Murtagh (Ciclo El Legado 5)

Christopher Paolini
Christopher Paolini

Fragmento

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Argumento

Contemplad la tierra de Alagaësia, extensa y frondosa, llena de misterio. Con montañas que se elevan hasta las estrellas, bosques vastos como un océano, desiertos desolados y paisajes variados, todos ellos habitados por pueblos y criaturas diversos, desde robustos humanos a longevos elfos, enanos de las profundidades de la Tierra y belicosos úrgalos. Y, por encima de todos, los dragones, envueltos en su ancestral gloria.

Durante un siglo, el tirano Galbatorix ha reinado sobre la mayor parte de los territorios habitados por los humanos, extendiendo el terror también a otras razas, sometiendo y degradando a los dragones hasta que solo quedaron unos cuantos.

Estos hombres valientes que se opusieron a Galbatorix huyeron al interior, donde adoptaron el nombre de vardenos. Allí vivieron, albergando pocas esperanzas de victoria, hasta que la dragona Saphira eclosionó ante el humano Eragon.

Juntos —y bajo el sabio liderazgo de lady Nasuada— iniciaron la lucha contra el Imperio de Galbatorix.

Ahora el rey ha muerto y la guerra para derrocarlo ha acabado; la Tierra ha iniciado su proceso de renovación.

Sin embargo, tras esta apariencia de paz, se agitan las sombras y circulan rumores de sucesos extraños en los confines de Alagaësia, por lo que un hombre ha decidido ir en busca de la verdad…

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¿Mantener la posición en plena tormenta?

¿Aferrarse al terreno, agruparse o tomar posiciones?

Hasta la mente más brillante

se plantea esa duda. Un bosque de álamos

crece tan alto y fuerte como el roble

solitario. Nobleza obliga, el deber impone,

y el amor persuade, pero el yo se mantiene firme.

DISYUNTIVA 14-20

ATTEN EL ROJO

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PRIMERA PARTE

CEUNON

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Capítulo I

Maddentide

¿Irás solo?

Murtagh miró a Espina, extrañado. El dragón rojo se sentó a su lado en lo alto de la colina rocosa donde habían aterrizado.

En la penumbra del atardecer, el brillo de sus escamas quedaba amortiguado, apagado como el de las brasas de una hoguera con la leña amontonada, a la espera de que un soplo de aire le devolviera su brillo.

—¿Qué? ¿Vendrías conmigo?

Espina abrió apenas la mandíbula, mostrando una sonrisa lobuna compuesta por sendas filas de dientes blancos y afilados, todos ellos largos como un puñal.

¿Por qué no? Ya nos temen. Deja que chillen y que salgan corriendo al vernos llegar.

Los pensamientos del dragón resonaban como una campana en la mente de Murtagh. Meneó la cabeza mientras se desataba el cinto del que colgaba la Zar’roc, su espada.

—Eso te gustaría, ¿eh?

Espina abrió aún más sus fauces y se lamió el morro con la lengua rasposa.

Quizá sí.

Murtagh ya se imaginaba a Espina corriendo por algún callejón, persiguiendo a la gente, mientras rozaba las fachadas de los edificios con sus potentes hombros, rompiendo vigas, postigos y cornisas. Murtagh sabía cómo acabaría aquello: con fuego, sangre y un rastro de edificios destruidos.

—Creo que es mejor que me esperes aquí.

Espina ahuecó sus aterciopeladas alas y tosió desde lo más profundo de la garganta.

Entonces quizá debieras usar la magia para cambiar el color de mis escamas, y podríamos fingir que somos Eragon y Saphira. ¿No estaría bien?

Murtagh resopló mientras dejaba la Zar’roc sobre la hierba seca. Le había sorprendido descubrir que Espina tenía un sentido del humor tan mordaz. No era algo que le resultara tan evidente en el momento de su vinculación mutua, en parte por lo joven que era Espina, y en parte por… otras circunstancias.

Por un momento, Murtagh ensombreció el gesto.

¿No? Bueno, en todo caso, si cambias de idea…

—Serás el primero en saberlo.

Mmm. —Con la punta del morro, Espina tocó la espada—. Ojalá pudieras llevarte tu colmillo. Tu garra. Tu afilada aflicción.

Murtagh sabía que Espina estaba nervioso. Siempre lo estaba cuando se iba, aunque fuera por un periodo breve.

—No te preocupes. No me pasará nada.

El dragón resopló y de sus dilatados orificios nasales salió una nube de humo claro.

No me fío de ese intrigante con boca de tiburón.

—Yo no me fío de nadie más que de ti.

Y de ella.

Murtagh titubeó al acercarse a una de las alforjas colgadas de la grupa de Espina. De pronto vio ante él los ojos ovalados de Nasuada. Sus pómulos. Su dentadura. Fragmentos que no bastaban para componer una imagen completa. El recuerdo de su olor, acompañado de una gran nostalgia, la dolorosa sensación de una ausencia de lo que habría podido ser y que ya estaba perdido para siempre…

—Sí. —No le habría podido mentir a Espina ni queriendo. Estaban demasiado unidos.

El dragón tuvo la gentileza de dirigir la conversación a un terreno más inofensivo.

¿Tú crees que Sarros habrá detectado algo interesante?

—Sería mejor que no —dijo Murtagh, mientras sacaba un ovillo de cordel de la alforja.

Pero ¿y si lo ha hecho? ¿Nos dirigimos hacia la tormenta o huimos de ella?

Murtagh esbozó una fina sonrisa.

—Eso depende de lo violenta que sea la tormenta.

Podría no ser evidente. El viento es capaz de mentir.

Él midió un largo de cordel.

—Entonces seguiremos olisqueando hasta que nos resulte evidente.

Hmm. Mientras estemos en disposición de cambiar de trayectoria si se hace necesario.

—Es de esperar.

Con el ojo que tenía más cerca —un rubí que brillaba con una potente luz interna—, Espina miró fijamente a Murtagh mientras este cortaba el cordel y lo usaba para atar la cruceta de la Zar’roc al cinto y la vaina, de modo que la espada de color carmín no pudiera caerse. Luego la colocó en la alforja, donde permanecería oculta y segura, y volvió a situarse frente a Espina.

—Estaré de vuelta antes de que amanezca.

El dragón parpadeó y se agachó, como si se dispusiera a dar un salto. Arañó el suelo con sus garras curvadas, como un gato enorme frotando una manta, haciendo que se agrietaran las piedras y que salieran despedidas hacia atrás. Del pecho le brotó un murmullo grave, casi como un gemido.

Murtagh apoyó una mano en la rugosa frente de Espina y se esforzó por transmitirle una sensación de calma y confianza en sí mismo. En las profundidades de la mente de Espina se hicieron evidentes unos oscuros acordes de preocupación.

—No me pasará nada.

Si me necesitas…

—Puedo contar contigo. Lo sé.

Espina arqueó el cuello y dejó de mover las garras. Murtagh sintió en su interior una sólida —aunque frágil— determinación.

Se entendían.

—Ten cuidado. Atento a cualquiera que quiera atacarte por sorpresa.

El pecho de Espina emitió otro murmullo que le hacía vibrar hasta los huesos.

Luego Murtagh se caló la capucha de la túnica e inició el descenso por la ladera de la colina, abriéndose camino entre afilados y rocosos salientes y entre matojos de arbustos cubiertos de pinchos.

Se giró una vez más para ver a Espina, que, agazapado en la cumbre, le miraba con sus ojos rasgados.

Un hombre con un dragón nunca se siente solo. Eso pensaba Murtagh.

Avanzó a buen ritmo en dirección oeste, con zancadas largas y fluidas. Por muchas leguas que le separaran de Espina, una parte de ellos permanecería siempre conectada, aunque no pudieran percibir los pensamientos o las emociones del otro a causa de la distancia. Los unía una magia ancestral, y no estarían nunca solos hasta que uno de los dos muriera.

Sin embargo, la magia no era su único vínculo. Las experiencias que habían compartido —los momentos duros, los ataques mentales, la tortura— habían sido tan intensas, tan singulares, que Murtagh no creía que nadie más pudiera comprender realmente por lo que habían pasado.

Saber eso le proporcionaba cierto alivio. Allá donde fuera, hiciera lo que hiciera, siempre tendría a Espina. Es más, Espina le entendería. En alguna ocasión no estaría de acuerdo, quizá, pero incluso en ese caso mostraría empatía y comprensión. Y lo mismo ocurriría en sentido contrario.

Aquello también suponía una limitación. Nunca podrían estar realmente solos como individuos. Pero a Murtagh no le importaba. Ya se había sentido solo demasiado tiempo.

El terreno descendió cada vez más hasta llegar a la bahía de Fundor, varios kilómetros más allá. A orillas del mar se alzaba la ciudad de Ceunon: una serie de edificios de paredes ásperas, envueltos en sombras, salvo por algún farol o vela ocasional, exiguos puntos de luz que plantaban cara a la oscuridad de la noche. Filas de barcos de pesca con las velas arriadas flotaban junto a los muelles de piedra, y con ellos tres grandes navíos de altos mástiles y casco ancho, capaces de sobrevivir a la travesía alrededor del extremo norte de la península que separaba la bahía del mar abierto.

Al otro lado de la bahía se alzaban las montañas de las Vertebradas, con sus crestas recortadas tras un banco de densa niebla, más allá de aquella entrada de agua, profunda, fría y hostil.

Las bajas nubes grises cubrían tanto la bahía como el interior, y ni siquiera los pasos de Murtagh interrumpían aquel pesado silencio.

Un contacto frío en la mano le hizo levantar la vista.

Del cielo caían gruesos copos: era la primera nieve del año. Abrió la boca y le cayó sobre la lengua un copo que se deshizo como un recuerdo agradable, fugaz e insustancial.

Incluso en aquel lugar tan al norte, resultaba sorprendente que la nieve llegara tan pronto. Hacía ya dos días del Maddentide, y eso señalaba la llegada de los bergenhed, unos peces plateados de escamas duras que solían invadir la bahía cada mes de otoño. Los bancos de peces eran tan enormes y tan densos que casi se podía caminar encima, y Murtagh había oído que, en el momento cumbre, los peces se acumulaban hasta lanzarse solos a las cubiertas de los barcos, impulsados por esa frenética necesidad de desovar. Estaba convencido de que aquello debía servirle a la gente de lección.

La nieve no solía llegar hasta un mes o dos después del Maddentide. Si aparecía tan pronto, seguramente querría decir que se avecinaba un invierno brutal e implacable.

Aun así, a Murtagh le gustaba ver caer los copos, y disfrutaba con el aire fresco. Era la temperatura perfecta para caminar, para correr o para combatir.

Pocas cosas había peores que luchar por tu vida y enfrentarse al mismo tiempo a un calor capaz de provocar desmayos.

El pulso se le aceleró. Se quitó la capucha e inició un trote apresurado; necesitaba ir más rápido.

Avanzó a paso firme por las llanuras que rodeaban Ceunon, dejando atrás arroyos y arboledas, saltando muretes de piedra y cruzando campos de cebada y centeno que estaban a punto para la cosecha. No parecía que le viera nadie, salvo por un perro de caza que aulló a su paso tras la verja de una granja.

«Lo mismo te digo», pensó Murtagh.

Su conexión con Espina se iba haciendo más débil, pero no acababa de desaparecer. Eso lo reconfortaba. Cada vez que se separaban se sentía tan inquieto como Espina, aunque hacía un esfuerzo por ocultarlo para no preocupar aún más a su dragón.

Murtagh habría preferido aterrizar más cerca de Ceunon. Si llegaba a necesitar ayuda, cada segundo sería vital. Sin embargo, el riesgo de que alguien pudiera ver a Espina era demasiado grande. Era mejor mantener las distancias y evitar un posible enfrentamiento con las fuerzas locales.

Agachó la cabeza. Era agradable avanzar a pie —llenando los pulmones de aire limpio y fresco, sintiendo el pulso rápido pero estable— después de haberse pasado casi todo el día cabalgando sobre Espina. Le dolían un poco las rodillas y las caderas; no tenía las piernas arqueadas como tantos de los jinetes del ejército de Galbatorix; sin embargo, si seguía pasándose la mayor parte del tiempo a lomos de Espina, podría acabar sucediendo. ¿Sería algo inevitable para cualquier Jinete de Dragón?

Sin pensarlo esbozó una sonrisa socarrona.

Se imaginó a los legendarios Jinetes de Dragón —especialmente a los elfos— caminando con las piernas tan curvadas como las de un lancero veterano y le hizo gracia. Pero dudaba de que aquello pudiera suceder. Probablemente, los Jinetes tendrían un modo de contrarrestar el efecto creado por la postura sobre la silla; en cualquier caso, cuando un dragón crecía demasiado, resultaba imposible sentarse sobre él a horcajadas. Shruikan —el enorme dragón negro de Galbatorix— era un ejemplo. En lugar de una silla de montar, el rey había instalado una pequeña plataforma sobre los enormes hombros de Shruikan.

Murtagh se estremeció y paró junto a un árbol alcanzado por un rayo. De pronto, un escalofrío le recorrió los brazos y las piernas.

Respiró hondo. Una vez. Luego otra. Galbatorix estaba muerto. Shruikan estaba muerto. No tenían ningún poder sobre él ni sobre ningún otro ser vivo.

—Somos libres —murmuró.

Y le llegó una sensación de reconfortante calidez procedente de Espina, como un abrazo distante. Volvió a calarse la capucha y siguió adelante.

Cuando llegó a la carretera litoral al sur de Ceunon, Murtagh hizo una pausa tras un matorral y asomó la cabeza. Aliviado, observó que la carretera estaba vacía.

Atravesó el matorral y aceleró el paso hacia el norte, en dirección a la ciudad gris. Una tenue luz atravesaba las escasas nubes, y quería llegar a Ceunon antes de que oscureciera del todo.

Unas profundas roderas surcaban el viejo camino, y las boñigas de vaca le obligaban a cambiar de carril cada pocos pasos. La nieve iba cuajando, creando una fina capa que le recordaba los encajes decorativos que solían llevar las damas de la corte en las ocasiones especiales.

Al aproximarse a la muralla exterior de Ceunon bajó el ritmo. Las fortificaciones eran recias y sólidas, aunque no tan altas como las de Teirm o Dras-Leona. Los bloques de piedra negra estaban encajados sin dejar ningún hueco, y la muralla tenía cierta inclinación en la parte inferior, lo cual le pareció positivo.

Aunque eso no tenía gran importancia ante el ataque de un dragón o un Jinete.

Un par de centinelas con lanza montaban guardia a ambos lados de la puerta sur de la ciudad. Murtagh levantó la vista y echó un vistazo a las almenas y los matacanes. No había arqueros apostados en el camino de ronda. «Qué poca previsión».

Los centinelas irguieron el cuerpo al acercarse, y Murtagh dejó caer la capa para mostrarles que no iba armado.

Los guardias cruzaron sus lanzas con un sonoro clinc.

—¿Quién va? —preguntó el hombre de la izquierda.

Tenía el rostro como un colinabo, con la nariz gruesa, surcada de capilares reventados, y un cardenal amarillento bajo el ojo derecho.

—Un viajero del Maddentide —respondió Murtagh en tono cordial—. Vengo a comprar bergenhed ahumado para mi amo.

El hombre de la derecha lo miró con desconfianza. Por su aspecto bien podría haber sido el primo del narigudo.

—Eso dices tú. ¿De dónde vienes, viajero? ¿Y qué nombre usas?

—Tornac, hijo de Tereth, y vengo de Ilirea.

La mención de la capital hizo que los centinelas se pusieran rígidos. Se miraron entre sí. El narigudo se sorbió la nariz y escupió en el suelo. El escupitajo fundió la nieve.

—Pues es un camino larguísimo para venir a pie, y sin caballo no sé cómo vas a cargar el pescado.

—Sí que lo es —reconoció Murtagh—, pero es que mi yegua se rompió la pata anoche. La metió en la madriguera de un tejón, la pobre.

—¿Y has dejado ahí la silla? —dijo el de la derecha.

Murtagh se encogió de hombros.

—Mi amo paga bien, pero no por carretear la silla y las alforjas por media Alagaësia. No sé si me entendéis…

Los centinelas esbozaron una sonrisa socarrona, y Narigudo respondió:

—Sí, te entendemos. ¿Tienes alojamiento reservado? ¿Dinero para una cama?

—Tengo suficiente dinero.

Narigudo asintió.

—Ya. No queremos forasteros durmiendo en nuestras calles. Si te encontramos allí, te patearemos el culo. Y si causas algún problema, te echaremos de aquí. De la medianoche a la cuarta guardia, las puertas están cerradas, y por aquí no pasa ni la reina Nasuada.

—Me parece razonable —dijo Murtagh.

Narigudo soltó un gruñido y los centinelas apartaron las lanzas. Murtagh saludó con un respetuoso gesto de la cabeza y pasó por en medio para entrar en la ciudad.

Murtagh se rascó la barbilla mientras se adentraba en Ceunon.

Se había dejado barba a principios de año, para ocultar mejor su identidad. Y parecía que funcionaba; de momento, no se le había acercado nadie. Pero le picaba al contacto con la piel, y no pensaba dejársela lo suficientemente larga como para que el pelo se volviera blando y maleable. No le gustaba ir descuidado.

Ya había constatado que recortarse la barba con la daga resultaba poco práctico, y no le apetecía recurrir a la magia, ya que dar forma a la barba con un hechizo, partiendo de una imagen mental, podía tener resultados inesperados. Además, no confiaba en que un hechizo pudiera llevarse el pelo sin que la piel corriera un riesgo, y lo cierto era que realizar la tarea a mano le producía cierta satisfacción.

Le había comprado unas tijeritas de hierro a un hojalatero a las afueras de Narda. Funcionaban bastante bien, siempre que las mantuviera afiladas, bien engrasadas y sin óxido. Aun así, lucir la barba cuidada le resultaba casi tan pesado como afeitarse.

Quizá se la afeitara en cuanto saliera de Ceunon.

La vía principal era una calle fangosa del doble de anchura que el camino del sur. Los edificios eran estructuras con entramado de madera, con los tablones superpuestos y encajados en las vigas de madera. Las vigas estaban barnizadas con pez para protegerlas de la sal de la bahía, y muchas estaban decoradas con tallas de serpientes marinas, pájaros y svartlings. Sobre los tejados de tablillas había veletas de hierro, y en el pico del tejado muchas casas lucían un dragón tallado.

Murtagh tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de rascarse.

Podría recitar toda la historia de la ciudad, desde su fundación hasta el presente. Sabía que las tallas eran de un estilo llamado popularmente kysk, ideado por algún artesano anónimo en siglos pasados. Que la pizarra que cubría las paredes exteriores procedía de una cantera a menos de cuarenta kilómetros al noreste. Y que la buena gente de Ceunon tenía un miedo atroz al bosque de los elfos, Du Weldenvarden, y que hacía todo lo posible para evitar que los pinos de oscuras agujas invadieran sus campos. Todo eso sabía, y mucho más.

Pero ¿de qué le servía? Le habían enseñado todo sobre el territorio, y al final había resultado que llevaba una vida de viajes y aventuras en la que un oído fino y una mano rápida tenían mucho más valor que cualquier conocimiento académico. Además, comprender lo que era y saber lo que hacer eran dos cosas muy diferentes. Galbatorix se lo había dejado claro. El rey sabía más que la mayoría —más incluso que algunos de los elfos o de los dragones más ancianos—, y aun así sus conocimientos no le habían aportado la sabiduría necesaria.

Había poca gente por la calle. Era tarde, y en los días posteriores al Maddentide se celebraban grandes banquetes, por lo que la mayoría de los ciudadanos estaban dentro de las casas, celebrando una vez más la copiosa pesca de bergenhed.

Un trío de operarios pasó tambaleándose, apestando a cerveza barata y a tripas de pescado. Murtagh mantuvo el paso firme, y ellos se desviaron para dejarle pasar. Una vez que hubieron girado la esquina volvió a hacerse el silencio en la calle principal, y no vio a nadie más hasta que cruzó la plaza del mercado y vio salir a un par de mercaderes de un almacén discutiendo en voz alta. Un hombre bajito y con barba los siguió hasta la plaza, gritando aún más fuerte que ellos.

«¡Un enano!». Murtagh agachó la cabeza. Desde la muerte de Galbatorix y la caída del Imperio, hacía ya más de un año, se veían cada vez más enanos en los territorios poblados por los hombres. La mayoría eran comerciantes que vendían piedras, metales y armas, pero también había visto enanos trabajando como guardias armados (pese a su corta talla, no había que subestimar su pericia en la batalla). Murtagh no pudo evitar preguntarse cuántos de ellos serían los ojos y los oídos de su rey, Orik, sentado en el trono de granito de la ciudad-montaña de Tronjheim.

Le pareció que el enano, que estaba a contraluz, miraba en su dirección, y Murtagh se tambaleó lentamente: otro borracho del Maddentide de camino a su casa.

El truco funcionó, y el enano volvió a fijar la atención en los mercaderes, que seguían parloteando.

Murtagh aceleró el paso. Ahora que los enanos estaban por todas partes, Espina y él se encontraban con muchas más dificultades para viajar. No tenía nada en contra de los enanos como raza o cultura —de hecho, Orik le caía bastante bien, y sus hazañas arquitectónicas eran impresionantes—, pero ellos le odiaban profundamente por haber matado al rey Hrothgar, el predecesor de Orik…, que también era su tío. Y era bien sabido que los enanos no olvidaban fácilmente.

¿Conseguiría alguna vez hacer las paces con Orik, con su clan y con los enanos en general? Si fuera posible, tendría que pensar qué podía suponer.

Desgraciadamente, los enanos no eran su único problema. Los elfos también les guardaban rencor a él y a Espina, por el papel que habían jugado en la muerte de Oromis y de Glaedr, los últimos Jinete y dragón que quedaban desde la ascensión de Galbatorix al poder. No podía culparlos por ello. Murtagh no creía que los elfos estuvieran buscando activamente el modo de vengarse, pero no le habría gustado caer en sus garras a menos que su reina, Arya, estuviera cerca. Y aun así habría preferido evitarlo.

La mayoría de los humanos tampoco les tenían una especial simpatía, ya que la creencia general era que habían traicionado a los vardenos durante la guerra, poniéndose a favor de Galbatorix. En los conflictos, los traidores solían ser despreciados por ambos bandos, y estaba bien que así fuera —el propio Murtagh no sentía ninguna simpatía por los que faltaban a su juramento, como había hecho su padre—, pero eso no hacía que le resultara más fácil verse etiquetado como tal.

«No hay puerto seguro para nosotros», pensó Murtagh, y esbozó una sonrisa dura que no tenía nada de divertido. Así había sido durante toda su vida. ¿Por qué iba a ser diferente ahora?

El hedor a pescado, algas y sal se hizo más intenso al pasar por los muelles y los tenderetes con pescado puesto a secar a los lados de las calles.

Levantó la vista. Aún faltarían tres o cuatro horas para la medianoche. Tenía tiempo de sobra para concluir su negocio y marcharse de Ceunon. Después de haber pasado tanto tiempo al aire libre, en los confines del territorio, la cercanía de los edificios le resultaba incluso incómoda. En eso se iba pareciendo cada vez más a Espina.

Oyó música y voces, y vio el lugar al que se dirigía: El Gran Festín. La taberna estaba en un edificio de techos bajos con vigas y ventanas de cristal en la fachada delantera —un lujo poco habitual en aquella parte del mundo—, y unos pétalos de luz amarilla se proyectaban sobre las losas de la calle: una invitación a entrar, descansar y divertirse.

Sarros había escogido aquel lugar para su encuentro, y eso ya le hacía desconfiar. Aun así, El Gran Festín parecía un lugar inocuo; una taberna más, caótica y desorganizada, como muchas otras. Aparte de las ventanas de cristal, era idéntica a cualquier otro bar que pudiera haber en una ciudad o pueblo de la zona. Pero bien sabía Murtagh que raramente puedes fiarte de las apariencias.

Respiró hondo, preparándose para el ruido del interior, y abrió la puerta.

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Capítulo II

El Gran Festín

La taberna era un lugar cálido, acogedor, limpio y bien atendido. Unas esteras de junco cubrían el suelo, las mesas estaban limpias, y las barricas, las botellas y las jarras que había tras la barra, perfectamente dispuestas en filas. El fuego crepitaba en una chimenea de piedra negra limpia de hollín, calentando el gran comedor, y junto al fuego había un hombre con perilla vestido con una extravagante camisa de mangas anchas tocando un laúd.

Daba igual lo que cantara, porque quedaba eclipsado por el clamor de las voces del atestado salón. El Maddentide ya había acabado, y la gente de Ceunon estaba contenta.

El tabernero era un hombre bajo y calvo con un delantal sucio y la frente sudada, que se movía de mesa en mesa llevando bebidas y platos de arenque ahumado. No, observó Murtagh, bergenhed ahumado.

«Deben de haber comido suficiente pescado para todo el año», pensó.

Se sacudió un resto de nieve de la capa y se dirigió a la única mesa que había libre junto al fuego. Nada más sentarse, el dueño se acercó:

—Sigling Orefsson, a su servicio, ¿señor…?

—Tornac, hijo de Tereth.

Sigling se limpió las manos en el delantal.

—Es un honor. ¿Qué le puedo traer?

—Algo de vuestra cocina. Tengo el estómago pegado a la columna.

Murtagh no iba a perderse la oportunidad de comer caliente, por una vez que no tenía que cocinarse él la comida.

—¿Y para beber?

—Una jarra de cerveza. No demasiado fuerte, por favor —respondió al tiempo que depositaba tres monedas de cobre en la mano del tabernero.

—Tardaré menos de lo que tarda un cordero en menear dos veces el rabo, señor Tornac —respondió Sigling, ya de camino a la cocina.

«Señor Tornac». Oír aquel nombre en boca de otro le hizo pensar. Esperaba que a su antiguo instructor de esgrima no le importara que lo usara, teniendo en cuenta la mala reputación de Murtagh en aquel momento. Él solo pretendía honrar la memoria de Tornac, igual que cuando le había puesto ese nombre a su corcel, después de que muriera durante la huida de Urû’baen…

Paseó la vista por la sala. Los estibadores, pescadores y otros habitantes de Ceunon eran muy ruidosos. También habría más de un padre que regresaba a su hogar tras varias semanas en el mar para celebrar las abundantes capturas del Maddentide. Parecía gente amigable. Aun así, Murtagh se aseguró de calcular cuáles serían las vías de salida más rápidas por la entrada frontal y posterior.

No estaba de más prepararse.

No veía a Sarros, pero aquello no le preocupaba demasiado. El mercader era el que había decidido cuándo debían encontrarse, y Murtagh sabía que Sarros preferiría perder una mano que quedarse sin la ocasión de sacarle algo más de dinero.

Un par de obreros —albañiles, por sus delantales de cuero y sus fuertes brazos salpicados de mortero— se dejaron caer en las sillas al otro lado de la mesa de Murtagh. Apartaron algo las sillas.

—Lo siento, pero estoy esperando a un amigo —dijo Murtagh con una sonrisa, esperando mostrar un aspecto inofensivo.

Uno de los albañiles parecía dispuesto a discutir, pero el otro debió de ver algo que no le gustó en el rostro de Murtagh y tiró a su amigo del brazo.

—Vamos, Herk. Deja que te invite a una cerveza en la barra.

—Sí, bueno. Pero suéltame.

Sin embargo, su amigo siguió tirándole del brazo hasta que él le siguió a la barra.

Murtagh se relajó un poco. No tenía interés alguno en meterse en una reyerta inútil.

De pronto, de entre el bullicio del salón, distinguió un nombre:

—Eragon…

Murtagh se puso rígido y se giró sobre la silla buscando el origen de aquella palabra. Y lo encontró. El trovador con perilla que tocaba el laúd. Al principio le costó entender el texto de la canción, pero observó los labios del hombre y se concentró, y poco a poco fue distinguiendo las palabras.

El trovador siguió cantando:

… y así a la temible Urû’baen

el temido Jinete de Dragón fue volando a luchar,

para acabar con el terror y nuestra tierra liberar.

El poderoso Eragon se enfrentó al rey en un duelo sangriento,

un combate duro y cruento.

Y con su espada llameante y su luz cegadora,

acabó con el malvado tirano, con la eterna maldición,

Galbatorix, flagelo de Jinetes, nacido en mala hora.

Murtagh arrugó el gesto; tuvo ganas de lanzarle una bota a la cabeza. No solo los versos no rimaban, no solo los cantaba mal —ningún bardo se habría atrevido a desafinar en la corte por miedo a que le dieran una paliza—, sino que eran «incorrectos».

—Habría perdido de no ser por mí —murmuró Murtagh, pensando en Eragon.

Y, sin embargo, eso no parecía importarle a nadie, aparte de a los presentes en el salón del trono de Galbatorix en aquel último momento. Espina y él habían abandonado la capital tras la muerte del rey; habían preferido alejarse de la civilización que enfrentarse a la hostilidad de un público ignorante. Y habían hecho bien: Murtagh seguía estando convencido de ello. Pero eso significaba que habían perdido la oportunidad de defenderse ante la opinión pública. Y si Eragon o Nasuada o Arya habían hablado en su defensa o en la de Espina, para explicar el papel que habían jugado en la muerte de Galbatorix y Shruikan, desde luego a él no le había llegado la voz. Y eso era algo que lamentaba. Quizás hiciera falta más tiempo para que la verdad circulara entre el pueblo llano. O quizás a Eragon, Nasuada y Arya ya les fuera bien que el mundo tuviera tan mal concepto de él, contar con un chivo expiatorio, un monstruo en la oscuridad que pudiera concentrar los miedos de la gente y dejarlos a ellos libres para gobernar a su gusto.

Solo de pensar en ello se le revolvía el estómago.

En cualquier caso, para la mayoría de la gente, Eragon era el mayor héroe que había existido nunca, y nadie podía hacerle sombra.

Murtagh se sonrió, socarrón: «De eso nada». Pero era imposible combatir contra una canción o una historia popular. A menudo, la verdad se manipulaba para adaptarla al sentir de la gente. Al menos el trovador no se había molestado en describir el supuesto triunfo de Eragon hablando mal de Murtagh y Espina. Si lo hubiera hecho, seguro que le habría lanzado la bota a la cabeza.

—¡Aquí tiene, señor Tornac! —proclamó Sigling, mientras le colocaba un plato y una jarra de cerveza enfrente—. Si necesita algo más, grite mi nombre y en un momento estaré aquí.

Y antes de que Murtagh pudiera darle las gracias, el tabernero se fue a atender otra mesa.

Murtagh cogió el tenedor de hierro forjado del lado del plato y se puso a comer. Carnero asado con nabos y media hogaza de pan de centeno al lado. Era una comida humilde, pero sabía mejor que nada de lo que hubiera cocinado él en los últimos tres meses. Y aunque la cerveza no tenía mucho más cuerpo que el agua —tal como había pedido él—, ya le iba bien. Quería mantener la cabeza clara mientras estuviera en Ceunon.

Mientras comía, apoyó el plato en la rodilla y se recostó en la silla, estirando las piernas como haría ante una hoguera.

Le resultaba extraño estar rodeado de tanta gente. En los últimos doce meses se había acostumbrado a estar a solas con Espina. A oír el sonido del viento y el canto de los pájaros. A cazar su propia comida y a huir de los cazadores. Hablar con los centinelas y con Sigling —e incluso con los albañiles— había sido como intentar tocar un instrumento desafinado.

Mojó un pedazo de pan en la salsa del carnero y se lo metió en la boca.

La puerta de la taberna se abrió de golpe y una niña entró a toda prisa. Llevaba el cabello oscuro, recogido en un par de trenzas, y un vestido bordado con vistosos colores, y tenía pinta de haber estado llorando.

Murtagh se la quedó mirando mientras cruzaba el gran salón, ligera como una pluma. Se coló por el extremo de la barra y Sigling le dijo algo. Al verlos juntos, Murtagh reconoció cierto parecido familiar. La niña tenía la boca y la barbilla del tabernero.

La pequeña volvió a aparecer al extremo de la barra, cargada con un plato con pan, queso y una manzana. Levantó el plato por encima de la cabeza y, con soltura, se abrió paso por entre las atestadas mesas hasta situarse frente a la gran chimenea. Sin hacer preguntas, se dejó caer en la silla que Murtagh tenía enfrente.

Él abrió la boca, pero luego la cerró.

La niña no tendría más de diez años; quizá fueran solo seis. A Murtagh nunca se le había dado bien calcular la edad de los niños.

Arrancó un trozo de pan de su plato y lo masticó con voracidad. Murtagh la observó, intrigado. Hacía años que no tenía a ningún niño cerca, y de pronto se sintió fascinado. «Todos empezamos así —pensó—. Tan jóvenes, tan puros. ¿Cuándo comenzó a torcerse todo?».

La niña parecía estar a punto de llorar otra vez. Le dio un bocado a la manzana y soltó un gruñido de frustración al notar que el rabillo se le quedaba encajado entre los dientes.

—Pareces contrariada —dijo Murtagh, con voz suave.

La niña frunció el ceño. Se arrancó el rabillo de la manzana de los dientes y lo tiró al fuego.

—¡Es todo culpa de Hjordis! —dijo, con el mismo acento marcado del norte que tenía su padre.

Murtagh miró a su alrededor. Seguía sin ver a Sarros, así que decidió que no pasaba nada si charlaban un poco. Pero con cuidado. Las palabras podían ser tan traicioneras como una trampa para osos.

—¿Ah, sí? —Dejó el tenedor y se giró para verla mejor—. ¿Y quién es esa Hjordis?

—La hija de Jarek, el capataz del duque —dijo la niña, malhumorada.

Murtagh se preguntó si el duque seguía siendo lord Tarrant, o si los elfos habrían instalado a algún otro en su lugar después de capturar la ciudad. Había conocido a Tarrant en la corte años atrás: un hombre alto y reservado que apenas hablaba. El duque le había parecido un tipo correcto, pero cualquiera que hubiera mantenido buenas relaciones con Galbatorix durante años seguidos debía tener el corazón de hielo y las manos manchadas de sangre.

—Ya veo. ¿Y eso la convierte en alguien importante?

La niña negó con la cabeza.

—Hace que ella «se crea» importante.

—Bueno, ¿y qué es lo que ha hecho para disgustarte?

—¡Todo!

La niña le dio un bocado rabioso a la manzana y masticó con fuerza. Murtagh observó un gesto de dolor al morderse la mejilla por dentro, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero ella tragó.

Murtagh le pegó un trago a su cerveza.

—Muy interesante —dijo, y luego se secó un resto de espuma del bigote—. Bueno, ¿es algo que te apetezca contar? Quizás hablando de ello te sientas mejor.

La niña lo miró con un punto de desconfianza en aquellos ojos azul pálido. Por un momento, Murtagh tuvo la impresión de que iba a ponerse en pie y marcharse, pero por fin se decidió a seguir hablando:

—Papá no querrá que le moleste.

—Tengo un poco de tiempo. Estoy esperando a un socio mío que desafortunadamente suele llegar tarde. Si sientes el deseo de compartir tu historia, considérame tu público, devoto y entregado.

Según hablaba, Murtagh observó que recuperaba el vocabulario y el fraseo que habría usado en la corte. La formalidad de aquel lenguaje le hacía sentir más seguro, y además le divertía hablarle a la niña como si fuera una noble dama.

Ella balanceó las piernas bajo las patas de la silla.

—Bueno… Me gustaría contárselo, pero no puedo hacerlo a menos que seamos amigos.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo nos convertimos en amigos?

—¡Tiene que decirme su nombre, bobo!

Murtagh sonrió.

—Por supuesto. Qué tonto por mi parte. En ese caso, me llamo Tornac —dijo, tendiéndole la mano.

—Essie, hija de Sigling —respondió ella, estrechándosela.

Tenía la palma de las manos y los dedos sorprendentemente suaves en comparación con los de él. Murtagh sintió la necesidad de ser delicado, como si estuviera tocando una frágil flor.

—Encantado de conocerte, Essie. ¿Y bien? ¿Qué es lo que te preocupa tanto?

Essie se quedó mirando la manzana a medio comer que tenía en la mano. Suspiró y volvió a dejarla en el plato.

—Es todo culpa de Hjordis.

—Eso decías.

—Siempre me trata mal y hace que sus amigos se metan conmigo.

Murtagh adoptó una expresión solemne.

—Eso no está nada bien.

Essie meneó la cabeza, dando rienda suelta a su rabia.

—¡No! Bueno…, a veces se meten conmigo igualmente, pero… cuando está Hjordis es mucho peor.

—¿Es eso lo que ha pasado hoy?

—Sí. Más o menos.

Arrancó un trozo de queso y se puso a mordisquearlo mientras repasaba mentalmente las últimas semanas. Murtagh esperó con paciencia. Decidió que, al igual que ocurre con los caballos, con la amabilidad obtendría mucho más que con la fuerza.

Por fin Essie se explicó, en voz baja:

—Antes de la cosecha, Hjordis empezó a mostrarse más amable conmigo. Pensé… pensé que quizá las cosas empezarían a mejorar. Incluso me invitó a su casa. —Lo miró tímidamente, de soslayo—. Está junto al castillo.

—Impresionante —dijo él, que empezaba a comprender.

Los comerciantes más ricos siempre se pegaban a los nobles, como las pulgas a los perros. La envidia era una característica universal en los hombres (y de la que tampoco se libraban otras razas).

Essie asintió.

—Me dio una de sus cintas, una amarilla, y me dijo que podía asistir a su fiesta de Maddentide.

—¿Y fuiste?

Volvió a ladear la cabeza.

—Era… Era hoy —dijo.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y parpadeó furiosamente.

Preocupado, Murtagh sacó un pañuelo que llevaba bajo el chaleco. Sí, viviría como una bestia, en pleno bosque, pero aún conservaba «ciertas» costumbres civilizadas.

—Toma —le dijo.

La niña vaciló. Pero luego las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas, agarró el pañuelo y se secó los ojos.

—Gracias, señor.

Murtagh se permitió esbozar una sonrisa.

—Hace mucho tiempo que no me llaman «señor», pero no te preocupes. Deduzco que la fiesta no fue bien, ¿no?

Essie torció el gesto y le devolvió el pañuelo, aunque parecía estar a punto de echarse a llorar.

—La fiesta fue bien. Fue Hjordis. Se puso desagradable otra vez, y… y… —Essie respiró hondo, como para reunir el valor necesario para seguir—, y dijo que si no hacía lo que ella quería, le diría a su padre que no usara nuestra taberna durante la celebración del solsticio. —Miró a Murtagh, como para asegurarse de que la entendía—. Todos los albañiles vienen a beber, y… —se le escapó el hipo— beben mucho, lo que significa que gastan montones y montones de monedas.

La historia de la niña le trajo a Murtagh incómodos recuerdos del maltrato que había sufrido por parte de otros niños durante su infancia en la corte de Galbatorix. Antes de que aprendiera a ir con cuidado, antes de que Tornac le enseñara a protegerse.

Se puso muy serio, dejó el plato en la mesa y se inclinó hacia Essie.

—¿Qué quería que hicieras?

Essie bajó la mirada y golpeó los zapatos, manchados de barro, contra la silla. Cuando volvió a hablar, las palabras le salieron a borbotones, amontonadas:

—Quería que empujara a Carth y le hiciera caer en el abrevadero.

—¿Carth es amigo tuyo?

Essie asintió, muy triste.

—Vive en los muelles. Su padre es pescador.

Murtagh sintió una aversión intensa y repentina por la tal Hjordis. Conocía a muchas personas como ella que vivían en la corte, gente miserable que solo pensaba en mejorar su posición y en amargar la vida a todo el que tuvieran por debajo.

—Así que a él no le invitarían a una fiesta así.

—No, pero Hjordis envió a su doncella a buscarlo a casa y…

Essie se lo quedó mirando, con gesto rabioso.

—¡No tuve elección! ¡Si no le hubiera empujado, Hjordis le habría dicho a su padre que no vinieran a El Gran Festín!

—Entiendo —dijo Murtagh, obligándose a adoptar un tono conciliador a pesar de los sentimientos de rabia y de injusticia—. Así que empujaste a tu amigo. ¿Pudiste disculparte después?

—No —dijo Essie, desmoronándose—. Yo… salí corriendo. Pero todo el mundo lo vio. No querrá ser mi amigo nunca más. Nadie querrá. Hjordis solo quería jugármela. La «odio».

Essie agarró la manzana y la mordió con fuerza otra vez, chasqueando los dientes.

Murtagh abrió la boca para decir algo, pero en ese momento Sigling pasó por allí con un par de jarras que llevaba a una mesa junto a la pared y le echó una mirada de desaprobación a su hija.

—Mi hija no le estará molestando, ¿verdad, maese Tornac? Tiene la mala costumbre de dar la lata a los clientes cuando intentan comer.

—En absoluto —respondió Murtagh, sonriendo—. He pasado demasiado tiempo viajando con el sol y la luna como única compañía. Un poco de conversación es exactamente lo que necesito. De hecho… —hundió los dedos bajo el cinturón, y le pasó dos monedas de plata al tabernero— , quizá pudiera encargarse de que las mesas de nuestro alrededor se liberen. Estoy esperando a un socio mío y tenemos un… negocio del que hablar.

Las monedas desaparecieron en el delantal de Sigling, que ladeó la cabeza.

—Por supuesto, maese Tornac.

Miró de nuevo a Essie, con gesto preocupado, y siguió su ronda.

La niña, por su parte, parecía algo avergonzada.

—Bueno —dijo Murtagh, estirando las piernas en dirección al fuego—, me estabas contando tu historia, Essie, hija de Sigling. ¿Cómo acaba?

—Eso era todo —respondió ella en voz baja.

Murtagh recogió el tenedor de su plato y lo hizo girar entre los dedos. La niña se quedó mirando, absorta.

—No puede ser tan grave como crees. Estoy seguro de que si se lo explicas a tu amigo…

—No —respondió ella, tajante—. No lo entenderá. No confiará en mí nunca más. Todos me odiarán.

La voz de Murtagh adoptó un tono más duro:

—Entonces, quizá no sean realmente tan buenos amigos.

—Sí que lo son. ¡Usted no lo entiende! —protestó, dando un golpe con el puño en el brazo de la silla—. Carth es… Es muy bueno. Cae bien a todo el mundo, y ahora… no querrá nada conmigo. Usted no lo entiende. Es grande y… y viejo.

Murtagh levantó las cejas.

—Te sorprendería saber lo que yo entiendo. Así que no querrán nada contigo. ¿Y qué vas a hacer al respecto?

—Voy a escaparme —respondió; en el momento en que se dio cuenta de lo que había dicho, lo miró con gesto de pánico en el rostro—. ¡No se lo diga a papá, por favor!

Murtagh le dio otro sorbo a su cerveza y luego se mesó la barba. La conversación había pasado de ser algo divertido a algo muy serio. Si decía algo equivocado, podía hacer que Essie emprendiera un camino que podría lamentar. Y sabía que él también lo lamentaría si no conseguía hacerla entrar en razón. «Cuidado», pensó.

—¿Y adónde querrías ir? —le preguntó.

—Al sur —respondió Essie, convencida. Era evidente que ya había pensado en ello—. Donde hace buen tiempo. Mañana sale una caravana. El capataz viene por aquí. Es un buen hombre. Me escabulliré, y luego iré con ellos hasta Gil’ead.

Murtagh tocó su tenedor con la punta de una uña.

—¿Y luego?

La niña irguió la cabeza.

—¡Quiero visitar las montañas Beor y ver a los enanos! Son los que nos hacen las ventanas. ¿A que son bonitas? —añadió, señalándolas.

—Desde luego que sí.

—¿Usted ha estado en las montañas Beor?

—Sí que he estado. Una vez, hace mucho tiempo.

Essie se lo quedó mirando con un interés renovado.

—¿De verdad? ¿Son tan altas como dice la gente?

—Tan altas que no se ven las cimas.

Ella se recostó en su silla, intentando imaginárselo, casi mareada.

—Qué maravilla.

Murtagh no pudo contener una risita.

—Si no te importa morir saeteada, pues sí… Te darás cuenta, Essie, hija de Sigling, que huir no resolverá tus problemas de aquí.

—Claro que no —dijo, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Pero si me voy, Hjordis no podrá molestarme más.

Al verla tan convencida Murtagh casi sintió ganas de reír. Ocultó su sonrisa dando un buen trago a su jarra y recuperó la compostura.

—Otra opción, y no es más que una sugerencia, sería resolver el problema en lugar de huir.

—No tiene solución —dijo ella, empecinada.

—¿Y tus padres? Estoy seguro de que te echarían terriblemente de menos. ¿De verdad quieres hacerles sufrir así?

Essie se cruzó de brazos.

—Tienen a mi hermano, a mi hermana y a Olfa. Solo tiene dos años —respondió, con un mohín—. No me echarían de menos.

—Eso lo dudo sobremanera —dijo Murtagh—. Además, piensa en lo que hiciste con Hjordis. Ayudaste a proteger El Gran Festín. Si tus padres supieran el sacrificio que has hecho, estoy seguro de que se sentirían muy orgullosos.

—Ya… —respondió Essie, no muy convencida—. Pero el problema no existiría si no fuera por mí. «Yo soy» el problema. Si yo desaparezco, todo se arregla.

Cogió los restos de la manzana y los tiró a la enorme chimenea.

Un remolino de chispas ascendió por ella, y por encima del crepitar de los troncos se oyó el chisporroteo del agua al convertirse en vapor.

Al tirar la manzana se le había subido la manga, y en la muñeca izquierda Murtagh vio una sinuosa cicatriz roja. Murtagh encogió los labios y, procurando adoptar un tono informal, preguntó:

—¿Eso qué es?

—¿El qué?

—Eso que tienes en el brazo.

Essie bajó la vista y se ruborizó.

—Nada —masculló, bajándose la manga.

—¿Puedo? —le preguntó Murtagh, con la máxima delicadeza posible, tendiéndole la mano.

La niña vaciló, pero por fin asintió tímidamente y le dejó que le cogiera el brazo, apartando la cabeza mientras él le subía la manga con cuidado. La cicatriz le recorría el antebrazo hasta la altura del codo, un largo y furioso testimonio de un dolor pasado. Al verla, Murtagh sintió que se le encendían las venas, y percibió un dolor reflejo en su propia marca, la que tenía en la espalda.

Le bajó la manga otra vez.

—Esa cicatriz… es impresionante. Deberías estar orgullosa de ella.

Essie lo miró otra vez, confundida.

—¿Por qué? Es fea, y la odio.

Él esbozó una sonrisa.

—Porque una cicatriz quiere decir que has sobrevivido. Significa que eres dura, que no pueden acabar contigo tan fácilmente. Quiere decir que «has vivido». Una cicatriz es algo digno de admiración.

—Te equivocas —dijo Essie, ya tuteándolo, al tiempo que señalaba un tiesto con unas campanillas pintadas en la repisa de la chimenea. Tenía una larga grieta desde el borde hasta la base—. Solo significa que estás rota.

—Ah —respondió Murtagh, en voz baja—. Pero a veces, si trabajas muy duro, puedes reparar una rotura, y acaba siendo más fuerte que antes.

La niña se cruzó de brazos, encajando la mano izquierda bajo la axila.

—Hjordis y los otros siempre se ríen de mí por ella —murmuró—. Dicen que tengo el brazo rojo como un salmonete, y que por eso nunca encontraré marido.

—¿Y tus padres qué dicen?

Essie hizo una mueca.

—Que no tiene importancia. Pero eso no es verdad, ¿no?

Murtagh inclinó la cabeza.

—No, supongo que no. Pero tus padres hacen todo lo que pueden para protegerte.

—Bueno, pues no pueden —respondió, rebufando.

«No, probablemente no puedan», pensó él, poniéndose aún de peor humor.

Ella lo miró y pareció encogerse en su silla.

—¿Tú tienes alguna cicatriz? —preguntó, titubeante.

Él soltó una risa que no tenía nada de divertido.

—Por supuesto. —Señaló una pequeña marca blanca que tenía en la barbilla, una pequeña calva en la tupida barba—. Esta solo tiene unos meses. Me la hizo un amigo sin querer mientras jugábamos, el muy manazas.

Espina le había clavado la punta de una escama, y le había arrancado piel de la barbilla. No era una herida grave, pero le había hecho mucho daño y había sangrado copiosamente.

—¿Qué te pasó en el brazo?

Essie dio unos golpecitos en el borde de la mesa.

—Fue un accidente —murmuró—. Se me cayó una olla de agua hirviendo sobre el brazo.

—¿Se te cayó encima… «sin más»? —dijo él, frunciendo los párpados.

La niña asintió.

—Mmm.

Murtagh se quedó mirando el fuego, las brasas que ardían y chisporroteaban. No se lo creía. Los accidentes eran algo frecuente, pero cómo actuaba hacía pensar en algo más.

Tensó el gesto y apretó los dientes. Sintió un pinchazo de advertencia en la raíz de la última muela de la mandíbula inferior derecha. Había muchas injusticias que era capaz de tolerar, pero entre ellas no se contaba que un padre o una madre hicieran daño a su hija.

Echó una mirada a la barra. Quizá debiera de mantener una charla con Sigling y asustarlo un poco.

Essie cambió de posición en la silla.

—¿De dónde eres tú?

—De muy muy lejos.

—¿Del sur?

—Sí, del sur.

—¿Y cómo es? —dijo ella, dando un nuevo golpecito a la silla con los pies.

Murtagh respiró hondo y echó la cabeza atrás, poniendo la vista en el techo. Aún sentía bullir la sangre.

—Depende de adonde vayas. Hay sitios donde hace calor y otros donde hace frío, y lugares donde el viento no deja de soplar. Bosques interminables. Cuevas que penetran en lo más profundo de la Tierra, y llanuras con enormes rebaños de ciervos.

—¿Y hay monstruos?

—Por supuesto. —Volvió a fijar la vista en ella—. Siempre hay monstruos. Algunos de ellos incluso parecen humanos… Yo tuve que irme de casa, ¿sabes?

—¿Ah, sí?

Asintió.

—Era mayor que tú, pero sí. Me fui, pero no hui de los problemas… Escúchame, Essie. Sé que crees que marchándote todo mejorará, pero…

—Ahí estás, Tornac del Camino —dijo una voz taimada y sibilante que Murtagh reconoció enseguida: «Sarros».

El mercader se abrió paso por entre las mesas cercanas. Era flaco y andaba encorvado, llevaba una capa remendada sobre los hombros y unas ropas andrajosas debajo. En los dedos le brillaban varios anillos. Olía a pieles mojadas, y tenía un inquietante modo de moverse que recordaba el de los gatos.

Murtagh contuvo una maldición. Con todo el tiempo que había tenido para presentarse…

—Sarros. Te estaba esperando.

—Las estribaciones se están poniendo peligrosas —dijo Sarros.

Tiró de la silla vacía que había frente a la mesa, la movió hasta situarla casi exactamente a medias entre Essie y Murtagh, y se sentó de cara a ambos.

La niña se apartó un poco, asustada.

Murtagh paseó la mirada por la sala. Localizó a seis hombres que habían entrado en la taberna mientras él no miraba. Parecían tipos duros, pero no como los pescadores de la zona; llevaban pieles y cuero y vestían unas capas que seguro que les servían para ocultar las espadas que llevaban al cinto.

La escolta de Sarros. Murtagh se maldijo a sí mismo por haber perdido de vista el local mientras hablaba con Essie. No era propio de él. Un descuido como ese podía bastar para acabar muerto o en la cárcel.

Sigling, situado junto a la barra, observaba atentamente a los recién llegados. El tabernero sacó una porra forrada de cuero y la apoyó junto al lavadero a modo de silenciosa advertencia.

A pesar de las reservas de Murtagh con respecto a Sigling, tuvo que reconocer que hacía bien. Desde luego, el tipo no era tonto.

Volvió a fijar la atención en Sarros, que señaló a Essie con un dedo larguirucho.

—Tenemos negocios que discutir. Di a la jovencita que se vaya.

«No, me parece que no», decidió Murtagh. No había acabado de hablar con la niña y, en cualquier caso, con ella presente Sarros seguramente se portaría de una forma más civilizada. Aquel tipo era un bruto, como poco, y en el peor de los casos podía resultar directamente repugnante.

—Yo no tengo nada que esconder —dijo—. Puede quedarse. —La miró a la cara—. Si te interesa. Podrías aprender algo útil del mundo.

Essie se encogió en su silla, pero no se fue.

Sarros meneó la cabeza y dejó escapar un siseo prolongado por entre los dientes.

—Ingenuo trotamundos. Como desees. No discutiré, aunque quieras buscarme las cosquillas.

—No, no lo harás —respondió Murtagh, endureciendo la mirada—. Dime, ¿qué has encontrado? Han pasado tres meses y…

Sarros hizo un gesto con la mano.

—Sí, sí. Tres meses. Ya te lo he dicho; las estribaciones están peligrosas. Pero he oído voces de lo que buscas. No solo voces, he encontrado «esto».

De la cartera de cuero que llevaba al cinto, sacó un pedazo de «algo» que tenía el tamaño de un puño; lo dejó caer sonoramente sobre la mesa.

Murtagh se inclinó hacia delante, y Essie también.

Aquel «algo» era un trozo de piedra, pero tenía un brillo especial, como si tuviera una brasa ardiendo en el interior. Desprendía un intenso olor sulfuroso, penetrante, como a huevos podridos.

Essie la olisqueó y arrugó la nariz.

Murtagh sintió una tensión en el pecho, como un resorte. Ojalá se equivocara. Esperaba que los murmullos y advertencias que había oído no significaran nada… «Cuidado con las profundidades, y no pises donde el suelo está negro y frágil y el aire huele a azufre, porque en esos lugares acecha el mal». Eso les había dicho el viejo dragón Umaroth a él y a Espina durante su autoimpuesto exilio.

Murtagh había rezado para que Umaroth se equivocara, para que no hubiera ningún peligro nuevo acechando en las regiones no pobladas.

No tenía que haber cuestionado la sabiduría de un dragón de la edad de Umaroth.

Sin dejar de mirar a la roca, preguntó:

—¿Qué es eso exactamente?

Sarros se encogió de hombros.

—Lo único que tengo son sospechas, pero tú buscabas algo inusual, algo fuera de lugar, y eso no encaja en la normalidad.

—¿Había más o…?

Sarros asintió.

—Eso me han contado. Todo un campo cubierto de piedras.

La presión que sentía Murtagh en el pecho aumentó.

—¿Negras y quemadas?

—Como marcadas por el fuego, pero sin ningún rastro de llama o humo.

—¿De dónde es? —preguntó Essie.

Sarros sonrió y la niña se encogió un poco. Al igual que muchos de los jinetes de las llanuras del centro de Alagaësia, Sarros tenía los dientes limados en punta.

—Bueno, ese es el quid de la cuestión, jovencita.

Murtagh se dispuso a coger la roca, pero Sarros dejó caer la mano sobre el brillante mineral, envolviéndolo con los dedos.

—No —dijo—. Primero, el dinero, trotamundos.

Con cara de fastidio, Murtagh sacó de debajo de la pesada capa una pequeña bolsita de cuero que emitió un tintineo metálico al ponerla sobre la mesa.

Sarros sonrió. Tiró del cordón de la bolsita, dejando a la vista unas brillantes monedas de oro. Essie cogió aire de golpe. Murtagh dudaba de que hubiera visto nunca una corona entera.

—La mitad ahora —dijo—. Y el resto cuando me digas dónde has encontrado eso —añadió, dando un golpecito sobre la roca con la punta de un dedo.

Sarros emitió un extraño sonido ahogado. Se reía. Y luego dijo:

—Oh, no, trotamundos. Desde luego que no. Yo creo que deberías darnos el resto de tu dinero, y quizás entonces te permitamos conservar la cabeza.

Al otro lado del comedor, los hombres vestidos con pieles deslizaron las manos por debajo de las capas, y Murtagh vio el mango de sus espadas medio escondidas bajo la tela.

Más que una sorpresa, fue una decepción. ¿De verdad Sarros estaba rompiendo el trato por pura codicia?

Qué vulgar.

Essie vio las espadas y abrió los ojos como platos. «Maldición». Antes de que Murtagh pudiera intervenir, la niña se echó adelante y quiso gritar, pero Sarros sacó un cuchillo fino y se lo puso contra la garganta.

—Quieta, jovencita, o te rebano el cuello de lado a lado.

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Capítulo III

Tenedor y espada

El tenso resorte que le oprimía el pecho a Murtagh llegó a su punto de tensión máxima. En ese momento dejó de ver a Sarros como una persona y se convirtió en una «cosa», un «problema» que había que resolver, rápido y sin vacilar.

Essie se quedó helada al contacto con el cuchillo del mercader. Era lo más inteligente que podía hacer.

Murtagh sintió la preocupación de Espina desde la distancia. El dragón se preparaba para alzar el vuelo e ir en su ayuda. Murtagh respondió:

¡No! ¡No lo hagas!

Lo último que necesitaba era que el dragón apareciera arrasando Ceunon.

Hizo un esfuerzo para mantener ocultas sus emociones y dijo:

—¿Por qué este cambio de guion, Sarros? Te estoy pagando bien.

—Ssssí. De eso se trata. —Sarros se acercó más aún, abriendo bien la boca. El aliento le olía a carne podrida—. Si estás dispuesto a pagar todo esto por pistas y rumores, debes de tener más dinero que sentido común. «Mucho» más dinero.

«Qué tonto», pensó Murtagh. Tenía que haberse dado cuenta de que enseñar tanto oro en público podía generar problemas. Era un error que no volvería a cometer.

Lo cierto era que ya se había gastado casi todo el dinero que tenía cuando Espina y él habían huido a los bosques. Se había mostrado demasiado interesado en esa información, y ahora esa ambición le estaba costando algo más que dinero.

Murmuró una maldición y luego dijo:

—Tú no quieres esta pelea. Dame la ubicación, llévate el oro que te has ganado y nadie tiene por qué salir herido.

—¿De qué pelea hablas? —dijo Sarros, burlón—. No llevas espada. Somos siete, y tú eres uno. El dinero es nuestro, quieras o no. —La hoja del cuchillo se clavó mínimamente en el cuello de Essie, y ella se puso rígida—. ¿Lo ves? —añadió—. Te facilito la decisión, trotamundos. Dame el resto del oro que llevas, o esta jovencita pagará con sangre.

La niña tenía la vista fija en Murtagh. Él percibía su miedo desesperado, y sabía que confiaba en que la ayudara. Se la veía tan pequeña, tan vulnerable, que Murtagh sintió una tremenda conexión con ella.

No había otra opción.

Sonrió levemente. ¿De verdad esperaba pasarse por Ceunon y no verse envuelto en algún tipo de problema? Bueno, pues ahí lo tenía.

Recurrió a sus reservas mentales y se concentró en una frase en el idioma antiguo, el lenguaje de la verdad, del poder y la magia.

«Thrífa sem knífr un huildr sem konr».

El aire pareció temblar entre los dos. Eso, y nada más.

Murtagh parpadeó, sorprendido. El hechizo había fallado. ¿Llevaría alguna guardia consigo el mercader? Tendría que ser una potente, porque un amuleto cualquiera no habría sido obstáculo para un hechizo de tal calibre. Aquello suponía un giro inesperado y muy inoportuno.

Una vez más, Sarros chasqueó la lengua.

—Tonto. Muy tonto. —Con la mano que tenía libre, sacó un amuleto hecho con un cráneo de pájaro que llevaba bajo el jubón—. ¿Ves esto, trotamundos? La bruja Bachel nos hizo un collar protector a cada uno. Tu palabrería no va a servirte de ayuda. Estamos protegidos contra cualquier mal.

—¿Ah, sí? —dijo Murtagh, impasible.

El mercader había pasado de ser una molestia a un verdadero peligro. La moderación ya no era una opción válida. No, si uno de los dos quería ganar, y Murtagh ya había decidido que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para evitar perder… una vez más.

Así que pronunció la «Palabra», y no era una palabra cualquiera. Resonó como una campana, y aquel sonido contenía todos los significados posibles, porque era la palabra más poderosa de todas: el nombre del idioma antiguo. El Nombre de Nombres. El más secreto de todos los hechizos, que solo conocían Eragon, Arya y él mismo. Con él podía romper o alterar cualquier hechizo. Con él podía cambiar el significado del propio lenguaje.

El Nombre de Nombres estaba cargado con tres propósitos: el deseo de anular las protecciones de Sarros, el deseo de hacerse con su cuchillo y, sobre todo, una orden para impedir que quienes oyeran «la Palabra» pudieran recordarla luego.

Se hizo un silencio sordo. Todo el mundo en el salón lo miró, muchos de los parroquianos con cara de confusión, como si se acabaran de despertar de un sueño. Essie se lo quedó mirando con los ojos como platos, y daba la impresión de que ya ni se acordaba de su miedo.

Pero no parecía que aquello hubiera hecho mella en Sarros. Murtagh se quedó perplejo. El único modo de desafiar al Nombre de Nombres era con magia sin palabras, magia lanzada sin la ayuda del idioma antiguo para hacerla más segura, y esa era la más arriesgada y salvaje de todas. Ni siquiera los hechiceros más hábiles se atrevían a usarla.

Murtagh había infravalorado a Sarros y a quien le hubiera preparado para aquello. La situación se estaba volviendo peligrosamente impredecible. Y a Murtagh no le gustaba lo impredecible.

—¡Essie! —gritó Sigling, dándose cuenta por fin de la situación. Agarró su porra y saltó por encima de la barra con una agilidad que Murtagh no se esperaba de aquel tabernero con entradas—. ¡Suéltala ahora mismo!

Pero antes de que pudiera dar un paso más, dos de los rufianes ataviados con pieles cargaron contra él y lo derribaron. Uno de ellos le golpeó en la cabeza con el pomo de su espada y se oyó un tonk.

Soltó un gemido y dejó caer la porra.

Nadie más osó moverse.

«Ya basta de todo esto», pensó Murtagh.

—¡Papá! —gritó Essie, retorciéndose bajo el cuchillo de Sarros.

El mercader volvió a soltar una risita socarrona, más fuerte que la de antes.

—Tus trucos no te ayudarán, trotamundos. Ningún hechizo puede superar a los de Bachel. No existe magia más potente.

—Quizá tengas razón —dijo Murtagh, con una voz tranquila como la superficie de un estanque sin brisa. Cogió el tenedor y se puso a juguetear con él—. Bueno, pues parece que no tengo opción.

—Ninguna —confirmó Sarros con petulancia.

Por la puerta de la cocina apareció una mujer robusta con las mejillas coloradas, limpiándose las manos en el mandil.

—¿Qué es todo esto…? —empezó a decir, hasta que vio a Sarros con el cuchillo en la mano y a Sigling tendido en el suelo, y se puso pálida.

—No causes problemas, o ensartamos a tu hombre —dijo uno de los matones vestidos con pieles, apuntando a Sigling con su espada.

Mientras todo el mundo estaba distraído mirando a la esposa de Sigling, Murtagh movió los labios, hablando sin voz, y dijo: «Halfa utan thornessa fra jierda». Una ondulación transparente recorrió el tenedor como una llama.

Essie abrió aún más los ojos, pero no hizo ningún movimiento.

Sarros dio una palmada sobre la mesa.

—Ya está bien de parloteo. El dinero. Venga.

Murtagh agachó levemente la barbilla y metió la mano izquierda bajo la capa. Mantuvo la calma hasta el último momento.

Con un único movimiento, su capa voló por los aires, y atrapó el cuchillo de Sarros entre las púas del tenedor, que usó para arrancarle el cuchillo y lanzarlo despedido hacia el otro extremo del comedor.

El cuchillo emitió un tintineo metálico al chocar contra la pared.

Sarros parpadeó y se quedó paralizado mientras Murtagh le presionaba bajo la barbilla con las puntas del tenedor. El hombre de dientes de tiburón tragó saliva y una fina pátina de sudor le cubrió el rostro, pero mantuvo la mano junto al cuello de la niña, con los dedos bien abiertos, como si quisiera partirle el cuello.

—Aunque, por otra parte —señaló Murtagh, disfrutando del cambio de escena—, tu hechizo no puede evitar que use la magia con otras cosas. Como con este tenedor, por ejemplo. —Presionó aún más, clavando las puntas del tenedor en la carne de Sarros—. ¿De verdad crees que necesito una espada para derrotarte, infecto saco de mugre?

Sarros siseó. Luego empujó a Essie, lanzándola contra Murtagh, y dio un salto hacia atrás, derribando la silla.

Murtagh se puso en pie de un salto, y Essie cayó al suelo. Se fue corriendo a cuatro patas hasta ocultarse tras las mesas.

Los seis hombres vestidos con pieles desenvainaron, y el gran salón se convirtió en un mar de cuerpos apiñados: pescadores, campesinos y otros clientes se lanzaban desesperadamente hacia la salida, el músico que tocaba el laúd tropezó y se cayó, y se oyeron gritos y ruidos de jarras rotas.

Murtagh se desprendió de su capa para moverse mejor. En aquel momento lamentó no llevar consigo la Zar’roc, o incluso un cuchillo de campo para defenderse. Pero no, había sido demasiado confiado, demasiado listillo. Y lo único que tenía era el tenedor.

Los matones intentaron arrinconarlo junto a la chimenea, pero no pensaba permitírselo. Se coló por entre las mesas, dando un rodeo para contar con un buen ángulo.

Sarros se había retirado a una esquina y gritaba:

—¡Cortadlo por la mitad! ¡Matadlo! ¡Abridlo en canal y sacadle las tripas!

«Ya me encargaré yo de ti», pensó Murtagh.

Al fondo del gran salón, la niña ya había llegado con su madre. La mujer situó a Essie tras su falda y cogió una silla que usó como escudo para protegerse.

Uno de los matones cargó contra Murtagh agitando la espada.

«Idiota», pensó él, que paró el golpe con el tenedor y luego se lo clavó en el pecho.

Las púas del tenedor atravesaron músculo y hueso, el hombre convulsionó y cayó con un gemido ahogado, mientras su corazón se rendía.

Murtagh sintió un acceso de rabia y miedo procedente de Espina, y percibió la voluntad decidida del dragón de ir en su busca. ¡Quédate ahí!, le gritó mentalmente, y luego blindó sus pensamientos contra cualquier intrusión. Espina le hizo caso, pero a regañadientes.

Otros tres secuaces de Sarros avanzaron, espada en ristre, sin esperar a que llegaran los otros dos.

Murtagh cogió una silla y, con una mano, se la estrelló en la cabeza al hombre que tenía a la izquierda. Al mismo tiempo usó el tenedor para desviar el ataque de los otros dos matones. Bloqueó cada uno de sus envites, desviándolos con facilidad. Ninguno de ellos era experto; eso estaba claro.

Sus rivales tenían la ventaja de la envergadura de sus espadas, pero Murtagh esquivaba sus ataques y conseguía acortar distancias. Con una rapidez inaudita, les clavó el tenedor: uno, dos, tres, cuatro impactos que dejaron a los hombres en el suelo, donde yacían en silencio o gimiendo.

Sentía que la sangre le calentaba las venas, que el sudor le perlaba la frente, y los extremos de su campo de visión se teñían de púrpura. Pero seguía respirando regularmente. Mantenía el control, aunque la tensión de la violenta victoria le recorría el cuerpo.

Al otro lado de la sala, Sigling se puso en pie apoyándose en la barra. Había recuperado la porra, aunque Murtagh tenía claro que aquel palo forrado de cuero no iba a servirle de mucho contra las espadas de los matones.

—Essie —dijo la mujer del tabernero—, Olfa está en la cocina. Quiero que vayas…

Antes de que acabara la frase, uno de los escoltas de Sarros fue corriendo hacia ellas. En la mano libre tenía una maza, con la que golpeó la silla que sostenía la mujer.

El impacto le arrancó la silla de las manos, destrozándola.

La niña gritó viendo que el hombre levantaba la espada que llevaba en la otra mano…

Murtagh sabía que no tenía tiempo de cruzar todo el local para salvarlas. Así que se encomendó al destino y lanzó el tenedor.

Tuc.

El tenedor se quedó clavado en la nuca del hombre, que cayó al suelo, inerte, como un saco de harina.

Murtagh respiró, aliviado, pero aquello solo duró un segundo. Sarros y el último compañero que le quedaba en pie intentaban cercarlo. Golpeó al espadachín en la barriga con el canto de una mesa y, al caer al suelo, le saltó encima, golpeándole la cabeza contra el suelo.

Sarros soltó una maldición y salió corriendo hacia la puerta, pero en el momento de girarse, tiró un puñado de cristales brillantes en dirección a Murtagh.

—¡Sving! —gritó él.

Los cristales se detuvieron en el aire y salieron volando hacia las llamas de la chimenea, chisporroteando. Las piedras del hogar quedaron salpicadas de brasas de color púrpura.

Murtagh alcanzó a Sarros antes de que pudiera llegar a la puerta. Le agarró del jubón y —gruñendo del esfuerzo— lo levantó por encima de la cabeza y lo estampó contra los tablones de madera del suelo.

El codo izquierdo se le dobló en un ángulo antinatural. El hombre soltó un aullido de dolor.

—Essie —dijo la mujer del tabernero—, quédate detrás de mí.

Murtagh plantó un pie sobre el pecho de Sarros.

—Y ahora, bastardo… —dijo con un gruñido—, ¿dónde has encontrado esa piedra?

Sigling salió de la barra y cruzó la sala renqueando hasta llegar junto a su mujer y su hija. No dijeron nada, pero la mujer lo rodeó con un brazo, y él hizo lo mismo con ella.

Sarros soltó una risa entrecortada. Su voz tenía algo de salvaje que a Murtagh le recordaba los momentos de mayor demencia de Galbatorix. El tipo se lamió los afilados dientes y dijo:

—Tú no sabes lo que buscas, trotamundos. Estás desconcertado y ciego. Cuando se despierte el durmiente, tú y yo… no somos más que hormigas a la espera de que nos aplasten.

—La «piedra» —repitió Murtagh con los dientes apretados—. ¿Dónde?

La voz de Sarros se volvió aún más aguda, un chillido enloquecido que atravesó el aire de la noche.

—No lo entiendes. ¡Los soñadores! ¡Los soñadores! Se te meten en la cabeza y te retuercen los pensamientos. ¡Ahh! Te los retuercen hasta descoyuntártelos —dijo, y empezó a patalear, golpeando con los talones en el suelo y sacando una espuma amarilla por las comisuras de la boca—. Vendrán a por ti, trotamundos, ya verás. Ellos… —Su voz se fue volviendo más ronca hasta quebrarse, y tras un espasmo final se quedó inmóvil.

El desasosiego se apoderó de Murtagh. Aquel hombre no tenía que haber muerto. Aquello era efecto de la magia, o de algún veneno, y ninguna de las dos explicaciones le tranquilizaba lo más mínimo. De hecho, toda aquella situación le dejó un mal sabor de boca. Se sintió como si estuviera atrapado en una trampa invisible, sin saber quién —o qué— se la había puesto.

Por un momento, no se movió nadie en la sala.

Murtagh sintió que era el centro de todas las miradas mientras le arrancaba a Sarros el amuleto del cuello, recogía su capa y volvía a la mesa junto al fuego. Se metió en el bolsillo la piedra con aquel brillo interior, recogió su bolsa de monedas y se detuvo un momento, pensativo.

Con la bolsa en la mano, se acercó a Sigling y a su esposa, que aún tenían a Essie detrás para protegerla. La niña parecía aterrada, y Murtagh no podía culparla por ello.

—Por favor… —dijo Sigling.

—Mis disculpas por las molestias —dijo. Olía su propio sudor, y tenía la parte delantera de la camisa de lino salpicada de sangre—. Tenga, esto debería bastar para reparar los daños.

Les tendió la bolsita y, tras un momento de vacilación, Sigling la aceptó.

El tabernero se humedeció los labios.

—Los guardias llegarán en cualquier momento. Si sale por detrás…, puede llegar a la puerta antes de que le vean.

Murtagh asintió. «Todo un detalle por su parte», pensó.

Entonces se arrodilló y le arrancó el tenedor de la nuca al matón tendido sobre los tablones del suelo. La niña se encogió al ver que Murtagh la miraba.

—A veces —dijo él— tienes que dar la cara y luchar. A veces no puedes huir. ¿Ahora lo entiendes?

—Sí —susurró Essie.

Murtagh volvió a dirigirse a sus padres:

—Una última pregunta: ¿necesitan al gremio de los albañiles como clientes para mantener la taberna abierta?

Sigling frunció el ceño, confuso.

—No, la verdad es que no. ¿Por qué?

—Eso pensaba yo —dijo Murtagh. Luego le tendió el tenedor a Essie. Estaba perfectamente limpio; no tenía ni una gota de sangre—. Esto te lo regalo. Tiene un hechizo que lo hace irrompible. Si Hjordis te vuelve a molestar, dale un buen pinchazo, y te dejará en paz.

—Essie… —dijo la madre, en voz baja pero alarmada.

Pero Murtagh vio que ya estaba decidida. Asintió y cogió el tenedor.

—Gracias —respondió con solemnidad.

—Todas las buenas armas merecen tener un nombre —dijo Murtagh—; especialmente, las mágicas. ¿Qué nombre le pondrás a esta?

Essie se quedó pensando un segundo y luego dijo:

—¡Señor Pinchos!

Murtagh no pudo evitarlo; en su rostro apareció una gran sonrisa, y se rio sonoramente.

—Señor Pinchos, me gusta. Muy propio. Que el Señor Pinchos siempre te traiga buena suerte.

Y Essie también sonrió, aunque algo vacilante.

—¿Quién… quién es usted realmente? —preguntó la madre de la niña.

—Solo una persona que busca respuestas —respondió Murtagh.

Estaba a punto de irse cuando de pronto, siguiendo un impulso repentino, alargó una mano y se la apoyó en el brazo a la niña. Pronunció las palabras de un hechizo curativo, y la cría se quedó rígida mientras la magia surtía efecto, reparando el tejido de la cicatriz de su brazo.

El frío se extendió por los miembros de Murtagh; el hechizo se cobró su precio en energía, absorbiendo fuerzas de su cuerpo para efectuar el cambio que había ordenado.

—¡Déjela! —dijo Sigling, tirando de ella, pero el hechizo ya había hecho efecto.

Murtagh se alejó, extendiendo la capa tras él como una oscura ala.

Mientras atravesaba la cocina, en la parte trasera de la taberna, oyó a Sigling y a su mujer que exclamaban asombrados, y luego a los tres que se echaban a llorar, pero no de pena, sino de alegría.

Murtagh no había acabado. Mientras estaban distraídos, llegó hasta ellos con la mente y se coló en su atolondrado flujo de pensamientos. Fue sutil, no tuvo que emplear ninguna violencia. Lo que buscaba estaba en el primer plano de sus conciencias: el momento, tres años antes, en que Essie había chocado con su padre en la cocina mientras él cargaba el caldero de hierro con el mango torcido lleno de agua hervida para lavar. Essie iba corriendo sin mirar, sin prestar atención, y estaba donde no debía. En Sigling percibía sensaciones de culpa y de alivio. En su esposa, el alivio, la pena y la relajación del resentimiento que había llevad

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