Movimiento en la crisalida, El

Catalina Navas
Catalina Navas

Fragmento

UNO

El huevo de la naturaleza, como me llaman, conocido por la mayoría de los sabios.

Como dragón viejo, como anciano, estoy lejos y cerca.

Emprendo fácilmente el vuelo, a no ser que se me ate con mesura.

Tengo múltiples formas, colores y figuras.

Theoria Philosophiae Hermeticae

Saco fotos, cartas, postales, papeles y recortes de una caja de cartón: son las cosas que mandé a Bogotá desde que me fui. Hay también una bolsa plástica llena de recibos, programas de conciertos, exámenes médicos y dibujos: son los papeles que conservé durante mis años en el exilio. A mi izquierda, lo que envié por correo postal; a mi derecha, las cosas que yo mismo guardé para no olvidar. Los papeles viejos están amarillos y tiesos, los nuevos dejan tinta en la punta de los dedos si los aprieto duro. Mi hermana y yo pequeños, en un balcón que no recuerdo, en el año 73; el tiquete de avión que me trajo de regreso hace unos meses: 14/07/92, asiento 14C.

Agarro de la bolsa plástica un cuadernillo impreso a lo barato, un folleto de ACT UP! En las páginas interiores veo la imagen borrosa de un hombre flaco: está trepado en el segundo piso de un edificio, en la cornisa de un gran ventanal donde cuelga un pendón. La imagen de ese hombre flaco viajó desde el pasado, pasó por la lente de alguien, fue revelada en un cuarto oscuro en Nueva York y terminó su recorrido en el clóset de mi mamá en Bogotá. La imagen hace su viaje hacia el futuro y yo voy al pasado a encontrarme con un tiempo que ya no existe. En la mitad nos cruzamos. Es el tiempo raro de la memoria y de las cosas que la contienen.

A ese hombre lo conocería más tarde en las reuniones de ACT UP!, en las acciones y en las aceras de las manifestaciones. Nos haríamos amigos y luego nos distanciaríamos. El pendón tiene en el centro un triángulo rosado con la punta hacia arriba. Escogieron ese triángulo como símbolo porque los prisioneros homosexuales de los campos de concentración fueron obligados a usarlo durante la Segunda Guerra Mundial. Nosotros le dimos la vuelta: la insignia de los campos de concentración apuntaba al suelo; el triángulo del pendón, hacia arriba.

Quisimos pensar que era un gesto significativo darle la vuelta a la figura rosada, girarla, invertirla, negar su forma original. El triángulo con la punta hacia abajo señalaba el suelo, el exterminio, el olvido; el triángulo con la punta hacia arriba apuntaba al cielo y era una afirmación de vida. ¿Por qué nos fijábamos tanto en las formas, en los significados de las palabras y las figuras si a veces nos parecía que teníamos la muerte encima? No sé.

El hombre en el folleto era, igual que yo, VIH positivo.

Cientos de personas protestaban ese día frente a las oficinas de la Federal Food and Drug Administration porque las investigaciones para encontrar una cura al virus avanzaban a un ritmo vergonzoso, porque la organización tardaba años en expedir una licencia de comercialización y porque las universidades investigaban sobre la calvicie o la diabetes, pero desdeñaban la comprensión del virus. Mientras los nombres de los compuestos químicos que podían salvarnos la vida se perdían en pilas de papeles arrumadas en las oficinas de los burócratas, nosotros moríamos como bichos fumigados con Baygon. Hay más compuestos químicos en el mundo para matar insectos, para mantenerlos alejados de las cosechas, para que no se metan a las casas de noche e infecten a la gente de enfermedades tropicales, que fórmulas para mantenernos vivos a nosotros. Yo mismo he estado en equipos de investigación que usan insectos para probar hipótesis que les harían la vida más fácil a los astronautas. ¡A los astronautas! A quién le importa el espacio exterior cuando en la Tierra nos morimos. Y en esos laboratorios se desechan los cuerpos de los bichos con facilidad, se limpian con un trapo y a la basura. Igual nosotros, muriendo por miles, infectándonos a tasas de miedo, experimentando en nuestros propios cuerpos lo que la ciencia debería investigar sin riesgo en un laboratorio.

Miro la siguiente página en el folleto: dos policías golpean al hombre, lo tumban al suelo y amarran sus tobillos y muñecas con una cinta plástica. Se me parece a Jesús descolgado de la cruz. La camiseta negra del hombre flaco recogida, abdomen pálido y costillas marcadas.

Cuando era pequeño, el cura repetía cosas sin importancia mientras yo paseaba la mirada intensa por el cuerpo semidesnudo y polvoso de la estatua de Jesús crucificado. «Levantemos el corazón». «Lo tenemos levantado hacia el Señor». Levantaba yo la mirada y me fijaba en los músculos abdominales de Jesús, el paño que apenas le cubría la entrepierna, las rodillas raspadas, la herida de los clavos. Mis ojos eran caricia en su cuerpo desnudo. «Demos gracias al Señor, nuestro Dios». Gracias a la vida porque Jesús fue el primer hombre que deseé. Me imaginaba que subía a una escalera en el altar y con un trapo húmedo y agua jabonosa limpiaba todo el polvo de su cuerpo petrificado. El credo que embotaba la cabeza, el deseo por ese hombre suspendido en la cruz, el olor a cirio pascual. «Es justo y necesario». Ay, sí. Justo y necesario.

A diferencia de Jesús, ni los manifestantes del folleto ni yo vamos a vivir para siempre. Nosotros, los VIH positivos, estamos condenados a una muerte segura. Nadie nos recordará tampoco, por lo menos no nuestros familiares. Mi amigo Cristóbal siempre decía: «Los maricas no tenemos familia». Cómo me reía yo cuando decía eso. No, los maricas no tenemos. Si algo tenemos son los amigos que nosotros hemos escogido. No es la familia de sangre la que importa porque nuestra sangre está infectada, no de virus, sino de la vergüenza que nuestros familiares han echado sobre nosotros, enfermo nuestro cuerpo por todas las veces que un pariente ocultó nuestra historia. La familia es la de las marchas, la de las fiestas, la de las acciones políticas, la de las vigilias. Sólo nuestros amigos nos recordarán, los que sobrevivan a esta epidemia. También, los que antes que familiares se hagan nuestros amigos. ¿Será injusto decirlo cuando estoy sentado en la cama de mi mamá con estos papeles desordenados delante de mí? ¿Cuándo he vuelto a la casa donde crecí a disminuirme frente a Alba Rosa, mi hermana y mi sobrina?

Me niego a la desaparición, el olvido y la muerte. Voy a oponerme a la crucifixión, a la muerte prematura de los treinta y tres años, al sacrificio del cuerpo y de la memoria. Como mi muerte no va a salvar a nadie de nada, para qué morirme entre martirio y dolores. No quiero. Yo no. Voy a pelearle a la desaparición total. Me niego a que otro cuente mi historia, a que mi nombre quede en una lista de muertos del virus y nadie sepa quién fui, ni qué hice, ni qué quise hacer.

Cuando recibí de mi papá mi primera cámara fotográfica quise registrarlo todo. Tomé fotos de las fiestas familiares, de los bichos del jardín, de mis amigos del colegio, retratos míos y de desconocidos que vi pasar en la calle. Me aterraba el paso del tiempo. Me miraba en el espejo y me notaba más alto, más gordo, más flaco. Veía cómo el tiempo me cambiaba la cara y me daba angustia. Entonces me tomaba retratos para que la persona que había dejado de existir no se muriera del todo y quedara ahí en la imagen impresa. Alguna vez leí que tomamos fotos de lo que no podemos tener, pero ya no recuerdo dónde.

A la casa del barrio Calvo Sur llegaban semanalmente los fascículos de las enciclopedias que mi papá nos compraba. En mi casa nunca hubo biblioteca, pero una primera versión del mundo me llegó a través de las páginas brillantes e impresas a todo color que se rasgaban si se pasaban sin cuidado. Todas las semanas aparecía el vendedor de los fascículos en la puerta y nos dejaba el paquete semanal. Cada martes en la mañana llegaban diccionarios bilingües ilustrados, enciclopedias, historias del automóvil con su miniatura y biografías de los grandes personajes de la humanidad, todos desmembrados en fascículos que se empastaban en el centro de la ciudad, en imprentas pequeñas y sucias donde hacían el trabajo de pegar el lomo y coser las páginas. Me gustaba ir con Alba Rosa a esas imprentas mugrosas y volver a la casa con los libros ya armados. Me gustaba ponerme a mirar a los muchachos encuadernadores, mirarlos llevar las hojas sueltas, echarles pegante, ponerlas en la máquina que aplasta y devolvernos un libro nuevo. Qué placer el olor a caucho, a encierro, y el olor dulzón del cartón de las tapas. Ese olor y verles los brazos a los muchachos.

Mi favorita fue la Enciclopedia de los grandes misterios del mundo. Ahí aprendí sobre los fantasmas de la Torre de Londres, sobre la maldición de Tutankamón que cayó sobre los exploradores ingleses, sobre la lectura del tarot y el monstruo del lago Ness. Aprendí que la muerte soñada no era un infarto, como decía mi papá, sino la muerte misteriosa, sorpresiva y sin dolor de la combustión espontánea. Con la enciclopedia abierta por la mitad jugué al poltergeist y desordené cajones y estantes. Muchas veces entré al cuarto de mi hermana y lancé los muñecos de peluche al suelo con rabia y alegría, poseído de mentiras por el fantasma de mi juego. Cogía las muñecas por las piernas de caucho, les daba vueltas sobre mi cabeza y las lanzaba contra la pared. La furia del poltergeist descargada contra las muñecas de pelo largo y brillante de mi hermana, contra las muñecas vestidas con trajes de satín y zapaticos que se ajustaban a sus pies tiesos y parados en punta, contra sus medias al tobillo y sus ojos con párpado móvi

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