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Se llamaba Rusalka, como la heroína de la ópera de Dvořák. Solía sentarse en la primera fila del salón de clases y acicalar su cabellera pelirroja para que a nadie le cupiera duda: ella era el centro del universo. Desde ahí, disfrutaba poner en aprietos a los profesores. A Rodrigo Téllez en particular.
—¿Por qué tenemos que acatar la ley? —preguntaba con insolencia—. ¿Para que quienes no lo hacen se aprovechen de nosotros?
Rodrigo estaba convencido de que ella se colocaba ahí, frente al rayo del sol, que a esa hora se deshilvanaba por el ventanal, para lograr refulgencias espectrales. Intentaba decirle algo. Cuando Rodrigo se lo confió a Efraín Hinojosa, éste lo previno: sabía de quién hablaba. Le recomendó ir con cautela.
Una semana después de que volviera de Cambridge, donde Rodrigo había ido a estudiar una maestría en Derecho, Hinojosa lo buscó para rogarle que lo supliera en la Facultad. Su trabajo en el despacho había aumentado. Lo estaba absorbiendo. Se vería obligado a renunciar a la cátedra, pero interrumpirla a medio semestre le parecía deshonesto. Debía ofrecer una alternativa a las autoridades universitarias.
Hinojosa había sido su maestro en la preparatoria; más tarde, su primer jefe. “Fue él quien me infundió los valores éticos que hoy rigen mi vida”, preconizaba Rodrigo con orgullo. No podía negarle nada. Le recordó a su mentor, eso sí, que él no era penalista, que nunca había puesto un pie en una agencia del Ministerio Público o en un juzgado penal. Pero Hinojosa lo tranquilizó: se trataba de la parte general, de conceptos y teorías. Él conocía su capacidad de aprendizaje. No tendría problemas para estudiar y transmitir sus conocimientos. Si él propusiera a una persona incapaz, estaría violando sus principios, a lo cual no se atrevería.
Rodrigo aceptó con el sino de la inevitabilidad. “Dios te bendiga”, le dijo Hinojosa. Le abrumaba la idea de atravesar la Ciudad de México desde las Lomas de Chapultepec hasta el sur de la capital, pero le preocupaba más que los estudiantes pudieran preguntarle los términos y requisitos de un cateo. Claro que si su desafío iba a ser la parte general, que embonaba con los estudios que él acababa de realizar, podría dejarle claro a sus alumnos que el Derecho Penal era una ultima ratio, el último recurso al que sólo debía acudirse cuando había fracasado todo lo demás.
Para su sorpresa, Rodrigo descubrió que tenía destreza para plantarse frente a un grupo de jóvenes no mucho menores que él, captar su atención y provocar inquietudes frente a temas como la defensa legítima. Si en las primeras clases se alcanzaban a percibir los cuchicheos del alumnado en forma de zumbido, éste fue amainando hasta extinguirse. Era un grupo plural, donde había tanto mujeres como varones. La somnolencia de la tarde y el olor a sudor lo homogenizaban todo. Casi todo. Rusalka era la excepción.
Rodrigo dejó leer De los delitos y las penas, que sirvió al grupo para reflexionar sobre la finalidad del castigo. Vinculó el libro con el Infierno de Dante y desencadenó discusiones borrascosas entre los alumnos de las filas delanteras: ¿La cárcel era una solución? ¿Para qué? ¿Debía castigarse con encierro lo mismo a un violador que a un defraudador fiscal? Introdujo el tema de la justicia terapéutica y confrontó al grupo: ¿El Estado podía castigar a una persona adicta que se veía obligada a recurrir a la heroína y la cocaína? ¿No sería eso como perseguir a quienes usaran anteojos o aparatos para la sordera?
Todo fluyó. De nuevo: casi todo. La mirada de Rusalka lo perturbaba. Ella le sonreía; cruzaba las piernas para que él las viera a su gusto y se enredaba los mechones del pelo con un dedo. Así se lo confió Rodrigo a Hinojosa el día que lo buscó para consultarle sus dudas. Estaba a punto de invitarla a salir. Hinojosa lo disuadió: no sólo se exponía a una expulsión sino a quedar marcado como acosador. Un profesor no podía salir con sus alumnas en ninguna circunstancia; en ninguna. La posición de autoridad en la que se encontraba se lo impedía. Entendía sus inquietudes, por supuesto; él mismo las había tenido cuando comenzó a dar clases, pero la moral estaba por encima de ellas.
Si a Rodrigo no le hubiera quedado claro, Hinojosa mencionó un par de casos, magnificados recientemente por diversos colectivos feministas, y dio por concluido el tema. Rodrigo sabía eso mejor que nadie, pero ¿por qué, entonces, Rusalka lo acechaba? Su mentor no hallaba misterio alguno: la joven debía estar cautivada por la materia y, cuando existe interés de alguien respecto a algo, uno abre más los ojos y parpadea menos. Nada más. No había que ser psicólogo para saberlo. Si a eso se agregaba que Rodrigo era un expositor ameno, la duda quedaba zanjada.
Pero Hinojosa se equivocó. Un día antes de que comenzaran las vacaciones de Navidad, tras entregar los exámenes parciales calificados y anunciar la nota, yo me acerqué a Rodrigo para preguntarle si podía transmitirle un mensaje. Se apartó conmigo hacia el ventanal, para dar a entender a los otros alumnos que aquella era una conversación privada. Lo que yo tenía que decirle era muy simple: él le encantaba a Rusalka y ella quería que lo supiera. Así me lo había solicitado mi amiga y yo cumplía su encargo. Fue todo. Me acomodé los anteojos, salí del salón y me perdí entre la oleada de estudiantes.
La revelación conmocionó a Rodrigo, como él me lo contó después con lujo de detalle. Su sospecha no era un disparate, pero ¿y si era una broma de mal gusto? Yo era la alumna del grupo que había obtenido calificaciones más altas en sus exámenes parciales, por lo cual no tenía motivo para jugarle una mala pasada. De camino al estacionamiento, no prestó atención a los comentarios de algunos alumnos pero, a punto de subir a su automóvil, descubrió que Rusalka lo aguardaba. Cuando nuestra relación hubo cambiado, él reseñó para mi cada gesto, cada conversación que hoy, pasado un tiempo, puedo reconstruir, contrastándolas con la versión de la propia Rusalka.
—Sólo quiero darle las gracias por el curso.
Nos había pedido que no le habláramos de usted. De cualquier modo, muchos seguíamos haciéndolo. Éramos tiesos y acartonados. Pero, bueno, si no lo fuéramos, no habríamos estudiado Derecho.
—Háblame de tú —Rodrigo fingió entereza.
—Me gusta la forma en que usted imparte el curso, profesor. Ha despertado mi interés por aspectos que yo hubiera jurado que nunca me iban a interesar.
—Ah, ¿sí? ¿Como cuáles?
—Como cuándo funcionan los castigos y cuándo no.
Fuera cierto o falso, él estaba engolosinado. Desatendiendo las prevenciones de Hinojosa, se lanzó:
—¿Aceptarías una invitación a comer para que me lo cuentes con calma? Es la primera vez que doy clase y me gustaría descubrir mis fortalezas y debilidades.
Ella lo miró sin que su rostro expresara agrado o desagrado. Fue una mirada distante, tan apática que Rodrigo concluyó que lo que yo le había dicho era una invención. Pero ¿por qué lo habría hecho? ¿Para divertirme a sus costillas? ¿Pretendía causarle un disgusto a su compañera?, me confió él después.
—Saldré estas vacaciones con mi familia, profesor. Si le parece bien, al regreso platicamos.
Aunque, a esas alturas, Rodrigo temía haber cometido una pifia irreparable, sacó su iPhone y le pidió su número. No había marcha atrás. Ella lo miró con recelo, como si aquello fuera una intrusión. Un breve titubeo y lo dictó. En cada número parecía arrepentirse, decidida a dar marcha atrás. Tenía que hacer un esfuerzo para revelar el siguiente.
Cuando, dos semanas después, él le marcó, la advertencia de Hinojosa seguía revoloteando en su cabeza. Pero ¿qué era lo peor que podía ocurrir? ¿Que lo denunciaran? ¿Que lo corrieran de la Facultad? Se trataba de una relación entre adultos. No pretendía condicionar la nota final a que su alumna comiera con él o no. Rusalka aceptó. Antes de que él pudiera preguntar su dirección para pasar a recogerla, ella sugirió que se encontraran en un restaurante del sur de la ciudad del que Rodrigo nunca había oído hablar. Aun así accedió.
Días más tarde, Hinojosa llamó a Rodrigo para contarle que el director de la Facultad había expresado su satisfacción por su desempeño y que él, en lo personal, se sentía muy agradecido. Rodrigo no mencionó una palabra sobre Rusalka. Si bien su baja estatura y su sonrisa amable podían confundir a quienes acababan de conocerlo, Hinojosa era un abogado rígido, de convicciones graníticas. Se había casado casi al salir de la universidad, tenía cinco hijos y cualquier conducta que se apartara de sus valores podía provocar su enemistad. Su despedida siempre era la misma, ya se tratara de una persona o de un salón de clases. Sólo variaba el singular o el plural, según el caso: “Dios te bendiga”; “Dios los bendiga”.
Lo que sí hizo Rodrigo fue preparar el tema de su plática. Pidió consejo a su madre sobre qué libro de ópera podría regalarle a su alumna y fue a comprarlo de inmediato. Un libro no desentonaría con su carácter de profesor. También vio algunos fragmentos de la ópera de Dvořák por YouTube. Abriría la conversación comentando el significado de aquel nombre exótico y le diría que, pese a la voz hadada de Anna Netrebko, desde su inflable de plástico, prefería a Renée Fleming, trepada en la copa del árbol de un bosque tenebroso. La verdad era que no sabía gran cosa de ninguna de las dos.
Antes de salir rumbo al restaurante, recibió la llamada de Warren & Lorca que esperaba. Francisco Arroyo, el abogado que se había convertido en su contacto después de que su padre solicitara al socio presidente que incorporara a Rodrigo, anunció que le tenía dos noticias. Una buena; la otra no tanto. ¿Cuál prefería oír primero?
—La buena —respondió.
—La vacante que esperábamos está disponible. Nos gustaría que la ocuparas a la brevedad posible.
Después de aquello, no podía haber ninguna mala noticia.
—La mala —puntualizó Arroyo— es que no está en el área civil, como querías, sino en la penal.
El padre de Rodrigo, consultor jurídico de algunas de las empresas más prósperas del país, consideraba que aquello no era lo mejor para su hijo. “El derecho penal da de comer”, le advirtió, “pero quita el apetito”. El derecho civil era más noble, más desafiante en términos intelectuales. Era el origen de las otras ramas del derecho. Permitía a sus operadores mayor realización profesional. El derecho penal, en cambio, era una claudicación: el reconocimiento de que la sociedad había fallado. O, peor, el instrumento de los poderosos para hacer prevalecer su voluntad. Un trabajo sucio que alguien tenía que hacer, pero no Rodrigo. “No mi hijo”. Él debía dedicarse a atender las áreas limpias. ¿Por qué no esperar a que se abriera una vacante en el área civil?
Rodrigo precisó que lo que él haría ahí iba a ser, justamente, defender a las víctimas de esos poderosos a los que aludía su padre. Le repudiaba que éstos se salieran con la suya, valiéndose de soldados, policías y cárceles para reprimir a quienes ponían en peligro sus intereses. De acuerdo con el último World Inequality Report, añadió, el diez por ciento de los mexicanos disfrutaban del ochenta por ciento de la riqueza del país. Él quería contribuir a revertir aquella cifra y, así fuera de manera temporal, aplicar lo que había ido a aprender a Cambridge. “Eso no se consigue con el derecho penal”, resopló su padre, jaloneándose las barbas.
Según me contó después Rodrigo, su padre estaba contrariando. Haber ido a Cambridge no había sido parte de su entrenamiento jurídico, le recordó, sino de su formación como miembro de la élite mexicana. Él no era un activista ni iba a serlo jamás. El mundo no era justo, de acuerdo, pero los privilegiados como ellos tenían que velar por sus propios intereses. No por los de los otros.
¿O acaso pretendía Rodrigo que México se convirtiera en una de esas dictaduras, donde todos eran iguales en pobreza y embrutecimiento? ¿Donde todos dependían de la “magnanimidad” de sus dirigentes políticos? Qué horror… Haber escuchado lectures de Amartya Sen o de Martha Nussbaum había sido un lujo que le serviría para presumir, para afinar un discurso inclusivo y tolerante, pero no mucho más.
Rodrigo esgrimió entonces el último de sus argumentos, el que consideraba irrefutable: a sus veintiocho años ya no podía ser sólo un hijo de familia; no podía atenerse a su sueldo de profesor, esperando que su familia le resolviera la vida. No había prisa alguna, insistió su padre. El joven podía seguir viviendo en su casa el tiempo que quisiera.
Su madre, sin embargo, no era de la misma opinión. Por paradójico que pudiera parecer en una profesora universitaria de Historia del Arte —que lo era, aunque no ejercía su profesión desde que se había casado—, ella aprovechaba cada oportunidad para recordarle que había por lo menos media docena de “jovencitas decentes” que se sentirían orgullosas de casarse con él. Pero él debía hacerse atractivo para ellas. Ofrecerles algo más que su sueldo de maestro. En eso pensaba Rodrigo mientras se dirigía a su encuentro con Rusalka, al volante de su automóvil. Ya se sentía socio de Warren & Lorca. Le quedaba poco tiempo como hijo de familia.
Llegó con diez minutos de anticipación, pero Rusalka ya estaba ahí, con una copa de vino frente a ella. Llevaba un vestido rojo, chillante, a juego con su melena. Su piel parecía aún más blanca; sus cejas, más pobladas. Rodrigo se sintió descolocado.
“Tenías que haberlo visto”, me dijo más tarde Rusalka en medio de una carcajada: “El pobre estaba aterrado, como si se preguntara qué estaba haciendo ahí, con su saco de cuadritos pasado de moda y su sobrepeso, con una mujer como yo”. Pude imaginar la escena, pues sabía cómo se vestía mi amiga cuando quería impresionar.
—Qué puntual —balbuceó Rodrigo, mientras se limpiaba el sudor de las manos en el pantalón.
Reparó en el escote que ella llevaba, en los senos rebosantes. Tras verla martes y jueves con un traje sastre gris o azul marino, su corazón empezó a latir con desmesura. “¿En qué me he metido?”, debió pensar. Pidió al mesero una bebida igual a la de la señorita.
—Luigi Bosca —dijo ella—, un Malbec argentino exquisito. Si le gusta el vino, podríamos pedir la botella entera. La acaban de descorchar.
Sabía poco de Argentina —el tango, Borges, Eva Perón…— pero nada de sus vinos. Notó a Rusalka tan segura, sin embargo, que asintió con una sonrisa idiota.
—Este vino, en particular, es muy terso. Tiene mucho cuerpo, profesor. Lo malo es que es engañoso. Cuando uno menos lo espera, ya se mareó…
—¿Podrías decirme Rodrigo? —preguntó él con su mejor sonrisa.
