Contra la corriente

Rocío Montes Rojas

Fragmento

 ¿Quién eres, Evelyn?

¿Quién eres, Evelyn?

Es el 6 de diciembre de 2024. Evelyn Matthei —setenta y un años, licenciada en Ciencias Económicas de la Pontificia Universidad Católica, pero sobre todo una política de derecha— luego de dos periodos deja la alcaldía de Providencia, un municipio acomodado de la zona oriente de Santiago de Chile, el nuevo corazón de la capital tras el estallido social de 2019, con 144 mil habitantes, 2,2 millones de población flotante y unas 60 mil mascotas. Es una mañana luminosa, pero fresca y con algo de viento, común en la primavera santiaguina. Estamos en el frontis del Palacio Falabella, en la avenida Pedro de Valdivia, una construcción noble de la primera mitad del siglo XX, que lleva el nombre de sus primeros inquilinos, una familia italiana de comerciantes. De inspiración renacentista, el edificio de tres plantas pertenece a este municipio desde 1948 y, aunque imponente y elegante, tiene algo tenebroso: los funcionarios acostumbran a relatar historias de espíritus que se manifiestan y de muertes escabrosas en el pasado lejano, aunque nadie habla de este asunto todavía en la ceremonia de cambio de mando de Providencia, bastante solemne. Tampoco de una anécdota histórica surrealista: en la torre de la edificación, alguna vez estuvo el escritorio de Augusto Pinochet, el dictador, comprado por un fiel admirador suyo, Cristián Labbé, un coronel en retiro que fue alcalde de esta comuna entre 1996 y 2012. El mueble fue dado de baja en la administración siguiente, de Josefa Errázuriz.

Esta mañana, con unos quinientos invitados que cantarán emocionados el himno nacional —los chilenos suelen entonar su himno con mucho sentimiento, y no solo en el fútbol—, Matthei deja el cargo y, simbólica, aunque no formalmente todavía, comienza su carrera de prácticamente doce meses de camino a La Moneda. No resulta evidente que esta vez lo logre, porque la derecha chilena padece de guerras intestinas y de un canibalismo que empuja al sector al fracaso, aunque las fuerzas populares se encuentren en serios problemas, como reconocen en privado las propias fuerzas populares. «La derecha no sabe competir entre sí, y cuando compite se mata», dijo hace muchos años el político chileno Andrés Allamand. Fue el líder de la derecha renovada, el grupo al que Matthei perteneció en sus inicios, pero ambos están distanciados sin retorno por hechos que narraremos en este perfil.

A las pretensiones de Matthei de llegar a La Moneda no ayuda lo inesperada que se ha vuelto la política: a mediados de 2021, pocos hubieran apostado a que el que ganaría las presidenciales de fines de ese año sería el diputado de izquierda Gabriel Boric, del Frente Amplio, que apenas alcanzaba la edad mínima fijada por la Constitución para postular al primer cargo de la Nación: treinta y cinco años. En los sondeos de junio de 2021 —a un mes de las primarias de la derecha y la izquierda del 18 de julio— la encuestadora Cadem, por ejemplo, mostraba que Joaquín Lavín y Daniel Jadue lideraban la carrera en la derecha y en la izquierda, respectivamente, aunque finalmente no estuvieron ni cerca de llegar a la papeleta. Pero si la política chilena esta vez no diera grandes sorpresas y la tendencia de los estudios de opinión se mantuviera, Matthei —una alcaldesa que se retira con una gestión reconocida a sus espaldas, el trabajo público que más le ha gustado, según manifiesta— tiene opciones de recuperar el Gobierno, quitarle el poder a la izquierda y suceder a Boric de la mano de la derecha tradicional agrupada en la coalición Chile Vamos. Matthei ya lo sabe este 6 de diciembre de 2024: los tres partidos de la coalición —la UDI, RN y Evópoli— en los meses sucesivos la proclamarán ordenadamente como su presidenciable.

Ahora tiene opciones reales, a diferencia de 2013, cuando prácticamente por accidente —«entró por la ventana», dicen algunos de su sector— se convirtió en candidata y perdió frente a la socialista Michelle Bachelet, quien era abiertamente la favorita y ya había sido presidenta. Ambas se conocen desde niñas por el trabajo de sus padres: eran generales de la Fuerza Aérea y muy amigos —conversaban de política, confiaban el uno en el otro y se visitaban en sus casas—, aunque el golpe de Estado de 1973 los encontró en veredas diferentes. En 2013, Matthei aceptó por lo que todo político se embarca en proyectos presidenciales, aun sabiendo que no tenía chance: porque todos sueñan con una candidatura a La Moneda, aunque lo nieguen.

En esta ocasión, Matthei tiene posibilidades, a diferencia de mucho antes, entre 1991 y 1992, cuando llevaba menos de cinco años de vida pública y la joven y popular diputada se imaginó en La Moneda y, para ello, se enfrentó al que había sido su jefe, empleador y amigo: Sebastián Piñera. Lo hizo apoyada por los sectores conservadores del que era su partido, Renovación Nacional (RN), en uno de los episodios políticos de mayor impacto que haya vivido la joven democracia en aquellos años. Se le conoció como Kiotazo o Piñeragate.

A un año de las elecciones presidenciales en Chile —se celebrarán el 16 de noviembre de 2025 y, de haber segunda vuelta, como suele suceder, el 14 de diciembre— Matthei, al menos en las encuestas, aparece como favorita para convertirse en la primera mujer de derecha en llegar a La Moneda en la historia de Chile. Sería, tras Bachelet, la segunda mujer en alcanzar la Presidencia. La banda presidencial está cerca, como nunca. Pero los peligros acechan, sobre todo a la derecha de Matthei, donde han surgido al menos dos grupos radicales.

Este viernes de diciembre se despide del hogar seguro que fue Providencia. En su discurso de seis páginas la alcaldesa saliente realiza una defensa del pragmatismo en la política respecto de la ideología. Recuerda que estuvo en el Poder Legislativo (fue diputada y senadora desde el retorno a la democracia en 1990 y hasta 2011) y en el Poder Ejecutivo (como ministra del Trabajo del Gobierno de Piñera entre 2011 y 2013), pero que la gestión municipal le ha dado una perspectiva que no tenía. El trabajo en el Parlamento y el Gobierno «es mucho más abstracto», asegura, y «los distintos grupos políticos intentan cuidar principios y valores, muchas veces con fiereza». Reconoce que desde esos cargos «a veces, se mezclan los principios y valores con conveniencias: qué nos posiciona mejor para la próxima elección» y una se pregunta —explica Matthei— si finalmente se está mejorando la calidad de vida de la gente o si, en realidad, «ha primado el interés de hacer un punto político y anotarse una pequeña victoria ideológica». En sus ocho años al mando de Providencia, en cambio, dice que aprendió que los problemas concretos necesitan «una solución concreta y ojalá rápida». Habla de la importancia de lo práctico, de testear, de la discusión ciudadana, de las modificaciones de los planes, de las adaptaciones de acuerdo a la realidad, del perfeccionamiento de los proyectos.

«Y entonces uno se replantea la cuestión ideológica. Porque la inmensa mayoría de los problemas no tienen ideología. Son problemas y hay gente afectada. Punto».

Punto.

Es una expresión que Matthei utiliza con frecuencia para dar por terminada una discusión que, a su juicio, no permite dobles lecturas: «Punto».

¿Es Evelyn Matthei hoy distinta a la política que todo Chile conoce hace décadas —un personaje de esos que siempre han estado para una buena parte de la población— y que no ha ocultado su fiereza y su ideología en el debate público? ¿Qué queda de la dirigente que en otros tiempos protagonizó disputas políticas sanguinarias, en tramas de espionaje telefónico, y que respaldó escandalosas acusaciones de droga en el Parlamento? ¿Dónde está su arrojo, que algunos creen que es más bien impulsividad y visceralidad? ¿O se trata de una estrategia cuidada y diseñada de sus tiempos de alcaldesa, a punta de jardinería, costura de vestidos, cocina y cuidado de mascotas, tres actividades que hoy suele compartir en sus redes sociales y que sus seguidores llenan de likes? ¿Quién es la mujer que hoy aspira a llegar a La Moneda? ¿Para qué quiere ser presidenta? ¿Hay proyecto?

Es una histórica de la derecha chilena, pero no pertenece al mundo tradicional puro y duro de su sector político. No siempre —vaya que no— ha tenido buena relación con las estructuras partidarias ni destaca por su cultura de militante. Tiene una mirada liberal en lo económico y respecto de las libertades individuales —aunque en esta campaña no apoya ampliar las condiciones para el aborto—, pese a que por hechos protagónicos de su biografía hoy milite en un partido doctrinario como la UDI. A los fanáticos, por ejemplo, no les gusta Matthei: durante todo el evento de este 6 de diciembre de 2024, el llamado Team Patriota —liderado por Francisco Muñoz, alias «Pancho Malo», un exintegrante de la barra brava de fútbol Garra Blanca con condena por homicidio en el 2000— gritará contra Matthei y el alcalde que la sucede, Jaime Bellolio, militante de la UDI de cuarenta y pocos años, rostro de la generación de recambio de la derecha tradicional, con la que la exalcaldesa se lleva especialmente bien. «¡Jaime, entiende, la patria no se vende!», gritan los extremistas. Los consideran parte de la «derechita cobarde» que no defiende los principios y valores del sector. Cuando Bellolio jura, el silencio se interrumpe con más gritos: «¡Bellolio, renuncia!». Los asistentes y el aludido se ríen por la petición algo a destiempo. Antes, por meses, el Team Patriota se instaló bajo el balcón de la alcaldesa Matthei para hostigarla. A Matthei —muy en su estilo— le gustaba provocarlos.

La política chilena se ha movido como un péndulo en los últimos veinte años. El último presidente que entregó la banda a un sucesor de su mismo signo político fue Ricardo Lagos, que en 2006 pasó el poder a Bachelet, que había sido su ministra de Salud y Defensa. Arrancaron diez años de socialdemocracia, los últimos consecutivos hasta ahora. La popularidad de la médico socialista, sin embargo, no fue suficiente y fue sucedida por Piñera, un dirigente de la derecha renovada —filo democratacristiano— que durante su vida combinó con audacia y astucia los negocios y la política y que en 2010 consiguió instalar a la derecha en el Gobierno por primera vez desde la dictadura militar (1973-1990). Pero Piñera, tras un mandato centrado en la gestión, tampoco logró sucesión en su mismo sector y Bachelet regresó a la Presidencia. El complejo mandato de la socialista —con un mayor sello de izquierda que el primero y con reformas polémicas, como la tributaria y la educacional— abrió luego las puertas al retorno del empresario, que debió enfrentar en octubre de 2019 revueltas violentas no vistas en el pasado reciente de Chile en demanda por mejores bienes básicos y, por si esto fuera poco, la pandemia, que administró con éxito a diferencia del estallido social. Fueron dieciséis años de Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera, en una demostración de la falta de recambio generacional de la política. Lo sucedió un joven Boric, de la nueva izquierda chilena, en un mandato marcado por el categórico fracaso en 2022 de una propuesta de nueva Constitución que su administración defendía, lo que lo obligó a moderarse desde su primer año en el poder. A inyectar más socialdemocracia que izquierda.

El desempeño económico de Chile no ha ayudado, tampoco la inseguridad, y la opinión pública ha girado: si en 2019 la ciudadanía apoyaba las protestas y las múltiples demandas sociales que se reclamaban en las calles —un cambio de modelo, leyeron equivocadamente algunos—, los chilenos actualmente buscan orden: atajar la delincuencia y crecer. «La mujer que liderará la contrarrevolución chilena», tituló Te Economist en un reportaje sobre Matthei. «Los chilenos ensayaron la utopía juvenil. Ahora anhelan madurez y moderación», continuó el semanario inglés en un texto publicado en septiembre de 2024. El péndulo chileno —si se mantiene la tendencia— podría abrir las puertas de La Moneda nuevamente a una de las derechas, quizá de la mano de una mujer a la que sus amigos llaman la «Gringa», como se le dice en Chile (sobre todo en el sur) no solo a los estadounidenses, sino a todas las personas rubias. Si el péndulo se mantiene en el mismo sector —si Boric y la izquierda logran continuidad— sería francamente una sorpresa y un gran golpe para la oposición.

Las diferencias entre el pensamiento político y económico de la izquierda gobernante y el de Matthei son evidentes (ahondaremos en ello). Pero las distancias incluso quedan de manifiesto a primer golpe de vista. De Boric, por ejemplo, la separan treinta y tres años (Matthei nació en 1953, Boric en 1986). De hecho, podría ser su madre: el actual mandatario es menor que el mayor de los hijos de Matthei, nacido en 1982. La economista no tiene tatuajes (piensa que es doloroso hacérselos), un símbolo de juventud y rebeldía —casi una contraseña de reconocimiento tribal— que usa el presidente y muchos de los suyos. Incluso Carolina Tohá, que fue su ministra del Interior y candidata presidencial este 2025 —que no tiene la edad de los del Frente Amplio, sino sesenta—, fue convencida por sus hijos de grabarse una imagen en el antebrazo, aunque la muestra con cierta cautela.

Existen distancias de todo tipo, también de estilo. El presidente anuncia que se convertirá en padre por primera vez y lo hace por redes sociales con la imagen de una ecografía. Hace unos meses, en las Fiestas Patrias de septiembre de 2024, presentó a su pareja en los festejos oficiales: Paula Carrasco, química ambiental de profesión y jugadora de la selección chilena de básquetbol. Pero Matthei mantiene en reserva a su marido y a sus tres hijos adultos, a quienes difícilmente se les reconocería en la calle porque llevan una vida bastante anónima. Ella declara «soy privada», aunque a fines de los años ochenta y comienzos de los noventa —cuando debutó en política, con treinta y tantos años— no era raro verla en revistas de papel couché, ahora desaparecidas, posando con su esposo, con sus niños, con su guagua, jardineando, o bailando en la televisión (en la Teletón). Hoy por hoy —convencida por un grupo de asesores jóvenes— los usuarios de redes sociales conocemos su cocina, la sala donde acostumbra a coser, su jardín, su perra Pixie y, claro, el piano. Pero no a sus hijos: los dos mayores, hombres, ingenieros, viven fuera de Chile y la menor, psicóloga, en la playa.

Este 6 de diciembre de 2024, cuando deja la alcaldía de Providencia, la acompaña solo su esposo, con quien se casó en 1979 —Jorge Desormeaux, un respetado economista y académico que llegó a la vicepresidencia del Banco Central, cuyo rostro conoce la élite, pero no el grueso de la ciudadanía—, y su hermano mayor, Fernando, casado con la reconocida astrónoma Mónica Rubio. En la campaña presidencial de 2013, Desormeaux y su hermano Fernando la ayudaron desde diferentes frentes. Mucho antes, su esposo apareció en momentos clave de la vida política de Matthei, aunque en esta carrera 2025 no ha tenido un papel visible.

La «Rucia»también le dicen así sus amigos— jamás usaría piercings y sus vestimentas son tradicionales. De corto cabello rubio —una mezcla entre Lady Di y Angela Merkel, a la que admira— este viernes de diciembre luce un traje de dos piezas de chaqueta naranja, pantalón azul y blusa a juego con los zapatos: color beige suave. En el cuello cadenas discretas color plata con dos pequeñas cruces, aunque no se le ha conocido nunca por su excesiva religiosidad (alguna vez hubo un debate importante, que contaremos, sobre si Matthei era luterana o católica). Uñas cortas sin pintar. Junto al reloj Rolex en la mano izquierda, una pulsera roja que protege contra los males y la energía negativa, muy populares en Chile: se la han regalado para la protección. Una política que en cuarenta años ha intentado moderar el carácter, al menos en público, porque en privado no esconde su naturaleza fuerte, como lo recuerdan quienes la vieron negociar como ministra con los trabajadores portuarios. Pero la visceralidad está guardada en un cajón cuya profundidad desconocemos: cuando en el cambio de mando en Providencia termina su discurso y los asistentes gritan «¡se siente, se siente, Evelyn presidente!», contesta con agradecimiento haciendo un gesto de corazón con las manos y riendo con dulzura. Se muestra como una Matthei popular, cariñosa incluso, que intenta dejar en el pasado a la parlamentaria explosiva. Todo lo que no se verá lo observaremos luego a través de Instagram: la forma en que desocupa su oficina en la alcaldía —guarda sus fotografías, cuadros y recuerdos varios en una caja de cartón, objetos que instala en el escritorio de su casa—. Y... se pone zapatillas. Son zapatillas blancas que dicen «Evelyn» en rojo. La carrera comienza y tiene grandes obstáculos en el camino, que ciertamente no está despejado.

La derecha en Chile no es una sola, sino al menos tres, y todas ocupan sus respectivas pistas.

Pero también la persiguen por la izquierda.

La política del meme

Evelyn corre desde niña. Ella misma ha contado que como era «terrible» —«orgullosa, dura, difícil, peleadora, contestadora»—, sus padres la inscribieron en todas las actividades posibles para mantenerla ocupada, desde el piano al atletismo. Y a las 8.22 de la mañana del miércoles 7 de noviembre de 2019, Matthei corrió.

Son los peores momentos del estallido social chileno —que explotó el 18 de octubre de 2019— y por primera vez la violencia llega a la comuna que ella lidera. «Estamos viendo un nivel de violencia y destrucción nunca antes visto. Decenas de comerciantes de Providencia han resultado con sus locales dañados y saqueados. ¡Nada justifica este nivel de violencia!», escribe Matthei en sus redes. En la esquina de avenida Providencia y Pedro de Valdivia, sin semáforos, hay un gran caos vial a la hora punta de esta mañana de primavera. La alcaldesa, de jersey color crema, blue jeans y zapatillas blancas, en aquellos impulsos medio inexplicables —¿pasión, arrojo, irreflexibilidad, locura? ¿Todas las anteriores?—, dirige el tránsito.

A pocos metros, un reportero del canal de televisión Mega graba los destrozos en las oficinas de la AFP Habitat (una de las empresas privadas encargadas de administrar los fondos previsionales chilenos, objeto de la rabia de aquellos días y de los que vinieron). «Chao Chicago Boys, putos», dice un rayado en la muralla, en alusión a los economistas educados en Chicago que implantaron en Chile el modelo de Milton Friedman en dictadura. El periodista (¡bingo!) encuentra a la alcaldesa en medio de la calle. La imagen de Matthei entre los autos comienza a transmitirse en directo para el matinal, un programa con altísima audiencia. Preguntas ante el micrófono que la alcaldesa se niega a contestar. Se planta frente a los coches para que no avancen. Nuevamente: ¿pasión, arrojo, irreflexibilidad, locura? ¿Todas? Bocinazos, desorden. Un conductor le regala un chaleco amarillo, reflectante, de moda en aquellos días porque lo utilizaban quienes defendían sus propiedades en contra de los insurrectos, como había sucedido un año antes en las revueltas de París. Matthei se lo pone y ordena a sus colaboradores de la municipalidad —su jefa de gabinete, entre ellos— instalarse en otras esquinas para ayudarle. Un joven transeúnte la encara: «Puro circo». Ella lo oye y se instala cara a cara, a muy poca distancia. El muchacho le sostiene la vista, también desafiante. Podría darle un golpe en vivo y en directo, de querer. Según él, lo de la alcaldesa se trata de un show comunicacional, porque apenas ha aparecido hace cinco minutos. A esas alturas ya no se distingue si la acción de Matthei ayuda o no a ordenar el tráfico vehicular. Llegan más periodistas, todos de la tele. Ella se ha transformado en el foco de atención.

—¿Por qué decidió venir usted a controlar el tránsito? —le pregunta una reportera del programa de la mañana de la televisión pública.

—¿Usted cree que yo vine a eso? Yo vine temprano a recorrer todo el desastre. Y me encontré con que la gente no podía llegar a sus trabajos —responde la alcaldesa visiblemente enojada.

Más enojada todavía cuando otro reportero, esta vez del matinal de Chilevisión, le recuerda que minutos antes el muchacho la había increpado.

—Usted lo que quiere demostrar es que una persona me encaró. ¿Y no vio todos los cientos que me aplaudieron? ¡Usted siempre lo negativo! —contesta, ya hirviendo.

La escena se vuelve confusa. Matthei camina hacia un lado y hacia otro y relata: «Vine a recorrer a pie Providencia, a ver el desastre que había quedado y me quedo acá. Parece como que hubiera habido un ataque grave. Es terrible el daño, terrible. Lo que me tiene preocupada es que en el recorrido mucha gente me dijo: “Tenemos que empezar a armarnos nosotros”. Eso es lo que está pasando, que está comenzando una reacción ciudadana».

Y directamente se indigna cuando el periodista de Chilevisión le pregunta si piensa que armarse es una solución: carga contra la estación televisiva y los que eran sus socios, CNN: «Me tienen harta».

A esas alturas su jefa de gabinete, Patricia Espinosa, a la que le dicen «Kuki», ya se ha comunicado con los verdaderos encargados del tránsito en la comuna para que lleguen a ordenar ellos el caos vial. Matthei camina, «ruega» que la dejen ir a trabajar, los reporteros la siguen y le preguntan por el trato de la prensa y si piensa que los militares deben tomar el control de las calles. Ella camina, apura el paso, opta por el silencio, por ignorarlos, está acompañada de su asesora y de algunos guardias de seguridad municipales, pero los periodistas no se detienen con las consultas y la alcaldesa, de repente... corre en dirección al Palacio Falabella, su oficina, que está a exactas siete cuadras de distancia. La siguen con las cámaras, con cierto esfuerzo, porque Matthei corre rápido y en un momento incluso aumenta la velocidad. «¿Ustedes no han entendido que no quiero hablar más? Lo que ustedes hacen es un acoso que no tiene nombre», acusa en una pausa, siempre con su chaleco amarillo reflectante que el conductor anónimo la ha empujado a usar. Han sido trece minutos surrealistas que acaban cuando la alcaldesa se acerca a la avenida y le pide a un conductor cualquiera que la lleve a la municipalidad y el hombre acepta.

«Macondo... así me siento», confiesa luego el reportero de Mega ante la cámara.

En su oficina, sus asesores le reprochan a la alcaldesa lo que hizo en vivo y en directo para todo el país:

—¿Cómo hizo eso?

—Me tenían choreada —responde, todavía muy molesta.

Es tal el revuelo que el jefe de comunicaciones de su equipo, que está fuera de Chile, comienza a recibir decenas y decenas de WhatsApp. «Hubo un terremoto», llega a pensar.

Desde entonces, a Matthei le han recordado mil veces que en aquel noviembre de 2019 se transformó en Forrest Gump. Ella lo ha explicado:

«Tenía ganas de matarlos [a los periodistas]. No aguantaba más. La noche anterior había habido una protesta muy dura. Nos habían destrozado locales, algunos los habían incendiado. Nos habían roto todos nuestros semáforos. En fin. El daño había sido muy grande. Entonces, por la noche, llamé a mi jefa de gabinete, y le dije: “¿Sabes qué más? Vamos mañana temprano a ver la cagada que quedó”, tal cual. Y por eso andaba con blue jeans y zapatillas, porque había mucho escombro, mucho destrozo. Llegamos muy temprano, como a las siete de la mañana. Nos bajamos del auto. Fuimos caminando. Hablamos con kiosqueros que estaban limpiando, porque les habían saqueado. Habían hecho pebre la iglesia ortodoxa. Y llegamos a Nueva Providencia con Pedro de Valdivia y estaba la escoba. No habían semáforos, se los habían echado, y los autos no podían pasar, había un nudo. Bocinazos. Les miraba en la cara la tensión: desesperanza, rabia, miedo, necesidad de llegar al trabajo. Era un momento de una carga emocional brutal. Yo, como soy práctica, pedí que llamaran a los fiscalizadores para que se hicieran cargo de esta esquina. Y empecé a dirigir el tránsito. En veinte segundos teníamos desarmado el nudo. Y en eso llega la prensa y me empiezo a dar cuenta que creyeron que era show, que había llevado

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