Ciudad miedo

Jaime Alfonso Sandoval

Fragmento

Título

cap1

Cada escuela tiene sus leyendas siniestras. Algunas son espeluznantes, como un fantasma de algún salón, ciertas sombras de las canchas, o los mangos enchilados de la cooperativa que sacan ronchas verdes… Además, en cada colegio del mundo, hay un baño de niñas que se supone que está embrujado y “algo aparece”… ¿Por qué no pasa en los baños de los niños o en el de los maestros? Es uno de los misterios más misteriosos del universo. Es así y punto.

La escuela primaria número 3 del poblado de Las Yermas también tenía sus leyendas. Decían que en la biblioteca aparecía una mano espectral, y que a los niños que se quedaban dormidos despertaban de golpe con una fuerte bofetada. También en algunos pasillos a veces aparecía la bestia peluda: un perro rabioso que perseguía niños y parecía hambriento. Pero la leyenda más horripilante de la escuela primaria número 3 era la de la maestra Lichita, la prefecta poseída.

El rumor comenzó en el patio principal, que, como todos los patios escolares, era un hervidero de chismes. Ahí se contaban muchas cosas: quién era novio de quién, qué parejita había roto, las respuestas del examen de matemáticas, y claro, las leyendas escolares. Pronto empezaron los testimonios de que algo extraño sucedía con la maestra Lichita. En apariencia era inofensiva, algo rechoncha, siempre con lentes oscuros, sonrisita bobalicona, y dando órdenes con su vocecita melosa: “Guarden su distancia, amiguitos”. “No griten tanto, amiguitas.” “Rápido, a su salón, niñitos, no lleguemos tarde.” Pero el chisme comenzó cuando un niño de cuarto descubrió a la maestra Lichita en la sala de maestros sin las gafas oscuras y se dio cuenta de que tenía unos ojos rojos, extraños. Otra niña de quinto confesó que en una ocasión notó que a la prefecta le cambió la voz. “Era grave, metálica, como si fuera otra persona.” Y el colmo fue cuando un niño de sexto hizo un experimento: trajo de su casa un botecito de agua bendita y sin querer se la arrojó encima a la prefecta. “Gritó horrible, como si el agua la hubiera quemado”, aseguró el niño ya convertido en caza–demonios.

–¿Crees que sea cierto? –le preguntó Luisa a su mejor amiga, en el patio escolar, justo antes de la formación.

–¿Qué cosa?

–Lo de la maestra Lichita… –Luisa bajó la voz, con cierto miedo–. Que tiene un demonio dentro.

–¿Y para qué quiere un demonio meterse en el cuerpo de una prefecta? –observó su mejor amiga.

–Pues es lo que hacen los demonios –recordó Luisa, sorbió del envase de jugo–. Se ocultan en la gente que parece más inofensiva. Si entran en el cuerpo de un maloso, ni tiene chiste, ¿no crees?

Su mejor amiga asintió algo distraída. Estaba muy concentrada en dar los toques finales a su tarea: la maqueta del sistema solar. Como no consiguió bolitas de unicel hizo los planetas con puré de papa, migajón de pan, una naranja pintada, queso y otras cosas que sacó del refri. Y no es por nada, pero la tarea se veía espectacular (y olía delicioso).

–Yo creo que voy a sacar diez con este trabajo –observó con orgullo.

–¿Y eso qué tiene que ver con la prefecta poseída? –resopló Luisa–. Ay, Mónica, no te distraigas.

–Yolimar –corrigió su mejor amiga–. Prefiero que me digan por mi nombre artístico.

–¿Sigues con ese chisme? –suspiró Luisa.

Ese chisme es mi carrera. Tú no lo entiendes.

En efecto, el nombre real de la amiga era Mónica Yolanda Martínez, pero unas semanas atrás había ganado el festival artístico de la escuela cantando: “Un millón de amigos”, recibió muchos aplausos y fue muy famosa (por tres días). Pero lo importante fue que Mónica descubrió su vocación: de grande sería estrella del pop, haría algunas películas, tendría dos divorcios y adoptaría niñitos de todas las razas, además de salvar ballenas bebés. En fin, ya tenía casi todo planeado, y había empezado buscando un nombre más artístico.

–Como sea, no me voy a acercar a la maestra Lichita –Luisa retomó la conversación–. Hasta estar segura de que no tiene el demonio dentro. ¿Me estás oyendo… Yorismar?

–Yolimar. Yoli de Yolanda y Mar de Martínez –explicó su mejor amiga y abrió su cuaderno–. Mira, ya hasta ensayé mi autógrafo, ¿quieres uno?

–¿Para qué?

–Cuando sea súper famosa va a valer muchísimo.

–Bueno, entonces dame dos... –suspiró Luisa, sabía que era mejor no discutir con su amiga, era un poco necia cuando algo se le metía en la cabeza.

–Claro, querida mía. ¿Cómo te llamas?

–¡Llevamos estudiando juntas seis años de primaria! Ya sabes que soy Luisa Chávez.

–Sí, sí. Sólo estoy ensayando para mis fans –Yolimar firmó los dos autógrafos, arrancó las hojas y se las pasó–. Me debes un mango enchilado.

–¿Qué?

–El primer autógrafo es gratis, pero como pediste dos, ese cuesta aparte. No hay devoluciones... Fue un gusto, querida mía.

Luisa puso una cara muy rara. Abrió muchísimo los ojos, la boca, le tembló el labio. Yolimar supuso que estaba furiosa. Pero era algo exagerado, ¿por un simple mango enchilado?

–Bueno, si quieres sólo dame de tu jugo –negoció la aspirante a artista, señalando el envase.

Luisa intentó hablar, pero no podía, como que las palabras no se atrevían a asomarse fuera de la boca. Hasta que levantó la mano y con dedo tembloroso señaló a un lado de la banca. Entonces Yolimar lo vio.

Una de las terroríficas leyendas de la escuela era cierta: la bestia peluda. Quién sabe si de verdad era perro, parecía coyote o un chivo deforme con poco pelo; se le había caído por roña o alguna enfermedad de la piel, que la tenía cubierta de feas costras rojizas y como con trocitos de pellejo descarapelado. Era muy feo: costillas salidas, cabeza grande y algo chueca, y el hocico enorme, lleno de colmillos. Gruñía.

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¡La bestia peluda! –Luisa consiguió hablar–. Si nos muerde, moriremos de rabia.

–No, no puedo morirme ahora –replicó Yolimar, con aplomo–, tengo una carrera pendiente y diez discos de platino que grabar.

La criatura comenzó a aproximarse a las niñas. Luisa lanzó un grito, Yolimar levantó los brazos, los agitó y empezó a dar alaridos (en algún sitio había oído que eso espantaba perros, ¿o era a los osos?). Pero nada sirvió, la bestia peluda se lanzó a la banca. Los demás niños del patio vieron algo de reojo. Muchos corrieron y alguien activó la alarma de emergencia.

–Llamen al director, a la policía, a los bomberos –gritaba Yolimar–. Soy la celebridad del colegio, no pueden perderme, ni a mi amiga Luisa.

Al parecer tanto caos, gritos y la alerta terminó por asustar a la bestia peluda, que salió huyendo por uno de los huecos de la alambrada de las canchas, por donde entró. Algunos compañeros se aproximaron a la banca donde estaban las niñas. Luisa no dejaba de llorar. “¿Están bien?” Preguntaron los curiosos. “¿Las mordió?” Inquirió otro. “¿Cómo se siente tener rabia?” fue la pregunta de una estudiante curiosa.

–Me estoy muriendo –aseguró Luisa–. Siento el uniforme empapado, ¡me desangro!

–Pues hueles a naranja –aseguró un niño.

–Ah, cierto, es mi jugo –confirmó Luisa. No se había dado cuenta y durante el ataque apretó con todas sus fuerzas el empaque–. Entonces estoy bien. ¿Y tú, amiga?

Yolimar no estaba tan bien, no del todo, acababa de descubrir algo espantoso.

–Bien, niños, ahora saquen sus trabajos y tráiganlos al frente –dijo el maestro, un rato después, en el salón–. Y entre todos votaremos por quién hizo el más bonito sistema solar.

Los alumnos obedecieron y colocaron sus maquetas en la mesa al lado del pizarrón. Algunas parecían tumores mutantes, otras lucían un poco polvorientas (debían ser recicladas pues todos los años hacían lo mismo). El profesor se dio cuenta de que una niña no se había levantado de su banca.

–Alumna Mónica –la llamó–. ¿No me oíste? Trae tu tarea al frente.

–Disculpe, maestro, es que no la tengo.

–¿No hiciste la maqueta? –el profesor la miró con disgusto.

–Sí la hice, pero el perro se comió mi tarea –confesó.

Los niños estallaron en risas.

–¿Te estás burlando de mí? –el maestro se acercó.

–¡No, profe! Es verdad –aseguró Yolimar–. Pasó hace rato, en el patio. La bestia peluda, que por cierto no tiene pelo, pobre, y tampoco sé si sea perro, como sea, una criatura maligna entró y me atacó para llevarse mi tarea.

–¿Y por qué se la llevaría? –resopló el maestro.

–Porque era deliciosa –reconoció la niña.

Eso ocasionó más risas. Pero Yolimar había dicho la verdad. Tal vez no debió usar tanto queso para hacer las lunas, pensó, ni tanto pan y puré para los planetas. Aunque al menos, la criatura había disfrutado de un nutritivo desayuno.

–¡Silencio! ¡Guarden silencio! –exigió el profesor a los demás niños y luego miró a Yolimar–. Alumna Mónica, lo que dices es ilógico. Voy a hacerte un reporte. No traes la tarea y además dices mentiras.

–Profe, es la verdad –insistió la niña–, y, por cierto, llámeme por mi nombre artístico: Yolimar.

–¡Véndele un autógrafo! –gritó un compañero al fondo.

–¿Quiere uno? –la niña ofreció, lista para practicar su firma.

Estallaron más risas y eso, para el maestro, fue el colmo de falta de disciplina y lógica. ¿Ataque de una bestia peluda sin pelo que se llevó la tarea? ¡Y una niña que quería venderle un autógrafo!

–Mónica, te vas a quedar dos horas después de clases –anunció el profesor–. Llama a tus papás para decirles que vas a llegar tarde hoy, harás servicio escolar como castigo.

Se escuchó el clásico sonidito de “Tssssss” que resuena cuando alguien está en problemas. Yolimar se sintió fatal, ¿por qué siempre le pasaban las peores cosas a ella?

Yolimar no llamó a sus papás, no tenía caso. Primero porque no quería que supieran que la castigaron (además tendría que explicar que vació el refri para hacer la tarea). Y segundo, ni se iban a enterar si llegaba tarde. Lorna e Isaías, sus padres, estaban todo el día trabajando en la fábrica de clavos del pueblo. Eran muy discretos y silenciosos. Apenas los veía un rato en la hora de la cena, aunque según ellos ya habían comido en la fábrica. Tampoco eran muy habladores, su papá, por ejemplo, le dirigía unas ocho palabras al día: “¿Todo bien? ¿Hiciste tus cosas?” Y sin importar la respuesta de su hija, casi siempre respondía: “Bien, querida, sigue así”.

Yolimar se atrevió a romper esa dinámica cuando ganó el concurso artístico de la escuela. Se emocionó tanto que cuando él hizo la pregunta de todas las noches:

–¿Todo bien? ¿Hiciste tus cosas?

Rápidamente la niña anunció:

–Gané el concurso de canto escolar.

–Bien querida, sigue así –respondió su padre, y siguió mirando la televisión.

–¿Oyeron lo que dije? –saltó Yolimar–. ¡Acabo de descubrir mi vocación! Me urge que me descubra un productor para hacer mi primera telenovela juvenil. ¿Y si me llevan a la Capital, a un programa de talentos de la tele?

El señor Isaías miró al fondo, donde la señora Lorna lavaba platos con un polvo limpiador (había poca agua en Las Yermas y debían arreglárselas como fuera). La mamá parecía desconcertada. Finalmente encontró algo que decir:

–La rutina es seguridad y la seguridad es importante –mencionó.

–¿Por qué siempre dices eso? –exclamó Yolimar–. Quiero ir a la Capital a mostrar mi talento. ¡Seguro me ofrecen mi primera película!

Los padres se miraron de nuevo,

–Tal vez podamos llevarte para tu cumpleaños –propuso el papá.

–Sí, eso, podría ser –confirmó la mamá.

Para Yolimar fue un triunfo. Sus papás nunca habían hablado tanto, ¡y le hicieron una (casi) promesa! Y sólo faltaban tres meses para su cumpleaños. Por eso, era importantísimo que no supieran nada del castigo de la escuela o podrían cancelar el (casi) viaje.

Al término de las clases, Yolimar fue al salón de los castigos, era una vieja bodega llena de cosas viejas donde siempre había algo que hacer. Decidida, Yolimar empujó la pesada puerta chirriante; dentro se sentía un calor sofocante.

–Pasa, pasa, niñita –escuchó una voz.

Yolimar no pudo evitar ahogar un gritito de sorpresa. Sentada ante una mesa sucia estaba la robusta maestra Lichita.

–Ven, ven. Te estaba esperando –la prefecta poseída hizo una mueca de sonrisa y mostró unos dientecitos amarillentos.

Título

cap2

“La maestra Lichita no tiene un demonio dentro”, se repitió Yolimar mientras avanzaba a donde estaba la prefecta. No podía comprobar si tenía los ojos rojos porque la profesora llevaba sus enormes gafas oscuras.

–Según el reporte, le dijiste mentiras a tu maestro... –la prefecta sacó un expediente–. Algo de un monstruo peludo sin pelo que se llevó la tarea...

–Pero es verdad –aseguró la niña–. Estaba en el patio. Nos atacó una bestia deforme, quemada, con jorobas...

–No, alumnita, eso no existe –interrumpió la maestra Lichita–. Además, ningún animal salvaje puede entrar aquí. La escuela es totalmente segura.

–Pues otros niños vieron esa cosa, y mi amiga Luisa –recordó Yolimar.

–Y también tienen un reporte por mentirosos –sonrió la prefecta mostrando sus dientecitos amarillos–. Pero ¿sabes qué creo? Que se dejaron llevar por la imaginación. A veces un malentendido lleva a un rumor, luego se convierte en un chisme, y al final todos creen la mentira, por más ridícula que sea... esas cosas pasan.

¿Hablaba de ella misma? ¿De su supuesta posesión? Yolimar dudó.

–Dime, alumnita, ¿vas a seguir insistiendo en el monstruo peludo sin pelo? –Lichita le clavó la mirada con los ojos (¿serían rojos?) escondidos detrás de las gafas.

La niña negó con la cabeza, ya no quería más problemas, aunque tenía una duda.

–¿Y por qué sólo me castigaron a mí?

–No entregaste la tarea –recordó la maestra, como si fuera evidente–. Pero tranquila, alumnita, tampoco lo tomes como castigo, sino como una labor en beneficio del colegio. Ven conmigo.

Yolimar la siguió al fondo de la bodega. Notó que la maestra tenía un olor raro, a algo metálico. ¿A qué olía la gente poseída? ¡Debía dejar de pensar en eso! La maestra Lichita era normal, un poco apestosa nada más.

–Como ves, aquí hay mucho por hacer –señaló la prefecta.

Yolimar asintió con agobio. Había un montón de cajas polvorientas con pilas de exámenes viejos, un telón roto de una obra de teatro y muebles antiguos, llenos de mugre y telarañas.

–Saca los pupitres que están al fondo –pidió la maestra–. Tienes que limpiarlos y lijarlos hasta quitarles la pintura vieja. Vas a necesitar esto.

Le tendió un trapo percudido y unas hojas para lijar, muy ásperas.

–¿También los pinto? –ofreció la niña–. Soy muy artística.

–No te preocupes, alumnita. Con lijarlos tendrás suficiente, créeme.

La prefecta tenía razón. Limpiar era difícil, pero lijar era horrible. Primero había que cortar pedacitos de ese cartón arenoso, tallar sobre la madera, el papel se calentaba con la fricción. Además, era fácil rasparse y se metían trocitos de pintura descarapelada bajo las uñas. Aunque para Yolimar, lo peor fue el agobio y la falta de aire. Comenzaron a escurrirle ríos de sudor por la frente y cuello, iba a manchar el uniforme.

–Maestra, disculpe, ¿puedo abrir alguna ventana? –señaló una–. Es que aquí hace mucho calor.

–Oh, alumnita, claro que no –respondió la maestra Lichita desde la mesa, al otro lado de la bodega–. Hoy hay mucho viento y entraría tierra.

La prefecta volvió a poner esa sonrisa falsa, tan extraña. Yolimar se dio cuenta de que la maestra no tenía una sola gota de sudor en la frente. Claro, si estaba sentada muy tranquila, revisando reportes escolares.

La niña miró su reloj, ¡todavía faltaba hora y media de castigo! Se dio prisa en seguir lijando, cada vez más acalorada. Se enterró una astilla en un dedo, dolía mucho. “Siempre me pasa lo peor”, suspiró. Para colmo tenía sed, en la mochila le quedaba media cantimplora con agua, pero prefirió guardarla hasta terminar con la tortura... entonces lo vio.

Al fondo, entre otros trastos viejos, había un viejo ventilador. Debía llevar años ahí, cubriéndose de polvo. Yolimar lo sacudió para revisarlo detenidamente. El cordel estaba un poco descarapelado pero aún tenía la clavija… ¿Y si lo probaba? Miró de reojo a la prefecta, que seguía concentrada en sus papeles. La niña encontró un contacto eléctrico atrás de unas cajas con exámenes viejos, enchufó el ventilador y las aspas comenzaron a dar vueltas, ¡servía!

¡Qué diferencia! El aire la refrescó, Yolimar pudo respirar un poco mejor.

–¿Qué es ese ruido? –la prefecta levantó la mirada.

–Un ventilador que encontré –señaló la niña–. Funciona muy bien...

Yolimar no acababa de decir esto cuando escuchó un chasquido acompañado por varios fogonazos.

–¡Desconecta eso! –ordenó la prefecta.

La clavija y el cable lanzaban violentas chispas y un apestoso olor a plástico quemado empezó a inundar el lugar. La niña retrocedió asustada.

–¿Qué no oyes? Desconéctalo –exigió la maestra. Había algo raro en su voz, se había vuelto grave.

Con pasos retumbantes la prefecta avanzó al fondo, ágil, a pesar de su gran tamaño, hizo a un lado a Yolimar y tironeó del cable del ventilador, hasta que consiguió desconectarlo.

–¿Eres tonta o qué? –gruñó la prefecta–. ¡Pudo pasar un accidente!

Y había ocurrido. Yolimar señaló el humo que salía de una de las cajas; algunas chispas habían saltado a los papeles, que prendieron de inmediato.

–Ayúdame, ¡rápido! –ordenó la prefecta pisoteando flamas–. Busca algo con que cubrir esto y apagar el fuego… ¡Te estoy hablando!

Yolimar miró alrededor, se dio cuenta de que el viejo telón de teatro era muy grueso, tal vez serviría. Fue por él y lo arrastró a donde estaba el incendio. Pero al llegar, lanzó un grito.

–Maestra, ¡su falda!

El incendio se había expandido y la parte baja del uniforme de la prefecta estaba llena de fuego. Lo raro era que ella no lo había notado.

La niña no lo dudó. Fue por su mochila y sacó la cantimplora. Le arrojó el agua a la maestra, con tan mala suerte, que la mitad le cayó directo en la cara.

–¡No! ¡Agua no! –chilló la prefecta, otra vez con voz rara.

Y la maestra Lichita hizo algo muy, pero muy extraño: saltó hacia la pared más cercana y quedó sostenida a ella, como lo haría algún tipo de animal… o alguien poseído. Además, se le cayeron las gafas oscuras y Yolimar descubrió que sus ojos sí eran raros, grises, pero parecían como de vidrio; tenían una extraña fijeza.

Aterrada, la niña corrió a la salida. En un solo día estaba comprobando dos terroríficas leyendas escolares: ¡la bestia peluda y la prefecta poseída!

–Espera, ¿a dónde vas? –chilló la maestra–. Ayúdame a apagar el incendio, y además, no has terminado con tu castigo. ¡Debes cumplirlo!

La prefecta se despegó de la pared y se puso las gafas para, de inmediato, lanzarse tras la alumna.

–Tienes que obedecer –repitió, molesta–. Los niños obedecen a los adultos, ¡son las reglas! Así funciona.

Pero en ese momento, Yolimar salía de la bodega. De reojo vio que la prefecta extendió el brazo, lista para pescarla y obligarla a volver, pero sucedió algo horrible, lo más terrorífico de todo ese día (hasta el momento).

Primero fue el sonido, un golpe seco y Yolimar se giró asustada. La pesada puerta se había cerrado sobre la mano de la maestra Lichita. El golpe se la cortó a la altura de la muñeca y la extremidad saltó hasta caer a los pies de la niña… Lo raro es que no se veía sangre, sino una especie de baba verdosa… ¡Y la mano comenzó a moverse, buscando el resto del cuerpo! Yolimar no lo podía creer. Su grito se oyó en toda la escuela, en el pueblo de Las Yermas y lo más seguro es que también en Corea.

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Se abrió la puerta. La prefecta salió al pasillo, a pesar de la mano cortada y de las llamas de la falda, no parecía sufrir dolor, se veía más bien furiosa.

–Mala alumnita, muy mala –señaló con el brazo cortado que seguía escurriendo esa cosa verde–. Te ganaste otro reporte de mala conducta.

Yolimar no supo qué pasó después, porque todo se volvió oscuro, su cerebro prefirió desconectarse y la mandó a un fulminante desmayo. ¿Por qué siempre le pasaba lo peor?

–Siento mucho haberlos llamado y que salieran de sus trabajos –carraspeó el director Laureano Águila–. Pero temo que esto es urgente. Ha ocurrido algo muy penoso con su hija.

–Yo no le hice nada a la maestra Lichita –gimió Yolimar, aún temblaba–. Fue un accidente. Además, está poseída por un demonio. Por eso no le dolió cuando la puerta le cortó la mano.

Sus padres, Lorna e Isaías, la miraron preocupados. Todos estaban en la oficina de la dirección de la escuela primaria 3 de Las Yermas. Y ahí, la tensión en el aire, como dicen, se podía cortar en rebanadas.

–¿Ven lo que les digo? –el director suspiró–. Su hija no deja de decir mentiras…

–¡Pero yo misma lo vi! –insistió Yolimar, todavía aterrada–. Y además tiene ojos diabólicos, saca baba verde…

–Por favor, hija –murmuró su madre–. Ya está bien de bromas. No es de buen gusto hablar así del profesorado.

–Desde la mañana estuvo asustando a sus compañeros –aseguró el director–. Dijo que había entrado a la escuela un toro zombi…

–¡Perro! –corrigió la niña–. La bestia peluda sin pelo, ¡se llevó mi tarea!

–Inventó eso para no entregar la maqueta del sistema solar –el director pasó a los padres un reporte de varias hojas–. Todo está aquí. Y luego quemó el salón de castigos.

–¡También fue un accidente! –se defendió la niña–. Saltó una chispa del ventilador, tenía calor y la prefecta no me dejaba abrir la ventana –tragó saliva–. ¿Y qué pasó con el incendio? ¿Se carbonizó la maestra poseída?

Yolimar aún desconocía los detalles. Después del desmayo despertó en la enfermería escolar y se enteró de que sus padres iban en camino para verse con el director. ¡Pero nada de lo que pasó fue su culpa!

–¿Me van a llevar a la cárcel? ¿Estoy acusada de homicidio? ¡Soy inocente! –Yolimar lanzó un grito y la verdad es que le salió muy bien, porque había ensayado por si algún día la contrataban para una telenovela.

–Por favor, hija, contrólate –suplicó su padre–. El incendio no pasó a mayores y aquí lo que importa es tu mala actitud...

–Desde que ganaste ese concurso te has portado muy mal –anotó la mamá–. ¿Quién te crees? No dejas de decir que serás actriz, cantante y no sé qué más…

–La imaginación en los niños no está mal –intervino el director–. Sólo hay que encauzarla antes de que se vuelva una enfermedad. Por suerte, contamos con algo que puede ayudar –oprimió el botón de un comunicador–. Maestra, ¿puede entrar con nuestro invitado? Gracias.

Casi al instante se abrió la puerta y entró un señor vestido como militar, muy alto y fornido, con gafas oscuras y casco, y detrás, ¡la maestra Lichita! Yolimar parpadeó como diez, veinte, cien veces, ¡no era posible! Y tenía las dos manos, como si nada. Eso era imposible.

–Buenas tardes, señora y señor Martínez –saludó con su sonrisita de dientes amarillentos–. Éste es Peter Petrus. Viene de…

–…la compañía Ryu, yo mismo me presento, gracias –interrumpió el militar, tenía la voz muy grave–. Nuestra empresa se especializa en reformar niños traviesos, chapuceros, abusones y mentirosos compulsivos, bueno, como su hija. Trabajamos en más de veinte países, y contamos con un sistema de campamentos donde reeducamos a las pequeñas bestias, hasta que terminan dóciles como un conejo gordo.

–Suena bien… creo –reconoció el señor Isaías.

–Pero el tratamiento debe ser carísimo –suspiró Lorna.

–Para nada, de momento los servicios son gratuitos –aseguró el director, con amable sonrisa–. Por promoción no hay cobro por enviar a los niños a los campamentos del AMORS.

–Área Militarizada Obligatoria para Rijosos y Sabandijas –puntualizó el soldado Petrus, con su vozarrón–. Queremos demostrar nuestra eficacia. En los campamentos manejamos un gran sistema competitivo de puntos, y además se estimulan el talento y las artes.

–¿Oíste, hija? –el señor Isaías se dirigió a la niña–. Esas cosas te gustan.

Pero Yolimar no decía nada. Seguía totalmente sorprendida por la visión de la maestra Lichita. Traía otro uniforme pero no se veía ni siquiera cicatriz o marca en la muñeca. ¿Qué había pasado? ¿Lo imaginó todo? No, no era posible. Además, la vio saltar y quedar sostenida a la pared como una araña. Tampoco le dolía quemarse, ni perder una mano y luego esos…

–Los lentes oscuros… –dijo Yolimar en voz alta.

Todos miraron a la niña, señalaba a la prefecta.

–Sus ojos son falsos, son ojos endemoniados –insistió–. Quítenle los lentes.

–¿De qué hablas, alumnita? –la maestra Lichita emitió una risita rasposa.

–Algo oculta. ¡Enseñe los ojos! –Yolimar casi gritó.

Como la prefecta seguía sonriendo, la niña, desesperada, se le fue encima para quitarle las gafas. Hubo algo de forcejeo. Los padres gritaron, y rápido como rayo, el soldado Petrus apartó a Yolimar y la arrinconó contra la pared para inmovilizarla. Le puso una cinta plástica en las muñecas, como si fuera delincuente. Lo único bueno de esa bochornosa escena fue que se le cayeron los lentes oscuros a la prefecta.

–¿Qué le pasa a esta criatura? –se quejó la maestra Lichita–. Soy totalmente normal. Esta alumnita está muy mal, es un peligro para la sociedad.

La prefecta tenía unos ojos cafés, como los de cualquier señora. Se puso los lentes de nuevo. Todos miraron con desaprobación a la niña, ¡atacar físicamente a una maestra! Eso era el colmo.

De inmediato, Lorna e Isaías firmaron los permisos y el señor Petrus se llevó al campamento de reeducación a la alumna Mónica Yolanda Martínez, mejor conocida (de momento sólo por ella) como Yolimar.

–Hija, espero que puedan quitarte esos instintos asesinos –alcanzó a despedirse su madre, en el pasillo–. Intenta portarte bien.

El padre no dijo nada, pero Yolimar sospechó, por su mirada molesta, que ya no la llevarían a la Capital para su cumpleaños.

El señor Petrus subió a la niña a una gran camioneta negra que esperaba afuera del colegio, tenía el símbolo de un ojo dentro de un triángulo y la leyenda “Ryu, vigilando ahora, vigilando siempre”. Dentro, la inmovilizó con un cinturón de seguridad. Al menos era tarde, ya se habían ido sus demás compañeros, así que no vieron la humillante escena. Yolimar se sentía fatal. Había sido el peor día de su vida y seguía sin entender qué ocurrió exactamente. Era como si ninguna pieza encajara: bestias peludas sin pelo, manos arrancadas que se movían solas, maestras que saltaban como arañas a la pared, baba verde... ¿Se estaría volviendo loca? El vehículo comenzó a moverse.

–¿Cuáles son tus delitos? –escuchó una voz infantil dentro de la camioneta.

Yolimar vio al fondo de la camioneta a un niño y a una niña. Igual que ella, tenían las manos atadas y estaban aprisionados con cinturones de seguridad. Llevaban uniforme de otra escuela. El niño parecía lloroso.

–Si estás aquí es porque te portaste mal, ¿qué hiciste? –insistió la niña.

–Nada… en serio no hice nada. Aunque me acusan de… –Yolimar lo pensó mejor, ¿cómo decirlo para que no se oyera tan feo?–. Imaginativa… Eso dicen…

–Mentirosa, ¿eh? –tradujo la niña–. Como sea, te va a ir mal, a todos nosotros.

–Escuché que vamos a un campamento –repuso Yolimar, intentando ser optimista–. Esos lugares son divertidos.

–No es un campamento de verdad –opinó el niño lloroso–. Es otra cosa, un sitio donde hacen experimentos, o te cortan la lengua y te ponen a pedir limosna. Y nunca, jamás, regresas a tu casa.

–Me quieren asustar, ¿no? –Yolimar intentó sonreír.

–Decimos lo que sabemos –aseguró la niña, seria–. En nuestra escuela de Llano Seco hace casi un año el director Pestecabeza contrató a la compañía Ryu para que ayudara con la disciplina. Al primero que se llevaron al campamento de reeducación fue al bromista de la escuela.

–Gonzo... así se llamaba –recordó el niño lloroso–. Y luego se llevaron a la alumna nueva, la que venía del extranjero, Rina, y a ese niño callado, ¿Danilo?...

–Creo que era Damiano... como sea –suspiró la niña–. Nunca volvimos a ver a ninguno de ellos. Desaparecieron y también sus papás. Ahora sus casas están vacías, como si esas familias nunca hubieran existido.

–Tal vez sólo se cambiaron de ciudad... –opinó Yolimar.

–O hicieron carnitas a los niños y los vendieron en el súper –aseguró la niña.

El niño lloroso se puso todavía más lloroso.

Yolimar suspiró, preocupada. Al menos todo ese sufrimiento le serviría para ser mejor actriz y su biografía sería muy interesante. ¿Por dónde iban? Era imposible saberlo. La camioneta no tenía ventanas y al frente había sólo una rejilla cerrada.

–Ni intentes hablar con el chofer, nadie responde –explicó la niña–. Llevamos viajando dos horas y quién sabe cuánto falta. No dicen nada.

–Quiero a mi mamá –murmuró el niño lloroso.

Estuvieron un rato así, en tenso silencio, sólo se oía al niño sollozar. Yolimar repasaba las cosas extrañas que le ocurrieron ese día. No entendía nada. Entonces recordó algo.

–Los ojos –exclamó.

La niña y el niño lloroso la miraron, confundidos.

–Los ojos de la prefecta –explicó Yolimar–. En la dirección eran cafés, pero antes, cuando se subió a la pared eran raros y grises. ¡No era la misma maestra!, ¡era otra! Por eso la segunda tenía las dos manos pegadas, como si nada.

–Ya se volvió loca –murmuró la otra niña, al lloroso.

Yolimar iba a explicar mejor su descubrimiento pero no alcanzó a responder. Ocurrió algo horrible: la camioneta dio un giro muy brusco, derrapó sobre el camino, se escuchó cómo chirriaban las llantas, y luego perdió el control hasta volcarse entre tronidos metálicos y ruido de vidrios rotos. Los niños quedaron de cabeza; por suerte el cinturón de seguridad los mantuvo a todos en su sitio, el lloroso gritaba. Unos minutos después, comenzaron a saltar chispas azules del techo de metal.

Todavía le faltaba algo más extremo a ese día.

Se abrió la lámina y Yolimar vio cómo se asomó un par de criaturas con cascos de espejo, parecían insectos gigantes.

–Venimos por ustedes –dijo una de las temibles criaturas.

Título

cap3

Yolimar seguía aturdida por el accidente. ¿Los estaban rescatando? Tal vez los extraños personajes eran socorristas. Pero... ¿por qué llevaban un casco de espejo? Se veían tan raros. Con gran rapidez, uno de ellos cortó los cinturones y las cintas que aprisionaban a los niños.

–Tranquilos, todo va a estar bien –dijo. Se oía como mujer.

–¿Quiénes son? –preguntó el niño lloroso.

–Sus salvadores –aseguró otro, sonaba como un muchacho.

Los sacaron de la camioneta.

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