La Capitana

Susana Martín Gijón

Fragmento

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9 de enero del año del Señor de 1571

Miles de hombres y mujeres avanzan por el camino helado, con tan solo los olivos y cipreses de los márgenes como testigos silentes de una procesión interminable. Tras muchas jornadas de marcha, las fuerzas están menguadas y los rostros muestran los signos del agotamiento.

Las ampollas de los pies de Fadila se han convertido en heridas abiertas, y cada paso le supone un suplicio que encubre tras la sonrisa con que obsequia a su pequeño. No surte efecto, porque Amir continúa con el semblante serio, mucho más de lo que debería estar un bebé. Al menos no llora como en los días previos, y eso que a sus pechos hace tiempo que se les agotó la leche para ofrecerle. Pero Fadila sabe que él es un valiente. La mayoría de los niños se prodigan en quejas, mezcladas con el eco de las oraciones y los gemidos de los ancianos que se esfuerzan por seguir adelante.

Son cientos los que han caído ya. El implacable frío del invierno se recrudece a medida que avanzan hacia el norte, y las noches son especialmente gélidas. Como si no fuera suficiente con el cansancio, las bajas temperaturas y la falta de avituallamiento, el tifus ha comenzado a propagarse entre la multitud de cuerpos ya debilitados. Los enfermos caen al borde del camino, y, si alguien se entretiene en la despedida, enseguida tiene encima a uno de los doscientos soldados que acompañan la procesión.

Ella misma ha perdido ya a sus suegros, que apenas resistieron los primeros días. Cree que la tristeza los hizo dejarse ir. El reino de Granada no solo ha sido su hogar, sino también el de las generaciones anteriores hasta donde les alcanzaba la memoria. Un reino que ha dejado de pertenecerles. Primero fue la guerra que vivieron sus antepasados, esa en la que los vencedores se anexionaron sus tierras. Luego llegó la conversión forzosa con los bautismos multitudinarios y la obligación de profesar una fe ajena. Más tarde, el veto a su propia lengua, a sus fiestas, a sus ropas, a todo lo que implicara cualquier rastro de identidad. Y ahora, la deportación. Los expulsan de la tierra que han cultivado durante siglos. Han creado maravillas arquitectónicas en ella, le han dado unos servicios excepcionales que abastecen a toda su población, desde las grandes infraestructuras hidráulicas hasta la seda de una calidad tan solo comparable a la fabricada en China. Es el único lugar que sienten como propio y se lo arrebatan. Desde que el primero de noviembre se puso en marcha el operativo para deportar a los moriscos, más de cincuenta mil han iniciado su peregrinaje hacia las tierras de Castilla, donde, dispersos y vulnerables, no se consideren una amenaza para la cristiandad.

Fadila.

Ella ignora la voz y sigue adelante, porque es lo único que ahora sabe hacer.

¡Fadila! ¡Fadila, para de una vez!

Tareq, su marido, la coge por los hombros y la obliga a detenerse.

Tienes que soltarlo.

Ella lo mira como si no comprendiera.

No puedes llevarlo contigo, mujer. Entiéndelo.

Fadila abraza a su hijo con más fuerza aún, se desembaraza de Tareq y agiliza el paso para recuperar su sitio en la comitiva.

Tareq la observa con los ojos vidriosos. Tendrá que esperar a que se detengan al caer la noche y el sueño la venza para quitárselo de los brazos, pero se promete que no pasará de hoy. Jamás lo abandonará el odio hacia quienes lo han permitido y jamás dejará de luchar por regresar a su tierra. Con un par de zancadas rápidas, vuelve a colocarse al lado de su esposa y camina en silencio. De vez en cuando lanza una ojeada al bebé para confirmar que la piel comienza a adquirir un tono verdoso. Siente un pinchazo en el pecho cada vez que ve la mueca adusta que se le quedó con el último aliento. El pinchazo se torna insoportable al tomar conciencia de que, pese al frío, el cuerpo inerte de su hijo pronto empezará a descomponerse.

1

3 de abril del año del Señor de 1585

No puede soportarlo más.

La sensación de ardor se le infiltra como fuego líquido. Si no tuviera las manos atadas tras la espalda, se rascaría con saña hasta arrancarse la piel a tiras. Si no estuviese encerrado en esa estancia oscura, correría hasta que las piernas dejaran de responderle. Y si no le hubieran amordazado, gritaría hasta desgañitarse, hasta que las cuerdas vocales le estallaran, igual que siente cómo estalla su propia piel, reventándose de dentro hacia fuera.

Sin embargo, no puede hacer nada más allá de orar con el pensamiento y lamentarse por su mala fortuna. Y eso último ni siquiera del todo, pues sabe que no ha sido solo la fatalidad lo que lo ha traído aquí. También las decisiones erradas, las malas compañías y esa pulsión suya contra la que no ha sido capaz de luchar. Ese inconformismo que se ha cobrado su precio.

Ignora cuánto tiempo lleva así. Ya solo reza para perder el conocimiento y acabar con la tortura. Espera que Dios sea magnánimo y al otro lado le aguarde una vida más fácil que la que le ha tocado en suerte. Aun así, hubiera preferido estirar esta un poco más.

Unas lágrimas ruedan por sus mejillas, pero la hinchazón del rostro le impide sentirlas. Cierra los ojos e intenta concentrarse en los escasos buenos momentos que su memoria logra reunir. Así permanece, luchando contra la quemazón que no da tregua, hasta que una voz le interpela. Los párpados están ya tan abultados que apenas puede entreabrir una mínima rendija, lo justo para intuir una faz borrosa y la cadena de la que pende un crucifijo que oscila ante él. Ahí está, recordándole por qué no debió meterse donde nadie lo había llamado.

2

Lucía de los Ángeles recorre el claustro somnolienta.

Hoy le toca preparar la capilla antes del primer oficio, pero no ha pegado ojo. Después de un año entero de sequía, casi había olvidado uno de sus temores más antiguos. Sin embargo, la última noche ha sido tempestuosa como ninguna otra, parecía que hubiera llegado el diluvio universal, y ella nunca se ha sobrepuesto a la angustia que le causan desde niña los truenos y relámpagos. Por la abertura de su celda podía ver cómo la oscuridad se iluminaba de tanto en tanto y, cada vez que eso ocurría, el vello se le erizaba como si el mismo demonio merodeara ahí afuera, luchando por hacerse con el control terrenal. Porque en su fuero interno así lo cree. Eso le decía siempre Urraca, el ama de cría que se encargó de ella hasta los seis años. Le aseguraba que, si salía bajo la tormenta, Belcebú la atraparía. Y ella, cumplidos ya los diecisiete, aún se pregunta si fue por eso por lo que Urraca desapareció. Si acaso ella no se saltó alguna vez su propia prohibición y las fiebres que se la llevaron no fueron en realidad los truenos del diablo alojados en su cuerpo.

La tormenta ha amainado tras muchas horas azotando con fuerza descomunal, y ahora cae una llovizna suave que parece un pariente muy lejano de la tromba anterior, como si el cielo quisiera reconciliarse con caricias de agua. Aun así, a Lucía sigue intimidándola, por eso prefiere bordear el claustro y refugiarse en las galerías; bajo el techo sostenido por columnas del mármol gris de Sierra Elvira se siente más segura que con la cabeza descubierta bajo ese cielo traicionero.

A causa del rodeo no se topa con él. Tan solo advierte su presencia cuando ya casi ha alcanzado el otro extremo.

Se frota los ojos al tiempo que un temblor se apodera de ella. Siente cómo de nuevo el vello se le eriza, desde la pelusa que comienza en la nuca y desciende por su columna, hasta los pelos más recios que le recorren piernas y brazos. Nunca ha tenido visiones, como sí les ha ocurrido a algunas de las hermanas, o eso es al menos lo que ellas sostienen.

Enfila un pie trémulo en dirección al centro del claustro, luego el otro, y luego de nuevo el primero, en una sucesión mecánica que ya no la obedece a ella, sino a una fuerza superior vestida de curiosidad irrefrenable. Allí, junto al pozo en mitad del atrio y rodeado por las plantas que han saciado al fin su sed, lo ve.

Yace en el suelo sin ropas que cubran su desnudez en forma humana. En lo primero que se fija es en el miembro que emerge de sus piernas, Dios la perdone: está enhiesto como la torre de un campanario. Después, en su rostro desfigurado.

Ese cuerpo corrupto y ese semblante irreconocible solo pueden pertenecer al mismísimo demonio.

Las piernas le fallan a la novicia, que cae sobre el pavimento húmedo. Un grito desesperado se niega a salir de su garganta. Sin duda, es el Maligno quien lo impide, el mismo que ha provocado la cólera del cielo. Como si quisiera completar la tortura, hace también que la lluvia arrecie de nuevo, salpicando su cuerpo incapaz de alzarse y empapando el velo blanco alrededor del suelo. Es entonces cuando lo oye.

El Ángel Caído pronuncia su nombre: la está llamando a su lado.

3

Doña Mencía no se piensa ir de allí sin lograr su objetivo.

—Reverenda madre, es nuestro deseo —insiste.

—¿Estáis seguros de su vocación?

—Es obediente y discreta, y desde los ocho años conoce su destino. Sabe que su compromiso es para con Dios.

—No es eso lo que os he preguntado.

Doña Mencía se revuelve en el asiento del parlatorio. Es un tosco banco de madera sin tapizar, cuya principal misión, más que la de clamar la austeridad de las carmelitas descalzas, parecería la de incomodar en modo tal que ninguna dama se recree demasiado en sus conversaciones. Tampoco ella tiene ningún ánimo de alargar ese encuentro, mas no entiende los reparos de la priora. Con muchas intrigas y esfuerzos han logrado colocar a Jimena en una buena familia, y ya tienen apalabrado el compromiso de Leonor, que, si bien no casará con alguien perteneciente a la nobleza como correspondería a su rango, contraerá nupcias con un hombre acaudalado que triplica en fortuna el valor de todas sus tierras yermas. Dios no quiso darle hijos varones, y ya no les alcanza para biencasar a su tercera criatura. De ahí que el destino de Sol no sea otro que profesar. La priora debería sentirse agradecida, pues hay en la ciudad otras muchas órdenes en las que su hija podría entrar: dominicas, jerónimas, clarisas franciscanas, comendadoras de Santiago... En ninguna de ellas le harían ascos a alguien de una familia tan principal, con el aumento en prestigio y rentas que ello conlleva. Además, han sido benefactores de esta comunidad desde su llegada a la ciudad, hace ahora algo más de tres años. De pronto comprende el motivo de las reticencias de la superiora.

—Hablaré con mi esposo. Estoy segura de que podrá añadir a esos ducados una cuota sustancial en grano y otros alimentos. —Mira a la monja a través de la doble reja, comprueba que su expresión se relaja y confirma que va por buen camino—. Por lo que a mí respecta, me encargaré de que Sol traiga con ella tejidos de seda e hilos para bordar. Con ellos podrán hacerse unas magníficas casullas para las misas.

—Todo eso será muy bienvenido, doña Mencía. Solo Dios sabe cuán faltas andamos de recursos.

La mujer asiente, benévola, y una escueta sonrisa se dibuja en sus labios. Por fin esa monja terca está empezando a entrar en razón. Pero, como si le hubiera leído el pensamiento, la madre Ana forcejea aún un poco más.

—También nos vendría bien estameña para confeccionar nuevos hábitos. Y mantas. El frío seco del invierno indispuso a la mitad de las hermanas. Varias aún arrastran problemas respiratorios.

—Vuestra caridad puede contar con ello. No permitiremos que enfermen las esposas de Dios.

Doña Mencía da por concluido el encuentro. Se levanta y, tras la reverencia de rigor, abandona la estancia con la satisfacción del deber cumplido.

Ana de Jesús corre la cortinilla que permitía el contacto visual con la señora de Castuera, pero aún permanece unos minutos en el locutorio. En cuanto salga de ahí se topará con nuevos problemas, y necesita discurrir sobre la negociación que ha tenido lugar. Su resistencia no obedecía solamente al hecho de aumentar la dote de esa chiquilla. O sí, pero por una razón poderosa, pues la madre Teresa lo dejó muy claro en las Constituciones, el conjunto de normas por las que se rigen las descalzas: no más de veintiuna religiosas por convento. Aunque hoy son apenas la mitad quienes cohabitan en la fundación granadina, tiene ya concertado el internamiento de una decena de doncellas que iniciarán su aspirantado en los próximos meses. Algunas por pura vocación y otras, como es el caso de Sol, constreñidas por unos progenitores que valoran las ventajas de entregar la hija a la Iglesia y desprenderse de menos dineros que si se la dieran en matrimonio a un varón. Y, de paso, garantizarse un puesto en el cielo por el sacrificio de su heredera.

Ella tiene que seleccionar muy bien a fin de lograr el pago de las deudas contraídas para la adquisición del espacio al que se mudaron hace pocos meses. A cinco mil ducados han ascendido las viejas casas del Gran Capitán y el edificio comprado para iglesia, más todas las reformas que ha sido necesario emprender. Van a estar empeñadas mucho tiempo, y solo los designios del Señor y las dotes de familias de alta alcurnia harán que puedan saldar todas esas trampas.

Como siempre que ha de tomar una decisión complicada, se acuerda de la madre Teresa. Hace más de dos años que falleció, pero sigue echando de menos su consejo. Y, por qué no confesárselo a sí misma, también desearía que fuera ella quien, en último término, resolviera. Resultaba más fácil limitarse a obedecer. Además, si no lo hacía, más le valía no errar. A veces relee la carta terrible, esa que le envió tras el nefasto arribo a Granada, un cúmulo de reproches durísimos que aún le oprimen el corazón.

Piensa en esa muchacha, Sol. La ha visto más de una vez. Su madre la traía con ella hasta no hace mucho. La recuerda revoltosa, fisgona y un tanto altanera, todo lo contrario a lo que la dama acaudalada predica. Pero si doña Mencía cumple su palabra, no les faltará abrigo ni provisiones en los próximos inviernos. Tampoco tendrá que limosnear ante señoras empingorotadas de altisonantes apellidos, ni humillarse pidiendo a Juan de la Cruz que se quiten de algún condumio en su propio monasterio para compartirlo con ellas. Además, el gran aguacero hace pensar en el fin de esa penosa etapa de sequía y hambruna. Quiere tomarlo como una señal: con la gracia de Dios, las cosas empezarán a cambiar.

Sí, aceptará a la hija de los Castuera en su cenobio. El conjunto de su dote contribuirá a paliar algunas de las carencias que arrastran. Y la moza acabará haciéndose a la vida conventual, como todas. Alcanzará la paz de espíritu entre esas cuatro paredes, si no con vocación, al menos sí con resignación. Ese es también su objetivo como priora: la intendencia económica junto a la espiritual de las hermanas. Sol será la última en sumarse. Con ella, el convento estará completo. Ana de Jesús se permite una breve sonrisa antes de continuar bregando con las cuitas diarias. Pero no le dura mucho: la campana de oficio comienza a repicar desaforadamente llamando a todas las hermanas. Algo grave ha ocurrido.

4

El convento de los Mártires se sitúa muy cerca de la Alhambra.

Está construido sobre un cerro algo más bajo, pero de idéntica posición, apenas separado de la ciudad palaciega nazarí por una pequeña garganta. La ermita que mandó edificar en 1492 la reina Isabel para honrar a los cristianos esclavizados en ese lugar es el origen del actual monacato, y también la que le da nombre, pues se los consideró mártires. Aún puede verse en varios puntos el suelo horadado por las mazmorras subterráneas donde introducían a los cautivos que morían en condiciones infrahumanas.

En cualquier caso, lo más impactante de esa ubicación, y lo que a fray Juan siempre le quita el aliento, es la panorámica que tiene desde allí. La contempla bajo su capucha mojada con expresión de humildad, recibiendo cada fría gota de lluvia como una bendición divina.

A sus pies, la ciudad de Granada y todo cuanto integra: las torres de las iglesias, las mansiones palaciegas, las callejas sinuosas, el mar de tejas y el encalado de las tapias de los cármenes. Un poco más allá, las almunias que se pierden en las sierras de Loja. Si camina hacia su derecha, la Puerta de los Siete Suelos que da paso a los hoy descuidados palacios de la Alhambra se aparece con sus muros rojizos entre los jardines orientales; y algo más arriba, el majestuoso Generalife. Si en cambio va hacia el sur, su vista topa con la gran llanura que es la vega granadina, regada por el Genil y enmarcada entre sierras pobladas por moreras, olivos, higueras o viñas. Y girándose hacia las traseras del edificio conventual, puede admirar el imponente macizo de Sierra Nevada con su boina blanca y sus más de tres mil metros de altura.

Para alguien que ha vivido ocho meses encarcelado en una oquedad asfixiante como una tumba, es más de lo que se hubiera atrevido a imaginar. Pero Juan de la Cruz no es hombre que se deje amilanar. Planeó a conciencia su fuga y logró escapar de aquella carcelilla inmunda del convento toledano, donde la única luz era la que entraba por una saetera abierta en lo alto del agujero. Siete años después, Dios ha querido que sea el prelado que rige los destinos de los carmelitas descalzos de Granada. Y, a pesar de la sequía que ha azotado en el último año y de los oscuros nubarrones, la belleza del lugar que habitan le ciega la vista.

Inspira para deleitarse en el olor a tierra mojada, en el de las jaras, el romero y el tomillo, y sigue con la vista el vuelo rápido de dos mirlos que buscan refugio del aguacero. Uno de ellos planea hacia el valle y eso hace que sus ojos se topen con una recua que asciende a paso lento. Fray Juan arruga el ceño. Reconoce las mulas y al arriero que las guía: es Hernán, un hombre avejentado por una vida de duro trabajo que ya no suele subir hasta ahí arriba. Solo lo hace cuando trae alguna misiva importante para él, una de las que no pueden caer en manos equivocadas.

Se pregunta qué le ha hecho ponerse en camino en un día tan desapacible. Si continúa arreciando así, su carreta parecerá el arca de Noé y las mulas tendrán que subir en ella para no ahogarse. Por eso emprende la bajada. Porque no va a dejar que Hernán siga jadeando penosamente bajo la tormenta, y porque su propia inquietud no le permite aguardar más: un mal presagio acaba de reactivar sus mayores miedos.

5

Todas las monjas se arremolinan en torno al pozo.

El espacio que dejan entre el cadáver y ellas dice mucho de la personalidad de cada una.

Por ejemplo, la de Patrocinio Evangelista: a cubierto bajo la galería, se ha hincado de rodillas y enhebra una oración tras otra. En cambio, Cándida Bautista camina arriba y abajo ignorando la lluvia al tiempo que tartamudea sin atinar a decir dos palabras seguidas. Antonia del Espíritu Santo se tapa los ojos desde la esquina del claustro en una conmoción más silenciosa que la del resto. María de Cristo también se los cubre, pero solo a medias, más por guardar las apariencias que porque quiera perderse el único suceso emocionante desde que tomó los hábitos. Emérita del Rosario deja las apariencias para las demás y contempla absorta el falo del hombre muerto en mitad del convento de San José de Granada. No es, válgale Dios, algo que una religiosa de clausura vea todos los días. De hecho, es algo que no debiera haber visto jamás.

Las otras hermanas han logrado apartar momentáneamente la curiosidad, el terror y los fingimientos, y se afanan en tranquilizar a la joven Lucía de los Ángeles, que ha vuelto en sí y dirige la cruz que lleva colgada contra el cuerpo del difunto.

Es este el panorama que encuentra la priora cuando, con pasos apresurados, se coloca frente al pozo.

—Válgame Dios.

Le cuesta respirar, es como si el tiempo se hubiera detenido en ese momento de horror. Porque, junto al pozo y perfectamente alineado en el centro del escenario, yace el elemento que ha alterado por completo la vida conventual.

Ana de Jesús lucha por alojar nuevo aire en sus pulmones mientras se hace un hueco entre las hermanas para observarlo de cerca. Más allá de que la parca haya hecho aparición en su morada, hay dos componentes perturbadores en esa puesta en escena: el más repulsivo, que el finado tiene la cara cubierta de ampollas supurantes; y el más indecoroso, el asta viril que con su impertinente erección parece desafiarlas a todas.

Las incógnitas se agolpan en la mente de la madre Ana con la misma fuerza que las gotas de agua azotan su rostro. ¿Quién es ese individuo? ¿Cómo ha entrado en un cenobio femenino? Y la más terrorífica, ¿quién lo ha ultrajado de tal forma dentro de su refugio de almas?

6

Fray Juan relee la misiva por tercera vez.

Han pasado cuatro años desde que el padre Gracián fue elegido primer provincial de los carmelitas descalzos. El que fuera discípulo, confidente y más tarde director espiritual de la madre Teresa ha gozado de una época de calma en las instituciones, pero su periodo está a punto de finalizar y es hora de convocar capítulo para la elección de los nuevos superiores de la Reforma, esa renovación de la Orden del Carmen que propugnó la santa y que lucha por una vida religiosa más austera, alejada de privilegios, abusos y jerarquías.

Jerónimo Gracián tiene fundadas sospechas de que su más acérrimo rival, Nicolás Doria, se hará con su cargo, y así se lo cuenta a fray Juan en la epístola. Pero no es solo una cuestión personal: el padre Doria es también el más crítico con la visión de la Reforma que propugnó la madre Teresa, esa que defienden tanto Gracián como el propio Juan de la Cruz.

Si Doria saliera electo, mucho se teme que los tiempos recios podrían regresar. Tiempos recios como aquellos en los que la madre Teresa fue acusada ante la Santa Inquisición, en los que sus aliados fueron hostigados sin tregua, como su querida priora letrera María de San José. Tiempos recios, en fin, durante los que sus hermanos en la fe lo capturaron a él mismo en mitad de la noche, lo maniataron, aherrojaron y azotaron como al peor de los delincuentes. Sobrevivió gracias a su fe y a su exilio interior, pero aún se despierta en mitad de la noche creyendo estar sepultado en aquella covacha que se creó para letrina de los prelados y en la que muchos desearon verlo morir.

A través del documento que le ha traído el arriero, el padre Gracián le emplaza para su participación en el capítulo que se celebrará en Lisboa y que marcará el destino de la orden, y él no puede evitar la angustia ante ese futuro incierto.

Pero no todo son malas noticias: en vista de lo mucho que se han multiplicado los conventos de descalzos, el gobierno de la Reforma pasará a dividirse en cuatro provincias, y Gracián le revela en su carta secreta que le propondrá como definidor de la andaluza.

La esperanza es algo que jamás ha perdido fray Juan, y se agarra a esa posibilidad: aun con Doria como provincial de todos los descalzos, si él fuera elegido supervisor de Andalucía, al menos podrían seguir batallando desde dentro. Y hacer las cosas como la madre Teresa habría querido; como él y Ana de Jesús tanto han parlamentado y deseado.

La madre Ana, que tanto lo apoya siempre, ya sea en su vocación mística como en la literaria. Es gracias a ella que ha terminado ese poema concebido en sus largas horas en la cárcel, que lo ha glosado para que pueda comprenderse mejor, y que ha recuperado buena parte de la seguridad en su propia valía y no pocas de las fuerzas para seguir luchando. Está seguro de que se enorgullecerá por la buena nueva, aunque a él lo mantendría alejado de Granada. Habría de visitar las fundaciones de toda Andalucía, tratar con los regidores de cada casa masculina y femenina, guiar muchas más almas, en definitiva. Y eso por no hablar de la inminente expedición a la capital del reino portugués, anexionado hace apenas un lustro a la monarquía hispánica. Más de ciento veinte leguas lo separan de Lisboa. A cuatro mil pasos por legua, son muchos pasos. Serán infinidad las ventas en que haya de hacer noche, infinidad las zancadas que habrá de dar día tras día, solo a veces aliviado por algún jumentillo que repartirá con sus compañeros de viaje, y eso únicamente cuando las fuerzas le falten.

Observa el paisaje a través del ventanuco, único lujo que se permite en esa celda austera. La tormenta vuelve a hostigar con fuerza y una capa de nubes densas ha teñido el cielo de un tono plomizo, solo alterado por el destello cegador de algún relámpago. Los colores del campo componen ahora una paleta más apagada y sombría. Aun así, echará de menos esas vistas. Deja escapar un suspiro y decide centrarse en sus estudios bíblicos. No es momento de debilidades ni de anticipar nostalgias por venir.

7

¡Todas fuera de aquí!

La priora tiene don de mando, y es un momento propicio para ejercerlo. Pero las hermanas revolotean como pollos sin cabeza en torno al cadáver y a la joven Lucía. Ninguna sabe muy bien por dónde tirar.

—¿Acaso no tenéis cosas que hacer?

—Se acerca la hora tercia, madre... —le recuerda una de las veteranas.

—Luego rezaremos el doble. Ahora, cada una a sus tareas.

Insiste ante el desconcierto general:

—Hermana Cándida, empezad a preparar el almuerzo. Que os ayude Marcela. Quedan garbanzos de los que nos trajeron los frailes de Los Mártires, y también unas ortigas que podéis guisar. Agustina, sustituid a Lucía. La capilla ha de estar impecable, habrá mucho que rogar por el alma de este pobre hombre. Hay que cambiar los cubos de las goteras, que deben estar a punto de rebosar. Emérita, Patrocinio, las demás: encargaos de eso. A limpiar, adecentar y fregar. Cuando todo esté en orden, seguid con vuestras labores; no escasean las telas que coser.

—¿Y Lucía? No puede hacer nada en ese estado —dice Agustina con timidez. Es una de las dos novicias que están formándose en la fundación, y empezó apenas un mes antes que su compañera.

—Yo me quedo con ella. ¡Arreando!

Poco a poco, el claustro recupera la calma. Cuando solo se oye el golpeteo rítmico de las gotas sobre el pavimento, Ana de Jesús ayuda a Lucía a levantarse y la conduce hasta la galería porticada. Allí, apoyada contra una columna de piedra caliza, la mira con ternura. Lleva con ellas poco más de medio año, desde que se mudaron de su última ubicación cerca del Pilar del Toro.

—¿Qué ha ocurrido, hija?

Lucía la mira con ojos avergonzados y temerosos.

—Perdonadme, madre. No soy digna.

—Contadme —insiste con delicadeza.

—El demonio. Se me ha aparecido y me ha hablado.

Ana de Jesús se carga de paciencia. Cree en las experiencias místicas, pero sabe que en la mayoría de los casos las visiones son fantasías de mentes enfervorizadas, cuando no simples embustes con los que adornar una vida carente de emociones. Y la cosa es demasiado seria como para andarse con estos cuentos.

—¿Cuándo os ha hablado? ¿Antes o después de ver al hombre?

—No hay ningún hombre, madre. Es el demonio quien está ahí, junto al pozo.

Sor Ana no puede evitar que un escalofrío le recorra la espina dorsal. Ya tiene un muerto en su jardín, oír cómo le meten también al Maligno es más de lo que puede soportar. Se levanta y vuelve hacia el cadáver.

—¿Os referís a este cuerpo?

—¡No os acerquéis a él, por caridad!

—¿No veis que solo es un hombre, hija? Un hombre muerto, tan muerto como mi abuela. Y este claustro, desde hoy, el escenario de un crimen —se lamenta.

Pero Lucía niega con la cabeza de una forma casi espasmódica.

—No, no... Es el diablo.

—No me gusta que inventéis cosas, ya lo sabéis. Hubo que disciplinar con la varilla a sor Patrocinio por algo semejante.

—¡Os digo que es el demonio, madre! ¡El demonio ha aparecido tras la tormenta y me ha hablado! —grita presa de la histeria—. ¡Estoy condenada!

El bofetón resuena en todo el claustro. Sor Ana retira la mano, como si no se reconociera en esa mujer que ha hecho uso de la violencia. Pero surte efecto, Lucía parece más calmada.

—Si es un hombre..., ¿por qué no tiene rostro, madre? —pregunta con tono dócil al cabo de unos instantes.

—Sí lo tiene, oculto bajo esas vesículas que se lo deforman.

—Y ¿por qué...? —Lucía no se atreve a acabar la frase.

—¿Por qué parece un semental en celo?

La novicia asiente con timidez.

—No lo sé, hija. No alcanzo a discernir los designios del Señor, voy a entender yo los mecanismos varoniles.

Se hace el silencio de nuevo. Lucía aún tiembla de arriba abajo.

—Acercaos a él —dice sor Ana mientras ella misma se coloca frente al cadáver—. Quiero que os cercioréis por vos misma de que no es más que un difunto. Fenecido de una forma espantosa, sí, pero terrenal.

La monja en ciernes obedece con pasos cortos y vacilantes, como si quisiera posponer el momento al máximo. Fija sus iris color avellana en el cuerpo extendido al pie del pozo. La priora la anima con un gesto. Lucía vence a duras penas la repugnancia y se asoma a ese rostro. Es cierto, hay una faz bajo todas las ampollas, aunque es imposible hacerse una idea de su aspecto. Se concentra en los ojos tras los bultos vesicantes, en la boca abierta cuyo interior está también colmado de un líquido amarillento que emana una terrible hediondez.

Un trueno ensordecedor retumba a lo lejos. Lucía da un respingo, espantada por esa nueva venganza del cielo. Justo entonces, los brazos del cadáver se alzan y cierra ambas manos alrededor del cuello de la novicia. Emite una voz ronca, apenas audible.

—Las esmeraldas...

La muchacha lanza un aullido y se intenta zafar. Ambos ruedan por el suelo.

Sor Ana corre a separar las manos agarrotadas del cuello de la joven, pero al instante el vigor se desvanece en ese cuerpo y los brazos caen exánimes.

—¡Por el amor de Cristo!

La priora tarda unos segundos en recuperarse del susto. Con prudencia, toma el pulso al hombre, antes de girarse hacia la aterrorizada Lucía y esbozar una mueca de disculpa.

—Ahora sí está muerto, hija.

8

Samira está absorta mirando a sus pequeñas.

Ha amainado y algún valiente rayo de sol se cuela por las rendijas en el desván, iluminando las andanas de zarzos que contienen miles de larvas. Con gesto experto toma las hojas de morera y les hace varias incisiones para facilitarles la alimentación. Luego coloca cada hoja con mimo y tararea una vieja cancioncilla mientras admira cómo las patitas se aferran al sustento moviéndose con gracia de bailarinas. Se contiene para no acariciar esos cuerpos diminutos, de apenas el tamaño de una uña, aunque en poco más de un mes serán unos gusanos grandes como sus propios dedos, y todo gracias a la voracidad con que comen sin descanso. Entonces comenzará su etapa preferida, en la que hilan los capullos retorciéndose una y otra vez hasta encerrarse en su propia trampa de seda.

Porque desde que los humanos les vieron el beneficio hace más de tres mil años, esos alquimistas sin igual se han convertido en sus propios carceleros. Antes de transmutarse en mariposas, la abuela de Samira los introducirá en agua a punto de hervir. Es la forma de asegurar que no rompan la delicada envoltura, base de un negocio boyante que surca todos los mares.

Samira sabe que son su única vía de subsistencia, la que permitirá alimentarse a los tres integrantes de su familia, pero no soporta ver el momento de aniquilación en masa, la soltura con que Kala los remueve para asegurarse de que no sobrevive ninguno. Siempre lo experimenta como un duelo, la injusticia de que ese don divino de fabricar hilo dorado los sentencie a una muerte cruel. Su alquimia no les vale más que para el provecho de otros más fuertes.

Cuando ya estén secos, ella y su abuela cortarán los capullos, desenrollarán el hilo y lo trenzarán en varas de seda que su hermano Jalil se encargará de malvender a algún cristiano viejo. Porque eso es lo que hace. Desprecia su trabajo tanto como desprecia a los gusanos y a ellas mismas. Por su parte, Samira está convencida de que ha de ser la mejor seda de la ciudad: nadie cuida a esas criaturas con tanto amor. Y si la seda de Granada es de una excepcionalidad tal que hoy compite con la de la misma China, entonces la suya tiene la mayor calidad del mundo entero. Ahora que el agua ha vuelto a caer del cielo, las hojas reverdecidas de las moreras contribuirán a hacer del fruto de sus gusanos la tela más exquisita. Si pudiera, iría ella a venderla, pero es mujer y, para colmo, cristiana nueva. Nadie la tomaría en serio. Igual que sus gusanos, ha de resignarse y someterse a la ley del más fuerte.

La tos de Kala en el piso inferior la distrae de sus pensamientos. No ha llegado a recuperarse desde que cayó enferma el pasado invierno, uno de los más crudos que se recuerdan.

—¿Estás bien, abuela?

Por toda respuesta le llega otro ataque de tos acompañado de unos sonidos guturales, como si se estuviera ahogando. Samira baja la escalera a toda prisa. Su abuela está agachada sobre el suelo, agarrándose el pecho con una mano. La sujeta cariñosamente y le ofrece su pañuelo, en el que Kala arroja un esputo color carmesí. En las últimas semanas son cada vez más frecuentes.

—Tienes que descansar. Te acompaño a la cama.

—De eso nada —dice su abuela tras un jadeo—. Es la hora del rezo.

—Pero si no te puedes ni levantar...

—Razón de más. No he orado toda la vida para abandonarlo ahora que me queda poco.

—No digas eso.

Agarrada a su nieta, Kala desoye sus vanas protestas y asciende trabajosamente los peldaños hasta el desván, donde ambas se postran en el suelo. En la entrada de la casa hay un retablo de la Virgen María a la vista de todos, pero allí arriba, junto a los gusanos, es donde se permiten ser ellas mismas. Porque podrán obligarlas a vestir y hablar y manducar como cristianas, pero seguirán recitando sus oraciones en dirección a La Meca.

9

Fray Juan se dirige al huerto.

No lograba concentrarse en sus estudios, y trabajar la tierra siempre le ayuda a encontrar paz de espíritu: justo lo que necesita tras la lectura de la misiva. Pero hoy se le ha adelantado fray Bernardino. Lleva el hábito arremangado y el sudor por el esfuerzo hecho con la azada se le mezcla con las gotas de lluvia. En cuanto lo ve, alza un par de cebolletas recién extraídas del suelo.

—¡Mirad, padre! ¡Las primeras!

Fray Juan las observa emocionado; es casi un milagro. A pesar de la sequía, parece que el Señor va a bendecirlos con una cosecha decente.

—Si siguen por ese camino, tendremos sopa de cebolla hasta el invierno.

—Arrancaré un par más y las llevaré a las cocinas. Fray Genaro hará maravillas con ellas.

El rostro del prior se ilumina.

—Coged también para las hermanas.

—No nos llegarán para nosotros—se queja fray Bernardino—. Además, aún tienen que crecer más.

—Las religiosas de San José pasan mucha hambre, lo sabéis tan bien como yo. Agradecerán comer algo que no sea arenques y pan duro.

—Tenéis razón, he pecado de egoísmo.

El fraile agacha la cabeza compungido, pero el padre Juan ya no le atiende. Va en busca de un capazo de esparto en el que transportar los bulbos. Ha de ser una señal: Dios va a acabar con la época de carestía que llevan tiempo arrastrando. Y ha elegido este momento para que comparta sus buenas y malas nuevas con sor Ana.

Ha recorrido apenas quinientos de los dos mil pasos que dista su convento del de la madre, pero el fraile ya se ha visto compelido a dar cuatro de las pequeñas cebollas que transportaba. 1584 ha sido el año más estéril que se recuerda, y ha dejado España en un estado de harta necesidad. Solo en Granada, han enterrado a decenas de ancianos y niños a diario. Sus cuerpos desnutridos aparecían sin vida en las frías mañanas del invierno y las calurosas tardes del verano. Además, a esa carestía por la falta de lluvias, en el reino de Granada ha habido que sumar la gran crisis que supuso la deportación masiva de la mayoría de su población, de la que aún no se han repuesto.

En la Puerta de los Gomérez, justo bajo el arco de piedra labrada que enlaza el bosque de la Alhambra con la urbe, se topa con don Álvaro. Cualquiera diría que estaba ahí esperándolo.

—Reverendo, que Dios os guarde.

—Id con Él, hijo mío.

Pero don Álvaro no tiene intención de ir a ninguna parte. Es uno de los muchos hidalgos vergonzantes que pululan por las calles buscando algo que llevarse a las tragaderas. Cristianos viejos de familias sin tacha a quienes el honor inhibe de trabajar y que acaban recurriendo a la mendicidad encubierta. Incluso con ese cielo ominoso que amenaza con más agua, la de pedir es la única opción que consideran, aunque lo hagan de forma discreta para no mancillar su linaje.

Fray Juan observa los remiendos de su jubón, la capa raída, las puñetas de encaje sucias y deshilachadas, el borceguí derecho por el que le asoma el dedo gordo del pie. Sus propias ropas son mucho más modestas: un hábito de la tela más áspera y nada con que cubrir los pies, encallecidos por miles de jornadas de caminatas a las espaldas. Pero la suya es una decisión personal de austeridad para alcanzar la comunión con Dios. Le entristece encontrar nuevos zurcidos en las ropas del orgulloso hidalgo, sabedor de que cada uno de esos apaños constituye para él un nuevo motivo de oprobio.

—Quizá os agradaría probar una de las cebollas que acabamos de cosechar.

El hidalgo se abalanza con ojos codiciosos sobre el capazo.

—Un par de ellas, así las catará también mi señora.

Fray Juan asiente y el propio don Álvaro mete la mano y coge las dos más hermosas. Luego, vacila un momento y agarra otra más.

—A mi hermano también le contentará.

—Sea.

Fray Juan se despide y reemprende el trayecto antes de que don Álvaro se acuerde de más miembros de su familia. Comienza a chispear nuevamente y el suelo se ha vuelto más resbaladizo, pero camina ligero con urgencia por llegar. El rosario que lleva pendiente del cíngulo se balancea a su paso, y él solo tiene ojos para la espuerta medio vacía. Le inunda el desánimo. La ciudad está atestada de gente que pasa hambre, así no hay manera: de la docena de bulbos que llevaba, ya ha repartido siete. Le empieza a sofocar presentarse con tan poca cosa.

Continúa su camino dejando a la izquierda el barranco por el que corren las aguas de lluvia en su fuga hacia el río Darro, y un poco más allá, las Casas del Mauror.

—Con Dios, padre.

Se gira receloso y se encuentra de cara con una anciana de piel arrugada y ojos negros. Lleva un ramillete lánguido en las manos.

—Manzanilla. Quizá queráis un poco para vuestro convento.

—No tengo con qué pagaros, hija —dice con una mezcla de amabilidad y pesar. La mujer está muy flaca, como todos los que se han acercado antes que ella. El vestido holgado le cuelga tanto como la piel flácida de sus brazos.

—No pretendía cobrar a un hombre de Dios. Y menos a uno tan santo como vuesamercé.

Él, tímido por naturaleza, se queda sin saber muy bien qué decir. Le pasa siempre que empiezan con zalamerías.

—Tened. —La anciana reacciona antes. Divide el ramillete en dos y le coloca en el capazo una de las mitades—. No hay malura que no alivien estas hierbas. La falta de sueño, los dolores del cuerpo, las quemaduras, las ampollas en los pies... ¡Hasta para el mal de muelas sirve!

—No quitará también el hambre.

—Por desgracia, no ayuda mucho en eso —dice ella con una sonrisa desdentada.

Fray Juan observa los dedos que han colocado amorosamente la ofrenda. Parecen ramas frágiles que podrían quebrarse con el más leve toque. Sin pensarlo, saca una cebolla más.

—Tomad, hija. Seguro que os vendrá bien.

10

Madre, os aguarda una visita.

Sor Ana se incorpora. Tiene el hábito embarrado, está sudada y agarra con fuerza la pala con la que ha estado cavando en un rincón del huerto. El agua solo ha calado en la dura corteza de la superficie. Más allá, la priora ha debido hacer uso de todas sus fuerzas para horadar la tierra seca. Mira a sor Antonia como si fuera un bicho salido de un bestiario.

—Pero ¿no he dicho que no podíamos ser interrumpidas?

A su lado, deja también de extraer tierra una hermana que le llega poco más que a la altura del ombligo. Es María de Cristo, la supriora del convento.

—Veréis... —musita sor Antonia.

—¿No os dais cuenta de la situación tan grave en la que nos hallamos? Si alguien descubriera...

—Es el padre Juan —la corta la hermana clavaria con su tono más sumiso.

Las facciones de la priora se suavizan de inmediato. El padre Juan, ese fraile escuchimizado que conoció cuando ella acababa de tomar los hábitos e iba con la madre Teresa camino de Salamanca, y que encontró ya bastantes años después, al llegar él a su convento de Beas en tierras jienenses, recién fugado de la cárcel y aún sin fuerzas casi para hablar. Si siempre fue pequeño y magro, el que nació como Juan de Yepes estaba entonces con la piel pegada a los huesos. No daba más que lástima. Tan poquilla cosa parecía que ella se quejó a la madre fundadora cuando esta le sugirió que lo tomara por guía espiritual. Quién le iba a decir que se convertiría no solo en su guía y confesor, sino también en su amigo más lea

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