Prólogo
Guadalupe Amor, autora de una veintena de célebres poemarios, escribió solamente dos libros en prosa: la novela semiautobiográfica Yo soy mi casa (1957) y la colección de cuentos Galería de títeres (1959), ambos editados por el Fondo de Cultura Económica en su colección Letras Mexicanas. Si bien esta misma editorial reimprimió su única novela para conmemorar el centenario de su natalicio en 2018, esta es la primera vez que se vuelve a imprimir su libro de cuentos desde su aparición hace ya 65 años. En 1959, Pita —como es mejor conocida por su público lector— tenía 41 años y ya era un personaje a la vez elogiado y reprendido de la escena literaria mexicana. Tiempo atrás, sus primeros libros de poesía habían provocado uno que otro escándalo, no necesariamente por su contenido, sino por el hostigamiento constante de parte de algunos miembros de la élite intelectual de su época, que dudaban que una mujer tan «bella», tan «mundana», tan «voluble» y tan «superficial» fuera capaz de pergeñar los insondables versos que conforman poemarios ahora emblemáticos como Polvo (1949) y Décimas a Dios (1953), este último uno de los ejemplos más representativos de la persistencia del misticismo en lengua española y una obra que, en España, mereció comparaciones con las obras de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. El mismo año en que salió de la imprenta este asombroso libro de cuarenta cuentos, algunos verdaderos «microrrelatos» con menos de una página de extensión, Amor también publicó un delgado tomo intitulado Todos los siglos del mundo, un libro de cincuenta décimas que, según la presentación en la solapa, constituye una «obra de variadísimos matices humanos en donde cada letra refleja disimulada el fervor de la sangre», característica que, como se verá, comparte con algunos cuentos incluidos en su Galería de títeres.
Según la autora, esta colección originalmente se iba a llamar «Inventario de arrugas», título que refleja nítidamente los temas «femeninos» que abarca la mayoría de sus ficciones: la vejez, la soledad, la decadencia, la domesticidad, el abandono masculino, etcétera. No obstante, al incluir textos de temas tan disímiles como la pobreza, la homosexualidad, el onanismo, el lesbianismo, incluso una inaudita manifestación de la coprofilia, su autora escogió otro título: Galería de títeres, frase que describe muy bien la manera en que todos los personajes incluidos en el libro, tanto masculinos como femeninos, pero femeninos en su mayor parte, son manipulados por ocultas fuerzas que se imponen, muchas veces a través de los modales religiosos y sociales de la época en que les tocó vivir. Una de las primeras referencias a este proyecto literario viene de boca de la misma autora quien, en una entrevista con Marcela del Río, aparecida en Excélsior («Diorama de la Cultura») el 23 de agosto de 1959, anuncia que:
Tengo un libro de relatos breves ya terminado y aún no publicado. Es la primera vez que escribo en tercera persona, se trata de una serie de cuarenta relatos muy despiadados, muy impíos, sobre temas crudos de la vida; con personajes que más que luminosidad padecen positivos derrumbamientos espirituales, pensé llamarlo «Galería de títeres», pero ese nombre es un poco frívolo, quizás le llamaré mejor «Inventario de arrugas», porque es más un inventario de disfraces humanos, en donde mis personajes son torturados por las arrugas de su decadencia física y moral.
Si consideramos la época en la que apareció este valiente y provocador libro, una que se definía por el catolicismo imperante, el machismo, el conformismo y el miedo al «qué dirán», no sorprende que los temas «incómodos» que abarca llegaran a ofender a algunos lectores, entre ellos la poeta y crítica literaria costarricense Eunice Odio, quien en una reseña publicada en la revista Cuadernos (1960) ataca con saña el más reciente libro de Guadalupe Amor. En su artículo «Guadalupe Amor: Galería de títeres», Odio arremete, con actitud puritana en exceso —y haciendo gala de su apellido— la «ofensiva» temática de estos cuentos:
Este volumen […] reúne cuarenta (¡cuarenta!) trabajos de difícil clasificación. No son cuentos, relatos o fábulas. ¿De qué se trata, entonces? Algunos, como «El pobre», casi logran calidad de gacetilla edificante, o de prurito psicológico de alguna revista para señoras. No obstante, esforzándose algo, se llega a caer en la cuenta de lo que realmente son las prosas de Pita Amor. Son, ni más ni menos, chismes de diversos materiales y del peor gusto. Homosexuales, matronas, amantes frustrados desfilan por el libro, no como una galería de títeres —¡ojalá que fueran!—, sino como una colección de trajes y de sombreros pasados de moda. Ahí nada se salva. Ni las tontas avivadas, ni las escenitas tan repugnantes…
Muy distinto resulta el dictamen del cuentista y galeno veracruzano Juan Vicente Melo. Su reseña, publicada en la revista Estaciones de 1960, parece ser una respuesta directa a las sesgadas diatribas de Odio:
Galería de títeres es su segundo libro en prosa. Desde Yo soy mi casa (1957), la primera obra en que abandona décimas y liras, podía advertirse un lenguaje simple, directo, limpio, y un definido talento narrativo a pesar de la natural tendencia a la figura retórica, a la excesiva mezcla de recuerdos envueltos en un tono pretendidamente novelesco. Mas ahora, con estas cuarenta brevísimas prosas, Guadalupe Amor se ha limpiado de las primeras asperezas y se presenta dueña de su oficio, de exactitud en la palabra y en el toque ambiental, de una perspicacia y una hondura en la observación de la dinámica emocional de sus criaturas que hacen de este volumen el mejor que ha escrito hasta el momento… Observados con toda intensidad en ese fragmento de sus existencias, las terribles criaturas se mueven en páginas mínimas de espacio y tiempo, actitudes y vivencias que no exceden del retrato de instantánea o de la estampa. Un hilo común las sostiene: la presencia constante de la fatalidad, la rebelde inconformidad por sus pequeños dramas, el horror continuo por la irremediable senilidad, la nostalgia de la juventud y la comprobación ininterrumpida de la decadencia física, el aprendizaje de la muerte…
Femeninas son estas prosas de Guadalupe Amor; pero en ellas «lo femenino» no es sinónimo de ripio, de lugar común, de cursilería o sentimentalismo, de melodrama lacrimógeno o de sensibilidad epidérmica: es hoguera que consume todas las esperanzas, generadora de todas las muertes.
De las cuarenta ficciones que conforman este libro, varias merecen una especial mención por lo actual que resultan sus (en aquel entonces) osados temas, temas que adelantaron con muchos años algunas tendencias literarias de finales del siglo XX y principios del XXI. En orden de aparición, el primero de estos es «La señora Yamez», que en menos de tres páginas explora la extraña relación entre una viuda de sociedad, católica a ultranza, pero económicamente venida a menos, quien «a falta de recursos para actividades costosas, tenía que convivir con su sirvienta». Si bien es cierto que en privado la señora Yamez muestra una personalidad inestable que se percibe en la manera casi esquizofrénica que da órdenes a su «criada», en sus noches de soledad todo cambia y la señora Yamez le pide a Francisca que le seque los sudores de su cuello, que le frote la rodilla, esto en medio de confesiones íntimas como «Yo la quiero a usted como una hermana» y «¿Verdad que nunca me abandonará?».
En «El casado» las insinuaciones de una oculta relación homosexual entre dos personajes masculinos sale a la luz del día y está enmarcada por el intenso temor de ser descubiertos, revelando así su «doble vida», una existencia que será disfrazada gracias al matrimonio heteronormal del protagonista. En este caso la acción gira alrededor de los ojos penetrantes de una elegante señora que frecuenta el restaurante y que «sabía mirar».
En «Televicentro», un microrrelato de apenas una página y media, atestiguamos el amor incondicional que profiere una mujer que limpia los baños de este negocio hacia el excremento porque —en un giro inopinado— «hasta llegaba a sentir bonito al tocar la porquería blandita [porque] me acordaba de la cabecita de mis hijos cuando recién nacidos».
Tal vez uno de los cuentos más irreverentes incluidos en este volumen sea el de «Raquel Rivadeneira», la historia de una mujer madura que ante la falta de interés por parte de los hombres, se deja seducir por una mujer mayor de aspecto masculino que la colma de flores y otros regalos. Sin embargo, Raquel no acepta sus antes ignorados deseos y en más de una ocasión rompe con su amante solo para volverla a buscar: «pero el tiempo conspirador pasaba y Raquel volvía a amortajarse de soledades y, devastando sus principios, imploraba a su amiga que de nuevo viniese a visitarla».
En «La cómplice», narración escrita en primera persona y en forma de una confesión innombrable, la anónima protagonista revela el haber asistido a morir a tres mujeres amigas suyas que sufrían por diversos motivos, por ejemplo, la pérdida de sus encantos femeninos o de un fuerte desengaño amoroso: según ella, su «amistad, aunque íntegra, era demasiado tenue junto a sus padecimientos». En este relato Guadalupe Amor diserta sobre un polémico tema social —la eutanasia— que tardaría décadas en surgir y ser debatido para —en algunos países y por ciertos motivos— llegar a ser legal.
Para terminar esta breve introducción al ambiente a veces lascivo, a veces miserable, y a veces sórdido del universo cuentístico de Guadalupe Amor, recupero un texto de José Emilio Pacheco largo tiempo olvidado pero que arroja mucha luz sobre la naturaleza de estas breves composiciones1. Su reseña de Galería de títeres consta de apenas cuatro párrafos y apareció el 7 de febrero de 1960 en el suplemento «México en la cultura» del periódico Novedades. En pocas frases Pacheco resume la creación prosística de Guadalupe Amor al contemplar sus dos obras pertenecientes a este género:
Desde 1957, sin detrimento de sus labores poéticas, Guadalupe Amor ha dedicado a la prosa sus intenciones expresivas. Galería de títeres sucede a Yo soy mi casa, una serie de estampas próximas al relato novelístico, editada en la misma colección que hoy recoge estas cuarenta prosas, en su mayoría estampas o pequeños retratos.
Los personajes están caídos en una realidad áspera, amarga; sus pequeños dramas recorren los aspectos más desolados de la experiencia humana. Los títeres de esta galería son seres deformes, reflejados en un espejo cóncavo. Profundamente femeninas, las prosas nos traen a un mundo devastado por la fatalidad. Sin embargo, un poco de luz cae sobre ciertos fragmentos y procura pá
