Capitalismo

Jeannette Von Wolfersdorff

Fragmento

 Introducción

INTRODUCCIÓN

«Olvídate de la crisis del covid», afirmaba Rafael Yuste, neurobiólogo de la Universidad de Columbia, a Te New York Times en agosto de 2020. «Lo que viene con las nuevas tecnologías puede cambiar a la humanidad».1 Después del desarrollo de computadores personales, laptops y smartphones, viene el siguiente hito tecnológico para las sociedades: acercarnos a la lectura y escritura cerebral mediante una nueva conexión entre tecnología y seres humanos. Ya hay múltiples investigaciones en curso al respecto, algunas con avances importantes, aunque todavía preliminares. En julio de 2021, con el apoyo de Facebook Reality Lab, investigadores de la Universidad de California en San Francisco presentaron una interfaz cerebral que logró leer hasta cincuenta palabras del cerebro de una persona.2 Esta investigación, así como otras que buscan acercar el funcionamiento cerebral y la tecnología, son posibles gracias a los avances que se han logrado en la neurociencia, a nuevos sensores y hardware, y a la inteligencia artificial. En la medida en que la combinación de estos elementos interprete cada vez mejor el cerebro, no solo se podrá leer este órgano, sino también transmitirle pensamientos; de hecho, ya existen sensores y softwares que le permiten gestionar los movimientos de partes naturales o artificiales del cuerpo y nuevas investigaciones en curso que buscan devolverle señales para que pueda sentir calor o frío o el tacto de una mano, aunque esta sea solo una prótesis. Por supuesto, sigue habiendo muchas incógnitas sobre el impacto de mandar información al cerebro y sobre cómo usar estas tecnologías más allá del ámbito médico: «Te sientes algo artificial», comentó, por ejemplo, un paciente tras recibir estimulación cerebral mediante un implante que enviaba impulsos al cerebro.3 Otro estudio mostró que ya es posible controlar el comportamiento de una rata con tecnologías no invasivas, estimulando su cerebro con una especie de láser y sin necesidad de instalar implantes.4 Como afirmó el académico Rafael Yuste sobre dicho ensayo, «estamos mostrando que podemos tocar el piano con ciertos conjuntos de neuronas y así ajustar el comportamiento de los animales».5,6

Pese a las múltiples incógnitas que rodean el alcance real del futuro desarrollo tecnológico, la privacidad o la salud humana en relación con la tecnología, esta no espera. En paralelo a la implementación de la red 5G —también en Chile—, partió la carrera internacional para preparar la red 6G, con una tecnología aún más potente que se espera poder comercializar en unos diez o quince años y que, en teoría, permitiría avanzar hacia una nueva generación de inteligencia artificial con la cual sea posible crear fronteras difusas entre la realidad y lo virtual,avanzando en la conexión entre máquinas y humanos mediante interfaces cerebro-computador7 con el potencial de ampliar la inteligencia humana a niveles suprahumanos. En enero de 2021, el doctor Ivan Ndip, especialista en sistemas de antenas y frecuencias altas en el Instituto Fraunhofer IZM de Berlín, dijo: «Suponemos que el 6G permitirá nuevas aplicaciones que impacten en nuestras vidas, nuestra sociedad y nuestra economía de una manera que la humanidad nunca ha visto antes».8 La actual capacidad de computadores y redes ya permite avances inimaginables para el comercio electrónico, la economía colaborativa, el blockchain, la realidad aumentada, el machine learning, la impresión 3D y el internet de las cosas, con aparatos electrónicos y sensores conectados entre sí. Con el desarrollo tecnológico existente, se abre un sinfín de nuevas oportunidades de negocio para la próxima década, con progresos importantes hacia vehículos automatizados que se comuniquen entre sí o ciudades inteligentes en las que haya un monitoreo permanente de la calidad de aire y del tráfico.

Estamos en este momento: la cuarta revolución industrial, una fusión rápida y sistémica de los ámbitos físico, digital y biológico apoyada en la inteligencia artificial, la ingeniería genética, la computación cuántica y otras tecnologías. La escala, el alcance y la complejidad de su impacto será probablemente diferente a cualquier cosa que la humanidad haya experimentado antes. En conjunto, causará cambios sustantivos en la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos unos con otros, como prevé Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial.9

Capitalismo e innovación son inseparables: en el fondo, el capitalismo financia este sinfín de ideas e innovaciones tecnológicas. Acompañado de conflictos sociales que han llevado a acuerdos importantes en temas de condiciones laborales y mínimos de seguridad social, se ha impuesto como sistema de organización económica en casi todo el planeta. Ningún modelo económico ha sido capaz de crear tanto bienestar para tantas personas y en tan poco tiempo como el capitalismo. Las razones de su éxito tienen que ver con el hecho de que se inspira en dos conceptos que han permitido la evolución misma del género humano, la cooperación y la competencia. Ambos son necesarios para impulsar procesos creativos y facilitar la innovación. Además, se dinamizan con un aliciente tan voluntario como fatalmente adictivo: el consumo. Asimismo, el capitalismo se relaciona con nuestra herencia evolutiva: un sistema ancestral de incentivos que premia el «querer» algo: cosas materiales, prestigio, poder.

De ello trataremos en el primer capítulo.

Un sistema complejo nunca es perfecto, pero en los últimos años el capitalismo ha ido recibiendo cada vez más cuestionamientos estructurales sobre su funcionamiento. También la pandemia del covid-19 ha contribuido a que el capitalismo revele aún más su cara real, como el abedul en el haikú del poeta japonés Kobayashi Issa (1763-1828), que va mostrando su corteza al ser azotado por la tormenta. En Chile fue el estallido social de octubre de 2019 lo que hizo debatir más a fondo aspectos no resueltos del capitalismo.

Dentro de los diversos problemas que muestra el capitalismo actual, destacan dos que van desencadenando el resto: (i) problemas estructurales para mantener la competencia en los mercados e (ii) insuficiente cooperación entre empresa y sociedad. En este contexto, ¿por qué es tan complejo reconciliar intereses? Una de las principales razones es la composición y el funcionamiento de nuestro cerebro en el contexto «poder y dinero», según muestran estudios desde la neurociencia y la biología evolutiva en los que profundizaremos en el capítulo 2.

Aun cuando hay diferentes diagnósticos económicos en cada país, las tendencias autodestructivas del capitalismo están ocurriendo en todos los mercados. De este modo, en el capítulo 3 veremos que los problemas conceptuales del capitalismo en Chile son finalmente los mismos que se observan en otros países.

«Ha habido dos grandes puntos de inflexión en la historia de la humanidad. La primera fue la Revolución Industrial, donde las máquinas reemplazaron la fuerza muscular. La “segunda era de las máquinas” es el momento en que las máquinas pueden hacerse cargo de varias tareas cognitivas de los humanos […] Esta segunda era tendrá un mayor impacto que, incluso, la primera revolución industrial».

«BRYNJOLFSSON, E., MCAFEE, A. (2017)

El conjunto de transformaciones que el mundo está enfrentando se parece a los cambios profundos que experimentaron las sociedades durante las primeras revoluciones industriales, en el siglo xix, y que revelan no solo avances sino también el duro choque de intereses entre empresarios e inversionistas versus los trabajadores y la sociedad. Fue el siglo xix también el que dio lugar a pensadores como Karl Marx, que pronosticó el fin del capitalismo ante la aparente imposibilidad de regularlo, así como a movimientos como el de los ludistas, que destruyeron masivamente la maquinaria en Inglaterra y otros países de Europa por considerar que la automatización y las primeras fábricas no habían sido desarrolladas para el bien de toda la sociedad.

Cuando el capitalismo se empezó a extender a nivel más multitudinario con los nuevos instrumentos financieros y las primeras revoluciones industriales del siglo xix, los países todavía no habían desarrollado sus democracias. Por el contrario, los dueños de las fábricas imitaban la forma de vida de la aristocracia, lejos, en general, de fomentar las estructuras horizontales y democráticas en sus empresas, lo que produjo choques. En ese momento, el objetivo principal de los trabajadores no era derrocar el capital sino su excesivo poder, acotar las largas horas de trabajo y, ante todo, recibir consideración y mayor reconocimiento y voz. La cooperación en grados mínimos y el establecimiento de objetivos comunes entre empresarios y trabajadores fue un reto que no se cumplió, al contrario: el siglo xix mostró en gran medida la incapacidad para reconciliar intereses. Así, una parte importante del siglo xx se perdió en un debate entre extremos —el neoliberalismo10 y el comunismo—, en vez de avanzar hacia una mejor regulación de los mercados, más equitativos y con empresas más sostenibles. El capítulo 4 profundiza en los procesos y pensamientos del capitalismo en el siglo xix, con la idea de contribuir al debate actual desde una perspectiva histórica.

«El cambio es demoníaco; crea, pero también destruye. Las víctimas de la Revolución Industrial se contaron en cientos de miles o incluso millones. (Por otro lado, muchos de estos habrían estado aún peor sin la industrialización.) Especialmente en sus primeras etapas, la Revolución Industrial tendió, además, a ampliar la brecha entre ricos y pobres, así como a agudizar la división entre empleadores y empleados, abriendo así la puerta a conflictos de clase de amargura sin precedentes».

«LANDES, D. (1969)

En medio de las transformaciones que están teniendo curso en el siglo xxi, Chile y todos los países de menor tamaño comparten además un desafío adicional para reconciliar intereses, como confirma la literatura: la existencia de una pequeña elite económica que se conoce y se cuida entre sí.11 Los países pequeños requieren mayores o mejores regulaciones para mantener sus mercados como mercado, como también confirma la Fiscalía Nacional Económica de Chile.12

Pese a que la preocupación está clara, la economía chilena ha ido avanzando hacia una aún mayor concentración en los últimos años, con un crecimiento que principalmente se ha enfocado en las empresas más grandes (aquellas que venden por encima de mil millones de dólares). Chile destaca también como un país que tiene una alta percepción de dominancia de grupos económicos, como recuerda la Organización para Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).13 Una alta concentración de poder puede favorecer liderazgos y estructuras de poder excesivamente dominantes y verticales —de arriba abajo—, según confirman diversos estudios, y esa verticalización supone a la vez un riesgo para las democracias y para el propio capitalismo, porque perjudica la competencia y la cooperación, e impide, en suma, avanzar en innovación.

En efecto, algunos ejemplos de empresas innovadoras como Nucor (Estados Unidos) y Haier (China) muestran que la innovación se crea justo bottom-up (de abajo hacia arriba), con estructuras organizacionales más bien horizontales, combinadas con esquemas de remuneraciones más participativas tanto en caso de éxito como de pérdida. Por ello, el capítulo 5 revisa las tendencias de concentración en el mercado chileno, así como la existencia de los grupos económicos, a la vez que analiza la tendencia de las remuneraciones en las empresas de Chile y las brechas entre lo que ganan, en general, los gerentes generales versus los equipos de trabajo. Los datos permiten comparar a Chile con otros países del mundo y, ante todo, buscan invitar a un debate más amplio y constructivo sobre cómo avanzar —también en nuestro país pequeño— hacia un capitalismo más equitativo, innovador y sostenible, con el cual la mayoría de la sociedad no solo se sienta cómoda, sino ojalá orgullosa.

«El tamaño pequeño [de un país] también puede hacer que la competencia sea demasiado personal, con una elite empresarial pequeña y con empresarios que actúan cuidadosamente para no competir entre sí».

«GAL, M. (2002)

«El problema real de la humanidad es el siguiente: tenemos emociones paleol?ticas; instituciones medievales; y tecnología divina.

Eso es tremendamente peligroso».

«WILSON, E.O. (2009)

 1. Capitalismo, innovación y el ser humano

1

CAPITALISMO, INNOVACIÓN Y EL

SER HUMANO

1.1. EL CAPITALISMO TRATA DE INNOVACIÓN

Cuando se cuenta con financiamiento, las posibilidades de innovación en los mercados son prácticamente infinitas. Ningún sistema económico ha permitido acelerar las innovaciones tanto como el capitalismo, combinando los mercados con instrumentos de financiamiento. Ahora que varios análisis recientes han confirmado que la cultura y con ella la innovación y el avance tecnológico, ya reviste mayor importancia que los genes como impulsor de la evolución humana,1 el capitalismo puede considerarse como un sistema que acelera nuestra evolución.

1.1.1. ¿Amamos la innovación?

El ser humano es curioso por naturaleza y le encanta la idea de innovación. Sin embargo, ello no necesariamente significa que le gusten las ideas creativas y, en concreto, las innovaciones. Aun cuando entre Nueva York, Berlín, Tokio y Sidney se vendan múltiples libros con consejos sobre cómo sobrepasar las burocracias internas y una excesiva aversión al riesgo para innovar, muchos parten de la base de que las personas amamos la innovación y solo la tendríamos que «facilitar» desde el punto en el que estemos. Pero quienes hayan impulsado nuevas ideas y logrado materializarlas como innovación, sabrán que el desafío no solo es crear algo nuevo, sino vencer también las mil barreras contra la innovación. A continuación, mostramos un ejemplo tomado de Europa a mitad del siglo xix:

Viena, 1846. Ignaz Semmelweis, de veintiocho años e inmigrante húngaro proveniente de una familia acomodada, recibe su doctorado en Medicina y empieza trabajar en el área de maternidad del hospital público de la ciudad. En esa época, las mujeres preferían dar a luz en sus casas o en cualquier lugar antes que en un hospital público. La razón era sencilla: en algunos de estos establecimientos de salud, todos los años moría casi un tercio de las mujeres atendidas por parto. Ante esta situación, las únicas que se atendían en estos recintos públicos eran embarazadas pobres o que iban a tener un vástago «ilegítimo» (ambos casos a menudo coincidían). En muchas ciudades europeas, esos nacimientos ilegítimos habían aumentado explosivamente, impulsados por el crecimiento de las ciudades, la pobreza urbana, la prostitución y los abusos sexuales. En efecto, en la Viena de esa época, hasta la mitad de los nacimientos anuales podía llegar a ser ilegítimo.2 En medio de esta situación, el doctor Ignaz Semmelweis se niega a aceptar las altas tasas de mortalidad postparto en los hospitales públicos y descubre que se relacionan con las manos sin lavar de médicos o estudiantes que, justo antes del parto, habían estado examinando y disecando cadáveres. La solución parece nada compleja: Semmelweis instruye a todo el equipo médico y a los ayudantes para que laven sus manos e instrumental con una solución de cloro antes de atender los partos. El resultado se ve de forma instantánea: la tasa de mortalidad se reduce casi a cero.

Aun así, al doctor Semmelweis no se le prolonga su contrato en el hospital, es más: sus colegas médicos se ríen y burlan de él. Pensar que la muerte podría llegar desde las manos de un médico es contrario a todo lo que se creía en esta época, cuando no se reconocía a las bacterias como causa de enfermedades infecciosas y se buscaba la explicación a las enfermedades en las influencias cósmicas. La creatividad del doctor Semmelweis choca con la costumbre, la cultura y el poder de los doctores de la época. Él, además, es extranjero, habla con acento y no sabe comunicar de forma efectiva —y diplomática— sus hallazgos. Para Semmelweis, es una catástrofe ver que sus hallazgos no son aceptados. Se desespera y abandona Viena, deprimido y enojado. No hay un final feliz para esta historia. El doctor muere a los cuarenta y siete años, de forma solitaria y violenta, en un manicomio. Hoy se considera un pionero dado que su hallazgo salvó la vida, décadas más tarde, a miles de mujeres. Distintos bustos y estatuas recuerdan su legado.

La experiencia del doctor en Viena se eternizó en la expresión «efecto Semmelweis»,3 que hoy en día describe la tendencia general de las personas a rechazar la creatividad y las nuevas ideas que compitan con las creencias e intereses ya establecidos. En especial, la historia de Semmelweis muestra que las innovaciones requieren de un trabajo arduo de comunicación, sobre todo cuando se trata de ideas creativas que benefician a quienes no se encuentran en posiciones de poder, pero cuya implementación requiere la aprobación desde este poder. En honor a los tantos innovadores quebrados y burlados que murieron empobrecidos a lo largo de la historia, es bueno recordar que las personas aman la idea de la creatividad y la innovación, pero no tanto el cambio mismo. En especial, bajo circunstancias de incertidumbre, las personas tienden a no querer reconocer ideas nuevas, es decir, cuando más se las necesita.4 El académico de Harvard Calestous Juma (1953-2017) explicó muy bien la tendencia de aferrarse al statu quo: las ideas diferentes y las innovaciones crean incertezas e incluso podrían causar un sentido de pérdida de identidad.5

«Esto es para los locos, los inadaptados, los rebeldes, los que hacen problemas, las clavijas redondas en los agujeros cuadrados [...], los que ven las cosas de manera diferente, y que no están fascinados con las reglas [...]. Puedes citarlos, estar en desacuerdo con ellos, glorificarlos o desacreditarlos. Lo único que no puedes hacer es ignorarlos porque cambian las cosas [...] empujan a la raza humana hacia adelante, y mientras que algunos pueden verlos como locos, nosotros vemos genios, porque los que están lo suficientemente locos como para pensar que pueden cambiar el mundo, son los que lo hacen».

«APPLE (1997)

Los hallazgos de Juma recuerdan a Friedrich Nietzsche (1844-1900), cuando mencionó que una verdad solo se reconoce como tal cuando las personas la perciben como útil para ellos de forma directa y en lo inmediato.6 La aversión a las innovaciones implica, en suma, que las personas tienden también a justificar el statu quo, incluido el de las regulaciones de los mercados. «Uno de los fenómenos más intrigantes de la justicia social es que las personas suelen legitimar el statu quo, incluso cuando les resulta desventajoso», observa la psicóloga social estadounidense Brenda Major.7

La actitud conservadora de las personas frente a la innovación tiene además un aliado importante: el poder. Como observó Nietzsche, nuevas verdades en general no impresionan al mundo, a menos que convenzan al poder, o se le sumen. En la práctica, el efecto Semmelweis tiene implicancias importantes en economía. A nivel «micro», es decir, de cada empresa, requiere que cada institución tenga un plan estratégico explícito para velar por las nuevas ideas y facilitar que se desarrollen y comuniquen bien, reduciendo así las incertezas, puesto que, de lo contrario, podría haber más obstáculos de lo pensado a la hora de innovar. En el caso del freno a la innovación a causa de ideas nuevas que resultan incómodas para las personas que están en posiciones de poder, la situación es más compleja. Si quienes deciden qué ideas, invenciones o hasta innovaciones se llevan a cabo y cuáles, en cambio, se frenan y desaparecen, son solo una pequeña elite, cerrada y poco diversa, la innovación difícilmente podrá tener carácter democrático, ni a nivel «micro», en cada empresa, ni «macro», en la economía. Para que la innovación beneficie al bien común, los que la impulsan, promueven y financian también deberían tener un mínimo de diversidad, así como un poder limitado.

1.1.2. La innovación: única en el ser humano (por ahora)

Hoy en día, las innovaciones se financian y aceleran con capital, pero son características de la especie humana desde mucho antes del capitalismo. Existen registros fascinantes de hace trescientos mil años acerca de personas que emprendieron largos viajes para proveerse de materiales que servían para innovar sus herramientas;8 probablemente, ya en ese tiempo se inventaron las primeras formas de intercambio o comercio. Estas formas de relacionarse, proveerse y fabricar instrumentos fueron lo que permitió que nuestros antepasados sobrevivieran a un medioambiente cambiante, azotado por cambios climáticos y actividades sísmicas. Cientos de miles de años más tarde, la innovación acumulada por nuestra especie ha significado un nivel de bienestar que ha aumentado exponencialmente, en especial desde la primera revolución industrial, así como el desarrollo del capitalismo como hoy lo conocemos, basado en diversos mecanismos de financiamiento y en mercados organizados según la demanda y la oferta. Desde el inicio del siglo xix, las innovaciones en distintos ámbitos —agricultura, construcción, salud, transporte y producción— han duplicado nuestras expectativas de vida y han sacado a cientos de millones de personas de la subsistencia.

Si el objetivo es aumentar la innovación en la economía y sociedad, es importante considerar los frenos a la innovación —descritos brevemente en la sección anterior—, pero también conocer el proceso de innovación mismo para apoyar cada una de las fases del pensamiento creativo. Existen distintas descripciones al respecto, aunque no muy distintas de la identificada en 1926 por el sociólogo y cofundador de la London School of Economics, Graham Wallas (1858-1932).9 Ser creativo parte con la «identificación de un problema», sigue con su «incubación», después la «iluminación», es decir, la creación de ideas, y culmina con la «verificación» para evaluar las ideas, converger y afinarlas. Todo lo anterior requiere poder pensar y ponderar los propios pensamientos, una capacidad llamada «metacognición»10 que implica saber reconocer no solo las oportunidades, sino también los errores y límites del propio conocimiento y así tener un cierto grado de consciencia de uno mismo.

Como mostró el destacado psicólogo Joy Paul Guilford (1897-1987), la creatividad requiere tanto de pensamiento divergente —pensar intuitivamente, sin estructura— como de pensamiento convergente —evaluar las ideas de forma lógica y estructurada—.11 Esto exige la participación de distintas regiones del cerebro.12 Además, el pensamiento divergente precisa que las personas que participan en el proceso sean heterogéneas para que sus conocimientos y la experiencia no se superpongan, sino que se compongan y complementen. Sin diversidad cognitiva, los equipos se vuelven colectivamente ciegos al definir un problema y pensar en soluciones novedosas, mientras que, si hay diversidad, a veces la creación de ideas se da simplemente combinando los dominios propios de dos ideas convencionales. «Tomas ideas que están aceptadas, lo cual es una base maravillosa y necesaria en la ciencia. Pero cuando las pones juntas, ¡guau! De repente, dan algo realmente diferente», expresó Brian Uzzi, profesor de Liderazgo en la Kellogg School of Management.13 Hoy podemos apreciar el éxito de la combinación de la neurociencia con el conocimiento informático y tecnológico, o del conocimiento económico con el psicológico, que finalmente dio lugar a la economía de comportamiento. Por su capacidad de analizar los problemas desde otros ángulos, en innovación destacan a menudo personas inmigrantes, de acuerdo con Matthew Syed en su libro Te Power of Diverse Tinking, donde cita como ejemplos a fundadores o cofundadores de empresas que figuran en la lista Fortune 500 o a científicos inmigrantes que han recibido el premio Nobel.14

La diversidad es crucial para la fase de identificación de problemas y la creación de propuestas. A la vez, puede representar un obstáculo a la hora de converger en torno a ideas creativas.15 En esa línea, investigadores coreanos mostraron que en cada empresa la gerencia debería diferenciar las estrategias de diversidad de acuerdo con la dificultad de la tarea. En el caso de una tarea difícil se necesita aumentar la diversidad del equipo para maximizar su creatividad a través de un proceso de exploración más profundo. En consecuencia, una estrategia de innovación interesante sería considerar una alta diversidad en los equipos que crean ideas y una diversidad más moderada para «curar» esas ideas e implementarlas.16 Sea como sea, nuestra evolución se basa en la creatividad, desarrollada gracias a la inteligencia colectiva, que requiere de diversidad y de políticas y liderazgos capaces de integrar la diversidad y conducirla hacia resultados constructivos.

Más allá de la innovación en equipos e instituciones específicas, en el ámbito científico se considera que la creatividad no solo ocurre a nivel individual, sino también de forma colectiva en culturas, ciudades, naciones y civilizaciones, así como en la economía, se podría agregar. De modo complementario a la creatividad individual, la creatividad colectiva «demuestra la importancia suprema de la creatividad, más allá del creador individual», dice Dean Simonton, profesor de psicología de la Universidad de California.17 En otras palabras, las sociedades evolucionan cuando son capaces de integrar su diversidad para desarrollar ideas nuevas en conjunto.

Aun cuando resulte esencial para nuestra evolución, la creatividad y la innovación no son capacidades exclusivas de los humanos. Si bien con limitaciones, lo son también de las máquinas y de animales no humanos; por ejemplo, algunas investigaciones muestran niveles básicos de metacognición en ciertos animales.18 Así, en un estudio se mostró la creatividad de un loro gris que tenía la capacidad de identificar, clasificar y cuantificar más de ochenta objetos.19

Año 1984. Alex, un loro gris, aprende los nombres de diversas frutas que come, como «banana» y «cherry». Un día recibe pedazos de manzana. Le encantan, pero no sabe el nombre de esta fruta, por lo que decide inventarle uno: «Banerry... I want banerry», dice. Los investigadores se asombran. No solo repite esta nueva palabra varias veces, sino que la pronuncia de forma especial, como si les estuviera enseñando a los humanos: «Ban-err-eee». Nadie ha usado este término antes: es una muestra de la creatividad de Alex, el loro.

Eso sí: para transformarse en innovación, las ideas nuevas deberían, además, propagarse y materializarse en cambios concretos. Este paso logró, por ejemplo, Imo, una hembra primate macaca en la isla japonesa Koshima.20

Año 1953. Varios investigadores observan cómo un mono, Imo, empieza a lavar los camotes en agua dulce antes de comérselos. No solo eso: en breve, su tribu empieza a imitar su comportamiento y, en pocos años, casi todos los primates lavan los camotes en agua antes de comérselos. La única excepción son los machos mayores, probablemente debido a su falta de interacción social. Más tarde, la tribu empieza a lavar los camotes en agua de mar, seguramente para darles mayor sabor y así perfeccionar la innovación.

Existen, entonces, niveles básicos de creatividad e innovación en el reino animal no humano. Aun así, por ahora en este planeta es solo el ser humano quien tiene realmente una cultura de innovación acumulativa, en el sentido de que los inventos y las innovaciones se construyen continuamente sobre el conocimiento de los otros. Esta situación no va a cambiar pronto, a menos que las investigaciones avancen en crear efectivamente una inteligencia artificial general (Artificial General Intelligence, AGI) que sea comparable o que supere a la inteligencia humana. Una de sus características será aprender nueva información y aplicarla de forma creativa para solucionar problemas de manera práctica.21 La creatividad propia de las máquinas todavía es limitada, producto de la ausencia de metacognición: no saben lo que no saben. Sin embargo, ya hay investigaciones en curso para enseñar a la inteligencia artificial justo eso, basadas en estudios del cerebro humano.22 Según el Global Catastrophic Risk Institute, un think tank de Estados Unidos, hasta 2020 se han identificado más de setenta iniciativas en todo el mundo que estudian el avance hacia inteligencias artificiales generales.23

Aun así, las opiniones de los expertos están divididas y sigue siendo incierto si alguna vez se logrará crear una inteligencia artificial general o «superinteligencia», pese a que «la aparición de AGI no debe descartarse como si fuera una idea de ciencia ficción, por improbable que suene», dice un informe reciente del Departamento para Políticas Económicas y Científicas de la Unión Europea.24 Ya en 2012-2013, una encuesta realizada entre más de quinientos expertos en inteligencia artificial consideró que existía una probabilidad de un cincuenta por ciento de que una inteligencia artificial de alto nivel —parecida a la inteligencia humana— esté desarrollada para 2040-2050, aumentando a una probabilidad del noventa por ciento para 2075.25 A partir de entonces, los sistemas podrían pasar a crear una superinteligencia —excediendo ampliamente la inteligencia humana— en menos de treinta años.

Mientras tanto, la inteligencia artificial ya se hace notar en el ámbito de las artes y la literatura, componiendo música, creando cuadros y gráficas o incluso escribiendo novelas. Aunque todavía parezcan lejos de ser creativas e innovadoras en sí, las aplicaciones de inteligencia artificial enriquecerán, probablemente en enorme medida, la creatividad humana al liberarla de las rutinas. Incluso podrían señalar a la humanidad ideas creativas de personas que fueron incomprendidas en el pasado, de inventores como Semmelweis. Así, incluso las personas creativas que trabajan lejos de las intrigas del mundo académico o de la dureza del mundo económico pueden esperar que sus resultados sean descubiertos, como menciona, no sin humor negro, el filósofo Leon Tsvasman.26

1.2. LA FÓRMULA DEL CAPITALISMO

Existe un gran debate sobre el capitalismo, aunque en realidad no siempre esté claro lo que es. Sus múltiples interpretaciones han ido variando a lo largo de los últimos doscientos años. El origen de la palabra está en el término latín capitalis, que significa pertenecer a la «cabeza», como parte principal del cuerpo. Refleja, entonces, «lo más importante». En línea con ello, dentro de la diversidad de definiciones acerca del capitalismo, todas tienen un aspecto central en común: describen una organización económica en la que el capital —dinero— es utilizado para invertir y, así, ganar más dinero. La expansión del capitalismo se puede relacionar con el avance de la industrialización en el siglo xix, cuando las economías requerían de inversiones mayores para financiar las innovaciones del mercado. Las inversiones fueron, entonces, el combustible de las innovaciones. Poder juntar capital era condición esencial para el progreso económico: se necesitaba ahorrar parte de lo que se producía para finalmente invertirlo y así aumentar y mejorar la producción, en una especie de círculo virtuoso, tal como lo describía Adam Smith (1723-1790) en La riqueza de las naciones.27,28

1.2.1. Acorde a la naturaleza

Hace poco, el economista Branko Milanović recordó esa «vieja idea» de autores como Platón, Aristóteles o Montesquieu según la cual la forma en que se organiza una sociedad en lo económico y lo político guarda relación armoniosa con sus valores principales.29 Es cierto: todo sistema económico, si quiere ser estable, debe considerar la cultura y la naturaleza humana. La pregunta fascinante es, entonces, qué aspectos del ser humano son centrales para ser asumidos por el sistema económico y si sigue siendo el capitalismo capaz de lograrlo.

Pese a una creciente sensación de inequidad e injusticia asociada al capitalismo, que mostró, por ejemplo, el Edelman Trust Barometer (2020),30 no se puede ignorar el éxito de este sistema económico basado (i) en mercados que se mueven con fines de lucro, (ii) en el trabajo remunerado y (iii) en inversiones (capital) principalmente privadas. Si bien durante la mayor parte del siglo xx el capitalismo y el comunismo coexistieron en el mundo, el colapso de la Unión Soviética cerca de 1990 selló el fin de la mayoría de los estados socialistas reales. Hoy en día, el sistema que reina a nivel internacional, sin apenas excepciones, es el capitalismo. Pese a todas las críticas que se le hacen, ha tenido un notable éxito en el mundo, principalmente porque sus objetivos coinciden bastante con las ideas y deseos de las personas.

Parecida a la evolución misma, que llena los ecosistemas con especies casi idénticas o con pocas diferencias en su comportamiento, el capitalismo incentiva la exuberancia, financiando la elaboración de productos que solo presentan mínimas diferencias entre sí.31 Poder expresar las diferencias que existen entre las personas, por ínfimas que sean, no solo es parte de la libertad de cada uno, sino también funcional (en el sentido evolutivo): con productos diferenciados, cada persona puede expresarse y causar una impresión diferenciada, lo que es una característica que aumenta la posibilidad de hacer sobrevivir los propios genes.32 Los mercados apoyan a las personas a seguir este instinto cuyo origen reside en nuestra historia. Por ello, el capitalismo no crea la fascinación por el consumo, sino que la potencia.

El capitalismo tiene otro efecto importante, más allá de satisfacer necesidades de consumo básicas o complejas: es experto en conjugar las emociones en estos procesos. Al adquirir productos o servicios, las personas se llenan de esperanzas, ilusiones y expectativas, antes o durante una compra. Vivimos imaginándonos con nuevas actividades y productos como si fuéramos actores de nosotros mismos en una película interior, según el economista checo Tomáš Sedláček.33 En otras palabras, el capitalismo no solo financia la innovación, sino también una de sus condiciones básicas: la imaginación. De hecho, el mayor sustento del capitalismo viene de ahí: de las imágenes del futuro que las personas nos hacemos antes de consumir, al consumir, al invertir, endeudarnos o prestar dinero. Todo ello lo que hace, principalmente, es crear ilusiones, esperanzas, expectativas, curiosidad e imaginación de un futuro nuevo, distinto y, ojalá, siempre mejor.34

El capitalismo ha funcionado tan bien porque se construye sobre nuestro sistema interno de dopamina, un neurotransmisor asociado a la sensación de placer y motivación. La dopamina es como una moneda interna que permite medir el potencial adictivo de cualquier experiencia. Cuanta más dopamina se libera, más adictiva resulta la experiencia, afirma Anna Lembke, de la Clínica Psiquiátrica de Standford.35 El punto interesante es que en la motivación o esperanza de obtener algo, la dopamina desempeña un papel más importante que al recibirlo de verdad. Y una vez que obtenemos algo, queremos lo mismo, pero más, señala el sistema de dopamina. El capitalismo construye sobre esa realidad y crea cuadros de consumo adictivo.36 Quien quiera salirse de la adicción al consumo, debe superar su sistema de dopamina interno o contar con incentivos explícitos que en un futuro puedan evitar el consumo conspicuo, es decir, aquel que es prescindible, superficial y que se inspira más en la envidia que en la necesidad, como lo caracterizó ya en 1899 el sociólogo estadounidense Torstein Veblen.37

«La razón de ser del deseo no es realizar la plena satisfacción, sino reproducirse como deseo».

ŽIŽEK, S. (1997)

Pese a ello, en el mundo imaginario del capitalismo no todo está mal. La imaginación, en sí misma, es una característica clave del ser humano, esencial para la supervivencia, recuerda el filósofo Timothy Williamson, de la Universidad de Oxford,38 y juega un papel vital para formar y justificar ideas, es decir, en etapas que son esenciales para la creación de conocimiento y la innovación. Cuando el capitalismo potencia la imaginación, a la vez impulsa innovaciones que llevan a nuevos mundos imaginarios. Aunque esas imaginaciones sean de origen comercial, sigue habiendo algo poético en ellas. «El que tiene imaginación con qué facilitad saca de la nada un mundo», dijo una vez Gustavo Adolfo Bécquer, poeta español del siglo xix.

«Los científicos poco imaginativos no producen ideas radicalmente nuevas».

«WILLIAMSON, T. (2010)

1.2.2. Competencia y cooperación

La forma organizacional que permite crear productos o adquirirlos es el mercado. El capitalismo se basa en esa antigua forma de organización humana, la cual ha potenciado, pero que efectivamente es también un mecanismo previo a lo largo de nuestra evolución como humanos. Incluso dentro de los grupos de primates, por ejemplo, un individuo puede cuidar del otro y esperar ser remunerado con alimentos o con solidaridad en caso de conflictos con terceros.39 Los mercados funcionan gracias a dos conceptos principales que han sido claves para la evolución humana: la competencia y la cooperación. Ambos son importantes y complementarios en su efecto para la innovación y el funcionamiento de los mercados, aunque estén también en constante conflicto. Todas las personas —y todas las empresas— se enfrentan, de hecho, con frecuencia a ese dilema fundamental: la búsqueda del interés propio en el corto plazo versus el interés grupal en el largo plazo.

«Desde un punto de vista biológico evolutivo, el consumo y su producción no son lo esencial para la comprensión de la economía, sino el efecto de “señal” que los productos tienen para los consumidores. Estos compran productos para verse bien a los ojos de los demás. La forma capitalista de la economía es, por lo tanto, solo una forma con la que logramos causar impresión en los otros: a través de productos impresionantes. En este sentido, el modo de producción capitalista no es la razón de nuestro comportamiento de consumo, sino una consecuencia de nuestras disposiciones evolutivas».

«ACHOURI, C. (2017)

Diversos análisis de biólogos evolutivos muestran la suprema importancia de la competencia y de la cooperación para la innovación y convivencia humana. Cuando ahora, en el siglo xxi, el capitalismo busca renovarse y reencantar a las personas, lo tiene que hacer inspirado en estos dos conceptos que permitieron nuestra evolución durante el 99,9 por ciento del tiempo que transcurrió en la fase precapitalista del Homo, durante los cientos de miles de años anteriores al siglo xix, cuando empezaron las revoluciones industriales.

Ya Charles Darwin (1809-1882) describía la competencia por los recursos limitados en cada generación y el principio de la supervivencia del más apto como parte central de la teoría evolutiva.40 Los individuos reproducen mejor sus genes —o quizás, incluso, su expresión fenotípica— cuando estos tienen rasgos más efectivos para la supervivencia y la reproducción.41 Pero eso no se logra solo con competencia: después de décadas de investigación, también se ha comprobado que la cooperación desempeña un papel al menos tan importante como la competencia.

«Una tribu que incluye muchos miembros que [...] siempre están dispuestos a ayudarse unos a otros, y sacrificarse por el bien común, sería victoriosa sobre la mayoría de las otras tribus; y esto sería selección natural».

«DARWIN, C. (1871)

Evolutivamente no solo el egoísmo, sino también la cooperación, son elementos clave.42 El propio Darwin mencionó esta última en El origen del hombre. La ayuda mutua, es decir, la reciprocidad en un grupo, y la conciencia de la importancia de su bien común serían el mecanismo que más favorecería la selección natural en la evolución.

Los miles de artículos científicos que en la actualidad abordan este fenómeno presentan principalmente cinco razones que explican el rol y la importancia de la cooperación para la evolución, de manera complementaria al egoísmo, al individualismo y a la competencia, según resume el biólogo matemático de la Universidad de Harvard Martin Nowack:43

1. La reciprocidad directa (cuando un comportamiento cooperador es devuelto por el mismo individuo que lo haya recibido);

2. La selección espacial (cuando unos vecinos geográficamente cercanos o unos amigos de una red social tienden a ayudarse mutuamente, armando clústers de apoyo mutuo);

3. La selección de parentesco (cuando los individuos hacen sacrificios por sus parientes porque comparten sus genes y así se fomenta la propagación de los genes que el ayudante comparte con los receptores);

4. La reciprocidad indirecta (cuando un comportamiento cooperador es devuelto por alguien, dado que este último también espera ayuda de un tercero, lo que al final fortalece al grupo entero);

5. La selección de grupo (cuando los individuos cooperan para aumentar el bienestar del grupo en general).

En conjunto con la competencia, los cinco mecanismos mencionados anteriormente no solo explican la importancia de la cooperación para la evolución a nivel genético, fenotípico y cultural, sino que, además, «valen tanto para amebas como para cebras», dice Martin Nowack para destacar la cooperación como fuerza impulsora de la evolución en la Tierra desde el principio.44 Quien más ha perfeccionado tanto la cooperación como la competencia en este planeta es el Homo sapiens, partiendo probablemente por la cooperación.

Una de las razones por las cuales los neandertales se extinguieron hace cuarenta mil años, mientras que el Homo sapiens sobrevivió y se convirtió en el único Homo en el planeta, fue probablemente su capacidad de «imaginar» y cooperar. Así lo muestra un estudio de un equipo de investigadores multidisciplinarios de la Universidad de Washington, la Universidad de Granada y el Museo Americano de Historia Natural sobre el Homo sapiens (desde hace 300.000 años), el Homo neanderthalensis (desde 400.000 hasta 40.000 años atrás) y el chimpancé.45 En el Homo sapiens, el equipo logró identificar más de doscientos genes importantes para el comportamiento prosocial, la cooperación y creatividad que no están presentes en nuestro primo extinto, el Homo neanderthalensis, ni en el chimpancé.

Lo interesante: el Homo sapiens tenía un cerebro un trece por ciento46 más pequeño que el Homo neanderthalensis, pero era más social. La razón: el Homo neanderthalensis vivía en grupos pequeños, de entre doce y veinticinco individuos, y tenía menos expectativa de vida, mientras que el Homo sapiens se desarrolló en grupos más grandes de individuos que cooperaron más, también entre grupos no familiares y entre diversas edades. La «densidad» del convivir del Homo sapiens hizo que las relaciones se complejizaran. Las personas empezaron a intercambiar más información y a aprender las unas de las otras, lo que impulsó mayor creatividad y habilidad social.

El Homo neanderthalensis probablemente era más inteligente a nivel individual, según Joseph Henrich, profesor de biología evolutiva en la Universidad de Harvard, pero el tamaño del «cerebro colectivo» del Homo sapiens era más grande y potente. Se trataba de la conexión de muchos cerebros, que empezó a permitir la transmisión de conocimiento entre generaciones y que logró que los individuos dentro de estos grupos colectivos fueran más inteligentes, aun cuando su cerebro probablemente era inferior a la capacidad del Homo neanderthalensis.47

El biólogo canadiense Robert Bigelow destaca que, una vez que nuestros ancestros sapiens aumentaron el apoyo mutuo dentro de sus tribus, adquirieron mayor seguridad frente a sus depredadores no humanos.48 Irónicamente, eso podría haber provocado que los grupos humanos se convirtieran en la principal amenaza entre sí, dado que ello aumentó la competencia por el acceso a los territorios y los alimentos.49 La guerra entre humanos, per se, es finalmente la expresión máxima de competencia; a su vez, fue justo esa competencia entre grupos lo que provocó también una mayor competencia y cooperación dentro de los grupos, en especial a medida que aumentaron los niveles de inteligencia.

En resumen, la competencia intergrupal fue principalmente resultado de la eficacia de la cooperación intragrupal que, a su vez, fue resultado de la eficacia de los cerebros que evolucionaron gracias a la competencia intragrupal.Los conceptos «competencia» y «cooperación» han sido, entonces, complementarios en el proceso de nuestra evolución (e innovación). Se trata de una combinación curiosa que también es la raíz de esa doble moral que nos persigue a los humanos desde nuestro nacimiento y nuestros genes: mostramos solidaridad hacia adentro y agresión hacia fuera.50

También el capitalismo se basa en esos dos conceptos, aunque con otros énfasis, sobre todo en materia de cooperación.51 En su famoso ensayo Yo, el lápiz, el economista Leonard Read describió en 1958 la vida fascinante de un lápiz: siendo un producto «sencillo», millones de seres humanos han tenido un papel en su creación, y lo más fascinante: cada persona involucrada solo conocerá a otros pocos involucrados, con los que quizás no comparta las mismas filosofía y visión de mundo, pero con los que igual actúa de forma coordinada.52 Milton Friedman menciona después el caso del lápiz en un discurso universitario y escribe, además, una introducción para una reedición del libro de Leonard Read.53 Ante todo, destaca el ejemplo del lápiz por mostrar que los mercados en el capitalismo permiten la cooperación «sin coerción», como lo expresa Friedman,54 por lo que entonces, en teoría, se basarían en la cooperación y la competencia, ambas sin coerción.

Teóricamente, la idea de la «cooperación sin coerción» no es un tema menor: desde el inicio de la Revolución Agraria, más de diez mil años atrás, cuando la humanidad había comenzado un proceso acelerado de acumulación de riquezas privadas, la organización humana se había basado, más bien, en la coerción: la competencia contra otros grupos (generalmente, de forma armada) y los trabajos forzados, vía la opresión y la explotación de las personas dentro del grupo, con el objetivo de cumplir los objetivos de las elites.55 El capitalismo cambia este carácter obligatorio —que se puede llamar colaboración forzada— y lo acerca a la forma de cooperación voluntaria que mayoritariamente existía durante el tiempo previo a la Revolución Agraria, cuando los humanos se organizaban alrededor de la caza y la recolección.

Algunos piensan solo en la competencia y la codicia, pero los mercados abiertos son también sistemas de «enorme cooperación», destaca la economista estadounidense Deirdre McCloskey.56 Así, sería equivocado pensar en el capitalismo como sistema solo de competencia versus los sistemas socialistas como sistemas de cooperación. Ambas tendencias no son excluyentes; por el contrario, en el capitalismo deberían estar unidas en cada empresa e iniciativa.

Lo que han transmitido Milton Friedman y Deirdre McCloskey sobre la «cooperación» en el capitalismo es una verdad importante, pero solo parcial. La interacción que se da entre las personas a cargo de cortar madera con las que están a cargo de transportarla, etc., no necesariamente es «cooperación», sino «coordinación»: una organización armoniosa de los procesos, posible a través de las reglas y los mecanismos de precio. Es cierto que ambos conceptos, coordinación y cooperación, son cercanos,57 pero no se trata de gemelos idénticos. De acuerdo con su origen latino (coordinare), «coordinar» implica acordar procesos y ensamblar acciones. «Cooperar» (cooperāri), en cambio, significa trabajar conjuntamente hacia un objetivo común.

En lo referente a la coordinación, el objetivo está relacionado con el proceso, mientras que en la cooperación, lo está con el resultado.58 Estos dos conceptos se diferencian, además, de un tercero: la colaboración, es decir, el apoyo voluntario para alcanzar objetivos en común, algo parecido a la cooperación, pero que puede incluir también la alternativa de apoyar objetivos privados e individuales de otros.59

Dentro de una empresa, un equipo de trabajo en general coordina sus acciones, pero recién coopera cuando se acuerdan de forma explícita los objetivos de su trabajo para lograr resultados comunes. La coordinación, principalmente, requiere de consenso con respecto a las reglas y condiciones que facilitan el ensamblaje de las acciones, razón por la cual podría también ser impuesta de forma vertical; la cooperación, en cambio, no puede ser forzada verticalmente, pues sería un oxímoron: una acción impuesta verticalmente es trabajo forzado, nunca sería cooperación.

De forma simplificada, los gráficos a continuación muestran las diferencias entre coordinación y cooperación entre empresas. En el mismo sentido, podría aplicarse también a la coordinación y cooperación dentro de empresas, o a la coordinación y cooperación entre empresa y sociedad:

Como muestra el ejemplo del famoso lápiz de Leonard Read, a través de mercados competitivos y abiertos, el capitalismo permite una coordinación de los intereses y conocimientos individuales desde los más diversos actores. De esa manera, ha impulsado innovaciones y la inteligencia colectiva del ser humano, de forma parecida a lo que había logrado la cooperación de nuestros ancestros. Al contemplar la diferencia entre «coordinación» y «cooperación», es evidente también que la cooperación lleva a una innovación y complejidad económica aún mayores, que se da cuando varias empresas innovan en conjunto, cada una desde su conocimiento.

Saber diferenciar «coordinación» y «cooperación» es asimismo importante para entender el malestar que las personas sienten frente al capitalismo. Su gran talón de Aquiles, pendiente desde hace dos siglos, es justamente la creación explícita y conjunta de objetivos comunes y transparentes entre empresa y sociedad. Pero recientemente, con sus metas claras de carbononeutralidad, el acuerdo de París ha mostrado que es factible abordar esa tarea, constituyendo al menos una luz e inspiración para otros temas pendientes, más allá de los desafíos climáticos. Quizás la piedra de tope para avanzar en mayores acuerdos entre empresa y sociedad sea, ante todo, la actitud de dueños, directores y gerentes de empresas frente a empleados, proveedores y comunidades, así como de los responsables de las políticas públicas. Es un desafío que se aborda más adelante en este libro y que hace recordar las palabras de Nelson Mandela (1918-2013): «Si quieres cooperar con las personas que te rodean», le decía a Oprah Winfrey en una entrevista en 2001, «debes hacerles sentir que son importantes, y debes hacerlo siendo genuino y humilde».60

1.2.3. Competencia y cooperación en práctica

Se puede promover la competencia y la cooperación, pero ambos conceptos son tan acotados en la práctica del capitalismo que parecen, más bien, la sombra a mediodía. Competir requiere de un esfuerzo y una disposición democrática a perder, por lo que hay mucho incentivo a evitar la competencia dentro de mercados o empresas. Eso se logra, en general, concentrando poder. Dentro de las empresas conlleva burocracias excesivas, con poderes formales que impiden la innovación y llevan al descontento de los empleados. En los mercados, la concentración de poder en manos de pocas empresas que, por su lado, también tienen excesivas concentraciones de poder, conduce a gremios empresariales igualmente burocráticos que se dedican a promover todo menos la competencia y la innovación. La cooperación tiene poco espacio en este ambiente: trabajar en cada organización o en la economía hacia objetivos o propósitos comunes es casi imposible por la propia concentración de poder.

En lo que respecta a las empresas, una encuesta que realizaron en Estados Unidos Gary Hamel y Michele Zanini junto al Harvard Business Review a más de diez mil empleados mostró la falta de competencia y cooperación dentro de las organizaciones.61 Las personas usan casi un tercio de su tiempo en tareas en exceso burocráticas que se consideran poco útiles. A su vez, dos tercios de los no gerentes indicaron no controlar sus métodos y prioridades laborales y solo un cuarto de los encuestados dijo ser involucrado a la hora de diseñar

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