Quizá sea anticuado, pero a mí me gusta empezar por el principio y ¿qué mejor manera de iniciar que contándote un poco sobre mí? Soy Nicolás Mier y Terán Iza y desde pequeño me considero un apasionado de la nutrición. Cuando era niño solían interesarme las etiquetas de nutrición de los productos que comía y constantemente me hacía preguntas sobre si era bueno o malo comer un sándwich o unos huevos revueltos, cereal con leche o quesadillas, gomitas o chocolates, y demás opciones que nos topamos al crecer. Cuando hacía estas preguntas sobre si era bueno o malo comer alimentos, como galletas o pan dulce, la respuesta que recibía era: “Puedes comer lo que quieras, ya que estás en crecimiento” o “Tú, que haces ejercicio, puedes comer pan dulce sin problema”. Una hermana de mi papá tenía una casa de descanso en Cuernavaca y cuando nos invitaban algún fin de semana o en una vacación, mi tío me hacía el encargado de escoger el pan dulce y los postres que íbamos a comer. En las mañanas lo acompañaba a la panadería a comprar el pan del desayuno y, por las tardes, después de comer, también era el encargado de elegir los postres (pastel, helado, galletas y pasitas con chocolate, entre otros).
La realidad, aunque me duela un poco aceptarlo, es que comíamos de manera muy desequilibrada y en exceso. Para este momento, digamos que tenía entre 5 y 10 años, yo me seguía preguntando si todos esos alimentos que comíamos eran correctos y saludables. Algo que recuerdo mucho es que las gomitas y los cereales industrializados tenían leyendas en los empaques que decían “sin grasa”. Así que, mi yo de 7 años pensaba: “Como no tienen grasa, pues… seguramente es seguro consumirlos y no engordan, ¿no?”. La respuesta, aunque aún no lo sabía, era un rotundo: NO.
Más grande, ya de adolescente, me seguía preguntando qué opciones eran mejores que otras o si después del ejercicio era más apropiado comer huevo o cereal con leche, hacer una colación de barritas industrializadas o fruta y un sándwich; si al estar en un restaurante debía pedir jugo o refresco. La verdad es que no encontraba respuestas concretas. (Puede parecer sorprendente, pero hasta hace relativamente poco no teníamos Google para realizar ese tipo de consultas.)
Crecí en una familia bastante típica, donde a varios de nosotros nos encanta el chocolate, así que ese alimento nunca faltó en casa. A mi abuelo, mi mamá, mi hermano y a mí nos gusta tanto el chocolate que entre nosotros solíamos decir que podíamos comer postres sin parar y jamás empalagarnos. Y que, además, podíamos empezar una comida por el postre sin mayor problema.
Conforme fui creciendo, empecé a ganar peso y a mis 17 años llegué a mi máximo histórico: 93 kilos (para referencia, mido 1.76 m). Usando la medición de índice de masa corporal (IMC), que es una medida de volumen que se obtiene dividiendo nuestro peso entre la estatura al cuadrado, el resultado era de 30. Eso me ubicaba en el rango de obesidad.
Tenía muy malos hábitos de alimentación y ejercicio. Comía más productos industrializados de los que debía. Entre muchas otras cosas, el sobrepeso afectó mi seguridad y autoestima. En fin, quienes lo hemos sentido, sabemos que no nos gusta estar ahí. Para poner un ejemplo, mi alimentación en un día consistía en:
- Desayunar un plato de cereal con leche y un plátano (sin duda, una de las opciones preferidas por muchos en México).
- Un lunch de sándwich, barritas o galletas, y a veces compraba alguna bebida azucarada.
- Comer sopa de verduras o de pasta, y guisado acompañado con arroz, tortillas y frijoles.
- Cenar las clásicas e infalibles quesadillas y tomar un vaso de leche.
Una alimentación muy estándar para la mayoría de los mexicanos.
Y ni hablar de las papitas y antojos de media tarde: “Total, estoy en crecimiento, puedo hacer mucho ejercicio y, al ser adolescente y estar en la escuela, gasto muchas calorías estudiando y haciendo tarea”. ¿Correcto? (Pista: otra vez es un NO.)
Siempre fui un niño activo e inquieto y en mi infancia aprendí a surfear… ¡me encantaba! Fue justo cuando estaba más pesado (o, como dirían por ahí, “llenito”) que ya no pude practicar este deporte que tanto me apasionaba. Con tristeza veía cómo hundía mi tabla más de lo necesario para tener un buen desempeño. Ese fue el factor definitivo para cambiar mi estilo de vida y ponerle un freno al sobrepeso. Llegué a la casa de fin de semana de mis papás y en ese momento, desde mi enojo, me dije: “Se acabó el Nicolás que no puede hacer surf”. En un arranque un poco dramático (lo confieso) busqué todos los productos industrializados que teníamos en casa y los tiré a la basura. Mi frustración, enojo y tristeza eran muy grandes. Lo que más recuerdo es que desde ese instante me dije: “A partir de ahora me voy a hacer flaco”.
Fue por esa época que leí un libro al que tuve acceso por mis hermanos mayores. Se llamaba Body For Life, el cual planteaba un programa de alimentación y ejercicio (sobre todo de cardio y pesas) que prometía cambiar tu cuerpo en 12 semanas. Lo empecé a seguir, a pesar de tener en mi contra no contar con una membresía en el gimnasio ni suplementos específicos. No tenía la intención de ponerme una fecha límite para llegar a un resultado, pero ¡sorpresa!: un año después bajé 20 kilos y, con ellos, gané todos los beneficios asociados con perder peso. Mi autoestima y seguridad mejoraron y, por supuesto, pude practicar nuevamente el surf que tanto me gusta. En ese momento reflexioné y me di cuenta del impacto que puede tener leer un libro que nos ayude a cambiar por completo nuestros hábitos y apegarnos a nuevas costumbres. Eso es lo que espero poder trasmitir a través de lo que ahora tienes en tus manos: mi primer libro.
Para mí, fueron 20 kilos menos y un cambio radical en mi vida. Para ti, puede ser mejorar tu salud, seguridad, autoestima, imagen, perder miedos y ansiedades, dejar de tener culpa y algunos otros factores emocionales que no te dejan vivir en paz.
Verás que comer y hacer el ejercicio que te propongo no es difícil. En algún momento lo puedes sentir cansado, latoso, abrumante… pero creo que poco a poco puedes avanzar mucho. Así como yo lo hice: perdí 20 kilos en un año y nunca los volví a recuperar.
Antes de empezar mi carrera de Nutrición, estuve un semestre en el ITAM (Instituto Tecnológico Autónomo de México) estudiando Relaciones Internacionales. Aunque solo pasé un semestre ahí, tuve algunos momentos de, podría llamarse, “iluminación” que te quiero compartir. En mis días de universitario, además de llevar los libros propios de Relaciones Internacionales en la mochila, cargaba con el libro La Dieta de la Zona, que repasaba en mis ratos libres (los cuales en realidad no existían ya que, como algunos de ustedes sabrán, el ITAM es muy demandante). Mi interés por la nutrición y todos sus aspectos me acompañaba incluso mientras estudiaba otra carrera. Ahora que miro hacia atrás, lo veo como una señal clarísima de que lo que hago actualmente es mi verdadera vocación.
Un día, estaba haciendo fila para comprar un café y mientras avanzaba leía todas las opciones (café, café con leche, chocolate caliente y otras bebidas) y, analizando un poco el menú, pensé: “El café que debo tomar es americano, sin leche ni azúcar. La leche tiene calorías y la etiqueta de nutrición dice que tiene proteína, carbohidratos y grasa, por lo que creo que es una buena idea evitar agregarla a mi bebida”. En general, estaba muy alerta a lo que comía y también a lo que comían quienes me rodeaban. Me fijaba y pensaba en cómo podía ayudarlos a mejorar sus elecciones de alimentación. Esto es algo que me acompaña desde el inicio de mi carrera y que, justamente, me ha ayudado a crear un plan en donde la nutrición correcta del cuerpo es el principal objetivo. Sin restricciones, pero siempre consciente.
El segundo gran momento de mi época como “itamita”: estaba con mis compañeros y teníamos que estudiar para un examen final muy importante. Nuestro plan era ir a comer tacos (quienes conocen el ITAM saben perfecto a cuáles me refiero) y de ahí subir a la biblioteca para empezar a prepararnos para dicho examen. Mi intervención textual fue: “Si comemos tacos y tomamos refresco, nuestras células se van a inflamar, nos va a dar sueño y no vamos a retener lo que estudiemos. ¿Por qué no mejor vamos a comer ensalada con un sándwich, agua y café negro? Creo que tendremos un mejor desempeño estudiando”.
Evidentemente, la reacción de mis amigos fue la esperada de una bola de chavos universitarios. Todos me voltearon a ver con cara de “¿Quééé?”, sin entender lo que les estaba planteando, se rieron y, sí, acabamos comiendo tacos.
Estos dos momentos me abrieron los ojos para entender que mi camino no era ese. La realidad es que el ITAM y las Relaciones Internacionales no eran para mí, así que me salí y empecé a estudiar Nutrición y Ciencias de los Alimentos en la Universidad Iberoamericana. Como cualquier egresado, al terminar quería entrar a un trabajo que me hiciera aprender y me permitiera aplicar lo que estudié durante mi carrera. Así que ingresé al Centro de Nutrición y Obesidad del Centro Médico ABC. Ahí tuve la oportunidad de desempeñarme como nutriólogo y acompañar y guiar a mis pacientes para que lograran sus metas de peso y, principalmente, de salud.
Trabajé por más de 10 años ahí. Justo durante ese tiempo me di cuenta de que lo que me apasiona es ayudar a que los pacientes pierdan peso y se mantengan saludables. Hoy, sé que ser y mantener tu mejor versión te puede cambiar física, mental y emocionalmente, y más adelante veremos el porqué.
No se trata solo de hacer una dieta, hay que cambiar muchas más cosas alrededor. Se trata de crear un estilo de vida que pueda ser sustentable siempre, que aporte longevidad, salud y bienestar general.
En nutrición 1+1 no siempre da 2, ya que hay muchas hormonas involucradas en el cuerpo (esto también lo abordaremos de manera sencilla más adelante). Así que empecemos de una vez. Me emociona compartir estas páginas contigo y espero lograr que, al final del camino, tú alcances una vida más saludable y longeva. ¡Allá vamos!
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Impactar al mundo
¿Sabías que en 2017 había 650 millones de personas obesas en el mundo y que para el 2030 se estima que habrá 1 100 millones? (este dato lo obtuve del libro 2030. Cómo las tendencias más populares de hoy darán forma al nuevo mundo, de Mauro F. Guillén). No quiero que pertenezcas a este terrible número, por el contrario, quiero que le demos la vuelta y seas de las personas que mantienen un buen peso, que tengas menos riesgo de enfermedades y mucha salud durante toda tu vida.
No quiero prescribir una dieta más, me enfoco en cambiar estilos de vida porque eso es lo único que traerá resultados duraderos a largo plazo.
No importa en qué lugar del mundo vivas, la información que te presentaré es fácil, práctica y puntual y podrías comenzar a aplicarla desde el momento que la leas. Lo cierto es que el panorama de salud mundial en cuanto a obesidad y las enfermedades que esta desencadena es muy desalentador. La única manera de hacer un cambio es empezar hoy, no dejarlo para mañana, y comprometernos con nuestro bienestar. Solo tendremos este cuerpo por el resto de nuestras vidas, depende de nosotros llevarlo a su máximo potencial y extender su salud lo más posible.
Datos en el mundo y en México
Navegando por internet me topé con un artículo en la página de Infobae (que ahora es uno de los medios en español más leídos globalmente), en el que se leía:
La obesidad se está convirtiendo en una de las peores pandemias no contagiosas en la historia de la humanidad. El Atlas Mundial de la Obesidad dio a conocer que en el 2020 había 1 079 millones de personas con algún tipo de obesidad en todo el mundo, cifra que se prevé pueda agravarse y llegar a los 1 469 millones para el año 2030. México ocupa el quinto lugar en la tabla de países que tienen mayor población con este problema en el mundo y se espera que en una década el 36.8% de la población adulta mexicana padezca este trastorno, es decir, más de 35 millones de personas.
De acuerdo con la misma fuente citada, para la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2021, realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México las personas que más padecen obesidad, categorizando por grupos de edad, son los hombres y mujeres de entre 30 y 39 años, grupo que constituye 39.6% del total de la población mexicana con esta enfermedad. Es decir, personas relativamente jóvenes, con una larga vida por delante, que podrían verse afectadas de seguir por el camino de los malos hábitos alimenticios y del sedentarismo. Terrible, ¿no?
Cuando una persona vive con sobrepeso y obesidad, su calidad de vida y todo lo que esto implica (el factor físico, emocional y salud) se ven afectados. También es por eso que quiero ayudar a que dejes de ser parte de la estadística y puedas vivir tu mejor versión, sin que esta enfermedad te frene. Siempre lo pienso al revés: hay que ser parte de las estadísticas positivas y hay que ser parte de las personas que están en un rango de peso normal, que cumplen con el ejercicio y actividad física diaria, que caminan 8 mil pasos promedio al día. Quienes duermen 6 horas o más y cuidan su ansiedad y estrés. Quienes cuentan con exámenes de laboratorio en los rangos adecuados. Cada vez que doy una consulta pienso en ayudar a que mis pacientes pasen a las estadísticas buenas y salgan de las negativas. Todo se trata de perspectivas: tratemos siempre de estar del lado luminoso de las cosas y la vida será mucho más sencilla. La salud es la base de todo esto.
Retomo el artículo que mencioné antes: “La falta de políticas públicas que puedan hacer frente al aumento de la población con obesidad podría traer un futuro no muy alentador y, en el peor de los casos, se cumpliría el pronóstico de los especialistas del Atlas Mundial de la Obesidad”.
Los analistas usan el índice de masa corporal (IMC) para determinar el sobrepeso calculando su peso y estatura; mientras más arriba esté, mayor será el riesgo a la salud. Si el IMC se encuentra entre 25 y 29, se habla de sobrepeso; cuando el
