AGRADECIMIENTOS
Estoy profundamente endeudado con mis amigos, colegas y mentores del taller de Nuevo México de Critical Mass: Daniel Abraham, Terry England, Ty Franck, Emily Mah, George R. R. Martin, Vic Milán, Melinda M. Snodgrass, Jan Stirling, S. M. Stirling, Sage Walker y Walter Jon Williams. Sin su pasión por este proyecto, nunca lo habría intentado; sin su apoyo, sabiduría y buen humor, nunca habría podido terminarlo. Los defectos de este libro son míos y solo míos, pero las partes buenas pertenecen a Critical Mass.
Estoy agradecido asimismo a mis compañeros del taller Blue Heaven de 2007 por sus excelentes comentarios sobre secciones de esta novela: Paolo Bacigalupi, Tobias Buckell, Rae Dawn Carson, Charles Coleman Finlay, Sandra McDonald, Holly McDowell, Paul Melko, Sarah Prineas, Heather Shaw, Bill Shunn y Greg van Eekhout.
Gracias también a Mike Bateman por su dominio incomparable de la pizarra blanca; a Mark Falzini por compartir su maravillosa colección de material de investigación procedente del Imperial War Museum; a la doctora Char Peery, por su lectura crítica y su conocimiento de los estrafalarios experimentos lingüísticos de la antigüedad; a Robert Bodor, Sam Butler, Brad Beaulieu y Toby Messinger por su lectura crítica; y a B. K. Dunn por su paciente asesoramiento respecto al alemán.
Mi agente, la fabulosa Kay McCauley, ha apoyado mis esfuerzos con celo y confianza desde el principio mismo. Gracias, Kay, por creer en mí y creer en este relato.
También quisiera dar las gracias a mi editor, Patrick Nielsen Hayden, por su entusiasmo por esta novela y por hacerla mucho mejor de lo que habría sido de otra manera.
Zoë Vaughter sabía que me haría escritor mucho antes que yo. Es la mejor animadora que nadie podría desear, mejor de lo que me merezco. Nunca podré agradecerle como es debido su fe, su apoyo y su paciencia inquebrantables a lo largo de los años. Las meras palabras nunca serán suficientes.
Mirad entre las naciones,
ved y asombraos,
porque haré una obra en vuestros días,
que, aun cuando se os contara, no la creeríais.
Habacuc 1,5
No hay grandes hombres, solo grandes desafíos que los hombres comunes se ven obligados a afrontar por las circunstancias.
ALMIRANTE WILLIAM HALSEY
Yo os anuncio el superhombre.
FRIEDRICH NIETZSCHE
PRÓLOGO
23 de octubre de 1920
11 kilómetros al sudoeste de Weimar, Alemania
Luto en el viento: cuervos y cornejas volaban en círculos bajo un cielo encapotado, como salpicaduras de tinta sobre un lienzo plomizo. Sobrevolaban bosques sin hojas, pueblos derruidos, campos abandonados de trigo y cebada. Los terrenos estaban yermos; las chimeneas del pueblo, aletargadas y frías. Allí no habría restos, no habría comida gratis para el primero que llegase.
Así pues, los cuervos siguieron su camino.
Durante años habían observado cómo los ejércitos recorrían el continente con el flujo y reflujo de la guerra, bailando al compás del vals de los imperios. Habían comido de los detritos del conflicto, se habían alimentado con los propios guerreros, pero el baile había terminado; las trincheras estaban vacías y los huesos, limpios.
Así pues, los cuervos siguieron su camino.
Se dejaron llevar por un viento cargado de olor a hojas mojadas y la promesa de una helada purificadora. En un momento dado, el viento había olido a almendras amargas y a otros aromas inventados para una clase distinta de limpieza. Como una enfermedad, la contaminación de la guerra se extendía muy lejos de los campos de batalla, allá donde habían soplado esos vientos tóxicos.
Así pues, los cuervos siguieron su camino.
Mucho más abajo, una mancha de movimiento y color se convirtió en un faro en aquel paisaje mudo e inmóvil. Una yegua ruana tiraba de los arneses de un carro de heno. Heno significaba granjeros; granjeros significaban comida. Los cuervos descendieron en espiral para examinar más de cerca el vehículo y a su conductor.
El carretero dio un toque a la yegua con la punta de su látigo. El animal resopló y exhaló grandes nubes de vaho mientras las ruedas del carro chapoteaban en el pegajoso barro de un camino de granja lleno de surcos. El conductor también sacaba vaho al respirar mientras se frotaba las manos para protegerlas del helor del atardecer. Se estremeció. También tiritaban los tres niños acurrucados en el heno detrás de él. El otoño se había abatido sobre Europa con gélido alborozo en ese primer año completo después de la Gran Guerra, y amenazaba con tiempos peores todavía.
Torció el cuello para echar un vistazo a los niños. No le haría ningún bien a nadie que sucumbieran al frío antes de que los entregase en el orfanato.
Cada bache del camino hacía que el más pequeño de los niños se echase a toser; era rubio, de cinco o seis años, tenía unos ojos mortecinos y unas mejillas hundidas que hablaban de hambre, y un resuello que apuntaba a humedad en los pulmones. Temblaba y se dejaba la garganta tosiendo cada vez que el carro topaba con una raíz o una piedra. Briznas de heno caían como plumas de las aberturas por las que se había rellenado la camisa y los pantalones en busca de calor.
Los otros dos niños estaban abrazados bajo un montón de heno. Se les veían los huesos debajo de la piel tensada por el hambre. Sin embargo, la sangre gitana de algún pariente lejano había dotado a los hermanos de un toque de color aceitunado que mantenía a raya la palidez que había reclamado al crío de aspecto enfermizo. El mayor de los otros dos, un chico desgarbado de seis o siete años, envolvía con los brazos a su hermana, en un vano intento de protegerla del frío. La niña de ojos color azabache apenas se daba cuenta, pues no apartaba la mirada en ningún momento del pequeño que tosía.
El carretero devolvió su atención al camino. Había hecho aquel trayecto varias veces, y los huérfanos a los que transportaba venían a ser iguales de un viaje a otro. Callados, asustados. A veces lloraban. Pero la chica gitana tenía algo diferente. Volvió a estremecerse.
El camino serpenteaba a través de un bosque oscuro de robles y fresnos. Las bellotas crujían bajo las ruedas del carro. Los árboles retorcidos trataban de arañar el cielo. Los arbustos chirriaban mecidos por el viento, como si comentaran el paso del carro en algún lenguaje antiguo e inhumano.
El carretero guió a su yegua para que trazara una curva cerrada al llegar al cruce. Pronto los árboles empezaron a ralear y el camino bordeó un ancho claro. Una casa enjalbegada de tres plantas y un conjunto de edificios más pequeños al otro lado del calvero sugerían la residencia campestre de una familia acaudalada, o quizá una granja próspera que había salido indemne de la guerra. En efecto, en un pasado lejano, los vástagos de un linaje de potentados habían pasado allí sus vacaciones, pero los tiempos habían cambiado y aquello ya no era ni casa de campo ni granja.
Un cartel suspendido entre dos altos mástiles trazaba un arco sobre la avenida de grava que torcía hacia la casa. Con precisos caracteres góticos pintados sobre tosca madera de abedul, anunciaba que aquellos eran los terrenos del Hogar Infantil para la Ilustración Humana.
El cartel no mencionaba la esperanza ni aconsejaba su abandono pero, en opinión del carretero, debería haberlo hecho.
Habían pasado meses desde que consagraran la granja a su nueva vida, pero el propósito del lugar no estaba claro. Corrían rumores sobre un resplandor azul eléctrico intermitente que aparecía en las ventanas por la noche, acompañado de un penetrante olor a ozono, gritos apagados y siempre —siempre— un tufo a mantillo y estiércol recién removidos. Sin embargo, las incontables habladurías coincidían en una cosa: Herr Doktor Von Westarp pagaba bien por los niños sanos.
Y eso le bastaba al carretero en aquellos años grises de estrecheces que mal que bien siguieron al armisticio. Tenía hijos que alimentar en casa, pero la guerra había producido un caudal de golfillos huérfanos dispuestos a confiar en cualquiera que les prometiera una comida caliente.
Quedó a la vista un campo situado detrás de la casa. Lo surcaban hilera tras hilera de minúsculos montones de tierra negra, no mucho mayores que un saco de grano. A lo lejos, un hombre alto y vestido con un mono apilaba tierra en un nuevo promontorio. La gripe, afirmaban, había hecho estragos en el orfanato.
Los cuervos jalonaban los aleros de todos los edificios, observando al trabajador con ojos negros e impenetrables. Unos cuantos se posaron en el suelo y empezaron a picotear un montículo, tirando de algo enterrado, hasta que el hombre los ahuyentó.
El carro se detuvo con un chirrido no muy lejos de la casa. La yegua resopló. El conductor bajó, aupó a los niños y los dejó de pie en el suelo mientras un hombre bajo y con un principio de calvicie salía de la casa. Llevaba ropa de tweed de caballero bajo la larga bata blanca de artesano, gafas de montura metálica y un bigote bien cuidado.
—Herr Doktor —saludó el carretero.
—Ja —dijo el hombre bien vestido. De un bolsillo del abrigo sacó un pañuelo de color crema, que se puso de color óxido cuando se limpió las manos en él.
Señaló a los niños con la cabeza.
—¿Qué me has traído esta vez?
—¿Sigues pagando lo mismo?
El doctor no respondió.
Estiró los brazos de la chica para poner a prueba su tono muscular y la resistencia de su tejido epitelial. Sin miramientos ni previo aviso, le subió de un tirón el vestido cubierto de suciedad para colocarle una mano entre las piernas. Al hermano lo agarró con brusquedad de la mandíbula y le abrió la boca a la fuerza para mirar dentro. Las cabezas de los más pequeños recibieron el escrutinio más minucioso. El doctor siguió con la mano el contorno de su cráneo mientras murmuraba para sus adentros.
Al final miró al carretero, sin dejar de palpar y dar tirones a los recién llegados.
—Están delgados. Hambrientos.
—Pues claro que están hambrientos. Pero están sanos. Eso es lo que quiere, ¿o no?
Los adultos regatearon. El carretero vio que la chica se situaba detrás del doctor para propinar al niño rubio un rápido empujón. El crío tropezó y aterrizó en el barro. El golpe desencadenó otra salva de toses y espasmos. Se quedó a cuatro patas mientras le caía de la boca un reguero de saliva.
El doctor dejó una frase a medias y se volvió bruscamente para observar al chico.
—¿Qué es esto? Este niño está enfermo. ¡Mira! Es débil.
—Es el tiempo —farfulló el carretero—. Hace toser a todo el mundo.
—Te pagaré por los otros dos, pero no por este —dijo el doctor—. No pienso perder el tiempo con él. —Le hizo una seña al trabajador que se encontraba al otro lado del campo.
El hombretón se unió a los adultos y los niños con cuatro zancadas.
—Este está demasiado enfermo —sentenció el doctor—. Llévatelo.
El trabajador puso la mano sobre el hombro del chico enfermizo y se alejó con él. Desaparecieron detrás de un cobertizo.
El dinero cambió de manos. El carretero revisó su caballo y su carro para el viaje de vuelta, ansioso por alejarse, pero siguió mirando a la chica de reojo.
—Vamos —dijo el doctor, haciendo un gesto a los hermanos con el dedo engarfiado. Se volvió hacia la casa.
El chico mayor lo siguió. Su hermana se quedó atrás con la mirada clavada en el punto en el que habían desaparecido el trabajador y el niño enfermo.
Clang. Un ruido súbito resonó detrás del cobertizo, como un palazo metálico contra algo duro, seguido por un golpe sordo más suave, como de un saco de grano que cae sobre tierra blanda. Una tormenta de alas negras batió el aire cuando una bandada de cuervos emprendió el vuelo.
La niña gitana arrancó a correr para alcanzar a su hermano. La comisura de su boca se curvó hacia arriba en una sonrisilla confidencial mientras le cogía la mano.
El carretero pensó en esa sonrisa durante todo el camino a casa.
Menos bocas significaban más comida para repartir.
23 de octubre de 1920
Saint Pancras, Londres, Inglaterra
La promesa de una helada purificadora se extendía hacia el oeste, al otro lado del canal de la Mancha, donde los cuervos de Albión la sentían con intensidad. Sabían, con el arte de su especie, que la manera más fácil de conseguir comida era robársela a otros. De modo que trazaban círculos sobre la ciudad, satisfechos con dejar el trabajo duro a los carroñeros de abajo, animales y humanos por igual.
Un grupo de niños atravesaba sombras y callejuelas con una dirección y un propósito claros, encabezados por un chico vestido con un impermeable azul. Los cuervos los seguían. Desde sus atalayas a lo largo de los aleros de las casas colindantes, vieron cómo el muchacho de azul dirigía a sus compañeros hasta el bajo muro de ladrillo que rodeaba un huerto de invierno. Observaron mientras los niños se encaramaban a la pared. Y observaron al horticultor que observaba a los niños por entre las cortinas de una ventana del segundo piso.
Se llamaba John Stephenson y, como capitán del flamante Real Cuerpo Aéreo, había pasado los primeros años de la Gran Guerra sobrevolando territorio enemigo con una cámara montada en la parte inferior de su Bristol F2A. A eso le puso fin una andanada de fuego antiaéreo austríaco. Hizo un aterrizaje de emergencia en tierra de nadie y, después de un larga y agónica travesía en una ambulancia de caballos, despertó en un hospital de campaña de la Cruz Roja, mayormente intacto pero con un brazo de menos.
La lesión no lo había amilanado, y continuó al servicio de la Corona quedándose en el Cuerpo Aéreo. Para analizar fotografías hacían falta ojos y cerebro, no brazos. El final de la guerra lo pilló coordinando los globos de vigilancia y los vuelos de reconocimiento.
Había pasado años quemándose las pestañas con fotografías borrosas, armado con una lupa de joyero, estudiando vistas a vuelo de pájaro de trincheras, movimientos de tropas y emplazamientos de artillería. Pero en ese momento observaba desde arriba mientras media docena de golfos arrancaban el centeno de invierno. Habría bajado a toda prisa para entrechocarles las cabezas de no haber sido por el chico del impermeable azul. No debía de pasar de los diez años y, sin embargo, allí estaba, riñendo a los demás para que respetasen la propiedad de Stephenson por mucho que saquearan su huerto.
«Vaya un patito raro.»
Aquello no era una demostración de vandalismo; era hambre. Sin embargo, el centeno era poco más que una manta para preservar la tierra de malas hierbas resistentes al invierno. Y las remolachas y zanahorias no llevaban mucho enterradas. La rapiña empezó a pintar mal.
Una chica que escarbaba en la esquina más recóndita del huerto descubrió un tomate excluido de la cosecha de otoño porque se había caído y tenía un golpe. La niña contempló radiante la marchita masa blancuzca. El chico más alto del grupo, un pequeño monstruo de ojillos porcinos, le agarró el brazo con las dos manos.
—Dámelo —dijo, mientras le estrujaba la piel como si escurriese una toalla.
La chica gritó, pero no soltó su tesoro. Los demás niños miraban, hipnotizados en mitad de su saqueo.
—Dámelo —repitió el abusón.
La chica gimoteó.
El niño de azul dio un paso al frente.
—Vete a la mierda —dijo—. Suéltala.
—Oblígame.
El chico, de por sí, no era menudo pero el abusón era mucho más corpulento. Si había pelea, estaba claro el ganador.
Los demás observaban en silencioso suspense. La chica lloraba. Los cuervos pedían sangre.
—Vale. —El chico rebuscó en la tierra que bordeaba el muro detrás de un sembrado de centeno. Pasaron unos instantes—. Toma —dijo, mientras se ponía derecho de nuevo.
Mantuvo una mano a la espalda, pero con la otra ofreció un segundo tomate sobrante de la cosecha otoñal. Era poco más que una papilla dentro de una piel apergaminada y dura. Probablemente fuese todo un hallazgo según los cánones de aquellos niños.
—Puedes quedarte este si la dejas en paz.
El abusón tendió una mano, pero no soltó a la niña sollozante. Un verdugón rojo rodeaba su antebrazo donde el grandullón le había retorcido la carne. El chico movió los dedos.
—Dámelo.
—Vale —dijo el niño más menudo. Luego lanzó el tomate muy alto.
El abusón apartó a la chica de un empujón y echó la cabeza hacia atrás para no perder de vista su botín.
La primera piedra le alcanzó en la garganta. La segunda le golpeó la oreja mientras caía de espaldas. Estuvo en el suelo llorando antes de que el tomate se espachurrase contra la tierra.
El pequeñín tenía una puntería excelente. Había terminado la pelea antes de que empezase.
«Joder.»
Stephenson esperaba que el apedreador se abalanzase sobre el abusón para aprovechar su ventaja. Lo había visto en la guerra: cómo meses de privaciones podían alear el hambre con el miedo y la ira para volver natural el comportamiento más salvaje. Sin embargo, en lugar de eso, el chico dio la espalda al abusón para interesarse por la chica. El asunto, a sus ojos, estaba zanjado.
No para el abusón. Tumbado en el suelo, con la cara bañada en lágrimas y mocos, observó a su agresor con una turbación informe y oscura en los ojos.
Stephenson también había visto eso antes. La ira tenía el mismo aspecto en cualquier alma, vieja o joven. Se apartó de la ventana y corrió escalera abajo antes de que su huerto se convirtiera en un circo. El abusón ya se había levantado, cuando abrió la puerta.
—¡Vámonos! —gritó uno de los niños
Los chicos se lanzaron en estampida hacia el muro bajo de ladrillo por el que habían entrado. Algunos necesitaron un empujoncito para subir, incluida la chica. El niño que había tumbado al abusón se quedó atrás para aupar a los más lentos.
Al verlo, Stephenson se reafirmó en su impresión inicial. Ese chico tenía algo especial. Era ingenioso, tenía un profundo sentido del honor y además era un luchador implacable. Con la tutela adecuada...
—¡Espera! No tan deprisa —vociferó Stephenson.
El chico se volvió. Miró cómo se acercaba Stephenson con aire de aburrido desinterés. Lo habían pillado y no disimuló.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
La mirada del niño alternó entre los ojos de Stephenson y su manga vacía enganchada al hombro.
—Yo soy Stephenson. Capitán, dicho sea de paso.
El viento hizo ondear la manga como una bandera.
El chico recapacitó. Levantó la barbilla y dijo:
—Raybould Marsh, señor.
—Eres un muchacho bastante avispado, ¿verdad, maese Marsh?
—Eso dice mi madre, señor.
Stephenson no se molestó en preguntar por el padre. Otra baja de la generación perdida de Gran Bretaña, supuso.
—¿Y por qué no estás en clase ahora mismo?
Muchos niños habían abandonado la escuela durante la guerra, y después, para ayudar a mantener a unas familias despojadas de padres y hermanos mayores. El chico no trabajaba, pero tampoco era exactamente un vándalo. Y tenía una casa, a juzgar por sus palabras, y eso sin duda era más de lo que podían decir algunos de sus compinches.
El niño se encogió de hombros. Su lenguaje corporal decía: «La escuela me trae bastante sin cuidado». Con la boca dijo:
—¿Qué va a hacer conmigo?
—¿Tienes hambre? ¿Os basta la comida en casa?
El niño sacudió la cabeza y luego asintió.
—¿Qué hace tu madre?
—Es costurera.
—Trabaja mucho, seguro.
El chico volvió a asentir.
—Por responder a tu pregunta: tus amigos han causado daños de consideración en mis sembrados, de modo que te recluto por la fuerza. ¿Sabes algo de horticultura?
—No.
—De lo contrario habrías sabido que no podíais esperar gran cosa de mi huerto en invierno, ¿eh?
El niño no dijo nada.
—Veamos, entonces. A partir de mañana, recibirás un chelín por cada día que pases replantando, que llevarás a casa a tu trabajadora madre.
—Sí, señor. —El chico hablaba con voz lúgubre, pero los ojos le resplandecían.
—También tendremos que hacer algo con tu actitud hacia la educación.
—Eso dice mi madre, señor.
Stephenson espantó a los cuervos que picoteaban la comida abandonada en el suelo. Se graznaron unos a otros mientras se dejaban llevar por un viento frío, sombras sobre un cielo que ennegrecía.
23 de octubre de 1920
Bestwood-on-Trent, Nottinghamshire, Inglaterra
Grajos, cornejas, grajillas y cuervos batían la isla de sur a norte en búsqueda de alimento. Al igual que sus primos del continente, estaban en todas partes.
Salvo por un claro en lo más profundo de las Midlands, en el corazón de las tierras ancestrales de los jarls de Æthelred. En alguna época remota, la piel del mundo en ese punto se había retirado para revelar los grandes huesos graníticos de la tierra, de los que brotaba un manantial caliente: agua tocada por el fuego y la piedra. Ningún cuervo lo había hollado desde antes de que los hombres del norte llegaran para hender la isla con su ley.
Pasó el tiempo. Generaciones de hombres arribaron y se fueron, vivieron y murieron alrededor del manantial. Los jarls se convirtieron en earls y luego en duques. Los nórdicos se convirtieron en normandos y luego en británicos. Lucharon contra los sajones; lucharon contra los sarracenos; lucharon contra el káiser. Pero la tierra los sobrevivió a todos con su elemental constancia.
A lo largo de los siglos, los córvidos habían evitado el claro y sus fantasmas. Pero la gran mansión situada aguas abajo del manantial no provocaba tales reservas, y así se posaban en las agujas de Bestwood, observando y escuchando.
—¡Por todos los infiernos! ¿Dónde está ese niño?
Malcolm, el mayordomo de Bestwood, apretó el paso para alcanzar al duodécimo duque de Aelred, que recorría la casa armando jaleo. Los criados huían de las zancadas de sus botas como estorninos desbandados por el chillido de un halcón.
El personal de cocina se puso firme de un salto cuando el duque entró con su mayordomo.
—¿Ha pasado William por aquí?
Sacudidas de cabeza en todas direcciones.
—¿Están seguros? ¿Mi nieto no ha pasado por aquí?
La señora Toomre, cocinera jefe de Bestwood, era una mujer escuálida de pelo ceniciento. Dio un paso al frente e hizo una reverencia.
—Sí, excelencia.
La mirada del duque trazó un lento recorrido por la cocina. Un silencio sepulcral se impuso en la habitación mientras la palpitación de las venas en las esquinas de su mandíbula señalaba la pleamar de su ira. Giró sobre sus talones y se fue. Malcolm soltó el aliento que había contenido hasta ese instante. Estaba decidido a impedir que la locura se cobrase a otro Beauclerk.
—¿Y bien? En marcha. Ayuden a su excelencia. —La señora Toomre ahuyentó al resto de su personal—. Al trabajo.
Cuando la cocina se despejó y todos los demás quedaron fuera del alcance de sus palabras, la mujer izó el montacargas. Tiró poco a poco para que las poleas no chirriasen. Cuando la cúpula de pelo rojo cobrizo de William despuntó por el borde del hueco, metió el cuerpo y lo sacó a peso con unos brazos fortalecidos por décadas de trabajo manual. El chico era alto para tener ocho años, más alto incluso que su hermano mayor.
—Ahí está. Sano y salvo, espero. —Sacó de un bolsillo de su delantal un bastoncillo de menta. El niño se lo quitó de las manos.
Malcolm hizo una ligerísima reverencia.
—Señorito William. Confío en que siga disfrutando de nuestro juego.
El niño asintió con una sonrisa alrededor de su chuchería. Olía a nabo y sebo de vaca por haber pasado toda la tarde escondido en el montacargas.
La señora Toomre se llevó al mayordomo a una esquina.
—No podemos seguir así eternamente —susurró. Retorció el delantal con las manos y añadió—: ¿Y si el duque nos pilla?
—No necesitamos hacerlo eternamente. Solo hasta que oscurezca. Entonces su excelencia tendrá que posponerlo.
—Pero ¿qué hacemos mañana?
—Mañana preparamos una cataplasma de hígado claveteado para la resaca de su excelencia y volvemos a empezar.
La señora Toomre arrugó la frente. Pero justo entonces sonó de nuevo el estrépito, y con bríos redoblados. Empujó a William hacia el señor Malcolm.
—¡Deprisa!
El mayordomo cogió al chico de la mano y atravesó la despensa con él a rastras. La grava crujió bajo sus pies cuando salieron de la casa a toda velocidad por la puerta de servicio, en dirección al establo, dejando nubes blancas de vaho en el aire frío. Malcolm había ordenado a la mayoría del servicio que ayudase en la búsqueda de William, de modo que el establo estaba vacío. El duque guardaba allí sus caballos y también su automóvil. La cuadra reconvertida apestaba a gasolina y estiércol.
El señor Malcolm abrió un armario.
—Adentro, señorito.
William, con una risilla, se metió en el armario mientras el señor Malcolm lo mantenía abierto, y se envolvió con el abrigo de cuero que se ponía su abuelo para conducir.
—No hay que decir ni pío mientras el duque recorre la casa —susurró el hombre mayor—. ¿No es así?
El niño asintió, sin dejar de reír bajito. A Malcolm le alivió ver que todavía disfrutaba del juego. Esconder al niño resultaría mucho más difícil si estuviera asustado.
—¿Recuerda cómo se juega?
—Quieto y callado, pase lo que pase —respondió el niño.
—Buen chico. —Malcolm pellizcó la nariz de William con la parte carnosa del pulgar y cerró el armario. Una franja de luz iluminó la cara del muchacho; las puertas del armario no encajaban del todo—. Volveré a recogerlo enseguida.
El duque, abuelo de William, había realizado muchas excursiones por los terrenos con su hijo a lo largo de los años. A cazar urogallos, afirmaba, aunque rara vez llevaba escopeta. Lo único que el señor Malcolm sabía a ciencia cierta era que pasaban mucho tiempo en el claro que había río arriba. El mismo claro al que el personal se negaba a ir, apelando a visiones y ruidos. Poco tiempo después de que el heredero del duque —el padre de William— engendrara a su vez dos hijos, tomó por costumbre pasar tiempo a solas en el claro. Volvía a la mansión a horas intempestivas, con los ojos desorbitados y hecho un desastre, murmurando con la voz ronca sobre sangre y precios impagados. Eso duró hasta que partió a Francia y murió luchando contra los teutones.
Los nietos del duque se mudaron a Bestwood no mucho más adelante. Eran demasiado pequeños para acordarse muy bien de su padre, de modo que el traslado se realizó sin contratiempos. Aubrey, el primogénito y heredero del título, recibió la educación que cabía esperar en un par del reino. El duque demostró poco interés en su nieto más joven. Y así había sido durante algún tiempo.
Hasta dos días antes, cuando le había pedido a Malcolm que buscase ropa de caza de la talla de William. Malcolm no sabía lo que pasaba en el claro ni qué hacía allí el duque, pero se sentía moralmente obligado a proteger de ello a William.
Dejó al chico escondido en el armario y al punto descubrió que el duque estaba plantado en la entrada del fondo, bloqueando su salida. Su excelencia lo había visto todo.
El duque fulminó a Malcolm con la mirada. El mayordomo se resistió al impulso de retorcerse bajo la fuerza de esa mirada. El silencio se extendió entre ellos. El duque se acercó hasta que sus narices casi se tocaron.
—Señor Malcolm —dijo—. Ordene al personal que regrese a sus tareas. Después busque un abrigo para el chico y recoja el bolso de viaje de mi estudio.
Su aliento agrio, que olía a enebrina, azotó el rostro de Malcolm. Los ojos le escocieron y tuvo que entrecerrarlos.
Malcolm no tenía más remedio que acatar las órdenes. El duque había sacado a su nieto de su escondrijo para cuando volvió con un grueso jersey marrón para William y el bolso de viaje estampado del duque. Cruzó una mirada rápida con William antes de despedirse.
«Lo siento», formó con los labios.
El abuelo llevaba a William de la mano. La cordillera de finas cicatrices blancas que le cruzaban la palma hacían cosquillas en la blanda piel del dorso de la mano del niño.
—Vamos —dijo—. Va siendo hora de que veas la finca.
—Ya he visto los terrenos, abuelo.
El viejo le dio un coscorrón lo bastante fuerte para que se le llenaran los ojos de lágrimas.
—No es verdad.
Rodearon la casa y llegaron al arroyo que cruzaba los jardines. Lo siguieron corriente arriba, atravesando por la fuerza los matorrales con los que se encontraban. Al cabo de un rato, las almenas y agujas de Brestwood desaparecieron tras una sucesión de altozanos coronados por orgullosos agrupamientos de tejos y robles. Siguieron el arroyuelo hasta su origen: una hendidura en un peñasco cubierto de liquen, situado en un pequeño claro.
Aunque estaba rodeado de árboles, el calvero permanecía en calma, libre de trinos. Los gritos y graznidos de los grandes pájaros negros que sobrevolaban aquellos terrenos eran apenas un eco lejano. William no había prestado la menor atención a las aves, pero en ese momento su ausencia se le antojó extraña.
Habían apilado varios montones de leña junto al peñasco. Del bolso de viaje el duque sacó una lata de cerillas y una navaja con el mango hecho con asta de ciervo. Preparó una hoguera y le indicó a William por señas que se pusiera a su lado.
—Enséñame la mano, chico.
William lo hizo. Su abuelo la asió con pulso firme, le levantó el brazo y le hizo un corte en la palma con la navaja. William gritó e intentó soltarse, pero el viejo no lo liberó hasta que el reguero de sangre bajó hasta la muñeca y le manchó el puño del jersey. El anciano asintió satisfecho cuando las gotas calientes recorrieron la mano de William y cayeron sobre la tierra.
El niño retrocedió a toda prisa, temeroso de lo que su abuelo pudiera hacer a continuación. Quería irse a casa, volver con el señor Malcolm y la señora Toomre, pero estaba perdido y las lágrimas no le dejaban ver.
Su abuelo habló de nuevo, aunque en una lengua que William no entendía y que tenía más de aullidos y sonidos guturales que de palabras. Unos ruidos inhumanos salidos de un recipiente humano.
La voz le provocó un agitado aletargamiento, como un sueño febril. El calor del fuego secó las lágrimas de su cara. Una sombra cayó sobre el claro; el mundo se inclinó hacia un lado.
Y entonces el fuego habló.
1
2 de febrero de 1939
Tarragona, España
El capitán de corbeta Raybould Marsh, antes de la Marina Real de Su Majestad y en ese momento del SIS, el Servicio Secreto de Inteligencia, viajaba en un camión de plataforma a través de olivares destruidos, mientras a pocos kilómetros se libraba una guerra civil. Llevaba dos pasaportes falsos, dos billetes de tren a Lisboa, vales para un par de camarotes en un vapor rumbo a Irlanda y mil libras esterlinas. Estaba aburrido.
Llevaba toda la mañana en ruta. El camión pasó por delante de otra de las muchas granjas en ruinas que salpicaban el paisaje catalán. Algunas habían ardido hasta sus cimientos. Otras le devolvían la mirada con las ventanas vacías que tenían por ojos, medio desnudas donde el yeso había caído al suelo bajo ráfagas erráticas de balazos. El viento suspiraba al atravesar las puertas abiertas.
A veces habían enterrado a los campesinos y sus familias en los mismos campos que cuidaban, como atestiguaban los montículos. Y a veces los habían dejado abandonados para que se pudrieran, como evidenciaban los pájaros. Marsh envidiaba a las familias de los granjeros, pero no su fin.
Las facciones armadas no habían dejado mejor parada a la tierra que a los granjeros. La artillería había acribillado los campos y precipitado una lluvia de metralla sobre olivares centenarios. En algunos puntos, cerca de los cráteres mayores, de la tierra rota, todavía emanaba un penetrante olor a cordita.
En un momento dado, el camión tuvo que bordear los restos carbonizados de un tanque T-38 de manufactura soviética atravesado en la carretera. Parecía una sopera invertida sobre orugas, pero estaba basado, como observó Marsh con orgullo y sorna, en el Vickers. Era una estampa habitual. El campo estaba lleno de pertrechos republicanos abandonados. La mayor parte de España había caído hacía tiempo en manos de los nacionales; por entonces, estaban montando su ofensiva final, que avanzaba palmo a palmo hacia el norte a través de Catalunya para estrangular los últimos reductos republicanos.
Oficialmente, Gran Bretaña había escogido mantenerse al margen del conflicto español, pero la inminente victoria de los nacionales de Franco y sus aliados fascistas estaba levantando ampollas en casa. La sección de Marsh dentro del SIS, o MI6, como algunos preferían llamarlo, tenía encomendada la tarea de reunir información sobre el febril rearme alemán a lo largo de los últimos años. De manera que, cuando un desertor se puso en contacto con el consulado británico afirmando que tenía información acerca de una novedad que los nazis estaban probando sobre el terreno en España, Marsh fue seleccionado para unas «vacaciones ibéricas», en palabras del viejo.
—Vacaciones —repitió Marsh para sí.
Stephenson tenía un agudo sentido de la ironía.
El camión remontó con apuros el valle que llevaba a Tarragona, tras atravesar brevemente la sombra de un acueducto romano que sorteaba los montes. Una llanura costera se extendió ante Marsh al coronar la última subida. Naranjales y granadales, desatendidos por culpa del invierno y la guerra, salpicaban las laderas orientadas al mar de los montes que dominaban la ciudad. En el momento apropiado del año, los frutales quizá hubiesen perfumado el viento con sus flores. Ese día el viento olía a gasolina, polvo y al mar lejano.
Por debajo de los huertos se extendía la ciudad: un batiburrillo de estuco brillante, plazas anchas y hasta alguna avenida que otra jalonada de ginkgos que habían dejado a su paso unos romanos muertos hacía mucho. Podían apreciarse los puntos en que el urbanismo medieval español había topado con los restos de un imperio anterior y los había absorbido. En su conjunto, Tarragona estaba bien conservada, puesto que había caído en manos nacionales tres semanas antes tras una resistencia testimonial.
En algún lugar de aquel barullo esperaba el informador de Marsh.
Entre el horizonte y la ciudad se desplegaba la gran extensión verde azulada del mar Mediterráneo, que espejeaba bajo el sol invernal. La mayoría de los años Tarragona disfrutaba de unas frecuentes lluvias invernales que apisonaban el polvo, pero las precipitaciones de los últimos meses habían sido demasiado esporádicas y ese día el viento soplaba tierra adentro, de modo que la brisa procedente del mar cubría la hondonada de la ciudad con una neblina ocre.
Más al oeste, las olas levantadas por una barca de pesca al salir del puerto acariciaban la costa. Marsh estaba demasiado lejos para oler el miedo y la desesperación, para sentir la presión de los cuerpos u oír la barahúnda del muelle, donde las familias pedían a gritos pasajes a México y Sudamérica. Los refugiados que no estaban dispuestos a arriesgarse a que los capturasen en los Pirineos al huir hacia Francia y que podían permitirse una alternativa, abarrotaban los puertos. Por el momento, los nacionales de Franco andaban ocupados formalizando su control del país pero, cuando acabaran con eso, empezarían las represalias.
La carretera de tierra dio paso al macadán agrietado cuando descendieron hacia la ciudad. Marsh cambió de postura cuando el macadán se convirtió en un adoquinado irregular. Había pasado un par de días desde que cruzara la frontera con Portugal.
El camión se detuvo a la sombra de una catedral medieval y el conductor dio un golpe en el exterior de su puerta. Marsh cogió su petate, saltó al suelo y apretó los dientes al sentir una punzada de dolor en la rodilla.
—Gracias —dijo en español.
Pagó al conductor la cantidad prometida, una pequeña fortuna para los estándares de un granjero pobre, incluso en tiempos de paz. El hombre aceptó el dinero y se alejó sin mediar palabra, dejando a Marsh tosiendo en una nube de humo de escape.
«Yo de ti lo gastaría rápido.»
Marsh arrancó a caminar hacia la catedral. Por lo que el conductor sabía, ese era su destino. Y así lo referiría, si por lo que fuera alguien le preguntaba sobre su pasajero. La catedral dominaba la circular plaza Imperial Tarraco, que quedaba a poca distancia del hotel Alexandria. Marsh había memorizado el trazado de la ciudad antes de partir de Londres. Mientras caminaba se dio un masaje en la rodilla para mitigar el dolor.
Las estrechas travesías estaban tranquilas y libres de aglomeraciones, circunstancia que agradeció. Llevaba botas gruesas de campesino, una camisa de franela bajo el mono y un pañuelo atado al cuello al estilo local. Pero también tenía piel de inglés, empalidecida por años de lluvia, en lugar de la tez que otorgaba una vida de trabajo al aire libre. Sin embargo, la mayoría de las personas no eran grandes observadoras. Con un poco de suerte y discreción, su atuendo causaría la impresión adecuada; mientras no atrajera una atención indebida, la imaginación de quien se cruzara con él aportaría los detalles esperables.
La plaza estaba más animada. Los corrillos que se encontró en la explanada arrastraban los pies bajo una nube de pavor y suspense. Estridentes carteles art déco pregonaban la causa del general Franco desde todas las superficies disponibles («¡Unidad! ¡Unidad! ¡Unidad!»). La maquinaria propagandística nacional no había perdido el tiempo.
Las campanas de la catedral tocaron a mediodía. Marsh apretó el paso. El plan era entablar contacto a las doce.
Krasnopolsky, un individuo de ascendencia polaca nacido en el enclave alemán de Danzig, había acudido a España agregado a una unidad de fuerzas fascistas que apoyaban la causa de los nacionales. Fuera lo que fuese lo que su trabajo conllevaba, lo había desempeñado sin protestar durante años. Hasta que decidió, de forma totalmente espontánea, desertar. Pero la victoria de los nacionales era solo cuestión de tiempo, lo que significaba que sus nuevos enemigos tenían el país cerrado a cal y canto. Traicionarlos a esas alturas de la partida había sido una jugada estúpida a más no poder.
Así, se había puesto en contacto con el consulado británico en Lisboa. A cambio de ayuda para salir del país, compartiría sus conocimientos sobre una nueva tecnología que la Schutzstaffel había aplicado contra los republicanos. Franco, en un arrebato de esplendidez despótica, había dado carta blanca al Tercer Reich para que usara España como campo de pruebas militares. De esa manera, la Luftwaffe había estrenado su técnica de bombardeo en alfombra en Guernica. El MI6 quería información sobre cualquier otra cosa que los alemanes hubieran desarrollado en los últimos años.
Por ese motivo Marsh llevaba dinero suficiente, poco menos que para comprarse un vapor para él solo si hacía falta. No se apartaría del costado de Krasnopolsky hasta que llegasen a Gran Bretaña.
El hotel Alexandria era un estrecho edificio de cinco plantas encajonado entre bloques de pisos más grandes. Sus balcones colgaban a pares sobre la calle desde la fachada amarillo canario. El edificio solo tenía una entrada. Mal asunto.
El vestíbulo era una mezcolanza de espantosa decoración modernista con imperialismo español. Parecía el resultado de una reforma desganada. Unas marcas limpias y desnudas en lo alto, sobre el yeso amarillento, señalaban los lugares donde antes había cuadros, con toda probabilidad del rey Alfonso y su familia. A través de una puerta situada a la izquierda, un puñado de hombres y mujeres hablaban con voz queda en lo que pasaba por ser el bar del Alexandria.
Marsh se abrió paso hasta el mostrador de recepción a través de un laberinto de anguloso mobiliario Bauhaus y macetas de helechos. Sin embargo, abandonó su intención de llamar a la habitación de Krasnopolsky cuando avistó la figura solitaria instalada al fondo del vestíbulo, a la sombra de la escalera.
El hombre estaba sentado en el borde de un diván, fumando, con una maleta al lado y un delgado maletín de cuero sobre el regazo. Apagó el cigarrillo y se encendió otro con manos temblorosas. A juzgar por el número de colillas del cenicero situado junto al diván, llevaba allí, en público, desde bastante antes del mediodía.
Marsh se estremeció. Había reconocido a Krasopolsky al instante. Era un idiota sin el menor sentido de la discreción.
Compró un periódico en la recepción y luego tomó asiento en un sillón de cuero de respaldo alto, junto al nido de Krasnopolsky. El tipo lo miró, volvió a mirarlo y movió los pies.
El MI6 no tenía fotografías de Krasnopolsky; habían tenido que elaborar el pasaporte falso a partir de la descripción que el tipo había dado de sí mismo. Había exagerado su buena presencia. Era un sujeto alto, incluso sentado, esquelético, con la nariz aguileña y las orejas como velas. Si se plantara en la esquina de una habitación oscura, imaginó Marsh, podrían tomarlo por un perchero.
Hojeó el periódico, sin prestar la menor atención a Krasnopolsky. Esperó hasta que el desertor pareció un poco menos dispuesto a salir huyendo.
—Disculpe, señor —dijo en español—, ¿sabe usted si hay trenes a Sevilla?
Krasnopolsky dio un respingo.
—Bitte?
Marsh repitió la pregunta, más bajo, en alemán.
—Ah. ¿Quién sabe? Cada día son menos fiables. Los trenes, digo.
—Sí. Pero el general Franco lo arreglará pronto.
—Se ha tomado su tiempo —susurró Krasnopolsky—. Llevo esperando toda la mañana.
Marsh respondió con el mismo tono.
—En ese caso, es usted un necio. En teoría debía esperar en su habitación.
—¿Tiene mis papeles?
Marsh respiró hondo.
—Mire, amigo. —Intentó contener la irritación que empezaba a asomar en su voz—. ¿Por qué no subimos a su habitación y hablamos en privado? ¿Mmm?
Krasnopolsky se encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior. Italianos. Marsh se preguntó cómo podía soportar nadie esas pequeñas monstruosidades acres.
—Ya he devuelto la llave. Estoy más seguro en público. Necesito esos papeles.
—¿Qué quiere decir con «más seguro en público»?
Krasnopolsky dio una calada a su cigarrillo con la vista puesta en la gente del vestíbulo. Tenía la piel de los dedos cubierta de manchas.
—Mire, no somos una condenada agencia de viajes —dijo Marsh—. No me ha dado un solo motivo para ayudarlo.
Krasnopolsky no dijo nada.
—Me está haciendo perder el tiempo. —Marsh se levantó—. Me voy.
Krasnopolsky suspiró. Dos columnas de humo gris surgieron de sus orificios nasales.
—Karl Heinrich von Westarp.
Marsh volvió a sentarse, envuelto en una nube azulada.
—¿Qué?
—No es un qué sino un quién. El doctor Von Westarp.
—¿Se va por culpa de él?
—Él no. Sus niños. Los niños de Von Westarp.
—¿Sus hijos?
Krasnopolsky sacudió la cabeza. Abrió la boca para explicarse al mismo tiempo que en el bar se rompía un vaso. La piel de sus nudillos palideció cuando agarró con más fuerza su maletín.
—¿Qué ha sido eso?
«Dios bendito. Esto es un desastre.»
—Tiene que relajarse. Vamos a tomar algo para que se calme —dijo Marsh, señalando la puerta lateral que llevaba al bar. Tiró del hombre para ponerlo en pie y lo guió a través del vestíbulo.
Después de acomodar a Krasnopolsky en una mesa de una esquina, Marsh fue a la barra y pidió una copa de tinto español. Después recapacitó y pidió la botella entera. El camarero barrió los últimos cristales del vaso roto mientras refunfuñaba acerca de que tendría que subir la botella de la bodega.
Marsh esperó en la barra, mirando de reojo a Krasnopolsky mientras escuchaba con disimulo las conversaciones. El interrogante que todos se planteaban era cómo cambiarían las cosas cuando Franco estuviera formalmente en el poder.
El camarero plantó una botella delante de Marsh. Mientras buscaba suelto en su bolsillo, Marsh notó una ola de calor en la espalda.
—¡Dios mío! —alguien gritó.
—¡Fuego! ¡Fuego! —rompió a chillar la gente.
Marsh giró sobre sus talones. La esquina del fondo del bar del hotel, envuelta en sombras hacía apenas unos momentos, brillaba ahora a la luz de las llamas que subían por las paredes. «¡No! No puede ser...»
Esquivó a las personas que huían del fuego, avanzando a contracorriente como un salmón, pero se detuvo en seco al ver el origen de las llamas.
Krasnopolsky ardía en el centro de la conflagración como una salamandra humana. Brotaban nuevas llamas de todo lo que tocaba al recorrer el bar dando manotazos y chillando como un poseso. A su alrededor el aire reverberaba y abrasó el interior de la nariz de Marsh. Los botones metálicos del mono de Marsh le quemaron la camisa y chisporrotearon contra su pecho. La sala apestaba a cerdo chamuscado.
El hombre en llamas se derrumbó en una pila de hueso y ceniza. Marsh vio el maletín quemándose en el suelo. Apretó los dientes y lo alejó de una patada. Las suelas de goma de sus botas se volvieron pegajosas y chirriaron sobre el suelo mientras se apartaba bailando del fuego. Tiró un helecho y vació la tierra de la maceta sobre el maletín para apagar las llamas.
Después agarró lo poco que quedaba del maletín de Krasnopolsky y huyó del hotel incendiado.
3 de febrero de 1939
Girona, España
Las sacudidas de la artillería resonaban a través de las cuencas y los almendrales que rodeaban Girona. «Ese es el sonido de los enemigos atrapados entre el martillo y el yunque», pensó Klaus, y con orgullo añadió: «Y nosotros somos el yunque».
El bastión asediado era la última parada de Franco en su barrido por Catalunya. En cuanto cayese Girona, terminar la guerra se convertiría en una mera formalidad.
—Hoy habrían mandado cazas tras de mí, si les quedaran aviones. Estoy seguro. —El pelo de Rudolf brillaba como el cobre al sol cuando le dio un golpe a Klaus en el hombro—. ¿Te imaginas? Ojalá les quedará una fuerza aérea. ¡La película sería espectacular!
—T-t-t-t... —dijo Kammler.
—¿Rudolf huyendo una vez más? Eso ya lo he visto en persona. ¿Por qué iba a querer verlo grabado? —Klaus se rió—. El doctor preferiría que te enfrentases de verdad a nuestros enemigos. Como hacemos el resto de nosotros —añadió con un gesto que lo abarcaba a él, a Heike e incluso al baboso de Kammler.
—G-g-g... —dijo este.
—Que te den —replicó Rudolf—. Que os den a todos.
Iban en el vehículo de cabeza de una pequeña caravana, rebotando en silencio salvo por algún que otro arranque de tartamudeos sin sentido de Kammler. Su cuidador, el Hauptsturmführer Buhler, había desabrochado la correa que Kammler llevaba al cuello, de modo que el musculoso imbécil había recuperado su estado inofensivo y algo lamentable. Klaus se preguntó de qué hablaban los cámaras y técnicos de los otros camiones en su tiempo libre.
La carretera que iba a la granja serpenteaba a través de un enorme olivar. Las hileras de árboles partían de las estribaciones de las colinas que dominaban la ciudad y se prolongaba
