1. Los hechos casuales
Ella tenía razón: siempre me han intrigado los hechos casuales.
Me refiero a esos eventos de grandes repercusiones ocasionados por sucesos fortuitos y en apariencia pequeños. La carta que llegó o no llegó a tiempo, la tuerca mal apretada en el fuselaje del avión, la manguera porosa que permite la fuga de gas, o la decisión espontánea y trivial que, al cabo de los acontecimientos, cuando el polvo regresa a la tierra y las cosas se ven con claridad, resulta definitiva. Pienso, incluso, que aquellos imprevistos que escapan a nuestro dominio son, a menudo, los que determinan nuestra existencia. Lo cual es algo que no nos gusta reconocer. Y menos, aceptar. Preferimos creer que ejercemos cierto control sobre nuestro destino, y nos rodeamos de inventos cada vez más confiables y seguros a fin de reducir el peligro y eliminar el riesgo de la vida cotidiana. Pero es una ilusión, pues a pesar de los cuidados y las precauciones un hecho mínimo, fruto del azar, puede desencadenar el cataclismo, como el copo de nieve que se desprende en silencio de una rama en la cima de la montaña y desata la avalancha que sepulta a un pueblo entero.
No exagero. Te lo demuestro con un ejemplo. Hace poco en Bogotá, un hombre salió de su oficina en el centro de la ciudad y tomó el ascensor para bajar a la primera planta del edificio donde trabajaba desde hacía más de veinte años. De casualidad, mientras descendía en la vieja cabina, un camión dirigido a la plaza de toros se accidentó en la esquina —al parecer la llanta trasera golpeó una roca que había saltado de una volqueta y se partió el eje de la transmisión— y se escaparon las bestias que iban adentro, y salieron corriendo por la calle. Un par de autos frenaron y chocaron, los peatones gritaron y huyeron, y un toro extraviado se metió en el edificio, buscando una salida y espantando a la gente en el vestíbulo. El hombre no se dio cuenta de nada, y tan pronto se abrió la puerta del ascensor éste se encontró de frente con un toro de lidia, resoplando fuego y acezante como una locomotora, y murió corneado en la cabina sin emitir siquiera una voz de protesta. Ese día los medios nacionales registramos la noticia, pero ninguno destacó lo más inquietante: en ese momento el destino de ese hombre dependió de naderías. Es decir, si él hubiera salido de su oficina con un minuto de retraso, o si hubiera pulsado el botón del ascensor un segundo antes o después, o si se le hubiera caído el maletín de los papeles y hubiera tardado en recogerlo del suelo, a lo mejor aquel señor habría tenido una suerte distinta. Pero también la habría tenido si el toro hubiera ingresado al edificio vecino, o si la roca que ocasionó el percance no hubiera saltado de la volqueta, o si al caer hubiera rodado unos centímetros más en una dirección u otra, y así no se habría estropeado el eje del camión con todos los animales adentro. En fin, esto siempre nos pasa a todos, Roberto. Porque cada incidente de importancia que sucede en nuestra vida —cada relación, cada nacimiento, cada triunfo y cada catástrofe— cuenta con un hecho pequeño y accidental que, para bien o para mal, contribuye al efecto total e irreversible de ese mismo incidente. Por ello, cuanto más reflexiono acerca del alcance que tienen esos hechos insignificantes, más me ronda una conclusión alarmante: los hechos insignificantes no existen. Y si así lo parecen es sólo porque no hemos escuchado el último de sus ecos, o no hemos percibido la última de sus ondulaciones.
En cualquier caso, mi interés por estos desenlaces del azar comenzó por un infortunio preciso: la muerte de mi socio y amigo Rafael Alcázar.
Rafael era mi mejor amigo de la infancia. Nos conocimos en primaria, con apenas cinco años recién cumplidos, y reparamos el uno en el otro por otro hecho casual: ambos teníamos el mismo suéter de lana azul con rombos amarillos. Nuestro curso estaba dividido en dos clases distintas, y al dirigirnos a la misa de la mañana en filas paralelas —lideradas por dos curas cascarrabias que nos obligaban a guardar silencio y a mirar al frente—, los niños caminábamos con las palmas juntas en posición de rezar, pero al vernos pasar luciendo el mismo suéter, Rafael y yo nos saludamos de prisa con la mano. Así nos conocimos, y en ese primer año de la escuela nos hicimos amigos. Éramos hijos únicos, y supongo que el uno encontró en el otro al hermano que nunca tuvo, y aunque yo dejé esa escuela al cabo de un tiempo —mi padre perdió la paciencia con la mentalidad medieval de los curas—, Rafael y yo seguimos siendo amigos y lo fuimos siempre, a pesar de los vaivenes y los altibajos de la vida. No recuerdo haber tenido una sola pelea de importancia con Rafael, y el uno fue padrino de bodas del otro, y entre los dos fundamos nuestra empresa, que en pocos años —quién lo diría— llegaría a ser una de las más influyentes del país en el campo de las comunicaciones.
El hecho es que Rafael siempre conservó un estudio aparte donde le gustaba trabajar solo un par de días a la semana, lejos de la empresa, para pensar con calma. Mi amigo era un hombre sencillo y jamás quiso emplear chofer o escolta, a pesar de su fortuna y a pesar de que se lo pedí tantas veces, y tampoco dejó de conducir el mismo automóvil de toda la vida, un viejo Mercedes-Benz de dos puertas, color crema, que heredó de su padre y que él mantenía en perfecta condición. Las llaves del estudio las dejaba en la guantera del auto para no cargar con ellas, y luego de estacionar con cuidado en el sótano del edificio, Rafael se bajaba con el manojo de llaves y subía por las escaleras al segundo piso, y allí entraba en su despacho para trabajar desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde, con su disciplina habitual de soldado. Rafael era un hombre meticuloso, ordenado, con rutinas y costumbres que no variaban nunca. De modo que al final de la jornada mi amigo aseguraba la puerta del recinto, bajaba al garaje y se subía en su auto y guardaba las llaves en la guantera, al igual que siempre. Pero una tarde, justo en el momento de salir del estudio, timbró su teléfono celular. Yo lo estaba llamando para hablarle de una reunión de trabajo que acababa de concluir en la oficina, y mientras charlábamos y Rafael le ponía seguro a la puerta, por un descuido él metió las llaves en el bolsillo de su chaqueta y por eso no las guardó después en la guantera del vehículo. Luego, esa noche se quitó la chaqueta al llegar a su casa, la colgó en su ropero y allí se quedaron las llaves, metidas en el bolsillo. Al cabo de unos días Rafael regresó a su estudio, y sólo al estacionar en el garaje y al abrir la guantera cayó en la cuenta de que no tenía llaves para entrar. Entonces se acordó de lo sucedido y se dio una palmada en la frente. Pensó en conducir a la empresa para no perder el día de trabajo, cuando se le ocurrió llamar a su esposa, María Claudia, y contarle lo que había pasado. Ella le dijo que estaba saliendo de la casa en ese momento y, qué casualidad, tenía que hacer unas compras cerca del estudio, así que le podría llevar las llaves sin problema. Rafael se lo agradeció y para no aguardar en la lobreguez del sótano, puso el auto en reversa, salió del garaje y estacionó en la calle, enfrente del edificio, detrás de otros cinco automóviles. Empezó a llover con fuerza, entonces Rafael encendió la radio para escuchar su emisora favorita de música clásica, tomó una revista de actualidad y pasó el tiempo leyendo, mientras esperaba a su esposa. Estoy seguro de que no se fijó en el hombre que se acercaba a los vehículos como si estuviera pidiendo limosna en la lluvia, ni oyó lo que estaba pasando a causa de la música y del repiqueteo de las gotas sobre el techo metálico del vehículo, y tal vez por eso, al percibir los golpecitos en la ventanilla, Rafael se inclinó sobre el asiento del pasajero para bajar el cristal y ver qué deseaba aquel señor ensopado de lluvia, y me imagino su expresión cuando el otro le apuntó con un revólver y le disparó un balazo en la cara. Rafael murió antes de llegar al hospital, y ese día aquel psicópata mató a siete personas en total, dos en la misma fila de autos donde Rafael aguardaba a María Claudia. El hombre fue capturado horas después, y confesó que su intención no había sido robar a sus víctimas sino matarlas, y que había seleccionado a cada una «por una corazonada». El hecho es que mi amigo jamás había dejado las llaves del estudio en su casa y sólo le ocurrió esa vez por la fatalidad de que le entró mi llamada en el instante en que él cerraba la puerta al salir, y como Rafael tenía las manos ocupadas con su portafolio de trabajo y unos libros de consulta, para atender su celular él metió las llaves en el bolsillo de su chaqueta y esa pequeña distracción terminó por desatar el resto, la secuencia de actos que culminó en ese punto trágico: que él estuviera estacionado allí en el momento exacto en que el asesino pasaba por la calle, al acecho de su próxima víctima. De no haber sido por ese suceso fortuito e intrascendente —intrascendente, por supuesto, sólo en apariencia—, Rafael estaría trabajando en su estudio mientras aquel demente iba de auto en auto, buscando personas para matar.
Es imposible no especular al respecto, y durante un tiempo lo hice tanto que por poco pierdo el juicio. Por ejemplo: si la reunión en la oficina que motivó mi llamada hubiera concluido un minuto antes o un minuto después, o si yo hubiera marcado mal el teléfono de mi amigo y hubiera tardado un breve lapso en teclearlo de nuevo, o si María Claudia no hubiera tenido que hacer sus compras ese día cerca del estudio sino en otro lugar, ¿ahora estaría vivo Rafael? ¿Acaso él habría estado sorbiendo una taza de café aquella mañana, meditando en sus asuntos mientras miraba por la ventana del segundo piso del edificio, y habría visto allá abajo a ese extraño individuo que caminaba por la acera, encorvado, acercándose a los carros y asesinando a sus víctimas? Al ver el primer cráneo estallar contra el cristal del auto, ¿habría llamado Rafael a la policía, o abierto la ventana y pegado un grito, haciendo que el psicópata huyera? ¿Ese acto le habría salvado la vida a una de las personas que murieron ese día, o habría hecho que un fulano ajeno a esta historia —en otro lugar, alguien que todavía está vivo— muriera? Incluso es probable que mi amigo le haya salvado la vida a otro ciudadano que, al pasar manejando por la calle en medio de la lluvia, no encontró puesto para estacionar delante del edificio y tuvo que conducir a otro sitio —maldiciendo, sin duda—, sin enterarse jamás de que, por una llamada telefónica ocurrida días antes y por algo tan inocuo como unas llaves guardadas por error en el bolsillo de una chaqueta, él seguía respirando, trabajando, gozando de su familia y de sus amigos. En una palabra: vivo.
La muerte de Rafael sucedió hace años, pero desde entonces me obsesionan esos giros imprevistos del destino, el hecho fútil que acontece en cualquier momento, desencadenando consecuencias irremediables y tanto en un sentido como en otro. Por eso ahora no logro pensar en otra cosa, y es por ella y por lo que ella me dijo esa noche, mientras afuera ya empezaba a salir el sol: «A ti, Sebastián, siempre te han intrigado los hechos casuales». Y es verdad. Puedo decir, incluso, que éstos han trazado las directrices de mi vida. Me hice amigo tuyo por un suceso fortuito, y a las únicas dos mujeres que he amado en serio las conocí de manera accidental. Como si lo anterior no bastara, reconozco que a raíz de una serie de casualidades soy un asesino.
Quizás me ayude decirlo así, letra por letra, aunque sólo sea entre tú y yo, Roberto, y ante todo para mí mismo: he matado a las personas más importantes de mi vida.
2. El espejo
Sebastián Sarmiento cerró los ojos y alzó el rostro, muy despacio, dejando que el potente chorro de agua caliente lo golpeara con fuerza, masajeándole la piel, y permaneció inmóvil durante varios minutos. Después procedió a afeitarse. Utilizó el espejo antivapor colgado en la pared de la ducha, dotado de un bombillo que proyectaba una luz adecuada a su mentón y mejillas, y tomó la lata de espuma mentolada puesta junto a los champús y jabones finos para la cara y el cuerpo. Agitó la lata un par de veces y presionó la boquilla, soltando una trémula montañita blanca de espuma en el hueco de la mano. Se untó la fragante sustancia en la barba de la tarde y se pasó la cuchilla de mango de plata, siguiendo la curvatura de la mandíbula, aunque lo hacía de manera mecánica, sin deseos de encontrarse con sus ojos en el cristal del espejo. Escuchó la crepitación de los vellos al rasurarse y experimentó la sensación de limpieza que le dejaba la piel del rostro suave y fresca. Al cabo volvió a encarar la regadera, permitiendo que la cascada fuerte y cálida limpiara todo rastro de espuma de su semblante, y después apoyó las palmas de las manos en la pared de mármol, envuelto en las nubes de vapor del agua, con los párpados cerrados y la frente, nariz y mejillas soportando el pulsante aguijoneo que brotaba de la cabeza de bronce. Se dio media vuelta, buscando que el chorro macizo le frotara la espalda y los músculos tensionados de los hombros y de la nuca. Luego se enjabonó como lo hacía siempre: a conciencia, con cierto vigor más del necesario, atento a cada resquicio de la piel, y después se quedó quieto bajo la presión de la ducha, tratando de no recordar nada y dejando que el agua le fuera quitando, lenta y suavemente, los residuos de la memoria junto con el jabón del cuerpo. Al terminar cerró los grifos. Abrió la puerta de la ducha, al tiempo que una bocanada de vapor salía y empañaba el gran espejo del cuarto de baño, y tomó una de las toallas blancas y gruesas, estampadas con las iniciales de su esposa, y se secó con fuerza. De pie sobre la mullida alfombra del suelo, se frotó la cabeza y se anudó la toalla alrededor de la cintura. Con la palma de la mano despejó un óvalo amplio en el vapor del espejo, y mientras se peinaba tuvo que admitir que, a pesar de todo y de haber cumplido más de cuarenta años, se encontraba en aceptable forma física: estómago plano, abdominales aún delineados, los brazos fuertes y la espalda ancha gracias a una juventud en la que había practicado deporte con disciplina, y hoy a la rutina del gimnasio y a las veinte o treinta piscinas que cada mañana nadaba en el club antes de dirigirse a la oficina. Después de todo lo que he vivido, reflexionó, seguro que otro tendría el pelo completamente blanco y las arrugas en torno de los ojos no serían estas líneas incipientes sino surcos profundos que llegarían hasta el hueso. Dejó escapar un suspiro y luego presionó el atomizador para aplicarse la colonia francesa, palpándose las mejillas y disfrutando el ligero ardor en el rostro rasurado. Salió a su alcoba y consultó su reloj de oro blanco Patek Philippe, con la correa de piel de cocodrilo y el delicado mecanismo interno visible a través del cristal, punteado de rubíes y ruedas dentadas en oro dorado, que le había regalado su esposa poco antes de morir y que él se quitaba sin falta cada vez que ingresaba a la ducha. Sólo un cuarto de hora para tener que salir al concierto, comprobó con fatiga. En verdad hubiera preferido reposar un rato, recostarse en la cama envuelto en su bata gruesa y suave, incluso probar un dedo de whisky en las rocas, contemplando la titilante ciudad desde ese lujoso apartamento ubicado en la carrera Séptima con la calle 76 de Bogotá. Pasó la mirada por esa habitación sin fotos familiares y con pinturas costosas colgadas en las paredes, y reconoció la poderosa tentación de descansar unos minutos y de poner la mente en blanco, pero no había tiempo. Entonces redujo el volumen del televisor que mantenía puesto en el canal de noticias, tomó el citófono y llamó a Jaime, el hombre de confianza que le hacía de secretario, asistente personal, guardaespaldas y mayordomo, y le pidió que Facundo, su conductor de varios años, tuviera el automóvil estacionado en la puerta del edificio y listo para partir en quince minutos.
—Sí, señor —oyó la voz clara y atenta de su ayudante—. ¿Se le ofrece algo más, don Sebastián?
—No, Jaime. Gracias.
Colgó el auricular. Regresó al baño e iba a continuar con su aseo cuando notó que el vapor se había desvanecido del espejo, reflejando su imagen con perfecta nitidez, y por un descuido su mirada tropezó con sus ojos grandes y vacíos. No pudo eludir un estremecimiento. Permaneció un rato observándose con atención, reparando en las arrugas y en las primeras canas visibles en el cabello oscuro. Se acercó al espejo, viendo cómo su imagen se agrandaba y su respiración volvía a empañar ligeramente la superficie del cristal. Entonces se miró de veras, fijando la vista por un segundo en sus ojos claros y desprovistos de cualquier chispa o fulgor, y en la pequeña cicatriz de la barbilla que todavía se notaba a pesar de haber transcurrido tantos años. Hizo un último esfuerzo pero no lo pudo evitar: los recuerdos llegaron en un torrente y después siguieron de largo, dejando su alma quebrantada bajo su peso abrumador.
—Estás muerto, compadre —suspiró largo y profundo—. Estás muerto por dentro.
3. Un concierto en el Teatro Colón
Me llamo Roberto Mendoza y soy historiador y profesor universitario. Además, para no faltar a la verdad, puedo decir que yo no había vuelto a ver a mi amigo Sebastián Sarmiento desde hacía más de veinticinco años, desde los viejos tiempos del colegio, y al comienzo no lo reconocí. No porque él hubiera cambiado demasiado. Al contrario: tal como lo pude comprobar meses después, durante la reunión de exalumnos que celebró el Liceo Americano en el restaurante Andrés Carne de Res, Sebastián era uno de los que mejor se había conservado. Nuestros compañeros de curso habían envejecido de manera previsible a lo largo de casi tres décadas, y la vida cómoda y sedentaria disfrutada por unos, y las crisis y las enfermedades padecidas por otros, habían dejado su huella. Pero de Sebastián no se podía decir nada de eso. Recuerdo que esa noche en aquel restaurante tan animado que yo sólo conocía de oídas, en medio del trajín de los meseros juveniles y el bullicio de la música vallenata —los famosos Clásicos de la provincia de Carlos Vives sonaban sabrosos y contagiosos—, más los gritos de sorpresa y las voces de alegría de los exalumnos que se reencontraban al cabo de tantos años sin verse, y los saludos con fuertes abrazos y sonoras palmotadas, y los brindis felices con cervezas y canelazos de aguardiente, Sebastián permaneció casi todo el tiempo sentado en un rincón, apartado y distante, acariciando su bebida que apenas probaba, vestido con elegancia y mirándonos a todos con esa expresión amable y serena que lo caracterizaba. A pesar de su aspecto introvertido y un poco fuera de lugar, el hombre no dejaba de sonreír con gentileza, tímido pero sincero, como si le alegrara nuestra felicidad. Y esa noche pude apreciar, ante el evidente contraste con los demás, que él seguía siendo un caballero que las mujeres consideraban apuesto: pulcro y limpio, envuelto en un aroma de agua de colonia masculina, y dotado de buenos modales y una gracia natural que reflejaban su crianza privilegiada. Tenía la tez bronceada y los ojos claros, el cabello oscuro bien cortado, una sonrisa discreta de dientes blancos y rectos, y despedía el aire saludable de quien goza de buen estado físico. De modo que si no lo reconocí en seguida fue sólo porque había pasado demasiado tiempo sin ver a mi amigo de la infancia, sin pensar en él siquiera, y porque en el colegio Sebastián siempre se comportó de la misma manera que lo haría en ese restaurante situado en las afueras del pueblo de Chía: como si fuera invisible, semejante a una sombra o a un fantasma.
Veo que he dicho que Sebastián era mi amigo, pero me temo que el calificativo quizá sea excesivo. No miento cuando digo que lo conocí en el colegio, brevemente, mas justo en ese momento, en primero de bachillerato y con sólo trece años cumplidos, de repente Sebastián se marchó del país de un día para otro, sin despedirse de nadie y sin que ninguno de nosotros supiera lo que había pasado. También es cierto que de pronto él regresó a Bogotá cuatro años después —su reaparición fue igual de inesperada que su partida—, cursó su último año escolar con todos nosotros y se terminó graduando en nuestra misma promoción, pero nunca supimos lo que había sucedido. Jamás nos explicaron por qué Sebastián se había marchado del país de esa manera tan abrupta y misteriosa, siendo apenas un niño, ni en dónde había estado durante aquellos cuatro años. Además, cuando él finalmente regresó a Colombia, convertido en un joven taciturno de diecisiete años y con el cabello largo hasta los hombros, la faceta introvertida y reservada de su personalidad se había acentuado todavía más, y para entonces nuestra amistad se había enfriado del todo. Desde ese momento yo no lo volví a ver, es decir desde que nos graduamos del colegio, pero a lo mejor no me equivoco si afirmo que, por un período muy corto en primero de bachillerato, cuando ambos teníamos trece años de edad y poco antes de su precipitado viaje al exterior, Sebastián y yo fuimos amigos.
Por otro lado, mi decisión de escribir sobre Sebastián vino después, cuando entendí un hecho fundamental: lo que le ha ocurrido a este hombre nos ha ocurrido a todos en este país, ya sea sufrido en carne propia o padecido de manera indirecta a través de terceros, o como mínimo registrado mediante los medios de comunicación, pero en cualquier caso compartido por nuestra misma cultura y nuestros mismos referentes, vivido de alguna forma por todo colombiano. Recuerdo que una tarde sentí el impulso de contar su historia, todavía sin saber muy bien por qué ni qué justificaba compartir su vida, y en seguida busqué mi pluma de tinta azul y un cuaderno nuevo y limpio, y entonces me pregunté en qué momento debía empezar mi relato. A fin de cuentas, eso es de lo primero que hace un escritor: fijar el inicio de su crónica, aun si todavía no conoce el final de la misma; trazar una línea en el tiempo para decir: «Aquí comienza mi narración». Y ahí mismo comprendí que yo tenía un punto de partida claro: la noche del viernes 10 de enero del año pasado, cuando conduje mi viejo y destartalado Renault 4 en medio de un tráfico infernal al Teatro Colón de Bogotá, para escuchar la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven dirigida por el famoso director ruso Sergei Rabinovich.
Llegué más tarde de lo deseado. Era una noche de gala, un evento privado de corbata negra patrocinado por Alcásar, la conocida empresa de comunicaciones, con el fin de recaudar fondos para su organización de beneficencia. Uno de mis grandes amigos, Juan Manuel de la Torre, ha tenido negocios con esa firma desde hace años y lo habían invitado junto con su señora a uno de los palcos de honor, reservado para celebridades extranjeras, ejecutivos de Alcásar y figuras de fama nacional. Sin embargo, su mujer no pudo asistir por algún motivo de última hora, entonces Juan Manuel me llamó para decirme que tenía una boleta disponible y que si me gustaría acompañarlo. Confieso que yo estaba cansado por ser el final del día y de la semana, y sólo deseaba quedarme en mi casa y cenar con mi esposa y jugar un rato con mis dos hijas pequeñas. Lo último que me apetecía, y así se lo dije a Juan Manuel con toda franqueza, era atravesar la ciudad en mi viejo auto a la hora de mayor tráfico y buscar un lugar para estacionar en el barrio colonial de La Candelaria, y todavía menos desempolvar el traje de etiqueta que adquirí por insistencia de mi esposa y que terminó siendo la compra más inútil de toda mi vida, pues me costó un ojo de la cara y no lo he usado más de dos o tres veces en bodas aburridas y en las que sólo estuve un par de horas como máximo. Lo cierto es que yo no tenía ganas de conducir en la lluvia —hasta recuerdo que el limpiaparabrisas me estaba dando problemas en esos días—, ni de asistir a una recepción estirada y encopetada, rodeado de gente rica y famosa que no conozco, así que le di las gracias a Juan Manuel y me disculpé. Pero él insistió. No quiero ir solo, se quejó, y acudió a toda suerte de argumentos para convencerme, pero yo no me moví de mi sitio. Al final, conociendo mi pasión por la música clásica, Juan Manuel me pidió que lo aguardara un minuto mientras buscaba la tarjeta de la invitación, y me leyó la programación musical por teléfono y el nombre del director invitado. Fue un recurso eficaz, lo reconozco, porque apenas escuché el apellido de Rabinovich y que se trataba de la obra maestra de Beethoven, se me olvidó el cansancio como por acto de magia y acepté encantado. Quedamos en encontrarnos en la puerta del teatro y colgué para alistarme a la carrera.
Como digo, llegué más tarde de lo deseado. Caía una llovizna suave y helada, y luego de estacionar en un parqueadero sin techo a varias cuadras de distancia, me acerqué al Colón esquivando charcos y dando brincos por la acera, bordeando las fachadas de cal de las casas sin luces y buscando la protección de los aleros de teja española. Juan Manuel me estaba esperando bajo la marquesina de cristal del teatro, en frente del Palacio de San Carlos, y sólo tuvimos tiempo para saludarnos con un apretón de manos, entregar las boletas en la puerta de entrada y subir corriendo al segundo piso, donde nos topamos con una alegre multitud vestida con elegancia. Las damas llevaban vestidos largos y chales de piel, y los caballeros, esmoquin y corbatín negro, y algunos hasta lucían bufandas blancas de seda, y las joyas en dedos, pechos y lóbulos destellaban bajo las lágrimas de cristal de los salones. En ese momento todos los invitados salían del foyer donde meseros uniformados habían servido canapés y copas altas de champaña. Por lo visto, allí un señor de buen aspecto y cabello blanco y espeso, que saludaba a todo el mundo en su papel de anfitrión y dirigente de la empresa, acababa de pronunciar un discurso para darles las gracias a los presentes por su asistencia y por apoyar, de esa manera tan generosa, a la Fundación Alcásar. Entonces nos sumamos a la concurrencia, Juan Manuel saludando a unas amistades de lejos con gestos de la mano y yo reconociendo a muchas personas por haberlas visto fotografiadas en diarios y revistas ilustradas, y así nos fuimos acercando al palco que nos correspondía y que resultó ser uno de los centrales del teatro. A través de la puerta entreabierta percibí a un par de ejecutivos de la compañía patrocinadora, que ya estaban reunidos con sus mujeres, y unas pocas sillas todavía disponibles. El señor del cabello blanco se acercó a nosotros, le estrechó la mano a Juan Manuel y lo saludó con una sonrisa cortés —no notó mi presencia, me parece—, y entró en el palco para ocupar el puesto principal junto a una señora que seguramente era su esposa. Los dos entramos también, y Juan Manuel no me pudo presentar a ninguno porque en ese momento se fueron reduciendo las luces del teatro y apagando las voces del público, y nos tuvimos que sentar de prisa para no tener que buscar los puestos en la penumbra. Tomé asiento en una silla de madera sin brazos, forrada en terciopelo rojo, ubicada en la parte posterior del palco, entre un señor muy distinguido sentado a mi derecha y una señora que me extendió la mano con delicadeza y murmuró algo en francés. Había una fragancia exquisita en el recinto, una refinada mezcla de colonias y perfumes costosos, entonces me acomodé en la silla y respiré profundo, contento de haber llegado a tiempo y emocionado por lo que estaba a punto de escuchar.
Mi vista no estaba obstruida del todo. Según entiendo, casi nunca hay suficiente espacio en esos palcos para que los que están atrás vean bien la función, pero aun así comprobé que el teatro estaba lleno y que no había un puesto vacante. Atisbando entre las dos o tres cabezas que tenía enfrente, repasé las localidades de ambos costados, los palcos adornados con querubines en relieves de yeso, para ver si descubría a alguien conocido o famoso en la tenue luz del auditorio. En el centro de la parte superior del escenario reparé en el medallón con el rostro del navegante genovés que le da nombre al teatro, y alcé la vista para admirar la inmensa lámpara de cristal de murano que cuelga de la bóveda del plafón, con las seis musas pintadas por Filippo Mastellari casi ocultas en la oscuridad. En el escenario la Orquesta Sinfónica de Colombia parecía atenta, los músicos en silencio luego de afinar sus instrumentos y de acomodarse en las sillas metálicas y plegables, con las partituras abiertas en los atriles. Más atrás, ocupando el vasto fondo del escenario, el Coro Nacional se veía dispuesto y organizado en forma escalonada. Entre tanto, los cuatro solistas esperaban al director de pie en la parte derecha del proscenio, elegantes y pacientes.
—¿Ve bien? —me preguntó afable el señor que estaba a mi lado—. Si desea, me puedo mover un poco más a la derecha…
—No se moleste —respondí agradecido—. Así está perfecto.
—¿Seguro?
—Seguro.
Entonces el público irrumpió en aplausos y vi que de los bastidores salía Rabinovich, caminando hacia el estrado. Era un hombre alto y maduro, con cierto parecido al célebre director austriaco Herbert von Karajan, incluyendo el famoso mechón de cabello plateado, y vestía un impecable frac con corbatín blanco, pechera almidonada y chaqueta de largos faldones. El director subió con un pequeño brinco al podio e inclinó la cabeza levemente, con una mano en el corazón para agradecer la entusiasta recepción del público. A continuación, extendió el brazo izquierdo con deferencia para presentar a los solistas, y, sin más demora, se dio la vuelta con la batuta en alto. Un silencio sobrenatural inundó el teatro.
Qué maravilla, me dije.
Tras un instante de suspenso, Rabinovich ordenó la primera entrada y los violoncelos respondieron en el acto, de manera casi inaudible, un mínimo aleteo como un zumbido de colibrí. La música empezó a crecer, ascendiendo en volumen y potencia, dotada de verdadera fuerza volcánica, como si el director tuviera una tormenta embridada bajo el control de las manos. El hombre silenciaba los violines recogiendo un puño en el aire, activaba el redoble de los timbales con apenas una mirada, despertaba a los contrabajos, a los platillos y a las trompas con una señal del dedo, animaba las cuerdas y los vientos trazando grandes arcos con los brazos, y exhortaba a todos los instrumentos de la percusión con una orden inapelable de la batuta. La música, alegre y jovial por momentos, en otros severa y amenazante, tronaba en la sala con la fatalidad de las obras maestras, como si no fuera una pieza compuesta por un hombre imperfecto y falible, huraño y malgeniado y con dolencias de anciano, sino dictada por un espíritu superior para deleite de la humanidad entera.
A partir de entonces sólo tuve oídos para aquel prodigio. Me sentí llevado por la música, procurando absorber la experiencia con todos mis sentidos, registrando los detalles de la acción de la orquesta y escuchando los retumbos de la composición. Cuando sonó la poderosa voz del bajo en el cuarto movimiento, el llamado a la fraternidad universal de los versos de Schiller, traté de recrear en mi mente el impacto que tuvo que significar para el público de aquel entonces, en esa lejana noche de su estreno en el Teatro de la Corte Imperial de Viena, el 7 de mayo de 1824, escuchar voces en una sinfonía por primera vez en la historia. Incluso llegué a vislumbrar al gran compositor dirigiendo la obra, completamente sordo, de espaldas al auditorio, hasta que al final del concierto, como bien se sabe, la contralto Caroline Unger se acercó y lo tomó del brazo, emocionada hasta las lágrimas, y le hizo dar media vuelta. Entonces Beethoven vio a la muchedumbre exaltada, aplaudiendo de pie y lanzando sombreros al aire para que el maestro pudiera apreciar, conmovido, la extraordinaria reacción que él no podía escuchar.
Al concluir la sinfonía esa noche en el Teatro Colón, el público también se levantó de sus sillas y el estruendo de los aplausos se prolongó varios minutos. Rabinovich sonreía y sudaba, se apartaba el mechón de cabello plateado de la frente, altivo como un actor de cine, y extendió la mano en un ademán galante para que los solistas recibieran los aplausos de la multitud, igual el primer violín, y en seguida hizo poner de pie a la orquesta completa y luego al Coro Nacional. El auditorio renovó la intensidad de los aplausos y escuché que el señor que estaba a mi lado decía en voz baja:
—Pensar que esa música estuvo tronando en la mente de un solo hombre.
Estábamos parados, aplaudiendo con fuerza, y yo no sabía él a quién se dirigía, aunque me llamó la atención que sus palabras hicieran eco en mis propios pensamientos.
—Desde entonces la han escuchado millones de personas —continuó el señor, sus facciones casi invisibles en la penumbra del palco—, pero hubo un momento en la historia en que esa música sólo la conocía un individuo —el caballero negó con la cabeza, no sé si maravillado o con pesadumbre—. Lo imagino de noche en el salón de su casa, sentado al piano y rodeado de velas titilantes, anotando y tachando notas en hojas de papel regadas por todas partes, con esta magnífica música creciendo en su cabeza…
Me di vuelta para mirarlo mejor, sin saber bien a quién le hablaba, y en ese momento pensé que su rostro sonriente y cordial me era familiar, cuando la señora de acento u origen francés nos anunció a todos que ésa había sido una de las mejores interpretaciones de la Novena sinfonía que ella había escuchado en su vida, y que la última vez que la oyó, en Berlín, había sido…
Empezamos a movernos para que las damas salieran primero del palco, apartando las sillas de madera con cierta dificultad en ese espacio reducido, cuando el señor que había hablado dijo, sin alzar el tono de la voz:
—Es curioso, pero me recuerda una frase de Nietzsche que leí hace años —me miró con una expresión amable—. Algo sobre pasos de paloma y los grandes pensamientos.
Yo conocía la cita y la recordé en voz alta:
—«Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad» —evoqué—. «Pensamientos que caminan con pies de paloma dirigen el mundo».
El hombre sonrió de nuevo, cálido y educado.
—Sí… ésa es —dijo. Se quedó cavilando, como haciendo memoria, aunque las sombras del palco no me permitían distinguir con claridad su semblante—. Lo hace a uno pensar en esta música, ¿no es cierto? —parecía vacilar, como si temiera ofender con su opinión—. También recuerdo otra de aquel filósofo que siempre me ha gustado —agregó con cierta timidez—. «Los acontecimientos más grandes no son nuestras horas más estruendosas sino las más silenciosas» —afirmó—. «No en torno a inventores de un ruido nuevo: en torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo. Gira de modo inaudible» —noté que el hombre se sonrojaba un poco y se tocaba la punta de la nariz con el puño de la mano, como pidiendo disculpas por la inmodestia—. Es algo así, creo.
Fuimos los últimos en salir al amplio corredor bien iluminado, donde la multitud saludaba y comentaba el concierto con entusiasmo. Vi a Juan Manuel conversando con alguien de la empresa benefactora y le hice un gesto para que se acercara.
—Eres Roberto, ¿verdad? —de pronto escuché que me decía el señor—. ¿Roberto Mendoza?
Me volví para mirarlo bien a la luz del corredor, y entonces su rostro familiar se me hizo claro. Quedé boquiabierto.
—¿Sebastián? —pregunté incrédulo—. ¿Sebastián Sarmiento?
El caballero asintió con una tenue sonrisa a la vez que me extendía la mano.
—Así es —dijo, apretando mi diestra, fuerte pero no en exceso—. Mucho tiempo, amigo mío.
—Muchísimo —admití, estupefacto—. No lo puedo creer… No te veía desde… desde…
—Desde el colegio —señaló el otro, con aquella sonrisa que más parecía de nostalgia que de alegría—. Imagínate: desde la noche en que nos graduamos del liceo. Te reconocí apenas entraste al palco, pero no te quise molestar hasta no estar seguro.
En ésas se aproximaron Juan Manuel y el señor del cabello blanco, el que había hablado al comienzo en el foyer. Aquel hombre tenía un aspecto mundano, con la piel bronceada y el rostro bien afeitado, y una sonrisa que revelaba una dentadura blanca y reluciente. Su conducta era la de esos sujetos que no sólo son dueños de una empresa sino habitantes de un mundo aparte y superior, un cosmos desprovisto de necesidades y dotado de recursos ilimitados.
—Veo que ya te conociste con Sebastián —me dijo Juan Manuel—. Excelente. Entonces te presento a Luis Antonio Salcedo, también de Alcásar. Lamento que no los pude presentar en el palco —se pareció disculpar con todos—, pues llegamos un poco tarde…
Los cuatro nos presentamos y hablamos con gusto, elogiando la función y el nivel musical del coro y de la orquesta. Sin embargo, yo no salía de mi asombro de estar al lado de Sebastián Sarmiento, un excompañero del colegio que no veía desde hacía tanto tiempo. De vez en cuando yo robaba miradas con disimulo para tratar de detallar su rostro, comparando su cara de hombre adulto con el recuerdo que yo tenía en mi mente de la juventud, y aunque él seguía siendo un individuo relativamente joven y de presencia agradable, también comprobé los efectos de la madurez. Noté a Luis Antonio Salcedo un poco distraído mientras reparaba en otros invitados que se acercaban o pasaban a nuestro lado, como suele suceder con esa clase de personas que les dedican excesiva importancia a las relaciones públicas, las que están con uno pero a la vez dan la sensación de que en realidad están pendientes de los demás, otra gente quizá más interesante o relevante, y siempre hay alguien afuera del círculo de presentes que puede ser más importante o valioso. El hombre se apartaba por unos segundos para saludar a una mujer con un beso deliberado en la mejilla, o a un colega con una palmada amistosa en la espalda, y en algún momento comentó, sin ocultar su satisfacción, que el evento había sido un éxito y que seguro iban a superar la cifra de recaudos del año pasado.
—Porque Alcásar —sentenció con orgullo y en tono alto, como para que todos lo escucharan— es una de las compañías que más invierte en programas de filantropía. ¿No es correcto, Sebastián?
El otro hizo un discreto gesto afirmativo. De repente sentí que nuestro pequeño grupo parecía ocupar el centro de atención de la velada. Varias personas acudían a saludar y a manifestar su agrado por el concierto, o felicitaban a los empresarios por haber contratado a Rabinovich para dirigir la Orquesta Sinfónica, y aunque algunos pocos intercambiaban dos o tres palabras con Sebastián, la gran mayoría congratulaba a Salcedo, quien parecía disfrutar su papel de protagonista de la noche. A continuación Juan Manuel fue llamado por una de las damas que nos habían acompañado en el palco —en ese momento advertí que se trataba de una conocida señora de la farándula nacional—, Salcedo se retiró para saludar a uno de los banqueros más importantes del país y después vi que lo solicitaba una muchacha que portaba un micrófono en la mano. La reconocí como una periodista de los noticieros de la noche, y tan pronto ella hizo una señal con la mano se encendieron los focos intensos de una cámara de televisión, y Salcedo se apartó hacia el foyer para conceder una entrevista en aquel salón de techos altos, espejos en las paredes y lámparas de cristal. Mientras se retiraban los dos, seguidos por las luces y el camarógrafo y algunos curiosos, alcancé a escuchar la primera pregunta sobre el resultado de la gala y cuánto pensaba el empresario que había recolectado la fundación para sus obras de beneficencia.
Sebastián y yo nos quedamos solos en medio de la multitud. Ahora que Salcedo se había alejado poca gente se acercó a partir de ese momento, y por alguna razón me sentí un tanto perdido, sin saber muy bien sobre qué hablar. Era una situación extraña y algo incómoda, porque debido a que habíamos compartido una época del colegio se podría suponer que teníamos mil temas flotando en el tintero, inquietudes similares y preguntas en común sobre otros exalumnos, así como muchas otras cosas sobre las cuales charlar para actualizarnos y reírnos un rato. Pero en verdad nuestra amistad —se me ocurrió en ese momento— había sido realmente corta y además había tenido lugar hacía demasiado tiempo, cuando éramos apenas unos niños. De manera que ahora nos veíamos como dos adultos extraños que, en últimas, no se conocían para nada.
—De modo que estás vinculado a Alcásar —dije al fin, por decir cualquier cosa.
—Así es —replicó Sebastián, mirando por encima de mi hombro como al acecho de alguien diferente. Seguramente él también deseaba apartarse y dialogar con otras personas, lo cual me pareció apenas lógico; había tanta gente ilustre y notable a nuestro alrededor que no tenía sentido que él, un señor evidentemente exitoso y acomodado, y por lo visto uno de los anfitriones de la noche, perdiera el tiempo conversando conmigo, un profesor universitario completamente ajeno al mundo de los negocios. Debido a su presencia en el palco central, reflexioné, y a su ubicación en las sillas posteriores y menos prominentes del mismo, él tendría que ser el tercero o cuarto en la jerarquía de la empresa, o a lo mejor el segundo de Salcedo, mientras yo sobraba en ese ámbito y además había llegado esa noche al teatro de pura casualidad. Era claro que Sebastián estaba allí en plan profesional, menos social que de trabajo, y probablemente tendría la tarea de saludar y cortejar a los invitados y departir con la gente más famosa e influyente. Y de todos los presentes, sin la menor duda, el menos famoso e influyente era yo. Sin embargo, al rato comprobé que no era eso, sino que Sebastián estaba buscando a uno de los meseros uniformados que habían salido a atender al público con bandejas de bebidas y pasabocas.
—¿Nos tomamos una copa de champaña, Roberto? —me preguntó en tono afable y considerado, y en seguida me palmoteó el hombro con un gesto varonil de amistad—. Este encuentro hay que celebrarlo.
Entonces Sebastián esbozó una sonrisa y ésta me llamó la atención. Era una expresión no sólo urbana y correcta sino deferente, cálida y honesta, como pocas veces he descubierto en ese tipo de eventos sociales. No reflejaba una personalidad que se pudiera definir como divertida o simpática, porque no había nada de gracioso en él, e incluso se podía decir que su mirada era más bien triste o melancólica, y su sonrisa, en vez de mitigar o desmentir esa sensación, curiosamente parecía acentuarla todavía más. Lo cierto es que en ese momento intuí, para mi asombro, que Sebastián no deseaba moverse de ahí, saludando a los convidados de la noche, picoteando entre las personas y los diversos grupos sociales, participando en diálogos amenos y fugaces, terciando en especulaciones políticas o diciendo frases chispeantes y triviales —como acostumbra hacer la gente en los cocteles y reuniones de esa naturaleza—, sino que él prefería conversar conmigo de manera sincera y genuina, y me sentí, no sé por qué, halagado.
Por otro lado, simultáneamente me encontré inundado de preguntas sobre este individuo. ¿Qué había sido de su vida? ¿Qué cosas le habían sucedido? Lo dejé de ver en la adolescencia y de repente, casi tres décadas más tarde, aparece en un concierto de música clásica en el Teatro Colón de Bogotá, convertido en un importante hombre de negocios que cita a Nietzsche. Nada de eso encajaba en mi mente. ¿Qué había pasado en todo este tiempo?
Sebastián llamó al mesero con un ademán de la mano, un gesto fino pero firme de hombre cosmopolita, y ese detalle también me pareció revelador. Siempre he creído que una prueba —pequeña pero elocuente— de una personalidad poderosa o carismática es, justamente, la capacidad de llamar la atención de criados, camareros, barmans o botones para ser ayudado o servido. Lo digo, desde luego, por experiencia propia. Yo puedo agitar mis manos en un restaurante como alguien que se ahoga y pocas veces los mozos me tienen en cuenta, y si me encuentro en un bar, tratando de pedir un par de cervezas o una copa de vino para mi mujer, falta poco para recostarme sobre la barra antes de que el cantinero note mi presencia. En cambio, he visto a señores elegantes, desenvueltos y privilegiados que parecen conocer secretos sobre mujeres de pasarela, automóviles italianos, los mejores vinos franceses, hoteles de cinco estrellas, aviones privados y yates de lujo, y a la vez desconocen lo que son las exasperantes colas para pagar los servicios públicos, las largas filas en clase turista para subirse a un vuelo comercial, las incomodidades y agresiones del transporte citadino, y la avalancha de angustias que viene con la pérdida del empleo o la zozobra económica. Son señores que viven lo que otros sólo vemos en el cine o en las revistas, y son los mismos que con apenas una mirada, un dedo levantado en alto o un movimiento discreto de la cabeza obtienen la atención que requieren en cafés, restaurantes y cenas de esplendor, y sus deseos son inmediatamente atendidos. Sin duda, éste era el caso de Sebastián Sarmiento. Pero con una diferencia, supuse en seguida. Porque mientras que esos magnates por lo general son seres engreídos, aristócratas que suelen menospreciar a todo el que no forma parte de su pequeño núcleo social, este hombre parecía lo contrario: un caballero sencillo y modesto, amable y decente, que no siempre se vislumbra en esas esferas tan altas y remotas de la sociedad capitalina. Es decir: una buena persona. Aunque en algún lugar oculto, sospeché, él también tendría un arsenal de dagas afiladas, porque nadie llega ni se mantiene en ese mundo tan feroz de los negocios si no sabe cómo asestar dos o tres puñaladas marrulleras. Al acercarse el joven con la bandeja, Sebastián escogió dos copas de champaña, a la vez que decía, «Gracias, Alberto» —me llamó la atención que supiera el nombre del camarero—, y me entregó la más llena.
—Bueno —dijo, esbozando su sonrisa franca y amistosa—. Un brindis por este encuentro, Roberto. Nos tenemos que reunir muy pronto para actualizarnos. En tanto tiempo pasan muchas cosas.
—Muchísimas —admití, chocando mi copa delicadamente con la suya. Bebí un sorbo burbujeante—. Y te confieso que estoy realmente sorprendido de verte, Sebastián. Ésta es una verdadera casualidad.
El otro interrumpió el acto de beber.
—¿Una casualidad? —preguntó—. ¿Por qué lo dices?
Entonces le conté la llamada que me hizo Juan Manuel a raíz de algún inconveniente de última hora que había tenido su esposa, y que yo no había pensado asistir esa noche al Teatro Colón. Fue algo imprevisto y la invitación me cayó como del cielo, añadí en tono contento. Una afortunada coincidencia que me permitió escuchar una de mis piezas favoritas dirigida por uno de los directores de orquesta más importantes del mundo. Una suerte increíble, ¿no es cierto? Sebastián se quedó mirándome, asintiendo con la cabeza y con una mínima sonrisa flotando en los labios, como si estuviera rumiando algún pensamiento íntimo y significativo. Al cabo de un minuto confirmó:
—Una casualidad, dices.
—Así es —repliqué, un poco confundido ante su insistencia en ese detalle a todas luces menor.
—La segunda, entonces.
—¿Perdón?
El hombre vaciló, como pensando si debía responder o no.
—Nos conocimos en el colegio por un hecho casual —señaló—. Y ahora, casi treinta años más tarde, nos volvemos a encontrar gracias a otro, un acontecimiento accidental y fortuito. Es curioso, ¿no te parece?
Yo no sabía él a qué se refería y seguro se notaba en mi expresión.
—¿No te acuerdas, Roberto?
Procuré hacer memoria, pero no adiviné lo que él me estaba diciendo.
—En verdad no —balbuceé—. Lo que pasa es que… bueno… Fue hace tanto tiempo…
Sebastián sonrió, benévolo y comprensivo, y a continuación se mostró de acuerdo, sin duda para evitarme una molestia o una situación embarazosa.
—Tienes razón —dijo—. Sucedió hace demasiado tiempo. Además —concluyó, dándome una amistosa palmada en la espalda—, no tiene importancia.
Siguió un silencio incómodo y bebimos de nuestras copas.
Alguien pasó a nuestro lado y preguntó por Luis Antonio Salcedo. Sebastián respondió que estaba en el foyer, concediendo entrevistas a los medios.
Al quedarnos solos de nuevo, el empresario reinició el diálogo.
—Veo que te casaste, Roberto —me dijo con otra sonrisa gentil, reparando en mi anillo matrimonial—. ¿Hace cuánto fue la boda?
—Hace años —respondí—. Nos casamos aquí en Bogotá.
—¿Tienes hijos?
—Sí, dos hijas pequeñas —agregué, mientras yo también me fijaba en la sortija que brillaba en su mano izquierda—. ¿Y tú, Sebastián? ¿Hace cuánto estás casado?
—Bueno… —replicó, cordial y sereno—. En realidad soy viudo, Roberto. Mi esposa murió hace unos años.
Me sentí inmediatamente avergonzado.
—Disculpa, Sebastián, no tenía idea.
—No te preocupes. Me pasa a menudo.
—De veras no lo sabía.
—Olvídalo, Roberto. Te aseguro que la culpa es mía por no quitarme la argolla. Sé que lo tendré que hacer en algún momento, pero todavía no me atrevo. Quizás lo haga algún día.
—Cuánto lo siento.
—Gracias.
Ambos bebimos de nuestras copas, y ante el breve silencio que se produjo, esta vez traté yo de retomar el hilo de la conversación. Sin embargo, me temo que no soy una persona diestra para manejar ese tipo de situaciones, y debido a mi temperamento un poco tímido e inseguro y a mi falta de tacto o diplomacia, no es raro que empeore las cosas, diciendo algún comentario desatinado o inoportuno. Entonces preferí cambiar de tema y volver a un asunto neutral, como por ejemplo el trabajo, y en seguida articulé la primera idiotez que se me vino a la cabeza, algo del tipo:
—Alcásar debe ser una empresa muy exitosa, ¿verdad? —ahí mismo comprendí que había dicho una tontería, y aunque me traté de explicar, me enredé en mis propios pies—. Digo… para organizar un evento así —tosí en falso, incómodo—, convocar a tanta gente famosa… Más lo que debe costar —me aparté el cuello de la camisa con el índice y volví a carraspear—. Y todo para recaudar fondos destinados a obras de beneficencia… —para ese instante ya estaba a punto de pedir auxilio—. ¿No es cierto?
Sebastián me miró con amabilidad, pero por lo visto sin entender lo que le estaba diciendo.
—Sí, en verdad nos va muy bien —respondió.
Me sentí cohibido por la imprudencia de haber traído a colación a su esposa fallecida, y también por esta obviedad que yo acababa de balbucir, y como siempre me pasa en ese tipo de coyuntura, me sonrojé hasta la raíz del cabello a la vez que remataba con otra imbecilidad.
—El dueño de la empresa seguramente es muy rico.
Sebastián me miró con una expresión curiosa, como si yo le estuviera tomando del pelo.
—Yo soy el dueño —dijo de pronto.
Casi me atraganto con mi copa de champaña.
—¿Cómo? —exclamé, tosiendo.
—Disculpa —dijo Sebastián, mientras me daba un par de golpes en la espalda—. Creí que lo sabías.
—No tenía idea —musité, sofocado—. Incluso pensé que el dueño era Salcedo.
Entonces Sebastián giró el rostro para contemplar al otro que seguía dando declaraciones a la periodista. Aquel hombre sonreía y gesticulaba con las manos, y hablaba con propiedad y elegancia. Salcedo era un tipo vanidoso, advertí al observarlo yo también de reojo, pues se robaba miradas en los espejos del foyer, seguro para ver cómo llevaba el cabello.
—¿Luis Antonio? No, no —aclaró Sebastián, cortés pero inequívoco—. Él es el vicepresidente de la empresa, aunque sí, es cierto, le gusta hacerse pasar por el dueño.
—¿Y eso no te molesta?
—Para nada, Roberto. Al contrario, me conviene. Además, gran parte de la gente que cuenta en este mundo de los negocios sabe quién soy, y es saludable que el resto no lo sepa. Para eso Luis Antonio es alguien ideal —hizo un gesto discreto con la boca en su dirección, como invitando a estudiarlo—. Es un tipo simpático y sociable, lleno de conexiones. Es amigo de todo el mundo y no sólo se acuerda del nombre de cada persona, sino también del de sus hijos, nietos y sobrinos, y seguro hasta del de la mascota de la casa. En cambio, yo no soy bueno para esas cosas —Sebastián sonrió de nuevo, educado y modesto—. Por eso él es el rostro público de la empresa.
—Pero si eres el dueño —manifesté—, ¿no deberías estar… no sé… haciendo relaciones públicas, saludando a la gente y demás? No quiero que te sientas obligado a estar aquí conmigo.
—No, Roberto —Sebastián me apretó de nuevo el hombro, afable—. No me siento obligado. Lo que pasa es que casi nunca asisto a este tipo de fiestas y cocteles, pero de vez en cuando voy a las reuniones más relevantes, a las que no debo faltar, y sin duda ésta era una de ellas, porque el tema de la filantropía… bueno… es algo en lo que creo, que es importante para mí… En todo caso, estoy complacido de verte, y te aseguro que prefiero conversar contigo que adelantar la agenda social de Alcásar —se permitió una sonrisa y un guiño—. Para eso están Luis Antonio y su equipo de colaboradores, y la verdad es que lo hacen muy bien.
—¿Y qué significa Alcásar? —inquirí.
Fue entonces cuando Sebastián mencionó a su socio y cofundador de la empresa, Rafael Alcázar, a quien nunca conocí. Juntamos nuestros apellidos para fundar la compañía cuando sólo éramos dos jóvenes emprendedores, me explicó. Alcázar y Sarmiento, y de ahí Alcásar. Comenzamos en una mínima oficina con una sola secretaria, y hoy es una de las firmas más importantes del país en el campo de las comunicaciones, aunque no mucha gente lo sabe.
—Como yo —anoté—. No lo sabía.
—Así es —dijo Sebastián—. Nos pasa mucho.
Transcurrieron unos segundos sin que ninguno dijera nada más, y de repente él agregó:
—Rafael murió hace unos años, y desde entonces soy el dueño único de la empresa.
Siguió otro silencio incómodo, y vi que Sebastián miraba a Salcedo con una expresión pensativa.
—Pobre hombre —dijo de improviso, negando apenas con la cabeza—. Luis Antonio todavía no ha aprendido la lección.
Yo no entendí a qué se refería.
—¿La lección? —pregunté—. ¿Cuál lección, Sebastián?
El otro me miró como si no supiera que había hablado en voz alta, y dejó escapar un suspiro mientras examinaba su copa de champaña. Había bebido muy poco.
—Una de las más importantes que se pueden aprender en Colombia —declaró con otra sonrisa, aunque su mirada sugería que no hablaba en broma—. Al que asoma la cabeza en este país, Roberto, tarde o temprano se la bajan. Por eso yo prefiero un papel menos visible. Se vive más y mejor, y te garantizo que no hay nada como el anonimato.
Entonces, curiosamente, Sebastián aprovechó que pasaba otro mesero recogiendo copas y depositó la suya en la bandeja, a pesar de que estaba casi intacta.
—De veras nos tenemos que reunir muy pronto —me dijo en un tono más alegre—. Aquí tienes mi número —sacó una cajetilla de plata con sus tarjetas personales, y al estirar el brazo distinguí un valioso reloj Patek Philippe en su muñeca, medio oculto bajo el puño almidonado de la camisa, una joya que debía costar más de lo que yo produzco en un año de trabajo—. Llámame en estos días y organizamos un almuerzo, ¿te parece?
Recibí la tarjeta, agradecido pero a la vez desconcertado, pues parecía que nuestro encuentro se había terminado.
—Bueno, me voy —añadió Sebastián antes de que yo pudiera responder o atajarlo—. Como digo, no soy experto en capotear este tipo de eventos —dirigió una miraba a Salcedo, quien seguía hablando con la periodista aunque las luces de la cámara se habían apagado—. Además, ahí los dejo en buenas manos… Llámame cuando puedas, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —sólo atiné a decir.
Entonces nos despedimos y, sin saludar ni despedirse de nadie más, Sebastián dio media vuelta y lo vi desaparecer por las escaleras hacia el primer piso del teatro.
4. El fantasma
Permanecí unos segundos ahí parado, perplejo. Este hombre no parecía ser el dueño de la empresa patrocinadora de la noche, pensé, ni actuaba como los pocos ejecutivos que yo había tenido la oportunidad de conocer en Colombia a lo largo de mi vida. Yo sabía algo de esa clase de profesional, leído en artículos de prensa y en revistas ilustradas, y también escuchado en boca de amigos y terceros, y no era difícil distinguir ciertos rasgos compartidos por la mayoría de empresarios y directores de compañías exitosas. En esos casos, por el contrario, todos parecían aspirar a ser famosos y protagonistas —sin ir más lejos, reflexioné mirando hacia el foyer, como el mismo Luis Antonio Salcedo—, a ser requeridos por los medios para figurar entrevistados en programas de televisión y salir fotografiados en revistas de actualidad, para moverse con autoridad en los círculos más selectos de la política, del comercio y de la sociedad capitalina. Ellos, por lo visto, no procuraban bajar el perfil o evitar este tipo de recepciones, sino que más bien las buscaban y anhelaban, y hasta las necesitaban para escalar en el mundo de las finanzas o en los clubes predilectos de la aristocracia nacional. No obstante, con el tiempo yo entendería un hecho esencial: Sebastián Sarmiento no era como otros hombres de negocios. Enemigo de la figuración y de la luz pública, él decía que vivir bajo el radar de los medios —a pesar de ser propietario de varios e importante accionista de casi todos— era más sabio y conveniente, y por eso él mantenía su vida profesional tan ajena al escrutinio de los demás, al igual que su vida privada. Por eso Sebastián era percibido como uno de los individuos más reservados y enigmáticos que existían en el país. Incluso así lo calificaban en algunos recortes de prensa que leí meses después, cuando inicié mi investigación sobre este curioso amigo de mi niñez: «Empresario poco conocido adquiere parte mayoritaria de la compañía Comtex», decía uno, y «Hombre de misterio vende tajada millonaria de la revista Famosos y Poderosos», decía otro. Pero en ese momento yo no sabía nada de eso, de modo que me quedé allí parado en el segundo piso del teatro, rodeado de gente extraña que bebía y conversaba alegre, incómodo en mi traje de etiqueta de mala calidad y en mi camisa de puños raídos que me apretaba el cuello, dándole vueltas a la tarjeta personal de aquel compañero del colegio. Entonces noté algo adicional que me llamó la atención: la pequeña cartulina tenía apenas el nombre del dueño y un número telefónico. Uno solo. No había un título profesional ni una dirección postal o un correo electrónico, y ni siquiera aparecía el logo de su empresa por ningún lado. Todo en él, definitivamente, parecía marcado por la modestia y la discreción, como si no deseara que su misma existencia se conociera por nadie. Sebastián, por lo visto, seguía siendo el mismo ser casi invisible y fantasmal de los viejos tiempos del colegio.
A continuación, busqué a Juan Manuel para despedirme y darle las gracias por la invitación, pero ante todo me quedé pensando en Sebastián. Supongo que ya es una costumbre propia de mi oficio, una especie de vicio de escritor, porque en seguida traté de fijar sus rasgos físicos en mi memoria. Ojos claros, casi azules, cabello color café oscuro, casi negro, bien cortado, cejas gruesas y la nariz recta. Una cicatriz pequeña pero notoria en la barbilla, y una boca de pocas palabras, llena de silencios. Un caballero de estatura mediana, continué, sin duda bien parecido y correcto. Galante, quizás, pero sin pinta de galán, de pronto precisé en mis adentros. Porque había algo en su conducta, tal vez esa discreción extrema o esa cortesía evidente, esas buenas maneras que lo hacían gentil y educado, pero al mismo tiempo lo dejaban un poco apartado y distante; algo apuntaba, en fin, a que él no era un hombre frívolo ni coqueto, y a que no se sentía a gusto en el papel de cazador de mujeres. Más aún: él no parecía interesado en conquistar a nadie. Era un individuo que despedía un agradable aroma de loción fina de afeitar, y lucía distinguido con su reloj de pulsera y su costoso traje de corbata negra hecho sobre medidas, con aquel corbatín que no se parecía torcer nunca y los puños inmaculados de la camisa asomados un par de centímetros para revelar dos mancornas de oro que hacían juego con los botones de la pechera impecable. Sin embargo, ante todo era un hombre privado, alguien que interponía una distancia entre su ámbito personal y el resto del mundo. No importaba que Sebastián estuviera rodeado de gente, como yo lo acababa de presenciar esa noche, porque lo rodeaba un aire… busqué la palabra indicada… solitario. Eso es. Un empresario exitoso y adinerado, claro está, elegante y apuesto, pero por encima de todo un hombre solitario.
5. De noche en la ciudad
Sebastián Sarmiento buscó su gabardina en el guardarropa del teatro, le dio una generosa propina a la joven que le entregó la prenda y salió por la puerta principal a la noche helada. Jaime lo esperaba con un paraguas cerrado a la salida, pues había dejado de llover, y le informó que Facundo aguardaba en el automóvil a la vuelta de la esquina, estacionado sobre la carrera Sexta, dado que la calzada frente al Teatro Colón era de uso peatonal. Sebastián asintió en silencio, el aspecto pensativo. Alzó la vista, observando las nubes bajas iluminadas por el tenue resplandor de la ciudad, que se desplazaban lentas y grises sobre las azoteas del viejo barrio colonial. Era la primera persona en salir del concierto y no había nadie más a la redonda, salvo dos guardias de uniforme azul y cascos con relumbres dorados que custodiaban el portón de hierro del Palacio de San Carlos —antigua casa presidencial y sede actual de la Cancillería de la República—, ambos parados bajo los faroles de luz amarillenta y con las culatas de los fusiles apoyadas en el suelo. También se veía una anciana que vendía maní dulce y cigarrillos en su carrito de golosinas, envuelta en una ruana blanca de lana, que había buscado protección de la lluvia bajo la marquesina de cristal del teatro. Sebastián miró a la izquierda, calle arriba, atisbando las cimas de los cerros ocultas en las nubes cenicientas, y luego contempló la calle en la dirección contraria, el pasaje peatonal en ligera pendiente, todavía reluciente de agua, con la silueta oscura y solitaria de la palma sabanera —asomada alta y esbelta por encima del patio interior del Palacio de San Carlos—, y más abajo el resto de luces de la ciudad encendida. Entonces le dijo a Jaime que iba a caminar un poco. Su asistente hizo un gesto afirmativo a la vez que presionaba el botón del radioteléfono que portaba en la mano, y le transmitió la información a Facundo en susurros, para que el conductor tuviera el automóvil listo y con el motor en marcha, preparado para recogerlos en algún lugar más adelante. A continuación, Jaime se dispuso a seguir a su jefe pero manteniendo una distancia prudente, lo bastante cerca para acudir en su ayuda en caso necesario y lo bastante lejos para no interferir en sus reflexiones, pues él ya sabía cuándo su patrón deseaba estar a solas y hacía años que no había necesidad siquiera de verbalizarlo entre los dos.
Era una típica noche bogotana, fría y sin estrellas, con rachas de vientos glaciales que bajaban soplando por la montaña, de modo que Sebastián se anudó el cinturón de la gabardina, se subió el cuello hasta las orejas y hundió las manos en los bolsillos hasta los codos. Caminó calle abajo, dirigido hacia la lejana carrera Séptima, pisando atento los adoquines rojos y mojados de la calzada, que brillaban a la luz de las farolas con aspecto resbaladizo. Le gustaba caminar por la ciudad, una costumbre que había adquirido desde pequeño, y no perdía oportunidad de recorrer las aceras de cualquier ciudad en la que se encontraba, pues decía que era la mejor manera de pensar. Cambió de costado, y pasó bajo el histórico balcón de la Conspiración Septembrina, el famoso ventanal del Palacio de San Carlos de donde saltó el Libertador Simón Bolívar, el 25 de septiembre de 1828, para evitar ser asesinado. Siguiendo órdenes secretas de quien había sido su vicepresidente, Francisco de Paula Santander, y liderados por el español Pedro Carujo, una docena de civiles y casi treinta militares iniciaron el asalto alrededor de la medianoche con la intención de matar a Bolívar a raíz de los poderes dictatoriales que él había asumido meses antes. El grupo rebelde se tomó el palacio a la fuerza, y la insurrección les costó la vida a varios centinelas y al edecán presidencial, el coronel irlandés William Ferguson, pero, una vez más, la valerosa Manuelita Sáenz intervino para salvar a su hombre, convenciéndolo de que se fugara de prisa por la ventana, y el general sólo tuvo tiempo de huir con un sable y una pistola mientras ella se enfrentaba a los conspiradores. El Libertador de las Américas pasó el resto de la noche vestido a medias y temblando del frío bajo el puente del Carmen, y los historiadores coincidían en que esa funesta experiencia —la lluvia inclemente, la intemperie helada y el desamparo total— atizó la tuberculosis que lo terminaría llevando a la tumba dos años después.
Mientras evocaba aquel episodio, Sebastián se detuvo en la penumbra para leer la inscripción de la placa conmemorativa, puesta bajo el célebre ventanal y escrita en latín, y pensó que una de las grandes constantes de la historia de su país, incluso desde mucho antes de su independencia, era la violencia. Y en las últimas dos décadas ésta parecía desbocada, se dijo, pues ya hemos superado los índices de mayor violencia en el mundo. Por razones personales ése era uno de los temas que más lo obsesionaban, y vivía a la caza de las cifras más exactas y las estadísticas más confiables, como si procurara tomarle la temperatura al país para medirle la fiebre de la barbarie. Seis suicidios diarios, había leído en un informe oficial reciente. Y la población más azotada por ese mal, precisaba el documento, era la indígena. Tan sólo el mes pasado un indígena en el departamento del Vaupés se había suicidado cada semana. Y otro informe ofrecía un dato igual de estremecedor: tres colombianos morían cada ocho días solamente a causa de balas perdidas. Sebastián levantó la vista de nuevo, pensando en esa brutal casualidad —otra, reflexionó, sin poder eludir la estocada—, la del niño que regresa de la escuela y de repente cae fulminado por un plomo que cae del cielo, o la del hombre que sale de la fábrica o de la oficina con deseos de descansar después de la jornada laboral, ilusionado de ver a su mujer y a sus hijos, y al segundo está agonizando en la acera sin que nadie sepa jamás qué pasó o quién disparó el arma, y sin el mínimo consuelo de una explicación o una promesa incierta de justicia. Morir en la ignorancia absoluta, pensó. Sin una razón. Porque sí. Sólo porque alguien, a la salida de un bar o una taberna o un burdel o una cantina, ya sea alegre, iracundo, con miedo o con tragos, dispara al aire y la bala siega la vida de una persona inocente, lejos de allí, alguien que no tenía nada que ver con el pleito, la fiesta, el asalto o la borrachera. Tres muertes de ese tipo semanales. Para no hablar de todas las demás, de las miles de muertes violentas que desangraban al país cada año. Sebastián negó con la cabeza, cavilando en el sinsentido de la vida que prevalecía en esa sociedad tan sufrida y maltratada.
En la esquina, al pie de los bolardos y de la gruesa cadena de hierro que impedía el paso vehicular frente a la Cancillería, Sebastián dobló a la derecha por la carrera Sexta, caminando sin rumbo sobre las grietas de los an
