Piel de cuervo (edición especial con cantos tintados)

Nía Blanco
Nía Blanco (@mikigaiblog)

Fragmento

cap-4

1

El detonante

Algunas historias están disfrazadas de un solo instante.

Algunas comenzaron cuando aún no habíamos nacido. Algunas son desafíos que requieren de nosotros algo que no sabíamos que teníamos. Puede que a partir de ese momento nos estuviéramos convirtiendo en algo que ni siquiera nos imaginábamos. Algunas historias son rápidas y ocurren en un día. Otras comenzaron hace veinte años y llegan hasta hoy.

La mía empezó el día en que me arrebataron a mi única hermana, Orna.

Era el día de mi decimosexto cumpleaños y también era la noche de verano en la que el Reino de Mhyskard, una vez al año, rezaba a Mhys, la diosa de la venganza. Desde Corazón de Mhyskard, la capital, lanzábamos faroles al cielo como si así pudiésemos asegurarnos de que nuestros deseos llegaban a oídos de ella. Ese día también cumplía años el Príncipe de Khorvheim. Aunque eso tampoco es que me importara. Porque el día que comenzó mi historia estaba centrada en mis pasos, subiendo por las escaleras interiores de la gigantesca muralla de cincuenta metros que protegía a Mhyskard del abismo de Khorvheim.

Desde pequeña había sido imparable. El día que mi hermana me enseñó a montar a caballo, este enloqueció y galopó hasta las profundidades de los bosques del norte, donde pasamos dos días perdidos. El animal había esperado el momento justo en que Orna me había dejado a solas en su lomo para echar a correr. Al principio, pensé que el caballo había traicionado mi confianza, que me odiaba y me quería muerta, pero no me abandonó cuando caí al suelo y me torcí el tobillo. Creo que comprendía cuán salvajes éramos los dos. Estuvimos vagando por las montañas hasta que me topé con una tribu que veneraba a las brujas. Fueron ellas las que me curaron el pie antes de devolverme a la capital. Desde entonces, ansiaba escaparme de mi hogar para atravesar los bosques a pie y a caballo, para conocer los terrenos salvajes de las montañas y escalar los riscos o correr a través de pantanos con los niños de aquella tribu.

Era rápida y salvaje.

En las montañas me lo decían a menudo, aunque mi hermana y mi padre procurasen ignorar este hecho porque ya tenían suficiente con que una de las dos hijas estuviera entrenándose para ser guerrera de la muralla. Pero yo lo sentía en mi sangre, ese vacío en busca de llenarse de algo más.

Quizá el error más grande de mi vida fue pedirle a Orna ese regalo por mi decimosexto cumpleaños: ver juntas el espectáculo de faroles en la parte más alta de la muralla.

El fuego de las antorchas creaba sombras turbulentas en las paredes de aquella escalera de caracol infinita. El esfuerzo que suponía subir a lo alto de la muralla no debía ser nada para mí. Pero me tropecé. Solo una vez. Cuando conseguí estabilizarme hincando los dedos entre los recovecos de la pared de piedra y mis uñas se resquebrajaron, fue mi hermana mayor quien me empujó con más fuerza. El fuego de una antorcha ondeó alterando la iluminación. Orna quería asegurarse de que estaba preparada para seguir subiendo, de que podría salvarme yo sola si perdía el equilibrio. No caí. La miré con rabia y ella me sonrió.

—Está bien, no te has caído. Sigamos.

Ella tenía los labios carnosos, la nariz redonda y el pelo castaño, heredado de mi padre, trenzado hasta las caderas. Nos parecíamos mucho, excepto por el color de ojos. El suyo, ámbar como los otoños en las montañas de las brujas Seerhas. El mío, verde como los valles que se extendían alrededor del abismo, ese agujero infernal que sospechábamos que había originado nuestro enemigo y que podíamos contemplar desde el portón de la muralla cuando padre accedía a regañadientes a que nos acercásemos. Había guerreros que se quejaban en murmullos, pero ninguno ponía objeciones porque nuestro padre era el General de las Murallas de Mhyskard. De él dependía la seguridad de nuestro reino, por esa razón hacía cumplir la ley con mano de hierro: nadie podía cruzar de un reino a otro, salvo los comerciantes con el permiso adecuado. Así lo dictaba el Tratado de Guerra Pausada entre ambos territorios: Mhyskard administraría sus recursos naturales más abundantes, como el cuero, las pieles y la madera de nuestros bosques, y Khorvheim mantendría la seguridad de los reinos controlando el sello de magia sobre el abismo, además de facilitarnos hierbas medicinales y algunos cultivos frescos.

Subiendo el último tramo de las escaleras, le tiré de la trenza a Orna y ella empezó a reírse a carcajadas mientras aumentaba el ritmo de sus zancadas. Sabía que un tirón de trenza era mi forma de intentar sacarla de quicio, pese a que nunca lo conseguía. Porque Orna era increíble. Había cuidado de mí desde que éramos pequeñas, había sido el gran apoyo de padre cuando madre murió dándome a luz. Nunca me había guardado rencor por ello. Al contrario, era la primera en salir conmigo a veces a hurtadillas de la capital para cumplir mis deseos salvajes y mis fantasías imprudentes. Orna era paciente y generosa, muy fuerte, y la más noble sobre la muralla de Mhyskard. Hacía un mes que la habían nombrado guerrera, después de aprender a luchar en la formación durante años.

Además, tenía la sonrisa más bonita que pudiera existir en Mhyskard.

Pero ese día su sonrisa se desdibujó. Lo supe al principio del túnel que conducía a las escaleras. El miedo a que nos descubrieran y la deshonraran por desobedecer el juramento de proteger la muralla de cualquier altercado o peligro. Yo era el altercado, pero también era su hermana menor que cumplía dieciséis años. Solo por eso accedió a mi petición.

Al error.

Introdujo la llave en la cerradura. La giró, asomó la cabeza al exterior, asegurándose de que no hubiese ningún guerrero merodeando la zona, y movió los labios en silencio para decirme que la siguiera con cautela. En cuanto puse un pie en el exterior, el corazón se me paró en seco. El cuerpo también, a pesar de que sentía fuego recorriéndome las venas. Me arrebaté las pocas lágrimas que se me habían escapado. Con la piel erizada y los labios entreabiertos, lo contemplé por primera vez desde allí arriba.

El abismo de Khorvheim.

Un gigantesco agujero cubierto de niebla densa que parecía tener vida propia, del que escapaban melodías extrañas y en el que se vislumbraban algunas formas moviéndose entre el espesor de la niebla. Eran las bestias que habitaban dentro, pero que pocas veces salían de su guarida porque el linaje del Rey Kreus Khorvus las controlaba. De hecho, en Mhyskard había rumores de que realizaban una expedición cada cinco años hacia lo profundo del abismo en busca de tesoros o algo parecido. Esa monstruosidad bajo tierra, que solo los Khorvus sabían dominar, era lo que nos mantenía bajo control, sin que pudiéramos cruzar la muralla para recuperar el terreno que nos habían robado.

Más allá del abismo se encontraba el propio Reino de Khorvheim.

—Dicen que aquellos que nacen el mismo día que un príncipe o princesa están destinados a luchar por la corona —susurró Orna con la vista perdida en el horizonte—. Y que antes asesinaban a los bebés que nacían ese día para evitar el conflicto.

—Se olvidaron de asesinarme a mí —me burlé mientras me sentaba al borde de la muralla junto a ella.

Orna me reprendió con la mirada, yo bufé. Siempre se creía todas las leyendas y los presagios antiguos. Las piernas me colgaban. Se podía decir que una parte de mí estaba en Khorvheim ahora, ese reino que nunca podríamos conocer porque estábamos en una tregua con ellos. La estúpida Guerra Pausada, un pacto de paz que sabíamos que romperían cuando menos preparados estuviésemos. Cuando se hubiesen abastecido lo suficiente de nuestros recursos. Nos queríamos muertos los unos a los otros y lo único que habíamos podido hacer había sido erigir una muralla contra el abismo y ellos.

Hoy era el cumpleaños del Príncipe Khorvus. Veintiún años. Nació el mismo día que yo. Mal augurio, eso me habían dicho siempre. Me asomé al precipicio. El vacío penumbroso me tentaba a saltar.

—Esta mañana escuché a unos comerciantes de cuero que cruzaron la muralla hablando acerca del Príncipe Khorvus. Como hoy cumple la mayoría de edad, estaban preparando su armadura para la… expedición —terminó de decir después de vacilar.

—¡¿La expedición?! —me asombré. Era el primer año que se hacía pública esa información después de muchos rumores—. ¡Entonces, es cierto!

Asintió despacio mientras me acariciaba la melena corta y enmarañada. Su mirada ámbar se suavizó. Siempre lo hacía, me observaba con una ternura propia de madre. O de hija. Nunca me atreví a preguntarle si me miraba de esa manera porque yo me parecía a mamá. Tampoco me habían hablado jamás de ella.

—Deberías peinarte, enana —musitó.

—No me gusta.

—Podría hacerte una trenza por tu cumpleaños.

—No me gustan tus trenzas.

—¿Qué harás si viene una bestia del abismo y decide morderte el pelo?

—Sacarme las dagas de aquí. —Señalé mi cinturón, donde escondía un par que le había robado a papá para la ocasión—. Y clavárselas en un ojo.

—Ni siquiera sabes utilizarlas.

—Claro que sé.

—No como una guerrera de la muralla.

—Pues aprenderé.

Orna rompió a reír en bajito. Sus ojos se achinaron tanto que me enfadé. La ignoré y dije en voz alta lo que estaba pensando:

—Jamás sería capaz de vivir como una princesa.

—Serías la princesa de los salvajes —se burló.

—Quiero ser guerrera, como tú —declaré.

En ese instante, su sonrisa se esfumó. El ambiente se tensó. Esta vez su mirada se entornó con la advertencia del peligro que suponía sobrevivir a la formación.

—Una guerrera debe llevar su cabello trenzado —sentenció. Mediante un movimiento ágil, casi invisible para mis ojos, me sacó una daga del cinturón y la dirigió a mi cabello. Luego, a su trenza—. Solo necesitarías una de estas para cortar tu pelo y huir.

—Una guerrera nunca huye.

—Tienes razón. La muerte es nuestra victoria. —Me sonrió satisfecha, haciendo danzar el arma en el poco espacio que nos separaba—. Pero ya sabes nuestro lema: «Debemos elegir por qué queremos morir». Hay cosas mayores contra las que luchar que un miserable peón del enemigo.

—Puede que algún día compartamos espalda en una batalla.

—¿Tú crees? —inquirió al cielo.

Sin embargo, dejé de prestarle atención a la conversación cuando los faroles de nuestro reino comenzaron a volar sobre nuestras cabezas. Pataleé contenta, sin dejar de mirar aquellas luces, los deseos latentes de Mhyskard, los rezos que llevábamos a cabo una vez al año para pedirle a la diosa Mhys que destruyese el abismo. Nuestro único grito de guerra contra Khorvheim. Cerré los ojos un segundo e hice lo mismo que mi pueblo. Le recé a la diosa de la venganza para que nos brindase la oportunidad de acabar con aquel agujero infernal que muchas veces se había cobrado las vidas de los guerreros de nuestra muralla. Sentía el precipicio en mis piernas, la oscuridad bajo mis pies. Un silencio sepulcral que, por un momento, me hizo olvidar que estábamos rompiendo el juramento de Orna por haberme traído aquí.

De repente, mi hermana me cubrió la boca con una mano y abrí los ojos de sopetón. Vi el terror en sus enormes pupilas dilatadas, en su tez empalidecida y en su ceño fruncido, lista para luchar. Me mandó callar llevándose un dedo a los labios.

—No te muevas —me susurró al oído devolviéndome la daga para sujetar con fuerza la empuñadura de su espada enfundada.

Y no me moví, aunque desde allí podía verlo todo. Había tres personas ocultas bajo una capa larga con capucha en la muralla. Dos de ellas apuntaron con su arco y atravesaron un par de faroles entre burlas. Estaban a unos metros, pero no nos vieron porque nosotras nos habíamos encajado en la almena del borde de la muralla. No reconocí esas capas y, a juzgar por la expresión de Orna, deduje que ella tampoco. Si esos tres pertenecían a Khorvheim y habían conseguido subir hasta la muralla, solo podía significar una cosa.

Eran Cuervos.

—Quédate aquí —le supliqué en un susurro ahogado. Me aferré a su muñeca notando cómo el miedo me paralizaba el corazón por primera vez en mi vida—. Es peligroso.

—Esa gente no debería estar aquí. —Cerró los ojos un instante y negó para sí misma lo que fuera que estaba pensando—. Soy una guerrera de la muralla, mi deber es protegerla.

—Te deshonrarán si descubren lo que has hecho hoy.

—Me deshonraré a mí misma si no impido que esos necios causen algún problema a Mhyskard.

Sonrió. Sabía que mis palabras no eclipsarían jamás su sentido del honor. Se acercó a pasos sigilosos a la pared de la torre por la que habíamos subido y desenvainó su espada. Viéndola moverse en la oscuridad hacia el enemigo, reconocí la verdadera sensación de terror de la que muchos hablaban, pero que yo nunca había entendido. Dirigí mis manos inseguras al cinturón, rocé mis dagas y su voz me robó el último aliento de esperanza de que diese media vuelta y volviese a mi lado. De que eligiese la cobardía de ser mi hermana y no el honor de ser guerrera.

—¡Muestren su rostro! —gritó Orna.

Uno de ellos, que estaba derribando los faroles, escupió una carcajada burlona al desviar su arco para apuntar a Orna; el otro que disparaba al cielo hizo lo mismo; el tercero formó una bola de energía oscura entre las manos y en sus dedos refulgió un anillo con una piedra verde que me resultaba familiar. El aire escapó de mis pulmones. Sí, eran Cuervos. Y eso era Magia Prohibida, exclusiva de la sangre oscura de la realeza. ¿Acaso se trataba del mismísimo Rey Kreus Khorvus? Eso era imposible. Debía de ser el Príncipe. Aquello era un error. Orna no debía luchar. Mucho menos tras romper su juramento. Si alguien del Cuerpo de las Murallas se enteraba de esto, ella perdería su honor como guerrera. Afectaría a padre. Lo mismo ocurriría si me descubrían a mí.

—Qué sorpresa. El mismísimo Príncipe pisando nuestra muralla. —La rabia en la voz de Orna se palpaba a leguas.

—Ni se te ocurra acercarte con esa espada —la amenazó una voz femenina—. O te atravesaré la cabeza antes de que puedas dar un solo paso.

—Quizá deberíamos hacerlo. Nos ha visto —sugirió el que sostenía el arco, este masculino.

—Ya sabes qué somos —canturreó la voz femenina—. ¿Por qué te contienes?

—Kostrus ikkam kharam —pronunció el Príncipe.

La oscuridad desapareció de sus manos, dio un paso hacia el precipicio y, antes de permitir que el vacío lo engullese, dijo:

—Tem kaet.

Ese fue el detonante. Él se esfumó saltando al precipicio. La piedra verde en su mano lanzó destellos hasta difuminarse en las tinieblas. Mi hermana se posicionó para defenderse. Los arqueros tensaron la cuerda y Orna no dudó en danzar como la guerrera de Mhyskard que era. Esquivó una flecha y alcanzó el brazo de uno de ellos con su espada, pero el arquero se sacó una hoja curvada de la funda en su espalda, decidido a terminar con aquello. En un movimiento veloz, un corte diagonal atravesó el aire y su torso con una precisión letal.

Un reguero de sangre salpicó el suelo empedrado de la muralla.

Mi hermana acalló el grito de dolor con un gruñido que se me quedaría grabado para siempre. Cayó de rodillas al suelo. Los Cuervos enfundaron sus armas para huir indemnes. Yo ahogué mi voz y dejé de pensar. Me llevé las manos a mi cinturón, dispuesta a saltar tras ellos. A morir defendiéndola. O a morir con ella.

—¡No te muevas! —bramó Orna.

Sabía que aquel grito desgarrador que había escapado de su garganta iba dirigido a mí. Los Cuervos saltaron de la muralla hacia Khorvheim y empecé a gatear en dirección a Orna con el campo de visión nublado por el llanto hasta que logré recoger su cabello empapado de sangre en mi regazo. Me arranqué la tela del pantalón de un tirón para intentar taponarle la herida. Era inútil. Tenía que sacarla de allí.

—Estoy aquí contigo —sollocé aferrándome a su rostro pálido—. Te salvaré.

—Corre y… sálvalos a to… dos.

Su mirada cargada de miedo se clavó en el cielo. Fue entonces cuando pude verla. El cielo repleto de plegarias se había teñido de oscuridad. Algo monstruoso y enorme se había alzado sobre la muralla.

Una bestia del abismo.

Era una de esas criaturas que volaban y que emitían un violento canto para debilitarnos antes de arrebatarnos la vida. Orna me lo había enseñado en sus apuntes de la formación. La criatura con forma de ballena se elevó por encima de nosotras. Los Cuervos la habían invocado para borrar las pruebas de su crimen. El mundo bajo mis pies desapareció. Se la comería, se la comería. Nos comería a las dos.

El fatídico canto de la bestia me descompuso el estómago al instante y supe que había comenzado su ritual.

—Co… rre, Lhyss.

Mi hermana murió en mis brazos y un trozo de mi alma se fue con ella. Mis sueños, mi esperanza, mi humanidad. El brillo en sus ojos abandonó todo atisbo de vida. Le arranqué el cuerno que portaba en la cadera. El Cuerno del Abismo. Empecé a correr hacia la torre mientras soplaba con el alma y el fuego en las venas. Aquel profundo sonido bastaría para alertar a Mhyskard de que las bestias del abismo habían sobrepasado la muralla. En respuesta, un cuerno sopló desde la otra punta de la capital.

Entonces, me detuve.

Estaba preparada para morir luchando mientras el resto de los guerreros llegaba. Podía ganar tiempo entreteniendo a la bestia, arrancarle al menos un ojo.

Los gritos despavoridos se extendieron por la ciudad. El terror despertó en Mhyskard. Y, cuando aquel monstruo pareció dudar entre comerse a mi hermana o acabar conmigo, recordé las palabras de Orna:

«Debemos elegir por qué queremos morir. Hay cosas mayores contra las que luchar que un miserable peón del enemigo».

Apreté los labios y mi boca se llenó del sabor de la sangre. Corrí. Corrí tanto como mis piernas respondieron, pero tropecé a medio camino. El cuerno salió volando. Las palmas de mis manos frenaron la caída y me empezaron a sangrar. En ese instante, fui testigo de cómo aquel monstruo se decantaba por devorar a mi hermana. Grité sintiendo que me iba romper la garganta. Que iba a vomitar. Que los ojos me iban a reventar. Tragándome mis lágrimas ensangrentadas, prometiéndole al mundo que la vengaría. Decidí que regresaría a casa y me escondería, nadie se enteraría jamás de que habíamos estado allí. Orna moriría con el honor de haber protegido la muralla. Y me hice una promesa.

Que encontraría a esos Cuervos.

Que los asesinaría.

Que mis manos se teñirían de la sangre del Príncipe Khorvus.

Información adicional

Extracto de Historia de Mhyskard, año 513

En el año 513, el ataque de un Cantapenas a la capital de Mhyskard provocó centenares de bajas en la muralla, guerreros que dieron su vida luchando hasta que los soldados más experimentados y la élite de Khorvheim consiguieron devolver a la bestia al abismo. Ante la posibilidad de que este hecho pusiese en riesgo la Guerra Pausada, paz establecida en el año 312, el Rey Kreus Khorvus solicitó reunirse con el Rey de Mhyskard, Rhyza Tallynx, para ofrecer por primera vez información acerca del abismo a cambio de perpetuar la paz entre ambos reinos.

Se hizo público entonces que aquel Cantapenas debió de escaparse a causa de alguna grieta en el sello del abismo. Revelaron también que en las profundidades de este crece una Flor de Umbra que deben recoger cada cinco años, periodo que tarda en florecer de nuevo, porque su contenido mantiene pura la sangre oscura, única sangre en el mundo capaz de controlar la Magia Prohibida del abismo y que, a día de hoy, solo poseen los únicos supervivientes del linaje real de los Khorvus: el Príncipe y el Rey. De esta manera, aseguran tener el poder necesario para reforzar el sello y contener a los monstruos que habitan el abismo.

Además, expusieron que, cuando un príncipe cumple la mayoría de edad, debe digerir esta flor antes de poder reinar. Según un mito perteneciente a Khorvheim, cualquier sangre oscura al cumplir veintiún años siempre atrae algún tipo de calamidad al mundo.

2

El destino siempre viste de hilos mágicos

Cinco años más tarde

—¡No me puedo creer que vaya a bajar al abismo! —canturrea Rawen dando un giro sobre sí misma.

Cierro un ojo y apunto. Cierro el otro. Oigo los pasos de Rawen. El murmullo de los árboles. El latir de mi corazón vacío. Lleva años hueco y roto. O quizá más vivo que nunca por lo que se avecina. Lanzo. Al abrirlos, veo que he clavado la daga en el centro de la diana que hemos dibujado con bayas negras en un árbol del bosque. Ella aplaude y sigue danzando, enfundada en su vestido celeste. El sol del atardecer se esconde tras su silueta. Su cabello dorado refulge. Parece un ángel, lo contrario a mí.

Rawen es mi amiga desde el día en que la convertí en mi oportunidad.

Aquel día, mi padre me había pedido que lo acompañase a la muralla para presentármela. Me había contado que uno de los comerciantes de Khorvheim, que cruzaba la frontera cada semana, tenía una hija de mi edad. Al principio dudé de si sería capaz de mirarla a la cara sin desear atravesarle el pecho con mis dagas. Cuando nos conocimos y ella me contó sus sueños, lo tuve claro. Era valiosa. Tenía que esforzarme en ganarme su confianza, pese a que su procedencia era motivo suficiente para sentir el impulso de arrebatarle la vida como los Cuervos me la habían arrebatado a mí.

No fue difícil, congeniamos enseguida.

La observo en silencio mientras voy a por la daga clavada en el árbol. Tiene la cara redonda, los mofletes rosados y unos ojos preciosos del color del océano que rodea nuestro reino. Me sonríe ingenua. Está contenta por el día de mañana, en el que se llevará a cabo la siguiente expedición al abismo y ella bajará con la tropa de exploradores. Cree que el Príncipe Khorvus formará parte de ellos porque, según Rawen, siempre es necesaria la Magia Prohibida dentro del abismo para cosechar la Flor de Umbra. Y solo hay dos personas en Khorvheim con sangre oscura: el Rey y él. Me ha contado que se imagina la remota posibilidad de que el Príncipe se enamore de ella; yo solo puedo pensar en que ese abismo es el lugar perfecto para que un príncipe muera «accidentalmente» sin testigos ni dedos acusadores que me apunten como la culpable de su muerte. Está ilusionada con sobrevivir a esa aventura y a la vez encontrar al amor de su vida.

Rawen tiene todo lo que me falta a mí: inocencia, ganas de vivir y un título de cartógrafa que será su billete para bajar al abismo mañana.

La compadezco y me repugna a partes iguales.

—Entonces, ¿nadie conoce el rostro del Príncipe?

—¿Otra vez con lo mismo? —Rawen deja de bailar y pone los brazos en jarra. Su dedo me señala mientras frunce el ceño—. ¡Ojalá! Ya habría ido a buscarlo.

—¿Y el nombre?

—Tampoco.

—Es extraño que tu reino no conozca el rostro ni el nombre de su futuro rey.

—Cuando consuma la Flor de Umbra, será el nuevo rey. Entonces, todos conocerán su rostro y…

—¿No deberías estar practicando para mañana? —la interrumpo. Estoy harta de escucharla hablar de Khorvheim y de sus estúpidos sueños.

—¿Mis tiros con arco o mis dotes de seducción? ¡Por fin podré conocerlo!

—Sí, sí —mascullo y desentierro la daga de un solo tirón—. Os enamoraréis locamente, comeréis perdices y luego te convertirás en un cadáver en las fauces de una bestia por soñar despierta.

—Él me salvará del peligro.

Emite un gritito de emoción que me taladra los oídos. Aprovecho el odio que me nace en las entrañas para frotar la corteza del árbol con todas mis fuerzas y borrar los rastros de la diana. El cielo empieza a oscurecerse y pronto la gente de Mhyskard se encerrará en sus casas para rezar desde un lugar seguro. Lanzarán los faroles de igual manera, aunque todo ha cambiado desde aquella noche. Ahora, antes de iluminar la oscuridad de plegarias, despliegan un ejército de guerreros sobre la muralla, preparados para combatir si otra bestia vuelve a perder el control.

En Mhyskard creen que lo que ocurrió hace cinco años fue un accidente.

Por aquel entonces, en las calles se podían escuchar los llantos a cualquier hora del día. Lloraban que una noche tan sagrada hubiese despertado a una bestia. Porque era un presagio de mala suerte, la desgracia avecinándose a los reinos. El posible fin del orden y del mundo. Nadie, excepto padre y yo, lamentó la pérdida de Orna pese a que hallaron su cuerno destrozado bajo la muralla. Se contentaron con que el orgulloso Rey de Khorvheim se disculpara por primera vez con el condescendiente Rey de Mhyskard por no haber tenido a suficientes Cuervos vigilando el sello del abismo. Mi pueblo se conformó con la miserable información que nos aportó acerca del abismo.

—Deberíamos volver.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —pregunta Rawen mientras guarda sus libros en una bolsa de cuero que se cruza tras la espalda.

—Un par de horas hasta que sellen la muralla y tu padre deba marcharse.

—¿Podemos volver a la aldea de las Seerhas? —La fulmino con la mirada y ella amplía los labios en una sonrisa cariñosa antes de anclar su brazo al mío. Hago un esfuerzo por no apartarme—. Vamos, tengo que recoger algo que les encargué hace días.

Después de perder a Orna, Rawen se convirtió en lo más parecido a una amiga para mí. Recojo mi bolsa de entre las hojas del suelo y me la cuelgo al hombro. Accedo a su petición. Da un saltito de alegría que me espanta y emprendemos nuestra marcha a la aldea de las Seerhas, las brujas de las montañas que un día me acogieron. Transitamos la espesura del bosque abriendo bien los ojos para prevenir que los zorros puedan atacarnos de forma inesperada y, pocos minutos después, el asentamiento se revela entre los árboles. Un rincón oculto donde la magia antigua danza en el aire y el aroma a hierbas lo impregna. Una gran hoguera preside el centro de la aldea, con troncos cortados y mujeres que bailan al son de sus propios aullidos mágicos.

Somos las hijas de la tierra,

salvajes y crudas.

Rezamos a Mhys, la sangre de la venganza,

porque la misericordia de Kard no nos ayuda.

Somos las hijas del mar y del cielo,

bravas y libres.

Rezamos a la venganza, la sangre vertida roja,

porque la sangre exige sangre

y el perdón sobre los culpables jamás se arroja.

Veo el fuego. En él, la muerte. Ese secreto que nadie conoce y que me ensarta el corazón como una espina afilada. Las llamas exigiendo venganza. Las veces que vine con mi hermana, las veces que ella cantaba regalándole su voz a los árboles que nos rodean. Yo nunca lo hacía, no encontraba razones para sentir tanto odio. Ahora cada poro de mi piel reacciona a esa canción sagrada y siento la tentación de sacar la voz que se arremolina en mi estómago y se me atasca en los pulmones, pero Rawen me devuelve a la realidad tirando de mi brazo hacia la tienda de las Seerhas. Trago saliva, el nudo de la garganta se afloja. Desvío mi atención de la hoguera, de las llamas que me llaman. Alrededor, han montado puestos para honrar esta noche llenos de curiosidades, accesorios artesanales y fragancias extrañas.

Al entrar en la tienda, las brujas envueltas en túnicas me reciben con miradas recelosas, como si ya supieran todo lo que se avecina. Lo que he planeado. Lo que ocurrirá mañana. Nunca les he gustado, tampoco cuando las visitaba de la mano de Orna. Rawen les entrega varias bolsas de cuero repletas de hierbas que solo crecen en Khorvheim a cambio de un diminuto saco que se guarda orgullosa sin comprobar antes el contenido.

—¿Qué es? —le pregunto, bajando la voz.

—Ya lo verás.

Mi amiga les hace una reverencia. Ninguna de las tres brujas dice nada hasta que Thramtid, la misma que hace unos años intentó asustarme con sus presagios falsos, alarga las manos arrugadas y apresa nuestras muñecas entre sus dedos. Están tan delgados y fríos que cualquiera se aterraría de tocarla. Sin embargo, son sus minúsculos ojos lo que la gente evita. Brillan con un dorado cegador cuando se cuelan en nuestras almas porque ven el futuro. Y lo hacen justo ahora al colarse en mis pupilas.

—El destino siempre viste de hilos mágicos —sisea con voz fúnebre.

Me cortaría el brazo antes de admitir que Thramtid me produce escalofríos. Sacudo la mano, me zafo de su agarre y saco a Rawen de la tienda a rastras. Ella resopla aliviada. Puedo oír el terror en su respiración irregular, aunque trata de fingir que todo está bien. Y lo cierto es que nada lo está, pero es más fácil seguirle la corriente y centrarnos en regresar a la capital para que atraviese la muralla antes de que la sellen al caer la noche.

—¿Por qué crees que ha dicho eso? —me pregunta a medio camino.

—Siempre son así de extrañas.

Asiente con una sonrisa. Rawen es ingenua, jamás desconfiaría de mi palabra. Disimulo el suspiro de hastío que necesito dejar escapar. Estoy tan acostumbrada a decir medias verdades y callarme el resto de la historia que las palabras se me han comenzado a agolpar en la garganta. Sí, es cierto que esas viejas siempre son así de extrañas. Sin embargo, lo que no le digo a Rawen es que las Seerhas no hablan.

A menos que tengan algo que decir.

Información adicional

Extracto de Historia de Mhyskard

La Isla de Mhyskard inicialmente se componía de dos territorios diferenciados: sur de Mhyskard y norte de Mhyskard. Atrapados en una isla rodeada de inmensos océanos y sin noticias de los exploradores que partían en barco para descubrir nuevos territorios, los mhyskardianos creyeron que su incapacidad para expandirse a otros territorios se debía a la falta de formación de sus guerreros. Conocían la magia, pero la reservaban para los rituales de sanación o para predecir qué acontecimientos se aproximaban y cómo prevenirlos. Sin embargo, en la misión de empoderar a sus exploradores para que pudiesen partir a nuevas tierras con mayor tasa de éxito, comenzaron a crear un ejército de magos. Gran parte del sur de Mhyskard se destinó a la enseñanza intensiva y vivienda de los magos, ya que eran territorios menos poblados. Sin embargo, con el pasar de los siglos, el gremio de los magos no se contentó con la magia limitada que les permitían aprender. Algunos decidieron cometer el delito de aprender la magia por su cuenta, también comenzaron a enseñarla y muchos fueron ejecutados públicamente por cometer tal abominación. Una pequeña parte de ellos se rebeló.

Un día la tierra tembló.

El abismo nació.

Y Mhyskard se dividió para siempre.

El linaje de los Khorvus no solo aprendió la Magia Prohibida y la llevó a cabo, sino que accedió a una fuente de poder infinita, que era el abismo, y a un ejército imposible de combatir para los guerreros de Mhyskard, que eran las bestias.

Tras una cruenta batalla que se cobró la vida de miles de guerreros, Mhyskard aceptó la división de la Isla de Mhyskard a cambio de la paz en el año 312. Se canceló la misión de encontrar territorios inexplorados al otro lado del mar porque había nacido un nuevo enemigo en sus propias tierras.

Todos, en el fondo, sabían que esa paz algún día llegaría a su fin.

3

Los dioses saben que un día serán destruidos

Atravesamos las calles empedradas de Corazón de Mhyskard a toda prisa.

La gente que sale de los pequeños comercios camina precipitada de vuelta al hogar, a su familia, mientras los guerreros peinan las distintas zonas para asegurarse de que no se desate el caos ni que nadie se salte la nueva e inútil ley de protección. Las casas de la capital son de piedra, varían en tamaño y forma, pero todas tienen algo en común: sus ventanas están encendidas, abiertas para lanzar los faroles de plegarias al cielo cuando se acerque la medianoche, y las puertas cerradas a cal y canto por si hoy el sello del abismo fallase de nuevo. No saben que eso no ocurrirá, que el sello no falló. No saben nada porque nunca se dignaron a preguntar más allá de lo que les contaron. La muralla de cincuenta metros se eleva por encima de nuestras cabezas a medida que nos acercamos. El portón de la muralla, que conecta nuestra capital con la frontera, aún está abierto.

A un lado, junto a los guardias, varios comerciantes hacen los últimos ajustes en los carromatos para regresar a sus hogares en Khorvheim. Localizo al padre de Rawen, que nos saluda de forma disimulada para no levantar sospechas, con una sonrisa tan gentil como la de su hija y la cabellera rubia alborotada. Nunca he comprendido la relación entre ese hombre y mi padre, o puede que nunca haya sido capaz de aceptar la amistad que tienen desde hace años.

Para mí, solo es un Cuervo más.

Rawen se detiene sobre sus pasos acelerados y me abraza. Respira con fuerza, enterrando su rostro en mi cuello. El miedo y la ilusión la sobrecogen desde hace días. Sé que ella ansía cumplir su sueño y vivir, aunque cumplir su sueño de bajar al abismo ponga en riesgo su deseo de vivir.

—Dime que mañana vendrás a despedirme.

—Estaré ahí —le prometo.

—¿En el túnel del este que me enseñaste?

Asiento despacio y me trago el nudo de dolor que se forma en mi garganta al recordar que hace cinco años estaba subiendo las escaleras de ese túnel con mi hermana.

—¿Me traerás algún recuerdo del abismo? —bromeo con cierto hastío.

—Ya sabes lo que nos enseñan. Todo lo que pertenece…

—Todo lo que pertenece al abismo, en el abismo debe permanecer —termino el refrán por ella y sus labios se amplían, orgullosa de todo lo que me ha enseñado estos años.

Lo cierto es que Rawen ha dedicado su vida entera a formarse como cartógrafa y a través de ella he aprendido más sobre Khorvheim y el abismo de lo que nunca se nos reveló a los mhyskardianos. Que se haya graduado como la mejor cartógrafa de cuarto curso es lo que le ha otorgado el billete de ida al infierno. La vuelta no es segura, pues el último cartógrafo que descendió fue devorado por un Sacránimo en el segundo nivel de los seis que lo componen.

—Reza por mí —me pide al apartarse de mi lado.

—No te hará falta. Vivirás.

Rawen me dedica una breve sonrisa nerviosa mientras se descuelga la bolsa de cuero y hurga en el interior. Su melena rubia se enreda entre el asa de la bolsa y su brazo izquierdo. Ahora soy capaz de apreciar ese pequeño detalle como un riesgo letal. Podría recomendarle que se corte el cabello o que se lo trence antes de emprender su aventura a ese infierno, pero no lo hago porque sé que, tal y como le he dicho, no le hará falta. He dejado de mentirle para creerme la verdad que llevo planeando desde hace años. La ilusión le cruza la mirada cuando saca el diminuto saco que las Seerhas le dieron un rato atrás. Se cuelga la bolsa y me lo tiende.

—Feliz veintiún años, Lhyss —canturrea contenta. Una mezcla de recuerdos perturbadores me corta la respiración. Enseguida finge sentirse ofendida al ver que no reacciono—. ¿En serio pensabas que me había olvidado?

—No, es solo que…

Es solo que mi cumpleaños me recuerda al día en que vi cómo asesinaban a mi hermana y luego la devoraba brutalmente una bestia. Desde esta mañana me he esforzado en ignorarlo. Ni siquiera padre se atrevió a felicitarme en cuanto atravesé la puerta de mi dormitorio y me senté a la mesa para desayunar juntos. Hace tiempo me dijo que el día en que Orna murió perdió a sus dos hijas, porque yo no volví a ser la misma. No se lo rebatí, pues era y sigue siendo cierto. Dejé de vivir para mí misma. La razón por la que mi corazón aún late es la venganza que le debo a Orna. El odio hacia Khorvheim me ha mantenido más viva que nunca.

—Es por tu cumpleaños —repite Rawen bajando la vista. Esa última palabra me enciende la sangre—. Y también es para que me recuerdes por si me ocurre algo ahí abajo.

Las entrañas me rugen furiosas. Cojo entre mis manos el saquito, tiro cuidadosamente de los hilos para abrirlo y compruebo qué hay en el interior. Parece una pulsera trenzada con finos cordones de cuero, hilos negros por las hierbas que crecen en Khorvheim y algunos otros de color escarlata entre medias que lanzan pequeños destellos. Alzo el accesorio entre nosotras, enarco las cejas. No entiendo qué es, pero tengo tan pocas ganas de hablar con ella que intento colocármelo en la muñeca.

Rawen resopla.

—Es una gargantilla, torpe.

—¿Una gargantilla? —murmuro.

—Sí, ven aquí.

Me lo arrebata de las manos, se coloca detrás de mí y me recoge el cabello castaño oscuro pasándomelo por el hombro. La gargantilla se afianza a mi cuello. No puedo evitar recordar los ojos dorados de la vieja bruja tras recitar sus palabras: «El destino siempre viste de hilos mágicos». Después de todo, el mensaje iba dirigido a mí, pues estoy segura de que Thramtid sabía que esta gargantilla sería mi regalo de cumpleaños. Si pudo ver algo más en mis ojos, aparte de la sed de sangre que me corroe, no debió ser nada bueno. A diferencia de las guerreras, que luchamos por prevenir catástrofes que aún desconocemos, las brujas permiten que el destino suceda. No intervienen aun conociéndolo.

Le doy un último abrazo a Rawen y ella suspira.

—No te pasará nada, te lo prometo —le digo tan bajito que apenas se percibe el timbre de mi voz, y lo digo en serio—. No morirás en el abismo.

—Eres la mejor amiga del reino.

—Ten cuidado mañana. Nadie puede verte cerca de la muralla, Rawen.

Nos despedimos sacudiendo la mano desde la distancia, cada vez mayor entre nosotras, hasta que aprovecha el despiste de los guardias, que comprueban el permiso de un comerciante, para introducirse en uno de los barriles del carromato de su padre. Su vestido celeste desaparece de mi vista y los guerreros de la muralla provocan un imponente estruendo al sellar el portón tras la despedida de los últimos comerciantes. Me froto los párpados, inquieta. Cojo una bocanada de aire que sabe a verano, a noche y a flores, a esas junto a las que habrán crecido las hierbas que me rodean el cuello.

Ha llegado el momento.

Mi atención se posa en la cumbre de la muralla. El Cuerpo de Guerreros está presente, el de Sanadores también. Ahí está mi lugar. Con un paso por delante de otro me planto frente al portón. Uno de los amigos de confianza de mi padre, un guerrero experimentado que estuvo en la batalla contra el Cantapenas hace cinco años y que custodia la entrada a Mhyskard, me guiña un ojo e inclina la cabeza a un lado indicándome el recoveco en la muralla donde ha mantenido a salvo mi equipamiento durante todo el día. Le sonrío en respuesta, luego me cuelgo al hombro la mochila. Entro rápida al túnel que conduce a las escaleras del lado oeste. Ato el corsé de cuero a mi cintura y el cinturón a mi cadera. En ambos tengo dagas enfundadas y la espada que me forjaron para la graduación de mañana como guerrera.

Porque sí, he sido capaz de cumplir alguna de las promesas que le repetía a Orna. Hace un mes que aprobé en la formación, que padre aceptó a regañadientes que yo entrase al Cuerpo de las Murallas como guerrera tras la graduación. Aunque se lo he mantenido en secreto a Rawen por razones que tampoco le he contado a nadie.

Avanzo escalón a escalón, empujo la puerta con el hombro y salgo al exterior. El viento nocturno me azota las mejillas. Se me revuelve la melena larga y castaña, que ha oscurecido con el tiempo y dista mucho del castaño claro que pensé que había heredado de mi padre, la persona que ahora me espera con una sonrisa triste entre las almenas. Sus nudillos, blancos por la fuerza con la que aprieta la empuñadura de su espada, me revelan que está tan aterrado como ansioso por que aparezca una bestia de nuevo. A él también le gustaría vengar la muerte de mi hermana aunque nunca lo haya dicho en voz alta.

—General —me burlo de él haciendo un saludo militar. Enarca las cejas sin perder su postura autoritaria y los ojos ámbar le resplandecen en la oscuridad de esta noche. Entonces, pone su dura mano en mi hombro y tira de mí.

Me estrecha con un cariño que me sobrecoge.

—Feliz cumpleaños. Mañana serás una guerrera, estoy orgulloso de ti. —Nos alejamos unos centímetros. Las líneas de expresión le forman surcos a cada lado de los labios y sus ojos se arrugan al sonreírme con ternura—. Pensé que no vendrías.

—¿Qué sentido tendría eso?

—Es la primera noche que pisas la muralla.

«Ojalá lo fuera».

—Y sé que esta noche es muy dura para ti desde…

—De acuerdo, ya está —lo interrumpo palmeándole los hombros—. Estoy aquí contigo, eso es lo importante. ¿Cómo estás tú?

Su mirada se vuelve ausente enseguida. La desvía hacia el horizonte repleto de lucecitas difusas de Khorvheim, más allá del vasto abismo, de los bosques y de los extensos valles que lo separan de la ciudadela. La nuez de su garganta se mueve cuando traga, procurando aclararse la voz sin que yo me percate de lo duro que es este día para él también.

—Estoy aquí contigo… Eso es lo importante —murmura, modulando el tono como si la ira no le quebrase cada palabra.

Nadie en estos reinos ha visto jamás la debilidad del General Harold aparte de mí. Ni siquiera Orna. Quizá mi madre sí lo hiciera. En cuanto consigue aclararse la garganta, su espalda se endereza adquiriendo la famosa postura severa del General de las Murallas.

—¿Estás segura de hacer el juramento mañana, Lhyss?

Ver el honor coloreado de ámbar en sus ojos es verla a ella por un instante. Lo observo en silencio, decidiendo las siguientes palabras que recitaré porque si hay una persona en estos reinos a la que me duele mentirle es a él.

—Hice el juramento conmigo misma hace mucho tiempo.

Padre asiente despacio y aparta la vista del horizonte.

—Rhyza Tallynx se ha rendido. —El corazón me da un vuelco. Oír el nombre del Rey de Mhyskard en sus labios acapara mi atención de inmediato. Él escupe un suspiro que sabe a pesadumbre—. No cree que pueda tener descendencia a su edad aunque encuentre a una nueva esposa, y está pensando en nombrar herederos al trono según la línea de sucesión.

—¿Cuándo…?

—Hace horas. Está enfermo, Lhyss.

—¿Acaso te sorprende que lo esté? —Me río, mordaz—. Siempre ha sido el rey más débil de todos los que ha tenido Mhyskard. Débil y condescendiente.

—Tú eres preciosa y fuerte, tendrías una vida más fácil si…

—Mírame. Pero mírame de verdad, lo que soy por dentro —lo interrumpo, molesta. Sus ojos recaen en mí cansados—. Estoy tan poco hecha para ese estilo de vida como tú. Tomaste una decisión y sé que lo hiciste por si este momento llegaba. Ambos sabemos a qué me refiero.

—Lo único que veo cuando te miro, Lhyss, es a tu madre.

La melancolía en las palabras de mi padre al hablar de mi madre por primera vez me paraliza. Mi visión se enturbia. Parpadeo varias veces, olvidándome de todo lo que me rodea, excepto de la voz que me habla sobre una mujer de la que nunca me permitieron saber nada.

—Cuando eras pequeña, me pedías por tu cumpleaños que te contase algo sobre ella. Año tras año, me negaba. —Sonríe y me observa de soslayo—. Tu madre era la persona más obstinada y feroz que he conocido jamás. Un lago en calma con su familia, un incendio letal si alguien osaba tocar a los suyos. La primera vez que la vi, de espaldas con su cabello oscuro alborotado, no tenía ni idea de que al darse la vuelta sus ojos oliva me arrancarían de cuajo las pocas neuronas que conservaba.

El tono de su voz decae conforme suelta la información que parece haber guardado durante todos estos años por razones mayores que desconozco.

—También era vengativa. Demasiado —masculla entre risas, y a mí el corazón se me acelera, como si estuviese enamorándome de la viva imagen que he deseado tener de ella toda mi vida—. Una joven a la que yo le interesaba me propuso acompañarla al establo de sus padres al terminar la jornada, ya sabes para qué. ¿Puedes imaginar qué hizo tu madre?

—Prenderle fuego al establo —pienso en alto, imaginando qué haría yo.

—¡Exacto! —Mi padre se carcajea con tanto ímpetu que me roba una gran sonrisa.

—¿Puedo saber su nombre?

—Eso no, Lhyss. No hablaré más de ella por hoy. —Carraspea, incómodo—. Centrémonos, la noche de las plegarias está a punto de comenzar.

No hago más preguntas, me limito a asentir y doy un pequeño paseo mientras clavo mi atención al este del abismo. Hay un antiguo castillo dominado por torres altas y puntiagudas en el que antes solo residían los aprendices de magia de Khorvheim, los futuros soldados de su reino. Según Rawen, tiempo después lo reformaron y se convirtió en la Escuela de Cuervos, aquellos que se instruyen como futuros exploradores del abismo, que sobreviven a pruebas de todo tipo hasta que deben decantarse por alguna de las distintas secciones, ya sea la magia, la biología, la geología o la cartografía.

A los pocos minutos, los faroles nacen de los hogares mhyskardianos. Flotan en el aire hasta elevarse e iluminar el manto oscuro que se cierne sobre nosotros. Regreso al lado de padre y pienso en mañana, en mis planes. El corazón me bombea despacio. Quizá no sea la forma en que Orna haría las cosas, pero estoy tranquila. Sin embargo, de repente varias gotas nos repiquetean en la frente. Abro los ojos, completamente consternada, solo para comprobar que mi padre está tan asombrado por este hecho como yo. Por primera vez en la historia que conocemos, llueve durante la noche de las plegarias. Habrá gente que mañana cante en las calles sus propias teorías, que cuente que esto significa que Mhys está llorando porque no es capaz de cumplir nuestros deseos. O puede que cuenten que la lluvia es la forma en que Mhys nos responde que el deseo está cerca de cumplirse. La emoción se arremolina en mi pecho.

La lluvia se transforma en un torrente que pronto me empapa la ropa y la melena. Levanto la vista al cielo, luchando por mantener los ojos abiertos. Entonces, hablo sin pensar y las palabras fluyen como el agua helada por mi cuerpo entero:

—Los dioses saben que un día serán destruidos.

Hoy cumplo veintiún años. Se suponía que, tras cinco años de entrenamiento para ser guerrera, mañana debía asistir a mi graduación. Hacer mi juramento, recoger el Cuerno del Abismo tallado con mi nombre. Nadie sabe que no tengo intención de vestir de guerrera.

Porque vestiré piel de Cuervo.

Información adicional

Extracto de Leyendas del año cero de Mhyskard

Según la mitología mhyskardiana, tras una catástrofe que condujo a la humanidad al borde de la extinción, los únicos supervivientes, Mhys y Kard, se establecieron en una isla aparentemente deshabitada con el propósito de preservar la especie humana. Esta isla fue nombrada en honor a los salvadores como Mhyskard, quienes más tarde fueron acogidos en el cielo como dioses por su gran hazaña.

De acuerdo con fuentes de origen desconocido, a lo largo de los años, Mhys adquirió la reputación de ser una mujer despiadada que no dudaba en desterrar de la comunidad a las nuevas amantes de Kard, mientras que este último, de corazón cálido y benevolente, optaba por perdonar cada uno de los actos desafortunados de ella.

Se desconoce su origen, de qué reino procedían o el avance de la humanidad antes de la catástrofe. Esta información permanece en la oscuridad de la historia. No obstante, han perdurado expresiones y peculiaridades lingüísticas de su era, así como vestimentas confeccionadas de un material extraño notablemente resistente a todo tipo de abrasiones.

Además, se conservan anotaciones escritas por los propios Mhys y Kard acerca de objetos que contenían inmensurables cantidades de información y permitían la comunicación a larga distancia. En estos escritos se hace referencia a «poderes sobrenaturales» que hoy en día se cree que eran las palabras con las que los humanos de su era se referían a la «magia».

4

Piel de Cuervo

Me despierto con el único recuerdo claro que tengo de los días posteriores al asesinato de mi hermana: el día en que el Rey Kreus Khorvus se presentó en Mhyskard para ofrecer su más «sincera» disculpa. Traía consigo un anillo con esa piedra verde. La sangre me ebulló en menos segundos de los que habría tardado en lanzarme a él para quitarle la vida. Sin embargo, elegí mantener la compostura entre el resto de las personas que observaban aquella escena en Palacio.

Me erguí como si quisiese enterrar los pies en el suelo y eso pudiera ayudarme a conservar la cordura. Como si mis ojos se estuviesen incendiando del propio infierno o mis manos fuesen capaces de recordar el espesor de la sangre de Orna. No sabíamos nada de la piedra que portaban los Khorvus desde tiempos ancestrales, porque en realidad apenas sabíamos de ellos, pero padre se atrevió a preguntarle en mi lugar, solo por el hecho de que no abrí mi boca en días más que para suplicarle que hiciese aquello. Necesitaba conocer la identidad del asesino de Orna para convertirme en su verdugo.

Kreus abrió los ojos, sorprendido. Luego, los entornó de forma peligrosa y todo su rostro se arrugó al sonreír de la forma más espeluznante que jamás había visto. «No está en venta, si es lo que le interesa. Solo hay tres en el mundo y pertenecen a la realeza de Khorvheim», zanjó con una voz ronca y abrasiva.

Es de madrugada. Hace apenas unas horas que acabó la noche de las plegarias y que pudimos volver a nuestros hogares para descansar un poco antes de la siguiente jornada. Yo solo he dormido los míseros minutos que me ha fallado la mente y se me han cerrado los ojos sobre los libros que no he dejado de estudiar desde que he llegado. Son los mismos en los que he ido anotando casi de forma obsesiva todo lo que me contaba Rawen acerca del abismo, de Khorvheim y de la Escuela de Cuervos durante estos años. Me río mientras me desperezo. Es absurdo, incluso tengo un plano dibujado a lápiz de ese dichoso castillo porque ella ha vivido ahí cuatro cursos y se lo conoce al detalle. Apilo los libros para guardarlos en las cajas que hay en la balda inferior de mi estantería, junto al tocador que padre me regaló en mi decimoquinto cumpleaños creyendo que yo aspiraría a ser una chica de vestidos y sueños románticos. Nunca lo he usado.

Busco la libreta que sí llevaré conmigo, un pequeño cuaderno de piel que les compré a las brujas a cambio de la irracional cantidad de comida que sobra en casa porque las doncellas se empeñan en cocinar a todas horas, a pesar de que padre pasa muchas horas en la muralla y yo en las montañas o entrenando en la formación. Lo encuentro, maldigo haber manchado de saliva una página al dormirme y lo abrazo contra mi pecho. Será una de mis armas más poderosas, lo que me ayudará a fingir ser alguien que no soy y a conocer un territorio que no es el mío. Lo meto en la mochila de cuero junto a las dagas antes de empezar a ordenar el dormitorio.

Después, delante del espejo me deshago del camisón y los pantalones de dormir, enfundo las piernas en un pantalón de cuero marrón oscuro, me abrocho la camisa blanca y me ajusto el corsé a la cintura. Decido portar la gargantilla de Rawen hasta el final como prueba de todo lo que he trabajado estos años por mi promesa de venganza. El rato en que me peino el cabello no le quito ojo a la carta que le he dejado escrita a mi padre sobre el escritorio. Por último, me cubro con una capa oscura hasta las rodillas.

No espero que él comprenda lo que voy a hacer.

Observo mi reflejo. Tengo el cabello oscuro recogido en una trenza sobre mi hombro. Me recuerda tanto a Orna y me parezco tan poco a ella que me duele haber elegido este peinado en su honor. Mis labios ligeramente carnosos, mi nariz recta y mis ojos verdes me habrían convertido en una buena candidata para el matrimonio en un mundo que ya no es el mío, que dejó de serlo hace cinco años, aunque tampoco es que soñase con casarme o con el amor más allá de darme algún revolcón en las montañas. Los jóvenes fibrosos de piel cálida de la tribu con los que me mezclaba a menudo eran los mejores candidatos para mis fantasías.

Sacudo la cabeza mientras trato de deshacerme de la estúpida sonrisa que me estira los labios. Me sorprende estar de tan buen humor. Compruebo que llevo lo importante y necesario en la mochila. Luego, me la engancho a los hombros preparada para atravesar el pasillo de puntillas con las botas en las manos. Nuestra casa es grande, tiene varias habitaciones cogiendo polvo porque nadie las utiliza y también muchos pasillos, de modo que me las ingenio para salir indemne.

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