Primer tiempo
1
Cuando pienso en la flor de los beduinos, creo que todo pudo haber sido diferente. Que hubiéramos nacido en otro país, en otra época. Bajo un cielo menos luminoso; o, cada uno, en su rincón, en su pasto, en su pradera, y nunca nos habríamos encontrado.
¿O no?
Pero el día en que el criminal apareció en mi puerta llevando un samovar en la mano, supe que el destino era irreductible. Fue ahí cuando le di la estocada.
La flor de los beduinos. Esas flores que nacen del desierto, de la pobreza de agua, de la invasión de soles, o de noches. Flores a las que nadie espera. Flores que guardan, muy adentro, el silencio de un aroma.
Países de otras lenguas, con sus propios paraísos y sus propios laberintos.
Cada uno, con sus círculos de miedos.
Pero no, tuvimos que juntarnos en éste.
¿O no?
*
Lo mío no fue como un hato de tamariz, con sus humildes gotas color de rosa anudadas a las ramas del desierto, ni siquiera como los granos rojo oscuro del karob en los arbustos chaparros que se divisan a la distancia y que más parecen espejismos.
No.
Fue como la llamarada de un ramo de rosas a la mitad de un parpadeo. Me enamoré como si no hubiera un día siguiente y los ayeres se hubieran colapsado en un reloj sin cuerda, muy antiguo.
Una tarde sin pies ni cabeza. Un martes inexistente. Un tintín de cuchara en la copa de vino. Me pareció odioso ese cretino que anunciaba su impaciencia con autoridad. Yo hacía clics sobre la hilerita de patos que pasaba justo en la terraza del restaurante El Lago. Había que hacer un nuevo anuncio publicitario, maridando naturaleza y excelencia al paladar. El tintín desvió el enfoque y hubo que repetir la secuencia. Resoplé.
—Perdón, aquí está el porqué de mi torpeza —me dijo, levantándose hacia mí, y me acercó a la nariz una copa recién servida.
Me asomé al buqué, con sigilo, y el loto se abrió.
—Lo probé en un viaje a Ámsterdam, no lo olvidé nunca y vine a encontrarlo en este lugar, justo frente a usted.
De cretino, se volvió criminal.
Pero ésta es la historia de un samovar a la deriva, y tal vez no es aquí donde inicia. Sino un siglo antes. O más.
O dos años después.
2
Hice un pacto con mi abuela Anna bajo las jacarandas de marzo.
En aquellos años todavía esplendían los encajes morados en los cielos de la ciudad, sin la capa de esmog ni los rascacielos tan brutales que se erigieron luego de la devastación del terremoto de 1985. Las flores de las jacarandas reinaban en las avenidas e hicieron de damas de honor en el aniversario de bodas de mis padres. Una comida familiar de puertas abiertas en el corazón de la colonia Condesa.
Llegué con la eternidad de mis veintisiete años, mis sandalias de cuero y mis anchos pantalones de manta, mi camiseta negra con el símbolo de paz muy plateado, el fragor oscuro de mi cabellera suelta y la impertinencia para cruzar a zancadas el pasillo, entrar por la cocina, meter el dedo en la compota de ciruelas, y darle un abrazo de oso a María, mientras María me reprende por el portazo que está a punto de bajar la masa del pastel en el horno. María es la eternidad. Una paloma que pasó volando bajo y se asomó a mis ojos y decidió quedarse conmigo. No puedo imaginar un mundo sin María, sería como imaginar una pared y vivir ahí atrapada.
Entro al salón principal. Me miran de arriba abajo con muecas y murmuraciones. Pero, al fondo, está la abuela, sentada en el sillón de terciopelo de seda, el que tiene al lado la mesita con el quinqué de gotas de cristal checoslovaco. La abuela Anna me descubre de inmediato. Como si me oliera. Y me suelta una mirada de adoración. Esa mirada es también, supe mucho tiempo después, una súplica, una complicidad, un augurio, un destino.
Siento cómo se me agita algo en el centro del pecho. Debo atravesar la apretada multitud, traspasando tafetanes y tacones; hago ruido esquivando brazos, ademanes, charolas y dando algunos certeros codazos invisibles.
—¡Bobe! —exclamo, la beso en la boca a la manera rusa, un sonoro roce en ese botón de labios parados con el que me ha enseñado a saludarla desde niña.
Anna es como un jabón de tocador exquisito, me imagino el frasco esmerilado de un perfume con cuerpo de maja recostada, o una jerosolimitana del leve color de flor de jacaranda en una luna de ropero. No sé cómo pienso en todo esto, las imágenes me brotan de los ojos de la mente a los dedos en los clics de mis cámaras. Ahora mismo llevo la portátil colgando conmigo. Pero no tomo una sola fotografía. Se me ha pasado el coro y el pastel de la algarabía. Estoy con la abuela en la esquina luminosa que va cobrando tonos ocres hasta hacerse tan íntima como una burbuja para nosotras. La abuela es una preciosa madreperla en su traje azul plumbago y su pelo blanco ondulado. Nos mantendremos en esa burbuja, todos los miércoles. Porque nos tenemos. Y acabamos de descubrirlo.
Sellamos nuestro pacto con una rebanada de pan con miel y una copita de brandy, como en Rosh Hashane, cuando se renueva el año y se hacen promesas y bendiciones para que todo se cumpla dulcemente.
3
Ahora que escucho el andantino de las danzas polovetsianas de Borodin, y miro el globo terráqueo, con su pátina sepia al estilo antiguo, que coloqué justo sobre la mesita aquella del pacto bajo las jacarandas, hace ya tantos años, y que fue una de las pocas cosas que heredé al final, tras la muerte de mi madre; ahora que estoy aquí, cruzando dos décadas de un nuevo siglo, y la pared de fotografías premiadas en mis viajes me acompaña, doy la vuelta en esa tierra esférica que me lleva de Rusia a América, siempre atravesando un mar, siempre descendiendo en el naufragio hacia torrentes submarinos, siempre un samovar a la deriva que no logro encontrar, puedo sentir el oleaje desgobernándome hasta no ser nunca más la joven que entró al edificio de balcones en la calle de Acapulco, tomó el elevador, llegó al quinto piso, y tocó la puerta, cumpliendo con su parte.
Lo curioso es que giro hacia la derecha el globo, en el sentido horario en el que fue construido, pero no me obedece. Tendría que sumergirme en el océano Pacífico o, de perdida, cruzar el estrecho de Bering hasta Alaska y bajar medio planeta para llegar hasta acá. No. Me obliga a discrepar con la lógica. La historia se mueve hacia atrás no sólo en el tiempo, sino en una geografía en incesante reconstrucción, como yo misma.
Yo, asida en ese mar embravecido, a la tabla del internet, me topo con las Casas voladoras, la famosa serie de fotografías de Laurent Chehere y me sumerjo en la melancolía de su discurso fotográfico que trenza lo real, lo metafórico, lo simbólico y lo subjetivo, todo lo necesario para contar una historia, e intento encontrar cuál será mi próximo puerto, en qué confín de imágenes tendré que recuperar el samovar capaz de conducirme en la oscuridad de la pandemia por la que atraviesa nuestro mundo. Todas las generaciones tienen su tragedia, su naufragio y su samovar que rescatar.
Como Chehere, que en 2007 se volcó a contar la imagen poética del viejo París, sacando algunas tristes casas del anonimato de las calles de Ménilmontant y Belleville, a través de sus montajes fotográficos sobre los cielos, para ayudarlos a contar su historia verdadera, yo intentaré sacar estos tristes encuentros del anonimato de un viejo departamento en la Condesa, para ayudarlos a contar una historia que aún debo descifrar.
Y que es la mía.
4
Aquí estoy, con mi mejor sonrisa. Modesta abre la puerta:
—¡Uy, Tatiana, que no hubieras llegado! —exclama sin verme, ya secándose la mano con el trapo, en dirección a la cocina.
La entrada al departamento tiene un vestíbulo que lleva de frente al pequeño antecomedor que, en realidad, es parte de la cocina. A la derecha, el pasillo enmaderado hacia las dos recámaras y el baño en medio. A la izquierda, la sala y el comedor frente a un ventanal con un largo balcón lleno de luz y cortinas de gasa vaporosa.
En la cocina, la bobe y Modesta, con sendos mandiles mojados, se afanan en las cacerolas.
Las semanas se cruzaron con las ciento veinte mil cosas impensables, así que nuestra primera comida se retrasó algunos miércoles, y aterrizó en las fiestas de Purim, que yo recordaba de mis primeros años, con los homen tashn, unos panecitos rellenos de semillas de amapola que después desaparecieron, cuando el abuelo murió y los nietos se dispersaron. Las celebraciones judías siempre se relacionan con matanzas y sobrevivencias, lo que marca el sello de duelo o de alegría en sus aniversarios. Pero, para los niños, sólo son cambios en las golosinas, como las calaveritas de azúcar en Día de Muertos o la rosca de Reyes el 6 de enero.
Crucé el umbral con el hambre de los homen tashn, que, en realidad, era el hambre de mi infancia a la que ya veía muy lejana, cuando se cree que la bondad existe y la vida no puede ser sino su prolongación permanente.
—¡Bobe, hoy es Purim! —exclamé a los cuatro vientos, con los brazos extendidos.
—¿A mí qué? ¿Qué fiesta es para mí? —dijo desde la mesa de la cocina, trajinando con los platos.
—Pero… bobe, a ti siempre te han gustado las fiestas…
—Bah, ahora todo se vende, lugares en shul se venden, veinticinco mil pesos un lugar vitalicio. Y seiscientos pesos boleto para fiestas de Rosh Hashaná y Yom Kippur.
No sé qué magia esperaba. Las cosas no parecen estar encendidas en el mismo cuadrante.
—Mira, hija, que Dios oiga súplica de perdón, eso es todo lo importante en religuiones. Por eso shoifer es el que abre el cielo con su trueno que llega hasta oídos de Dios.
—¡Ah no, doña Anna! —la ataja Modesta, francamente regañándola—, no me diga que el ayuno no es importante porque usté sí lo hace de pies a cabeza, me consta desde hace demasiadísimos años…
—Ya a sentarse —sentencia la abuela.
El caldo con bolas de matzá ha estado supremo. No sé cuánto tiempo hacía que no probaba estas delicias tan simples, que en la casa de mis padres desaparecieron… ¿quién iba a hacerlas? El feudo de la cocina pertenece a María, y en ella privan los moles, los chicharrones en salsa verde y las tortillas hechas a mano. Las bolas de matzá casi me hacen sollozar. Me siento en perfecta maldad, liada con un criminal innombrable en este espacio de mi propia historia.
Ninguna de las referencias que traje de las fiestas judías, con toda provocación, ha servido de abracadabra para una abuela metida más allá de los ochenta y cinco años, sumida en el aire extraviado que parece envolverla. No es lo que prefiguré aquel domingo bajo las jacarandas.
Miro, sin querer, el reloj. Falta casi una hora para las cuatro. ¿Y si le hablo al criminal para que se adelante? Soy una enferma, pienso de inmediato. Mis ojos vagan hacia la ventana que se percibe desde mi lugar en el antecomedor. Se asoman las cabezas de los cocoteros inexplicables de la avenida Veracruz. Así es esta ciudad. Hecha a retazos. Como yo, por eso estoy aquí.
5
Nunca pensé que, de la fiesta de aniversario de mis padres, emergiera esta cita. No puedo recordar en qué momento ocurrió que el embrujo de las jacarandas pusiera en los ojos de mi abuela una especie de nota de cristal agudo; algo tan profundo, como el sonido de las sirenas que temió escuchar Odiseo, se esparció en la sala, entre las copas de champaña y los bocadillos de caviar sobre huevo cocido y todos esos abrazos que se dieron tías y primos y primos segundos y terceros que fueron arrastrados por deberes familiares ese domingo de marzo para que les dejaran pintados besos hasta en los párpados.
Hay que sacar del cofre otro anzuelo.
—¿Y el zeide? Me acuerdo muy poco de él. Cuéntame cómo era…
Ha surtido efecto. La bobe Anna se seca deprisa las manos en el delantal y viene a la mesa, ya con la sonrisa fabricándose en el rostro.
—Zeide te quería mucho, mucho. No importaba que hicías chis en cama cuando durmías con nosotros. No quiso poner plástico, “plástico es frío, mejor chis…”
Suelta una deliciosa carcajada y sí, ya estoy levantando el pesado cobertor de mi infancia. El cuarto de los abuelos tiene una penumbra amarilla con latidos de miedo. Todas las casas de los abuelos son así. Con penumbras amarillas y con miedo.
El zeide me decía shíksele porque no le hablaba yo en idish, entonces le cantaba una canción hebrea que me habían enseñado en el kínder, y él me besaba con lágrimas y me hacía subir en el taburete para que volviera a cantarla una y otra vez:
Dadayéinu, dadayéinu, dadayéinu, dayéinu dayeinú núnunu dadayéinu, dadayéinu, dadayéinu, dayeinu dayeinú
Con mi vestido blanco y mi abriguito de terciopelo azul marino, repito el estribillo y el abuelo es feliz. Con su cápele eterna en la cabeza y sus negras vestimentas, llora ante mi poder:
Núnunu dadayéinu, dadayéinu, dadayéinu, dayeinu dayeinú
Así, ahora me recuesto sobe el hombro izquierdo del criminal, y el criminal me mira con embeleso, y es feliz. Pero no quiero traer esta escena.
—Cuéntame cómo se conocieron el zeide y tú, por favor, bobe.
—Él era agente viajero. Vivía en otro pueblo. Llegó un día a la tienda de papá y me vio. Ya me voy a banco, yo dije. Ah… porque yo estuvía muy enamorada de gerente de banco en Shmérinka…
—¿En serio? ¡Qué emoción!
—Y dijo zeide a mí, ¿poedo ir a banco con ustet? Y yo dije, ¿qué, yo lo voy a cargar?
—¿Eso le dijiste?
—Y luego le preguntó a papá:
—¿Poedo ir a casa de ustet mañana? Y papá dijo, ¿qué, no tiene pies?
—¿De veras así le contestaron tu papá y tú? ¡Ay, pobrecito!
—Ese mismo día invitó a teatro a toda la familia, pagó palco para doce gentes.
—¡Caramba, bobe, lo fulminaste!
—Eso le dije a tu abuela, lo fulminó —corea Modesta restregando las últimas gotas de la jerga.
Mi abuela pone los ojos en blanco, es una colegiala.
—Pero yo no fui… Salí con gerente. Era guapo, caballeroso, primo de Boronsky.
Me brota una carcajada que va de ida y vuelta por la casa.
—¡Júrame que era primo del que sería tu segundo marido, cincuenta años después! —exclamo con un grito contenido.
Salto de la silla. Me meso los cabellos. ¿Por qué no sabía nada de esto? ¿En qué mundo estoy?
Modesta retuerce la jerga como si quisiera sacarle los últimos secretos:
—Uy, chiquita, si yo te contara…
—Pues cuenten, por favor —regreso a mi lugar.
—Ese día ya no vi a zeide, porque no fui a teatro y él se fue a hotel. ¿A mí me importó que fue a hotel? ¡Qué me importó! Pero después escribió muchas cartas a mi papá, con saludos a mí. Y, un vez, le escribió que le gusta la hija, que si no puede hacer algo… porque Boronsky también me cortejaba.
—¿Desde entonces te cortejaba Boronsky? ¡Santo cielo!
—Tú no conoces quién es tu abuela, Tatiana, si te digo los pretendientes que tiene haciendo fila aquí mismo…
—Tú calla boca. ¿Quieres más té, hijita?
—¡Sí, obvio sí!
6
Viene la ceremonia del té más negro del mundo. Con yerbas enredándose en el paladar. Conozco ese sabor. Pasé una noche en tren de San Francisco a Los Ángeles tomando un té amargo como éste. Pero mucho más amargo junto al criminal, pues no podía actuar del bon vivant que me había prometido durante la escapada que tramamos juntos. Yo, para conocer la ciudad hippie y colarme en una revista de aviación; él, para intentar negocios de importación de vinos entre las Californias.
—¿Y si alquilamos bicicletas y recorremos el parque del Golden Gate?
—¿Estás loca?
—Pues vayamos al Fishersmans’ Wharf a atragantarnos de cangrejos…
—Uf…
Con eso se saldaba la agenda de cada día. Museos, ni hablar. En cualquier lugar público se encontraría con algún conocido, según él, como si fuera la colonia Echegaray. Sólo en los pubs recónditos probábamos vinos silvestres y, a fuerza de penumbras, nos besábamos con lentitud.
Hoy el té es una puerta que lleva a otro viaje. En mi cabeza danza un vals conocido entre el dúo yiddish—hebreo, con el dúo ruso—español.
—Y pior de pior, gerente resultó casado con dos hijos…
Tambores en el corazón. La abuela Anna enamorada de un hombre casado con dos hijos. La nieta Tatiana enamorada de un hombre casado con dos hijos. El té se vuelve un tempanito y un incendio al mismo tiempo.
—Ay, Tatiana, cuidado rompas la taza! ¿No ves que es la de visitas que tu bobe sacó para ti? —advierte Modesta, con el oído atento, mientras restriega por enésima vez el fregadero.
—No quise volver a saber nada de los Boronsky, nada de gerentes ni de rabinos. Muy decepcionada de todos, me hice novia de tu zeide, éste sí muy decente, muy decente, sí, muy decente.
Puedo ver a la joven Anna corriendo por el bosque a encontrarse con un criminal, como el mío, y hundirse en el abrazo. ¿Qué tienen esos criminales que nos enamoran?
—¿Te besó? —le pregunto, y siento cómo me sonrojo sin poder evitarlo.
La abuela se lo piensa, su mirada gira al techo, oblicuamente:
—En la mano, y a veces… en la boca. Muy trabajador. Nos comprometimos con ceremonia formal y nos casamos. Yo tuvía dieciocho años; él, veintiocho.
Es obvio que le da la vuelta a mi pregunta. Yo quería saber de su criminal, pero ella responde por el abuelo. ¡Dieciocho años! Era una adolescente saliendo de un drama de amor, bajo el palio nupcial, mirando cómo se sella su destino en el ritual de la copa que todo novio judío quiebra con el pie, para recordar que, a pesar de la destrucción, las almas y los pueblos se volverán a unir.
7
¿Quién era yo a los dieciocho años? Veo a la joven Anna con nitidez, ahora mismo, a mitad de la sala de este pacífico y soleado departamento en la ciudad de México, aunque todo esté ocurriendo más de sesenta años antes, al otro lado del océano, y el novio se haya convertido en parte de la tierra mucho tiempo atrás. Puedo sentir su corazón, cómo se quiebra levemente con el tronido del cristal bajo los pies del hombre con el que dormirá unas horas más tarde.
Pero no atisbo más que una nebulosa de mis propios dieciocho, ni siquiera han pasado diez años desde entonces. Insisto, el té recalentado que me sirve Modesta de nuevo, discreta ante mi pasmo, es, en mi paladar, una punta de alfiler con la que abro un orificio.
Era yo un manojo de grillos en la cabeza. Un cuerpo demasiado anguloso, una necesidad de no estar quieta nunca. Picaba en muchos frentes, reculaba ante los estudios formales, descubría cuánto me decepcionada el famoso misterio del sexo, en tal o cual encuentro fortuito, atrabancado, gris. Me parecía imposible toda mi familia, mi casa en general. A excepción de María, que siempre ha estado con mejunjes para el esplendor de mi cabello, bebidas de manzanilla en flor para dormir bonito, pastel de nata fresca y abrazo con toalla limpia al pie de la regadera; emocionándome con los chismes de su pueblo: las sobrinas que se escaparon con el novio y las que volvieron embarazadas para dejar a sus bebés o las que regresaron con la cabeza baja a pedirle perdón.
“¿Qué quieres estudiar?”, era la pregunta de cada día a mi alrededor. Una pregunta enloquecedora. Menos, claro, la de María. Ella mejor me contaba otra de sus anécdotas, y me preguntaba qué quería de postre, para que se me quitara lo flaca. María nunca preguntaba, sólo ofrecía las respuestas exactas.
Hay un espacio en el universo único para ella. Aunque todavía no he descubierto cómo nombrarlo.
*
Entonces, se me ocurre mover el tablero y lanzarle el bumerán a la abuela:
—¿Alguna vez quisiste estudiar, bobe?
Escucha la pregunta como si viniera del más allá. Una perlita luminosa se trasmina de sus pupilas hacia los lentes y me llega como lampo.
—Yo siempre quise ser matemática. Pero papá dijo que no es de mujer, no en nuestro pueblo. Boeno, entonces dije que farmacéutica, ya casada. Pero ni papá ni marido me dejaron.
Una espiral de aguas se abre delante. No imaginé estos impulsos vocacionales en la abuela. Me siento zarandeada. He tenido todas las oportunidades del mundo y todavía estoy en el dilema de arriesgarme como fotógrafa documental o reportera de turismo o… ¿quién sabe? ¡Una abuela matemática! Esperaba todo, menos esto.
La bobe Anna nunca aprendió a hablar el español como se debe, por lo que parecería una anciana medio lenta y medio torpe. Como todas las abuelitas, pero ésta más, por el balbuceo. La joven Anna, enamorada de un criminal al que sigue a escondidas, y con una cabeza indómita para los números, no encaja en el encuadre de mi cámara.
—¿Cómo que no te dejaron? ¿No protestaste?
—Antes no se protestaba, Tatiana. Si protestabas te daban diez buenas cachetadas, ¿verdá, doña Anna? —replica Modesta, dando trapazos sobre la estufa.
Modesta es menuda y robusta, casi negra, casi ciega, pero oye hasta lo que no, y huele más allá del horizonte. Sus cabellos rizados y cortos se mantienen a los lados con sendas peinetas, a veces, de concha nácar que le trajo María de Acapulco, cuando íbamos de niños, todos, en un sol
