1

Matar a tus enemigos durante la cuaresma seguramente sea un pecado mortal.
Pero ¿qué otra opción me quedaba? Yo no elegí el momento del año. A lo mejor tenía suerte y rescatar a mi padre no supondría ir al encuentro de fuerzas malvadas de oscuridad total. Ni derramar sangre.
Pero conociendo a los dioses mayas... Ni en sueños.
—¡Rema más fuerte! —grité.
Brooks estaba sentada en la proa del kayak doble, y sobre nuestras cabezas llovía a cántaros. Remábamos por un manglar en la remota isla de México en la que unos meses atrás Ixtab, la reina del inframundo, nos había escondido a mí y a los míos. Nos ocultó para mantenernos alejados de los dioses mayas, que pensaban que me había muerto —un destino que, según ellos, me gané por ser hijo de una humana y un dios—. Holbox era un lugar precioso en el que vivir, salvo que necesites ir enseguida a un sitio, como nos pasaba a nosotros entonces.
El manglar de la isla era un canal frondoso y sinuoso en el que vivían cocodrilos y serpientes. No era mi lugar favorito para ir en kayak, la verdad, pero era la única manera de llegar hasta la ensenada occidental.
Allí estaba nuestro «punto de entrega». Jazz, nuestro amigo el gigante, arriesgaba la vida al proporcionarnos información crucial de primera mano. Nos la tenía que enviar de extranjis, a la manera antigua (y más lenta que un desfile de cojos), para no dejar ningún rastro que condujera hacia él. Ya sé lo que estás pensando: ¿por qué no nos mandaba un mensaje? Buena idea, pero es que la magia sombría de Ixtab rodeaba la isla, para protegernos de ojos fisgones, y por su culpa los smartphones y la conexión wifi se volvían locos. Además, Jazz estaba bajo una constante vigilancia divina. Una comunicación sospechosa y el gigante se habría ganado un viaje solo de ida al Xibalbá. Qué pena me daba, pobrecillo.
El día y la hora de la entrega nos la había proporcionado Pedro el Anciano, que casi todos los días se encuentra o pintando un mural en la fachada lateral de un edificio o sentado a la sombra con una cerveza. Cuando no hace ni una cosa ni la otra, supuestamente se dedica a coordinar esta especie de «mensajes».
—¡Podríamos haber ido volando! —chillé para criticar nuestra situación.
—¡Ya sabes que no vuelo si llueve! —gritó Brooks.
«Claro. Pues ¡vayamos en kayak!». No sabía qué problema tenía Brooks con el agua. Se había convertido en una cambiaformas mucho más fuerte, y no te lo pierdas: no solo se transformaba en un halcón, sino en un halcón gigantesco. Ojalá yo hubiera sido capaz de controlar mis poderes de esa manera. Los dos debíamos alcanzar la cumbre de nuestras habilidades para terminar con éxito nuestra alocada misión.
—Solo faltan dos minutos —grité, con la voz entrecortada y teñida de pánico—. ¡No lo vamos a conseguir!
Y probablemente nunca volviéramos a tener esa oportunidad. Pedro nos lo había dejado clarísimo con sus modales de cascarrabias: «Si no llegáis a la entrega, muchachos, no me vengáis llorando».
Íbamos a lograr la última pieza del rompecabezas: la ubicación exacta de la cárcel de mi padre. En teoría, los dioses habían aumentado la seguridad y lo movían cada dos o tres meses. En breve volverían a reubicarlo, y yo lo tenía que sacar de allí antes de que le perdiéramos el rastro.
Qué lástima que a Fuego no le salieran alas. Es el nombre que le di a mi mezcla de bastón para caminar y lanza mortífera, porque era tan rápida como el fuego. En el Viejo Mundo, la Duende Blanca lo había golpeado con un rayo, le había incorporado magia antigua y lo había llenado de la sangre de mi padre. Como consecuencia de todo eso, era un arma indestructible con una puntería perfecta. También me ayudaba a caminar sin mi cojera habitual, el resultado de tener una pierna más corta que la otra. En realidad, solo me daba cuenta de la cojera cuando corría para huir de un demonio o algo por estilo. Ya no me preocupa como antes: la cojera es una parte de mí.
Cuando Fuego no estaba en modo bastón ni lanza, adoptaba la forma de un abrecartas (fue idea de Ixtab; ¿por qué no lo transformó en un objeto más chulo, como una daga?), y me lo metía en un calcetín. Así me sería más fácil para cuando necesitara las dos manos. Como ahora.
Brooks me lanzó una mirada asesina por encima del hombro.
—Me debes una bien gorda, Obispo. —El aire se llenó de destellos azules, luego de verdes, y en un abrir y cerrar de ojos mi amiga se transformó en un halcón enorme. Dio una vuelta por el cielo con un potente graznido (que yo interpreté así: «Cuánto te odio ahora mismo») y bajó en picado para que pudiera aferrarme a una de sus garras.
Vaya, hoy no me pensaba llevar a caballito. Dudé hasta que me miró enfadada, en plan: «O lo tomas o lo dejas». Con un gruñido, me aferré a una garra resbaladiza con ambas manos y Brooks echó a volar. Seguro que parecía un idiota, colgado de ella como un hilillo de queso fundido.
En fin.
Brooks se esforzó por ganar la batalla a los vientos en contra. La lluvia nos empapaba y el cielo se oscurecía. Estaba claro que, en cuanto aquello terminara, mi amiga me iba a matar. Pero ¿quién habría predicho esa estúpida tormenta? Soy el Corredor de la Tormenta, no el Predictor de la Tormenta.
«Tú puedes», le dije telepáticamente, e intenté sonar lo más alegre y alentador posible, teniendo en cuenta las circunstancias. (Nota para diosnacidos: el optimismo alegre puede salvaros el culo si lo utilizáis bien). Además, en las inmediaciones había unos cuantos cocodrilos con pinta de tener hambre, y no quería darle ningún motivo a Brooks para que me arrojara a las fauces abiertas de los animales. Admitámoslo: tiene un genio de mil demonios.
«Quizá la tormenta también retrasa la entrega», dije.
«Cállate. Me estás distrayendo».
Al cabo de un minuto, Brooks cayó en picado hacia la orilla de la ensenada y me lanzó como si fuera un melón maduro. Rodé por la arena blanca y compacta, y no me golpeé con el extremo afilado de un tronco a la deriva por un par de centímetros.
Brooks recuperó su forma humana justo cuando la tormenta empezó a alejarse y el cielo recuperó una tranquilidad grisácea. Me sacudí la arena de los brazos.
—¡Ja! Lo hemos conseguido. Muy buen vuelo, aunque..., humm —bajé la voz—, un aterrizaje no tan bueno.
—Ha sido un aterrizaje brillante. Estás vivo, ¿no? —Brooks se colocó el pelo detrás de los hombros. Se le había aclarado un poco el color por el tiempo que habíamos pasado en la playa—. A ver si tú lo haces mejor.
Probablemente deba contarte la verdad ahora, porque vas a tener que saberlo si te ocurre lo mismo a ti. Después de que mi padre, Huracán, me reconociera como su hijo y después de que venciera al dios de la muerte con mis desenfrenadas habilidades ígneas, algo me ocurrió. No fui capaz de volver a controlar mi poder como aquel día. Solo era capaz de lanzar bolas de fuego del tamaño de un limón que se apagaban más rápido que unos Peta Zetas en tu lengua. Por lo tanto, ser reconocido por un progenitor divino no siempre supone ser igual de maravilloso que él.
—El paquete llega tarde. —Brooks pisoteó la arena y miró a su alrededor—. ¿No dijo Pedro que sería a las seis y media en punto?
—¿Qué es eso? —pregunté mientras señalaba al cielo. De una nube de lo más espesa surgió un animal gigante con plumas rojizas—. ¿Y si es el mensajero? —dije.
El pájaro, si es que se le podía llamar así, tenía diminutas alas de gallina, patas largas y desgarbadas, cabeza con forma de yunque y un pico que más bien parecía un ablandador de carne. Decir que era horroroso sería quedarse cortísimo. Me pregunté cómo se había metido aquella pobre ave en un cometido como este.
—¿Lleva un coco entre las garras? —Brooks entornó ligeramente los ojos.
El pájaro se lanzó hacia la playa, pero de pronto se detuvo a medio camino y se estremeció. Seguí la mirada del animal. Detrás de mí se alzó una columna de humo negro, que lentamente adoptó la forma de mi perra Rosie. Para algunas personas puede ser bastante inquietante tener un perro que duplica el tamaño de un león y que aparece de pronto, de la nada. Cuando años atrás me encontré un dálmabox vagando por el desierto de Nuevo México, el pobre chucho estaba en los huesos y a duras penas pesaba quince kilos. Desde que pasó por el inframundo e Ixtab la «modificó», el hocico de Rosie me llega por las costillas, que ya es decir, porque mido más de metro ochenta.
Normal que el pájaro con alas de gallina estuviera aterrorizado. Por cómo lo miraba Rosie, cualquiera pensaría que deseaba zampárselo de aperitivo. Y seguramente era así.
—¡Rosie, atrás! —le ordené.
El sabueso del infierno me ignoró, empezó a gruñir y salió disparado hacia el océano. ¡Iba a tener que mandarla a un programa de adiestramiento, en serio!
Los ojos del pájaro se abrieron como platos. Soltó un graznido, dio media vuelta y se alejó volando.
—¡Eh, espera! —le grité—. ¡El coco!
Por alguna razón, a Jazz le gustaba enviar mensajes dentro de una fruta. La última vez fue un aguacate podrido con el que nos deseó feliz Navidad.
El pájaro seguía graznando. Estaba demasiado asustado para volver, sin duda.
—Por lo visto, vamos a tener que ir a buscar el coco nosotros —refunfuñó Brooks.
Le agarré los hombros por detrás y se transformó en un halcón. Al cabo de un segundo, volábamos por los aires en dirección al pájaro, que no dejaba de mirar hacia atrás con auténtico terror en los ojos.
Rosie se alzó sobre los cuartos traseros y empezó a aullar y a disparar rayos de fuego a unos seis metros de altura.
—¡BISTEC! —grité.
Era la orden que la detendría. Ja. Hizo como si ni siquiera me hubiera oído. Embustera.
«Cazar es su naturaleza», dijo Brooks.
«Pero ¿podría no cazar al pájaro mensajero?».
Las nubes se volvieron más densas y ocultaron a la criatura. No le vi más que la cola, que manchaba de rojo el paisaje gris.
Rosie seguía a lo suyo.
—¡No te va a hacer daño! —le grité al pájaro mientras mi perra expulsaba un torrente de fuego, lo bastante épico como para rivalizar con el de un dragón—. ¡Ya verás cuando lleguemos a casa! —le grité a Rosie.
Brooks era rápida, sin embargo, y empezamos a ganar terreno. Nueve metros.
Seis.
Cuatro.
En ese momento, algo cambió. Parpadeé para asegurarme. Más adelante, en el horizonte ceniciento se veía una grieta larga e irregular, igual que en el Viejo Mundo, y pensé que el cielo se iba a partir por la mitad.
Cuando reparé en la línea, ya era demasiado tarde. El pájaro se había adentrado en ella y había desaparecido.
El coco cayó al mar.
Y Brooks se estampó contra una pared invisible.
2

Mientras me precipitaba hacia el océano, solo pensaba en una cosa: «Esto me va a doler».
¡Paf!
Fue el sonido que hice al caer en plancha sobre el mar Caribe.
Me giré para quedar boca arriba, y en esa postura inspiré una enorme bocanada de aire. Pues sí, mi aterrizaje había sido un desastre épico. Si Hondo estuviera allí, se habría roto una costilla de tanto reírse y habría gritado: «¡Sigue nadando, sigue nadando!» (aunque mi tío sea unos años mayor que yo, suele actuar como si fuera menor).
Una vez recuperada de su porrazo en el cielo, Brooks se las arregló para volar en caída libre y coger el coco, que estaba flotando en las aguas marinas. A continuación, vino hacia mí y me recogió. Tomé la pelotita peluda de sus garras y me aferré al ala extendida para subirme sobre su espalda, donde me pegué a sus escurridizas plumas. No me lo podía creer. Dentro del coco tal vez estuviera todo el futuro de mi padre.
«¿Qué diablos ha pasado?», pregunté telepáticamente. «¿Con qué te has chocado?».
«Qué locura... Con una especie de barrera. Pero ¡era invisible!».
Me apreté el puente de la nariz y respiré hondo, sin querer desentrañar la verdad de lo que me estaba contando Brooks.
«La magia sombría debería impedir que los dioses entraran, no impedir que nosotros saliéramos», dije.
A ver, no había salido de la isla de Holbox desde que llegáramos, unos meses atrás, pero porque Ixtab me había dicho que, nada más alejarme de la protección de la magia sombría, aparecería en el radar de los dioses y ¡zas!, me rebanarían el pescuezo.
Me sentó fatal saber que la isla quizá fuera —o probablemente era— una especie de cárcel. ¿Cómo iba a rescatar a mi padre si nosotros también estábamos encerrados?
«¿Cómo es que no se nos ha ocurrido antes?». Brooks batía las alas con furia.
«¿El qué? ¿Que estamos atrapados aquí?».
«La razón por la que estamos atrapados aquí. Si te vas de la isla, los dioses sabrán que estás vivo, ¿cierto? Y sabrán que Ixtab les mintió cuando les dijo que habías muerto. Está claro que no quería ponerse en peligro. ¡Grrr! Tendríamos que haber desconfiado de la diosa».
«¡Está intentando salvar el pellejo!».
«Bueno, pues si piensa que me puede dejar a mí..., a nosotros, aquí —los músculos de pájaro de Brooks se tensaron—, ¡está superequivocada!».
Brooks llevaba razón. De ninguna de las maneras me iba a dejar Ixtab allí. No cuando por fin sabía (o iba a descubrir) dónde habían encerrado a mi padre. Si el pájaro rojo había encontrado un agujero, nosotros también lo encontraríamos.
Cuando regresamos a nuestro tramo de playa, ya se estaba haciendo de noche. A Rosie no se la veía por ninguna parte, claro. Sabía que estaba enfadado con ella. Pero es que había estado a punto de echar a perder una misión que llevábamos siete meses preparando.
El viento arrastraba desde la casa el aroma a pollo adobado y también el rumor de la aburridísima música zen de Hondo. Has leído bien. Desde que vivía en la isla, mi tío había hecho borrón y cuenta nueva. Ahora se dedicaba a la meditación y a la visualización.
El coco estaba a todas luces hueco, pero no conseguí encontrar una veta en la cáscara. Lo abrí golpeándolo con Fuego y busqué el mensaje oculto. En el interior había un disco negro de obsidiana no más grande que una moneda.
—¿Jazz ha protegido el mensaje con piedra de mago? —preguntó Brooks—. Se toma muy en serio sus asuntos de alto secreto.
—Ya —asentí—. Es una especie de James Bond.
—No me extraña —dijo Brooks—. Los dioses lo destriparían si supieran que nos ha estado ayudando.
Coloqué el cristal negro sobre una roca y le asesté un golpe con Fuego en modo lanza, para partirlo por la mitad. En el centro había un trocito oscuro de papel que desdoblé una, dos, tres veces, hasta que tuvo el tamaño de una tarjeta de cinco por diez centímetros. Me tambaleé hacia atrás. No porque el papel me asustara: fue exactamente así como Ah Puch, el dios de la muerte, había renacido ante mis ojos unos meses atrás.
Mi corazón se aceleró cuando cogí el mensaje para observarlo con más atención.
—¿Y bien? —dijo Brooks.
—¡Está en blanco!
—No puede ser. —Brooks me lo arrebató, y lo levantó para que los dos lo viéramos. Y fue en ese momento cuando el papel empezó a despedir un brillo plateado, como si lo rodearan motas de polvo estelar en movimiento. Entonces, poco a poco, aparecieron palabras en él, como si una mano invisible las estuviera escribiendo.
Parque Acuático WaTiki Indoor
Elk Vale, n.º 1314, Rapid City
Dakota del Sur, 57703
Medianoche
24 de marzo
Tres demonios
—¿Mi padre está escondido en un parque acuático de Dakota del Sur? ¿Qué clase de broma es esta?
—Tres demonios. —Brooks frunció el ceño—. Eso no es nada. Nos encargaremos de ellos de sobra. —Se dio unos golpecitos en la barbilla con los dedos, uno a uno, como si estuviera contando—. Hoy es día 20, ¿no? Disponemos de cuatro días enteros.
En ese momento, Rosie apareció en la playa, correteando de lo más tranquila. Bajó la cabeza, movió las orejas hacia atrás y soltó un gemidito. Me resultaba imposible enfadarme con ella. Brooks tenía razón: cazar formaba parte de la naturaleza de mi perra.
Me había pasado los últimos siete meses intentando volver a amaestrar a Rosie, y daba igual lo que intentara, siempre rechazaba obedecerme, sobre todo cuando le lanzaba las órdenes que activaban o desactivaban su emisión de llamaradas. Ixtab le había enseñado a escupir fuego cada vez que oía la palabra «muerto». Era muy útil cuando yo necesitaba tomar prestada alguna de sus llamas, pero no era tan guay cuando la palabra brotaba de pronto en una conversación normal y corriente...
Rosie soltó una bola de fuego del tamaño de un caramelo Werther’s Original y con la nariz la empujó hacia mí como si fuera una ofrenda de paz.
Agarré la bola de fuego y la lancé por la playa. Mi perra la persiguió con tanta rapidez que parecía un relámpago negro.
—Es el mejor sabueso del infierno que he visto nunca —afirmó Brooks—. Su velocidad bate todos los récords, por no hablar de cómo escupe fuego. ¿Te has fijado en cómo ha estado a punto de chamuscar al pájaro? ¡Y mientras nadaba en el mar! —Brooks me miró, con la misma sonrisa que tendría una madre orgullosa en el campeonato que acaba de ganar su hijo. Había cambiado mucho desde el día en que conoció a Rosie—. Está preparada... y tú estás preparado, Zane. Lo tenemos todo controlado. Tú lo tienes todo controlado.
—Claro —mentí.
Me imaginé a mi padre arrastrándose en un lugar diminuto y oscuro, cada vez más y débil, y la culpa me puso enfermo.
—Sé que lo del fuego te está costando. A lo mejor lo has intentado con demasiada intensidad —dijo Brooks mientras se sacaba del bolsillo un tubito de bálsamo labial de menta y se aplicaba un poco. Juntó los labios—. O a lo mejor es que para que funcione tienes que estar..., no sé, bajo presión, en peligro o en algo parecido. ¿Quieres que me convierta en un halcón y te ataque?
—Eh... Una oferta interesante, pero no hace falta.
—Vale —dijo, y se encogió de hombros—. Ahora vuelvo.
—¿Adónde vas?
—A echar un vistazo a la pared invisible. —Dicho esto, se transformó en un halcón y echó a volar.
—Yo..., humm, me quedo aquí esperando.
Rosie regresó al trote con la bola de fuego, gruñó y dejó la llamita junto a mis pies. Alargué una mano para rascarle entre los ojos (sí, es así de alta). «Gracias, bonita», le dije. Una ventaja de que Rosie sea un sabueso del infierno, además de que es capaz de lanzar fuego, es que con ella también puedo hablar telepáticamente.
Mi perra sabía que yo debía intentarlo con más ahínco. Mi problema era no ser capaz de «producir» fuego como sí hacía ella. Había pasado miles de horas practicando, procurando repetir la manera que me había enseñado Huracán aquel día en nuestra primera y última lección en el Vacío.
Estar con mi padre, en un lugar que él había creado literalmente de la nada, fue tan alucinante que no estoy seguro del todo de que sucediera de verdad, pero creí oír que me decía algo sobre un momento en el que no iba a necesitar una fuente exterior de calor, que sería capaz de crear el mío propio. (Tonto de mí, creí que eso ocurriría en cuanto me reconociera como hijo suyo delante de los demás dioses. Pues no).
Huracán hizo un gesto hacia el sol. «Recurre a su poder. Llámalo hasta ti».
Yo me había concentrado en lo que antes consideraba mi pierna mala, la que es más corta que la otra y que alberga todo mi poder de diosnacido. Huracán tenía razón. Cuando aislé mis pensamientos a esa parte de mí, lo que él llamaba «pierna de serpiente», una extraña energía me latió por todo el cuerpo. Claro que en ese momento yo era un jaguar, un detalle que seguramente tuvo algo que ver.
«Alimenta la llama con tu fuente de vida», me dijo.
Cuando lo intenté, un calor espantoso me sobrepasó. Me salió humo por la nariz. El ardor encontró la manera de correr por mi interior a una velocidad inimaginable. Entré totalmente en pánico.
La cosa no había mejorado demasiado desde entonces.
Rosie recogió la bola con el hocico y me la lanzó. Agarré la llama y le di vueltas, dejando que bailara sobre las puntas de mis dedos.
Durante unos tensos instantes, permití que el calor penetrara en mi piel para alimentarlo con el poder que latía en mi pierna. Era el único modo de hacer que el fuego fuera más grande, más poderoso.
Rosie soltó un gimoteo de ánimo.
Me concentré a tope hasta que la llama creció y pasó a tener el tamaño de un limón. El sudor me caía por el cuello. Respiré hondo, consciente de que la concentración era la clave. Las llamas engullían mis manos temblorosas, pero mi piel no se quemó.
«Lo tengo controlado».
«Lo tengo controlado».
Aún era capaz de oír la voz de Huracán enredada en el viento de los recuerdos como si hubiera sido ayer mismo: «Si no liberas su poder, el fuego te va a destruir».
Arrojé la bola de fuego y liberé el calor que me ardía por dentro...
La llama chisporroteó sobre las olas como una bengala que se apaga. Me quedé mirando las manos con frustración y me pregunté si algún día iba a dominar el fuego.
Al cabo de unos minutos, Brooks aterrizó y recuperó su forma humana.
—He volado alrededor de la isla —me dijo mientras recuperaba el aliento—. Está claro que hay una especie de barrera que no consigo cruzar, pero...
—Pero ¿qué?
—En el lado este, he encontrado un agujero minúsculo... He metido una garra en el centro y el hueco ha dado de sí un poquito.
—¡Perfecto! —exclamé—. ¿Vamos a poder abrirlo más, entonces?
—No exactamente. —Brooks apretó los labios—. Se ha cerrado de inmediato.
—¿Cómo...?
Mi mente consideró todas las posibilidades: Ixtab levantó la pared para a) protegernos, b) encerrarnos en la isla, c) impedir que los dioses entraran o d) todas las anteriores son correctas. Fuera cual fuera la razón, tanto daba. Iba a salir de la isla de Holbox, con magia sombría o sin magia sombría.
Ixtab también había organizado otra cosa. Había transportado un volcán dormido —mi favorito, al que di el apodo de «la Bestia»— desde el lugar en el que vivíamos, en Nuevo México. Me contó que en el interior se encontraba mi propia entrada al inframundo, en caso de emergencia. Ixtab había hecho hincapié en «emergencia» (vale, a lo mejor me había amenazado con eso), en plan: «Solo si los dioses bajan del cielo e intentan arrancarte los ojos», así que por suerte no había llegado a usarla. Durante medio segundo, valoré la posibilidad de cruzar la entrada y enfrentarme a ella directamente, pero entonces se enteraría de que mi intención era salir de aquí y a lo mejor improvisaba una magia más potente para encerrarme de por vida.
—En cuanto trasladen a Huracán, volveremos a la casilla de salida, y Jazz ya se ha arriesgado un montón para conseguir la información —dije—. Puede que sea mi única oportunidad para salvar a mi padre. Tenemos que encontrar una manera de salir de la isla.
—¿Y qué me dices del mapa de los portales? —Los ojos de Brooks brillaban de la emoción.
La señora Cab, mi vecina y una gran adivina maya, nos había dado un mapa mágico que revelaba los portales secretos que conducían a otras capas del mundo. Mejor dicho, se lo cogimos prestado para nuestra última misión, pero no llegamos a utilizarlo, porque a los malditos dioses les dio por cerrar todas las puertas.
—¡Eso es! —casi grité—. ¡Quizá la magia sombría solo rodea el perímetro de la isla y no los portales! —Pensar en ser más inteligente que Ixtab me provocó un escalofrío que me recorrió la columna vertebral.
—Cuando lleguemos a casa lo miro —dijo Brooks, con pinta de estar preocupadilla—. Solo espero que la magia sombría no interfiera en la frecuencia del mapa.
—Nos iremos al alba —afirmé con mucha más confianza de la que sentía.
—¿Y si no logramos salir?
—Pues nos iremos al infierno echando chispas. —Apreté los dientes.
Al mencionar el infierno, Rosie gimoteó y dio saltos de alegría.
—Sí, tú también vendrás, Rosie —dije, y le palmoteé el pecho—. Pero me tienes que prometer que me vas a obedecer. Debemos trabajar como un equipo. ¿Entendido?
Aunque no quería admitirlo, no estaba seguro de que Rosie me hubiera perdonado por haber dejado que la convirtieran en un sabueso del infierno. Es que fui yo el que la llevó hasta el volcán, donde un demonio mensajero la mató y la mandó directa al inframundo. En el fondo, me preocupaba que se hubiera roto algún tipo de vínculo entre nosotros. Y eso me asustaba.
Justo en ese momento, Hondo nos llamó desde el patio trasero.
—Eh, la cena está lista. He cocinado yo, así que ¡te toca fregar los platos a ti, Diablo!
Me giré hacia la casa con techo de palapa en la que ahora vivíamos (Brooks incluida, aunque ella disponía de la casita que se alzaba en el patio, porque, como decía mi madre, «las adolescentes necesitan intimidad»).
Mi madre estaba en el patio y colocaba salvamanteles de paja sobre la mesa. Nos sonrió y nos saludó con la mano. Era feliz, más feliz que cuando vivíamos en Nuevo México. Le encantaba Holbox, con las calles de arena, las cafeterías de colores vivos, las tiendas al aire libre y el mercado de frutas y verduras. ¿A mí? A mí me gustaban la playa y la reserva natural de Yum Balam —que significa «Señor Jaguar» en lengua maya—, que es precisamente donde se encontraba mi volcán.
Mi madre no tenía ni idea de que le iba a arrebatar la felicidad al embarcarme en una misión que podría mandarlo todo al garete. Me dije a mí mismo que eso no iba a ocurrir. Por la mañana encontraríamos una manera de salir de la isla, y abriríamos un agujero en el cielo si era preciso. Recorreríamos volando el camino hacia Dakota del Sur, ya en el radar de los dioses, y todo iría según lo previsto.
Qué equivocado estaba.
3

El mapa de los portales de Brooks no nos proporcionó ninguna ayuda. Nada. Rien de rien. El portal más cercano estaba en Cancún, y Cancún estaba al otro lado de la barrera de magia sombría.
Esa noche, me tumbé en la cama con un dolor de cabeza supergrande. Creí haber sopesado todas las opciones, pero entonces mi cerebro daba con otra. La última fue el jade. Todavía tenía el diente de jade que me dio mi padre, convertido en un colgante con cordón de cuero marrón. El amuleto estaba impregnado de la magia más antigua y potente del universo. Podía utilizarlo para dar un salto de espíritu hacia el Vacío, y también para concederle cualquier poder a la persona a la que se lo diera. He ahí la ironía del asunto, supongo. El poder se hacía presente al deshacerse de él, algo que, para ser sincero, me parecía muy poco divino.
Podría darle a Brooks la habilidad de cancelar la magia sombría de Ixtab. Pero ¿y si el tótem de Huracán no era tan fuerte como el embrujo de Ixtab y nos quedábamos sin nuestra única oportunidad de utilizar el poder del jade?
Esa noche, mis sueños fueron brumosos, repletos de caras y lugares que no conocía. Todo estaba fuera de mi alcance. Hasta que oí la voz de un hombre:
«Ha llegado el momento de que la historia se vuelva más intensa».
Me incorporé de repente, despierto del todo. Escruté la oscuridad.
—¿Hola?
No obtuve respuesta.
«Debe de haber sido un sueño», me dije mientras ahuecaba la almohada, dispuesto a volver a tumbarme.
«Ella está aquí».
Vale, pues no, no había sido un sueño.
Aparté las sábanas y miré a mi alrededor. Oí el romper de las olas, a lo lejos. Fue entonces cuando sentí un tirón en el estómago, como si la marea me atrajera hacia allí.
Me dirigí a la playa.
Solo. (Salvo que cuentes a Fuego).
Unos meses atrás, Rosie habría corrido alegremente a mi lado, como en casi todas las noches sin dormir que pasé en Nuevo México. Pero desde que se había convertido en un sabueso del infierno, mi perra prefería dormir dentro de la Bestia. Cerca de la entrada al inframundo, cerca de Ixtab. Quizá Rosie ya no tuviera que seguir conmigo. ¿Tanto habíamos cambiado los dos? Pensar eso dolía demasiado.
En el exterior, el aire era frío y la luna, un semicírculo blanquecino y brillante. El mar Caribe resplandecía como si millones de estrellas azules ardieran bajo el agua, gracias al fitoplancton bioluminiscente (o lo que Brooks llamaba «destellos marinos»). Es un paisaje de lo más espectacular.
Me sacudí los escalofríos de los brazos y me senté en la orilla desierta, incapaz de olvidar los susurros. «Ha llegado el momento de que la historia se vuelva más intensa. Ella está aquí». ¿Qué se suponía que significaban esas frases?
Las olas lamían la playa a unos pasos de mí y el horizonte estaba oscuro. Me pregunté si Pacífico, la exiliada diosa del tiempo, seguía por ahí. ¿Se encontraba bien? Ya sabía que había tenido que esconderse en un lugar más profundo, después de haberme entregado mensajes de Huracán, pero a saber lo que significaba «más profundo» exactamente. Aferré el diente de jade que me dio la diosa de parte de mi padre. Desde que había derrotado a Ah Puch, no había vuelto a dar un salto de espíritu al Vacío, y aunque quería volver a echar un vistazo a ese lugar, debo admitir que me daba miedo. Me daba miedo qué o a quién iba a encontrarme allí.
Entre temblores, saqué una caja de cerillas del bolsillo. Había llegado la hora. Debía dominar mis habilidades con el fuego... ahora. De ninguna manera quería ser el eslabón más débil de nuestro equipo de rescate.
Encendí una cerilla, pero una brisa marina apagó la llama. Lo volví a intentar y la rodeé con la mano. Jugar con fuego no era la parte difícil. Lo complicado era sacar su energía de dentro y volverla más potente y útil.
Una chispa cayó sobre mis pantalones, pero no dejó ninguna marca. Por suerte, el fuego no me quemaba la ropa. Ixtab me había dicho que tanto mi piel como todo lo que la tocara sería ignífugo. La mar de práctico, sí.
La llamita bailaba en el centro de mi palma. Desplacé su energía hasta mi mano, para conectarla con el poder de mi pierna de serpiente, mientras deseaba que la llama creciera y creciera hasta ser grande como un limón. Por lo visto, a eso tenía que aspirar, ¡al tamaño de un limón!
Con una honda respiración, expandí el fuego un centímetro más, y otro más. A medida que el humo salía despedido de mi nariz y mis ojos, la fuerza me iba latiendo en la espalda y en los brazos. Mi piel brillaba como si la lava corriera por mis venas. El calor me abrasaba los huesos, con tanta virulencia que me dio la sensación de que en cualquier momento explotaría. Y que quede claro que quemarme a lo bonzo no es mi idea de diversión para una noche de viernes.
Me aterroricé y enseguida lancé el minimeteorito al agua. Lo observé navegar sobre la oscuridad interminable y... divisé algo.
¿Qué diab...?
Parpadeé y me puse en pie. La bola de fuego flotó durante un segundo, como si alguien la hubiera atrapado. Y entonces se hundió en el mar.
Con la visión nocturna con la que había nacido, distinguí un bote de remos más allá de los cachones. La embarcación surcó las olas más y más cerca, hasta que vi que había alguien en la cubierta. Una silueta encorvada, con capucha. La observé con más atención. ¿Un pescador?
Cuando el bote llegó hasta la arena, la capucha se cayó y dejó al descubierto un pelo corto y oscuro. Una chica.
Se me atascó la respiración en la garganta.
No podía quitarle los ojos de encima.
Espera. Eso no ha sonado bien. A ver, no fue como cuando conocí a Brooks y contemplé su sonrisa de mil vatios. Fue diferente.
La chica, que parecía más o menos de mi edad, estaba sentada, con la mirada perdida, como si fuera un maniquí. Los débiles rayos de luz lunar proyectaban sombras oscuras sobre su delgado rostro y sobre unos enormes ojos gatunos. La barca se mecía a medida que las olas la golpeaban.
Y fue entonces cuando Rosie apareció como una flecha por la playa, rugiendo y gruñendo como una loca.
—Calma, bonita. ¡Calma!
Sus colmillos gigantescos brillaban bajo la luz de la luna mientras corría hacia nosotros. En su comportamiento habitual de sabueso del infierno, no me hacía ni caso. Así pues, solté a Fuego y la derribé por el costado.
—¡Basta! —grité, con los brazos a duras penas alrededor de su enorme cuerpo, rodando con ella por la arena—. ¡He dicho que BASTA!
Todavía entre gruñidos, Rosie se liberó con facilidad de mis brazos, quedándose quieta. Tenía erizado el pelaje negro de la espalda y, durante unos instantes, creí que a lo mejor me ignoraba y chamuscaba a la chica.
Pero entonces hizo algo extraño. Olisqueó el aire, se relajó y se acercó a la proa del bote, mientras iba soltando gemiditos.
Si la chica fuera una amenaza, seguro que Rosie lo habría detectado. Tan solo para ir sobre seguro, cogí a Fuego, preparado para convertir mi bastón en una lanza.
—¿Qué es, Rosie? —susurré al levantarme.
Mi perra seguía olisqueando y gimoteando. Vale, la chica no era una asesina de los dioses ni un demonio disfrazado. Con suerte. Y en ese momento recordé el susurro que había oído... «Ella está aquí».
—Eh... ¿Te has perdido? —pregunté, con la esperanza de que la chica regresara del trance y dijera algo. Lo que fuera.
Sin embargo, ella siguió con la mirada perdida. Vestía una camiseta gris de la NASA, unos pantalones de pijama de franela y botas rojas de vaquero. ¿Quién se pone a remar con botas de cowboy?
¿Acaso no respiraba?
Me acerqué un poco más.
La chica se desmayó como si fuera una funda de almohada vacía y se golpeó la cabeza con el borde del bote, de donde sobresalía un clavo muy largo.
Salté a la barca para valorar el porrazo. Se había hecho una herida de un par de centímetros en la frente y estaba sangrando. Se me revolvieron las tripas. (Sí, seguía odiando la sangre). Rosie se inclinó hacia la embarcación, lloriqueando, y amablemente tocó a la chica con una pata. Después, olisqueó la herida y empezó a lamerla.
—Qué asco más grande —le dije, y entonces vi que la herida desaparecía—. Bueno, esta parte sí que ha molado. Pero lo de los lametazos..., ¡qué asquerosidad!
Ixtab me comentó que descubrió la saliva «especial» de Rosie mientras la entrenaba. «Ningún otro sabueso del infierno tiene esa habilidad. Su destino es matar, no curar».
Una fría brisa recorrió la playa cuando la chica abrió los ojos poco a poco. Jamás olvidaré el color: azul plateado, como el cielo en invierno.
Y entonces, la situación se volvió muy tensa. Me dio un empujón, se arrastró hasta salir del bote, se puso de cuclillas y, con un movimiento de su bracito, me espetó:
—¡LARGO!
«¿Cómo dices?».
—Cuidado, te has dado un golpe en la cabeza. A lo mejor deberías sentarte.
—¿Por qué sigues aquí? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? ¿Cómo...? —Sus ojos barrieron la playa oscura. Las puntas de su corta melena eran desiguales, como si se la hubieran seccionado con una navaja. Cuando clavó los ojos en Rosie, me preparé a que se pusiera en modo histérico, pero en lugar de eso exclamó—: ¡Por todos los dioses! ¿Es Rosie? ¿El sabueso del infierno?
Mis alarmas se encendieron como un volcán.
—¿De qué conoces a Rosie?
En un abrir y cerrar de ojos, su expresión pasó del miedo a la emoción propia de un viaje a Disneyland París.
—¡No me lo puedo creer! Si es Rosie, entonces tú eres Zane, ¡y te he encontrado! Te he encontrado, ¡yuju! Ya verás cuando se lo cuente a mi abuelo. Le va a dar algo.
—¡Oye! ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién te envía? —Agarré mi bastón con más fuerza; por más que la chica fuera pequeña y pareciera bastante inofensiva, los demonios eran maestros del disfraz.
Rosie se tumbó en la arena y estiró las patas, la mar de tranquila. En fin. La chica alargó un dedo delgaducho y me tocó el brazo.
—Increíble.
—¿Se puede saber qué haces? —Me eché para atrás.
—Comprobar que eres real y que no es uno de mis sueños. —Se agachó y le rascó la barriga a Rosie, como si fueran amigas de toda la vida.
—Mira —dije—, no puedes aparecer en medio de la noche y decirme que nos conoces a mí y a Rosie y... Más vale que empieces a hablar.
Se apartó el pelo de los ojos.
—Sabía que la magia existía, pero es que es alucinante.
—Magia. Ajá. ¿Qué tal si empiezas por tu nombre y por decirme qué haces en pijama, en un bote de remos, en plena noche?
Echó a correr hacia la barca, rebuscó en el interior y me enseñó algo. ¿Un libro?
—¿Qué es eso? —le pregunté.
—Tu historia —me reveló mientras levantaba su gélida mirada. A continuación, su voz se convirtió en un susurro de emoción—. La que los dioses te obligaron a escribir.
4

¿Cómo era posible que tuviera mi historia en las manos?
Los dioses la habían dejado al alcance de todos los seres sobrenaturales mayas, por supuesto. En cuanto al mundo «real», Jazz había prometido imprimir y extender por ahí copias con mi mensaje secreto, para que llegaran a cualquier posible diosnacido. Pero cuando pasó el tiempo y no recibí respuesta de nadie, una parte de mí creyó lo que me había dicho Ixtab: que ningún diosnacido había sobrevivido.
—¿De dónde la has sacado? —le pregunté.
Mi corazón latía aceleradísimo
