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Dedicatoria
El cocodrilo que habla
Cansado de ser héroe
El diablo es cachondo
La corporación Bú
La virgen de San Basilio
Cuatro cabezas
Ella la mujer del cuadro
Orgasmo de geometría
El vampiro de las ilusiones
La familia Nalga
Los hijos de Adela Pichardo
Henri Donadieu. Contador de mentiras
El enano verde
La mansión morada
Aforismo
Los goles de la fortuna
Chucho el grande visitará el planeta tierra
Crónica de dos días. Génesis del '98
Dígitos calientes
Créditos
Grupo Santillana
Dedicatoria
Pájaro, Bru, Pimpu, Cara de Águila,
Gato, Shef, Censa, Marinero.
A los que me han querido
A los que aún me quieren
A los que...
El cocodrilo que habla
1
Pepe Martínez es un hombre contento. Vive en South Miami, desde joven se puso por su cuenta y trabaja su propio negocio: un próspero restaurante en la calle 8. La vida le sonríe; la salud, ahora que ya cumplió su medio siglo, le es benévola.
Pepe ríe a carcajadas con facilidad movilizando las llantas que le circundan. En la comunidad latina en Miami, el Michelín, como suelen llamarle, es conocido por sus excentricidades.
Desde que Graciela, su mujer, falleció, decidió que el celibato era la mejor receta para conseguir el Nirvana urbano.
Contrató a Raquel, la morenaza dominicana. Desde el principio fue claro en sus intenciones.
—Raquel, tú te encargarás de mí. Me darás de comer, aprenderás a bañarme, masajearme con aceites, en fin, a consentirme.
La joven mujer escuchó azorada la oferta de Pepe el Michelín, mil dólares al mes era más de lo que había soñado.
Sin darle tiempo a responder, volvió a la carga:
—Aquí estarás contenta; vivo solo con mis animales. ¿Te gusta la música?
Raquel asintió sin pronunciar palabra.
—Mejor aún, estaremos llenos de contento.
La tomó de la mano y la condujo al interior de la casa.
La vivienda de Pepe era un testimonio a la cursilería. El Michelín, se sentía orgulloso de sus posesiones: la decoración en dorados y el convertible blanco. Sus criaturas, los animales que había adoptado como mascotas, eran motivo de particular orgullo. Paco, el loro obsceno, abría la mañana con un sonoro Hijo de Puta. Riquelme, el mono asiático, se masturbaba en público a la menor provocación. Sin embargo, era el cocodrilo su posesión más preciada. Chanel el cocodrilo, como él lo habría de bautizar. El día que visitó la Boutique de Mascotas, quedó impactado con el regio caimán. No dudó en pagar los diez mil dólares de su precio; además, sacrificó la mitad de su estancia para instalar un estanque dorado y una fuente que reciclaba el agua que humedecía las gruesas escamas el lagarto.
Cuando Raquel vio al singular ejemplar, retrocedió atemorizada.
—No sientas miedo, mujer, es inofensivo.
—Dicen que son malos.
—Te equivocas. Éste, te aseguro, es chévere, además, nos trae suerte. Tú sólo tendrás que darle de comer. Acabarás por quererlo, como yo. Ya verás que Riquelme te da más problemas. A ése le guiñas un ojo y se hace una paja.
Raquel no dejaba de pensar en los mil dólares. Se quedaría con trescientos para sus gastos y el resto lo enviaría a Santo Domingo para que su padre pudiera seguir comiendo mierda, como solía llamarle al rito de posarse en una hamaca por las tardes y soñar con lo imposible.
—¿Qué te parece, morena?
—Pues si usted dice que el cocodrilo no hace nada, el resto me parece de lo más bien.
El acuerdo de servicio doméstico quedó establecido. Raquel se incorporó al extraño mundo de Pepe. No habían transcurrido tres meses, cuando ella entró en confianza. Bromeaba con Paco. Provocaba a Riquelme levantándose la falda, ante lo cual el pequeño simio procedía de inmediato a la gratificación masturbadora.
Tenía razón, ella había perdido el miedo fácilmente, ahora ponía a Chanel sobre la espalda y le tallaba la panza. El animal parecía complacido y la miraba con ternura.
2
Se gastaron tres años de calma chicha. Sorpresivamente, Pepe anunció la visita de Cristina del Moral, la mexicana de temperamento exuberante. Amiga íntima, decidió pasear por Miami. Las cartas de el Michelín con las referencias de sus animales y los encantos de Raquel, resultaron suficientes.
Pepe le decía en la última misiva: Los niños, cada día mejor, y Raquel, bueno, qué puedo decirte, ya le he besado la cola y la tiene de ángel. La vida no puede ser más gozosa.
La del Moral llegó a Miami. Pepe la fue a buscar al aeropuerto.
—Bienvenida, Cris, te ves como nunca, de lo más bien.
A bordo del convertible, se dirigieron e inmediato a la casa feliz. De acuerdo a lo esperado, el loro vociferó sus obscenidades, Riquelme exhibió su erotismo egoísta y Chanel, discreto, aguantó los flashazos fotográficos de la mexicana visitante.
Raquel preparó el festín cubano: arroz blanco y frijoles negros, yuca con mojo; plátanos a puñetazos. El dulce fue cascos de guayaba de la Conchita. Ambos fumaron un Montecristo del 2 mientras actualizaban los tiempos ausentes.
—Pepe, mi amor, qué rica comida. Te agradezco el recibimiento.
—No agradezcas, me alegra que hayas venido a visitarme. Acostúmbrate a mis animalitos, y Raquel se encargará del resto.Quiero que te la pases de lo más bien.
3
Y bien que se acostumbró la invitada... pronto surgió la armonía entre la huésped y sus extraños anfitriones. Por las noches, sentía particular ternura al ver a Pepe compartir la tele con sus animales. Paco dormía en la percha. Riquelme parecía, desde su silla, interesado en la pantalla.
Chanel, plácidamente tendido junto a los pies de su amo.
A Cristina le pareció que resultaba extraña la canina caimanés del cocodrilo, pero en fin, en casa de locos, pastel de Lorenzo.
Pasaron varios calores antes que la invitada pudiera percatarse de los extraños hábitos de Chanel. Apenas Pepe se instalaba en la silla para ver el noticioso vespertino, se aparecía el buen cocodrilo junto a su amo.
Durante la película vio claramente cómo su amigo le acercaba palomitas al caimán que, sin abrir las fauces, parecía succionar las que le ofrecían. Pensó o ellos, o yo, pero aquí hay chiflado seguro.
Pepe anunció su decisión de ausentarse por el fin de semana. Cristina fue solicitada para hacerse cargo de la casa feliz. Alimentó a los animales y luego se aposentó en el cómodo diván. Chanel se deslizó desde el estanque al sitio acostumbrado. Sí, también ella le dio palomitas.
—¡Qué peliculón!
—La verdad sí, buenísimo— repuso el caimán.
Cristina se paralizó; de pronto advirtió que no había nadie más en la estancia. Se puso en cuatro y lo miró de frente.
—¡Carajo!, no me espantes. ¿Fuiste tú el que habló?
—Sí.
Ella sigue en cuatro. Lo escudriña. Chanel no se mueve, la mira con ternura. Vierte lágrimas, lágrimas de cocodrilo
—Yo fui Carlos Sanen. También fui mexicano.
—¿Y ahora qué?
—Cocodrilo, Chanel el cocodrilo.
Cristina se levantó despacio. Caminó hasta el armario, tomó un vaso y se sirvió un ron tropicalísimo, regresó donde Chanel y lo encaró.
—¿Dices que fuiste mexicano? —Así es.
—Entonces te voy diciendo que esto está cabronsísimo.
—Te entiendo, pero debo explicarte.
Chanel apenas movía la larga mandíbula, la voz era de tono bajo y el volumen reducido.
Cristina apuró la bebida y repitió la dosis.
—Bueno, paisano, empiece su cuento y más vale que se lo crea, porque estoy al borde del infarto.
Así habló el caimán de los ojos tristes.
—Fui un destacado abogado en México. Como apoderado de una fundación de caridad, tuve acceso a cuantiosos fondos depositados en el extranjero. Se me ocurrió que podría concretar un fraude sin ser detectado. La ambición me cegó. Trasladé importantes sumas a destinos financieros. Seis meses me di la gran vida, hice todo, absolutamente todo.
—No me vayas a salir con el mamerto de que eres el Robin Hood de los cocodrilos.
—Me apena no compartir tu humor, pero ser cocodrilo no es fácil. Pudo haber sido peor. Es mejor ser caimán doméstico que cartera de árabe.
Cristina parecía impaciente, sus gestos mostraban ansiedad. Chanel en cambio, regresó al estanque varias veces a refrescarse.
—Cuando me entrevisté con el presidente de la fundación que defraudé, confesé la fechoría. El buen hombre rompió en llanto al escucharme. Dijo que me había hech
