Índice
Prólogo
Amigos
Amistad urgente
«No va a funcionar nunca»
Libreto: Bonus Track
Una corazonada
¿Ustedes se drogan?
A la buena de Dios
Libreto: «Itrú» de Julio César Gard
«Este tipo está loco»
Hay un féretro en el estudio
O todos o ninguno
Libreto: Entrevista a Gonca
Fin de la impunidad
Célebres cagadas
JI, segunda temporada
Libreto: Groupies
La suerte de Walt Disney
¿Dónde está la cámara?
Hacer dinero o hacer radio
Libreto: Poema de «Sergio Pena»
De operadores y otros bichos raros
Nuevo sheriff, nuevas reglas
Devuélvanme mi radio
Libreto: Capítulo 10 de Star Wars - radioserie
A hacer monerías al teatro
Nosotros y los límites
Hay cambio en el equipo
Libreto: El Gran Circo de los Hermanos Funes (radioserie)
A la calle
Justicia infinita y el rock
Arranca la quinta
Libreto: Saturaba el bombo
Es hora de golpear
Matar o morir
Un beso y una flor
Libreto: Halloween (probablemente del año 2004)
¿A que no saben qué?
Se llama adrenalina
Cuentas pendientes
Libreto: «Un targo, una milorga…»
Criaturas infinitas
Un año de película
El tipo del sombrero
Poesías
Final
Prólogo
Algunos analistas de marketing me han dicho, con notoria preocupación, que este es un libro «muy segmentado». Y es cierto. Debimos tomar la dura decisión de excluir a aquellas personas que no saben leer.
Esta es la historia de Justicia infinita, un programa de radio. Este libro recoge esa historia y no habla ni bien ni mal de ella. El aporte que este programa haya podido hacer en su existencia es algo que no nos corresponde a nosotros valorar, aunque ciertamente tengamos nuestra opinión al respecto. Pero no sería elegante manifestarla —fuera positiva o negativa— por respeto al público y fundamentalmente a Justicia infinita, que puede hablar por sí misma.
La historia de Justicia infinita es en buena medida la historia de un grupo de personas que coincidieron en un proyecto abierto a sumar visiones, a ensayar distintas y nuevas formas de hacer las cosas, o bien recuperar algunos modos un poco perdidos en el olvido. En este grupo de personas me encontré yo de forma premeditada y alejada de toda casualidad, ya que busqué este camino empecinadamente, en algún momento de mi vida.
Sí estuvo más ligado a la suerte que me tocara a mí contar esta historia. Lo haré en primera persona y despojado de cualquier pretensión tanto literaria como objetiva. Simplemente no se me ocurre otra forma de hacerlo, probablemente tampoco lo hubiese logrado de otro modo.
Como casi todas las decisiones que Justicia infinita fue tomando en el tiempo, la de dejar testimonio escrito de su historia también está basada en las simples ganas que teníamos de hacerlo. Y, así como otros testimonios escritos lo hicieron con nosotros, de paso esperar, con un poco de suerte, que el nuestro también genere en alguien el entusiasmo por urdir el plan de su propia andanza. Un pequeño eslabón más de la interminable y saludable cadena.
Además del relato, podrán encontrar ustedes algunos libretos alternados, y elegidos sin más criterio que el de representar distintos momentos o épocas del programa, así como las diferencias y similitudes de Gonzalo Cammarota, Carlos Tanco, Nacho Alcuri, Pablo Aguirrezabal, Gonzalo Pollo y yo mismo, como guionistas de estos libretos. La mayoría –cuando no fueron grabados y preproducidos previamente a su emisión— fueron realizados al aire, en vivo, y con el soporte sonoro del operador. Encontrarán algunas indicaciones en ese sentido (muchas veces no era necesario y no se indicaban para dejar mayor libertad al trabajo técnico de nuestros compañeros, que a menudo tenían mejores ideas que las nuestras), por lo que será trabajo del lector imaginar el colchón sonoro que acompañaba a cada uno de ellos.
Enfrentarse a contar la historia de algo en lo que uno se ha visto involucrado supone, claro está, volver a transcurrir por las emociones y sensaciones que se fueron sucediendo en cada momento, de eso se trata recordar después de todo. Ojalá este relato conecte también a aquellos lectores que son o fueron oyentes de Justicia infinita («comunidad colifa» toda) con esas emociones y sensaciones que se iban produciendo en cada una de sus vidas —con sus idas, sus vueltas y sus venidas— mientras ahí, un poco de fondo, como un susurro tenue, sonaba en la radio algún momento perdido en el tiempo de nuestro programa.
Ojalá el relato conecte también a aquellos lectores que nunca fueron oyentes de Justicia infinita con las emociones de este grupo de personas que quiso hacer un programa de radio y terminó haciendo de él su propia aventura.
Bienvenidos.
Salvador Banchero
Amigos
Por alguna extraña razón, siendo adolescente, me gustaba proyectarme en el tiempo con una imagen mental: me veía saliendo de un estudio de radio, en invierno, al frío de la noche después de terminar un programa, rumbo adonde fuese que viviera. Me gustaba esa imagen. Aunque honestamente no la deseara obsesivamente ni nada que se le pareciera.
El primer intento real que puedo recordar nítidamente fue al lado de Gonzalo y un amigo en común que hoy es un exitosísimo y muy respetado abogado. Todavía hoy nos gusta el chiste de que este amigo hizo lo que debimos hacer nosotros, es decir, encontrar una profesión respetable. Los tres pasamos algunas tardes en casa de la madre de Gonzalo, ya que aún no eran tiempos de independencia inmobiliaria para ninguno de nosotros. Nunca llegamos más allá de esbozar algunas ideas en un papel y pasar buenos ratos imaginando, algo que nos habrá durado cuanto mucho un par de semanas. Años más tarde, ese prominente doctor en derecho encarnaría un personaje que tuvo vida en las noches de la 91.9: «El doctor De Tabernas, del estudio De Tabernas-De Tabernas Lindero», un corrupto manipulador que al aire nos explicaba que era muy sencillo solucionar legalmente los problemas que le presentábamos (que podían incluir sexo con una menor y posterior muerte accidental, por ejemplo).
Algunos años después conocí a Carlos Daniel Tanco («Lel», para nosotros). Era amigo y compañero de mi hermano en Miramar Basketball Club y tengo la sensación de que el primer día que lo vi en mi casa me cayó algo gordo. Carlos tenía algo que a mí, como a casi todos, nos atraía —indudablemente— muchísimo: una pequeña piscina en su casa. Y en ella y al sol del verano montevideano fuimos forjando finalmente una gran amistad basada en intereses y apreciaciones singularmente comunes para dos personas que no habían tenido demasiado trato antes. Todas aquellas tertulias al sol fueron derivando de a poco en algo que luego se caería de maduro: ambos teníamos ganas de hacer algo juntos y a los dos nos gustaba mucho la radio.
Parecerá una exageración, pero puedo decir sin temor a equivocarme que en aquellas primeras conversaciones delimitamos muy claramente cuáles eran las bases de lo que haríamos después con los años. Más definido por aquello que no queríamos hacer que por lo que sí. Una suerte de hoja de ruta básica de por dónde tenían que ir las cosas si llegábamos a hacerlo finalmente. Desde el principio estuvimos de acuerdo en que necesitábamos una tercera persona para nuestro aún casi inexistente «proyecto».
Desde que yo la recuerdo, Valeria Tanco, hermana mayor de Carlos, ha sido una gran impulsora de cada una de nuestras locuras, siempre empujándonos y regalándonos cantidades generosas de confianza en nosotros mismos. Ya entonces, Valeria había sido la responsable de un programa de televisión que significó un quiebre en la forma de hacer televisión: En órbita. Aquella experiencia la había conectado mucho con un montón de gente que estaba haciendo cosas y nos ofrecía permanentemente cualquier tipo de contacto que necesitáramos para seguir adelante. Por esa razón pensamos que sería una buena idea contactar, a través de Valeria, a Marcos Morón, un notable guionista (con el que me daría el tremendo gusto de trabajar años más tarde en televisión con Los informantes) que se nos había antojado sería el complemento ideal para nosotros. Nos reunimos con Marcos y ambos teníamos claro que habíamos encontrado a la persona adecuada pero, cuando terminamos de hablar, Marcos, que es un hombre de pocas palabras, dijo: «Me encanta la idea… pero tengo que ser sincero con ustedes, yo no voy a poder porque ya estoy comprometido en trabajar con otra gente en un proyecto de radio que estamos armando». Ese proyecto se llamaría tiempo más tarde Ajo y agua, contaría con la dirección de Jorge Esmoris, Gonzalo Eyherabide y… Marcos Morón. Un mítico y excelente programa de radio que se emitió en X FM primero y en El Espectador más tarde. Entre los chistes más grandilocuentes y estúpidos que nos gusta hacer desde entonces está el de joder con Marcos como «nuestro Pete Best personal». A él le gusta decir: «Menos mal que les dije que no, les hubiese arruinado la carrera».
Un poco venidos a menos por la negativa de Marcos, tuvimos que ponernos a pensar en otra opción. Yo tenía hacía ya rato a Gonzalo en la cabeza pero no me animaba a proponerlo porque lo asociaba indefectiblemente al fracaso, teniendo en cuenta mi intento previo con él, aquel que habíamos planificado con Gonza y nuestro amigo estudiante de derecho. Pensaba que con él en escena el proyecto terminaría por diluirse como el anterior. Hasta que en un momento, y no viendo más alternativa en el horizonte, le dije a Carlos: «Yo conozco a un tipo que…».
Gonzalo y yo somos amigos desde el año 1985. Ni bien ocurrió la reapertura democrática en Uruguay, mis padres decidieron volver del exilio español a esta parte del mundo. No la pasé bien entonces. Y Gonzalo, lejos de ser un bastón para los tiempos difíciles, fue quizá lo más parecido a un torturador que tuve cerca. Si yo viviese en Springfield podría decir que fue mi «Nelson».
Entre la inocencia que traía conmigo, mi incomodidad evidente por aquella túnica con un moño ridículo al cuello, mi nostalgia por Madrid, el acento a español, el cuerpito de emergencia que tenía y la poca habilidad que demostraba para defenderme, conformaba un perfecto combo para ser la presa más deseada de cuanto maleante hubiese en aquella escuela n.° 13 Joaquín Mestre. Y Gonzalo Cammarota ya tenía por entonces su bien ganada reputación de «chico problema». Era un chico solo, solitario, duro, un tough guy. Un tipo que a los 9 años debía enfrentarse a una realidad familiar en la que tenía que hacerse cargo a veces de cocinar su propia comida para alimentarse, mientras su madre trabajaba duramente para mantener el apartamento, el club, su ropa, etcétera. Si acaso me dejaba tranquilo era únicamente para que se divirtiera conmigo el resto de la manada. El año 1985 fue terrible para mí.
Pero crecí. Pegué un estirón. Me adapté a la jungla y a lidiar con las fieras. Juré venganza. Uno por uno fui saldando cuentas con todos aquellos que me habían hecho pasar un mal momento. Y Gonzalo, Gonzalito, no era más que la frutilla de un postre que me estaba reservando para el final… el último y más importante tachón en mi lista de venganza.
Todavía no sé si fue él, si fui yo, si fueron las circunstancias, pero eso no ocurrió. Cuando llegó el momento de saldar cuentas caí en la realidad de que de algún modo Gonzalo y yo nos habíamos hecho amigos. Yo ya no estaría nunca más solo. Gonzalo tampoco.
Amistad urgente
Fue casi inmediato, instantáneo. Yo tenía mis dudas, pero fue como una de esas cosas que parecen predestinadas a ser. Gonzalo y Carlos trabaron una amistad urgente. Yo había invitado al primero al cumpleaños de un amigo común a todos, con la intención de que Carlos tuviera una primera impresión antes de ofrecerle integrarse al proyecto. «Este tipo es una joya, un diamante en bruto, es… adictivo», me comentó Carlos mientras lo mirábamos hacer lo que mejor sabe hacer, apoderarse de la atención de casi cualquier lugar que lo tenga presente.
Una vez integrado al proyecto y al cabo de cuatro o cinco reuniones de trabajo, no más, supe que ese rol de nexo que cumplía ya no era necesario, se entendían solos y no me necesitaban a mí en absoluto. Lo terminé de comprender el día que Carlos me comenta al teléfono: «Estamos acá con Gonza y…», «¿cómo con Gonza?», pensé como una novia despechada, «¿querés decir sin mí? ¿ustedes dos solos? ¿qué? ¿ahora son amigos también?». Como decía, conexión casi inmediata, instantánea.
Debemos habernos visto bastante ridículos a los ojos de todos los amigos que pasaban en aquel tiempo por aquella casa con patio y piscina. Aquel grupo de personas, amigos entrañables y hermanos, son ni más ni menos que la mina de oro a la que estos tres ladrones, que venimos siendo nosotros, hemos saqueado una y otra vez a lo largo del tiempo para vender después en el paño de la feria mediática como ocurrencias propias. Ellos, sumados a otros amigos entonces no conectados entre sí, configuraban la red que protegía la fuente del verdadero maná y nos dejaron entrar cada vez que necesitamos hurgar un poco en esos tesoros ajenos. Mientras todos ellos disfrutaban de aquella vieja pileta del otro lado del vidrio, ahí estábamos nosotros tres, simulando hacer un programa de radio, sentados a la mesa con un pequeño grabador en el centro. Todavía me cuesta creer que «la barra», implacable e insensible a la hora de «sentar en la máquina» a cualquiera de sus integrantes, nos tomara bastante en serio ante aquel panorama surrealista y lo asumiera como algo casi natural.
Puede ser que a veces hasta nosotros mismos nos sintiéramos un poco ridículos llevando adelante un programa que no existía y no transmitía para nadie, pero quiero creer que entendíamos que no había otra manera de ponernos en forma y ejercitar un músculo que nadie tiene entrenado porque sí, el de intentar entretener, hablando, a alguien que explícitamente te pide que lo hagas cuando te sintoniza en su radio. Si uno lo piensa racionalmente, lo que hoy todos entendemos como una «convención», es decir, unos tipos hablan y otros escuchan, no deja de ser algo tremendamente innatural. Porque si bien es algo que los seres humanos hacemos desde siempre, se supone que siempre exista un ida y vuelta, un diálogo, una devolución oral inmediata. Pero la radio no necesariamente implica eso, y el «diálogo» —si puede llamarse así— está fuertemente acentuado en una sola dirección.
Por aquel entonces, además de escuchar nuestras propias grabaciones para analizarlas sesudamente, lo único parecido a un feedback que teníamos era el grito de algún amigo que desde la pileta gritaba: «¡Vo! ¿Se acabó la cerveza?».
«No va a funcionar nunca»
Con varios meses encima de pruebas y más pruebas en solitario, con horas y más horas acumuladas de grabaciones para «uso personal» en la mesa y teorizaciones abstractas de lo que «debía ser», consideramos que había llegado el momento de «hacer algo». Y un «programa piloto» parecía lo más lógico.
Ese programa piloto se llamaría El golpe, en honor al clásico cinematográfico protagonizado por Paul Newman y Robert Redford, cosa que más tarde nos traería alguna complicación al tener que aclarar que nada tenía que ver, por supuesto, con el golpe de Estado perpetrado en nuestro país —casualmente al igual que la película— en 1973.
Carlos era estudiante de la Universidad Católica y eso nos sirvió para grabar y editar la presentación y dos o tres piques —esos separadores de audio que suelen utilizarse para distinguir el pasaje entre dos segmentos de programa o la ida o vuelta hacia las tandas publicitarias— de lo que sería el piloto. Grabamos en la noche y con la colaboración, para aprovechar sus voces, de alguno de esos amigos que nos acompañaban por las tardes durante nuestros ensayos. Tanto la grabación como la edición estuvieron a cargo del propio Carlos.
Hacía poco tiempo que yo había conocido a un operador de Alfa FM y se nos ocurrió que podía ser él quien nos ayudara con la tarea de grabar el piloto. Me explicó que era imposible hacerlo en los estudios de Alfa pero que él tenía un turno de noche en el Sodre y que podíamos grabarlo ahí. Nosotros nos tomamos el asunto muy en serio, como cada cosa que tenía que ver con este proyecto, y le ofrecimos dinero para grabarlo. Creo que juntamos cerca de 50 dólares, que en aquel entonces probablemente fuera un cuarto del sueldo de aquel operador. Acordamos hacerlo y nos citó a la una de la mañana en el Sodre, no sin antes explicarnos que no levantáramos demasiado la voz, ya que los estudios de esa radio naturalmente no estaban dispuestos para que fuese cualquier grupo de jilgueros a grabar un piloto y jugar a la radio. La grabación sería una suerte de operación clandestina.
Gonzalo, Carlos y yo no fuimos solos aquella noche para la que nos veníamos preparando desde hacía tanto tiempo. Fuimos acompañados por Leandro, mi hermano, tres años menor que yo, en una suerte de «management» que le quedaba mucho mejor a él que a cualquiera de nosotros por su irreductible cara de piedra. Años más tarde, Leo interpretaría durante mucho tiempo a ese bon vivant oprobioso que la iba de barman y hombre de mundo y que se llamaba Ronnie Méndez.
«Toc, toc», sonó la puerta enorme del edificio cerrado del Sodre, en la Ciudad Vieja. Un guardia de seguridad abrió tímidamente sin entender mucho qué cosa podía querer alguien a esa hora en ese lugar, donde el único movimiento que había en las radios era el de los discos sonando uno atrás del otro. «¿Sí?», preguntó. «Hola. ¿Qué tal? Teníamos hora para grabar… », dijo Leo, mientras nuestras manos se deslizaban de arriba hacia abajo por nuestras caras sin dar crédito a la estupidez que acababa de cometer, víctima de los nervios. «No, venimos a visitar a Fulano…», alcanzó a decir alguno de nosotros, cosa que sirvió de salvoconducto para que aquel guardia nos dejara pasar pero sin dejar de mirarnos con cierta sospecha.
Un estudio enorme, con puertas falsas y elementos curiosos para hacer sonidos —que seguro databan de la vieja guardia de «radioteatros en vivo» que ahí se hacían hace muchísimos años— conformaban el panorama que teníamos alrededor una vez adentro de aquel edificio del Sodre. Las minuciosas instrucciones fueron dadas al operador, que ya se encontraba sentado a la consola bajo la atenta mirada de mi hermano, quien simulaba ser Phil Spector supervisando con solvencia la grabación de algún disco de George Harrison. Creo que grabamos todo en una toma, después de todo queríamos que quedara plasmada la limitada capacidad de improvisación que habíamos desarrollado. Si bien estaba muy planificado, no queríamos un piloto mentiroso que no pudiésemos defender después en una situación real, queríamos que fuese una foto de nuestras capacidades radiales del momento, ni más ni menos.
Al terminar le preguntamos al operador qué le había parecido y nos respondió con aplomo: «No está mal, nada mal, pero desde ya les digo algo: yo no sabía que eran tres conductores… un programa con tres conductores no va a funcionar nunca».
Con el piloto grabado a cuestas, una ligera sensación de orgullo más acorde con el hecho de avanzar en la idea de tener un programa que con la calidad del piloto, y una extensa carpetita prolijamente diseñada en la que se explicaba mucho más de lo que era necesario y mucho más de lo que cualquier gerente de programación estaría dispuesto a leer, salimos a patear por cuanta radio pudiésemos.
La primera fue FM Del Sol, una radio un poco orientada al mundo más superficial del verano puntaesteño pero que aún gozaba de cierto prestigio para quienes la habíamos escuchado algunos años antes, cuando transmitían en simulcast con canales de televisión conciertos de los Rolling Stones, entre otros.
Nuestra actual compañera del programa, María Noel Marrone, trabajaba en aquella radio por aquel entonces y nos había presentado a Paola Chiarello, una locutora argentina que había sido apadrinada por Lalo Mir en Buenos Aires y que se desempeñó un tiempo como gerenta de programación de Del Sol a fines de la década de los noventa. Se divirtió mucho con nosotros en la entrevista, nos manifestó que le encantaba la idea y que le parecíamos raros y divertidos… pero que no veía que fuésemos un programa para su radio. Todavía creo que no nos mentía, y a pesar de la negativa nos fuimos con cierta confianza en nuestro proyecto por el entusiasmo que nos transmitió.
Después de eso conseguimos una entrevista con Gustavo Rey en Océano FM, a través de un periodista amigo, Daniel «Puki» Cancela, que trabajaba entonces en Subrayado de Canal 10, y nos había atendido amablemente en su casa para escucharnos, aconsejarnos y darnos ánimo también. Océano todavía tenía su estudio en la calle Convención, aún no se había mudado a la rambla, desde donde actualmente mira al puertito del Buceo.
Recuerdo que llegamos ya entrada la tarde noche y nos presentamos ante quien nos atendió la puerta. Se trataba de Simone Fogiel, más tarde compañera nuestra por algunos años en Océano. Nos sentamos a esperar a Gustavo en la recepción, que tenía oportunamente tres sillitas dispuestas en hilera, y no podíamos parar de reírnos compulsivamente entre nosotros cuando Gonzalo hizo su primera apreciación profesional: «Che…, qué tetas tiene Simone, ¿no?».
Gustavo nos atendió y escuchó amablemente, recibió nuestro piloto, nuestra prolija y extensa carpetita que prometió entregar al director de la radio, y nos fuimos por donde vinimos. No volvimos a tener novedades de Océano hasta varios años después, pero sí alguna devolución positiva del propio Gustavo que también nos alentaba a seguir.
Entre las entrevistas que tuvimos por aquel entonces, probablemente la más bizarra fuese la que compartimos con el hoy fallecido Juan Gallardo, que tenía una suerte de amistad con las autoridades de La Costa FM. Nos reunimos en Canal 12, le contamos sobre nuestro proyecto —que como el más torpe de los anzuelos habíamos rebautizado oportunamente No hay moros en la costa— y tampoco tuvimos demasiados movimientos luego.
A esa altura ya teníamos claro que uno de nuestros fuertes era sin duda el mano a mano. Nos divertíamos tanto entre nosotros haciendo y diciendo boludeces en las entrevistas que terminábamos por divertir a quien fuese que tuviésemos enfrente. Sabíamos adaptarnos perfectamente a las exigencias del interlocutor, pero lo hacíamos, supongo yo, más como un mecanismo de defensa ante los nervios que como una actitud de premeditada seducción laboral.
Tuvimos también una entrevista en la 91.9, cuando aún era Sarandí Satelital, y lo hicimos con Analía Fontán, una muy buena locutora con la que algunos años después haríamos muy buenas migas y tuvimos como compañera durante un tiempo en M1 y también en Océano FM. Misma concatenación de hechos: me gusta-me divierte-se lo voy a dar a la gerencia-no pasa nada después.
Estábamos promediando el año 1999 y habían pasado ya poco más de dos años desde que nos dispusimos a intentar tener nuestro propio programa de radio. A esa altura empezábamos a flaquear en nuestras esperanzas y a pensar si no era una estrategia válida considerar meterse al medio a través de otro lugar, aunque fuese un programa de recetas de cocina. No estaba demasiado lejos lo que nos tenía reservado el tiempo finalmente.
Libreto: Bonus Track
Guionista: Gonzalo Cammarota
Entre el año 2004 y 2005, Gonza fue la cara televisiva de un programa de Canal 12 sobre el rock nacional que llevaba por nombre Bonus Track. Aprovechando nuestra pereza para bautizar espacios, decidimos utilizar el mismo para esta idea que nos venía rondando hacía tiempo en la cabeza: un libreto donde se sumaran canciones, escenas libretadas y algo de historia sobre distintos artistas y bandas de rock de todo el mundo.
Mientras algunos nos alternábamos en las locuciones que llevaban el hilo de la historia, entre todos nos dividíamos los personajes que requería cada escena. Terminó funcionando como una forma bastante lúdica de aprender un poco sobre la historia de los tipos que solíamos escuchar en los discos, tanto nosotros como buena parte de la audiencia.
En las escenas, más allá de su ficción, siempre existieron guiños a la historia real de los protagonistas y algún que otro chiste de repetición, como el de hacer que sobre el final todas las bandas y artistas rindieran culto a la figura de Gonzalo Cammarota.
En este libreto en particular el «Bonus Track» está dedicado a The Ramones, una banda absolutamente ligada al perfil musical de Justicia infinita.
* * *
Tema: Judy Is a Punk
LOCUTOR. Jeffrey Imán muere el 15 de abril del año 2001 víctima de un cáncer linfático. Douglas Calvin haría lo propio en junio del año 2002 a causa de una sobredosis. John Cummings muere el 16 de setiembre de 2004 víctima de un cáncer de próstata.
Así, en poco más de tres años, mueren Joey, Dee Dee y Johnny, tres de los cuatro fundadores de una de las bandas más importantes de la historia del rock: The Ramones. Nacidos en la década del 50, estos cuatro jóvenes se conocieron en el barrio de Queens, un barrio obrero de la ciudad de Nueva York. Allí, aburridos de escuchar la música que emitían las radios de esa época, la cual era mayoritariamente disco, estos jóvenes deciden hacer música volviendo a las raíces del rock and roll. Así, en 1974 se juntan Joey en batería, Dee Dee en guitarra y voz, Johnny en guitarra y un tal Ritchie en bajo.
(Fx: Sala de ensayo.)
JOHNNY. Yo tengo uno, yo tengo uno. ¿Qué les parece: putos amarillos?
JOEY. Johnny… ¿cómo decirlo? Yo entiendo tu patriotismo y respeto tu pasado en una escuela militar, pero creo que sería mejor que a la hora de pensar un nombre para la banda dejes de lado tu odio a los vietnamitas.
JOHNNY. ¿Dejar de lado mi odio? ¿Y qué me dices de todos los norteamericanos que están prisioneros en Vietnam? ¿Debo dejarlos también? ¿Debo olvidarme de ellos?
JOEY. Bueno, si estás tan preocupado por ellos, alístate y ve a buscarlos.
JOHNNY. No mezcles los temas, una cosa no tiene nada que ver con la otra, así que-
JOEY. Yo no estoy de acuerdo co-
JOHNNY. ¡No me interrumpa soldado!
JOEY. ¿Qué carajo estás diciendo?
JOHNNY. Perdón, me acordé de la época que estaba en la escuela militar.
RITCHIE. A mí me gustaría opinar del tema.
JOHNNY. Muy bien, Ritchie, ya era hora que hablaras y pusieras en su lugar a este vendepatria. ¿Qué nombre vas a proponer? ¿«Matemos mujeres y niños de ojos rasgados»? ¿«Cortemos genitales amarillos»? ¿O acaso te gusta «putos amarillos» que fue el que yo propuse?
RITCHIE. En realidad, Johnny…, yo soy pacifista y estoy contento de que se haya acabado esa maldita guerra.
JOHNNY. Ah, claro… ahgggggg. (Se le va encima a Ritchie.)
RITCHIE. Ahhhh, ¡sáquenmelo de encima!
JOHNNY. Maldito amarillo. Traigan un disolvente para ponerle en la piel, estoy seguro que es un vietnamita disfrazado.
DEE DEE. Lo que estás proponiendo es una locura Johnny.
JOEY. Sí, yo estoy de acuerdo con Dee Dee.
DEE DEE. Si tiene piel amarilla debajo de la blanca lo mejor es usar una pulidora.
(Fx: Pulidora.)
RITCHIE. Ahhhhhhh mi cara, mi cara.
(Fx: Tic-tac reloj.)
(Fx: Pulidora.)
DEE DEE. Johnny, creo que va a ser mejor que pares.
JOHNNY. ¿Te parece? Yo sigo viendo su piel blanca, blanca como el marfil, estoy seguro que debajo…
DEE DEE. Está el piso, Johnny, ya le puliste toda la trucha y le estás dando a los huesos del pómulo.
JOHNNY. Tenés razón. Levantate, Ritchie, al final resultó que no eras un vietnamita.
RITCHIE. Gracias. Yo lo único que quiero es encontrar un buen nombre para la banda, y creo que lo mejor es dejar a los vietnamitas de lado.
DEE DEE. ¿Qué les parece los Ramones?
JOHNNY. ¿Vos querés que usemos el nombre de uno de esos mejicanos sucios?
DEE DEE. No es por eso…
JOHNNY. ¡No es por eso las pelotas! ¿Qué sigue? ¿No querés que nos llamemos «los Martín Luther Kings» también? Dale, ¡pedime que queme mi capucha blanca!
DEE DEE. Johnny, el nombre Ramón era utilizado por Paul McCartney en los inicios de los Beatles. Propongo que a partir de ahora cada uno use el apellido Ramón.
JOHNNY. Siendo así, me gusta.
JOEY. A mí también.
RITCHIE. A mí también. ¿Vieron que se podía encontrar un nombre que no sea ofensivo con ninguna raza o religión?
DEE DEE. Bueno, y ya que les gustó mi idea del nombre, ¿qué les parece si nos sacamos una foto del grupo todos con esvásticas?
RITCHIE. Huyyy, qué tarde se hizo, me tengo que ir…
JOHNNY. Ritchie no te vayas, tenemos que discutir la propuesta de Dee Dee y no va a ser fácil, tiene sus pros y sus contras.
RITCHIE. Es que tengo que ir a tomar la cocoa, si no mi madre me relaja.
LOCUTOR. Ritchie fue sólo a dos ensayos. Y Dee Dee logró imponer su idea sobre el nombre de la banda. No así la idea de las esvásticas, la cual nunca prosperó, dado que Johnny la rechazó de plano. Quizá le había hecho un poco mal a Dee Dee el haber vivido sus 14 primeros años de vida en Alemania, no tan mal como le haría el consumo de heroína por los 28 años que le quedaban de la misma pero algún trastorno seguro le generó.
Pero con la partida de Ritchie se generaba un nuevo problema para la banda: la integración. Dee Dee no podía tocar y cantar a la vez, lo que demuestra claramente que los Ramones eran prácticamente músicos de sesión.
Solo había una solución; que Dee Dee tocara el bajo e hiciera coros, que ingresara en la formación de la banda quien era hasta el momento su manager, Tom Erdelyi y que Joey dejara la batería y se pusiera a cantar. Pero eso no sería tan fácil.
(Fx: Sala de ensayo.)
JOEY. Muchachos, no sé, la idea de que yo cante no me convence del todo.
JOHNNY. Todos estamos haciendo esfuerzos, Joey. Yo tuve que abandonar mi idea de subir al escenario con uniforme militar.
DEE DEE. ¿Y yo? Que ahora tengo que tocar esta guitarra para discapacitados.
JOEY. Ya te dije que eso no es una guitarra para discapacitados, es un bajo.
DEE DEE. ¿Y si no es para discapacitados por qué carajo tiene cuatro cuerdas en lugar de seis, eh?
JOHNNY. Yo sé lo que te pasa, te sentís feo.
JOEY. No, no me siento feo, Johnny.
JOHNNY. ¿Y cómo hacés para no sentirte feo? Porque la verdad decirte feo a vos es una halago. Feo es pegarse un martillazo en el dedo gordo, que el dentista te toque un nervio con el torno sin anestesia, que tu vieja sea chango y en un descuido te la levantes, feo es tener que ganarse la vida como peluquero…
DEE DEE. ¡Epa! Momento.
JOHNNY. No jodas Dee Dee, es una profesión indigna y punto. Para la cual, dicho sea de paso, no tenes ni talento ni gusto, basta verte el corte de pelo que llevás, por no hablar del que me hiciste a mí. Feo es estar rehén en un campamento del Vietcong, eso es feo, pero vos, Joey, sos mucho más que eso, vos sos espantoso, un asco diría yo, una cosa que…
JOEY. ¡Basta! Está bien, me da un poco de vergüenza estar delante del público. Pero suponiendo que yo diga que sí, falta que Tommy acepte estar en la batería.
(Fx: Puerta.)
JOHNNY. Pero, ¡justo! hablando de Roma…
DEE DEE. ¡Viva Mussolini!
JOHNNY. ¿Qué decís, Dee Dee? Vas a tener que controlar tus impulsos fascistas, ya te expliqué que Estados Unidos peleó contra y no con Hitler y Mussolini.
TOMMY. ¿Qué cuentan? ¿Por qué no están ensayando?
JOHNNY. Tommy, queremos hacer unos cambios.
TOMMY. ¿En la banda?
JOHNNY. No, en la sala de ensayo. Queríamos poner cortinas con flores estampadas, algunas plantas, en fin hacer una sala más hogareña.
TOMMY. Veo que estás siendo irónico. ¿Cuáles son los cambios que quieren hacer?
JOHNNY. Queremos que Dee Dee deje de cantar y que lo haga Joey.
TOMMY. ¿Un baterista que cante? No me parece
JOHNNY. A nosotros tampoco. Por eso Joey va a dejar la batería.
TOMMY. Ta, ponele que yo sé que ustedes son medio rudimentarios en el tema musical, pero yo he trabajado en una productora y les puedo asegurar que la batería es un instrumento muy importante.
JOHNNY. Ya sabemos…
TOMMY. Ya sabemos, nada. Porque yo estaba el día que confundieron un piano con una máquina de escribir. Así que tienen que hacerme caso, la batería es importante, qué digo importante, es muy importante…
JOHNNY. Ya sabemos, por eso queremos que vos seas el baterista.
TOMMY. ¿Yo? ¿Les parece?
JOHNNY. Sí.
TOMMY. Pero yo no sé si sirvo para ser músico, además soy muy blandito, vivo enfermo.
JOHNNY. Qué vas a ser un blandito, vos tenés una salud de fierro; te digo más, vos nos vas a terminar enterrando a todos.
LOCUTOR. El 16 de agosto del 74 se produce el verdadero debut de los Ramones con Joey en voz, Dee Dee en bajo, Johnny en guitarra y Tommy en batería. El mismo se produce en un antro conocido con el nombre de CBGB, un lugar de reunión de toda la movida under neoyorquina. Por esa época compartían escenario en ese lugar con bandas como: Blondie, Talking Heads, Patty Smith, entre otros.
Después de sumar muchas presentaciones en vivo y grabar algunos demos, en el año 1976 por fin graban su primer disco. Este fue grabado en 17 días, costó solo 6400 dólares y llevó el nombre de Ramones.
Pese al desastroso sonido que tenía, en él se encuentra la esencia de la música ramonera, además de algunos temas himno de la banda, como: «Blitzkrieg Bop» (donde aparecía el celebérrimo «Hey ho, let’s go!»), «I Wanna Be Your Boyfriend», «Beat on the Brat», «Chainsaw» (un homenaje a la película La matanza de Texas, dirigida por Tobe Hooper en 1974) y «Now I Wanna Sniff Some Glue» (canción que inspiró el nombre del fanzine «Sniffin’ Glue» publicado en Londres por Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols). Y ya que estamos, escuchemos «Blitzkrieg Bop».
(Tema: «Blitzkrieg Bop».)
LOCUTOR. En el verano del 76 realizan su primera gira por Inglaterra, durante la que tendrán como espectadores de lujo a Johnny Rotten, Sid Vicious, Joe Strummer, Paul Simonon, Steve Severin, Paul Cook.
Sobre fines de este año comienzan a grabar su segundo disco, que se llamará Leave Home y saldrá a la calle en el 77, mismo año que sale el Rocket to Russia, uno de los mejores discos de la banda.
Seguirán sus giras por Inglaterra, ya en plena revolución punk, y en una de estas giras, para cerrar el gran año de 1977, realizan un concierto el 31 de diciembre en el teatro Rainbow, el cual queda inmortalizado en el disco en vivo It’s Alive.
(Fx: Final de concierto.)
HOMBRE. Tienen visita.
JOHNNY. Que pase.
SID. Hola.
JOHNNY. ¡Sid Vicious!
SID. ¿Cómo andás?
JOHNNY. ¿Yo cómo ando? ¿Vos cómo andas, Sid? ¿Cómo carajo hacés para seguir vivo? Tas hecho bolsa, mirá como tenés esos brazos de inyectarte.
SID. Ya no me inyecto más.
JOHNNY. Me parece muy bien.
SID. Ahora, para falopearme, Nancy me da anestesia general me abre al medio y me pone la heroína directamente en el corazón.
JOHNNY. ¡Pero mirá qué saludable! Por lo que me contás, deduzco que seguís con Nancy.
SID. Claro, está acá, al lado mío, ¿no la conociste?
JOHNNY. Esa es Nancy, mirá, yo pensé que era un cadáver que te habías robado de la morgue y lo habías traído para hacer alguna diablura. ¿Cómo te va, Nancy?
NANCY. Bien.
JOHNNY. Estás muy linda, Nancy. Además veo que te estás dejando crecer la barba, te queda muy lindo, porque a lo que se te junta con los mocos que te caen por el labio superior te queda como un candado de moco y baba muy pintoresco.
NANCY. Gracias.
JOHNNY. No, de nada, mi amor. Me imagino, Sid, que habrás venido a saludar a tu amigo ¿no?
SID. Sí.
JOHNNY. Esperá acá que ya te lo llamo. ¡Dee Dee! ¡Dee Dee! ¿Dónde estás?
DEE DEE. Acá ¿Qué pasa?
JOHNNY. ¡Vení que tenés visitas!
DEE DEE. ¿Sí? ¿Quién?
SID. Hola, Dee Dee.
DEE DEE. (Emocionado.) ¡Mamá! ¿Qué hacés acá en Luxemburgo?
JOHNNY. ¿Como que mamá, Dee Dee? Es Sid Vicious, de los Pistols.
DEE DEE. (emocionado) ¡Sid Vicious! ¿Qué haces acá en Luxemburgo?
JOHNNY. No estamos en Luxemburgo, estamos en Londres…
SID. ¿Cómo en Luxemburgo? Nancy, estamos en Luxemburgo, ¿cómo vamos a conseguir heroína en un país de Sudamérica?
NANCY. No sé.
SID. ¿Como que no sabés? Entonces nos quedamos sin heroína.
JOHNNY. Tranquilos, no es tan así.
DEE DEE. Nos quedamos sin heroína, ¿escuchaste, tío Malcom? Mamá dice que nos quedamos sin heroína.
JOHNNY. Yo no soy tu tío Malcom y ya te dije que esa no es tu madre, es Sid Vicious de los Sex Pistols.
DEE DEE. ¿Sid Vicious? Aaah, claro. Sid, ¿tú tienes heroína? Porque me acaba de decir mi madre que ella no sabe dónde conseguir.
SID. ¿Escuchaste, Nancy? La mamá de Dee Dee no sabe dónde conseguir drogas.
JOHNNY. Vayan a la mierda.
LOCUTOR. Las drogas y los excesos, una constante en la vida de los Ramones. De hecho, Tommy y Joey no entraron en la escena pasada porque estaban recontradados vuelta.
El año 78 marca el alejamiento de Tommy, quien será suplantado por Marc Bell, que luego pasaría a ser Marky Ramón. Con él en la batería, graban el disco Road to Ruin, disco en donde sale uno de los hits más grandes de la banda, por lo menos en estos pagos, «I Wanna Be Sedated», tema compuesto por Joey e inspirado en Dee Dee que —heroína mediante— soñaba con estar en una cápsula.
(Tema: «I Wanna Be Sedated».)
LOCUTOR. Al llegar a los ochenta, la banda recibe uno de sus retos artísticos más grandes: grabar con el productor artístico Phil Spector. Spector era uno de los productores más importante de los sesenta, su nómina incluía a los Beatles, Rolling Stones, Leonard Cohen, en
