¡Nos vamos a Brasil! (Serie ¡Gol! 2)

Luigi Garlando

Fragmento

1. Sin Becan no somos una flor

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El verano de los Cebolletas es como el cucurucho de helado de fresa que está degustando Fidu a la sombra en los jardines: delicioso.

El curso ha acabado, las notas ya no asustan demasiado, y los chavales disfrutan de un merecido descanso, con largas y soleadas tardes sin deberes. Pero eso no es todo…

El verano de los Cebolletas es delicioso porque es especial: dentro de pocos días, Tomás y sus amigos se irán a Brasil a pasar unas vacaciones fabulosas. Son un premio, ¿recuerdas?

En la portería, Fidu, que se lanza al suelo como si estuviera en pleno combate de lucha libre; Lara y Sara, las temibles gemelas, en la defensa; el aplicadísimo alumno Nico, como número 10 de hábiles pies y director del juego desde el medio campo; el albanés Becan y el brasileño João, extremos veloces y fantásticos; Tomi, capitán y goleador, y Dani, un espárrago procedente del baloncesto, el reserva y comodín del grupo. Son los Cebolletas, el equipo de fútbol creado por Gaston Champignon, un cocinero francés que ha abierto en Madrid un curioso restaurante que tiene un gran éxito: Pétalos a la Cazuela, donde se degustan platos a base de flores.

Los Cebolletas han empezado hace pocas semanas y han entrenado poco, pero su primer partido ha sido espectacular. Se han medido con los poderosísimos Tiburones Azules, y han ganado una apuesta que parecía imposible: meterles al menos tres goles.

Como recordarás, los chicos de Champignon llegaron a marcar hasta cuatro, de lo más hermosos: dos de Tomi, uno de Dani, de cabeza, y otro de Nico, en un saque de falta.

Entre otras cosas, se jugaban que los perdedores se mantuvieran alejados de los jardines durante todo el verano. Por eso Pedro y su inseparable amigo, César, jugadores de los Tiburones, pedalean al sol sin sentarse en los bancos, a la sombra, como han hecho siempre y como querrían hacer también ahora.

Fidu los saluda agitando su cucurucho lleno de helado de fresa.

—¡Hola, lavaplatos!

Pedro le responde levantando los dedos índice y meñique de la mano derecha.

—Fidu, a mí me parece que te ha hecho los cuernos… —le pincha Tomi.

—¡Qué va! —responde el portero—. Lo que quería es felicitarme por los dos disparos que le paré.

Tomi, Nico, Dani y Becan se echan a reír. Es la alegría de quienes acaban de ganar y pueden sentarse con orgullo en los bancos de los jardines como en un castillo recién conquistado.

Es verdad que el cocinero no se cansa nunca de recordarles que el objetivo fundamental de los Cebolletas es divertirse, y no vencer, pero haber dado una lección a los presuntuosos Tiburones y haberles visto fregar los platos durante la fiesta en el Pétalos a la Cazuela ha sido de lo más divertido…

Justamente al final de la fiesta se anunció la sorpresa de los padres de los Cebolletas: unas vacaciones en Brasil, en Río de Janeiro, la ciudad donde nació João y donde viven muchos de sus parientes. Unas vacaciones para que los chicos se diviertan, pero también para que sigan entrenándose y preparando su primer campeonato, que empezará en otoño.

Cuanto más se acerca el viaje, más entusiasmados están los chicos, que no hablan de otra cosa desde hace varios días.

—Pero ¿en Brasil hace calor? —pregunta Fidu, ocupado con su helado de fresa, que gotea por todos lados. Le cuesta tanto detener las gotas como a un portero que tuviera que parar cuatro balones a la vez.

—¿Calor? —dice Tomi, guiñándole el ojo a Nico—. ¿Estás de broma? En Brasil están ahora en pleno invierno.

Nico ha pillado la broma.

—Se nota que estudias poco, Fidu. Río de Janeiro es famosa por sus osos polares.

Fidu, que cada vez tiene más problemas con los goterones de su helado y con Brasil, farfulla turbado:

—Yo solo había oído hablar de papagayos…

—Los papagayos están en la selva —le corrige Nico, de lo más serio, como cuando está en la escuela—. En invierno los osos hacen escala en Río.

—Pero si yo creía que íbamos a la playa… —comenta Fidu, desilusionado.

—Sí que iremos a la playa —interviene Dani—, pero con patines. En invierno el océano se congela y se puede patinar. Díselo tú, Becan.

—Yo no puedo ir —responde Becan, que no tiene ganas de bromear.

Los chicos se miran unos a los otros.

—¿Cómo que no puedes venir? —pregunta Tomás.

Becan se levanta del banco y coge el cubo con el detergente y la esponja para lavar los cristales de los coches.

—Mi padre todavía no ha encontrado trabajo.

—Pero si Brasil es un regalo del míster y del padre de Lara y Sara —dice Nico—. No hay que pagar nada.

—¿Has visto el cochazo en el que van las gemelas? —añade Fidu—. Su padre, si quisiera, podría comprar Brasil entero…

—No puedo ir, lo siento. Tengo que ayudar a mi padre. Lo siento de veras, chicos —repite Becan, antes de echar a andar hacia su semáforo.

—¡Becan, estos días podemos echarte una mano! —le grita Nico—. ¡Cuantos más seamos, más coches limpiaremos!

Becan no se da la vuelta para contestar. No quiere que le vean llorar.

Fidu tira a una papelera el cucurucho que todavía no ha acabado. Tiene la sensación de que Brasil se ha helado de verdad. Los Cebolletas tienen que ir todos juntos. Si falta uno no es lo mismo. «¿Pétalos? ¡No, una flor!», es su grito de guerra. Se lo ha enseñado Champignon: quiere decir que en el terreno de juego y fuera de él deben sentirse una sola cosa, un equipo unido. ¡Siempre!

Por esa razón cogen sus bicis y se encaminan hacia el restaurante del míster.

Por la tarde, Tomás llama por teléfono a las gemelas para contarles el problema de Becan. Le responde Sara, a quien la noticia le sienta fatal. Charlan un rato y luego comentan lo que tienen que meter en la maleta y hablan de futbolistas brasileños.

Al final, antes de colgar, Sara dice:

—Ah, me olvidaba, tampoco puede venir Eva.

Tomi se queda helado, como el Brasil de Fidu.

—Pero si había dicho que sí…

—No sabía que su padre ya había reservado dos semanas de vacaciones en Italia.

«Ni Becan ni Eva. Es como si empezáramos con dos goles de desventaja un partido que estaba seguro de ganar», piensa Tomás.

Al día siguiente, Gaston Champignon aparca su cochecito pintado de flores delante de una casa que parece muy antigua y que indudablemente necesita una buena mano de pintu

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