1.
Era Ana Blanco una mujer hermosa y delicada. Su piel respondía a su apellido y su cabello rojo y abundante se veía aún más rojo y abundante cuando lo llevaba suelto porque se inflaba en una borla espesa que no le tocaba los hombros. Los dedos de sus manos eran delgados y finos como escurrimientos de miel, y, aunque era ligera como la vara de las flores de ajo, se podía advertir una extraña fortaleza en su gesto.
Ana Blanco era, sin embargo, una mujer complicada. Padecía desde niña espasmos que la sustraían, que la dejaban muda y viendo un punto indefinido, con los ojos abiertos y la mandíbula caída. Había que estrujarla por los hombros y obligarla a cerrar los párpados como se hace con los muertos, si es que se deseaba volverla en sí, aunque el más viejo en la casa de los Blanco había recomendado no despertarla de golpe y, por el contrario, permitirle soñar, o meditar, o cualquier cosa que hiciera mientras se quedaba suspendida. Y sólo la interrumpían cuando era muy necesario: si el espasmo le daba caminando por la calle o por el mercado, o si había visitas importantes en casa, o si la sorprendía la tarde a la intemperie con un frío de los que hacen perder el oído y el tiempo.
Su belleza y aquella particularidad daban a Ana Blanco un aire de santa que no gustaba a su familia y mucho menos a los habitantes del puerto, que en su mayoría eran griegos, macedonios y otomanos; católicos adoradores de Demetrio de Tesalónica, musulmanes, judíos e impíos. Cualquiera podría decir que Ana Blanco era una santa nacida en el lugar equivocado, en la ciudad equivocada, en la familia equivocada, con apellido equivocado y en un año equivocado. El abuelo Blanco era quien lo decía así, en tono de broma, aunque de inmediato acotaba: “Pero no hay en Selanik una niña más hermosa que mi Ana. Ella es la verdadera novia del golfo Termaico. Todos los ríos llegan aquí a visitarla: Aliakmón, Galikós y Axios”.
Paradójicamente, Ana Blanco era de una salud física estable. La alcanzaban en ocasiones las enfermedades de temporada y, desde su vida adolescente, las afecciones propias de una mujer. Comía bien y dormía las horas que le correspondían; rendía en el trabajo y daba más cuando era necesario, y casi siempre era necesario porque el hilado y la confección, empresa de la familia, eran realmente extenuantes a causa de su buena fama. Piezas salidas de la casa de los Blanco llegaron a todo el Imperio otomano en esos años, de Esmirna a El Cairo, y su hilo fresco fue enviado a clientes exquisitos que estaban dispuestos a pagar su precio en Jerusalén, Alejandría o Constantinopla.
Pero Ana Blanco vivía atormentada y no por aquellos espasmos, sino porque había nacido con el don de la adivinación.
Y a causa de ese don tan peculiar llevó la vida con angustia, contando los días para que una tragedia, una gran tragedia que se le había revelado en sueños y espasmos, alcanzara a los que la rodeaban.
Era Ana Blanco una mujer hermosa y delicada que sufría a causa de la gran tragedia que aguardaba en el porvenir.
2.
Ana Blanco pudo advertir, en los ojos de José Galante, la tragedia que aguardaba.
—¡No, no! —le gritó.
Él no quiso escucharla.
Fue la noche en que arrestaron a Sabbatai Zevi, conocido también como Shabtai Tzvi y Sabetha Seri, o, en hebreo, שַׁבְּתַאי צְבִי.
En medio de la multitud, a pesar de la advertencia, José Galante levantó la mano y lanzó una piedra que iba dirigida al rabino de la sinagoga de Har Gavoa pero dio en el rostro de Moses de Gaza, hombre regordete y de corta estatura, tan ciego como canario en el fondo de una mina.
Momentos antes, un tumulto compuesto casi en su mayoría por hombres se arremolinaba en torno a Sabbatai Zevi.
Era el año de 1666.
—¡Sálvate a ti mismo! —le gritaban unos.
—¡Rabí, Mesías, sálvate a ti mismo! —repetían otros.
Sabbatai Zevi decidió no resistirse al arresto aun cuando era sabido que disponía de los milagros como quien mete un cántaro a la noria.
Con Sabbatai Zevi estaba su mujer, Sarah Querido, una prostituta arrepentida que había recorrido parte de Europa en busca del Mesías porque así se lo dijo Dios en un sueño cuando tenía doce años: “El Mesías está por aparecer. Ve a él”.
Sarah Querido escapó del convento católico en el que había pasado parte de su infancia, y emprendió el viaje. “El Mesías está por aparecer. Ve a él”, le dijo Dios, y ella no tenía intención de negarse.
Las monjas católicas la habían recogido a los seis años después de que sus padres fueran asesinados durante una masacre cosaca de judíos y polacos en Chmielnicki. De entre las ruinas de su propio pueblo fue rescatada “para la gloria y honra de Jesús”, como decían las monjas. Pero no podía ser así. Sarah Querido se sabía judía y esperaba una oportunidad ventajosa para confirmárselo.
Los partidarios de Sabbatai Zevi, que no eran pocos y estaban regados por todo el mundo conocido, contarían a los interesados que, durante años, Sarah Querido entregó su cuerpo a los hombres por pan. Que vivió un tiempo en Ámsterdam y fue a distintas ciudades siguiendo el rastro de su Mesías.
También se dijo, en las tabernas y en lugares menos santos, que durante el coito con desconocidos Sarah Querido pronunciaba el nombre de quien había llegado al mundo para librarlo de la inmundicia.
“¡Sabbatai, Sabbatai!”, repetía ella durante el sexo, según se decía.
Para deshonrarla, algunos lo consideraban una blasfemia.
Sabbatai Zevi, nacido en Esmirna el primero de agosto de 1623, oyó hablar de Sarah Querido. Era entonces un joven rabino reconocido por su sabiduría; vivía en El Cairo, alimentado por mecenas, cuando le contaron de una prostituta polaca que “buscaba al Mesías” y lo llamaba por su nombre: “¡Sabbatai, Sabbatai!”.
Conmovido, Sabbatai Zevi pidió que la ubicaran y vieran los medios para traerla a su presencia. No fue difícil para la grey: la búsqueda dio fruto y el gozo fue grande.
Sarah Querido y Sabbatai Zevi se casaron en Jerusalén en 1664, justos dos años antes de aquella noche en que jenízaros otomanos los sacaron de su casa en Tesalónica —o Selanik, como la llamaban los judíos.
Fue esa misma noche en la que Ana Blanco pudo ver, en los ojos de José Galante, que una tragedia inenarrable se avecinaba.
—¡No, no! —gritó Ana Blanco a José Galante. Pero él no quiso escucharla.
Ana Blanco tenía en esas fechas apenas edad casadera y no había conocido hombre. Y estaba allí, en la multitud, porque se vio atrapada, junto a su padre y a José Galante, en la breve rebelión contra las autoridades otomanas, que, azuzadas por los treinta rabinos de Salónica, acudieron a casa de Sabbatai Zevi para arrestarlo por apóstata y falso profeta.
Ana Blanco vio horrorizada cuando José Galante tomó la piedra. Fue allí donde todas las cosas cambiaron para ellos y sus familias.
Pero tan sólo unos meses después nadie recordaría estos eventos que cambiaron la historia.
José Galante erró el tiro y dio a Moses de Gaza, quien cayó sobre sus rodillas. Regordete y de corta estatura, tan ciego como canario en una cueva, besó el suelo, pero la multitud no lo vio porque tenía puesta la atención en Sabbatai Zevi y en Sarah Querido, su mujer, que justo en ese momento eran conducidos a empujones a las afueras de la ciudad amurallada.
Los hombres proferían amenazas y maldiciones a los rabinos que habían entregado a su Mesías; les lanzaban escupitajos y ellos traban de resguardarse entre los guardias otomanos.
Moses de Gaza quedó tendido sobre la tierra, herido de muerte y no por la piedra de José Galante, que ciertamente le dio plena en el rostro, sino porque la multitud caminó sobre él, provocándole estallamiento de vísceras.
Los soldados del Imperio otomano se llevaron a Sabbatai Zevi atado de manos y pies hacia el este, con rumbo de Constantinopla, seguido por la multitud. Moses de Gaza emitía quejidos apenas perceptibles.
Y detrás del carro jalado por bestias al que subieron a Sabbatai Zevi iba Sarah Querido, a paso veloz, gimiendo:
—Sabbatai, Sabbatai.
Alguien dijo que Sarah Querido exclamó “¡Sabbatai, Sabbatai!” cuando, al cruzar las murallas de Tesalónica, un soldado lastimó con una lanza las costillas del Mesías y de la herida no brotó sangre: brotó miel.
3.
El asesinato de Moses de Gaza no pasó inadvertido. Los rabinos abordaron el evento varias noches después del arresto de Sabbatai Zevi y llegaron a la conclusión de que era mejor no alimentar el malhumor social y el miedo entre los judíos de Salónica.
Algunos creyentes de Sabbatai Zevi negaron al nacido en Esmirna; sin embargo, eran más los que mantenían que era el Mesías. Por unos y por otros, razonaron los treinta rabinos, no era bueno traer a cuento el asesinato.
Acordaron, eso sí, que un grupo de ellos iría a la casa de José Galante para advertirle que bajo ninguna regla, de esta tierra o del cielo, podría ser exculpado por su crimen.
Y la advertencia fue tomada por la familia Galante con seriedad: se convenció de que era momento de dejar Salónica, donde sus antepasados habían llegado de España en 1499 —después de un breve y lastimoso tiempo en Portugal— atraídos por el Imperio otomano, que buscaba revigorizar ciudades opacadas y despobladas por las recientes y continuas invasiones, las guerras dinásticas y la peste que azotó los Balcanes.
Selanik había sido hogar de los Galante, refugio después de la expulsión de la península Ibérica. Allí se habían dedicado por más de 150 años a la confección y venta de telas y piezas terminadas, y se sentían en paz aun cuando los impuestos eran altos para los negocios judíos. Huir les traía enorme tristeza.
Sopesaron sus opciones. Los viejos en la familia Galante tenían noticias de que un grupo cada vez mayor de judíos había emigrado de España y Portugal hacia Cochin, India, y que se habían unido a una comunidad que entendía el ladino, la lengua de ellos y de casi todos los judíos en Salónica. Escucharon que en Cochin había hombres y mujeres que descendían directamente de Salomón, o eso decían; y estaban allí desde la segunda destrucción del Templo o antes.
Pero la familia Galante tuvo miedo porque con esas noticias venían otras que decían que los negros se habían mezclado con los judíos y que los paganos podían sentarse en la sinagoga y ser llamados a la Torá. También se decía que cualquiera en Cochin, incluso los esclavos, podían ser pasados por las aguas de la mikvé y ser recibidos como uno entre los otros.
Un rabino llegado de Polonia les dijo que aquellos judíos de India tenían cultos impuros, impíos y paganos, y que adoraban otras imágenes delante de Yahveh; dioses abominables con cabezas de animal y cuerpos de insecto.
Aunque Cochin parecía en principio una buena idea, una revisión un poco más razonada desechó la posibilidad. Ir hasta la India y encontrarse con una decepción no resultaba tan atractivo para individuos con recursos contados y la moral por los suelos.
Tendrían que buscar otra opción, se dijeron, porque la muerte de Moses de Gaza no había pasado desapercibida y sobre José Galante pesaba una amenaza. Y porque los rabinos habían emprendido una cacería silenciosa de los creyentes de Sabbatai Zevi.
Los Galante pensaron ir al noroeste, hacia Belgrado o a otras comunidades de los Balcanes; se supieron demasiado vulnerables porque justo allí había crecido, en los últimos años, uno de los movimientos más fuertes de apoyo a Sabbatai Zevi, que, por razones que no alcanzaban a comprender del todo, era perseguido o acosado o vigilado por el Imperio otomano.
Inseguros y con miedo, se habían unido a las redes clandestinas que crearon los judíos mesiánicos para comunicarse entre sí. La mayoría mantenían su creencia en Sabbatai Zevi y algunos lo expresaban con mayor firmeza, como José Galante, y de qué manera: lanzando una piedra con destino equivocado.
Aunque los Galante sentían la presión de irse cuanto antes de Salónica, otros habían decidido resistir en la ciudad en espera del regreso del rabí. Muchos apostaban a que Sabbatai Zevi sabría convencer a las autoridades otomanas del error de su encierro.
Las treinta congregaciones judías de Salónica, en ese 1666, ya habían perdido fieles durante los años de Sabbatai Zevi en la ciudad. El culto al Mesías atraía adeptos a diario y los rabinos vieron cómo los creyentes se extendían por el mundo conocido.
El celo los consumía cuando negociaron su arresto con las autoridades otomanas.
Y buscando su complicidad, les dijeron que la figura del sultán, autoridad administrativa y además divina en el Imperio otomano, era sustituida durante las oraciones por la del nacido en Esmirna.
De hecho, el mismo Moses de Gaza estuvo con los rabinos cuando decidieron recurrir al poder otomano para detener a Sabbatai Zevi.
Se sabía, pues, que irían por el Mesías. No faltó quién comentara, en una reunión clandestina, que otomanos y rabinos ya estaban organizando el arresto de todos los mesiánicos y el reparto de sus negocios y propiedades.
Y el temor fue todavía mayor cuando Rebeca Pariente, quien estaba enterada de los andares de unos y otros, advirtió sobre la posibilidad de un pogromo.
Los pogromos eran actos de rapiña programados que llevaban a cabo distintos pueblos en contra de las comunidades judías en la diáspora. Muchas veces, o siempre, además de la expoliación había violaciones y asesinatos. Esta violencia sistemática era difícil de evitar para un pueblo errante, sin ejército, siempre a merced de la buena voluntad de quienes los acogieran.
Por eso asustó tanto la advertencia de Rebeca Pariente.
—Una de estas noches saldrán al pueblo a quemar vivos a los seguidores del rabí y se quedarán con sus pertenencias —dijo.
Hubo expresiones de asombro y miedo, y varios pidieron el perdón adelantado de Yahveh, el Creador de todas las cosas.
Todo caía como bolsa de plomo sobre los Galante. Así se decidió no demorar la partida. Se acordó, mejor, definir un destino sobre los pasos.
Y siete días después del arresto de Sabbatai Zevi y de la muerte de Moses de Gaza, los Galante subieron sus pertenencias a carros jalados por bueyes y partieron de noche. Fueron en silencio por temor a ser vistos, denunciados o arrestados. Fueron en silencio y con gran dolor.
Confiaron a familiares la venta de maquinaria y propiedades. Sabían que el dinero mueve al mundo, pero la codicia lo pone de cabeza: no esperaban un retorno de todo aquello que abandonaban.
Antes de partir, en su camino hacia el norte de la ciudad hicieron una última parada en la casa de los Blanco, que no era un cortijo o vecindario dentro de una de las plasas que ocupaban los hijos de Israel y huérfanos de Sefarad, sino una casa discreta, de campo, fuera de la mancha urbana.
Al llegar notaron un movimiento inusual en la finca. La neblina de la mañana dominaba el campo.
José Galante se bajó de uno de los carros y se encaminó hacia tímidas luces de lámparas de aceite que como luciérnagas brincaban de la casa a la huerta y de la huerta a los talleres, en un edificio contiguo. No tardó en encontrarse con Ana Blanco.
—¿También se van, José Galante? —dijo ella.
—También nos vamos, Ana Blanco —respondió él.
Y fue un bálsamo saber que no eran los únicos en haberse organizado para migrar, porque además vieron la posibilidad de que sus familias huyeran juntas.
Los más viejos de las casas Galante y Blanco se abrazaron e intercambiaron, a oscuras, pareceres sobre los últimos acontecimientos en Salónica. Discutían encontrarse, quizás, en algún punto del destierro. Lamentaban hasta las lágrimas dejar sus propiedades, donde habían nacido y a donde sus antepasados habían llegado de la persecución, de otra persecución.
Y cuando se preguntaban cuál sería el destino de Sabbatai Zevi y su esposa Sarah Querido, escucharon en la oscuridad el lamento de un hombre. Lanzaba alaridos que venían de un profundo dolor.
Ana Blanco y José Galante, que estaban cerca de los más viejos, también lo escucharon. Se tomaron de la mano, instintivamente, porque aquel gemido parecía sostenerse en el aire y era tan denso como la nata sobre el vinagre de manzana.
Las mujeres y los niños, que estaban más lejos, escucharon aquella voz y corrieron a la casa a esconderse. El alarido era cada vez más profundo y fuerte, y más doloroso.
Los hombres se dirigieron, casi a tientas en la bruma, hacia la voz atormentada que a veces sonaba como el chillido de un cerdo y otras veces era grave y cortante, como un tambor. Encontraron a un viejo en atuendos de rabino tirado en la tierra. La luz de una luna se hizo poderosa justo en ese momento y pudieron verlo con mayor precisión.
—¿Qué sucede? ¿Qué le ha pasado? —dijo el más viejo de los Blanco, inclinándose hacia él.
El hombre gritaba palabras entendibles en hebreo, y no en judeoespañol, ladino o djudezmo, que era lo que se hablaba entre los Blanco y los Galante y entre casi todos los judíos de Tesalónica.
Ana Blanco y José Galante llegaron todavía tomados de la mano. Al verlos, el hombre sobre la tierra abrió los ojos como dos platos.
—¡Ana Blanco, huye! ¡El fin de los tiempos viene! —dijo entre alaridos.
Los dos jóvenes se estremecieron.
—¡Huye! ¡Escóndete! ¡Grandes calamidades vendrán sobre los hijos de Dios y de los hombres! —exclamó aquél, con una mano presionando su pecho y la otra intentando tomar las ropas de Ana Blanco.
La luna permitió ver al hombre con plenitud. Era Moses de Gaza, el rabino muerto siete días antes, la noche en la que las autoridades otomanas sacaron de su casa a Sabbatai Zevi.
Tenía el pecho húmedo y de la boca le brotaba sangre cuajada.
—¡Moses de Gaza! —dijo Ana Blanco asustada, y se cubrió el rostro en el pecho de José Galante.
Moses de Gaza clavó la vista en José Galante.
—¡Tú…! —alcanzó a decir. Y se dejó caer sobre la tierra.
Hubo un breve silencio en el que sólo se escuchó la respiración entrecortada de Ana Blanco. Moses de Gaza, ahora inconsciente y con los ojos en blanco, empezó a balbucear frases incomprensibles.
Y un estruendo calentó el aire y cientos de aves volaron despavoridas en la oscuridad.
La casa de los Blanco estalló inexplicablemente en llamas.
—¡Los niños! —gimió Ana Blanco.
Todos corrieron hacia la columna chispeante de fuego que se elevaba sobre el cielo negro de Salónica, justo en donde antes se veía una casa.
Fue una tragedia tremenda, inolvidable. Los niños de las familias Galante y Blanco murieron allí, abrazados por la lumbre. Las mujeres fallecieron también, menos Ana Blanco, quien se encontraba con los hombres junto a Moses de Gaza.
Nadie escuchó a las mujeres y a los niños lamentarse; desaparecieron entre las llamas. Incluso días después recogieron cenizas para darles sepultura sin saber si realmente eran ellos.
Salónica despertó con el incendio y pocos prestaron ayuda. Algunos tenían miedo a las supuestas maldiciones que caerían sobre los seguidores de Sabbatai Zevi, un rumor que soltaron los mismos rabinos. Otros temían al pogromo. Unos más huyeron del dolor, prefirieron no estar cerca de semejante tragedia; conocían a los Blanco y a los Galante y sabían que eran temerosos de Dios.
Poco después del estallido, segundos antes de que todos corrieran hacia la casa en llamas, Ana Blanco se soltó de la mano de José Galante. Se quedó con los ojos abiertos y la mandíbula caída, de pie, mirando fijamente a Moses de Gaza, sin mirarlo.
Moses de Gaza seguía inconsciente y con los ojos en blanco, pero ya no balbuceaba. Se quedó quieto unos segundos y cuando estaban solos, él y Ana Blanco, cuando se escuchaban en el fondo los llantos de los hombres frente a la casa en llamas, empezó a vomitar incontenibles chorros de gusanos blancos como los que devoran a los muertos.
Ana Blanco no vio aquello. Estaba sustraída, ausente. Y fue entonces, en ese instante, cuando advirtió una gran tragedia por venir.
Y no era la tragedia —tremenda e inolvidable— de aquella misma noche. Era otra.
4.
Los eventos inexplicables en la casa de los Blanco llevaron a las dos familias a marchar cada una por distintos rumbos.
Los Blanco dijeron que buscarían el mar, en respuesta a una invitación que les había llegado para regresar a Portugal; o que irían hacia Bosna-Saraj o hacia El Cairo. Hablaron incluso de la posibilidad de viajar a América, siempre de este a oeste como el viento
