La gran final (Serie ¡Gol! 5)

Luigi Garlando

Fragmento

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1¡SOCORRO!

Lunes, parroquia de San Antonio de la Florida. ¿Has visto alguna vez a un portero que pare balones sentado? Míralo bien: ¡es Fidu!

El número 1 de los Cebolletas es un vago incorregible: todas las mañanas se lía a tortas con el despertador y, cuando hay que correr durante los entrenamientos, como sabes, arranca siempre el último del grupo con la lengua colgando. Pero si ahora está sentado sobre una silla en la línea de meta no es por pereza, sino por culpa de su tobillo, que desgraciadamente todavía no está curado.

Ya solo faltan dos semanas para la gran final, en la que se medirán con sus grandes rivales, los Tiburones Azules, y Fidu aún lleva el pie vendado. Como recordarás, el portero de los Cebolletas tuvo un accidente en el último partido de la fase de clasificación, cuando chutó un penalti contra los Diablos Rojos. Golpeó más

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¡GOL!

el suelo que el balón y el tobillo se le hinchó tanto que parecía un melón. Un esguince bastante grave.

Ahora la hinchazón ha desaparecido casi del todo, pero no el dolor, que todavía le hace cojear. Augusto sabe bien que, en estos casos, el entrenamiento puede ser peligroso. Hace falta paciencia. Por si fuera poco, Fidu no es una pluma, y apoyar su peso sobre el tobillo podría agravar su lesión. Pero es muy testarudo y ha insistido en continuar entrenando, hasta que el chófer de Sara y Lara ha encontrado una solución: el portero se entrenará sentado, sin apoyar el pie en el suelo.

Augusto se ha colocado en el centro del área grande y le lanza con las manos una pelota tras otra, que Fidu atrapa con seguridad desde su silla y las devuelve a su entrenador. Así practica los blocajes y mantiene las manos «calientes», como se dice en la jerga futbolística. Entrenarse le permite mantener vivo el espíritu de equipo y disfrutar de la espera del partido, que vale por toda la temporada. Los Cebolletas han sido los ganadores de su grupo, pero para hacerse con el campeonato tendrán que batir dentro de dos semanas a sus grandes rivales, los Tiburones Azules.

La emoción crece día tras día. Y no solo entre los Cebolletas... Antes de ir a entrenar, Pedro, César y los de

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¡SOCORRO!

más Tiburones, pasan siempre por la parroquia de San Antonio de la Florida para espiar a sus rivales y ver cómo se preparan. Y para tomarles el pelo. Ya conoces bien al simpático de Pedro...

—Fidu, ¿el tobillo se te ha hinchado porque has comido demasiado? —le pregunta el delantero centro de los Tiburones.

César y los otros sueltan una carcajada. Fidu finge que no ha oído nada.

Pedro intenta provocarle otra vez:
—Te iría bien llevarte esa silla a la final, al menos si el balón choca contra ella no entrará en la puerta. Es la única esperanza que tienes de detener nuestros tiros...

—No te preocupes, Pedro —responde Fidu—. A la final iré sin la silla, aunque no esté curado. Tus disparos los paro yo con una sola pierna.

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AUGUSTO CHUTA
EL BALÓN. AL IR

A PARARLO, FIDU PIERDE EL EQUILIBRIO...

... Y CAE AL SUELO. PEDRO Y SUS AMIGOS ROMPEN A REÍR.

¡HA ROTO LA SILLA!

PUM

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¡GOL!

César se saca del bolsillo una cámara fotográfica de esas de «usar y tirar» y le hace una foto al portero.

—Fidu, te apañas mucho mejor sentado a la mesa... —se burla Pedro.

También Augusto se sonríe, pero no por la gracieta. Sonríe de satisfacción por la parada de Fidu que, mientras caía de la silla y rodaba por tierra, no ha soltado la pelota. Se le ha quedado pegada a los guantes: un blocaje estupendo. Es por detalles como ese por los que se reconoce a los grandes porteros.

Martes, casa de Tomi.

Su madre Lucía ha llenado la lavadora de ropa, cierra la puerta y aprieta un par de botones, pero la máquina no se pone en marcha. Vuelve a intentarlo, pero no hay nada que hacer. La madre del número 9 se resigna y avisa a su marido:

—Armando, la lavadora se ha estropeado. Tenemos que llamar a un técnico.

—¿Para qué quieres llamar a un especialista cuando lo tienes en casa? —contesta el padre de Tomi.

—¿Te refieres a ti, por casualidad? —Lucía, con las manos en las caderas, lo mira poco convencida.

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¡SOCORRO!

—¡Pues claro! —responde Armando—. El otro día mi autobús se quedó parado en mitad de la calle. Me levanté y dije a los pasajeros: «Tranquilos: bajo, echo un vistazo al motor y lo vuelvo a poner en marcha». ¡Cinco minutos después lo volví a arrancar entre los aplausos de todos!

Tomi, que se está preparando para salir y está escuchando la conversación, pregunta:

—Papá, ¿no te habrás imaginado esa escena mientras echabas una cabezadita en la terminal?

A Lucía se le escapa una risita.
—Es la pura verdad... —responde el padre de Tomi—. Entre un autobús y una lavadora no hay demasiadas diferencias.

—Si fuera así —objeta Tomi—, los pasajeros subirían sucios al autobús y bajarían limpios.

Una vez más, Lucía no puede evitar sonreírse. —Son iguales porque tienen motor —le explica Armando—, y los motores se parecen todos. Si puedo reparar un autobús, arreglaré también una lavadora, que es mucho más pequeña.

Lucía, que todavía no está convencida, saca la ropa de la máquina mientras Tomi acaba de peinarse.

—¿Vas a ver a Eva esta tarde? —le pregunta su padre. —Sí —responde Tomi—. ¿Cómo lo sabes?

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¡GOL!

—Cuando sales con ella te pasas horas delante del espejo —dice Armando guiñándole el ojo a Lucía.

Como puedes ver, Tomi y Eva, su amiga bailarina, han vuelto a hacer las paces. Los habíamos dejado algo alterados en el restaurante de Gaston Champignon, la tarde en que se celebraba que habían acabado los p

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