Hellfriend

Myriam M. Lejardi

Fragmento

hellfriend-3

ARTÍCULO 1

CUANDO TU COMPAÑERA DE PISO ES MONSTERFUCKER

21 de julio, 13.53

—Creo que nuestro vecino es un demonio o, como mínimo, está poseído por uno.

Lina levanta la vista de su cámara de fotos y me observa en silencio durante unos segundos. No se fija en mi americana ni en mis pantalones de vestir, y eso que insiste en que llevar traje en verano es un claro síntoma de tener problemas no resueltos («De los graves», ha recalcado más de una vez). Sus ojos marrones se entrecierran al encontrarse con los míos, buscando indicios de humor. Me conoce desde que empezamos a compartir piso al entrar en la universidad, hace casi seis años, y jamás he bromeado con ella. Ni con nadie, en realidad.

Mientras espero a que responda, cierro la puerta de la entrada, cuelgo el bolso en el perchero y avanzo los siete pasos necesarios hasta el sofá en el que permanece sentada. No me sorprende que todavía esté en pijama, ya me he acostumbrado a sus horarios de sueño caóticos. Lo que me sorprende es que suspire, deje la Nikon sobre la mesa que tiene enfrente y se meta el dedo en la nariz. «La confianza da asco» es una frase que se vuelve insoportablemente literal cuando convives con Lina.

La quiero, de todos modos. Por eso necesito que entienda la gravedad del asunto que acabo de plantearle. Me subo las gafas sobre el puente de la nariz y taconeo en el suelo con impaciencia.

—¿No tienes nada que decir al respecto? —insisto.

—Depende.

Lina no arrastra las palabras porque acabe de despertarse, o no solo por eso. Lo hace porque sabe que me exaspera y hace tiempo decidió que su meta en la vida, además de vivir de la fotografía, sería convertirse en la primera persona en conseguir que pierda los nervios. «Cuando suceda, lo incluiré en el currículo —me dijo—, eso demostrará mejor que cualquier otro logro que soy alguien de ideas fijas que no se achanta ante imposibles».

—¿De qué depende?

—De varios puntos. —Se aparta un mechón azul de la cara y se lo recoge de mala manera en el moño que lleva en lo alto de la cabeza—. El primero, ¿de qué vecino hablamos?

—El del sexto.

Me deshago de los mocasines y los coloco en el zapatero, perfectamente alineados con el resto de calzado.

Nuestro piso es pequeño. «Sesenta metros cuadrados, muy luminoso. Ideal para compartir», rezaba el anuncio. Lo que no mencionaba es que varios de esos metros cuadrados pertenecen a nuestra parte correspondiente del rellano y del portal, ni que el sol hace acto de presencia de cuatro a cinco de la tarde porque el edificio que tenemos delante lo bloquea durante el resto del día. Tampoco que ese hipotético compañero de piso ideal no debía parecerse a Lina, cuyo desorden, según alardea, es una parte fundamental de su personalidad.

Nada más entrar en la casa, te das de bruces con el salón, que también hace las veces de despacho gracias a dos mesas destartaladas que conseguimos en Wallapop. Están la una al lado de la otra, bajo ese par de ventanas que de poco sirven. La mía está limpia, con los bolígrafos dentro de un recipiente de metal y un ejemplar de la Constitución lleno de pósit colocado justo en el centro. La de Lina… iba a mencionar que no está limpia, pero la verdad es que no tengo ni idea porque soy incapaz de verla entre la montaña de papeles, objetivos, tazas usadas y ropa que hay encima.

En ese anuncio tan poco fiable se indicaba que la «cocina americana» estaba completamente amueblada. Al ver el piso, nos dimos cuenta de que nuestra casera es una mujer optimista. Llamar «cocina» a una barra metida en el salón, una vitrocerámica diminuta en la que solo puede colocarse una cazuela, un microondas colgado de cualquier manera en la pared y un frigorífico de hace por lo menos veinte años es ser muy generoso con la denominación. Decidimos que no necesitábamos horno porque buscar casa en Madrid es deporte de riesgo, y aquí, además de estar muy cerca del centro, solo nos pedían trescientos euros a cada una. De todos modos, insistimos en lo de la lavadora. La dueña, un poco menos optimista y un poco más «Las jóvenes de hoy en día sois muy tiquismiquis», mandó que nos instalaran una en el baño.

Utilizo el mando a distancia para apartar un calcetín sucio del sofá sin tocarlo y me siento al lado de Lina.

—¿Te refieres al del sexto A? —Una sonrisa perezosa empieza a treparle por la cara—. Vale que Manolo se tome muy en serio que hay que ahorrar agua y prefiera hidratarse con Mahou y no ducharse, pero tampoco lo consideraría un demonio. ¿Sigues cabreada porque vende aguacates ilegales?

Manuel Sánchez López, de sesenta y ocho años, lleva meses tentando a su suerte. Lo de que salude muy específicamente a mi pecho cada vez que nos cruzamos me molesta, lo de que no esté dado de alta como autónomo y trapichee con fruta y verdura que, estoy segura, roba de algún comercio cercano me resulta mucho más complicado de gestionar.

—No, aunque te repito que deberíamos denunciarlo. Al que me refiero es al del sexto B.

—¿El DJ?

—Exacto —respondo, esforzándome por no rechinar los dientes.

—Si debe de llevar dos o tres semanas en el edificio, ni siquiera me he cruzado con él.

En lugar de explicarle que eso no significa gran cosa dado que se pasa el día fuera de casa, o bien trabajando en el Burger King, o bien haciendo sesiones de fotos, le digo:

—Pues yo sí y te aseguro que es un demonio o que…

—Está poseído por uno, sí —me interrumpe—. ¿Tiene cuernos?

—¿Lo preguntas en serio?

—Por supuesto que sí. Jamás bromearía con los cuernos. ¿Y bien?

—No.

—¿Alas?

—Tampoco.

—¿Escamas? ¿Tentáculos?

—Carolina, no seas ridícula. Por supuesto que no tiene nada de eso.

—Entonces, Milena, no me interesa.

Dicho lo cual, vuelve a coger la cámara, se arrellana contra el sofá y se dedica a repasar las últimas fotos que ha tomado. Me cruzo de brazos, poco dispuesta a rendirme.

—¿Cómo es? —murmura, toqueteando una serie de botones de la Nikon—. El hipotético demonio.

—Muy alto. —Me mira de reojo, repentinamente interesada—. De forma casi antinatural. Agacha la cabeza al salir del ascensor, para que te hagas una idea. Y sus ojos también son extraños.

—¿Como si todo fuera pupila?

—No, como si a alguien se le hubiera olvidado que debían tener un color. Son demasiado negros. —Resopla e intuyo que la he vuelto a perder. Pruebo de nuevo—: Además, parece que llevara años sin peinarse y, a la vez, es como si acabara de salir de la peluquería. Es imposible que esos rizos rubios…

—Espera —me interrumpe de golpe. Se gira hacia mí, horrorizada, y durante un segundo pienso que al fin he conseguido que entienda que nos enfrentamos a un problema. Hasta que dice—: ¿Es rubio? ¿Cómo cojones va a ser rubio un demonio? Si hicieras caso a mis recomendaciones literarias, sabrías perfectamente que un demonio debe tener el pelo negro. Mile, escúchame —suplica cuando me quito las gafas para masajearme el puente de la nariz—, soy monsterfucker, sé de lo que hablo. He leído la suficiente fantasía guarra para…

—Tengo pruebas —la corto—. Todo empezó hace catorce días, cuando coincidí con él en el ascensor.

hellfriend-4

FASE PRELIMINAR:

RECOPILACIÓN

DE PRUEBAS

No existe nada bueno ni malo;

es el pensamiento humano el que lo hace parecer así.

WILLIAM SHAKESPEARE,

Hamlet

hellfriend-5

ARTÍCULO 2

CUANDO TU ROPA INTERIOR NECESITA ACOLCHAMIENTO EXTRA

7 de julio, 19.38

La primera vez que lo vi, mis bragas estaban llenas de papel higiénico de mala calidad.

La regla se me había adelantado, así que, cuando me bajó estando todavía en la oficina, no tenía a mano mi copa menstrual. Mis opciones se reducían a: pedirle una compresa a la única persona que seguía trabajando a esas horas (el resto había hecho uso de la bendita jornada reducida que tenemos durante los meses de verano), que resultó ser el incompetente de mi jefe, o ir a comprar lo necesario a la tienda de la esquina. Dado que el señor Roig se toma muy a pecho vulnerar los derechos humanos (en particular) y ser completamente deleznable (en general), ni siquiera lo intenté. Por cierto, cuando digo que mi jefe estaba trabajando me refiero, por supuesto, a que estaba en su despacho viendo a saber qué en el móvil (probablemente tiktoks de mujeres mucho más jóvenes que él). Al final, fui al baño y resolví enrollar un montón de papel higiénico, colocármelo en las bragas a modo de compresa y esperar que hiciera el apaño hasta que llegara a casa.

Al margen del percance menstrual, había tenido un día espantoso. En el despacho seguían sin procesar que soy abogada júnior, lo que implicaba que me encargaran tareas que poco o nada tenían que ver con mi formación. ¿Las de esa jornada? Desatascar un inodoro con la fregona, organizar una fiesta de cumpleaños para la hija de alguien y arreglar la fotocopiadora.

Hecha la aclaración, entenderás por qué entré en el portal de mi edificio con la paciencia en números rojos y avancé con las piernas ligeramente combadas. También entenderás por qué me detuve de golpe al ver que el ascensor ya estaba ocupado por una persona. ¿Me avergonzaba por tener la regla? Nada más lejos de la realidad. ¿Me apetecía compartir un espacio reducido con alguien al que no conocía mientras mantenía los muslos lo más separados posible para que dejaran de escocerme por el roce? En absoluto.

«Espero a que él suba y vuelvo a llamar», decidí.

«Voy a hacerte sentir increíblemente incómoda y lo voy a disfrutar», decidió él.

Las puertas de metal ya se estaban cerrando cuando las detuvo de golpe extendiendo una de sus piernas.

No me gustó. Ni la actitud ni ninguna de las otras cosas que percibí ese día de él. Odié el modo en el que permanecía apoyado contra el espejo, con el cuerpo encorvado y la cabeza gacha, en la que se adivinaba una sonrisa repelente. La sonrisa, Dios. Déjame hablarte de ella. Parecía esbozada por alguien que desconocía el significado del gesto. Estaba mal, como si su dueño solo la sacara a relucir después de prenderle fuego a un bosque, atropellar a una anciana o decirle a un niño que los Reyes Magos no existen.

Cuanto más lo miraba, más crecía mi animadversión hacia él. Era el típico chico sobre el que advertirías a tus amigos diciendo algo como: «Ni se te ocurra acercarte a ese. Tiene pinta de destrozarte la vida y reírse cuando lo consiga». Y no me hagas hablar de la ropa: parecía sacado de una película mala para adolescentes de hace diez o quince años, con la camiseta de tirantes blanca ajustada, los pantalones caídos con rotos a la altura de las rodillas y las botas militares. Además, llevaba uno de esos cinturones con la hebilla enorme (¿para qué, si estaba claro que no sujetaba nada?) con la forma de tres seises. Remataba ese estilo de «Sigo creyendo que este rollo de chico malo es sexy en lugar de patético» con demasiadas pulseras y colgantes de metal, además de con varios piercings en las orejas.

La última pregunta que me hice antes de pasar al ascensor con él fue: «¿No sabe que usar gafas de sol en interiores es lamentable?».

Pulsé el botón de la quinta planta y vi que ya estaba encendido el de la sexta. No tenía pinta de ser cliente del evasor de impuestos (también conocido como Manuel Sánchez López), así que deduje que él era la persona que se había instalado en el sexto B, la casa que hay justo encima de la que compartimos Lina y yo. Me sorprendía, ya que el piso en cuestión había estado un par de meses de reforma y los muebles que habían circulado por el portal parecían caros, mientras que él daba la impresión de no tener donde caerse muerto.

Supe, sin ningún género de dudas, que iba a ser un vecino insoportable. Ni siquiera necesité que abriera la boca y me lo demostrara. De todos modos, lo hizo.

Giró la cara hacia mí, con esa sonrisa tan incorrecta alzándole más una comisura que la otra, y colocó un dedo sobre la montura negra de sus gafas. Se las bajó hasta la mitad del puente de la nariz y me observó, desde los tacones hasta la raíz del pelo y vuelta a empezar. Tuve un escalofrío no por sentirme violenta, como me ha sucedido más veces de las que me gustaría, tampoco por la anticipación de estar siendo escrutada por alguien que te atrae. Fue como si esos ojos muertos me susurraran: «Sé cómo son tus sueños, y también tus pesadillas, ¿cuáles quieres que empiece a cumplir?».

Antes de transcribir lo que me dijo, permíteme otro inciso sobre su físico que me desagradó. Sentí que ese chico, que debía de tener un par de años menos que yo (en torno a veintitrés), era perfecto y todo lo contrario. Parecía que alguien le había dado vida a una estatua de mármol exageradamente alta, olvidándose de rellenarla de lo importante. ¿Pómulos? De diez. ¿Labios? Increíbles. ¿Alma? No nos queda material, dejadlo como está.

La gente tan guapa me aburre, más cuando no posee ni un maldito defecto al que aferrarse. Me resulta irreal e incómoda. Hasta su pelo, un par de tonos más oscuro que el mío, parecía haber sido diseñado por alguien que no entiende el funcionamiento del cabello humano. Porque estaba alborotado, con los rizos cayéndole sobre la frente y curvándose a la altura de la nuca, pero había una intencionalidad clara en todo ese desorden.

Volviendo al tema, esto fue lo que me dijo:

—¿Te apetece venir a mi casa?

No sé qué me molestó más, si la insinuación o el tono de su voz. No es que se arrastrara, tal y como hace la de Lina, es que reptaba. Era fría y suave y otro montón de adjetivos que me hicieron pensar en una serpiente recorriéndome la piel.

Volvió a subirse las gafas y acentuó la sonrisa. Se notaba que daba por hecho que aceptaría su ofrecimiento. Me he cruzado con varias personas como él, de esas que creen que bastan un par de atributos físicos para que el resto del mundo caiga rendido a sus pies suplicando su compañía. De las que piensan: «Sé que deseas cualquier nimiedad que te ofrezca, no olvides darme las gracias cuando lo haga».

—No —contesté con sequedad y la vista fija en el panel que marcaba las plantas por las que pasábamos.

—¿Por qué?

Me volví hacia él sin esforzarme lo más mínimo en disimular mi asco. Lina opina que se me nota demasiado cuando algo no me gusta, que levanto ligeramente el labio superior y se me hinchan las fosas nasales, que debería trabajar en ello. No estoy de acuerdo: fingir cordialidad con gente que considero que no se la merece es una pérdida de tiempo y energía.

—Porque me repugnas.

En lugar de tomárselo a mal, como esperaba, se rio por lo bajo. Gracias a ello, comprobé que también me irritaba la forma de sus dientes (rectos, blancos, de anuncio).

Paró de reír en el tercer piso y volvió a bajarse las gafas cuando lo dejamos atrás. Entonces, se fijó en mí de forma distinta. Con la sonrisa más sutil y la lengua acariciándole la comisura izquierda de la boca.

—¿En serio? —respondió, en absoluto molesto—. Todavía no he hecho nada para ganármelo, pero dame tiempo. Por cierto, soy Bel. —Extendió una mano que ignoré y que utilizó a los pocos segundos para sacarse algo del bolsillo. Un váper. Pulsó el botón de encendido del aparato y preguntó—: ¿Cómo te llamas?

—No es asunto tuyo.

Llegábamos al quinto, al fin.

—Ya lo creo que sí. —Se inclinó para añadir cerca de mi oído—: Me gusta saber el nombre de la gente con la que voy a follar.

Resoplé, furiosa, y salí del ascensor pisando con fuerza.

Antes de que las puertas volvieran a cerrarse, lo vi riéndose y exhalando una bocanada de humo que olía a fresa.

—Hasta la próxima, vecina.

hellfriend-6

LA DEFENSA (1)

21 de julio, 14.20

LA DEFENSA: Mile, ¿crees que nuestro vecino es un demonio porque está demasiado bueno?

LA ACUSACIÓN: No seas ridícula, Lina. Mira los detalles.

LA DEFENSA: ¿Cuáles? ¿Que, por la descripción, parece un jugador de baloncesto que ha sufrido años de ortodoncia? ¿Que estabas de mal humor por el día de mierda que tuviste y lo pagaste con el pobre chico?

LA ACUSACIÓN: Céntrate. ¿Te has fijado en la pinta?

LA DEFENSA: Sí, una bonita mezcla de badboy y fuckboy. De manual, vaya. He leído unos doscientos libros con protagonistas así. Está algo pasado de moda, pero tampoco es sorprendente. Estas cosas acaban volviendo.

LA ACUSACIÓN: ¿Y la salida de tono?

LA DEFENSA: ¿Que quiera retozar contigo? No sé, Mile, yo también he pasado por eso y nací en Algete, no en el Infierno. Sí, debería haberte preguntado el nombre antes, pero mola la gente que no se anda por las ramas.

LA ACUSACIÓN: Eso no es no andarse por las ramas, es arrancar el árbol de raíz y lanzártelo a la cabeza. ¿Y el nombre? ¿Bel? Es obvio que viene de «Belcebú».

LA DEFENSA: O «Belarmino». Puede ser uno de esos nombres artísticos que te pones al empezar tu carrera y del que luego no puedes deshacerte. Como Pitbull. El tío es DJ. En serio, ¿piensas que no es humano?

LA ACUSACIÓN: No. Las pistas estaban ahí, ahora lo veo, pero no me di cuenta tan pronto. Sigo contándote.

hellfriend-7

ARTÍCULO 3

CUANDO JODER AL PRÓJIMO SE CONVIERTE EN EL MODUS OPERANDI

10 de julio, 11.46

Llevaba nueve meses trabajando en Roig e Hijos y me enorgullecía poder decir que no había faltado jamás. Rompí la racha por culpa de Lina y su «¡Te juro que no sabía que la salsa de soja lleva gluten!». Por lo general, yo era la encargada de hacer la cena, pero, con la excusa de su cumpleaños, la noche del 9 de julio se empecinó en cocinar ella.

Si has conocido a alguien con celiaquía, te haces una idea de por qué no pude abandonar mi casa (mi baño, concretamente) hasta el día siguiente.

Llamé a la oficina a primera hora y le pedí por favor a mi jefe que me dejara teletrabajar. Roig hijo (Roig padre se prejubiló un año antes de que yo entrara en el despacho y apenas se le veía por allí) me contestó: «Cómo cojones vas a hacer fotocopias y cafés desde tu casa, Milena, no seas ridícula. Mañana te quiero aquí con un justificante médico».

Hasta que me crucé con Bel, este hombre tenía el dudoso honor de ser la persona de mi entorno a la que más odiaba. Es vago, incompetente, déspota y crápula. A Lina, que lo ha visto un par de veces cuando ha ido a buscarme al trabajo, le gusta añadir que también es atractivo. «Deberías enrollarte con él, ni siquiera hace falta que te caiga bien. Los romances de oficina son supersexis, ¿te leíste ya Mi jefe, el seductor? Te lo dejé hace meses, tía, dale una oportunidad».

La cuestión es que llevaba toda la mañana dando vueltas por mi casa como un animal enjaulado. Lina se había marchado a primera hora para hacerle un reportaje fotográfico a una embarazada y mi estómago había decidido, al fin, concederme una tregua.

No es que no tenga aficiones. Me gusta trabajar (me refiero a trabajar de verdad, no a eso que me obligaban a hacer en el bufete), pero también sé disfrutar de mi tiempo libre. El problema era que ya había leído ese libro del que todo el mundo habla (un intento de thriller que me pareció absurdo) y había ordenado la casa. Sí, incluso las cosas de Lina. En ese momento, su mesa estaba impoluta, su ropa donde correspondía y sus Converse colocadas siguiendo una escala cromática.

Me senté en el sofá y me examiné buscando algo que hacer. Tenía las uñas perfectas: largas, con el esmalte inmaculado, sin cutículas fuera de su sitio. No me había alisado el pelo porque no iba a salir, así que, en lugar de llegarme a la cintura, era una masa anárquica de rizos diez centímetros más corta. Aunque no tenía sentido que me ocupara de él si me iba a volver a duchar a la mañana siguiente, estuve a punto de hacerlo para matar el tiempo.

Sin embargo, él entró en escena.

Di un respigo del susto cuando la música empezó a tronar a través del techo. Juro que todas las paredes del edificio temblaron. Era algo espantoso, una sucesión de golpes graves y repetitivos. Lo típico que te ponen en determinadas discotecas y solo eres capaz de disfrutar si te has tomado más de cinco copas o si tienes problemas de oído.

Lo peor es que los mismos patrones volvían a empezar una y otra vez. Después de veinte minutos me quedó claro que la cosa iba para largo, por lo que decidí salir de casa y subir hasta la sexta planta. Tal y como sospechaba, la música provenía del vecino nuevo: Bel.

Llamé al timbre una vez. Dos. Cinco. Perdí la paciencia y a la décima decidí aporrear la madera con el puño hasta que la tortura acústica se detuvo y aquel impresentable abrió.

La casa que distinguí al otro lado era muy diferente a la mía. Estaba completamente reformada, decorada con muebles negros y tiras de led rojas en el techo. En el suelo, de madera grisácea, había un montón de cables que conectaban una mesa de DJ a la corriente.

De pronto, un gato salió disparado por la puerta, saltó hacia mis brazos y me miró con sus enormes ojos ambarinos y una alita de pollo a medio comer en la boca. Era grande, peludo y blanco. De esos que tienen el hocico chato y cara de mal humor.

Necesité un momento para asimilar a Bel o, siendo honesta, mi reacción al escrutarlo desde abajo hasta arriba. Me explico: estaba descalzo y solo llevaba unos pantalones de chándal negros, muy pero que muy caídos. ¿Por qué no se los ataba para dejarlos a la altura correcta o se los compraba de su talla? ¿Estaba utilizando calzoncillos, al menos? Un punto concreto de su anatomía me hacía pensar que no. Mis ojos siguieron ascendiendo, tropezándose con un montón de músculos que parecían haber sido diseñados con escuadra y cartabón, hasta que se fijaron bien en el tatuaje.

Eran dos circunferencias, una dentro de la otra, y en el interior de la más pequeña había un pentagrama. Cada una de las puntas de este acababa en un símbolo, colocado en el espacio de unos cinco centímetros que había entre los círculos. La parte más alta del tatuaje empezaba a mitad del pecho y la más baja acababa justo encima del ombligo.

Volví a sentir desagrado. No solo porque pareciera el rey de los modelos de Abercrombie o llevara en la piel un diseño a todas luces satánico, sino porque, cuando se agarró del dintel y se inclinó hacia mí, no pude contener un escalofrío. En el momento en el que se mordisqueó el labio inferior sin perder esa sonrisa horripilante, deseé salir corriendo (con el gato en brazos) y meterme inmediatamente en la ducha. No tenía claro para qué, solo que ahí estaría mucho mejor.

—Sabía que volverías —siseó—. ¿Y bien? ¿Te apetece entrar?

Estaba tan asqueada que el corazón se me instaló en la garganta. Como se acercara un poco más, acabaría por vomitárselo en la cara.

—No deberías dejar que hiciera eso —me advirtió, señalando al gato con un gesto de cabeza. Miré hacia abajo para ver a qué se refería. No sé cómo explicarlo de forma elegante, así que ahí va: me estaba amasando las tetas mientras ronroneaba, con el pollo asomando todavía entre los dientes. Bel soltó una risita que se me clavó hasta en la última vértebra y añadió—: Qué cabrón eres, Mam… Mamón.

—¿Disculpa?

—Hablo con él.

—¿Tu gato se llama «Mamón»?

En lugar de responder, agarró al animal de la piel sobrante del cuello, lo apartó de mí y le quitó la alita de la boca. Ignoró sus bufidos e intentos de zarpazos manteniéndolo a una distancia prudencial.

—Pórtate bien o te castro, capullo. Y deja de robarme la comida. —Volvió a centrar su atención en mí—. ¿Qué es lo que le ha pasado a tu pelo?

—Suelta al gato y baja el volumen de la música —le exigí, ignorando su pregunta.

—¿O qué?

—O te denunciaré por maltrato animal y por el ruido.

Volvió a hacer aquello de la lengua, lo de pasársela por una de las comisuras.

—Solo lo estoy sujetando. Y son las doce de la mañana, puedo hacer el ruido que me salga de los cojones.

—Según la Ley de Propiedad Horizontal, no puedes superar los treinta y cinco decibelios.

Lo sabía perfectamente porque lo había consultado antes de decidirme a subir. En lugar de preocuparse por mis conocimientos legales, se encogió de hombros.

—A esta hora todo el mundo está trabajando. ¿Por qué no lo haces tú? El otro día parecía que volvieras de ordenar libros en la biblioteca —dijo aquello de una forma muy concreta, como si fuera una especie de fantasía erótica y no un empleo perfectamente digno—. Hoy también vas de beis. ¿Es un pijama? Jamás he visto ropa tan aburri…

—Me es indiferente —lo corté—. Baja la música o llamaré a la policía.

Acabé llamando, ese día y los dos siguientes. No sirvió de nada porque, de algún modo, Bel conseguía saber cuándo iban a aparecer los agentes para medir el ruido, así que dejaba de hacerlo hasta que volvían a irse.

Intenté explicarle este modus operandi a la policía, sugiriéndoles que se escondieran en mi piso para comprobar que mi denuncia tenía fundamento. También les dije que Bel delinquía con premeditación y alevosía (empezó a llamar a mi puerta para asegurarse de que ya había vuelto del trabajo antes de poner la música a tope), y que eso debería contar como agravante en su futura condena. Incluso traté de contactar con otro vecino para que testificara a mi favor, pero resultó que los del séptimo eran demasiado mayores para poseer una capacidad auditiva que reforzara mi queja, y que Manuel Sánchez López, el traficante de aguacates, debía de estar en el ajo porque declaró que no escuchaba nada raro (intuí que no quería meterse en líos con la policía y estuve a punto de informar de sus trapicheos por despecho).

El resultado fue que los agentes me pidieron de malas formas que dejara de molestarlos con «riñas ridículas» porque tenían «cosas mucho más importantes de las que preocuparse».

hellfriend-8

LA DEFENSA (2)

21 de julio, 14.48

LA DEFENSA: Me vas a decir que es un demonio porque tiene un pentagrama tatuado en el pecho, supongo.

LA ACUSACIÓN: Reconoce que es sospechoso.

LA DEFENSA: Mile, no jodas.

LA ACUSACIÓN: Igual que su insistencia en hacerme la vida imposible. ¿Por qué, si no, empezó a asegurarse de que estuviera en casa antes de hacer ruido de nuevo?

LA DEFENSA: ¿Porque le dijiste que te repugnaba? ¿Porque es infantil? ¿Porque quería una excusa para volver a verte? ¿Porque se cree eso de que del odio al amor hay un paso? Hay muchas posibilidades. Lo que pasa es que te ha puesto cachonda y no sabes qué hacer.

LA ACUSACIÓN: ¿Disculpa? Sé qué hacer cuando alguien me resulta atractivo, y te aseguro que no es el caso.

LA DEFENSA: Ah, ¿no? Entonces, ¿por qué me has descrito sus abdominales durante cinco minutos y has hecho hincapié en que no usa calzoncillos y se le marcaba la poll…?

LA ACUSACIÓN: No tergiverses. Lo que he dicho es que es desagradable que sea tan…

LA DEFENSA: ¿Buenorro?

LA ACUSACIÓN: Irreal.

LA DEFENSA: Tengo ganas de cruzarme con su irrealidad…

LA ACUSACIÓN: Te recuerdo que no te gustan los hombres.

LA DEFENSA: ¿Y? A ti sí. Quiero ver lo que te mola.

LA ACUSACIÓN: Él no. Pero continúo. Fue lo que ocurrió después lo que me hizo darme cuenta de que es un demonio.

hellfriend-9

ARTÍCULO 4.1

CUANDO TE CUESTIONAS LA LEGALIDAD DE LAS ORGÍAS

15 de julio, 23.07

Llamar a la policía estaba descartado. Y no porque no tuviera razón: con independencia de que fuera sábado, era imposible que el volumen de esa agonía (también conocida como «música electrónica») entrara dentro de los decibelios permitidos para alguien que vive en sociedad. El problema era que, si mi vecino hacía lo de siempre y la quitaba cuando llegaran los agentes, terminarían multándome a mí.

Podría haberme puesto los cascos para que el ruido no me molestara mientras repasaba mis partes favoritas de El abogado del diablo. Sin embargo, las ganas de cantarle las cuarenta me abrasaban las tripas. Por eso, me calcé las zapatillas de andar por casa y subí el tramo de escaleras que nos separaban.

Al llegar a su puerta, resoplé al leer el cartel que había colgado en ella («Sodoma y Gomorra 2.0»). Pulsé el timbre y, en esa ocasión, solo necesité un par de intentos para hacerme oír.

Creí que estaba preparada para volverlo a ver. A todo se acostumbra una, por muy incómodo que sea. Si me equivoqué fue porque me recibió de una guisa distinta a lo habitual. Ni pantalón de chándal demasiado caído ni camiseta de tirantes ajustada.

Desnudo. Completamente desnudo.

hellfriend-10

LA DEFENSA (3)

21 de julio, 15.26

LA DEFENSA: ¡¿En serio?! Joder, me encanta. ¿Cómo la tiene?

LA ACUSACIÓN: Lina, eso no es lo importante.

LA DEFENSA: Para las personas que disfrutamos del sexo con penetración a veces lo es. ¿Era enorme? Dime que sí.

LA ACUSACIÓN: Lo que te estoy intentando explicar es que…

LA DEFENSA: Me la estoy imaginando y es descomunal, me da igual lo que me digas. Nuestro vecino, el hipotético demonio, tiene un pollón.

LA ACUSACIÓN: Tenía el gato delante.

LA DEFENSA: ¿Se estaba tapando la minga con Mamón? Voy a gritar. Te juro que voy a ponerme a gritar a muchos más decibelios de los que permitís la sociedad y tú.

LA ACUSACIÓN: Sigo.

hellfriend-11

ARTÍCULO 4.2

CUANDO TE CUESTIONAS LA LEGALIDAD DE LAS ORGÍAS

15 de julio, 23.15

Como iba diciendo, Bel estaba completamente desnudo y, ahora sí, añado que tenía al gato sujeto a la altura del pene, por lo que no fui capaz de calcular su tamaño. Algo que me dio exactamente igual porque está lejos de interesarme.

De hecho, hubo momentos en los que podría haber mirado. Como cuando el animal se revolvió, lo arañó en el muslo y él lo soltó después de un «¡Cabronazo, lo has hecho aposta!». Tardó unos segundos interminables en cubrirse con una mano, los mismos que necesitó para desfruncir el ceño y esbozar su sonrisa habitual.

—¿Te animas? —invitó, haciendo un gesto de cabeza para señalar el interior de la casa.

Las luces rojas estaban encendidas, así que distinguí demasiado bien lo que pasaba dentro. Había multitud de personas y en total no sumaban la cantidad de ropa necesaria como para que una sola saliera a la calle sin que la detuvieran por escándalo público.

—¿Me estás invitado a una orgía? —inquirí con desprecio.

—Si lo de compartir no es lo que te va, podemos ir a mi habitación. Aunque yo sugiero probar ambas cosas. Nunca se sabe.

¿Las orgías eran legales? Jamás se me había ocurrido buscarlo.

—¿Has venido para que deje de hacer ruido? —insistió, con la burla brillándole en los ojos—. Porque te adelanto que tampoco follo en silencio. Eh, no pongas esa cara. Venga, si ese es tu rollo, te dejo amordazarme.

Un chico vestido con lo que solo puede describirse como un tanga de cuero y un montón de cintas del mismo material en el pecho se acercó a ver qué pasaba. Nos miró a ambos y sonrió en mi dirección antes de darle una palmada en el culo a mi vecino y preguntarle:

—¿Se apunta? Está buena.

—Eso intento —respondió—, pero me parece que le caigo mal.

—¿A quién le importa eso?

Bel se rio por lo bajo y se agachó para darle un beso casi tan largo como incómodo, sin dejar de mirarme. Después de decirle algo al oído, el otro volvió al interior y empezó a… Aparté la vista a toda prisa.

—¿No te gusta el sexo? —Había más curiosidad que mofa en su voz.

Sopesé no contestarle. Si lo hice, fue porque quería dejar claro que no pensaba acostarme con él no porque no me interesara el acto en sí, sino porque era él el que no lo hacía.

—Sí que me gusta —dejé de mirarle los labios cuando se pasó la lengua por la comisura y me centré en sus cejas, varios tonos más oscuras que el flequillo que las tapaba parcialmente— y, a pesar de todo, sigues dándome asco. Haz el favor de volver a cubrirte, tenemos que dejar clara una cosa.

En lugar de hacerme caso, cruzó los brazos y se apoyó contra el dintel.

—Puedes mirar, no me importa. Y no hay nada de lo que hablar: por mucho que tuerzas la boca o repitas que es ilegal, no voy a quitar la música. Porque estoy dando una fiesta, como ves, aunque no quieras fijarte en sus magníficos detalles, y porque me gusta joder en el sentido más amplio de la palabra. Ahora bien… —Se inclinó en mi dirección y comprobé que olía a fresas y humo. Bajó la voz y, pese al ruido, sus palabras se deslizaron hasta mis oídos sin problema—. Me encantan los tratos, ¿hacemos uno? Lo que te propongo es lo siguiente: echo a todo el mundo, cambio el techno industrial por cualquier otra cosa que te guste, o nos quedamos en silencio, me da igual, y te tomas una copa conmigo. ¿Y bien?

Intenté imitar sus gestos aproximándome a su oreja. Sin pretenderlo, mi mejilla rozó la suya y, por muy fresca que tuviera la piel, no justificaba que se me erizara el vello, algo que acabé achacando al odio.

—No quiero hacer nada contigo. Ni tomarme una copa, ni hablar, ni respirar el mismo aire, así que deja de ponerte en evidencia y termina la fiesta o hazla en silencio.

—¿Y si me niego?

—Conseguiré que te arrepientas.

Cuando me separé, tenía una ceja levantada y la sonrisa más torcida que nunca.

—¿Cómo te llamas? —volvió a preguntar—. Si me lo dices, quito la música. ¿No me crees? —Miró hacia el techo con una mueca extraña antes de añadir—: Te lo juro por Dios.

No quería darle mi nombre, más por cabezonería que por otra cosa. En ese punto, a pesar de no fiarme de él, todavía no pensaba que fuera alguien peligroso. De todos modos, por probar no perdía nada.

—Milena.

La carcajada me sorprendió. Se agarró al quicio de la puerta, con la boca y los ojos muy abiertos. A diferencia del resto de las cosas que tenían que ver con él, esa forma de reírse no me pareció desagradable. ¿Estruendosa? Quizá. Pero natural. Viva.

Le llevó un buen rato parar, tiempo que aproveché para reponerme y volver a observarlo con desdén.

—¿Sabes lo que significa tu nombre? —preguntó al fin.

—No.

—Deberías buscarlo. Buenas noches, Milena.

Me cerró la puerta en las narices. Esa fiesta que había jurado terminar si le decía cómo me llamo continuó hasta las tres y diecisiete de la madrugada. Al menos, la parte de la música. Los ruidos del resto de las actividades a las que se dedicaron duraron bastante más.

Aprendí que no podía fiarme de sus promesas y decidí que, más pronto que tarde, él lamentaría no haber hecho caso de la mía.

Antes de ponerme los cascos para seguir viendo la película, busqué el significado de mi nombre en internet.

«MILENA. La mujer que es amada por Dios».

hellfriend-12

LA DEFENSA (4)

21 de julio, 15.57

LA DEFENSA: ¿Me estás diciendo que no miraste? ¿Ni un poquito, de refilón?

LA ACUSACIÓN: Te estoy diciendo muchas cosas, Lina. Pero, sí, esa también.

LA DEFENSA: Es que no me lo creo. Menudo desperdicio. La próxima vez que moleste, subo yo a quejarme y te cuento cómo la tiene.

LA ACUSACIÓN: Repito que no me interesa. Dejando eso de lado, ¿no ves nada raro?

LA DEFENSA: A ver, que sigas negando que te pone me parece cuando menos curioso, no te voy a engañar. ¿Por qué te acercaste para hablarle al oído, pillina?

LA ACUSACIÓN: Para que no pensara que me afectó que él lo hubiera hecho antes.

LA DEFENSA: Claro, claro. De hecho, ¿para qué subiste si sabías que no serviría de nada? Fue para volver a ver todos esos… ¿Cómo era? ¡Ah, sí! Músculos diseñados con escuadra y cartabón.

LA ACUSACIÓN: Quería advertirle de que, como no parara, se arrepentiría. Y lo hará. Pero volviendo al único tema que importa aquí…

LA DEFENSA: Las pruebas, vale. ¿Qué te hizo pensar esta vez que es primo hermano de Satanás? ¿Que tenía el culo demasiado bonito?

LA ACUSACIÓN: Dos cosas. «Sodoma y Gomorra» es una referencia bíblica.

LA DEFENSA: La conozco. Lo del pueblo ese que estaba todo el tiempo de fiesta sin hacerle ni caso a Dios o algo así.

LA ACUSACIÓN: Además, sabía lo que significa «Milena». Cuando busqué, resulta que es de origen hebreo.

LA DEFENSA: ¿Y? Quizá visita esas páginas para encontrar nombres de bebé. Si monta orgías habitualmente, no me extrañaría que necesitara unas cuantas ideas. ¿Esto es todo lo que tienes?

LA ACUSACIÓN: No, cada vez se pone peor.

hellfriend-13

ARTÍCULO 5

CUANDO EL MININO TE ACUSA DE DESPILFARRO

20 de julio, 20.11

Mi plan de pillarlo haciendo algo ilegal no estaba funcionando.

Lo primero que intenté averiguar fue su nombre completo. Pensé que, si lo googleaba, quizá encontrara pistas. Por desgracia, cuando investigué su buzón, la etiqueta solo decía «Bel y Mam, sexto B»). Era raro que incluyera a su gato (¿quién iba a mandarle correspondencia?), pero no lo suficiente como para que la policía interviniera.

Eso me llevó a hablar con el presidente de la comunidad (que resultó ser el evasor de impuestos), con el objetivo de que me facilitara los datos del dueño de la casa. Lo llamaría y le diría que la persona a la que se la había alquilado no era de fiar. Mencionaría que molestaba a los vecinos con el ruido y que organizaba orgías. Aunque esto último resultó ser una práctica lícita, estaba segura de que al propietario no le haría gracia. Me sorprendió que el propietario fuera Bel. Por lo visto, había comprado la vivienda a principios de mayo. Como Manuel Sánchez López no me quiso decir a nombre de quién (tuvo el descaro de insinuar que mi fijación por el otro hombre era sospechosa), aproveché la conversación para sonsacarle si Bel era cliente suyo. «No, pero su gato me robó una berenjena y él me la pagó. Un buen chico, de fiar, no como otras».

En este punto, me pregunté de dónde había sacado el dinero para que le concedieran una hipoteca y lo primero que me vino a la cabeza fue que debía de ser traficante (y no de aguacates). ¿Tenía la pinta adecuada? Lo desconocía, jamás había visto a uno, pero encajaba: según Twitter, los DJ no cobran demasiado a menos que sean muy famosos (¿lo era él? Quise dudarlo con toda el alma porque nadie que cree un ruido tan espantoso puede ser bueno en algo). No barajé otras opciones laborales debido a que no tenía un horario fijo para salir de casa y a que, siendo honesta, me hacía ilusión la posibilidad de que lo detuvieran por tráfico de drogas, así que me centré en esa hipótesis.

Recordé aquel aparato con el que fumaba, el váper. ¿Y si, además de vend

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos