INTRODUCCIÓN
MUCHO MÁS QUE UN DEPORTE POPULAR
En 1969, el Santos de Pelé se trasladó a África para disputar unos amistosos, dos de los cuales debían jugarse en Nigeria, que estaba en guerra civil. A pesar del riesgo de viajar a un país en conflicto, el equipo brasileño aterrizó en suelo nigeriano e, inmediatamente, la batalla que había explotado un año y medio antes, cuando un grupo opositor al Gobierno reclamó la independencia de la región de Biafra, entró en un alto el fuego, porque todos prefirieron ver a Pelé. El fútbol tiene el poder para convertirse en una herramienta de paz.
También en 1969, Honduras y El Salvador entraron en guerra, justo unos días después de que debieran dirimir en una cancha cuál de los dos se clasificaría para el Mundial de México 70. A ese enfrentamiento bélico se lo llamó “la guerra del fútbol”, porque muchos interpretaron que aquellos partidos exacerbaron tanto los ánimos que se convirtieron en detonantes de la batalla. En 1990, un equipo croata (Dinamo) y otro serbio (Estrella Roja) debían jugar un encuentro decisivo por la liga yugoslava. El partido no empezó porque las hinchadas se pelearon y los jugadores croatas intervinieron y se trenzaron a los golpes con la policía. Para muchos croatas, ese es el punto inicial de la lucha por la emancipación de Croacia y de la disolución de Yugoslavia. Ambos casos demuestran que, como inmenso amplificador de emociones que es, el fútbol puede potenciar el nacionalismo.
En Cataluña, cuando el dictador Francisco Franco prohibió los símbolos regionalistas y las lenguas que no fueran el castellano, los partidos que el Barcelona disputó como local fueron un espacio para que los catalanes hablaran y cantaran en su idioma, para que desplegaran la senyera (la bandera de Cataluña) e incluso para que se animaran a gritar y cantar en contra del poder central. El Barça, un equipo, un club, o más que eso, fue entonces y es ahora la bandera de una región que se consideró oprimida. El fútbol también suele convertirse en una seña de identidad.
En 1978, cuando la Argentina ganó el Mundial organizado por el Gobierno de facto que conducía el país, los militares argentinos creyeron que podrían perpetuarse en el poder. A pesar de las torturas y los asesinatos que años más tarde los sentenciarían a prisión, la obtención de una Copa del Mundo les generó a los gobernantes la ilusión del poder eterno. El fútbol tiene la capacidad para distraer a los pueblos.
En 1991, el narcotraficante colombiano Pablo Escobar y algunos de sus secuaces fueron recluidos en la cárcel La Catedral, en el municipio de Envigado. Hacia allí se dirigieron varios de los futbolistas más importantes de Colombia para visitarlo y para disputar partidos amistosos contra un equipo de narcos y asesinos. Escobar, capo del cartel de Medellín, como los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, líderes del cartel de Cali, supieron construir una relación de amistad y confianza con el mundo del fútbol, que les dio estatus y relaciones. El fútbol es una fuente de poder.
En 1994, después de comprar el Milan y transformarlo de un equipo normal a una referencia planetaria, el italiano Silvio Berlusconi, que ya era una celebridad en su país antes de tomar posesión del conjunto milanés, ganó las elecciones que lo convirtieron en primer ministro de Italia. En 2018, el exfutbolista George Weah, Balón de Oro en 1995 y único africano considerado alguna vez como el mejor jugador del mundo, fue elegido presidente de Liberia. No hay otro futbolista de élite que haya llegado a la máxima magistratura de su país. Entre los atributos del fútbol, evidentemente, también figura la posibilidad de “crear” un líder nacional.
El fútbol es la actividad más visible del mundo, sin discusión. Absolutamente nada concentra tanta atención como un Mundial. La prueba de ello es que Rusia 2018 fue visto por la mitad del planeta (unos 3500 millones de personas), según la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). No existe elección política, ni discurso, ni concierto, ni manifestación que puedan acercarse en interés global. Nada.
El fútbol es el entretenimiento más grande del planeta y, como tal, desde la primera mitad del siglo XX el poder buscó utilizarlo. Del fútbol buscaron aprovecharse Mussolini, Hitler, la dictadura argentina con el Mundial 78, los jeques árabes, Pablo Escobar, la Camorra napolitana. También expuso las diferencias en la ex-Yugoslavia, en el distanciamiento entre Arabia Saudita e Irán, en la tensión entre Honduras y El Salvador. Del fútbol se valieron Pelé, Weah, Berlusconi, Macri, Piñera. Y, de alguna manera, del fútbol fue víctima Maradona, el jugador más utilizado de la historia.
A pesar de todo esto, el fútbol no siempre fue una herramienta de los poderosos. Hubo una transformación, que acompañó en paralelo el crecimiento de la actividad y los continuos cambios políticos del mundo. Esta es la historia.
DEL CIRCO ROMANO AL FÚTBOL ACTUAL
Se atribuye a los romanos la creación de la política populista del “pan y circo”. Panem et circenses, lo describió el poeta romano Juvenal más de 100 años antes del nacimiento de Jesucristo. Por “circenses” (se pronuncia quirquenses, en latín) se entiende “juegos del circo”, y tiene que ver con que, frente al creciente malestar de la población por la falta de condiciones de vida satisfactorias, el Gobierno del Imperio desarrolló una política para contentar a las clases más desfavorecidas con algo de comida (generalmente, trigo) barata o gratuita y juegos lúdicos, que lograron mantener a la gente distraída y desenfocada de sus carencias cotidianas. No se sabe si efectivamente el populismo nació más de un siglo antes de Cristo en Roma, pero al menos son las primeras referencias de lo que luego sería la industria del entretenimiento utilizada por el poder para su beneficio.
Aquel circo romano es el fútbol de los siglos XX y XXI. Al fútbol, en verdad, muchas veces se lo define como “el opio del pueblo”, la misma descripción que utilizó Karl Marx en 1844 para referirse a la religión, a la que acusó de generar una “felicidad ilusoria” en los creyentes. “Opio” y “circo”, en este caso, podrían actuar casi como sinónimos, aunque vale una diferenciación: el opio atonta y el circo distrae.
El opio seda y quita reflejos, y la metáfora suele utilizarse para sugerir que el poder de turno aprovecha dicho estado para permear su ideología. El circo, en cambio, quita el foco de las cosas importantes, sin que ello implique adoctrinamiento.
El fútbol entretiene y distrae, y el poder fáctico ha sabido valerse de ello, como mínimo, desde que el deporte se convirtió en un fenómeno de masas o en un símbolo de unión (nacional, regional o local). Podríamos situar ese momento después de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial. En Sport and International Politics, los autores Pierre Arnaud y James Riordan señalan que “el interés del poder en el deporte empieza a darse cuando el deporte se convierte en algo importante internamente, dentro de un país”, y esto ocurre “cuando empieza a emerger el nacionalismo”.
El nacionalismo o el regionalismo tal como los conocemos hoy tuvieron un fuerte impulso después de la Primera Guerra Mundial, cuando desaparecieron los imperios austrohúngaro y otomano, y las potencias triunfantes, reunidas en la Conferencia de Versalles, en 1919, delimitaron los nuevos territorios con un sentido de afinidad étnica. El fútbol, allí, ofició de bandera, fue un elemento que facilitó la cohesión social. Por supuesto que no fue “la” herramienta que conformó un nuevo país ni el principal impulsor de las nuevas identidades, pero ayudó. El geopolítico francés Pascal Boniface lo describió así: “El equipo nacional no es simplemente el resultado de la creación de un Estado; a menudo ayudó a forjar una nación”1. A partir de entonces, además de una bandera y un escudo, hubo un equipo de fútbol con el que se identificaron las nuevas sociedades y con el que estas se diferenciaron de otras poblaciones.
Este concepto se verá mucho más nítidamente hacia la última parte del siglo XX, potenciado por la revolución tecnológica. En la década de los veinte, las condiciones logísticas y tecnológicas no permitían aún el desarrollo de grandes competiciones internacionales, salvo por los Juegos Olímpicos, que se organizaban cada cuatro años. Por eso el fútbol como fenómeno de masas empezó a verse localmente. Un barrio contra el barrio rival. Una ciudad contra otra ciudad. Una región frente a otra con la que, quizás, hace unos pocos meses compartía escudo y bandera. Solo con los años y, sobre todo, con los avances científicos y una mejor organización, el fútbol trascendió fronteras y continentes, pero en la primera parte del siglo XX para los poderes locales resultó suficiente el alcance doméstico; su necesidad era interna.
En aquella época, como el fútbol no tenía la fuerza expansiva que consiguió con los años, hubiera sido imposible que sucedieran hechos como “la guerra del fútbol” o como el escándalo entre Dinamo de Zagreb y Estrella Roja de Belgrado, que es considerado por algunos analistas internacionales como un desencadenante de la guerra que desembocó en el desmembramiento de Yugoslavia.
Probablemente sea una exageración considerar que un partido de fútbol puede ser el generador de una guerra, pero resulta indiscutible que tanto los tres partidos que disputaron Honduras y El Salvador por las eliminatorias para México 70, en 1969, como el encuentro que por la liga yugoslava enfrentó a Dinamo con Estrella Roja, en 1990, tuvieron una influencia grande en sus sociedades y pudieron actuar como potenciadores de un clima de tensión que ya existía.
“El deporte refleja los cambios sociales, pero no los provoca. Refuerza actitudes. El deporte toma la forma que toma porque refleja a las sociedades en las que se desarrolla. Cuando la sociedad cambia, el deporte cambia, pero el deporte no es el iniciador del cambio”, sostiene Leonard Koppett en Sports Illusion, Sports Reality.
Esto se advierte especialmente en el caso del clásico yugoslavo, donde la virulencia de aquel partido entre uno de los grandes equipos croatas y el mejor equipo serbio de la época aún resuena. Había una vocación de cambio en la sociedad, sobre todo en la croata. Había odios ancestrales. Había una historia. El fútbol expuso todo eso en un momento específico.
LA GUERRA DE LOS BALCANES
La historia es así: el 13 de mayo de 1990, debieron enfrentarse en el estadio Maksimir, de Zagreb, el local Dinamo, croata, y el visitante Estrella Roja, de Belgrado, Serbia. El conjunto serbio, que contaba con figuras como Darko Pancev, Dragan Stojkovic, Robert Prosinecki y Dejan Savicevic, marchaba primero y se encaminaba a conseguir el título. Dinamo, que tenía a Zvonimir Boban y a Davor Suker, finalizó segundo esa temporada.
Es importante remarcar que ese año en el país debían realizarse las primeras elecciones libres tras la unificación de Yugoslavia, ocurrida tras la Segunda Guerra Mundial. Y había mucha tensión, especialmente entre los serbios, cuyos líderes pretendían mantener la unidad yugoslava, y los croatas, conducidos por nacionalistas que abogaban por la disolución del país y la creación de nuevos Estados. De hecho, en aquellas elecciones triunfaron, en Croacia, el separatista Franjo Tudjman, y en Serbia, Slobodan Milosevic, líder de la postura que buscaba mantener Yugoslavia unida.
En ese contexto, el clima para recibir un partido decisivo del campeonato yugoslavo no era el ideal. La enemistad entre Dinamo de Zagreb y Estrella Roja siempre había sido manifiesta y no solo porque eran asiduos contendientes al título, sino porque suponían banderas y escudos opuestos, casi en guerra, e identidades enfrentadas. Es probable que nadie representara mejor que ellos el antagonismo entre croatas y serbios.
Aquel día, las barras bravas de ambos equipos comenzaron a arrojarse piedras y diversos elementos dentro del estadio. De un lado, los Bad Blue Boys (BBB), del Dinamo; del otro, los Delije (algo así como “valiente”, en serbio), del Estrella Roja. Muchos de aquellos hooligans eran también militantes nacionalistas. Uno de los capos de la barra brava del Estrella Roja, por ejemplo, era Zeljko Raznatovic, más conocido como Arkan, jefe de una milicia paramilitar yugoslava que poco tiempo después participó en la guerra balcánica contra los croatas. Raznatovic era el líder de un grupo conocido como “los Tigres de Arkan”, para el que, según crónicas de la época, reclutó a varios barrabravas de los Delije.
La cuestión es que las hinchadas comenzaron a agredirse y la policía yugoslava intervino para detener el enfrentamiento. Según la mirada de los croatas, solo castigó a los BBB. Y entonces la pelea degeneró, hasta el punto de que hasta los jugadores del Dinamo entraron en acción, repartiendo golpes y puntapiés para defender a su hinchada.
La imagen de aquel caos es la de la figura del Dinamo, Zvonimir Boban, peleándose a las trompadas con un policía yugoslavo. El video de ese enfrentamiento, reproducido en todo el mundo, le valió a Boban convertirse en algo así como un héroe para los croatas. También le valió una sanción de ocho meses sin jugar al fútbol, que le impidió participar en el Mundial de Italia 90 con la camiseta de Yugoslavia, pero él nunca se arrepintió y consideró una revancha haber podido ser el capitán de la selección de Croacia en el Mundial de Francia 98, el primero de Croacia independizada.
Pude hablar de esto con el plantel croata durante el Mundial francés. Boban, el líder de aquel equipo, fue abordado hasta el cansancio por los periodistas para hablar más o menos de lo mismo: la identidad en construcción del seleccionado que capitaneaba y la influencia de aquella pelea suya con un policía como hito en la generación de una nueva nacionalidad.
Miroslav Blazevic, el entrenador de Croacia, dijo que Boban era “un héroe” por haber defendido a los croatas de la violencia yugoslava, pero Boban lo rechazó: “Yo no soy un héroe. Héroes son los que dieron la vida por la liberación de Croacia”. Todo refería a lo mismo en aquellos años. Incluso, Boban tiró un poco de chauvinismo al marcar una diferencia entre croatas y el resto de las federaciones yugoslavas: “Nosotros no somos como Yugoslavia, que se achica en los momentos importantes; no tenemos esa típica mentalidad balcánica. Nosotros somos ganadores”. Lo dijo después de que Croacia se clasificó para las semifinales de la Copa y de que Yugoslavia perdió en octavos de final con Holanda.
También tuve la oportunidad de conversar sobre Croacia y todo lo que representó su participación en el Mundial 98 con el exjugador y entrenador Jorge Valdano, una mañana madrileña: “Cada jugador de Croacia sabía que estaba defendiendo algo más que el prestigio futbolístico de un país. De alguna manera, estaban construyendo en el imaginario colectivo un país nuevo a partir del simbolismo, y además estaban exportando al mundo entero la figura de un país que acababa de nacer y que necesitaba un certificado de autenticidad. Es curioso que alguien tenga una identidad a partir del fútbol, pero la verdad es que el fútbol la ofrece mejor que cualquier otro esquema publicitario”.
Seguramente, como sostiene Valdano, durante el Mundial de Francia 98 los jugadores croatas entendieron la pasión nacionalista que transmitieron al mundo, o al menos la comprendieron con mucha más claridad que aquello que pudieron percibir en el estadio Maksimir ocho años antes. Así se desprende de la explicación que dio Boban después del escándalo con la policía yugoslava y que se cuenta en Los cuerpos del poder: “Los aficionados serbios empezaron a tirar de todo al campo y los croatas respondieron. La policía yugoslava intervino, pero para reprimir a los croatas. Yo vi cómo intentaban pegarle a un conocido, intervine para protegerlo y, cuando estaba discutiendo con un policía, vino otro por detrás y me dio un golpe. Yo respondí”. Para Boban, fue una pelea como pudo haber sido cualquier otra. Ocho años más tarde, tanto él como sus compañeros tuvieron más claro lo que generaron a partir de una camiseta de fútbol.
En el mismo libro, el escritor croata Predrag Matvejevic dio a aquel episodio del Maksimir un valor iniciático en el proceso independentista de Croacia, que se daría un año más tarde, y en la guerra de desintegración de Yugoslavia, que para los croatas transcurrió entre 1991 y 1995. “Para algunos, el preludio de la guerra fue mucho más visible en las gradas que en ningún otro lugar. Incluso, hay quienes consideran ese partido como el inicio del conflicto que llevó a la descomposición de Yugoslavia”. La revista digital Balkanist, especialista en temas de la región balcánica, se refirió al episodio como “la disolución simbólica de Yugoslavia”2.
El pueblo croata parece coincidir con las palabras de Matvejevic y con la definición de Balkanist; lo prueba un monumento moldeado con el escudo del Dinamo y un grupo de soldados frente al estadio Maksimir, en Zagreb, la capital de Croacia. “La estatua lleva un texto que dice así: A los aficionados de este club, que el 13 de mayo de 1990 iniciaron en este mismo campo la guerra contra Serbia”, contó Simon Kuper en Fútbol contra el enemigo.
El caso croata permite tomar muy en serio una interpretación del francés Pascal Boniface: “La definición de Estado ya no se limita a los tres elementos tradicionales, que son un territorio, una población y un gobierno. Parece ser que hay que añadirle un cuarto, que es un equipo nacional de fútbol. El fútbol queda como un factor de resistencia identitaria”3.
Claramente, el fútbol puede ser disparador de cuestiones que exceden al deporte, como la identidad nacional. Por supuesto que el poder siempre estará listo para aprovechar cada una de esas cuestiones.
Conviene poner un punto aquí. Cuando digo que “el poder” suele aprovecharse de las virtudes y los efectos del deporte, no necesariamente hablo del gobierno de turno. Puede serlo, pero también puede ser un empresario exitoso y famoso, o un capo narco, o un futbolista, o hasta un club. El poder puede ser simbólico.
Como el fútbol tuvo en el último siglo una fuerza inusitada, el poder buscó aprovecharse de él. Como mencioné al comienzo del capítulo, al fútbol se lo acusó de provocar guerras (Honduras-El Salvador, por ejemplo), de ser el detonante de conflictos internacionales (la guerra de disolución de Yugoslavia), de facilitar soluciones diplomáticas (la posibilidad de que Israel dispute los torneos europeos y no los asiáticos, donde tiene una relación tensa con muchos países árabes), de ser una herramienta fenomenal de distracción (la Junta Militar argentina y el Mundial de 1978) y de promover ceses bélicos (Pelé y la guerra de Biafra). Fue también la bandera de los que se consideraron oprimidos (Barcelona y Cataluña contra el régimen franquista) y la herramienta de cohesión de sociedades partidas (George Weah y Liberia).
Como vehículo de reconciliación nacional, además del caso de Liberia (que podría extenderse a otros países que atravesaron guerras civiles), puede verse lo que ocurrió con Francia tras la victoria de su seleccionado en el Mundial de 1998. Ante la fractura social que se evidenciaba allí a fines del siglo XX, el presidente francés, Jacques Chirac, tomó el éxito deportivo de Les Bleus, un equipo multicultural, para intentar amalgamar a la sociedad. La Francia moderna que gobernaba Chirac estaba integrada por ciudadanos de procedencias varias: los nativos, los de las colonias, los inmigrantes y la descendencia de todos estos.
FRANCIA 98, LA ILUSIÓN DE LA UNIDAD
A los franceses les costaba cohesionar procedencias, religiones y culturas disímiles. Hasta que el seleccionado nacional, el representante simbólico de esa dispersión social, ganó el Mundial de fútbol. Aquel equipo estuvo integrado por descendientes de argelinos (Zinedine Zidane), de armenios (Youri Djorkaeff y Alain Boghossian), de antillanos (Thierry Henry, cuyo padre nació en Guadalupe y su madre, en Martinica) y de argentinos (David Trezeguet); nativos de las colonias francesas (Christian Karembeu, de Nueva Caledonia, y Lilian Thuram, de Guadalupe), africanos (Marcel Desailly, nacido en Ghana, y Patrick Vieira, en Senegal) y solo una minoría “pura”, como se llamó en aquel momento a los franceses de origen y larga ascendencia continental. Los “puros” eran ocho sobre 22 jugadores.
El conflicto que vivía Francia y la utilización del seleccionado campeón del mundo a partir de 1998 fue descripto por la revista Foreign Affair: “Como producto de su historia, ubicación geográfica y pasado colonial, Francia es un país diverso y multiétnico. Desafortunadamente, este rico tejido humano ha sido causante de un clima de tensión política y de división dentro de la sociedad francesa. Las diferencias raciales y socioeconómicas produjeron marginación y exclusión social. La integración de los migrantes y especialmente de sus hijos jóvenes ha sido muy difícil, y es un tema apremiante en Francia. La victoria en el Mundial de 1998 fue la de un equipo llamado ‘arcoíris’, por su carácter multirracial y multicultural. Ese éxito fue la culminación del modelo de movilidad social de la generación Black, Blanc, Beur (Negro, Blanco, Árabe) y se mostró al mundo una Francia tolerante, inclusiva y racialmente diversa”4.
En El fútbol, una peste emocional, el sociólogo y antropólogo francés Jean-Marie Brohm reforzó la idea de que aquel seleccionado de fútbol tuvo una influencia notable en el imaginario colectivo de su país: “La victoria de la selección francesa y su composición plural hicieron creer a numerosos comentaristas bien intencionados que Francia volvía a saltar hacia la dirección correcta, lejos del racismo, del desmoronamiento nacional, del declive y de las amenazas de globalización. Los más entusiastas hasta pensaban que el fútbol iba a permitir reestructurar una nueva identidad nacional”.
Lo comprobé en París la semana posterior al triunfo del seleccionado francés. En los diarios, la televisión y la radio, decenas de analistas políticos y periodistas se mostraron ilusionados con una especie de relanzamiento nacional sostenido por una cultura multiétnica.
Chirac se valió de aquello por todo el tiempo que pudo. Lo denominó “la Francia tricolor y multicolor” y prometió trasladar la sintonía de un equipo de fútbol a la cotidianidad local. El triunfo de Les Bleus debía tomarse como el mejor argumento para comprender las posibilidades de un país diverso, sostuvo.
“La victoria de Francia tuvo un significado muy profundo allí: fue el triunfo de la multiculturalidad, en un país lleno de ciudadanos de diversas procedencias”, recordó el periodista Edu Casado en “Francia 98, el triunfo de la Europa multicultural”5.
Los franceses se ilusionaron, pero a los tres años, en 2001, quedó demostrado que la construcción de una “Francia multicolor” parecía más un eslogan político que una realidad: resulta que la Federación Francesa de Fútbol organizó un amistoso en el Stade de France, en las afueras de París, contra Argelia, un país que había sido una colonia gala hasta 1962 y que era la cuna de la familia Zidane, el héroe del Mundial 98.
Los padres de Zidane, Smaïl y Malika, habían huido a Francia durante la guerra de la Independencia de Argelia, una contienda bélica que transcurrió durante ocho años y que provocó alrededor de un millón y medio de muertes. Zinedine nació en Marsella, pero sus raíces son argelinas y su comunidad de origen es la de ese grupo de inmigrantes con su correspondiente descendencia, que en Francia se calcula en unos 4 millones de personas (sobre casi 70 millones de habitantes).
El Gobierno francés creyó que la integración de los argelinos había avanzado. Pero el fútbol, aquella misma herramienta utilizada para crear la ilusión de la unidad, demostró lo contrario.
Los campeones del mundo derrotaron 4 a 1 a Argelia en un Stade de France lleno, pero el partido debió suspenderse a 10 minutos del final por una invasión al campo. Los hinchas argelinos, o los franceses de ascendencia argelina, silbaron La Marsellesa y más tarde impidieron la finalización del partido. Ambos Gobiernos se culparon por lo sucedido, las federaciones deportivas se distanciaron y Francia y Argelia no volvieron a enfrentarse, al menos hasta 2021.
Chirac, de todas maneras, no inventó la ilusión de la unidad nacional a partir del seleccionado de fútbol. Muchos Gobiernos africanos ya habían hecho lo mismo luego de las luchas independentistas. Quizás el caso más notorio haya sido lo que ocurrió en Liberia a partir de las gestas futbolísticas de George Weah. Mientras el país se desangró en dos guerras civiles, la esperanza de clasificarse para las Copa de las Naciones de África o para el Mundial de fútbol mantuvo atada a una sociedad partida en decenas de etnias. Weah, único jugador africano en recibir el Balón de Oro, en 1995, fue tan importante para los liberianos que en 2018 lo eligieron presidente de la nación. El fútbol es la principal explicación para comprender la credibilidad de Weah.
¿Usó al fútbol? Fue la herramienta que le permitió ser conocido e idolatrado por todo el país. Arsène Wenger, primer entrenador de Weah en Europa, reveló que jamás imaginó que aquel chico tímido que dirigió en el Mónaco podía convertirse en un líder político. No había nada que denotara algún interés de Weah por la carrera gubernamental, pero las circunstancias modificaron su perspectiva. Se hizo famoso, respetado, querido y confiable. Y él lo aprovechó.
Es probable que el empresario italiano Silvio Berlusconi tampoco haya pensado originalmente en la política como un objetivo. Antes de comprar y hacer gigante al Milan, Berlusconi era millonario, dueño de una constructora, un imperio televisivo, una financiera y varios negocios más, pero solo los éxitos con el Milan lo convirtieron en una celebridad mayúscula. Berlusconi construyó su salto a la política a partir del Milan. Así se convirtió tres veces en primer ministro de Italia.
Francia, Weah y Berlusconi son tres ejemplos del fútbol utilizado como herramienta para otros fines. El Gobierno francés, para generar una ilusión en la sociedad. Weah y Berlusconi, para llegar a la primera magistratura nacional. Weah, desde adentro de una cancha; Berlusconi, desde afuera. Y como el dirigente italiano, el fútbol también fue el trampolín de dirigentes y empresarios sudamericanos: Mauricio Macri pasó de presidente de Boca a presidente de la Argentina; Sebastián Piñera fue dueño de Colo-Colo antes de convertirse en el presidente de Chile; Horacio Cartes saltó de Libertad a la presidencia de Paraguay.
¿Qué tiene el fútbol? ¿Por qué en los últimos 100 años se convirtió en un elemento fácilmente manipulado por el poder de turno? En principio, conviene recordar que el fútbol como deporte no nació por intervención ni interés de un Estado, ni de ningún otro poder. El fútbol nació en los colegios y universidades de Gran Bretaña como una actividad recreativa. En sus comienzos, incluso, fue violento y en varias instituciones se jugó con las manos. Los padres de los jóvenes que lo practicaban veían “virtudes formadoras” en la violencia con la que se disputaba la pelota.
Las primeras reglas escritas datan de alrededor de 1830 y lo más importante de aquellas definiciones es que desde entonces el fútbol prohibió el uso de las manos, salvo para el caso del arquero. Fue la primera diferenciación con el rugby. A partir de entonces, el juego de pelota se dividió en rugby, por un lado, y dribbling game, por el otro. Dribbling game se cambiaría luego por football.
“La fundación del deporte no está ligada a la interferencia del Estado, sino al deseo de individuos y grupos privados. Es una innovación que sus raíces se encuentren en el crecimiento de nuevas formas de sociabilidad”, cuentan Arnaud y Riordan en Sport and International Politics. Y como no nació por intereses políticos, al organizarse en asociaciones o federaciones, su único fin fue lúdico. El fútbol surgió como una diversión colegial y universitaria. Nada más.
“En Europa, los Estados demostraron una total falta de interés por el tema. A fines del siglo XIX, nadie podía imaginarse que el deporte competitivo podría tener semejante impacto en la opinión pública ni que pudiera ser un elemento de la política internacional. Ni el deporte ni los deportistas fueron percibidos como actores potenciales de la vida social, cultural, política y económica”, agregaron Arnaud y Riordan en Sport and International Politics.
Como vimos, el interés del poder comienza con el surgimiento de las nuevas delimitaciones territoriales y la construcción de nuevas identidades nacionales, después de la Primera Guerra Mundial. Lógicamente, todavía en una escala baja, debido a que la masificación del fútbol se dio más adelante. En realidad, hacia 1920 ya era un deporte con arraigo al que se habían sumado las clases trabajadoras, pero no era ni tan masivo como llegaría a ser en la última parte del siglo XX, ni mucho menos global.
“El fútbol es un proceso social en miniatura”, analizaron Norbert Elias y Eric Dunning en Quest for Excitement; Sport Leisure in the Civilizing Process. El argumento sugiere que el poder no puede estar ajeno a ese proceso social. Necesita intervenir en él, como mínimo, para poder acompañarlo; como máximo, para poder moldearlo. El periodista Leonard Koppett coincidió en su libro Sports Illusion, Sports Reality con esta visión: “Si se pueden controlar las instituciones que rigen el deporte, se las puede direccionar hacia los cambios que se busquen. El deporte no está más inmunizado que otras áreas de la vida para ser usado como un arma”.
Según la investigadora científica Carmen Ortiz García, a esta altura el fútbol es inevitablemente una materia de estudio de la antropología, debido a que el análisis de las manifestaciones sociales y culturales no puede soslayar, por ejemplo, “las relaciones que tienen los equipos de fútbol con sus ciudades”6. O los seleccionados con sus países, podría agregarse.
Jorge Valdano lo describió con su reconocida capacidad analítica: “No me parece exagerado decir que el fútbol es una religión laica. Salvo en los Estados Unidos, tiene una eficacia que no existe en ninguna otra actividad. El cine, por ejemplo, produce una complicidad momentánea y cambiante, pero el fútbol tiene una catedral en medio de cada ciudad, es un lugar de encuentro periódico, maneja simbolismos…”. Eso es lo que empezaron a ver los gobernantes después de la Gran Guerra.
LA URSS, EL PODER Y LA IDEOLOGÍA
Ya en la década de los treinta, por ejemplo, Iósif Stalin y los jerarcas de la Unión Soviética entendieron que el fútbol podía ser un elemento para propagar la ideología comunista. O, como mínimo, consideraron que la potencia que tenía cualquier mensaje pronunciado por un futbolista suponía tanto un riesgo como una oportunidad. Así, según reveló Mikhail Butusov, exjugador de Dinamo Leningrado durante 1931 y 1936 y capitán del seleccionado nacional en el primer partido oficial de la Unión Soviética (fue en 1924, superó por 3 a 0 a Turquía y Butusov marcó dos de los goles), todo el plantel del Dinamo fue obligado a leer la biografía del líder Stalin y a estudiar la historia del Partido Bolchevique y la teoría del marxismo-leninismo. La posibilidad de que algún futbolista hiciera declaraciones por fuera de las necesidades de la política preocupaba al estalinismo. En todo caso, vale para entender que en esa época el fútbol empezaba a tomar otra dimensión y que los jugadores comenzaban a convertirse en actores relevantes de la cotidianidad local.
Más allá de aquel caso soviético, es probable que la primera utilización brutal del fútbol a nivel masivo haya sido la de Benito Mussolini en el Mundial de Italia 34. Il Duce realizó todo lo posible para que su selección ganara la Copa. Necesitaba mostrarle al mundo una Italia potencia, al nivel de Francia, Alemania o Gran Bretaña. Pretendía sentarse a la mesa de los grandes líderes mundiales y creyó que la organización del Mundial (que fue elogiada en aquella época por la multiplicidad de escenarios y por la logística) y el éxito deportivo demostrarían ante el mundo la capacidad italiana. Adolf Hitler lo advirtió y quiso organizar el Mundial de 1942, que finalmente no se realizó por la Segunda Guerra Mundial.
“Los Estados fascistas organizaban celebraciones deportivas, grandes asambleas y desfiles festivos, procurando que los individuos integrados en la masa se sintieran protagonistas de su destino, sin disponer de la menor capacidad decisoria”, analizó Jordi Osúa Quintana en Vázquez Montalbán, fútbol y política. Ambos casos, los de Mussolini y Hitler, forman parte de este libro.
Esa Segunda Guerra que impidió un Mundial hitleriano también marcaría un quiebre en la penetración del fútbol. Para algunos fue entonces, con el regreso de los mundiales, en Brasil 1950, cuando el juego se popularizó, ante la necesidad de entretenimiento que tenía la población mundial y frente a un nuevo panorama geopolítico, en el que el surgimiento de la Guerra Fría opuso la lógica divisoria de “nosotros contra ellos”. Pocas actividades tenían el potencial del fútbol para conseguir que los simpatizantes se embanderaran tan rápidamente de un lado o del otro.
Para otros analistas, en cambio, el segundo momento cumbre, después del cambio evidenciado tras la Primera Guerra, no fue la Segunda Guerra, sino otra batalla: Vietnam. En este caso, por la coyuntura mundial y no por la guerra en sí.
“La influencia del deporte de masas empezó en los 60, en coincidencia con la rebeldía que surgió en la sociedad en la época de la guerra de Vietnam”, describió Leonard Koppett. Esa vocación rebelde hizo que mucha gente se liberara de algunas tradiciones culturales conservadoras, a la vez que comenzó a reclamar espacios de ocio y entretenimiento. Pero también se sumaron otros elementos completamente relevantes para entender el fenómeno, como la invención del marketing deportivo y el desarrollo de la tecnología, que permitió que cualquier partido se viera en directo a miles de kilómetros de distancia. Todo se sumó para potenciar la masividad del fútbol.
La penetración del fútbol creció desde entonces hasta el punto de ser, en la actualidad, una de las actividades con mayor repercusión mundial. “No hay nada que tenga mayor difusión que el fútbol”, consideró Allen Guttmann en su libro Games & Empires, publicado en 1994. Lógicamente, esto concentró cada vez más las miradas y la atención del poder.
De aquel juego lúdico inventado por los estudiantes ingleses a este fenómeno de masas transcurrió más de un siglo, y en el camino se produjeron tantos cambios que parece inevitable el debate sobre si este fútbol es el mismo que aquel. Probablemente, no lo sea y no sea correcto analizarlo desde el mismo punto de vista. Aquel fútbol era una diversión. Este fútbol tiene consecuencias.
“Cuando un juego moviliza a miles de millones de personas deja de ser un mero juego. El fútbol no es solo fútbol: fascina a dictadores y mafiosos, y contribuye a desencadenar guerras y revoluciones”, opinó Simon Kuper en Fútbol contra el enemigo.
Los dictadores (Mussolini, Hitler) y los mafiosos (Pablos Escobar y otros narcos) quisieron a
