escribí de un tirón, el domingo pasado; estaba en cama, con un poco de fiebre –¿tendrá ella la culpa?– y se me ocurrieron los temas. Aun a riesgo de que me llames poseur, te diré que esos cinco sonetos estaban ya hechos desde varios días atrás; sólo fue necesario encerrarlos en sus correspondientes vasos. Tal como resultaron, te los envío. No te van a gustar, lo cual no deja de entristecerme un poco.
Bueno, amigo, finalizo mi mensaje. Y quedo a la espera de lo prometido. Esta carta, llegando a tus manos, no significa nada, porque estás en Buenos Aires, y vives. Yo, solo en esta ciénaga, me aferro a las palabras que se me envían con desesperación. Si esto puede estimularte un poco… pon mano a la obra ya mismo. No sabes la gran alegría que me darás.
Si llegas a verlo a Comi13 y te has levantado de mal humor, dile de mi parte que se cuelgue de un árbol. Ya me he enterado de la demostración al inefable D’Agostino, el animal público número uno; La Prensa de hoy le saca el prontuario, como si fuera una gran cosa. Los guardias de corps del señor director –hay que reconocerlo– han sido designados a su medida… Cosas del antropocentrismo.
Eduardo, perdóname la tirada, y hasta pronto. Si puedo ir a Buenos Aires para las vacaciones, haré los trámites para verte en seguida. Me agradará charlar, mirar libros, sentirme nuevamente un poco porteño. Entretanto, acepta mi abrazo, y da mis saludos sinceros a tu esposa, cuya amabilidad no he olvidado,
Julio
1 Ambrosio José Vecino, docente, traductor y periodista.
2 Profesor de literatura griega y española en la Escuela Normal Nacional Mariano Acosta, en Buenos Aires, en la que estudió Cortázar.
3 Revista literaria dirigida por Alfredo Bianchi y Roberto Fernando Giusti.
4 Revista del Centro de Estudiantes de la Escuela Normal Nacional Mariano Acosta de cuyo consejo de redacción formó parte Cortázar.
5 En el n.º 2 de Addenda, año II, julio de 1934, se publicó el poema “Bruma” firmado por J. Florencio Cortázar. Ha sido incluido en Obras completas IV:Poesía y poética, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2005.
6 Fermín Estrella Gutiérrez, escritor, profesor de literatura española en el Mariano Acosta.
* Eso del teatro de Federico me lo tendrás que explicar lo antes posible.
7 Vicente Fatone, orientalista, profesor de filosofía en el Mariano Acosta.
8 Cortázar escribió a mano, al margen de los tres últimos párrafos: “Todo esto –mea culpa– es una confesión de pedantería y de retórica. ¡Perdónalo, Eduardo: no sabe lo que hace!”.
9 Adolfo José Cancio y Osiris Demóstenes Sordelli, ex alumnos del Mariano Acosta.
10 Cortázar tradujo textos del inglés y del francés para Leoplán. Magazine Popular Argentino, revista quincenal dirigida por Ramón Sopena y José Blaya Lozano.
11 M. Delly, seudónimo de los hermanos Jeanne-Marie y Frédéric Petit Jean de la Rosière, autores de novelas sentimentales.
12 Eduardo Alberto Jonquières, poeta y pintor, había sido alumno de Cortázar cuando éste hacía sus prácticas de magisterio. Alfaguara ha publicado un volumen con las cartas que Cortázar le mandó a él y a su familia: Cartas a los Jonquières.
13 Pedro Luis Comi, director del Mariano Acosta.
A MARCELA DUPRAT
Señorita Marcela:
Las deudas deben ser saldadas. Usted no me permitió que le retribuyera el Cocteau14 con un volátil de sus vecinos, acepte, entonces, este menudo trabajo como signo de mi agradecimiento.
J. F. C.
1938
Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional de la República Argentina
Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional de la República Argentina
14 Se refiere a una edición de Los niños terribles en francés.
A LUIS GAGLIARDI
Buenos Aires, 4 de enero de 1939
Amigo doctor:
Gracias por su amable respuesta. Lo menos que puedo hacer, ahora, es cumplir mi promesa esbozada en la tarjeta que recibió usted; creo que en ella le prometía una carta, y aquí la tiene. Ante todo: perdón por escribirle a máquina; pero se trata en mí de una costumbre que, a la larga, mis amigos me agradecen; mi letra es casi ininteligible, y tiene el inconveniente de que termina por desmoralizarme a mí mismo, a tal extremo que no puedo pasar de una carilla. (Eso quizá resultara ventajoso para usted; pero yo me he decidido a escribirle algo más de una carilla, y por eso vuelvo a mi fiel Royal, que conoce mis gustos y se presta dócilmente al tren acelerado de mis dedos…)
¿Cómo está Bolívar, y cómo han recibido al nuevo año? Los diarios, últimamente, se han ocupado con especial preferencia de esa ciudad; lástima que la razón no era precisamente para enorgullecerse de ello; pero supongo que ya habrá vuelto la paz, como dicen en las comedias de salón. ¿No piensa usted visitar Buenos Aires este verano? Si lo hace, recuerde que mi teléfono está en la guía, y que me agradaría mucho que nos viéramos para charlar. Yo no pienso veranear este año; imperativos económicos me lo vedan. Con todo, ayer se me ocurrió irme a Méjico, y pensé que, después de todo, no era algo tan impracticable. Claro que tendría que ser un viaje decididamente romántico: salir sin dinero, en un buque de carga, trabajar hasta la llegada, ganarme la vida en Méjico durante los pocos días de mi estadía, y retornar en las mismas condiciones. ¿Pero no cree usted que sería algo admirable? (Precisamente por lo que tiene de romántico; yo no concibo las “agencias de turismo”, me dan horror los itinerarios y los precios fijos.) Usted debe estar preguntándose si yo me he vuelto loco; pero no es así. Lo más probable es que no me vaya a Méjico; en primer lugar porque apenas dispondría de tiempo para estar allí diez días (calculando 18 de viaje, que con el regreso hacen 36). Quizá el año que viene… Otra cosa que usted se preguntará es por qué Méjico; la respuesta es simple: porque allí ha vivido siempre (pese a las encontradas tendencias de los gobiernos) una juventud llena de ideales, trabajadora y culta, que apenas se encuentra en Buenos Aires. Me gustaría poder apreciar por mí mismo si todo lo que me han contado de Méjico es cierto: desde las pirámides aztecas hasta la poesía popular. Probablemente me iré el año próximo (a menos que ocurra un milagro que me habilite para marcharme mañana o pasado); este verano lo aprovecharé para proveerme de datos útiles. Siempre he pensado que viajar en un buque de carga, siendo un poco pasajero y otro poco tripulante debe ser algo admirable. Una valija pequeña, un cuaderno, un libro de poemas (Neruda, por ejemplo, que escribe para que se lo lea en alta mar) y nada más. ¿Sabía usted que hay unos barcos de carga los cuales, a cambio de mil pesos, lo llevan y lo traen a usted de Buenos Aires a Estocolmo? ¡Tardan tres meses en total! (Horribles, esos transatlánticos que hacen el viaje en cuatro días…) En fin, le estoy dando la lata de los viajes; pero después de un año entero de sujeción a la geografía (en el doble sentido de la enseñanza y la residencia en un lugar fijo) me despierto todos los días con el ansia de la fuga. Me he convencido de una cosa: que cuanto más alejado está el punto de destino, más fácil es llegar a él sin dinero. Para irse a Méjico, todo consiste en encontrar al capitán que acepte una pequeña suma y la contribución personal; en vez, para irse a Mar del Plata o a Nahuel Huapí… el dinero es absolutamente necesario. De ahí que yo elija instintivamente Méjico –sin ocultarle que lo prefiero en sí mismo, por las razones que ya apunté, creo, en la carilla que ahora la máquina no me permite ver–.
Usted pensará: “Cosas de muchacho”. Ojalá fuera así. ¡Yo me siento tan viejo! La juventud fue mi tiempo de estudiante. (Ayer encontré un número de una revista estudiantil de la cual era el director. ¡Viera usted mis arranques líricos, mi romántico surgir a los veinte años! Todo eso es una niebla lejana, ahora.) Cuando era más joven los viajes no tenían eso de necesario que ahora los circunda; eran, más bien, ese ideal común a todos los hombres que presienten un triste destino condicionado por la burocracia y la medianía económica. Ahora, en vez, es otra cosa. Ahora es algo grave, un despertarse en plena noche y decirse: “O te vas, o te mueres”. Un morir que no es el poco importante morir fisiológico; un morir en vida, un progresivo paso de hombre a máquina, de conciencia a simple cosa… (Y basta de esto, que usted estará ya en el linde del sueño, sobre todo si esta carta le llega con el correo vespertino.)
De música, nada nuevo. Le agradezco más que nunca que me haya hecho conocer la Sonata de Franck; ahora, cada vez que la escucho por L.S.1., experimento una plenitud maravillosa. (Música, poesía, formas de evasión y de viaje…) Hace unas noches, en casa de un amigo, escuché los Preludios Corales de Bach, en la grabación del organista Albert Schweitzer; ya los conocía, por haberlos escuchado el verano anterior; pero en Bach las sorpresas son tantas como compases tienen sus obras. No emplearé ningún adjetivo; sería absurdo decir: “hermoso”, “sublime”, etc.; eso está por encima de la música, la trasciende, entra en otra esfera; eso es la comunicación misma con Dios. ¡Qué humana –y demasiado humana– parece el resto de la música cuando se regresa de Juan Sebastián!
Tuve el placer, además, de escuchar música hindú, en casa de Vicente Fatone profesor de filosofía y gran orientalista. No podría describirle mis impresiones; las voces de los cantantes son una cosa desgarrada, angustiosa; el repetirse del mismo acompañamiento termina por envolverlo a uno en un ambiente de “horror sagrado”; se sale de esos discos como de un pantano palúdico; pero se vuelve a ellos como el criminal al lugar del crimen –y perdón por el conato de imagen–.
Como sé que usted se interesó por Presencia,15 le diré las últimas novedades que se registran en torno a él; primero, silencio absoluto de la crítica; segundo, a mis amigos no les gusta, salvo peregrinas excepciones; tercero, yo me muero de risa por lo primero y lo segundo. Visité y conocí al gran Ricardo Molinari; es un hombre digno de su poesía, y me dijo que mi libro indicaba una juvenil falta de equilibrio; me hizo notar falta de selección en el vocabulario, y me regaló con la lectura de dos obras suyas inéditas, que aparecerán este año.
No trabajo nada; fuera de un par de poemas de cierta extensión, que no le envío porque no le gustarán, me limito a recoger algunos apuntes dispersos acerca de poesía, y trato de ordenarlos en forma coherente; cuando esté completo, se lo daré a leer (si usted me lo permite). Tampoco le envío alguno de los cuentos prometidos, porque acabo de darme cuenta de que son malos. (Voy a tener que resignarme a convenir en que los cuentos breves son patrimonio exclusivo de los sajones: después de Faulkner, Hemingway, Bates, Chesterton y la joven escuela yanki, no queda nada que hacer; ni siquiera un Kafka… ¡y ya es decir algo!)
No he leído la “novela de la indolencia rusa”. La razón es que, apenas llegado, me dispuse a terminar con uno de mis grandes remordimientos: no conocer bien a Goethe. La emprendí con el Fausto, y con él seguiré durante este mes. Leí la traducción francesa de Nerval, que resultó ser detestable; en vista de eso, me procuré la traducción comentada de Guido Manacorda; como yo leo el italiano –más o menos de corrido– el estudio de la obra me resulta accesible. Confieso no haber encontrado aún la grandeza de Goethe; esto no quiere decir que la niegue.
Bueno, amigo Luis, esta carta es ya un libro (¡y si por lo menos fuera un buen libro!). Mil perdones por no haber conseguido para usted la obrita de Cyril Scott que le había prometido; pero el dueño está en Mar del Plata y no sé si podré pedírsela con éxito. Los Tristes de Aguirre formarán parte de una carta próxima; y con ello habré saldado una pequeña parte de la deuda que tengo con usted.
Me despido con un poemita que quizá no le disguste del todo; la razón de ser del mismo es la muerte de un viejo canario que todos queríamos mucho en casa.
JAULA CALLADA
Ido al azul intenso, que virará a un celeste
de ensueño, de frase murmurada, de retrato con besos
–lenta caída dulce del recuerdo–
tu moneda de oro es una ausencia nueva,
tu risa un esperar en el registro agudo.
Quedan hierros y granos, y un pedazo
de aire vacío.
Por lo breve parece un hai-kai japonés, ¿no? (Al menos tiene ese mérito: su brevedad.)
Dígales a sus familiares que los recuerdo siempre con todo afecto. Mis saludos al doctor Vignau y señora, y a todos los amigos de Bolívar que usted bien conoce.
Hasta pronto, con un abrazo y el afecto de
Julio Cortázar
Una caricia y un bizcocho de mi parte a Sammy.16
Saludos muy cordiales para Cholo Cabrera y Portela.17
A LUIS GAGLIARDI
Enero de 1939
Amigo Gagliardi:
Gracias por su muy interesante carta. Empezaba yo a inquietarme, se lo confieso. Y mis inquietudes, en este terreno, se resuelven siempre por un desfile de hipótesis tan absurdas como torturantes. Su silencio me hacía pensar en la posible pérdida de mi carta –cosa en sí insignificante, pero que habría lamentado por cuanto estaba dirigida a usted–. Pero hace dos noches, al volver del centro, encontré su mensaje que leí con verdadera alegría.
Algunas noticias mías. Primero, algo que usted ya habrá sospechado al recibir mi carta: que no me fui a Méjico. Con gran tristeza se lo digo; porque yo sé que ese viaje me habría salvado –en un sentido muy especial, que trataré de explicarle, y del cual ya le he hablado algo–; inconvenientes materiales (¡triste mundo de las cosas, contra el cual se estrella la tentativa de evasión!) me detuvieron aquí. Ante todo: no hay barcos que vayan a Méjico saliendo de Buenos Aires. Es preciso partir de Chile… y eso significaba una complicación tan imprevista como decisiva. Mis investigaciones en las dársenas no dieron otro resultado que el de una sorda desesperación. Es horrible sentirse atado, en cualquier sentido. Tonto de mí, que pensé líricamente en la posibilidad de marcharme como tripulante, o polizón, o cualquier cosa…
Naturalmente, ese admirable sentido de vida que todos tenemos, ha dado un cuarto de vuelta en mí, y se orienta hacia esa mágica frase: “El verano próximo”. Pienso que, entonces, ya decidido desde un comienzo –y con dinero, que ahora me faltaba– podré irme. No sé si a Méjico o aún más lejos. Pero la tierra de Anáhuac me atrae por razones quizá inexplicables pero que –como todo lo inexplicable– son las más poderosas. Usted mismo, con su referencia a los gemelos de Zuñi y a la curiosa terapéutica indígena, hace hervir en mí la tristeza por lo que no ha podido ser, y la esperanza de un futuro próximo lleno de barcos, de mar, de ruinas aztecas… (¡Romántico hasta los huesos!)
Me pregunta usted, con graciosa ironía, si perdí en mi viaje el libro de Neruda. Le confieso que preferiría haberlo perdido en una sentina que no verlo ahora, burlón, en la biblioteca. El fracaso –pequeño en sí, inmenso para mi situación en la vida– me hace ver reproches en todo. “¿Por qué te quedaste? ¿Por qué no huiste a esa tierra lejana, donde te esperabas a ti mismo, en el puerto, sonriéndote?” Oigo palabras así, no siempre iguales pero siempre las mismas, de día y de noche. Y, justamente, hay unos versos de Neruda que reflejan como sólo puede reflejar la poesía mi situación de hoy. ¿Me permite que se los copie?
Innecesario, viéndome en los espejos,
con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles,
arranco de mi corazón al capitán del infierno,
establezco cláusulas indefinidamente tristes.
…………………………………………………
Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora:
yo rompo extremos queridos: y aún más,
aguardo el tiempo uniforme, sin medida:
un sabor que tengo en el alma me deprime.
¿Ve usted? Así estoy yo. Sólo que, por desgracia, no arranco de mi corazón al capitán del infierno; él está allí, y se llama EL VIAJE. Se quedará todo este recogido invierno que me espera en Bolívar, y luego… (¿Pero puede uno hacer proyectos? ¿Tanta confianza se tiene en la vida, en la marcha del corazón, en la persistencia del existir? No sé si estaré vivo el próximo verano. Quizá sí, pero puede ocurrir que ya no sea yo el mismo. ¡La vida nos cambia tanto! Hay seres lo bastante ingenuos como para decir: “Yo ya estoy formado”. Nada está formado, todo fluye hacia un estado distinto, y lo que seré yo mañana puede ser la contrafigura de mi ser de hoy. Me quedará el nombre, el cuerpo, los datos civiles. ¡Pero lo que cuenta es el alma!)
Pobre amigo, lo estoy aburriendo demasiado. (¡Lo que no le perdono es que haga compartir su propio aburrimiento al doctor Vignau, cuya infinita gentileza y bondad no merece semejante “recompensa”!) Me voy, entonces, a otras cosas, antes de dejarlo en libertad. Ha escuchado usted hermosa música. La dama elegida18 me parece admirable. Cierto que se inspira en un poema digno de semejante comentario sonoro. (Una vez intenté la traducción, pero desistí; día a día me convenzo más de que la poesía no puede ser traducida; algo muere en esa mudanza a otros moldes; algo se marchita, en la pura flor. Por eso se debería leer en todos los idiomas posibles… lo cual no siempre resulta posible.) ¿Sabe que estoy estudiando alemán? ¡Y con qué entusiasmo! (Hay una doble razón que usted comprenderá: primero, yo ansío alcanzar ese admirable idioma; segundo, necesitaba narcotizarme con algún trabajo, para olvidar Méjico. Creo que lo estoy logrando, penosamente, pero con seguridad.) Compré un excelente diccionario, y me procuré dos libros de… ¡Rainer María Rilke! Vale decir, que empecé por lo más difícil; pero no tengo paciencia para leer libros de lectura escolar, y además los resultados que he obtenido con mi sistema son positivos. Creo que en un año –Bolívar y su calma me ayudarán a ello– leeré sin grandes dificultades a Heine. (¡Y a Hölderlin, amigo mío, a Hölderlin!) Mi horario de estudio lingüístico se extiende a lo largo de todo el día, motivo por el cual mi familia me cree loco de remate, cosa que yo me atrevería a discutir…
Gracias por la noticia que me da acerca de esas horas de Lógica. Es usted el heraldo que trae la buena nueva. Yo no sabía nada. Y lo felicito por su inclusión –tan merecida y tan necesaria para el Nacional– en el cuerpo de profesores. Sí, dictaré Lógica con todo cariño (en el caso de que efectivamente me corresponda hacerlo); será una gran cosa para mí, porque mi mente no posee la disciplina necesaria para encarar la realidad con orden y seguridad; la constante sujeción a las categorías quizá demasiado rígidas de la lógica me obligarán a metodizarme. Y eso, hasta en la Poesía es necesario.
Lo siento mucho, pero insisto: no le envío cuentos. ¡Son malos! Me alegra que les haya gustado –incluso al buen amigo Vignau– el poemita. No he escrito más desde entonces. Creo que no hubiera podido hacerlo. Leo y estudio; Buenos Aires es para eso, y no para el trabajo de creación; falta el equilibrio que sólo la calma exterior puede proporcionar. Presencia sigue silenciosamente su ruta de olvido; es mejor así… por ahora.
Gracias por el ofrecimiento del Fausto. Terminé hace días la admirable traducción italiana de Manacorda. Creo que he logrado entrar en la obra; y no pido más. Goethe es, sin duda, un admirable espíritu, una fuerza natural domeñada por la reflexión y el ansia de la pureza. Es un libro donde hay páginas maravillosas. (Lo que no quita que tenga partes lánguidas, desesperantemente inútiles…) Goethe, hay que reconocerlo, ha envejecido. A él le entristecería mucho saber esto, si pudiera saberlo; porque el privilegio de las grandes obras consiste precisamente en resistir al tiempo –mejor aún; en situarse fuera del tiempo, en dimensiones eternas–. Esto es algo que todos los espíritus inteligentes de nuestra época han comprendido, y por eso buscan la obra universal, es decir aquella alejada de la circunstancia, de la limitación de tiempo y espacio. A veces no puedo menos de sonreírme, al leer las obras de Paul Valéry y comprender con qué lucidez previsora están construidas. Son obras que no pueden morir (sobre todo la poesía) porque encaran estructuras válidas en todo momento y para todo hombre. El problema del ser, por ejemplo, vale tanto ahora como dentro de cinco siglos, mientras que una oda a la plaza de la República –perdón por el ejemplo– está sujeta a la decadencia de su tema, de la circunstancia que la motivó. Por eso es que Andrade, Guido Spano y Almafuerte son decididamente insoportables, mientras que Rubén Darío resiste el embate del tiempo. Y no creo que haya contradicción en el hecho de que una obra que narra hechos circunstanciales, como por ejemplo la Ilíada, siga apasionando a todo espíritu sensible a la belleza; porque el sello del genio está precisamente en dar universalidad a lo particular, en convertir una circunstancia en un arquetipo. (Esto se está poniendo francamente insoportable. ¡Perdón, suspendo este diluvio verbal!)
La hija de Iorio es, sí, admirable. Celebro que le haya gustado; por otra parte, no podía ser de otro modo. ¿Qué opina el doctor Vignau? Yo creo que D’Annunzio se salvará –su renombre se ha visto comprometido por muchas obras intrascendentes– con ese drama, y algunas otras cosas. Lo malo en ese hombre fue el ser demasiado esteta, demasiado artífice de su lenguaje; alguien le llamó el “Oscar Wilde italiano”. Justa la denominación en parte; pero il divo Gabriele tuvo una intuición de lo trágico, de lo grandioso, que da a su obra un sello profundo. Si Wilde no ha muerto, tampoco morirá el poeta de La hija de Iorio; Italia no ha tenido, en los últimos 30 años, nadie comparable a ese hombre extraordinario, verdadero creador de belleza y de poesía.
Y ahora, definitivamente… ¡basta! Le devuelvo su libertad, amigo, ya harto comprometida con estas columnas –¡ojalá lo fueran, en el buen sentido de la palabra!–. Será hasta pronto. Mis saludos a todos los suyos, a los amigos, en particular al doctor Vignau, mis deseos de que esta carta los encuentre a todos muy bien, y un apretón de manos con todo el afecto de
Julio Cortázar
Espero –si no es demasiado pedir– una carta; no sabe cuánto me alegra leer sus palabras.
Debo haberme expresado mal en mi carta; ¿entendió usted que yo le enviaba un bizcocho a Sammy? ¡Mi intención fue mucho más egoísta: se trataba de que usted le diera un bizcocho… de mi parte! (Pero repararé personalmente el error, y yo mismo le daré a comer un bizcocho, cuando tenga el gusto de volver a su casa, donde he pasado horas tan bellas, tan inolvidables.)
Muy mal hecho el no estudiar el piano. Eso es im-per-do-na-ble. En nombre de la Música… ¡protesto!
A RICARDO E. MOLINARI
Mayo 16/39
Mi amigo Molinari:
Ya habrá pensado usted que yo erraba libremente por los campos de la ingratitud. He estado, es cierto, mucho tiempo callado, y le pediré perdón por ello; pero no me faltaron razones. Ha sido un tiempo de prueba, de sufrimiento, de desengaño. (Llamémosle, si usted quiere, tiempo de amor; de amor en vano.) Ahora estoy tranquilo, y tengo otra vez mi voz de siempre. No me olvidé de usted, y esta carta confía en que será leída con la amistad que yo tanto le agradezco.
Le envío unos poemas. Fueron escritos en las vacaciones –menos uno o dos– pero no se los llevé entonces porque quería estar seguro de que el tiempo no me los quitaba de las manos. (Muchas veces, al releer después de algunas semanas, he hecho pedazos lo que antes me parecía aceptable.) Creo que el tiempo está un poco fuera de ellos; lo cual –para espíritus malévolos– casi equivale a confesar que los creo inmortales. Dios me libre de ello; pero, eso sí, pienso que he dejado algo en sus versos. Me gustan, eso es todo. No puedo evitar que cada una de sus palabras despierte los mismos ecos graves que provocaron su inclusión en los poemas. Usted verá…
(Yo que lo sé tan puro creador de sonetos, le pido perdón por haber escrito esos poemas sin rima. Pero no podía. Tenía demasiado que decir, para entretenerme cantando. Usted comprende, verdad? Quién sino usted.)
Mi amigo, deseo que estas tonterías lo encuentren a usted bien, y trabajando mucho. (Esto último lo dice el egoísmo.) No me conteste si no tiene tiempo: ya le hablaré yo cuando vaya a casa, en junio, y espero que podremos vernos. Pero –otra vez asoma el egoísmo– si no está usted demasiado atareado, y tiene una página en blanco cerca de la pluma…
Me dijo D’Urbano19 que lo había visto a usted con Neruda. No sabe cuánto me alegro de que haya podido encontrarse con su amigo de Chile. ¿Se mudó de casa? ¿O sigue soportando la radio de la portería? (Pienso en su piecita del piso alto, los Góngora, el rhum, y su voz diciendo: “¡Qué bueno!”.)20 (¿Sabía usted que esa frase es en usted muy común, y habla de un gran corazón?)
Molinari, hasta siempre, con un apretón de manos de
Cortázar
LA VIZCAÍNA (hélas!)
BOLÍVAR. F.C.S.
Lo de “prosa” agregado al título de los poemas es un poco demasiado Mallarmé, ¿no? Pero… ¡qué le vamos a hacer!
A EDUARDO HUGO CASTAGNINO
Agosto 20 /39
Amigo Eduardo:
Dos líneas para que sepas de mi suerte –en el sentido de “destino” y también en el otro–. Soy ciudadano confirmado de la muy progresista y nacionalista ciudad de Chivilcoy, con 16 horas en la Escuela Normal. Habito en una infame fonda llamada HOTEL (!) RESTELLI y dicto geografía, historia e instrucción cívica (hélas!) en la susodicha institución de enseñanza.
Ahora, más que nunca, siento el impulso de dirigirme a ti, pues bien sé cómo tuvo comienzo esta aventura docente por el interior del país. Ya sé que te revienta que te hable de gratitud, y por eso suspendo el párrafo. Pero tú comprendes, ¿no?
¿Te has mudado o no te has mudado? Quedaste en avisarme, creo. Te advierto que estoy un poco preocupado por tu silencio. Pero he andado en tantos líos, la movilización Bolívar → Chivilcoy ha sido un ajetreo tan cansador, que recién ahora puedo escribirte con una relativa calma. Relativa, porque no he solucionado todavía el problema de mi alojamiento, y porque tengo mucho que leer con las materias nuevas.
¿Cómo anda ese Moreno? ¿Todos bien por tu casa? No dejes de mandarme aunque sean dos líneas a casa.
Bueno, amigo, perdóname la concisión. (Extraño terriblemente mi Royal. No sé escribir sin ella.) Mis saludos a los tuyos, y para ti un abrazo de
Julio
Escríbeme a Gral. Artigas 3246. Dto. 8.
En cuanto recupere la máquina (creo que me alojaré en una buena pensión, a fin de mes, y entonces podré llevar todas mis cosas) te mandaré una carta inacabable, con resumen de no menos [de] 10 libros, películas, música, etc., etc. Ya puedes, pues, ir adquiriendo dosis de bromuro.
Enérgico apretón de manos a Huguito.
A LUIS GAGLIARDI
Chivilcoy, agosto 21 de 1939
Mi amigo Luis:
Apenas dos líneas para que sepa que no me olvido de quien fue tan bueno, tan generoso y tan amigo durante mi estada en Bolívar. Tengo mucho trabajo con mis nuevas horas, y, aunque muy satisfecho de la Escuela y del alumnado, me veo obligado a consagrarme hasta el cansancio a la preparación de las clases. Por eso, que quede para una próxima mis impresiones de Chivilcoy. Cuando traiga mi máquina –¡no sé escribir sin ella!– le enviaré una de esas misivas que usted, de puro bueno que es, tolera.
Mis deseos de que los suyos y su novia estén bien. Con mis respetos para ellos, y un apretón de manos para usted de
Julio Cortázar
Afectos al Dr. Vignau y a todos los amigos.
¿Escuchó los conciertos de Wolff? Yo estuve en el último.
A LUCIENNE CHAVANCE DE DUPRAT
Chivilcoy, agosto 28 de 1939
Señora Lucienne C. de Duprat
Estimada señora:
Nada podía haberme llenado tanto de alegría como encontrar su obsequio a mi arribo a casa. El cuadro es mucho más que un petit barbouillage 21 como le llama usted. Créame que me ha parecido encantador, y en todo de acuerdo a mis preferencias que usted ha demostrado –con cuánta bondad– conocer tan bien.
Muchas gracias por el cuadro y las palabras que lo acompañaban. Su regalo no es imprescindible para hacerme recordar los días de Bolívar; pero es un motivo más que me ata a ese pueblo donde algunos amigos –y su nombre, señora, está entre ellos– me hicieron vivir horas de felicidad y alegría. Ese pequeño paisaje permanecerá desde hoy unido a mí como una delicada y bella prueba de la bondad de su corazón.
Otra vez, muchas gracias y mis mayores deseos de felicidad.
Julio Denis
A MERCEDES ARIAS
Chivilcoy, 28 de agosto de 1939
Dear Mercedes:
Of course it was better this time! Your present is very beautiful and very nice, too. I thank you for it, and I’ll remember your kindness every time I’ll read Christina Rossetti’s sweet songs. I was charmed when I discovered that little poem we used to read. Do you remember it?
When I am dead, my dearest…22
Dejo de escribir en “inglés” –llamémoslo así– porque estoy seguro de haber logrado una oscuridad absolutamente gongorina. Muchas gracias por su precioso regalo, que me ha acompañado en mi regreso a Chivilcoy y me promete horas tan llenas de poesía como de recuerdo –que en el fondo, se asemejan tanto–. Lamenté mucho no haberme despedido de usted cuando dejé Bolívar, y si no le envié antes un saludo es porque hasta ahora he estado sumergido en un mar de tareas. (¡Cuatro materias nuevas y casi a fin de año!)
Si usted no tiene inconvenientes, le prometo enviarle algún día –no sé si antes de las vacaciones– algunos poemas míos… o ajenos. Entretanto, muchas gracias otra vez, y la expresión de mi amistad de siempre.
Julio Cortázar
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SONETO
A todo lo ido
Tan vasta tu presencia en esta hora
herida de silencio, soledad
de mi fugar constante, cantidad
de sal en la pupila que te llora.
¡Tiempo para el recuerdo! Quién deplora
la flor que amó, su luz, la castidad.
(Yo te dije callando mi verdad;
cuándo el cantar; ya nunca en el ahora.)
Pero vasta tu imagen, como un río
de selvas que discurren por el viento,
como tu mano sobre la poes
