El ataque de los piojos (Serie Perrock Holmes 11)

Isaac Palmiola

Fragmento

cap-1

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Julia empezó a rascarse la cabeza con vigor. Primero, detrás de la oreja y, después, un poco más abajo, casi a la altura del cogote. El picor era muy intenso, pero no levantó la vista del libro que estaba leyendo hasta que el peor cantante del sistema solar entró en la habitación. Era Diego, su odioso hermano, escuchando música con los auriculares puestos.

—Te quiero... te quiero... con toda la fuerza de mi corazón...

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Debía de tener la música tan alta que no podía escuchar sus propios alaridos y berreaba como un ciervo.

—¡¿QUIERES CALLARTE?!

Julia se volvió hacia él con la cara roja de rabia. No soportaba que la molestaran cuando estaba leyendo. Iba a continuar con el broncazo cuando se quedó paralizada. Su hermano no solo desafinaba como un pollo afónico, sino que, además, se rascaba la cabeza con mucha energía. Ahora entendía su picor. Se levantó de la silla y le quitó los auriculares. Su cara ya no era roja, sino granate.

—¡Las uñas de una rata de alcantarilla están más limpias que tú, so guarro! —le insultó—. ¡Me has vuelto a contagiar, CRÍO PIOJOSO!

Diego dejó de rascarse y comprendió que era verdad: volvía a tener piojos. Aquel picor tan intenso era inconfundible, un picor que no le había abandonado en toda la semana pese a probar con tres productos antipiojos diferentes.

—¡ERES TÚ LA QUE ME LOS HA PEGADO! —exclamó él—. ¡YO HE SEGUIDO LOS TRATAMIENTOS A RAJATABLA!

—¡LOS TRATAMIENTOS NO CONSISTEN EN SALIR CORRIENDO CUANDO VES UN POTE DE CHAMPÚ, COCHINO! —replicó Julia—. PONTE LA LOCIÓN Y PÁSATE LA LENDRERA, ¿QUIERES? ESTÁS CONTAGIANDO A TODO EL MUNDO...

Los hermanos empezaron a gritarse el uno al otro, al borde de la histeria. Gritaban tanto que incluso despertaron a Gatson de la siesta.

—¿Otra vez con los piojos? —maulló Gatson con un ojo abierto—. Tendríamos que colocarles algunas pulgas para que sepan lo que es sufrir...

Pulgas o garrapatas —ladró Perrock a su lado—. Si ya discuten como perro y gato, imagínate con pulgas y garrapatas...

—Lo peor es que con tantos gritos, me dan ganas de comer atún —ronroneó Gatson.

Perrock lo miró asombrado.

¿En serio escuchar gritos te da hambre? —le preguntó.

—Sí, claro, los gritos me dan un hambre terrible —le respondió Gatson relamiéndose los bigotes—. Y, ahora que lo pienso, el silencio también. Y los susurros, y los cuchicheos, y los chillidos y los...

Las dos mascotas estaban mucho más relajadas que sus amos. No se podía decir lo mismo de Ana, la madre.

—¡BAAASTAAA! —gritó tras irrumpir en la habitación como un terremoto.

Ella no tenía la cara roja ni granate, sino de color púrpura.

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—¿SE PUEDE SABER QUÉ OCURRE ESTA VEZ?

De forma atropellada, Julia y Diego empezaron a acusarse mutuamente de haberse contagiado los piojos.

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—¡SILENCIO! —exigió la mujer mientras se rascaba la cabeza. Estaba claro que también ella tenía la cabeza llena de visitantes—. Llevo toda la semana aplicando tratamientos antipiojos y estoy hasta el moño de lavar las sábanas y las fundas del sofá. Os daré cincuenta euros para que compréis otro tratamiento, uno que sea fuerte de verdad. Y si no da resultado... ¡OS RAPO LA CABEZA AL CERO!

Julia y Diego intercambiaron una mirada de pánico. Los dos querían conservar su cabellera.

—Tú también tienes piojos —contraatacó Diego—. ¿También te raparás si el tratamiento no funciona?

—¡Si el tratamiento no funciona os afeitaré las cejas! A la farmacia ¡YA! —gritó Ana, y salió de la habitación tan enfadada que Gatson ya tenía los dos ojos abiertos.

cap-2

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En la farmacia anunciaban el producto a lo grande, con un cartel gigante en el que aparecía una mujer con un pelazo rubio que le llegaba hasta la cintura y una sonrisa de oreja a oreja. El eslogan era prometedor:

—YTNOM funciona —aseguró la farmacéutica—. Yo misma me he aplicado la loción esta mañana y la cabeza ya no me pica...

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Julia cogió el diminuto bote y lo observó con recelo, sin acabar de creerse que después de aplicarse aquel producto tendría la misma sonrisa que la modelo de la fotografía.

—¿Cuánto vale?

—Cincuenta euros —contestó la farmacéutica—. Es mucho más caro que los otros, pero este sí que mata a los piojos. Acaba de salir al mercado y se está vendiendo como churros...

Cincuenta euros era exactamente el dinero que les había dado Ana para que compraran otro producto antipiojos.

—NO ME LO PUEDO CREER —soltó Diego—. Adiós a mis cincuenta euros.

Julia lo miró indignada.

—No son tuyos —le respondió—. Y a lo mejor a ti te da igual que te dejen sin pelo porque ya te pareces bastante a Shrek, pero lo siento, no es mi caso.

Su hermano se quedó mudo y Julia aprovechó para sacarle el billete de cincuenta euros, se volvió hacia la farmacéutica y dijo:

—¡Un bote de YTNOM, por favor!

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Pagaron los cincuenta euros y regresaron a casa para aplicarse el producto. Según las instrucciones, tenían que dejarlo actuar durante media hora antes de lavarse el pelo y pasarse la lendrera. El picor se hizo más intenso que nunca y podían notar los piojos moviéndose por la cabeza.

—PICAN COMO DEMONIOS, PERO ME PARECE QUE SE ESTÁN MURIENDO... —dijo Ana, que también se había aplicado la loción.

El único que no se había puesto el producto era Juan, el padre. Entró en casa de buen humor, con una sonrisa en la cara y una gorra en la cabeza, algo inaudito en él.

—Hemos dado con un producto que sí funciona —anunció Ana—, pero el bote era tan pequeño que se nos ha acabado todo... Lo mejor es que te pases por la farmacia...

—No, gracias, no lo necesito —aseguró Juan, y se quitó la gorra.

Adelantándose a todos, el hombre se había rapado al cero para deshacerse de los piojos. La zona donde antes había cabello ahora estaba blanca como la tiza y se veía más abollada que la nevera de Rompe Ralph.

Todos se lo quedaron mirando muy impresionados. Solo Diego se atrevió a romper el silencio para susurrarle a Julia:

—Hermanita, estoy viendo el futuro y no me gusta nada.

—Por una vez, estoy de acuerdo contigo —le respondió Julia.

—¿Y bien? ¿No vais a decir nada? —preguntó el padre.

Se hizo otro silencio incómodo.

—Te queda muy bien —dijo Julia finalmente—. A lo mejor hasta lo pones de moda.

Juan parecía ilusionado.

—¿En serio os gusta?

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