Prólogo
Reflexiones en torno al problema de la vivienda en México
El libro que tienes en tus manos, de Carla Escoffié, es imprescindible; y de manera muy clara, amena y didáctica explica cuestiones de una gran crudeza y complejidad. El abordaje realizado por la autora desde su propia experiencia acompaña a quien lo lee, llevándole de la mano, para poder entender las cuestiones legales, económicas y sociales que hacen que no se cumpla el derecho a la vivienda y, por ende, el derecho a la ciudad. Situaciones que están en cada ciudad, en cada barrio, en cada calle y que, sin embargo, son muchas veces invisibles. O, aún peor, quienes sufren las violencias de los abusos del poder y las injusticias en el cumplimiento de derechos son en muchos casos vistos como responsables o culpables de su situación.
En España, en general, a partir de la crisis derivada de la estafa bancaria a través de las hipotecas, muchas personas perdieron sus viviendas y con ellas toda esperanza de vida mejor, acompañada de un sentimiento de fracaso personal. En 2011 —en Barcelona primero y luego en todo el Estado y a partir de la fundación, por Ada Colau y Vanesa Valiño, de la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca)— se formó una red de confianza y ayuda mutuas, en el que uno de los primeros e importantes logros fue visibilizar la violencia sistémica que se ejerce a través de la individualización del derecho a la vivienda. Diariamente recibimos el mensaje de que quien no ha satisfecho dicho derecho es culpable de su propio fracaso.
La necesaria transformación de lo aparentemente individual en colectivo y político es la base de este libro, la importancia de explicar y demostrar los continuos incumplimientos de leyes y normas que defienden el derecho a la vivienda. Para, como dice la autora, poder coordinar la narrativa política que permita nombrar los obstáculos y, a partir de nombrarlos, poder derribarlos. En el magnífico texto de Carla Escoffié resuenan, desde el inicio, historias ya escuchadas, ya experimentadas; como sucede con el ejemplo de los nómadas digitales, o —como se les llamaba antes de la pandemia— los global class, que llegan a los barrios a distorsionar realidades tan lejanas entre ellas como México, Lisboa, Buenos Aires o Barcelona. Se trata de los efectos negativos de las dinámicas globales, a través de la financiarización de la vivienda y de la ciudad, sobre cada circunstancia tan personal y local como es el acceso a ellas, a la tenencia segura; en definitiva, a ver satisfecho el derecho humano básico a la vivienda.
Como se ve a lo largo de los diferentes casos, los agentes o los detonadores de las injusticias pueden ser variados, tanto locales y cercanos como globales y lejanos, aunque sí podríamos afirmar que se trata de presiones derivadas de una especulación desmedida, que muestran en cada caso singular una capacidad ejemplarizante a nivel global. Y esta opción por explicar lo general a partir de casos concretos y particulares nos acerca a las personas que sufren los abusos, nos ayuda a sentir sus impotencias y desamparos, nos interpelan desde la empatía hacia personas concretas y no a través de números de una estadística deshumanizadora.
La autora denuncia la falta de transparencia e información respecto a quienes ostentan la propiedad, y los rocambolescos periplos en los que las personas afectadas y su red de apoyo se ven inmersas. La capacidad de incidencia y de saltarse la norma de muchas grandes inversoras hace muy difícil la aplicación de las leyes y la defensa de derechos; y no solo en México. En Barcelona desde 2015, con el equipo de gobierno de Colau y desde las secretarías de vivienda y urbanismo, dirigidas por Josep Maria Montaner y Janet Sanz, respectivamente, se han implementado varios instrumentos para defender el derecho a la vivienda y la ciudad: desde sistemas de control y vigilancia para que se cumpla con la norma de apartamentos turísticos que llevó a la cancelación de 50% del alquiler vacacional que no disponía con permisos, la creación de zonas con posibilidad o no de construir nuevos hoteles mediante el Plan Especial de Alojamientos Turísticos (PUEAT) o la implementación de una norma que obliga a la reserva de 30% de viviendas para alquiler social en toda obra nueva o de rehabilitación integral que supere los 600 metros cuadrados.
A lo largo del libro la autora se disculpa, que no sería necesario, por ahondar en cuestiones legales, como dice, de abogada, que resultan imprescindibles para entender las situaciones y comprender que desde una experiencia particular podemos descubrir los entramados construidos para saltarse normas y derechos, y que no hay nada más global y compartido que el asalto a los derechos civiles, políticos y humanos conseguidos.
Los problemas que nos relata este libro han sido reconocidos y descritos por numerosos investigadores y activistas, aunque no por ello dejan de asustarnos, alterarnos ni tampoco se evita que nos resulte necesario reclamar soluciones reales. Raquel Rolnik en La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas o Leilani Farha y Fredrik Gertten en la película documental Push o David Madden y Peter Marcuse en su libro In Defense of Housing. The Politics of Crisis son algunos de los que han denunciado y señalado a lo que nos enfrentamos. Pese a que por desgracia aún no cesan los problemas, la buena noticia es que cada vez son más las voces que los denuncian y los hacen visibles. Y en este sentido la aportación de Carla Escoffié es de gran valentía y reviste un especial valor en la focalización concreta en un país como México.
ZAIDA MUXÍ,
arquitecta y urbanista
Introducción
El deseo de nombrar para transformar
El 16 de febrero de 2022, la estadounidense Becca Sherman se encontraba de visita en la Ciudad de México. Al llegar a la avenida Álvaro Obregón en la colonia Roma, entró al pasaje El Parián, un conocido mercado turístico. Vio el pasadizo blanco que se extendía con macetas y puertas rústicas, con personas tomando café y comiendo enchiladas. Como miles de turistas al año, decidió tomar una foto. Luego la tuiteó con un mensaje que se volvería viral en pocos minutos: “Do yourself a favor and remote work in Mexico City—it is truly magical” (“Háganse un favor y hagan trabajo remoto en la Ciudad de México: es verdaderamente mágica”).
Muchas cosas distinguen a Twitter como red social, pero, definitivamente, el tacto para las discusiones no es una de ellas. Becca comenzó a recibir cientos y miles de mensajes hostiles por parte de residentes de la Ciudad de México, quienes se encuentran abrumados por la cantidad de extranjeros —sobre todo estadounidenses y europeos— que llegaron durante la pandemia para trabajar a distancia, sobre todo en zonas como la alcaldía Cuauhtémoc. Seguramente quien lee estas líneas conocerá las historias que circulan en redes sociales y en la prensa acerca de negocios en los que se les da trato preferencial injustificado a los clientes angloparlantes, así como de experiencias de prepotencia por parte de algunos de estos “nómadas digitales”, como han sido descritos por la prensa —a pesar de que ya no es posible afirmar que en su mayoría vengan solo para hacer home office.
“Rentas”, “privilegiada”, “vivienda”, “caro” y otras palabras fueron las más leídas en la retahíla de reclamos que se extendían debajo de la fotografía de El Parián que Becca había incluido en su tuit. Pero ninguna otra palabra fue más comentada como “gentrificación”.
A más de un año, la tensión social por el tema de la llegada de los nómadas digitales solo ha aumentado. En junio de 2022, circularon en redes sociales fotografías de volantes colgados en distintos muros y postes de la colonia Roma con la misma leyenda: “NEW TO THE CITY? WORKING REMOTELY? YOU’RE A FUCKING PLAGUE AND LOCALS FUCKING HATE YOU, LEAVE” (“¿Nuevo en la ciudad? ¿Trabajas a distancia? Eres una pinche plaga y los locales te odian un chingo. Vete”). La dureza del mensaje levantó una fuerte controversia en redes sociales y medios de comunicación acerca de la xenofobia y, de nuevo, la gentrificación.
Finalmente, por si esto fuera poco, el debate volvió a dispararse el 25 de octubre de 2022, cuando el gobierno de la Ciudad de México anunció que había firmado junto a la Unesco y Airbnb la “Alianza para el desarrollo, fortalecimiento y promoción del turismo creativo y los nómadas digitales”, bajo la premisa de que la llegada de estos podía ser aprovechada para la “reactivación económica”. Las redes volvieron a llenarse de críticas y ataques, y la palabra “gentrificación” nuevamente fue una de las más referidas.
La Ciudad de México se enfrenta a un debate complejo. Por un lado, es verdad que no podemos obviar el hecho de que quienes levantaron tantas pasiones son extranjeros del Norte Global, los cuales suelen ver en los países del Sur Global —como México— opciones económicas en las que pueden disfrutar de privilegios tanto implícitos como explícitos. Los contextos geopolíticos se palpan en fenómenos locales, por lo que no podemos caer en la ingenuidad de creer que se trata de “cualquier extranjero que llega”.
Existe, del otro lado, un reduccionismo que también debe evitarse: el hecho de que esas dinámicas pueden exacerbar discursos xenofóbicos que no terminarán materializándose en contra del grupo de californianos que pide dos botellas de vino y un ceviche de cangrejo a las 3:00 p. m. un miércoles en una avenida de la Roma. De desviarse la discusión —como ha ocurrido en muchas latitudes— esa indignación puede terminar recayendo en migrantes del Sur Global que llegaron a México buscando mejores condiciones de vida: desde haitianos y centroamericanos, hasta venezolanos y caribeños.
Pero este libro no busca debatir los fenómenos de la movilidad humana en la geopolítica pandémica. La historia de Becca y el letrero de la Roma es retomada aquí porque me interesa reflexionar sobre el uso de la palabra “gentrificación” en un intento por nombrar una serie de problemáticas vinculadas con el acceso a la vivienda, las cuales, desde antes de la contingencia sanitaria por el covid-19, ya eran padecidas en poblaciones como la Ciudad de México.
El concepto “gentrificación” ha sido ampliamente desarrollado por los estudios urbanos, y ha motivado álgidos debates. Surgió a partir de otro concepto, gentry, que usó la socióloga Ruth Glass para describir los procesos barriales observados por ella en Londres durante los años sesenta, marcados principalmente por las secuelas de la Revolución Industrial. Hoy día el concepto ha sido trasladado a escenarios distintos al británico para describir las dinámicas de apropiación de barrios tradicionales “abandonados” o “tirados a menos”. Sin embargo, como muchas voces han advertido, no es posible hacer un traslado quirúrgico de unas conclusiones obtenidas en un lugar y tiempo determinados a contextos tan diversos como lo son las ciudades latinoamericanas.
Según datos de Google Trends, con el paso del tiempo la palabra “gentrificación” ha sido de mayor interés en la búsqueda de noticias en el área de la Ciudad de México. Particularmente, ha generado mayores despuntes —aunque no tan frecuentes— en un periodo que coincide con los dos últimos años de la pandemia del covid-19.
Gentrificación
Proceso urbano por medio del cual se modifican las dinámicas de consumo y de uso del espacio público en un barrio tradicional. Inicia cuando un barrio o zona de la ciudad considerada “mala”, un “tugurio” o “empobrecida” es revalorada por grupos con mayor capacidad económica que la población originaria. Conforme los nuevos habitantes van llegando, las modificaciones se van dando paulatinamente. Aumentan poco a poco los costos de vida, y esto tiene como resultado final el desplazamiento de la población originaria.
En cuanto a búsquedas en general, Google Trends nos indica que esta palabra ha sido de un constante interés entre la población de la Ciudad de México, pero que evidentemente ha alcanzado mayores despuntes de búsqueda en los últimos años.
Pero, si vemos la tendencia a nivel nacional, las búsquedas confirman que en todo el país ha sido un concepto que ha despertado un interés más o menos constante desde antes de la pandemia. De hecho, la mayoría de los principales despuntes de búsqueda fueron previos a que la contingencia sanitaria acaparara los estreses y preocupaciones.
Sin embargo, algo que no se refleja en los datos de búsqueda, y que podríamos intuir por episodios como el de Becca Sherman, los letreros anti nómadas digitales en la Roma o el convenio entre el gobierno de la Ciudad de México y Airbnb, es que a partir de la pandemia los problemas relacionados con el acceso a la vivienda se han abordado con mayor tensión tanto en redes sociales como en medios de comunicación. Y, sobre todo, se abordan con una carga de posicionamiento político más explícito.
Desconozco si en la zona de El Parián en la Roma que fascinó a Becca Sherman hay un proceso de gentrificación. La historia de ese local pareciera siempre haber estado ligada a cierto estrato socioeconómico.1 Pero lo más importante: la gentrificación no es algo que ocurra en un edificio, sino que ocurre en una zona de la ciudad. Para hablar de la gentrificación de la Roma tendríamos que analizar el desarrollo histórico y social de esa colonia tan compleja, así como evaluar, por ejemplo, cómo han aumentado los precios durante un periodo concreto e identificar cómo ha sido el desplazamiento de la población original, entre otras variables.
Lo que busca este libro es reflexionar —con quien lo lea— sobre cómo interactúan nuestras necesidades con nuestros desconocimientos. ¿Por qué se menciona tanto la gentrificación al hablar de cualquier aumento de precios de renta o de conductas discriminatorias como, por ejemplo, querer rentarle “solo a gringos”? Si no es gentrificación, o si al menos no tenemos elementos suficientes para llegar a esa conclusión con base en una impresión superficial, ¿por qué ha sido la palabra más utilizada por la gente preocupada por el acceso a la vivienda en la Ciudad de México y en otras urbes mexicanas?
A mi propuesta para explicar este fenómeno podríamos llamarla el “síndrome Sherman”: las personas que habitan son bastante conscientes de los problemas habitacionales en sus barrios, colonias, ciudades y pueblos, pero uno de los principales obstáculos que enfrentan para coordinar una narrativa política en torno a ellos es no saber cómo nombrarlos. En lugares como las colonias Roma, Centro y Juárez en Ciudad de México, así como en ciudades como Guadalajara, Cancún, Querétaro, Valladolid, Puerto Vallarta, Tijuana o Ciudad Juárez, la gente sabe que se atraviesan problemas de vivienda, pero no por ello identifica sus orígenes, causas ni las principales rutas de salida. Cuando estos problemas dejan de ser vistos como un asunto meramente individual y pasan a ser entendidos como un asunto generalizado, la gente busca nombrar sus dolores para hacer de lo particular algo político. A raíz de esa necesidad se aproxima a los conceptos que le son más cercanos, aunque técnicamente no sean correctos (y no tendrían por qué serlo). En el caso de los nómadas digitales en la Ciudad de México, es entendible que la gente se haya apoyado en la palabra “gentrificación” por la popularidad que ha adquirido con el paso de los años, gracias a medios de comunicación, redes sociales e incluso series y películas. El concepto es en sí más popular que su propia definición.
Muchas personas urbanistas, arquitectas y sociólogas suelen ser muy duras con las personas no versadas en esas áreas cuando usan la palabra “gentrificación” en su intento por denunciar los problemas de vivienda y ciudad que enfrentan. Cuando ocurrió el tuit de Becca Sherman, algunas voces de la academia lamentaron que un fenómeno que llevan estudiando durante décadas se estuviera “banalizando” en el debate público. “Pronto van a llamarle gentrificación a pagar con un billete de 500 pesos”, se leía en un tuit. Y tienen razón, hasta cierto punto. Es una realidad que no podemos catalogar todo como gentrificación. La gentrificación no es sinónimo de remodelación o de “afresamiento”. Lo que yo no comparto es el enfoque y el tono de su crítica.
El síndrome Sherman puede responder a distintas causas. Las discusiones académicas no llevan por sí mismas a una democratización de los debates. Si algo he aprendido en el tiempo que llevo trabajando temas sobre derecho a la vivienda y a la ciudad, es que las personas involucradas en el debate académico somos expertas en producir materiales de consumo para nosotras mismas. Con honrosas excepciones, no hemos sabido comunicar, ni siquiera difundir. Por eso mucha gente puede percibirlos como temas meramente teóricos, ambiguos, inaccesibles y que no contribuyen a mucho más allá de la autosatisfacción intelectual. Muchos incluso los ven con miedo, como si fuera información a la que no pueden o no debieran acercarse. Y eso es una enorme pérdida, tanto para la academia como para la lucha política. En lugar de asumir una posición meramente regañona, debemos ver la posibilidad de compartir y socializar algunas reflexiones que ayuden a problematizar el contexto actual. Y no por un tema de exquisitez teórica, sino para consolidar una exigencia social.
Controversias como el tuit de Sherman son oportunidades únicas para que lo trabajado por décadas pueda ser explicado, difundido y democratizado. Creo que esa tarea es una responsabilidad política para quienes nos dedicamos a la academia y al activismo. Es en el marco de estas reflexiones que surge este libro.
SOBRE ESTE LIBRO
De alguna manera, este libro se ha ido construyendo a lo largo de los años tras conocer de casos relacionados con el derecho a la vivienda y de distintas reflexiones que he compartido con víctimas, colegas y amistades. Pero, particularmente, los últimos años marcados por la pandemia fueron determinantes para que este proyecto agarrase forma definitiva. Decidí que debía ser una publicación que ofreciera una vista panorámica y generalísima de la compleja problemática de la vivienda en México. Pero también quería que la forma de exponerla fuera dinámica, al mismo tiempo que ayudara a dar una idea acerca de lo inabarcable que este asunto puede llegar a ser. Es por esto por lo que estructuré este libro mezclando dos elementos que en mi historia personal me han servido para comprender mejor el mundo: la cartografía y la narrativa.
De pequeña uno de mis libros-juguetes favoritos eran los atlas. Sabía que las imágenes y la información sobre cada país que venía en sus anexos eran apenas un fragmento de la inabarcable realidad. Me fascinaban no porque contuvieran el todo real, sino porque estimulaban mi capacidad de comprender la magnitud de este planeta —relieves, mares, montañas, llanuras, fronteras, religiones, idiomas e historias— a través de un contenido simplificado. Los mapas reflejan, pero no nos revelan todo, para que la sed nos incite a conocer aún más. Como evidenciaba Borges en un cuento, un mapa de tamaño real pierde su objetivo. Su grandeza está en lo que nos permite ver con fidelidad, pero a escala. Por eso pensé en este libro como una especie de atlas. Elegí cinco ciudades: Mérida, Campeche, Ciudad de México, San Luis Potosí y Monterrey, que nos ayudarán a mirar una maqueta sobre las realidades que enfrentamos, así como algunas de las caras de las violaciones al derecho a la vivienda. Cinco ciudades son apenas unas páginas de un atlas más grande llamado México, con un problema de vivienda complejo, bestial y multifactorial. Pero esas cinco paradas pueden armar una ruta que nos lleve a entender lo que implica hoy hablar del derecho a la vivienda en el país.
También crecí con muchas narrativas: desde los cuentos de mi abuela para dormir, pasando por las parábolas bíblicas, atravesando los cuentos de Edgar Allan Poe. Creo que las historias son una de las mejores formas de aprender, comprender y empatizar. Hoy día mis clases de derecho constitucional en la Facultad Libre de Derecho de Monterrey se basan en leer sentencias para aprender el derecho a partir de situaciones reales. Alguna vez Ximena Medellín, abogada y académica a la que admiro, me dijo que las sentencias tienen potencial pedagógico porque capturan el interés a partir de las historias que cuentan. Entre bromas, las caracterizó casi “como chismecitos”. Con este libro quiero narrar los conflictos, no solo describirlos y definirlos. Las cinco ciudades elegidas son también espacios en los que he podido recopilar anécdotas de primera mano, principalmente por el acompañamiento de casos judiciales que realicé como activista de derechos humanos. Además, me parece justo darles espacio a esos relatos de los cuales yo pude aprender y con ello comprender mejor el panorama de la vivienda. Si estas experiencias tuvieron ese potencial de evidenciarme realidades a veces inimaginables, estoy segura de que podrán hacer lo mismo con las personas que lean este libro. Espero que la forma en que las narro haga justicia a los problemas humanos, tan difíciles de simplificar en unas cuantas páginas.
En resumen, este libro se esfuerza en ser muy narrativo (de ahí que me dé licencia de narrarme a mí misma por momentos) y también muy cartográfico en su estructura. Cada ciudad delineará un capítulo que se centrará en un problema y contará algunas de sus historias: en Mérida, la especulación inmobiliaria; en San Francisco de Campeche, los megaproyectos; en la Ciudad de México, los derechos inquilinarios y los desalojos forzosos; en San Luis Potosí, la discriminación; y en Monterrey, los asentamientos precarios y el derecho a la ciudad.
Este libro terminó llamándose País sin techo porque me parece que confronta una idea que resulta básica tanto en la ética como en la teoría política: las ciudades son para ser habitadas. Requieren que su población tenga un hábitat donde desarrollar su vida, su intimidad, el comercio, los asuntos políticos y la cultura. Por supuesto que las cinco ciudades elegidas no logran representar un país tan diverso como México, y los cinco temas no logran agotar todo el contenido del derecho a la vivienda.
Ojalá estas páginas puedan ser un punto de partida para las personas que se preocupan por el tema de la vivienda, para entender cuáles son los actores, los factores y las dinámicas que hacen que nuestras ciudades sean cada vez más inhabitables: cada vez más caras, más hacinadas, más distantes, más precarizadas, con menos servicios y con espacios cada vez más segregados. Pero sobre todo quisiera que este recorrido no fueran unas vacaciones temáticas, sino una experiencia que detone el interés por seguir profundizando y conociendo el complejo problema de la vivienda. Escribo estas líneas con ánimos de hacer un encuentro a la distancia, porque creo que el peor error que hemos cometido es no ver estos temas como parte de la agenda pública, sino como meros asuntos aislados, atomizados y marginados entre particulares.
Un temor constante al redactar estas líneas fue el de caer en una dinámica de extractivismo académico. Para evitarlo, se les pidió permiso a las personas involucradas para que sus casos aparecieran en el libro. También se les hizo llegar previamente el apartado donde se narran sus historias. En algunos casos, a solicitud de las víctimas, se omitieron sus nombres, o bien se cambiaron por seudónimos para proteger su identidad. Además, solo se incluyeron casos en los cuales no les cobré honorarios a las personas afectadas por el acompañamiento legal que proveí. Si logré o no evitar ese extractivismo, será veredicto de la crítica. Por el momento, es indispensable que la lectura de este libro inicie con esta aclaración, quizá obvia, pero no por eso innecesaria: quisiera que en este libro se me entienda como una simple narradora, porque todo el conocimiento que expongo es, en su aplastante mayoría, de las personas, comunidades, barrios y colectivos que se mencionan en cada capítulo. Lo que sé sobre el tema es, en gran medida, gracias a la posibilidad de coincidir con estos casos que conforman la columna vertebral del libro.
Antes de concluir esta introducción y entrar en materia, quiero hacer un breve comentario acerca del capítulo 0, el cual consiste en breves anotaciones sobre el derecho a la vivienda. En el mundo occidental solemos pensar en el 0 como un vacío, la representación de la nada. A partir del 1, la realidad se va agregando hasta el infinito. Según esta visión, el recorrido numérico sería progresivamente acumulativo. Pero en otras latitudes es al revés: el 0 es entendido como el todo —su propio signo circular denota esa totalidad—. Los números que lo suceden son la cantidad de formas en las que dividimos y separamos el universo para poder observarlo y entenderlo mejor. Si decimos que usted tiene un libro entre sus manos es porque separamos ese objeto del todo para prestarle mayor atención. Si decimos que tenemos dos libros en mano, nuevamente, hemos decidido fragmentar para entender parte del todo. Desde esta lógica, la numeración sería progresivamente fragmentaria.
La capitulación del libro se concibió desde esta segunda perspectiva. El capítulo 0 hablará del derecho a la vivienda como concepto, como el todo. Su objetivo es ser un breve espacio para que la persona lectora y yo lleguemos a un acuerdo. Expondré cómo entiendo este derecho a manera de transparencia, no necesariamente para convencerle. Ya con eso, la relación que tengamos a lo largo de la lectura será más honesta, porque sabrá desde qué puntos conceptuales estoy partiendo.
Ahora sí, concluyo este zaguán introductorio para que pasemos a nuestro recorrido.
1 No me interesa hacer un escrutinio histórico de El Parián en este trabajo, pero de lo poco que pude conocer es que fue construido por el ingeniero jalisciense Alberto Robles Gil, proveniente de una familia de alcurnia, y que lo adquirió en 1899. La idea original era que fuese una casa para su esposa e hijos. Tras la muerte del ingeniero Robles Gil, el edificio pasó a ser ocupado por comercios a finales de los años treinta. Posteriormente, por un tiempo sí albergó algunas viviendas y comercios populares. Por lo menos, estos pequeños datos nos reflejan que no siempre es tan fácil determinar cuándo ha habido un proceso estrictamente de gentrificación en lugar de otros más complejos e incluso innominados.
LAS BATALLAS INTERNAS DE LAS PALABRAS
Una vivienda no es una casa, de la misma forma en la que una escuela no supone en sí la educación o un hospital no conlleva por sí solo la salud de las personas. Incluso la educación se da en espacios ajenos a las aulas, y la salud también puede garantizarse fuera de los sanatorios. Lo mismo ocurre con el derecho a la vivienda. Normalmente pensamos en una casa porque somos seres adictivamente visuales. A pesar de contar con cinco sentidos, dependemos de las imágenes incluso para pensar y razonar. Cuando se nos menciona un derecho, aparece en nuestra mente una imagen preseleccionada que nos representa su contenido, por ejemplo, un periódico para la libertad de expresión o un mazo de juez para el acceso a la justicia. Esto ocurre porque los derechos son complejos. Al componerse de elementos materiales e inmateriales, optamos por representarlos a partir de los primeros. El derecho al voto, por ejemplo, requiere de urnas (elemento material), pero también de un proceso de debate político en la sociedad durante las campañas (aspecto inmaterial). Al momento de representarlo, probablemente elegiremos una hoja con una “x” marcada entrando en una urna. Ni hablar del derecho a la no discriminación, que quizá sea el que nos exige mayor creatividad para plasmarlo en una sola imagen.
En ese universo de inmaterialidad y signos, el derecho a la vivienda tal vez es el más arraigado a su tótem para el imaginario colectivo. Pensamos en vivienda y pensamos en una casa. Pero no es lo mismo. Una casa abandonada o una casa en obra negra siguen siendo casas, aunque no haya personas en ellas. Pero si hablamos de vivienda hablamos de gente habitando. El derecho a la vivienda podría definirse como el derecho a habitar un espacio y a evitar la situación de calle. No importa si la casa o departamento no es una propiedad a nuestro nombre: si ahí habitamos, ahí es donde ejercemos nuestro derecho a la vivienda.1
En mi libro El derecho a la vivienda en México. Derechos homónimos (Tirant Lo Blanch, 2022) propuse que en nuestro país existen tres formas distintas de entender el derecho a la vivienda. En realidad, se trata de tres derechos a los que indistintamente hemos llamado “derecho a la vivienda”, es decir, tres derechos homónimos. Cuando un mismo concepto tiene tres significados diferentes —y no somos conscientes de esto—, la comunicación se hace complicada. Es por esta confusión por la que los debates públicos sobre la vivienda se ven constantemente entorpecidos, porque cada interlocutor está hablando de un derecho distinto. A continuación explicaré muy brevemente cuáles son esos tres derechos o tres perspectivas del derecho a la vivienda, lo que será de gran utilidad para el desarrollo de este libro.
La primera perspectiva es la que llamo “liber
