Lo que dice el viento. La historia de Los Piojos

Sergio Marchi

Fragmento

Lo que dice el viento

Si querés alto volar…

There’s a feeling I get/

When I look to the West.

“Stairway to Heaven” - LED ZEPPELIN

Toda historia está construida con materiales nobles y también con otros de dudosa calidad, que parecen sólidos pero que cuando se los confronta con la luz se deshacen en el aire. Tomemos el bendito tema del “rock barrial”, una discusión que se inició en los años 90 y que nunca pareció saldada ni de un lado ni del otro: como una guerra que nunca termina. ¿Es la categoría de rock barrial un término despectivo o configura el orgullo de la pertenencia a un lugar donde uno nació o transitó un buen período de su vida? Aquí es donde entran a jugar el partido los prejuicios y se puede argumentar a favor o en contra de una u otra postura. Todos venimos de un barrio o vivimos en uno, pero parecería que algunos no cuentan por carecer de prosapia proletaria. O que otros son mejores justamente por lo contrario.

Sin tanta vuelta, el primer grupo de rock barrial de nuestra historia fue Almendra, la banda de Luis Alberto Spinetta, Edelmiro Molinari, Emilio Del Guercio y Rodolfo García, que vivían a pocas cuadras uno del otro en la difusa frontera entre Núñez y Belgrano. ¿Por qué fueron los primeros en ser de barrio? Sencillamente porque los pocos músicos de rock anteriores a ellos (Los Gatos eran de Rosario) deambulaban por esa indefinida zona que los porteños llamamos “el centro”. Pero aun “la zona céntrica” es un barrio y tiene nombre: San Nicolás. Y la histórica y nocturna peregrinación de La Cueva a La Perla de Once, caminata obligada para estar en movimiento y esquivar mejor a la policía de la dictadura de Juan Carlos Onganía, acontecía en otros barrios: cuando salían de La Cueva, los pelilargos abandonaban Recoleta y se dirigían hacia Balvanera. ¿El Once? Bien, gracias: no existe tal barrio. La zona se llama así por la estación 11 de septiembre del ferrocarril Sarmiento; si la buscás en la aplicación de Trenes Argentinos te aparece como Once. Ese tren es el que te lleva al Oeste donde, según Divididos, está el agite.

La curiosidad geográfica es que hay varios oestes posibles y uno es el de la línea Sarmiento que se dirige a Moreno, pasando por Haedo y Morón, localidades cercanas al otro oeste en donde se desarrolla buena parte de esta historia. A ese oeste se llega a través de un ramal diferente: el San Martín, que nace en Retiro y pasa por Caseros, El Palomar y Hurlingham, la tierra de Sumo: Luca Prodan solía abordar las formaciones de ese tren. Andrés Ciro lo vio, asombrado, varias veces y Luca, que tenía una intuición sobrenatural, se dio cuenta y le devolvió las miradas. “Nunca llegué a hablar con él —explica Andrés—, tenía una cierta cosa como atractiva pero a la vez desagradable, revulsiva; una cosa como fofa y una energía… además que uno le podía tener miedo, tenía cierta cosa de reviente”. Lo que no le impidió admirar a Sumo. Andrés se bajaba en El Palomar, una estación antes que Luca, para dirigirse a su casa en Ciudad Jardín, también conocido como Lomas del Palomar: una suerte de anexo más residencial que, por el tema de los prejuicios, tan presentes también en esta historia, es considerado un barrio “más cheto”. “Es cierto —se ríe hoy Dani Buira—, decíamos que éramos de El Palomar, pero en verdad todos vivíamos en Ciudad Jardín”.

Ahí nomás, apenas se traspasa el límite del Municipio de Morón, la Municipalidad de 3 de Febrero le da orgullosa la bienvenida al visitante con un cartel de letras blancas sobre maderas: “Ciudad Jardín, Ciudad sin par, Lomas del Palomar”. Es muy curioso cómo una vía de tren provoca un cambio tan grande en la geografía barrial. Del lado de El Palomar, que tiene su propio aeropuerto, hay más cemento, negocios de construcción, y calles con tenientes, capitanes y generales. Muy diferente y más gratificante es el paseo por Ciudad Jardín, donde predominan las maderas, los ladrillos a la vista y el verde en sus calles con nombres de flores y aviadores. Recuerda un poco a algunos tramos de Villa Gesell, sobre todo en lo que se conoce como “la plaza del avión”, centro neurálgico de Ciudad Jardín que interrumpe al Boulevard General San Martín, que antes tenía un nombre mucho más musical: Avenida Calicanto. Es probable que la verdadera historia de Los Piojos haya comenzado allí, en esa calle, aunque todavía se discute dónde está el verdadero inicio de este viaje.

¿Qué nos trajo a estos parajes? El rock barrial, claro. Todo rock siempre perteneció a un barrio, pero sin alarde. Hasta que llegó la década del 90, tiempo donde el rock no solo se futboliza sino que además se politiza, no se le daba importancia a esas cuestiones, aunque la irrupción de Soda Stereo hizo que algunos boquearan sobre “estos chetitos”, que en realidad no lo eran. Nuevamente Luca, que quizás haya sido como el instigador de ciertas diferencias sociales en el rock argentino que antes existían pero que no pesaban. Ya era bastante difícil para el rock combatir contra todo el afuera que arrojaba piedras desde los cuatro puntos cardinales (ser rockero en los 60, 70 y comienzos de los 80 era casi ser un paria). Sin embargo, Los Piojos tuvieron razón al plantarse con su discurso frente a cierta prensa musical esnob que le daba a lo que ellos consideraban barrial un tratamiento despreciativo, en un tráfico de influencias que buscaba convencer al lector desprevenido de las bondades de un sonido supuestamente más moderno, con más forma que contenido. Los pingos se ven en la cancha, y el rock se escucha en los escenarios y los discos con canciones valiosas, ya sin el humo del palabrerío escrito y retumbando en los corazones y las cabezas. De esas canciones, Los Piojos compusieron montones. Pero además desarrollaron una personalidad única y con enorme calidad, tanto en melodías como en letras, compuestas mayoritariamente por Andrés Ciro Martínez. Hermosos versos que hablan del barrio (o de barrios), pero también de lo que pasa dentro de sus habitantes; agudas observaciones hechas con gracia arrabalera y con poesía tierna, dura y original. Los claroscuros de la existencia.

Reconozco que jamás fui un piojoso aunque he visto a la banda varias veces. Siempre me gustó el sabor del tango en el rock argentino; se lo escucha en varias canciones de Charly García, sobre todo en la época de La Máquina de Hacer Pájaros, aparece más nítido en la música de Luis Alberto Spinetta si se afina el oído; a mí Los Piojos me llamaron la atención desde Chac tu chac con esa vigorosa versión de “Yira, yira”, el clásico de Enrique Santos Discépolo que seguramente varios de los miembros del grupo conocieron por la inmortal versión de Carlos Gardel. Esa canción entró directo a la alta rotación del programa radial diario que yo tenía en 1993, Dale Gas1, y que se emitía por Radio Palermo. El resto del álbum no me gustaba tanto, pero estuve atento a Ay ay ay y fui a verlos por propio placer a Dr. Jeckyll, donde hicieron tres fechas. No había que ser una lumbrera para darse cuenta de que les iba a ir muy bien, aunque todavía no se había publicado el definitorio Tercer Arco.

Luego me tocó un episodio menos grato, que fue la cobertura del último show de la banda, el 30 de mayo de 2009. Todo final tiene su tristeza aunque procure el alivio de alguna situación. Y esa tristeza yo la vi en la gente, estoica bajo la lluvia, inmutable frente al frío de aquella larga noche. Pero sobre todo la noté en la banda; no por su performance, irreprochable, sino porque me di cuenta rápidamente de que estaban quebrados. No sabía muy bien dónde estaba el punto de la ruptura, pero se percibía claramente: algo ya no estaba junto en ellos. Como cuando alguien deja de querer a otra persona y por presión social o lo que fuere, se somete al escrutinio público como si nada hubiera pasado. Reconocí la honestidad de la fractura expuesta ante una audiencia que atestó el estadio de River, y la dignidad de no dejar que opacara ese último ritual.

Termino de escribir esto con los efluvios de la resurrección de Los Piojos, ya apagados viejos rencores y encendidas nuevas brasas que serán o no sofocadas. Lo que no se puede extinguir es el fuego de la pasión de sus seguidores que ya agotaron siete estadios en La Plata, en este nuevo tramo que no se sabe si dará para algunas estaciones o inaugurará un nuevo ramal de su historia. Aunque el anuncio de la participación de Los Piojos en Cosquín hace pensar que este amor no durará solamente un verano.

Este libro tuvo su inicio en los primeros meses de 2011, cuando recibí un llamado de Andrés Ciro con quien no había tenido mucha relación, salvo como espectador y ocasional entrevistador. Hasta La Renga me recibió en su sala de ensayo para una entrevista, pero Los Piojos solo me atendieron por teléfono, en una conversación con Andrés para la revista Veintitrés. De hecho cuando me lo encontré por primera vez me preguntó mi nombre; no es que tuviera que saberlo, pero la verdad es que yo conocí a todos los músicos en tantos años de periodismo. Él no lo recordará pero fue en un complejo de salas en Villa Ortúzar (que curiosamente es donde Los Piojos ensayaron para su regreso). Yo salía de un ensayo de Charly García, ya resurrecto y con dirección al Concierto Subacuático en Vélez, y vi a Andrés en la puerta esperando, lo saludé e intercambiamos unas pocas palabras. Lo que me llamó la atención era que había pasado una semana o dos desde que Los Piojos se habían despedido en River. ¡El hombre no aflojaba el tranco! Podría haber ido a ver el ensayo de un amigo o a ensayar para algún tema como invitado de otro, pero el olfato me indicaba otra cosa y no me equivoqué.

No fue esa breve charla la que me abrió el juego con Andrés sino la entrevista que me concedió para la biografía de Pappo, El hombre suburbano que se publicó en 2011. Le hice llegar un ejemplar y se ve que algo le interesó como para que me llamara por teléfono para reunirnos y conversar sobre la posibilidad de un libro. Luego de un diálogo preliminar comenzamos a juntarnos en mi casa y se transformó en una costumbre (no sé si un ritual) que lunes por medio, si su agenda de trabajo lo permitía, termináramos las conversaciones cenando en familia. Mis hijos eran chicos, no tenían mucha idea de quién era nuestro invitado, pero a Andrés la faceta de entretenedor le salía naturalmente y los fascinaba con trucos de magia. A mi ahora exmujer le encantaba cocinarle algo especial. Era uno más a la mesa y lo pasábamos muy bien con él, que siempre traía un vinito para acompañar. Tuvimos aproximadamente diez charlas y como yo estaba en proceso de separación, alguna vez nos fuimos a comer solos y le conté mis blues. Incluso al año siguiente, en el que atravesé una depresión feroz por la muerte de amigos muy queridos y aquel divorcio, Andrés me acompañó con cautela, almuerzos persas y llamadas telefónicas.

Cuando recobré la estabilidad, la cosa se enfrió por alguna razón, quizá la grabación de su segundo disco con Ciro y Los Persas. Nunca entendí bien, como dice el tema. Intenté varias veces retomar el proyecto a lo largo de años pero sin suerte y la distancia se fue profundizando. Pero la idea me siguió rondando la cabeza… ¡como un piojo! Había mucho material ya trabajado, solo era cuestión de enduir, lijar y pintar. Pasaron muchos años y la marea me llevó hacia algunos de mis mejores libros, pero cada tanto yo lanzaba una nueva línea hacia él. No hubo pique. Andrés me sorprendió un día de 2018 con un llamado para invitarme a su cumpleaños número cincuenta que se celebraba en… dos horas, y yo ya tenía un compromiso previo.

Más sorprendido quedé cuando supe que invitó a Daniel “Piti” Fernández a cantar un par de canciones en un show en Vélez durante 2023. Por lo conversado, entendí que la reunión de Los Piojos se iba a producir en lo que demorase una vuelta de reloj de arena. Volví a leer las transcripciones, todo el material con el que investigué la historia de Los Piojos, otros reportajes que hice con Andrés durante nuestro período de gracia y me di cuenta de que las charlas fueron buenísimas pero no alcanzaba. Que para hacer una buena biografía de la banda tenía que buscar otros testimonios, porque además nuestras conversaciones se produjeron en un tiempo donde él callaba públicamente la bronca que sentía por declaraciones de sus excompañeros y por cómo había terminado aquella historia. Me pareció que no había que abusar de su franqueza y cortar las aristas más filosas y personales de sus testimonios. También era necesario que hablaran todos los que participaron de aquella historia, o al menos todos los que aceptaran (Piti y Micky no quisieron). Antes de emprender este libro, le envié un mail a Andrés avisándole de mi decisión y al no recibir respuesta me puse en marcha. El que avisa no es traidor y había trabajado muchísimo en este proyecto. Decidí seguir un poco más y aprovechar la oportunidad. Sobre todo cuando vi que salieron otros libros en los que Andrés pareciera haber colaborado, y otros ya anunciados que quizá hayan hecho su aparición antes que este que el lector tiene en sus manos.

Volvemos al tema de los trenes: hay algunos que pasan solamente una vez en la vida y uno puede decidir quedarse en el andén viéndolos pasar, y atormentándose como el hombrecito desconsolado que dibujó Isol Misenta en la tapa de Chac tu chac. O subirse al vagón y ver hacia dónde lo lleva. Espero que este vaya hacia el oeste, donde todo comenzó para ellos y para mí. Al fin y al cabo, nací en Ramos Mejía.

SERGIO MARCHI

P.D.: Salvo donde se indica como pie de página o en la misma cita, todas las declaraciones en este libro provienen de entrevistas realizadas por el autor y son inéditas.

1. La expresión “dale gas” la comencé a utilizar cuando era columnista de Juan Alberto Badía en Pinamar en enero de 1993; Oscar González Oro era movilero. Luego él la hizo muy popular en Radio 10.

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UOH, BAMBA, UOH

Nadie sabe bien la fecha aunque se la suele situar en mayo de 1991, pero el show conjunto de Los Piojos y La Renga fue para alquilar balcones. Deberían haber sido palcos, porque las dos bandas juntas hoy llenarían varios estadios, pero en aquella época alguien calculó que entre las dos podrían reunir unas treinta personas. Claro, calculó mal porque hubo más gente, pero no muchísima más. Andrés Ciro se animó a deducir que por el pañuelo Axl Rose que engalanaba la testa de Chizzo, podría haber sucedido en 1990, si no antes. Es decir: la prehistoria. Pero sería un concepto equivocado: toda parte de una historia, aun la previa, tiene elementos que condicionan su devenir o marcan un sendero al menos.

“Un día tuvimos una experiencia nefasta al tocar en Babilonia —recuerda Andrés—; íbamos a tocar con La Renga, arriba, en el lugar más chico del local”. Babilonia era un antro bastante turbio que comenzó su andar en los 90, aunque su dueño abrió ese depósito de bananas situado en Guardia Vieja 3360, pleno Abasto, en 1989, desafiando la hiperinflación que asolaba la economía de aquel tiempo.2 Es probable que la idea original fuera que funcionase como un centro al estilo del Parakultural o Mediomundo Varieté, donde lo importante era lo teatral, lo cultural, lo performático, pero lo que atraía gente y hacía trabajar la barra del bar era el rock.

“Teóricamente tocábamos a las doce —prosigue Andrés—; antes había una función de teatro para chicos. La obra se había atrasado, entonces el dueño no dejaba que comenzáramos a tocar porque iba a afectar a la obra de teatro. Pero el show nuestro se había anunciado a las once, y se hicieron la una, las dos de la madrugada, y ni idea de la hora de comienzo. Y encima el tipo nos decía que no íbamos a tocar nada. Fue una de las pocas veces que vino mi viejo”. “En realidad había una pica con La Renga en aquel entonces —explica Dani Buira—, que viene justamente de esa noche, porque nosotros llevamos mucha gente, se había llenado y ninguno de los dos grupos quería tocar primero. No fue una pelea muy fuerte, pero no nos hablamos más durante algunos años y más adelante, ya cuando llevábamos mucho más público, hicimos un recital las dos bandas para mostrar que éramos amigos”. Eso fue ya en 1995, en un festival a beneficio de la familia Bulacio, cuyo hijo, Walter, fue asesinado por la policía, en un típico acto de brutalidad que se va de cauce y termina en una tragedia irreparable. El festival se realizó en Diagonal Norte y hubo una multitud de diez mil personas. Desgraciadamente también hubo disturbios y ese día murió otro chico con la remera de Los Piojos en circunstancias que jamás se aclararon. Más allá de esa segunda muerte absurda, fue un gesto de las dos bandas el mostrar unidad por una buena causa.

Volviendo a Babilonia, las dos bandas estaban muy calientes pero la hora de subirse al escenario finalmente llegó. Al lugar asignado se accedía por una escalera de cemento que estaba al costado, a la derecha de la entrada, y era como un altillo. Los Piojos salieron a tocar, y a Andrés se le soltó la cadena y se puso a putear por el micrófono al dueño de Babilonia. La venganza no tardó en llegar y el tipo les cortó el sonido. Pero

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