TIERRAS FRÍAS
Reino del Hielo: Eísalh.
Gobierno: familia Larethore.
Dios: Muzoigh.
Reino de la Oscuridad: Tummök.
Gobierno: familia Caemer.
Diosa: Tummavý.
Reino del Agua: Fiares.
Gobierno: familia Irin-daale.
Dios: Akser.
TIERRAS TEMPLADAS
Reino de la Tormenta: Ekhta.
Gobierno: familia Laemire.
Diosa: Ga-Mur (Dari).
País del Viento: Ga-Zaih.
Gobierno: Administradores.
Diosa: Ga-Dur (Iska).
Isla de la Tierra: Erdaiye.
Gobierno: Sacerdotisa.
Diosa: Erdaiye.
TIERRAS CÁLIDAS
País del Fuego: Ishtenus.
Gobierno: familia Toorkiwl.
Dios: Braddur.
Tierra de la Luz: Hasaub.
Gobierno: familia Stintha.
Dios: Hass.
Memorias de la Rebelión
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Extracto de los diarios de Alera, V Generación
Hace unos días que regresé a Erdaiye, y no consigo deshacerme de la inquietud que me ha acompañado desde que partí hace dos semanas. Hay una calma tensa instaurada en Zenith, como una tenue sombra de una nube de tormenta que se cierne sobre todos nosotros.
Temo que es una nube que hemos creado entre todos a lo largo de las últimas décadas al dejarnos llevar por un orgullo y un despotismo inconcebibles. Estamos aquí por designio de los dioses, poseemos un poder inmenso, y, aun así, para algunos parece no ser suficiente.
Es algo complejo de explicar, este poder, y no consigo imaginar cómo sería vivir sin él. Sin la continua sensación de tener fuego en las venas, la electricidad cosquilleando en la yema de los dedos o la vibración del suelo bajo nuestros pies.
Un golpeteo sordo en el interior de nuestras cabezas y los oídos, reverberando por todo nuestro interior.
Cuando entro en el bosque, todas esas sensaciones se intensifican y adquieren una dimensión embriagadora de la que no puedo deshacerme. Mantenerlo a unos niveles que me permitan escuchar el ruido del mundo real y poder encontrar las otras sensaciones que deberían dominarme, más humanas, es el verdadero desafío. Es lo que a todos nos lleva más tiempo pulir.
Porque desplegar completamente ese poder, oh, eso es lo más fácil de todo.
¿Puede una rosa fingir que no es hermosa? ¿Desplegar sus pétalos solo a medias y pretender que su aroma es imperceptible? En mayor o menor medida, incluso una rosa temerosa de destacar no podría pasar desapercibida. No podría evitar la intensidad de su color, el brillo de sus hojas o la majestuosidad de su porte. Y todo aquel que la viera quedaría prendado de su hermosura.
A nosotros nos ocurre algo parecido.
No podemos evitar ser quienes somos, no podemos esconder lo que hacemos. Podemos esforzarnos en ello y rezar a los dioses para que quien pase por nuestro lado no se fije demasiado. Pero al final nuestra propia naturaleza nos delata. Somos incapaces de rechazar la energía que circula por nuestro interior, necesitamos absorberla y transmitirla, y por ello usar nuestro don es lo más fácil de todo.
Y solo nos basta una pequeña chispa para comenzar a arder. La diferencia está entre los que quieren arder para espantar las pesadillas con su luz y los que quieren hacerlo para destruirlo todo a su paso.
PARTE I
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Prólogo
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Algo se movía en el bosque.
La guardiana llevaba varios días vigilando el portal. La habían embriagado la tranquilidad y la quietud que dominaban el bosque últimamente. Aunque también le habían resultado algo extrañas, acostumbrada a los incesantes sonidos de la naturaleza, siempre viva y vibrante.
Pero aquel día la quietud había sido perturbada. Los bordes del portal brillaban con una intensidad inusitada. Sentía la corriente de energía que lo rodeaba vibrar casi con violencia, inundando el aire de una desconcertante estática que erizaba su piel aceitunada. Serpenteaba las raíces que delimitaban su espacio físico, un hueco en la base de dos árboles gemelos, los más antiguos de su mundo.
La joven se encontraba medio oculta, encaramada a las ramas más altas de uno de los imponentes árboles que rodeaban el pequeño claro frente al portal. Se sacudió ligeramente.
—¿Lo notas?
—Por eso he venido —respondió el otro guardián—. ¿Qué crees que puede significar?
No respondió inmediatamente. Una ligera brisa movía las copas de los árboles, inundando el claro con el suave sonido provocado por el roce de las hojas. El resto del bosque parecía contener su aliento.
—Pueden ser muchas cosas.
Los portales habían sido los protagonistas de guerras, conflictos y revoluciones, de demostraciones de poder y desastres para los que su mundo no habría estado preparado de no ser por la actuación de los guardianes. Y era cierto que había al menos un puñado de razones por las que un portal podría tener un comportamiento atípico. Pero ella estaba, en cierto modo, unida a él. La misma energía que mantenía sus contornos fijos corría por sus venas. La sentía a través de sus pies descalzos, le hablaba con la voz del bosque y le acariciaba con el suave tacto de las hojas de esos árboles milenarios.
Así que, de entre todas las posibles causas, casi podía sentir en su interior la verdadera.
—Quizá Erdaiye está echándose una siesta y ronca —replicó el guardián.
La chica puso los ojos en blanco. Seguía sin entender cuándo se había convertido en una niñera. No conocía al resto de los guardianes; no sabía el paradero de muchos de ellos, y dudaba que hubieran llegado a nacer aún. Pero deseó que no fueran igual que él.
Se puso en pie, guardando un perfecto equilibrio sobre la rama. Con sumo cuidado, y haciendo uso de pies y manos, bajó por el tronco del árbol, aprovechando otras ramas y rugosidades, hasta llegar al suelo.
El chico exclamó algo antes de seguirla. Se posó con suavidad sobre la hierba, sin hacer ruido. Volvió a replegar sus imponentes alas, repentinamente serio.
—Hay que avisar a la Sacerdotisa.
Él asintió y caminó detrás de ella. Zemaa se volvió, dando la espalda al portal, y se alejó del claro. Sus pies descalzos apenas hacían ruido al desplazarse al compás marcado por su cayado, que sostenía con la mano derecha.
La perturbación del portal apenas había sido un eco. Un efecto de una onda expansiva provocado por otro portal en otro rincón del mundo que había sido lo suficientemente fuerte como para hacerse notar a través del océano. Y no presagiaba nada bueno.
CAPÍTULO 1
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La huida
Sus pies levantaron una nube de polvo al tocar el suelo tras el último salto. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, al compás de su respiración agitada. Mantuvo la posición de alerta hasta escuchar la voz de Nebur.
—Muy bien hecho.
Fue la señal que necesitaba para relajar su postura. Agotada, apoyó las manos sobre las rodillas y se retiró algunos mechones que se habían escapado de su trenza y se le pegaban a la frente sudorosa. Nebur se acercó a ella, con unos pasos que Glace conocía demasiado bien. Se volvió en su dirección y, entornando sus ojos grises, le recriminó que hubiera incrementado la dificultad del entrenamiento sin haberle dicho nada antes.
—Sabes que la venganza se sirve en frío, ¿verdad?
Nebur rio con ganas.
—Estoy deseando verlo.
—Siempre cumplo mi palabra.
—Eres digna de tu reino —replicó él, inclinando la cabeza ligeramente.
Glace se incorporó y lo miró divertida, intentando disimular los nervios que la revolvían por dentro. Desde luego, se dijo, cumpliría su palabra… si no hubiera tomado la decisión de escaparse esa misma noche.
Llevaba semanas esperando ese momento. No había necesitado hacer demasiados cálculos; sus rutinas apenas cambiaban. Solamente debía tener en cuenta su calendario de entrenamiento y estudio, el tiempo que tardaría en cruzar el bosque y cuándo habría barcos disponibles en el puerto. Y esta información no era fácil de obtener cuando sus dos mentores se afanaban en mantenerla escondida en medio de un bosque tropical, en una isla en el extremo opuesto del mundo, donde hacía un calor insoportable durante todo el año, especialmente en verano. Por lo poco que le habían contado, había deducido que los barcos al continente solo zarpaban por la mañana y por la noche. Escaparse durante la noche mientras sus mentores dormían y partir en uno de los primeros barcos era su mejor baza.
Y, por supuesto, ella misma debía estar preparada mentalmente para lo que quería hacer.
Pese a haberlo tenido todo organizado, Nebur la había sorprendido con un entrenamiento físico con el que no contaba. Tendría que haber estado sentada tranquilamente estudiando; algo con lo que podría tener fuerzas suficientes esa noche.
Había pasado diez años escondida en los bosques sin nombre de las Colonias, resguardada de las amenazas del antiguo continente y lejos de su familia y su verdadero destino. No es que se encontrara presa contra su voluntad; entendía que había sido una decisión entre razonable y apresurada que sus padres se habían visto forzados a tomar. Así que, durante mucho tiempo, acató las órdenes, cumplió con las normas que le impusieron y aceptó las decisiones que tomaban los adultos por ella, supuestamente por su bien.
Pero Glace se había educado para ser reina, y era muy consciente de que su bien individual no era nada comparado con el papel que tenía en Zenith.
A pesar de vivir aislada y separada por miles de kilómetros, por tierra y mar, de su familia y su país, incluso a ella le llegaban las noticias de lo que sucedía en su reino. La guerra era inminente y ella quería estar con su gente. Debía estar con su gente.
Pero no podía volver hasta llegar a la mayoría de edad, dentro de tres años. Había cumplido dieciocho años en pleno invierno, y había ido organizando su plan desde entonces hasta el final de la primavera. Quería aprovechar el verano para cruzar todo Zenith y sorprenderlos a todos.
En esos últimos años se había ido concienciando de su situación personal, pero también de los acontecimientos que la habían llevado hasta allí. De lo que estaba sucediendo, de los guardianes, de las traiciones y los juegos de poder. Era plenamente consciente de su pasado y del futuro que le esperaba, pero también de lo fuerte que se había hecho en ese periodo desde que abandonara su hogar, tanto física como mentalmente.
Sin embargo, había pasado los últimos meses sumida en la inquietud. Si bien sus mentores trataban de mantenerla al día, Glace sabía que dosificaban las noticias, le ocultaban detalles y, en ocasiones, se guardaban información importante. A veces conseguía captar alguna conversación mantenida a escondidas, de la que podía extraer detalles importantes. Con todo, unos meses atrás se había enterado de que algún tipo de fuerza había alterado el portal de Erdaiye, algo que se había replicado en el resto de los portales. Esas alteraciones habían ocurrido en varias ocasiones, y habían provocado cierto desasosiego entre los reyes, Administradores y hasta la propia Sacerdotisa.
Sin embargo, lo que realmente le había impulsado a tomar la decisión de huir había sido otra cosa. Sucedió hacía unas pocas semanas. Habían cenado como de costumbre, y, cuando Glace se retiró a dormir, Nebur y Rayla se quedaron en la sala de estar.
Glace no había pensado nada raro de la conversación que acababan de tener: no había habido noticias nuevas, aparentemente. Después de llegar a su dormitorio, cayó en la cuenta de que se había dejado el arco en la planta de abajo, y, como quería ajustar la cuerda y limpiar la empuñadura, volvió a bajar las escaleras para recogerlo. Sus mentores hablaban en susurros, y entonces escuchó ese nombre que sus tutores tanto habían tratado de evitar pronunciar todos esos años.
Eóghan.
Nebur lo había dicho en un tono de voz más alto de lo que esperaba, porque Rayla le chistó para hacerle callar. Ambos se quedaron un rato en silencio, comprobando que Glace no estuviera cerca y hubiera podido oírlos. Ella se quedó quieta en su sitio, en el recodo de las escaleras, oculta por las sombras. No habían escuchado sus pasos porque iba descalza. Trató de tomar aire, pero notó una presión en el pecho. Imágenes inconexas de diferentes recuerdos acudieron a su mente, pero las de aquella última noche en el palacio de Eísalh, el Reino del Hielo, su hogar, golpearon su ser con más fuerza.
Eóghan, tratando de atacar a su padre. Eóghan disparando una flecha que podría haberla matado a ella.
El grito de Nebur partiendo en dos la noche y desviando esa flecha en el último momento.
Después, todo se había sumido en el caos. Unos brazos fuertes habían aupado a una pequeña Glace de ocho años que no entendía por qué su hermano mayor, el que había creado nieve en verano solo para que jugara y había llenado su cabello de preciosas flores de Maios en invierno, había querido hacerles daño. Eran su familia.
A duras penas captó la conversación entre Nebur y Rayla. Entre susurros, comprendió que Eóghan había vuelto y que lo habían visto viajando hacia el norte. ¿Y si se dirigía a Eísalh para completar su traición? ¿Y si pretendía hacer daño a los padres de Glace?
Glace se había mantenido diez años alejada de su reino, de su familia y de sus obligaciones. Había llegado el momento de regresar y protegerlos, de comenzar a actuar como una auténtica princesa.
Estaba enormemente agradecida por todos los cuidados, las lecciones y enseñanzas que Nebur y Rayla, sus mentores y protectores, le habían procurado todos esos años. Rayla pertenecía al mismo grupo de élite de Nebur, y se había prestado voluntaria para la misión sin dudarlo. La joven soldado, que apenas conocía a la princesa de verla corretear por el palacio y entrenar con Nebur, había renunciado a todo por una misión que duraría más de una década, hasta que la princesa cumpliera la mayoría de edad. Glace siempre se lo había agradecido: esos años no habían sido fáciles para ninguno de ellos, separados de sus familias y su tierra.
La princesa sabía que echaría de menos la tranquilidad, la modesta casita del bosque donde se habían ocultado, y hasta el clima cálido y húmedo de las Colonias. No obstante, no podía seguir viviendo en una realidad paralela. Sabía que estaba más que preparada para reclamar el lugar que le correspondía.
Un movimiento de Nebur le hizo volver al presente.
—¿Me perdonarás alguna vez, alteza? —Se acercó a ella con tono burlón, haciendo muecas.
—Ordenaré que te corten la cabeza —dijo Glace sonriendo—. Pero después de darme un baño y cambiarme de ropa. Una tiene prioridades.
—Eres realmente misericordiosa.
Nebur hizo una reverencia ostentosa y teatral, invitándola a cruzar la puerta. Ella irguió la espalda, levantó la barbilla y adoptó la expresión neutra que tanto había practicado, ignorando por enésima vez la emoción y el miedo que bullían en su interior.
El agua templada alivió un poco su inquietud, relajó sus músculos algo doloridos por el ejercicio y aclaró sus dudas. Revisó que tuviera listo su arco y sus flechas, la capa oscura y fuerte, y el pequeño petate con algo de ropa de recambio, dinero y varias medicinas.
Se vistió con ropa cómoda y sencilla, como solía hacer después del baño. No quería que nada, ni el más mínimo detalle o gesto, delatara sus intenciones. Cenó con Rayla y Nebur, jugaron a las cartas y se despidieron antes de irse cada uno a su dormitorio.
No se tumbó en la cama porque sabía que se quedaría dormida. En su lugar, se calzó las botas de cuero, se puso la capa, se ajustó el equipaje y esperó.
Pasaron varias horas que se le hicieron eternas, hasta que las lunas Iska y Dari asomaron en el horizonte. Cuando llegó el momento oportuno, salió sigilosamente, tal y como le habían enseñado, y, antes de pensar en lo que dejaba atrás, se internó en el bosque.
Se paró un momento, dubitativa, y suspiró hondo. Pensó en sus padres y en Eóghan, y comenzó a andar después de echar un rápido vistazo a la casita dormida y oscura.
«El miedo, dentro».
Había llegado el momento de volver. Aunque todavía no era consciente de lo que significaba.
El bosque estaba inundado de sonidos y, al mismo tiempo, le transmitía una calma sobrecogedora. Recordaba vagamente los bosques del norte, de las Tierras Frías; sabía que la vegetación de las Colonias no podía envidiarlos. Se maravilló con las sensaciones que le provocaba caminar entre sus árboles, con sus aromas peculiares y el frescor del ambiente, que se volvía húmedo y cargante durante el día, siempre haciendo que la ropa se le adhiriese a la piel. Agudizó el oído, intentando captar cada leve movimiento de la maleza, que arrullaba a las criaturas y los pequeños roedores que vivían allí. Ninguna de las lunas estaba llena, pero iluminaban sus pasos lo suficiente como para interpretar las señales de Erdaiye y encontrar el camino hacia el norte, tal y como le habían enseñado desde pequeña.
Sin embargo, cuando apenas había comenzado su caminata, escuchó unos sonidos que no parecían provenir de ningún roedor. Era el inconfundible sonido de unos pasos, y se aproximaban a ella. Mantuvo la calma y siguió avanzando.
Durante unos segundos que se le hicieron eternos, centró su atención en las pisadas, que parecían acompasarse a las suyas, aunque seguían manteniendo cierta distancia. Glace redobló sus esfuerzos por moverse con sigilo, hasta que encontró un hueco entre dos árboles donde pudo esconderse.
Las pisadas siguieron aproximándose y la joven contuvo la respiración, sosteniendo con fuerza su arco y una flecha en cada mano. Durante unos escasos segundos todo pareció quedarse en silencio, y Glace esperó antes de hacer ningún movimiento, hasta que las pisadas reanudaron su marcha alejándose en dirección contraria.
Relajó los músculos y respiró hondo sin hacer apenas ruido. Esperó paciente y, cuando el bosque volvió a recuperar su melodía nocturna, decidió ponerse de nuevo en camino. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de moverse cuando vio que un hombre de gran envergadura caía del cielo, con un movimiento rápido y calculado.
Glace reaccionó al instante y, antes de que el desconocido llegara a pisar el suelo, ya había tensado el arco y apuntaba a su pecho con una flecha.
Su atacante, una silueta oscura apenas perceptible entre los árboles, levantó las manos.
—Otro movimiento más y estás muerto. —La voz de Glace sonó fría como el hielo.
Ladeó un poco la cabeza en un claro intento de obtener una mejor perspectiva de su atacante. Este la imitó, y Glace apenas pudo distinguir algo más que una silueta alta y fuerte cuyo pecho subía y bajaba rítmicamente, emitiendo un sonido sordo que le molestó muchísimo. El desconocido no pudo retener la risa por más tiempo y la chica hizo una mueca. No había nada en esa situación que fuera gracioso en lo más mínimo.
Se acercó un paso, con la punta de flecha rozando su camisa. Y Glace observó un brillo amenazante en sus pupilas oscuras; una chispa pareció encenderse en la oscuridad.
—¿Quién eres? —preguntó.
El desconocido rio más fuerte y, de un ágil movimiento, se separó de la trayectoria de la flecha de Glace. Ella sintió el puño de él acercándose a su rostro y de inmediato se agachó y se alejó del árbol rodando por el suelo. Se puso en pie tan rápido como pudo al tiempo que tensaba de nuevo el arco. Dos flechas salieron disparadas tan seguidas que su asaltante no fue capaz de verlas ni de esquivarlas. El desconocido no parecía querer levantar la voz, pero las flechas debieron de dar en el blanco, porque gruñó y lanzó una exclamación ahogada, seguida de varios improperios.
Una de las flechas había herido la mano del chico y la otra atravesaba la manga de la camisa, aunque era evidente que había rozado su brazo. Como resultado, quedó atrapado contra el árbol.
Glace volvió a tensar el arco y apuntó hacia la cabeza de su atacante.
—No te lo voy a repetir más. ¿Quién eres?
El chico la miró, y ella pudo observarlo con más detenimiento, apenas iluminado por la pálida luz de Iska, que brillaba con más intensidad. Sus ojos eran castaños y ligeramente rasgados, lo que, junto con el tono oscuro de su piel, lo identificaba como un habitante del desierto. Cuatro líneas paralelas marcadas en color blanco, dos en cada mejilla, también lo delataban. Recorrían su rostro desde la frente hasta la mandíbula pasando por sus ojos. Eran trazos irregulares, interrumpidos por marcas de heridas cicatrizadas y otras más recientes.
—Ahora mismo, un pringado.
El chico sonrió y ladeó la cabeza, y Glace trató de descifrar el marcado acento que había teñido su voz.
—Pero no estoy en peor posición que tú, ¿verdad? Escapándote de casa en mitad de la noche… —Glace frunció el ceño—. ¿Quieres llegar a la Ciudad Portuaria antes de que se den cuenta en casa de que te has ido, quizá? —La joven volvió a tensar el arco—. Veo que he acertado.
La dentadura del desconocido se distinguió en la oscuridad.
—No has estado ni remotamente cerca.
—La Ciudad Portuaria es caótica y peligrosa, especialmente para una fría. No dudarán en timarte, robarte… o algo peor.
Glace inspiró hondo y abrió la boca para replicar, pero no llegó a emitir ni un sonido. Algo había perturbado la quietud del bosque. Los sonidos de la noche se volvieron erráticos y espeluznantes, el suelo vibró y sintió una ligera estática zumbando en sus oídos. No relajó el agarre del arco ni un solo segundo, convencida de que era un truco del joven.
—Mierda —dijo él, moviéndose incómodo e intentando alcanzar la flecha con la mano que tenía libre.
—No te muevas ni un milímetro —le ordenó Glace, sin dejar de apuntarle a la cabeza—. ¿Qué truco estás haciendo?
—No es ningún truco, fría. Debemos escondernos antes de que nos encuentren.
—¿De qué hablas?
Glace trató de descifrar la reacción del desconocido, buscando el más mínimo atisbo de engaño en su expresión.
—Aún están lejos, pero no tardarán en llegar —continuó el joven, moviéndose con impaciencia e intentando liberarse de la flecha que lo apresaba—. Ayúdame, por favor.
No podía negar ya que se trataba de un habitante del desierto. Glace apenas dudó unos segundos; la expresión del chico parecía ser de verdadera inquietud. Pero una vocecilla en su cabeza seguía advirtiéndole de que no se fiara. Finalmente suspiró, bajó el arco y reanudó la marcha. Sabía que no podría desasirse solo de una de sus flechas.
—¿Qué haces? ¿Dónde vas? —susurró el desconocido, con un ligero tono de desesperación.
—No voy a perder más tiempo contigo —dijo, volviéndose hacia él solo unos segundos, y luego reanudó la marcha enseguida.
Se había desubicado un poco, pero no tardó en encontrar la dirección que debía seguir. El joven del desierto siguió susurrándole, ansioso, aunque su voz se fue perdiendo a medida que se alejaba. Notó también sus movimientos apremiantes por soltarse.
El bosque había perdido el encanto que lo había envuelto al principio de su caminata, y seguía notando la estática vibrar ligeramente. Le llegaba en ondas irregulares, algo tenues pero inquietantes. Le recordaron a Eóghan, a la energía electrizante que sentía en el aire cada vez que invocaba el hielo. No podía tratarse de un guardián que estuviera cerca usando su poder, y tampoco podía ser Eóghan, ¿verdad? Lo habían visto al norte del antiguo continente… ¿Quizá era otro de los pocos guardianes reconocidos?
Sabía que era casi imposible que fuera un guardián. Así que el pensamiento que cruzó su mente después fue mucho más inquietante. Se reprendió a sí misma, acusándose de estar asustada en medio de la oscuridad, y apresuró sus pasos, tratando de disipar sus temores y orientando sus pensamientos al objetivo que tenía: llegar a la Ciudad Portuaria antes del amanecer. Solo esperaba no encontrarse con más sorpresas ni con nadie dispuesto a engañarla.
Mantuvo su avance tan sigiloso como fue capaz, lo que le permitió escuchar el ruido. El retumbar de unas pisadas fuertes que aumentaban su velocidad poco a poco. Hacían un eco extraño en la quietud del bosque que la desubicaba; no podía distinguir ni su procedencia ni su dirección. La estática había ido intensificándose y zumbaba en sus oídos, desconcertándola.
Parpadeó, saboreando el comienzo de un temor que no podía permitirse, y aminoró la marcha, ignorando el ruido que ella misma estaba haciendo.
Entonces algo se movió cerca de ella. Una sombra oscura y alta, acompañada de un rugido.
No dudó ni un segundo, disparó una flecha en un acto reflejo y echó a correr.
Trató de mantener la dirección que había seguido, pero era consciente de que había dado varios bandazos que la habían desviado de su ruta. Aun así, no se amedrentó y continuó corriendo, con la sombra a varios metros de distancia.
Pareció ganarle algo de terreno y Glace se aventuró a mirar rápidamente por encima del hombro, sin aminorar la marcha. Siguió corriendo con todas sus fuerzas, hasta que notó el impacto de un cuerpo contra el suyo. Sin miramientos, la empujó fuera de su trayectoria y rodaron por el suelo hasta caer por un desnivel del camino y llegar a un hueco del terreno, entre rocas, arena y raíces. Glace apenas tuvo tiempo de reaccionar y darse cuenta de lo que sucedía cuando unos brazos fuertes la rodearon con decisión y una mano le cubrió la boca. Unas pupilas brillaron en la oscuridad, y descubrió que su rostro estaba a escasos centímetros del chico del desierto.
Las fuertes pisadas de la sombra se acercaron con una velocidad alarmante, y Glace pensó en un jinete. Sin embargo, cuando el aroma a azufre y la estática la envolvieron, desechó la idea. El rostro del chico pareció palidecer un poco, aunque no cambió su expresión y sus músculos se tensaron.
Solo cuando las pisadas se perdieron en la lejanía, él relajó ligeramente su agarre.
Glace lo empujó y le dio una patada.
—En estas ocasiones, se suele decir «gracias» —gruñó el chico desde el suelo, rodeándose el abdomen con los brazos.
—No te había pedido ayuda.
Glace volvió a apuntarlo con el arco.
—¿Nadie te ha dicho que estás demasiado tensa? —suspiró.
—¿Quién eres? ¿Qué eran esas cosas? —Glace lo miró con dureza—. Un movimiento, y esta vez serás incapaz de zafarte de las flechas. ¿Cómo te has liberado?
—Un mago nunca revela sus trucos —murmuró él. Después sonrió—. Tú lánzame todas las flechas que quieras, fría, me liberaré de todas ellas.
Se quedaron unos segundos así, retándose en silencio. Glace no podía sentir la estática apenas, y supuso que las extrañas sombras estaban lo suficientemente lejos para no ser una amenaza.
—Si dejas de apuntarme con esa flechita…, te devolveré las que te has dejado antes.
El chico movió una mano y levantó la otra en señal de paz. Glace observó que las tenía cubiertas por unas telas, parecidas a unas vendas, enrolladas por toda la palma y la muñeca. Tendía la mano que había escondido bajo su chaleco hacia ella, sosteniendo dos saetas que conocía bien.
Nadie podía liberarse de sus flechas. Al menos, no sin la ayuda de alguien con demasiada fuerza.
—No quiero hacerte daño, fría. Puedo ayudarte a escapar de las Colonias.
—Nunca te he dicho que quisiera escapar.
—Nadie caminaría a oscuras, envuelta en una capa y con un macuto en mitad de la noche por este bosque asqueroso y pegajoso.
Glace parpadeó. Sin duda, sí que podía resultar demasiado obvio que estaba, por los menos, de viaje.
—En cualquier caso, no necesito tu ayuda.
—Quizá ahora no. Pero, con toda seguridad, la necesitarás pronto.
—Me las apañaré.
Glace se incorporó, aún apuntando al chico con su flecha. Apenas era capaz de ver sus rasgos bajo las sombras nocturnas de los árboles.
—Mira, fría… Para moverse por Zenith se necesita algo más que unos palitos y un arco. Y da la casualidad de que conozco muy bien este mundo. Además, viajar solo es un rollo de la leche, no lo sabes bien.
Algo en la actitud relajada del joven hizo vacilar a Glace, que frunció el ceño.
—¿Y por qué quieres ayudarme?
—Me apetece viajar un poco. —El chico ladeó la cabeza.
—¿Qué quieres a cambio?
—Nada, aunque tu destreza con el arco nos vendrá bien para cazar si lo necesitamos. Creo que podemos ayudarnos mucho mutuamente —completó, con una sonrisa pícara.
Glace tensó el rostro y el arco y le apuntó a la cabeza.
—Perdona… No insinúo nada extraño, fría. Si viajamos juntos, prometo no ponerte una mano encima. ¿Mejor?
—Como si fuera a confiar en ti.
—Mira, es obvio que no has salido de casa en mucho tiempo y que no eres de por aquí. No creo que conozcas las Colonias, y, aunque no sé dónde quieres ir exactamente, dudo mucho que una fría conozca tierra más allá de las Montañas de Lil.
Lo miró con curiosidad. ¿Tan fácil era de leer? ¿Había algo en ella que la delataba?
No había salido de la cabaña del claro del bosque en casi diez años. Y en Eísalh no conocía mucho más allá de los muros de palacio, del bosque y solo un poco de la ciudad de Lybard.
—¿Serás capaz de negociar un pasaje en barco sin que te timen y se aprovechen de tu dinero? ¿Podrás encontrar atajos en las ciudades portuarias, llenas de maleantes, comerciantes avariciosos y marineros hediondos? Ya te lo he dicho: sé cómo funciona el mundo, fría.
—¿Quién eres?
—Me llamo Firxeyan.
—¿Y por qué estás aquí?
—Digamos que me trajeron en contra de mi voluntad, pero al final me acostumbré a la vida de las Colonias. Cada día es una aventura, ya lo ves.
Rio un poco, enseñando unos dientes blanquísimos. Después, se puso repentinamente serio.
—No podemos quedarnos hablando toda la noche. Si quieres salir de aquí, hay que llegar pronto al puerto y buscar los mejores pasajes en el primer barco que salga. Te ayudaré hasta que lleguemos al continente, con la condición de que uses tu arco si te lo pido, ¿trato hecho?
Glace relajó un poco su postura y lo volvió a mirar con todo el detenimiento que la escasa luz le permitía. Seguía intrigada por cómo había conseguido liberarse de sus flechas, pero pensó que, de poseer la fuerza necesaria para hacerlo, ya podría haberla usado contra ella. ¿Sería demasiado estúpido por su parte confiar en él?
—Me has amenazado con ese arco desde antes de que me dejaras hablar. Creo que merezco un descanso al menos, ¿no?
Parecía haberle leído el pensamiento.
—Si me acompañas y me ayudas, prometo que te compensaré con dinero, siempre y cuando no me suceda nada. Un solo rasguño, por responsabilidad directa o indirecta, y te quedas sin una moneda, ¿entendido? —respondió Glace.
—Qué mandona —dijo él riendo entre dientes—. Me gusta, nos llevaremos bien. Y claro que acepto.
Glace bajó finalmente el arco y guardó las flechas, y entonces el joven se acercó a ella. Sostuvo su mano abierta sobre el pecho, a la altura del corazón, pero no llegó a inclinarse. En su lugar, la miró fijamente. La capucha de su capa se había caído y revelaba tanto su rostro como su cabello rubio trenzado. La chica reaccionó y volvió a colocarse la capucha, esperando que su nuevo acompañante no reconociera en ella los signos de la realeza. Pero, si había sido así, Firxeyan no dio señales de ello.
—Si vamos a ser compañeros de viaje, creo que merezco saber tu nombre, ¿no?
—El trato solo incluye que me ayudes a salir de las Colonias —replicó ella.
—Oh, te refieres a ese trato que has convertido en una imposición con dinero de por medio, ¿verdad? —Firxeyan sonrió burlón.
—Y del que estoy a punto de arrepentirme.
—Los sahilis sois tan orgullosos.
—Tú también eres sahili —rezongó Glace.
—Me refería a los sahilis fríos, por si necesitas una aclaración.
—Me llamo Rayla.
—Encantado. —Firxeyan sonrió—. Espero que estés en forma; nos queda una buena caminata hasta la ciudad. Se hará de día cuando lleguemos.
Glace asintió, se ajustó la capa y el carcaj y se puso en marcha. Firxeyan se situó unos pasos por detrás. Después de unos minutos rompió el silencio.
—¿Qué hace una fría como tú en unas tierras como estas?
—¿Tienes algún problema con el silencio?
—Es que eres rara.
—¿Qué quieres decir?
—No es muy común ver a fríos en las Colonias, a no ser que sean delincuentes buscados por la ley. Y hay pocos de esas zonas.
—No soy una delincuente.
—Por supuesto. Pero te perseguían unas criaturas bastante desagradables —susurró Firxeyan.
—¿Criaturas? ¿Qué eran?
Así que no había sido ningún guardián. El joven se quedó callado demasiado rato.
—No conozco su nombre. Pero comenzaron a verse en el antiguo continente hace unos pocos años. No sabía que hubieran llegado a las Colonias.
—¿Quién más las ha visto?
—Si te refieres a si es algo oficial…, sí. Sobre todo, en las montañas, donde se han visto más veces.
Firxeyan la miró de reojo, pero Glace estaba tan concentrada en sus pensamientos que no se percató.
Un denso silencio volvió a instalarse entre ellos. ¿Criaturas nunca vistas en Zenith? Sin duda, Nebur y Rayla debían de haber escuchado algo, pero habían optado por no informarle. ¿Era posible que estuvieran buscándola de verdad? Realmente era casualidad que se cruzara con esas criaturas por primera vez cuando decidía escapar de las Colonias.
Firxeyan volvió a hablar.
—Buscaremos un barco a Erdaiye a primera hora.
—¿Erdaiye?
—Hace días que no sale ninguna nave que vaya directa al viejo continente. En Erdaiye tomaremos un barco hasta Hasaub. ¿Has estado en Hasaub alguna vez? ¡La comida es lo mejor!
Firxeyan se acercó a ella y le colocó el brazo sobre los hombros.
—¡El viejo continente nos espera!
Glace le dio un codazo y le hizo un gesto para que bajara la voz. Firxeyan rio por lo bajo y la adelantó, caminando con seguridad.
Era un chico extraño. Si bien las Colonias eran un cóctel de razas y habitantes de otros reinos, donde los mestizos, delincuentes y cualquier persona, sin importar su condición, su origen o sus circunstancias, eran bienvenidos, no estaban frecuentadas por sahilis de las Tierras Frías. Estos, que podían encontrarse en Eísalh, el Reino del Hielo, y Tummök, el Reino de la Oscuridad, eran orgullosos, refinados y tenían una ética y unos valores casi inflexibles. Sus tierras eran prósperas, pacíficas y contaban con gobiernos estables desde hacía cientos, casi miles de años. La delincuencia en sus reinos era prácticamente inexistente, y eran considerados como modelos en los que inspirarse por el resto de Zenith. Estaban habitados en su mayoría por sahilis, una raza de humanos longevos, con cuerpos fuertes y resistentes, adaptados a la perfección a los ambientes en los que vivían. Los sahilis fríos se reconocían enseguida por su tez pálida, a veces salpicada de pecas grises en curiosos mosaicos en el rostro, con el cabello desvaído o azulado que llevaban normalmente largo, y ojos en tonos fríos.
Los sahilis, especialmente los procedentes de Eísalh, tenían las normas, la política y la filosofía en muy alta estima, y predicaban con un código de conducta riguroso. Se orgullecían de sus riquezas, no solo materiales, y censuraban la criminalidad, aunque fuera menor. Por tanto, encontrar un delincuente en las Colonias era algo tan improbable como una nevada en esa latitud. Un sahili de las Tierras Frías que huyera de la ley se refugiaría antes en las montañas o en las estepas frías que en las Colonias, donde podían ser objeto de escarnio por parte de sus habitantes… Además de que toleraban bastante mal el calor húmedo de las islas.
Así pues, Firxeyan tenía razón. Sin embargo, había omitido la parte en la que debería haber reconocido que un sahili del desierto también era algo extraño. Eran la minoría entre los habitantes de las Tierras Cálidas, y por lo general preferían resguardarse en la seguridad de sus regiones áridas. Los del desierto tenían la tez más morena, ojos escrutadores y marcas blancas en forma de líneas en el rostro o en los brazos. Solían vivir como nómadas en el desierto y poseían una intuición altamente desarrollada que los alertaba siempre a tiempo, tanto para bien como para mal. De modo que, si Firxeyan tenía motivos para desconfiar y querer desentrañar los aparentes secretos de Glace, ella los tenía también para cuestionar lo que él estaba haciendo.
El joven podía disponer ya de demasiada información sobre ella, y Glace debía ser cauta; no podía contarle nada que la delatara. Sin embargo, y aunque sabía que era más que autosuficiente y que podía defenderse con facilidad, la presencia de un compañero podría ser bastante beneficiosa en algunos momentos.
Además, también tenía curiosidad por conocer los secretos de Firxeyan.
—El más mínimo comportamiento extraño, intento de robo o mentira, y tendrás una flecha clavada en el cráneo antes de que te des cuenta.
—Por favor, Rayla, que no soy un delincuente. —Se volvió hacia ella, claramente ofendido.
—No dudaré en hacerlo, Firxeyan.
Glace lo miró fijamente a los ojos, con una expresión insondable ante la cual él enmudeció. Finalmente, ladeó la cabeza y asintió. Parecía que por fin la estaba tomando en serio.
El chico se giró y, antes de comenzar a andar de nuevo, volvió a hablar.
—Ah, y mis amigos me llaman Xeyan.
CAPÍTULO 2
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El compañero
Con una súbita subida de energía, Xeyan emprendió la marcha hacia la Ciudad Portuaria, con Glace pisándole los talones. La joven resopló. Aunque su aspecto engañara a simple vista, era más fuerte y resistente de lo que parecía, pero eso no significaba que le gustara ir a marchas forzadas.
—¿Vives en el bosque? —preguntó Xeyan.
Glace suspiró antes de responder.
—Algo así.
—¿No eres un poco joven para huir de casa?
—¿Y tú no eres un poco cargante?
Xeyan guardó silencio y rio por lo bajo.
—Tranquila, fría —respondió con retintín—. Estamos a punto de salir del bosque. Cuando lleguemos a la ciudad, no te despegues de mí ni un solo momento, ¿entendido?
Glace lo ignoró. La rabia bullía en su interior. Estaba poco acostumbrada a que le dijeran lo que tenía que hacer (aparte de cuando Nebur y Rayla le impartían sus lecciones, por supuesto), y no soportaba el tono paternal de ese desconocido, como si supiera más que ella. Tuvo que morderse la lengua y convencerse a sí misma de que, al menos en esa situación, era así. No obstante, lo adelantó, siguiendo la línea del horizonte que ya empezaba a verse entre los árboles. El alba estaba despuntando, y hacía varias horas que las lunas se habían ocultado. Cuando llegaron a un desnivel del terreno donde este comenzaba a descender hacia la costa, se fijó en la imponente Ciudad Portuaria.
La ciudad, sin un nombre atribuido a ninguna deidad o historia de Zenith, al igual que todos los enclaves importantes de las Colonias, era un amasijo de edificios variopintos y destartalados. Apiñados en un mosaico de colores, formas y materiales, creaban un entramado caótico, fruto de las continuas aglomeraciones de expatriados del resto del mundo.
Glace observó con mudo asombro mientras iban acercándose, entre maravillada e intimidada por la falta de orden, el volumen excesivo de ruido y la embriagadora mezcla de esencias y perfumes que emanaban de sus calles.
Cuando llegó a las Colonias de pequeña, apenas había permanecido consciente durante el viaje. Nebur y Rayla lo habían negado siempre, pero ella tenía la certeza de que le habían suministrado algún somnífero. En algunos momentos recuperaba levemente la consciencia, pero los recuerdos que habían permanecido en su memoria apenas eran un borrón de ruidos y olores desconocidos que giraban a su alrededor, como un torbellino confuso, mientras miraba a un cielo de una oscuridad insondable.
Caminó tras Xeyan, manteniendo una distancia prudencial de varios pasos, pero sin perderlo nunca de vista. Siguiendo su consejo, había guardado las flechas y ocultado el carcaj debajo de la capa, y se había puesto la capucha para ocultar su rostro.
—El problema de la Ciudad Portuaria, y de todas las Colonias en realidad, es que nadie guarda lealtad a nada ni a nadie. Aquí no hay fe ni dioses que valgan. Olvídate de Yonkur y Braddur, Muzoigh, Erdaiye y todos los demás.
—¿Eres un fanático religioso, Xeyan?
—¿A que hasta ahora te parecía un tipo simpático? —sonrió mientras levantaba ligeramente las manos, pero detuvo el movimiento y volvió a dejarlas caer a ambos lados del cuerpo—. A mí el que me parece un héroe es Yonkur.
—¿Yonkur el del Medio?
—¿Conoces otro? —se burló Xeyan.
—Es un nombre muy popular en las Tierras Cálidas. —Glace sacó la lengua.
—Y no me extraña. Ser guardián desde tu nacimiento es una jodida mierda porque no puedes elegir ser otra cosa. Pero ¿convertirte en guardián siendo adulto? Debe de ser terrible…
—Menos mal que no ha vuelto a pasar nada parecido.
—Que sepamos. Tenía que ser él precisamente la mano derecha del anterior guardián del Fuego y presenciar su muerte… Ya podría haber elegido Braddur un sahili recién nacido para heredar ese poder.
—¿Crees que lo hizo así Braddur o fue un accidente?
—Intencionado o no, los Sabios sostienen que es una cuestión natural. En cuanto la energía del fuego perdió su canalizador, buscó otro recipiente, y Yonkur estaba cerca, reunía muchas de las características físicas que debía tener un guardián y, según dicen las crónicas y los retratos que hay de él, era muy guapo.
Xeyan levantó las cejas con una sonrisa pícara y le dio varios codazos. Glace carraspeó y casi tropezó por el empuje de los golpes de Xeyan. Cuando la joven se volvió, él rio al ver que sus mejillas se habían teñido de rosa.
—Ya me lo imaginaba. Puedo entenderlo, me parece guapo hasta a mí. —Xeyan rio con más ganas—. Pero debió de ser duro para él renunciar a su vida, a sus sueños y a sus proyectos y cargar con un poder que no había pedido. No tuvo tiempo ni de asimilarlo.
—Seguramente fue un hecho casual y puntual, un accidente. Y tiene pinta de que deben darse unas condiciones muy concretas para que vuelva a suceder algo parecido.
—Pues claro, si no habría habido unos cuantos como él. ¿Sabes por qué lo llaman así? ¿Yonkur del Medio?
—No, pero me parece terrible.
—Y que lo digas, nadie está fino en este mundo para poner nombres —gruñó Xeyan—. El caso es que permaneció muchos días en un estado de duermevela extraño, totalmente inconsciente. Y parece ser que, cuando despertó, se veía como otra persona distinta. Al final resultó que ni los humanos ni los sahilis normales terminaban de confiar en él, y el resto de los guardianes no contaban con él. Era alguien extraño, un accidente, como dices. Se encontraba literalmente en tierra de nadie.
—Pero cumplió sus obligaciones de guardián hasta su muerte, varios siglos después.
—Eso es, era un tipo comprometido.
Estuvieron un rato caminando en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Caminaban entre la multitud, evitando lo
