Personajes

Violeta:
es la protagonista de este libro; una niña un poco tímida, voluntariosa, curiosa y amante de la ciencia ficción.

Frau Bücher:
la simpática bibliotecaria. Tiene una edad infinita, como muchos de los libros de la biblioteca.

Mordejai:
el ingenioso gato de la biblioteca. Su presencia a veces es silenciosa e invisible, y otras, muy ruidosa. ¡En cualquier caso, es omnipresente!

Leonor:
Violeta todavía no la conoce, pero esta chica gótica llegará a ser su mejor amiga y compañera de aventuras, reales y ficticias.

Herr Direktor:
la máxima autoridad del colegio. Alguien a quien no queremos hacer enojar, porque rápidamente se le calienta la cabeza.

Arnoldo:
el niño pesado que hay en todo curso… (uf, cree que burlarse de alguien es divertido).
Dedicado a:
los «booklovers» en todo tiempo y lugar:
Lectores, escritores, ilustradores, editores, profesores, cuentacuentos, bibliotecarios, libreros, bookstagrammers
y a todos quienes aman los libros y la lectura.


I. El cambio de colegio
¡Primer día de clases en el colegio nuevo!
Los últimos días de las vacaciones, Violeta había estado muy nerviosa. Llegar a tercero básico en otro colegio, más grande y desconocido, era todo un desafío. Ella ya sabía que era una niña grande y que podía hacer amigos nuevos, tal como los había hecho en el verano, durante las vacaciones en la playa, pero de todas formas estaba intranquila.
—¡No es tan difícil! —se dijo a sí misma para darse ánimo.
Aunque estaba entusiasmada, le habría gustado que algunos compañeros fueran los mismos de antes.
Sentía que había pasado una eternidad desde que se despidió de profesores, compañeros, la sala de clases con la puerta verde, el patio donde estaban los conejitos y el huerto. El lugar donde había aprendido tantas cosas como: a pintar huevitos de pascua, a hacer figuras de plasticina, moldear con greda y también a leer y escribir, se quedaba atrás. Violeta era una gran lectora y estaba orgullosa de eso. La biblioteca del antiguo colegio le encantaba, pero, bueno, nada dura para siempre, y el cambio de ciudad por el nuevo trabajo de su papá era inevitable.
El último día de clases, al despedirse, se imaginó el final de El mago de Oz y a ella diciendo: «Adiós, Hombre de Hojalata; adiós, León Valiente; adiós, Espantapájaros… nunca los olvidaré».
Pensó qué si despedirse de su antiguo colegio y de la ciudad donde aprendió a caminar, sería también despedirse de la infancia.
* * *


Sabía que echaría de menos los cerros de Valparaíso y la playa Las Torpederas, donde aprendió a nadar, pero también le gustaba la idea de conocer un lugar nuevo. Irse a vivir a la capital la hacía sentirse más grande, y ella quería ser grande y aprender muchas cosas porque así podría llegar a ser veterinaria un día. Cuidar animalitos era su gran deseo. Cuando le dijo a su papá que quería una mascota, él compró pececitos de colores, y después llegó con un canario blanco que cantaba poco, ¡y luego una tortuga! ¡Todos fomes!
Ella quería una mascota a la que se le pudiera hacer cariño, pero sus papás decían que en el departamento no había espacio para un perro o un gato. No importa, cuando sea veterinaria tendré todas las mascotas que quiera, pensaba. Su plan era tener un perro por cada día de la semana y un gato por cada mes del año.
Los perros se llamarían lunes, martes, miércoles, etcétera. Y los gatos, enero, febrero, marzo y así. Y si eran gatas, entonces serían enera, febrera, marza (¿ya se entiende la idea?).
Pero, bueno, para eso primero tenía que ir al colegio, a la básica, la media, después a la universidad, después hacer un posgrado… ¡uf, qué laaargo camino! Pero, como sabemos, toda travesía parte con el primer paso, y por fin Violeta estaba en su primer día de clases en tercero básico.
* * *
Su papá la dejó en el estacionamiento y ella entró sola, mientras él partía rumbo a su trabajo nuevo. Después de la recepción, había un gran patio y todos los niños estaban formados en filas. ¿Había llegado tarde?
El colegio le pareció grande e imponente, con muchos niños y niñas. ¡Tantas caras desconocidas la mareaban!
Caminó desorientada entre los alumnos, buscando dónde quedarse. ¿De qué se trataba eso? Parecía como si estuvieran jugando un juego del que Violeta no sabía las reglas.
De pronto se encontró al medio del patio. Dos niños izaron una bandera y todos empezaron a cantar el himno nacional. Era el acto cívico por inicio de clases.

Al ver que parecía perdida, una profesora se le acercó y le dijo al oído:
—Anda a la fila de tu curso, rápido.
—¿De mi curso?
—Sí. ¿Cuál es tu curso?
—La puerta verde era mi sala...
Sabía que eso era antes, en el otro colegio, pero no supo qué más responder.
La profesora, impaciente, la tomó de la mano y de una forma un poco brusca la puso en la fila más cercana. Unos niños soltaron unas apestosas risas burlonas.
No saber cuál es tu lugar, sentirte perdida, es angustiante. Por desgracia, esos primeros momentos serían para Violeta un adelanto de lo que viviría ahí.
Trataba de recordar si su papá le había dicho cuál era su curso, quizá ella debí
