Título original: Finale
Traducción: Mireia Rué
1.ª edición: junio, 2013
© 2012 by Becca Ajoy Fitzpatrick
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 21.252-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-535-2
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Para mi madre, que siempre me ha animado desde las gradas
(¡corre, cariño, corre!)

Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Preludio
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
CAPÍTULO 39
CAPÍTULO 40
CAPÍTULO 41
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
Preludio

En la actualidad
Scott no creía en fantasmas. Los muertos se quedaban en la tumba y punto. Pero el entramado de túneles que se extendía bajo el parque de atracciones Delphic, arrullado por susurros y murmullos siseantes, le hizo reconsiderar su opinión. No le gustaba que sus pensamientos viajaran hasta Harrison Grey. No quería que se lo recordara por su implicación en el asesinato de un hombre. Gotas de humedad se desprendían del techo. Scott pensó en la sangre. El fuego de su antorcha proyectaba sombras en los muros, que olían a tierra fría y mojada. Pensó en las tumbas.
Una corriente helada le erizó los pelos de la nuca. Se volvió al instante y escrutó la oscuridad con desconfianza.
Nadie sabía que le había hecho a Harrison Grey el juramento de proteger a Nora. Como ya no podía decirle: «Eh, perdón por haberte causado la muerte», había decidido comprometerse a proteger a su hija. Lo cierto era que no se le daba bien eso de disculparse, pero era lo mejor que se le había ocurrido. Ni siquiera estaba seguro de que hacerle un juramento a un difunto comprometiera a nada.
Sin embargo, los sonidos huecos que resonaban a sus espaldas le hacían pensar lo contrario.
—¿Vienes?
Scott adivinó el perfil oscuro de los hombros de Dante unos pasos por delante de él.
—¿Falta mucho?
—Unos cinco minutos. —Dante rio entre dientes—. ¿Nervioso?
—Muerto de miedo. —Scott aceleró el paso para alcanzar a Dante y, con la esperanza de no parecer tan estúpido como se sentía, añadió—: ¿Qué pasa en esas reuniones? Es la primera vez que voy.
—Los altos cargos quieren conocer a Nora. Ahora es su líder.
—¿Significa eso que los Nefilim han aceptado que la Mano Negra ha muerto?
Scott no acababa de creérselo. Se suponía que la Mano Negra era inmortal. Todos los Nefilim lo eran. Entonces, ¿quién había encontrado el modo de acabar con él?
A Scott no le gustaba nada la respuesta que le venía a la cabeza cada vez que se lo preguntaba. Si Nora había sido la responsable... Si Patch la había ayudado...
Por mucho que se hubieran esforzado en no dejar ningún rastro, seguro que se les había pasado algo por alto. Le ocurría a todo el mundo. Solo era cuestión de tiempo.
Si Nora había matado a la Mano Negra, corría peligro.
—Han visto mi anillo —aclaró Dante.
Scott también lo había visto. Antes. El anillo encantado crepitó como si tuviera un fuego azulado atrapado bajo la corona. Y aún despedía ese brillo cerúleo, frío y mortecino. Según Dante, la Mano Negra había predicho que ese anillo sería la señal de su muerte.
—¿Han encontrado el cuerpo?
—No.
—¿Y están de acuerdo en que Nora sea su nueva líder? —preguntó Scott apretando el paso—. No se parece en nada a la Mano Negra.
—Le hizo un juramento de sangre anoche. Y él asintió con la cabeza en el momento en que murió. Ahora ella es la líder, les guste o no. Puede que acaben reemplazándola, pero primero le concederán un tiempo para ver por qué Hank la eligió.
A Scott no le gustó la idea.
—¿Y si le buscaran un sustituto?
Dante le lanzó una mirada oscura por encima del hombro.
—Moriría. Son las condiciones del juramento.
—No dejaremos que eso pase.
—No.
—Entonces todo va bien... —concluyó Scott. Necesitaba una confirmación de que Nora estaba a salvo.
—Mientras colabore...
Scott recordó la discusión que había mantenido con Nora ese mismo día. «Me encontraré con los Nefilim. Y voy a dejarles muy clara cuál es mi posición. Puede que Hank empezara esta guerra, pero quien la terminará seré yo. Y la guerra acabará con un alto al fuego. Me da igual que no sea eso lo que quieren oír.» Scott se llevó los dedos al puente de la nariz: aún tenía mucho que hacer.
Avanzó pesadamente sin apartar la vista de los charcos del suelo. Ondeaban como caleidoscopios aceitosos, y el último que había pisado accidentalmente le había dejado el pie empapado hasta el tobillo.
—Le dije a Patch que no la perdería de vista.
—¿También le tienes miedo a él? —gruñó Dante.
—No.
Pero sí se lo tenía. Y Dante habría sentido lo mismo si lo hubiera conocido.
—¿Por qué no han dejado que Nora nos acompañara a la reunión? —La decisión de separarse de Nora lo había dejado preocupado y no se perdonaba no haber mostrado su disconformidad en un principio.
—No sé por qué hacemos la mitad de las cosas que hacemos —adujo Dante—. Somos soldados y cumplimos órdenes.
Scott recordó lo que le había dicho Patch al despedirse de él. «No le quites el ojo de encima. Y no metas la pata.» Aquella amenaza caló hondo en su corazón. Patch estaba convencido de que era el único que se preocupaba por Nora, pero se equivocaba. Nora era para Scott lo más parecido que tenía a una hermana. Había estado a su lado cuando todo el mundo le había dado la espalda e incluso había evitado que cayera al vacío. Literalmente.
Tenían un vínculo, aunque no ese vínculo. En realidad se preocupaba por Nora más que por cualquiera de las chicas a las que había conocido. Ella era responsabilidad suya. De hecho, le había hecho un juramento a su difunto padre.
Los dos Nefilim se adentraron aún más en los angostos túneles, rozando los muros con los hombros. Scott se inclinó para meterse en el siguiente pasadizo, y varios terrones se desprendieron del techo a su paso. A partir de entonces avanzó conteniendo la respiración por miedo a que el pasillo se derrumbara sobre sus cabezas y los dejara sepultados bajo los escombros.
Al cabo Dante tiró de una clavija y una puerta se materializó en el muro del pasadizo.
Scott examinó la tenebrosa sala que había tras la puerta. Los mismos muros mugrientos, el mismo suelo de piedra... Vacía.
—Mira —dijo Dante señalando el enlosado—. Una trampilla.
Scott se apartó de la placa de madera que había encajada entre las losas del suelo y tiró de la manilla. Voces acaloradas ascendieron por el agujero. Pasó por encima de la tapadera, se introdujo en el hueco y aterrizó tres metros más abajo.
Examinó la diminuta sala en un instante: parecía una caverna, y un grupo de hombres y mujeres Nefilim vestidos con túnicas negras formaban un corro alrededor de dos figuras que no podía distinguir con claridad. Una hoguera chisporroteaba a un lado de la estancia y, hundida entre las brasas, la hoja de una espada resplandecía al rojo vivo.
—Dime —espetó una voz enjuta y anciana en el centro del círculo—: ¿cuál es la naturaleza de tu relación con el ángel caído al que llaman Patch? ¿Estás preparada para liderar a los Nefilim? Tenemos que saber si contamos con tu lealtad absoluta.
—No veo por qué debo contestar a eso —respondió Nora, la otra figura—. Mi vida personal no es asunto vuestro.
Scott se acercó para ver mejor lo que ocurría.
—Tú careces de vida personal —resopló la mujer de la voz enjuta; tenía los cabellos canos y blandía un dedo huesudo hacia Nora mientras la mandíbula le temblaba de rabia—. Ahora tu único designio es conseguir que tu gente viva libre de los ángeles caídos. Sé muy bien que eres la heredera de la Mano Negra, pero, aunque me dolería ir en contra de sus deseos, si es preciso votaré para que te excluyan.
Scott paseó la mirada por el grupo de Nefilim que formaban el corro. Varios de los presentes asintieron.
«Nora —le instó Scott mentalmente—, ¿se puede saber qué estás haciendo? Piensa en el juramento de sangre. Tienes que mantenerte en el poder. Diles lo que quieren oír. Lo que sea para que se tranquilicen.»
Nora fue mirándolos a todos con hostilidad manifiesta hasta que sus ojos se encontraron con él: «¿Scott?», pensó.
Él asintió con la cabeza para mostrarle su apoyo. «Estoy aquí. No los irrites más de lo que ya están. Haz lo que sea para complacerles y luego te sacaré de aquí.»
Nora tragó saliva y trató de serenarse, pero sus mejillas siguieron rojas de indignación.
—Anoche la Mano Negra murió. Desde entonces me he convertido en su heredera y me he visto obligada a ocuparme del liderazgo de este pueblo, a ir de una reunión a otra, a saludar a gente a la que no conozco, a llevar esta túnica sofocante, a responder a montones de preguntas sobre cuestiones personales, se me ha evaluado y presionado, cuestionado y juzgado, y todo eso sin disponer de un solo segundo para respirar. Así que disculpadme si aún no he tenido tiempo de recuperarme.
La mujer del cabello cano frunció los labios, pero no replicó.
—Soy la heredera de la Mano Negra. Él me eligió. No lo olvidéis —advirtió Nora.
Scott no pudo determinar si había hablado con convicción o sarcasmo, pero el resultado de sus palabras fue el silencio.
—Respóndeme una pregunta —le pidió la mujer mayor con astucia después de una pausa cargada de tensión—. ¿Qué ha sido de Patch?
Antes de que Nora tuviera tiempo de responder, Dante dio un paso adelante y dijo:
—Ella ya no está con Patch.
Nora y Scott se miraron el uno al otro, atónitos, y luego se volvieron hacia Dante. «¿A qué viene eso?», le preguntó Nora a Dante mentalmente, incluyendo a Scott en su conversación a tres.
«Si no te permiten tomar el mando ahora mismo, tendrás que morir: así lo dicta el juramento de sangre —respondió Dante—. Deja que me encargue yo.»
«¿Mintiendo?», inquirió ella sin despegar los labios.
«¿Tienes una idea mejor?»
—Nora desea ser la líder de los Nefilim —anunció Dante con voz alta y clara—. Hará todo lo que sea necesario. Terminar la labor de su padre lo es todo para ella. Concededle un día de duelo, y luego se lanzará de cabeza a la tarea, completamente comprometida. Yo la prepararé. Puede hacerlo. Dadle una oportunidad.
—¿Que tú la prepararás? —le preguntó la mujer mayor con una mirada penetrante.
—Todo irá bien. Confiad en mí.
La mujer sopesó sus palabras durante unos instantes y finalmente le ordenó:
—Ponle la marca de la Mano Negra.
Al ver la mirada salvaje y aterrorizada de Nora, Scott estuvo a punto de vomitar.
Las pesadillas. Surgían de algún lugar recóndito, adueñándose de sus pensamientos, revoloteando por su cabeza atropelladamente. Se mareaba. Y entonces oía la voz. La voz de la Mano Negra. Scott se tapaba al punto los oídos y contraía el rostro con una mueca de dolor. La voz maníaca se reía burlonamente y siseaba con insistencia hasta que las palabras se mezclaban en un zumbido frenético, como el de una colmena azotada por el viento. La marca de la Mano Negra que llevaba grabada a fuego en el pecho palpitaba. Era un dolor reciente. Scott no podía distinguir entre el ayer y el hoy.
Su garganta soltó una orden ahogada:
—Basta.
Tuvo la sensación de que el tiempo se detenía. Los cuerpos de los presentes se volvieron hacia él y, de pronto, Scott sintió el peso de la hostilidad de todas las miradas.
Se quedó paralizado. No podía pensar. Tenía que salvarla. Nadie había evitado que la Mano Negra lo marcara, y no estaba dispuesto a dejar que a Nora le ocurriera lo mismo.
La anciana se acercó a Scott, haciendo sonar los tacones contra el suelo en una cadencia lenta y deliberada. Profundos surcos marcaban su piel. Sus ojos verdes y vidriosos lo escrutaban desde el fondo de las cuencas.
—¿No te parece que debería demostrarnos su lealtad con el ejemplo?
Sus labios esbozaron una sonrisa desafiante.
A Scott se le aceleró el corazón y, sin siquiera pensarlo, dijo:
—Que os la demuestre con sus acciones.
La anciana inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Qué quieres decir?
Y entonces oyó la voz de Nora en su cabeza. «¿Scott?», murmuró presa de los nervios.
Scott esperó que su intervención no estuviera empeorando las cosas. Se humedeció los labios y prosiguió:
—Si la Mano Negra hubiera querido que luciera su señal, se habría encargado de marcarla personalmente. Confiaba en ella lo bastante como para encargarle este trabajo. Y a mí me basta con eso. Podemos pasarnos lo que queda del día poniéndola a prueba o podemos empezar esta guerra de una vez por todas. Unos treinta metros por encima de nuestras cabezas tenemos una ciudad repleta de ángeles caídos. Traedme uno. Yo mismo me encargaré de marcarlo. Si queréis que los ángeles caídos sepan que esta guerra va en serio, mandémosles un mensaje.
Oía su propia respiración errática.
Lentamente una sonrisa iluminó el rostro de la anciana.
—Vaya, eso me gusta. Y mucho. ¿Y quién eres tú, muchacho?
—Scott Parnell —respondió tirando del cuello de su camiseta. Sus dedos rozaron la piel deforme que dibujaba su marca: un puño cerrado—. Larga vida al proyecto de la Mano Negra.
Las últimas palabras le dejaron un regusto bilioso en la boca.
La anciana posó sus dedos huesudos en el hombro de Scott, se inclinó ligeramente hacia él y le dio un beso en cada mejilla. Tenía la piel húmeda y fría como la nieve.
—Y yo soy Lisa Martin. Conocía muy bien a la Mano Negra. Larga vida a su espíritu, que está entre nosotros. Tráeme a un ángel caído, jovencito, y le mandaremos un mensaje al enemigo.
Pronto estuvieron de vuelta.
Scott ayudó a bajar al ángel caído encadenado: era un muchacho llamado Baruch que debía de tener unos quince años humanos. El mayor miedo de Scott era que los Nefilim esperaran que Nora se encargara de marcarlo, pero Lisa Martin se la había llevado a una antecámara.
Un Nefil se había acercado a Scott ataviado con su túnica y había depositado el hierro candente en sus manos. Él bajó la mirada hacia la losa de mármol en la que habían maniatado al ángel caído. Scott hizo oídos sordos a los insultos y las amenazas de venganza de Baruch y, tras repetir las palabras que el Nefil de la túnica le había ido murmurando al oído (un montón de chorradas que comparaban a la Mano Negra con un dios), presionó el acero ardiente contra el pecho desnudo del ángel caído.
Terminada la ceremonia, Scott salió al pasillo y se apoyó junto a la puerta de la antecámara para esperar a Nora. Si al cabo de cinco minutos seguía ahí dentro, entraría a buscarla: no se fiaba de Lisa Martin. No se fiaba de ninguno de los Nefilim que había ahí dentro. Estaba claro que formaban una sociedad secreta, y la vida le había enseñado de la peor manera que los secretos no deparaban nada bueno.
La puerta se abrió con un crujido. Nora salió al pasadizo y lo estrechó con fuerza entre sus brazos. «Gracias», le dijo mentalmente.
Scott no la soltó hasta que dejó de temblar.
«Lo hago continuamente —bromeó tratando de tranquilizarla del mejor modo que sabía—. Ya te mandaré la factura.»
Nora dejó escapar una sonrisa.
—Ya ves que están encantados de tenerme de líder.
—Están conmocionados.
—Conmocionados por que la Mano Negra haya puesto su futuro en mis manos. ¿Has visto qué cara ponían? Creía que se iban a echar a llorar. O incluso que me iban a arrojar tomates o algo así.
—¿Y qué vas a hacer?
—Hank está muerto, Scott. —Nora lo miró directamente a los ojos; Scott le secó las lágrimas pasándole los dedos por debajo de los párpados y descubrió en su mirada un destello que no consiguió descifrar. ¿Tranquilidad? ¿Seguridad? ¿O tal vez una confesión en toda regla?—. Me voy a celebrarlo.
CAPÍTULO
1
ESA NOCHE
Las fiestas no son lo mío. La música ensordecedora, los cuerpos dando vueltas y más vueltas, las sonrisas ebrias... Nada de eso va conmigo. Para mí, la mejor forma de pasar el sábado por la noche es quedarme en casa, acurrucada en el sofá, viendo una comedia romántica con Patch, mi novio. Un plan predecible, sencillo... normal. Me llamo Nora Grey y, aunque hace un tiempo era la típica adolescente americana que se compra la ropa en el outlet de moda y se gasta el dinero de los canguros en iTunes, últimamente la normalidad y yo nos hemos convertido en dos perfectas extrañas. Ahora mismo no la reconocería aunque me metiera el dedo en el ojo.
La normalidad y yo cuando Patch apareció en mi vida. Patch es un palmo más alto que yo, funciona con una lógica fría y rígida, se mueve con el sigilo del humo y vive solo en un estudio supersecreto y superpijo bajo el parque de atracciones Delphic. Tiene una voz grave y sexy que me derrite el corazón en menos de tres segundos. Y es un ángel caído: lo echaron del cielo por ser demasiado flexible a la hora de seguir las normas. Personalmente creo que tuvo más que ver su modo de ser, demasiado poco normal.
Tal vez en mi vida no haya normalidad, pero sí estabilidad. Es decir, materializada en Vee Sky, mi mejor amiga desde hace doce años. Ella y yo compartimos un vínculo inquebrantable que ni siquiera una lista interminable de diferencias puede romper. Dicen que los opuestos se atraen, y Vee y yo somos la prueba de ello. Yo soy delgada y larguirucha (según los estándares humanos), tengo una melena rizada que pone a prueba mi paciencia y una personalidad hiperactiva y algo irascible. Vee es aún más alta que yo, es rubia, tiene los ojos verdes y más curvas que una montaña rusa. Los deseos de Vee suelen imponerse a los míos. Y, al contrario que yo, Vee vive por salir de fiesta.
Esa noche las ganas de juerga de Vee nos llevaron al otro lado de la ciudad, a un almacén de obra vista de cuatro pisos agitado por el estruendo de la música, lleno de carnés falsos y atiborrado de cuerpos sudorosos cuyas emanaciones podían competir con el peor de los gases invernadero. Tenía la típica distribución interior: una pista de baile encajada entre un escenario y la barra de un bar. Corría el rumor de que detrás de la barra había una puerta secreta que conducía al sótano, y en el sótano había un hombre llamado Storky que dirigía un próspero negocio que pirateaba de todo. Los líderes de la comunidad religiosa seguían amenazando con cerrar ese criadero de adolescentes disolutos de Coldwater... también conocido como La Bolsa del Diablo.
—¡Vamos, muévete! —se desgañitaba Vee tratando de hacerse oír por encima del absurdo chunda chunda de la música.
Entrelazó sus dedos con los míos y ambas levantamos las manos por encima de la cabeza. Estábamos en el centro de la pista, y recibíamos empujones y achuchones por todos lados.
—Así es como hay que pasar la noche de los sábados: tú y yo juntas, divirtiéndonos, soltándonos el pelo, moviendo el esqueleto hasta caer rendidas.
Puse todo mi empeño en asentir con entusiasmo, pero el tío que tenía detrás no paraba de pisarme el talón de las manoletinas y la chica que bailaba a mi derecha levantaba peligrosamente los codos al ritmo de la música: si no me andaba con cuidado, seguro que acabaría con un ojo a la virulé.
—¿Y si pedimos algo de beber? —le grité a Vee—. Hace mucho calor.
—Esto es porque al llegar nosotras ha subido la temperatura de la fiesta. Fíjate en el tío del bar. No te quita los ojos de encima... Se ha quedado embobado con tus movimientos fogosos. —Se lamió el dedo y lo posó sobre mi hombro desnudo imitando el sonido del chisporroteo del fuego.
Seguí su mirada... y el corazón me dio un vuelco.
Dante Matterazzi me saludó levantando la barbilla. Su siguiente saludo fue algo más sutil.
«Nunca habría dicho que te gustara bailar», me dijo mentalmente.
«Fíjate, en cambio yo siempre había pensado que eras un acosador», le contesté.
Dante Matterazzi y yo pertenecíamos a la raza de los Nefilim, de ahí nuestra habilidad natural para hablar por telepatía, pero nuestras afinidades se acababan ahí. Dante era tremendamente persistente, y yo no sabía cuánto tiempo más podría seguir capeándolo. Lo había conocido esa misma mañana, cuando se había presentado en mi casa para anunciarme que ángeles caídos y Nefilim estaban al borde de la guerra y que yo era la encargada de liderar a los segundos; sin embargo, lo último que necesitaba en ese momento era pensar en esa guerra. Se trataba de una situación abrumadora. O tal vez era que yo me resistía a aceptarla. Fuera como fuera, lo único que quería era que Dante desapareciera.
«Te he dejado un mensaje en el móvil», me dijo.
«Vaya, se me debe de haber pasado.» Más bien lo había borrado.
«Tenemos que hablar.»
«Estoy un poco ocupada.» Para dejárselo bien claro, moví las caderas y agité los brazos de un lado a otro, tratando de imitar a Vee, una adicta a los programas musicales. No cabía duda: mi amiga llevaba el hip-hop en el alma.
Dante esbozó una leve sonrisa. «Ya que estás, pídele a tu amiga que te dé un par de consejos: me parece que esto de bailar no es lo tuyo. Nos vemos fuera en un par de minutos.»
«Ya te he dicho que estoy ocupada», repetí mirándolo fijamente.
«Esto no puede esperar», insistió y, tras arquear las cejas significativamente, desapareció entre la multitud.
—Él se lo pierde —opinó Vee—. Se ha amedrentado, eso es todo.
—Bueno, ¿qué querrás tomar? —le dije—. ¿Te traigo una Coca-Cola?
Vee no parecía dispuesta a abandonar la pista y, aunque no me apetecía nada hablar con Dante, pensé que lo mejor sería pasar el mal trago cuanto antes. La alternativa era tenerlo pegado a mis talones toda la noche.
—Coca-Cola con limón —respondió Vee.
Abandoné la pista de baile y, después de asegurarme de que Vee no estuviera mirando, me metí en un corredor lateral y salí por la puerta trasera. El callejón estaba bañado por la luz azulada de la luna. Justo enfrente de mí, había aparcado un Porsche Panamera rojo y Dante me esperaba apoyado en el capó con los brazos cruzados.
Dante mide más de dos metros y tiene el físico de un soldado recién salido del campamento militar. Un ejemplo claro: tiene más masa muscular en el cuello que yo en todo el cuerpo. Esa noche llevaba unos pantalones holgados de color caqui y una camisa de lino blanca medio abotonada que dejaba al descubierto una V de piel suave y sin un solo pelo.
—Bonito coche —le dije.
—Me lleva allí donde quiero.
—Mi Volkswagen también, y cuesta bastante menos.
—Un coche es algo más que solo cuatro ruedas.
¡Puaj!
—Bueno —dije moviendo con impaciencia la punta del pie—, ¿qué era eso tan urgente?
—¿Aún sales con ese ángel caído?
Era la tercera vez que me lo preguntaba en pocas horas: las dos primeras en un mensaje de texto y entonces cara a cara. Mi relación con Patch había pasado por muchos altibajos, pero la última tendencia era ascendente. En un mundo en el que los Nefilim y los ángeles caídos preferían morir antes que dedicarse una sonrisa, salir con un ángel caído estaba completamente prohibido.
Me enderecé todo lo que pude y dije:
—Ya lo sabes.
—¿Vais con cuidado?
—La discreción es nuestro lema.
Ni Patch ni yo necesitábamos que Dante nos advirtiera de que no era prudente aparecer juntos en público. Los Nefilim y los ángeles caídos nunca habían necesitado una excusa para pelearse, y las tensiones raciales entre ambos grupos empeoraban cada día que pasaba. Estábamos en otoño, en el mes de octubre, para ser exactos, y no faltaban más que unos pocos días para que empezara el mes judío del Jeshván.
Cada año, durante el Jeshván, los ángeles caídos ocupaban el cuerpo de montones de Nefilim. Los ángeles caídos tenían la libertad de actuar a su antojo y, como era la única época del año en que podían tener sensaciones físicas, daban rienda suelta a su imaginación. Estaban ansiosos por sentir placer, dolor, y toda la gama se sensaciones que había en medio y para ello se convertían en parásitos de los cuerpos de los Nefilim. Para los Nefilim, el mes de Jeshván era como una cárcel infernal.
Si la persona no indicada me sorprendía paseando cogida de la mano de Patch, ambos pagaríamos nuestro atrevimiento de un modo u otro.
—Hablemos de tu imagen —propuso Dante—. Tenemos que generar noticias positivas asociadas con tu nombre. Conseguir que los Nefilim confíen en ti.
Hice chasquear lo dedos teatralmente y dije:
—¡No soporto eso de no ser popular!
Dante frunció el ceño.
—Esto va en serio, Nora. El mes de Jeshván empezará dentro de setenta y dos horas, y eso significa la guerra. Los ángeles caídos en un bando y nosotros en el otro. Todo el peso de la responsabilidad recae sobre tus hombros: ahora eres el jefe del ejército Nefilim. Le hiciste un juramento de sangre a Hank y no creo que necesites que te recuerde que las consecuencias de romperlo son muy serias.
Sentí náuseas. La verdad era que no había solicitado el trabajo. Gracias a mi difunto padre biológico, un hombre retorcido llamado Hank Miller, me había visto obligada a heredar su posición. Después de someterme a una transfusión de sangre, me coaccionó para que abandonara mi condición de mera humana y me transformara en una Nefil de pura raza para que así pudiera encabezar a su ejército. Hice un juramento en el que me comprometía a ser el jefe de sus tropas, un juramento que entró en vigor con la muerte de mi padre, y, si me negaba a respetarlo, mi madre y yo moriríamos. Eran las condiciones del juramento. Nada más.
—Por muchas medidas que tome, no podemos hacer desaparecer tu pasado. Los Nefilim están removiendo cielo y tierra tratando de encontrar algo. Corren rumores de que sales con un ángel caído y de que tus lealtades están divididas.
—Es cierto: salgo con un ángel caído.
Dante miró al cielo, exasperado.
—¿Por qué no lo gritas a los cuatro vientos?
Me encogí de hombros y repuse mentalmente: «Si es eso lo que quieres...» Abrí la boca, pero Dante se plantó de un salto a mi lado y me la tapó con la mano.
—Ya sé que te cuesta, pero, por una vez, ¿podrías tratar de facilitarme un poco el trabajo? —me murmuró al oído escrutando la oscuridad con preocupación manifiesta. Yo, sin embargo, sabía que estábamos solos. No hacía más que veinticuatro horas que era una Nefil de pura raza, pero tenía confianza absoluta en la agudeza de mi nuevo sexto sentido. Si hubiera habido algún curioso agazapado en los alrededores, lo habría percibido.
—Mira, ya sé que esta mañana he cometido la imprudencia de decir a los Nefilim que tendrían que aceptar el hecho de que yo saliera con un ángel caído —dije cuando me retiró la mano de la boca—. No pensaba con claridad. Estaba enfadada. Me he pasado el día dándole vueltas y he hablado con Patch. Tenemos mucho cuidado, Dante. Mucho.
—Me alegro de saberlo. Pero, aun así, necesito que me hagas un favor.
—¿Cuál?
—Sal con un Nefil. Sal con Scott Parnell.
Scott era el primer Nefil con el que había hecho amistad, a la tierna edad de cinco años. Entonces no sabía cuál era su auténtica naturaleza, pero en los últimos meses se había convertido primero en mi hostigador, después en mi cómplice y finalmente en mi amigo. Entre nosotros no había secretos y, por tanto, tampoco ninguna atracción de tipo sexual.
—¡Esta sí que es buena! —exclamé echándome a reír.
—Solo sería una tapadera... Para guardar las apariencias —me explicó—. Hasta que te ganes la simpatía de nuestra especie. No hace más que un día que eres una Nefil. Nadie te conoce. La gente necesita que les des una razón para mirarte con buenos ojos. Tenemos que conseguir que se sientan cómodos confiando en ti. Saliendo con un Nefil darías un paso en la dirección correcta.
—¡No puedo salir con Scott! —exclamé—. Le gusta a Vee.
Decir que Vee no había tenido demasiada suerte en el amor era quedarse muy corto. En los últimos seis meses se había enamorado de un depredador narcisista y de un canalla de los que te apuñalan por la espalda. No es de extrañar que, después de estas dos relaciones, V
