Un hombre del pueblo

Chinua Achebe

Fragmento

1

Es innegable que el honorable jefe y diputado M. A. Nanga era el político más accesible del país. A cualquiera que se le preguntara en la ciudad o en su pueblo natal, Anata, diría que era un hombre del pueblo. Si no lo dejo claro desde el principio, la historia que voy a contar carecerá de sentido.

Aquella tarde iba a dirigirse a los alumnos y profesores del instituto de Anata en el que yo daba clases en esa época. Pero como era habitual en aquellos tiempos tan politizados, acudió toda la gente del pueblo y prácticamente ocuparon el lugar. El salón de actos del instituto se llenó más del triple de su aforo. Muchos lugareños se sentaron en el suelo, justo al pie del estrado. Eché un vistazo y decidí que era mejor permanecer fuera, al menos por el momento.

Cinco o seis grupos de baile actuaban en distintos puntos del recinto. El popular Grupo de Mujeres Ego llevaba un nuevo uniforme de tela kente bastante cara. A pesar del bullicio se podía oír, clara como la de un pájaro, la poderosa voz de su solista, a la que apodaban con admiración «Gramáfono». Personalmente no me interesan demasiado los bailes de nuestras mujeres, pero cuando Gramáfono cantaba tenías que escucharla. En esos momentos estaba alabando la apostura de Micah, que comparaba con la perfecta belleza escultórica de un águila tallada, y su popularidad, que había de ser envidiada por el viajero a tierras lejanas que no debía enemistarse con nadie en su camino. Micah era, por supuesto, el honorable jefe y diputado M. A. Nanga.

La llegada de los miembros de la junta de cazadores en traje ceremonial causó un gran revuelo. Hasta Gramáfono cesó de cantar, al menos durante un rato. Aquella gente nunca salía, excepto para asistir al funeral de uno de sus miembros o a algún acontecimiento muy especial y destacado. No podía recordar la última vez que los había visto. Empuñaban las armas cargadas como si fueran de juguete. De vez en cuando dos de ellos se saludaban al estilo guerrero, entrechocando las culatas de sus escopetas primero de izquierda a derecha y luego de derecha a izquierda. Las madres agarraban a sus hijos y se los llevaban apresuradamente. Ocasionalmente, un cazador apuntaba a una rama de palmera lejana y la partía por la mitad. El gentío aplaudía. Pero hubo muy pocos disparos. La mayoría de los cazadores reservaba su preciada pólvora para recibir al ministro; el precio de la pólvora, como el de todo, se había duplicado una y otra vez en los cuatro años que el gobierno llevaba en el poder.

Mientras permanecía en un rincón del gran tumulto aguardando a que llegara el ministro, sentí cómo una fuerte sensación de amargura me llenaba la boca. Allí estaban aquellos pueblerinos ignorantes y estúpidos bailando hasta la extenuación y esperando para hacer estallar su pólvora en honor de uno de los hombres que habían lanzado al país cuesta abajo por las pendientes de la inflación. Deseé que ocurriese un milagro, que se alzara una voz atronadora que acallara aquel festival ridículo y les dijera un par de verdades a aquellos pobres desgraciados. Por supuesto, resultaría inútil. No solo eran unos ignorantes, sino también unos cínicos. Si alguien les contara que aquel hombre había utilizado su posición para enriquecerse, ellos preguntarían, como hacía mi padre, si un hombre sensato escupiría el delicioso manjar que la buena suerte le había puesto en la boca.

No siempre había sentido aversión hacia el señor Nanga. Hacía unos dieciséis años había sido mi profesor en tercero de primaria y creo que yo era su alumno preferido. Le recuerdo como un profesor joven, guapo y popular, imponente con su uniforme de jefe scout. En una de las paredes del colegio colgaba un cuadro con el retrato de un jefe scout de apostura y atuendo impecables. No estoy seguro de que el profesor de arte que había pintado el cuadro tuviese en mente al señor Nanga. Aunque no guardaba ningún parecido con sus facciones, lo llamábamos el cuadro del señor Nanga. Nos bastaba con que ambos fuesen guapos y fuesen unos jefes scout imponentes. La figura estaba de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras que el pie derecho descansaba ligeramente sobre un tocón perfectamente cortado. Flores de hibisco de un vivo color rojo decoraban las cuatro esquinas del marco; y debajo estaban escritas las memorables palabras: «Mi reino no es lo que tengo, sino lo que hago». Aquello era en 1948.

Nanga debió de meterse en política poco después y pronto consiguió un escaño en el Parlamento. (Resultaba fácil en aquella época, antes de que nos enteráramos de cuál era su precio al contado.) Años más tarde solía leer cosas sobre él en los periódicos, e incluso me sentía en cierto modo orgulloso de él. En aquella época yo acababa de ingresar en la universidad y me involucré a fondo en la rama estudiantil del Partido Organizado del Pueblo. Entonces, en 1960, ocurrió algo vergonzoso dentro del partido que me desilusionó por completo.

En aquellos tiempos el señor Nanga era un diputado desconocido en las filas del POP gobernante. Las elecciones generales eran inminentes. El POP estaba en pleno auge y no había temor a que perdiera. La oposición, el Partido de la Alianza Progresista, era débil y desorganizada.

Entonces se produjo el declive del mercado internacional del café. De la noche a la mañana (o eso nos pareció), el gobierno se encontró con una peligrosa crisis financiera entre manos. El café era el eje de nuestra economía, al igual que los cultivadores de café eran el baluarte del POP.

El ministro de Economía de aquella época era un eminente economista, doctor en finanzas públicas. Presentó al consejo de ministros un plan completo para afrontar la situación.

El primer ministro dijo «No» al plan. No iba a arriesgarse a perder las elecciones rebajando en un momento tan crítico el precio que se pagaba a los cultivadores de café; daría instrucciones al Banco Nacional para que imprimiera quince millones de libras. Dos tercios del gabinete apoyaron al ministro de Economía. A la mañana siguiente fueron destituidos por el primer ministro, que por la noche se dirigió a la nación. Dijo que los ministros destituidos eran conspiradores y traidores que se habían aliado con saboteadores extranjeros para destruir la nueva nación.

Recuerdo muy bien la emisión de aquel discurso. Por supuesto, nadie sabía la verdad por aquel entonces. Los periódicos y la radio difundieron la versión del primer ministro. Estábamos muy indignados. Nuestra unión de estudiantes se reunió con carácter de urgencia, expresó su voto de confianza al líder y reclamó orden de arresto para aquellos sinvergüenzas. Toda la nación apoyaba al líder. Se organizaron marchas y manifestaciones de protesta a lo largo y ancho del país.

Fue en aquel momento cuando empecé a darme cuenta de que el clamor popular adquiría un tono cada vez más siniestro y peligroso.

El Daily Chronicle, órgano oficial del POP, había señalado en un editorial que toda la «panda de sinvergüenzas», como se denominaba a los ministros destituidos, estaba formada por gente del mundo universitario y profesionales con un alto nivel educativo. (He conservado un recorte de aquel editorial.)

De una vez por todas, vamos a extraer de nuestra clase política, como un dentista extrae un diente podrido, a todos esos secuaces decadentes versados en manuales de economía que imitan los manierismos y la forma de hablar del hombre blanco. Estamos orgullosos de ser africanos. Nuestros verdaderos líderes no son esa gente corrompida con sus títulos de Oxford, Cambridge o Harvard, sino los que hablan el idioma del pueblo. Abajo la detestable y costosa educación universitaria que solo aliena al africano de su antigua y rica cultura y lo hace creerse superior a su gente…

Aquel grito se extendió por todas partes. Otros periódicos señalaron que incluso en Gran Bretaña, donde la «panda de sinvergüenzas» había adquirido su «supuesta formación», no era necesario ser economista para llegar a ministro de Hacienda, ni ser médico para convertirse en ministro de Sanidad. Lo que importaba era la lealtad al partido.

Yo estaba en la tribuna pública el día que el primer ministro recibió un apabullante voto de confianza. Y fue el día en que la verdad salió finalmente a la luz; solo que nadie escuchaba. Recuerdo la figura apesadumbrada del ministro de Economía cesado al entrar con su equipo en la sala, abucheado tanto por los miembros del partido como por el público. Aquella semana las turbas airadas le habían destrozado el coche, y su casa había sido apedreada. A otro de los ministros destituidos lo sacaron de su coche, le pegaron hasta dejarlo inconsciente, lo arrastraron por la carretera durante unos cincuenta metros, luego lo ataron de pies y manos, lo amordazaron y lo dejaron tirado en la cuneta. Aún seguía en el hospital ortopédico cuando se reunió la cámara.

Aquella fue mi primera, y última, visita al Parlamento. También fue la única vez que volví a ver al señor Nanga desde que fuera mi profesor en 1948.

El primer ministro habló durante tres horas, y sus palabras fueron interrumpidas una y otra vez por los aplausos. Le llamaban el Tigre, el León, el Único, el Cielo, el Océano, y muchos otros nombres elogiosos. Dijo que la «panda de sinvergüenzas» había sido pillada «con las manos en la masa en su vil complot para derrocar al gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo con la ayuda de los enemigos extranjeros».

«¡Se merecen la horca!», gritó el señor Nanga desde los escaños de la parte de atrás. Aquella interrupción sonó tan alta y clara que aparecería más tarde reflejada bajo su propio nombre en las actas parlamentarias. Durante toda la sesión dirigió a la jauría de sabuesos de los escaños de atrás, que tiraban de sus correas para intentar alcanzar a sus víctimas. Si alguien se hubiera molestado en resumir las interrupciones del señor Nanga, habría anotado una sucesión de aullidos y gruñidos que duró una buena hora. El sudor goteaba por su cara cada vez que se levantaba para interrumpir o se reclinaba en su asiento para participar de la risa desdeñosa de la hiena hambrienta.

Cuando el primer ministro dijo que lo habían apuñalado por la espalda los mismos ingratos a quienes había sacado de la nada, a algunos miembros del partido se les saltaron las lágrimas.

«Han mordido la mano de la madre que les daba de comer», dijo el señor Nanga. Aquello también constó en las actas parlamentarias, de las cuales tengo una copia delante. Sin embargo, es imposible transmitir por escrito la atmósfera electrizante de aquel día.

Ahora no puedo recordar exactamente cuáles eran mis sentimientos en aquel momento. Supongo que pensaba que toda aquella representación resultaba bastante peculiar. Debe tenerse en cuenta que en aquel momento no había razón alguna para pensar que pudiese haber otra versión de la historia. El primer ministro seguía hablando. Entonces hizo la famosa (o infame) declaración solemne: «A partir de hoy tenemos que vigilar y guardar con celo nuestra libertad tan arduamente conseguida. Nunca más debemos confiar nuestro destino y el destino de África a esa clase híbrida de esnobs intelectuales educados en Occidente que no dudarían en vender a su madre por un plato de potaje…».

El señor Nanga pronunció la sentencia de muerte por lo menos dos veces más, pero no quedó reflejado en las actas, sin duda porque su voz se perdió en la conmoción general.

Recuerdo la figura del doctor Makinde, el ex ministro de Economía, cuando se levantó para hablar, alto, calmado, afligido y superior. Hice un esfuerzo por oír sus palabras. Todo el Parlamento, incluido el primer ministro, intentaba acallarlo a gritos. Fue un espectáculo de lo más bochornoso. El presidente de la cámara rompió su mazo en un intento de mantener el orden, pero se veía que disfrutaba con la conmoción. La tribuna pública lo insultaba a voz en grito: «¡Traidor!», «¡Cobarde!», «¡Doctor, que fochen a tu madre!». Este último agravio fue una aportación del editor del Daily Chronicle, que estaba sentado cerca de mí. Animado, sin duda, por las grandes risotadas que su ocurrencia provocó en la multitud, procedió a publicarla a la mañana siguiente en su periódico. El error ortográfico es suyo.

A pesar de que el doctor Makinde leyó su discurso, que estaba redactado con toda claridad, en las actas se recogió una versión tergiversada y carente de todo sentido. No aparecía ni una palabra sobre el plan para acuñar quince millones de libras, algo que quizá era de esperar, pero ¿por qué pusieron en boca del doctor Makinde palabras que no había pronunciado? En resumen, los muchachos de las actas escribieron un discurso totalmente nuevo y apropiado para el engreído villano en que se había convertido el ex ministro. Por ejemplo, le hicieron decir que era «un economista brillante cuya reputación era universalmente aclamada en Europa». Cuando leí esto se me saltaron las lágrimas… y no suelo llorar tan fácilmente.

La razón por la que he contado este vergonzoso episodio con tanto detalle es para dejar claro que no tengo motivos para sentir entusiasmo alguno por el honorable jefe M. A. Nanga, quien, al ver los asientos ministeriales vacíos, había ladrado y gruñido tan desvergonzadamente por el jugoso premio.

El propietario y director del colegio era un hombre delgado y enjuto llamado Jonathan Nwege. Participaba muy activamente en la política a nivel local y siempre se estaba quejando de que sus servicios al POP no se hubieran recompensado con ningún cargo público. Pero, pese a su descontento, no había desesperado, como evidenciaban sus esmerados preparativos para la presente recepción. Quizá confiaba en obtener algún puesto en la nueva propuesta de corporación municipal, que se encargaría de deshacerse de todas las propiedades inservibles del gobierno (como colchones viejos, sillas, ventiladores, máquinas de escribir en desuso y demás trastos), que hasta entonces eran subastadas por los funcionarios. Espero que le den algún cargo. Eso serviría al menos para que se ausentara de vez en cuando del instituto.

Insistió en que los estudiantes montaran una guardia de honor que se extendiera desde la carretera principal hasta la puerta del colegio. Y los profesores también tuvimos que formar fila al final de la cola de estudiantes, para ser presentados. El señor Nwege, que normalmente leía literatura del tipo «Brindis: cómo proponerlos», era muy meticuloso con esas cosas. Convencido de que mis compañeros me apoyarían, en la reunión de profesores me opuse con vehemencia a que se nos obligara a formar fila como si fuéramos alumnos. Sin embargo, todos los profesores de aquel colegio estaban muertos de cuello para arriba. Mi amigo y colega Andrew Kadibe dijo que le era imposible ponerse de mi parte porque era del mismo pueblo que el ministro. Lealtad primitiva, lo llamo yo.

En cuanto el Cadillac del ministro llegó al frente de un largo desfile de vehículos, los cazadores corrieron de un lado para otro disparando sus últimas salvas y arrojando sus armas con aterradora ligereza. Los bailarines brincaban y pateaban el suelo, llenando de polvo el aire de la estación seca. Ni siquiera se oía la voz de Gramáfono por encima del tumulto. El ministro salió del coche, vestido con un tejido adamascado y luciendo cadenas de oro, y respondió a los vítores con su sempiterno abanico de piel animal que, según decían, alejaba todas las intrigas diabólicas y los dardos envenenados que lanzaba contra él la gente maligna.

No cabía ninguna duda de que el hombre conservaba toda la apostura y el aspecto juvenil de siempre. El propietario procedió a presentar a los profesores, empezando por el tutor principal, que encabezaba la fila. Aunque no había tenido tiempo de fijarme bien en la figura del tutor, estaba seguro de que, como siempre, mostraría trazas de rapé en la nariz. El ministro tenía palabras joviales para todos. Mirándolo ahora, nadie podría pensar que su sonrisa no fuera auténtica. Parecería una obcecación cerril mostrarse escéptico al respecto. Llegó mi turno. Extendí la mano con cierta rigidez. No sentía el más mínimo temor de que se acordara de mí, ni tampoco tenía intención de recordárselo.

Nos dimos la mano. Le miré a la cara. Lentamente, su sonrisa fue quebrándose en una serie de arrugas pensativas. Hizo un ademán impaciente con la mano izquierda para acallar al locuaz propietario, que había empezado a entonar la fórmula mecánica que ya había repetido al menos unas quince veces: «Señor, tengo el honor de presentarle a…».

—Eso es —dijo el ministro sin dirigirse a nadie en particular, sino a algún mecanismo de memoria dentro de su cabeza—. Eres Odili.

—Sí, señor. —Antes de que las palabras hubieran salido de mi boca, me había rodeado con sus brazos y me asfixiaba con su voluminoso traje de damasco—. Tiene una memoria prodigiosa —le dije—. Debe de hacer por lo menos quince años…

Ya me había liberado del abrazo, aunque su mano izquierda seguía posada sobre mi hombro. Se giró ligeramente hacia el propietario y anunció con orgullo:

—Le di clase en…
—Tercero de primaria —dije.
—¡Eso es! —gritó.

Si hubiese recuperado a un hijo desaparecido mucho tiempo atrás, no se habría mostrado más emocionado.

—Es uno de los pilares de este instituto —dijo el propietario, contagiado del entusiasmo y hablando bien de mí por primera vez desde que entré a trabajar en su colegio.

—El gran Odili —dijo el ministro en tono desenfadado y aún sin aliento—. ¿Dónde te has metido todo este tiempo?

Le dije que había ido a la universidad y que llevaba trabajando de profesor desde hacía un año y medio.

—¡Buen chico! —dijo—. Sabía que iría a la universidad. Solía decirles a los demás niños de la clase que algún día Odili sería un gran hombre y que tendrían que responderle «señor» cuando les hablara. ¿Por qué no me dijiste nada cuando terminaste la universidad? Muy mal hecho por tu parte, ¿lo sabes?

—Bueno —dije encantado (me avergüenza reconocerlo)—, sé lo ocupado que está un ministro…

—¿Ocupado? Tonterías. ¿No sabes que ser ministro significa ser sirviente? Ocupado o no, debe ver a su amo.

Todos a nuestro alrededor aplaudían y reían. Me dio otra palmada en la espalda y me dijo que tenía que ir a verle cuando acabara la recepción.

—Como no lo hagas, mandaré a mi ordenanza a que te arreste.

Me convertí en un héroe a ojos del gentío. Estaba aturdido. Todo cuanto me rodeaba parecía de repente irreal; las voces retrocedieron a una vaga zona fronteriza. Sabía que debía estar enfadado conmigo mismo, pero no lo estaba. Me sorprendí preguntándome si, tal vez, había aplicado a la política unos baremos demasiado rígidos. Cuando volví al presente inmediato, oí al ministro decirle a otro profesor:

—Eso está muy bien. A veces me arrepiento de haber dejado la enseñanza. Aunque ahora soy ministro, puedo jurar por Dios que no soy tan feliz como cuando era profesor.

Tengo buena memoria por naturaleza. Y aquel día era perfecta. No sé bien por qué, pero recuerdo cada palabra que dijo el ministro en aquella ocasión. Podría repetir palabra por palabra el discurso que pronunció más tarde.

—Lo juro por el Dios que me hizo —insistió—. Muchas veces me he arrepentido. La enseñanza es una profesión muy noble.

Al oír aquello todo el mundo estalló en risas, incluido el honorable ministro y, para qué negarlo, también yo. El aplomo del tipo era sencillamente increíble. Solo él podía hacer una broma tan arriesgada —o lo que creyera que estaba haciendo— en aquel momento en que los ánimos del profesorado de todo el país estaban tan sombríos y rebeldes. Al apagarse las carcajadas, adoptó una expresión más seria y nos dijo en tono de confianza:

—Podéis tener la total tranquilidad de que los miembros del gabinete que hemos sido profesores os comprendemos perfectamente.

—Cuando se es profesor, se es para siempre —dijo el tutor principal, ajustando las mangas de su deslucido traje extraído del fondo del armario.

—¡Eso, eso! —dije.

Quiero pensar que pretendía sonar sarcástico. Era tal el carisma de aquel hombre que había que experimentarlo para creerlo. Si hubiera sido supersticioso, habría dicho que había lanzado un poderoso conjuro de la variedad llamada «cara dulce».

Cambiando ligeramente de tema, el ministro dijo: —Solo unos profesores podrían haber hecho unos preparativos tan magníficos. —Y, volviéndose hacia el corresponsal de prensa que iba con su grupo, añadió—: Es una multitud colosal.

El periodista sacó su libreta y se puso a escribir.
—Es una multitud sin precedentes en los anales de Anata —dijo el señor Nwege.

—James, ¿has oído eso? —le preguntó el ministro al periodista.

—No, señor. ¿El qué?
—Este caballero dice que se trata de una multitud sin precedentes en los anales de Anata —le dije.

Esta vez pretendía claramente ser sarcástico.
—¿Cómo se llama el caballero?

El señor Nwege dijo su nombre, lo deletreó, y luego dio su título completo de «Director y propietario del Instituto de Anata». Después se giró hacia al ministro en un intento por señalar al responsable de la gran afluencia de gente.

—Tuve que visitar en persona cada sección del pueblo para comunicar su… quiero decir… la visita del ministro.

En ese momento entramos en el salón de actos y el ministro y su grupo fueron conducidos a sus asientos en el estrado. La gente prorrumpió en un ensordecedor clamor de bienvenida. El ministro agitó su abanico en dirección a las distintas partes de la sala. Luego se giró hacia el señor Nwege y dijo:

—Muchas gracias, gracias, señor.

Un miembro del séquito del ministro, enorme y de aspecto intimidante, que estaba con nosotros en la parte de atrás del estrado, alzó su voz y dijo en pidgin:

—¿Veis lo que os digo? ¿Cuántos ministros contestan «señor» a cualquier tipo que sea mayor que ellos? Os pregunto, ¿cuántos?

Todos los que estábamos en el estrado convinimos en que el ministro era un caso bastante excepcional en aquel aspecto: un hombre de elevada posición que todavía mostraba el respeto debido a los mayores. Sin duda, el hecho de sentirme un poco avergonzado por el pobre ministro ante los elogios excesivos que le lanzaban a la cara era una medida de mi cambiada (¿o debería decir cambiante?) actitud hacia él.

—Ministro o no —dijo—, un hombre que es mayor que yo siempre lo será. Otros ministros y otra gente pueden actuar de distinta manera, pero mi lema es: «Haz lo correcto y avergüenza al diablo».

De algún modo, me encontré admirando a aquel hombre por su falta de modestia. Porque ¿qué es la modestia sino orgullo a la inversa? Todos nos creemos personas extraordinarias. La modestia nos impide decirlo nosotros mismos, aunque, presumiblemente, no impide que queramos oírselo decir a los demás. Quizá fuese la intransigencia ante este tipo de hipocresías lo que hacía que hombres como Nanga se convirtiesen en políticos triunfadores, mientras que los ingenuos idealistas se esforzaban jactanciosamente por introducir en la política remilgos y delicados refinamientos que pertenecían a otros ámbitos.

Mientras pensaba en todo esto —quizá no en esos términos exactos—, los elogios desmedidos seguían fluyendo por todo el estrado.

El señor Nwege aprovechó la oportunidad para entonar la misma cantinela de siempre. El excelente comportamiento del ministro, dijo, se debía a la excelente educación que había recibido cuando la educación aún era educación.

—Sí —dijo el ministro—, yo siempre digo que el graduado de sexto de aquella época es superior al bachillerato de Cambridge de hoy día.

—¿Cambridge? —preguntó el señor Nwege, que, como el ministro, solo tenía el viejo y bueno graduado escolar—.

¿Cambridge?

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