ElMayo97 - Una aventura espacial

Mayo
Mayo

Fragmento

El Mayo97

“Ahora voy a salir del módulo lunar. Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.

En ese momento Mayo comenzó a aplaudir, era su parte favorita: cuando el primer hombre comenzó a caminar en la Luna, a finales de los años sesenta, y de eso ya habían pasado cinco décadas. Siempre se preguntaba cómo había sido para todo el mundo ver a la humanidad salir al espacio exterior, llegar a otros planetas, recorrer el espacio y conquistar las estrellas.

—Se ven tan lejanas y muchos de nosotros ya están ahí —dijo un poco melancólico mientras veía un póster pegado en la pared con la imagen de una perrita sonriente con casco de astronauta, y del otro lado del cuarto uno de Neil Armstrong, su viajero espacial favorito—. Se me hace tarde. Solo un capítulo más y saldré a trabajar.

Una de las actividades más apasionantes de Mayo era ver capítulos de la colección completa de viajes al espacio exterior. Eran cintas y cintas de video de todo lo relacionado con el espacio, los cohetes, las naves espaciales, los astronautas, los planetas y estrellas, cada cosa que tuviera que ver con el Universo estaba ahí reunida y él casi se los sabía de memoria por haberlos visto tantas veces, pero siempre se sentía como la primera porque se emocionaba igual que si no conociera la verdadera historia de la conquista espacial y el desalojo de la Tierra.

“La misión del Apolo 11 cumplió con su objetivo —dijo el narrador del documental—. Nuestros valientes viaje-viaje-viaje-via…”.

—¡Demonios! —exclamó Mayo—, ¡siempre se atora en la mejor parte!

Con mucho cuidado, sacó el casete del reproductor, tenía la cinta un poco dañada y si no la reparaba bien, podía arruinarse por completo. Los videos eran su tesoro porque habían sido grabados por sus padres, los mayores conocedores de la vida más allá de la Tierra, y era lo único que Mayo conservaba de ellos después de que se fueron. Componer la cinta requería mucha paciencia, así que usó un palito grueso para darle vuelta al casete y arreglarla sin que se lastimara más. Cuando por fin quedó, volvió a insertarla para ver el final de ese capítulo.

“Después de la misión del Apolo 11 la carrera espacial se precipitó: Rusia no permitiría que Estados Unidos tuviera la ventaja y unos años después mandaron otra misión a la Luna, que también tuvo mucho éxito. China no podía quedarse atrás, tampoco Alemania, ni Corea, mucho menos Japón. Para el año 1980 más de veinte países tenían misiones espaciales, habían llegado a la Luna, a Marte, sobrevolado Júpiter y dos de las naciones más poderosas desarrollaban misiones para salir de nuestro sistema planetario solar. La gran misión Tierra Nueva, a mediados de los ochenta, fue única en su tipo y la primera de muchas: llevó civiles a un planeta con características similares a la Tierra. Desde la conquista de tierras lejanas por navegantes de hace siglos no se veía algo así”.

—Yo lo hubiera hecho diferente —dijo Mayo, porque siempre le gustaba decir sus ideas en voz alta como si estuviera platicando con alguien—. En lugar de competir entre ellos para ver quién conquistaba más estrellas, hubieran hecho una verdadera base intergaláctica donde todos pudiéramos estar a salvo después de lo que pasó. ¡Pero no!, los países siempre se pelean por ver quién es el mejor en todo.

“La competencia espacial hizo que cada vez se produjeran más aeronaves para recorrer el espacio, desde misiones de conquista hasta turismo, y esto solo podía terminar de la peor manera —dijo el narrador del documental—: la explosión supersónica de 1995. La explosión ha sido el mayor desastre de la humanidad, incluso peor que el estallido de las bombas nucleares, las enfermedades y la llegada de seres inteligentes que, cuando vieron lo poco que quedaba de la Tierra, no tuvieron intención de quedarse”.

—¡Obviamente iba a suceder! —exclamó Mayo—. Teníamos tantos edificios y construcciones, que la explosión supersónica terminó con todo lo que el hombre había construido. ¡Y todo para ver quién conquistaba más planetas! Ahora solo queda un planeta en ruinas del que no pude conocer nada porque ni siquiera había nacido.

“No se pierdan nuestro siguiente capítulo: El sueño de habitar otros planetas. Los esperamos aquí mañana a la misma hora”.

Mayo apagó la televisión. Sacó el video del reproductor, lo metió a su estuche y lo dejó junto a los demás. Tenía poco tiempo para salir a hacer su tarea de todas las tardes pero se sentía muy bien de que ese día hubiera visto su capítulo favorito. A Mayo el tema intergaláctico le apasionaba pero también lo entristecía de vez en cuando. Sus padres pudieron conocer un mundo increíble, lleno de áreas verdes, cascadas, volcanes, bosques, playas; fueron a escuelas repletas de niños y niñas, asistieron a bailes, se divirtieron en parques y centros comerciales, estuvieron en estadios repletos de personas en conciertos o juegos deportivos, visitaron muchos de los enormes rascacielos de su ciudad, que de noche se encendían con luces de todos colores, pero Mayo nunca vio nada de eso porque cuando él nació el mundo acababa de colapsar y solo quedaban edificios en ruinas. La humanidad recibió la noticia de que ya se podían poblar otros planetas y poco a poco se fueron en misiones intergalácticas; pero la familia de Mayo no, esta decidió quedarse en la Tierra hasta que Mayo fue adolescente y entonces, inevitablemente, los obligaron a irse. Sin embargo, él se quedó.

Mayo recuerda perfectamente el día que sus padres partieron. Él regresaba de la escuela, estaba a solo una cuadra de su casa, cuando unos soldados llegaron a desalojar a la familia porque los habían reubicado en otro planeta muy cercano. Él espero a que pasara todo y cuando entro a la casa, leyó una nota que le dejó su papá:

Mayo:

Los soldados vinieron por nosotros. Todo fue muy rápido, les dijimos que no nos iríamos sin ti pero insistieron en que estarías bien porque vas a viajar en una nave con todos los chicos de tu edad. Descuida, esto sucede siempre, tenemos que confiar en ellos. Te esperamos allá.

Te amamos.

Mamá y papá.

Pero no fue así. El tiempo pasó, algunos chicos se fueron al espacio exterior en otras naves, mientras que Mayo se quedó a la espera de ser enviado con sus padres. Poco a poco fue perdiendo el contacto con ellos, no sabía a qué planeta los habían mandado, la Tierra se iba quedando sin humanos y él pensó: “si me voy de aquí, quiero dejarla lo mejor posible, tal y como mis papás la conocieron”. A partir de entonces, Mayo se convirtió en fanático de ver los videos, fotografías y películas que sus padres acumularon durante su vida anterior, y de escuchar la música con la que ellos fueron tan felices. En su habitación había posters que encontró en distintos lugares de la ciudad, sus favoritos eran los de la perrita espacial y los astronautas, y los del Coliseo Romano con una rica pasta a la boloñesa y pizza, su comida favorita. Y también se convirtió en el limpiador de la Tierra. Todos los días, después de ver televisión un rato y de ejercitarse, salía a limpiar, recoger escombros, rescatar cosas que le parecían útiles y llevarlas a un refugio.

Mayo siempre hallaba cosas increíbles: juguetes que reconoció en los videos de sus padres, más casetes, películas, ropa de bandas de música, una bicicleta vintage en perfecto estado, un walkman que fallaba mucho pero todavía funcionaba, una cámara fotográfica sin rollo, unos tenis como los que usaban los basquetbolistas antes de la explosión supersónica, y algo que cuidaba como a nada: una nevera con pizzas congeladas que caducarían en mucho tiempo.

—¡Manos a la obra! —exclamó Mayo mientras se ponía su traje y guantes de fumigador radiactivo, y echaba la pala y el pico a una carretilla con la que siempre salía a hacer su trabajo.

Cuando estaba a punto de salir de la casa, ocurrió una tragedia: una tubería se rompió y la sala comenzó a llenarse de agua.

—¡Nooooo!, ¡mis tesoros no!

Inmediatamente, buscó un trapo para contener la avería, pero el agua salía con mucha presión y amenazaba con llegar al lugar donde tenía sus cosas más preciadas. Recordó lo que había visto en uno de los videos de construcción y remodelación de casas, grabados por su madre, y cubrió la tubería con plástico, después un pegamento ultrarresistente que halló en un viejo almacén y al final una capa de goma impermeable.

—Eso debe de ser suficiente por ahora. La casa se cae a pedazos, ¡maldita explosión supersónica!

Cerró con cuidado la puerta y comenzó sus tareas del día. Mayo siempre salía con un mapa de la ciudad, sabía perfectamente qué edificios habían sido qué, en dónde vivieron las personas que se fueron primero y las que abandonaron el planeta al final, cuáles eran las casas de sus antiguos amigos y cuáles estaban en riesgo de derrumbarse. Aunque parecía que era inútil que tratara de limpiar el desastre ocasionado por la gran explosión y muchas otras que destrozaron el planeta, Mayo siempre encontraba recompensas por hacerlo, por ejemplo descubrir un nido de pájaros en lo alto de un árbol, o, si salía de la ciudad y pasaba un par de días en el campo, encontrar un pequeño arroyo; y en ocasiones simplemente lo hacía porque sabía que tarde o temprano la humanidad regresaría al planeta Tierra.

También, cuando Mayo se acostaba por las noches en el techo de algún edificio muy alto y podía ver el resplandor de las estrellas, distinguía alguna nave espacial volando muy cerca. Su sueño siempre había sido ser un viajero intergaláctico, pensaba que era cuestión de tiempo para que eso sucediera, por ahora su misión más importante estaba en la Tierra y después vería si viajaría al espacio exterior. Esas eran las ideas de Mayo, pero no contaba con que ese “después” llegaría demasiado pronto.

Un día, mientras limpiaba un jardín que acababa de encontrar a un par de kilómetros de su casa, Mayo escuchó algo que lo distrajo de inmediato. Miaaaaaauuuuu, miaaaaaaaauuuuu.

—Debe ser mi imaginación —se dijo en voz alta, pero el sonido volvió a interrumpir su tarea, ahora mucho más fuerte.

¡¡¡Miaaaaaauuuuu!!! No cabía duda, ¡era un gato! Hacía años que Mayo no veía un gato, el último con el que tuvo contacto se había ido con la embarcación espacial a la que él no quiso subir. Desesperado, dejó sus herramientas a un lado y empezó a buscarlo con cuidado de no asustarlo, necesitaba encontrarlo a como diera lugar. ¡¡¡Miaaaaaaaauuuuuu!!! El grito sonaba cerca de él y por fin lo halló: el gato estaba atorado debajo de un mueble metálico que quizá le había caído encima cuando estaba por ahí. Tenía medio cuerpo lastimado y luchaba por zafarse, pero era inútil, el mueble pesaba demasiado. Mayo contó hasta tres y levantó un poco el mueble, lo suficiente para que el gato pudiera salir.

—¡Tranquilo!, ¡no te vayas, por favor! —le pidió Mayo al gato, que no sabía si huir o arañarlo, pero no hizo ninguna de las dos cosas porque estaba lastimado de una patita—. Ven conmigo, ven, voy a ayudarte.

En ese momento, el gato se acercó y Mayo lo cargó. Sintió muy extraño tener un compañero en brazos, no sabía de dónde había llegado pero sí tuvo una cosa muy clara: si un gatito era capaz de sobrevivir en un planeta en ruinas, como él, la humanidad también tenía esperanzas. En casa abrió el botiquín y le curó la pata con unas medicinas que usaba cuando sufría algún tipo de accidente, l

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