Prólogo
Claudio Lomnitz
Una historia de vidas fragmentadas por la guerra y la paz fría es una investigación sobre la familia de la autora, Daniela Spenser, quien es una reconocida especialista en la historia de la Guerra Fría y del comunismo en América Latina. En este libro, Spenser aprovecha su formación y sus conocimientos lingüísticos para contar las historias de su madre, de su padre y de su padrastro, así como de algunos abuelos. Quizá la mayor grandeza de este libro sea su apego estricto a la documentación, y el uso solo suplementario y ocasional de la memoria personal. Una historia de vidas fragmentadas no es tanto una memoria sino, ante todo, una historia cuidadosamente documentada, lo que le confiere al libro un valor especial.
Quisiera detenerme en este punto, pues no podía ser fácil recuperar la historia de los padres y abuelos de Spenser. Ellos vivieron la historia de destrucción y reconstrucción de Europa, por lo cual reconstruir sus historias requería habilidades lingüísticas que son poco comunes. Así, Daniela Spenser repasa documentos escritos en alemán, checo, polaco, ruso e inglés; y el movimiento entre idiomas nos mete de manera obligada a una variedad de historias, cada una de las cuales tiene su propia exigencia, que van desde el desmembramiento del Imperio Austrohúngaro luego de la Primera Guerra Mundial, a la formación de Checoslovaquia, a su destazamiento a manos de la Alemania nazi, por ejemplo, pero que se extiende también a la compleja historia contemporánea de Polonia, a la historia del holocausto y del antisemitismo en Europa central, a las relaciones entre la Unión Soviética, Alemania, Polonia y Checoslovaquia, y a la historia británica durante la Segunda Guerra Mundial, incluyendo sus dominios coloniales de Palestina y del mundo árabe. La historia de la familia de Spenser participa también de la compleja historia de la caída del imperio soviético y de las realidades del mundo postsocialista que surgió tras la caída del Muro de Berlín. La vida de los padres, abuelos, y del padrastro de la autora forma parte de una trama así de compleja, y saber ubicar a la propia familia en cada uno de estos contextos es un reto mayúsculo, que Spenser sortea con aparente facilidad.
El otro reto que hace difícil escribir un libro como este se debe a los silencios intergeneracionales que son característicos en cualquier relación entre padres e hijos, pero que, se sabe ya, son especialmente profundos en la generación que vivió la Shoah. Quizá haya sido precisamente por los muchos silencios —por el reinado de la elipsis— que una hija haya optado por movilizar el oficio de historiadora como la mejor ruta para conocer, reconocer, y para honrar a sus padres. La vitalidad de Ruth, de Vladimír y de Kurt —es decir, de la madre, el padrastro y el padre de Daniela Spenser— se expresaba con frecuencia en la voluntad de vivir en el presente, de no ser prisioneros de su pasado, y esa pulsión existencial llevó a que cada uno le presentara su historia a su hija o hijastra de manera fragmentaria. La reconstrucción histórica de las personas en contextos por demás complejos es un acto de magia que permitió que la hija reconociera la silueta entera de sus padres y abuelos y, de paso, que le abriera a sus lectores una serie de vistas a un mundo que hoy resulta tan difícil de recuperar como pudo haber sido la memoria de la vida de estas extraordinarias personas para su propia hija.
Una historia de vidas fragmentadas es la historia de vida de algunas personas que compartían ciertas características: todas ellas eran personas judías seculares, todas fueron comunistas, todas fueron —aunque en diferentes grados— de nacionalidad checa, y todas conocieron el exilio. Todas tuvieron contacto de primera mano no solo con varias modalidades de antisemitismo, sino también con la política de exterminio que emprendieron los nazis. Todas tuvieron la ocasión de desilusionarse de la Unión Soviética, aun cuando fueron fieles a los principios socialistas. Todas, diría yo, fueron personas éticas, preocupadas por la ética.
Pero junto a estos puntos en común, hay diferencias de trayectoria en este extraordinario puñado de individuos que obligan a nuestra autora a dar giros o hacer desviaciones que son siempre muy aleccionadoras. Así, por ejemplo, mientras Ruth y su padre, Vilém, huyeron de Praga luego de la anexión de los Sudetes por los nazis y la ocupación de Checoslovaquia, Anka, la madre de Ruth y esposa de Vilém, prefirió quedarse, por lo cual nuestra autora se vio obligada a explorar tanto la experiencia de exilio de los checos en la Gran Bretaña, como la historia de la protección británica a los niños refugiados en aquel país, las experiencias políticas de los comunistas checos en Gran Bretaña, y la muy interesante experiencia de la madre de nuestra autora en la Fuerza Aérea británica, donde realizó tareas de ofuscación del enemigo en los servicios de radar e inteligencia. Pero las decisiones contrastantes entre el abuelo y la abuela de Daniela Spenser respecto a la salida de Praga también llevan a nuestra autora a describirnos las condiciones de vida en el campo de concentración en Terezín, en Auschwitz y luego en Bergen-Belsen, adonde estuvo presa Anka, y de donde Ruth la pudo rescatar con vida al final de la guerra.
El título de este libro, con su referencia a la fragmentación, tiene mucho que ver con la trascendencia de esta clase de decisiones personales, pues cada una de ellas fue magnificada por las grandes corrientes de la historia. La fragmentación es al mismo tiempo una experiencia vital de los sujetos de este libro, un hecho y un reto para la historiadora, quien ha tenido que mover la lente de su estudio constantemente de una realidad a otra, para poder así hilar la historia de una sola familia.
Pongo otro ejemplo para que se entienda de qué hablo: los padres de Daniela Spenser, Kurt y Ruth, se conocieron en un tren. Cada uno había decidido volver a Checoslovaquia al final de la guerra; cada uno estaba preocupado por la reconstrucción de lo que quedaba de sus familias. Cada uno estaba, también, comprometido con la idea de un futuro comunista. Sin embargo, la huida de cada uno ante la invasión nazi de Checoslovaquia había sido muy distinta, pues mientras Ruth y su padre habían emigrado a Inglaterra vía Polonia y Suecia, Kurt había tomado la ruta del Danubio y consiguió salir —a muy a duras penas— a Palestina a través de Rumania. Esta diferencia colocó a Kurt ante la alternativa de permanecer en Palestina e identificarse con el proyecto nacional judío o continuar identificándose en primer lugar con la lucha europea. Kurt opta por lo segundo, se enlista en el ejército británico, es capturado por los nazis en Grecia, y pasa la guerra en un campo de prisioneros.
La vida de cualquiera de nosotros nos presenta siempre dilemas y obliga a tomar decisiones, pero para la generación de los padres y abuelos de Daniela Spenser cada decisión tuvo consecuencias desproporcionadamente grandes. Cada una significaba quizá un cambio de país, o al menos un posicionamiento distinto frente al gran proceso histórico que fue la Segunda Guerra Mundial, el comunismo europeo, y las luchas democráticas. Solo así entendemos que, mientras Ruth se enlistó en la Fuerza Aérea británica para luchar contra Hitler, hacia el final de la guerra su madre trabajaba como esclava de los nazis en la remoción de escombros después de que esa misma Fuerza Aérea bombardeara ciudades alemanas. Solo así se entiende cómo cada una estaba colaborando con un ejército contrario.
La torridez de las corrientes históricas que arrastraron a estos personajes los volvió a todos gente muy trabajadora. Es famosamente repugnante el hecho de que a la entrada de Auschwitz los nazis hubieran inscrito la frase “Arbeit macht frei” (“El trabajo os hará libres”), cuando ellos sabían perfectamente que no había salida alguna a la esclavitud del campo sino por medio de la muerte. Lo que sí resultó ser cierto fue que el trabajo era indispensable para liberar al mundo y a los judíos del yugo nazi. La familia de Daniela Spenser ejemplifica la importancia del trabajo como una constante, quizá hasta se podría decir que era como el “norte” que le daba sentido y dirección a una serie de vidas que estuvieron tan expuestas a la inclemencia de la Historia. Se trata de una generación que estuvo marcada por la fuerza del ideal.
Cierto que esa fuerza del ideal condujo en algunos momentos a decisiones moralmente complejas y más dudosas que aquellas que se tomaron durante la lucha contra el fascismo. Después de la guerra, el tema de la colaboración con el Estado checo, el sometimiento a la disciplina de partido —al orweliano “centralismo democrático”—, se presentó en estas vidas. Daniela Spenser no esquiva esta parte de la historia, sino que la escribe y busca también el expediente policial de su madre, por medio del cual alcanzamos a entrever los dilemas cotidianos en sociedades policiacas como era entonces la checa, antes de la algarabía de la primavera del ‘68, y del gran giro que trajo.
Los últimos capítulos del libro están dedicados justamente a este giro, del que fueron protagonistas el padrastro de la autora, Vladimír Tosek, y su madre, Ruth. Tosek fue una figura célebre de la televisión checoslovaca y de su vida cultural, y luego desde el exilio, primero en Italia y luego en Inglaterra, él y Ruth participaron de manera protagónica en toda la política en la defensa de derechos humanos y derechos democráticos (declarados en la Carta 77), así como en la producción de la revista Listy, que defendía esos derechos en el exilio. La historia de la revolución de terciopelo en 1989, que se cuenta en este libro, presenta un caso de especial interés para el público hispanoamericano, y especialmente para las nuevas generaciones que quizá tengan pocas noticias de aquel proceso tan relevante.
La dedicatoria de este libro expresa el deseo de la autora de dar a conocer la historia de Ruth, pero para conseguir esto, Una historia de vidas fragmentadas es también una demostración de cómo los afectos, los ideales, y las lealtades lograron a veces trascender la fuerza destructora de la historia, orientando la labor, la inteligencia y el valor de un puñado de personas que alcanzaron a ser una familia, y que tuvieron además la grandeza de hacer política en busca del bien común.
Introducción
Todas la cosas ya fueron dichas, pero como nadie escuchó
es preciso comenzar de nuevo.
André Gide
Ruth, mi madre, murió el 28 de agosto de 2013 en Praga, pocos días antes de cumplir 88 años. Una colega suya escribió un obituario en el que retrató su extraordinaria vida. El diario londinense The Guardian publicó el homenaje que circulé entre amigos y colegas historiadores. Un notable autor comentó que el artículo contenía todos los elementos para una biografía. La idea me intrigó.1
Ruth Charlotte Ornsteinová nació en septiembre de 1925. Tras su primer matrimonio con Kurt, se convirtió en Grollová, y en Tosková cuando se casó con Vladimír Tosek. Yo era su única hija. Kurt fue mi padre. Vladimír tenía sus propios hijos. Cuando me dispuse a investigar para preparar este libro, la idea original de escribir una biografía se transfiguró en la historia de judíos asimilados en Checoslovaquia, cuyas vidas se diseminaron por Europa y más allá en formas que yo ignoraba. Mientras desmantelaba los departamentos de mi madre en Londres y Praga, encontré dos modestas maletas llenas de cartas y fotografías con bordes ondulantes, además de periódicos y diarios amarillentos.
Ruth, Kurt, Vladimír y sus respectivos padres habían vivido la vorágine de la historia mundial del siglo XX que fue imposible vislumbrar aun viviendo bajo el mismo techo con ellos. No fue sino hasta los años noventa que mi madre concedió distintas entrevistas sobre su formación en Checoslovaquia, sus años escolares y el servicio militar en Inglaterra, así como pequeños retazos de su vida en Praga después de la Segunda Guerra Mundial antes de emigrar en 1968 por segunda vez. Por su parte, mi padre jamás me mencionó una palabra sobre su escape de Checoslovaquia a Palestina en 1939, ni sobre su encarcelamiento en Grecia tras una escaramuza frustrada entre el ejército de la Commonwealth británica y las tropas alemanas en la península del Peloponeso en 1941; tampoco sobre su cautiverio de varios años en campos alemanes de trabajo forzado en la Alta Silesia hasta 1945 cuando emprendió una marcha hacia el oeste. El tatuaje azulado en el antebrazo izquierdo de mi abuela hablaba por ella, pues ella nunca dijo nada. Su calvario por cuatro campos de concentración fue el más doloroso para reconstruir. Lo investigué entre sollozos, recuperándolo de las ruinas de la historia, así como de la memoria de otras sobrevivientes. Durante mis indagaciones descubrí la extraordinaria previsión histórica de mi abuelo, quien siempre supo evitar las peores catástrofes. Mientras vivió en Checoslovaquia, Vladimír tampoco reveló mucho a sus hijos sobre su pasado. No fue sino hasta cuando ya estaba imposibilitado de reunirse con ellos legalmente que les contó sobre su vida durante una cita clandestina en Hungría en el verano de 1986.
Comienzo esta historia en el momento del colapso del Imperio austrohúngaro y la termino tras la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, “esa epítome espontánea y gozosa del poder del pueblo”.2 Durante el recorrido exploro las experiencias de la emigración de los protagonistas, quienes escaparon —o no— del nazismo y del Holocausto, y cómo sobrevivieron el exilio antes de volver al país natal. La siguiente parte del libro rastrea la vida en la Checoslovaquia comunista en los años cincuenta durante la aplastante época estalinista que afectó a mi madre. Por su relación cercana con la cúpula del Partido Comunista durante el exilio en Inglaterra, misma que a principios de la década de los cincuenta fue acusada falsamente de ser traidora a la patria y once hombres fueron ejecutados, sufrió las consecuencias por asociación.
Por su parte, Vladimír fue un defensor acrítico del régimen comunista. Sin embargo, en cuanto figura destacada de la televisión checoslovaca y gracias a su poderoso intelecto, supo navegar por el laberíntico sistema y colaborar con el régimen para triunfar como periodista. El prometedor año de 1968, el de la Primavera de Praga, que buscaba restaurar la democracia que el mismo Partido Comunista en el poder había contribuido a destruir, y con la que Vladimír se comprometió con audacia, acabó en catástrofe.
La invasión militar a Checoslovaquia el 21 de agosto por las fuerzas del Pacto de Varsovia, dominado por la Unión Soviética, obligó a Ruth y a Vladimír a huir a su segundo exilio. Aunque se salvaron de una persecución existencial por su participación en el movimiento renovador de la Primavera de Praga, su vida en el exilio no adquirió verdadero sentido sino hasta que se unieron a su cohorte para ayudar a tender puentes culturales e intelectuales con la Checoslovaquia que habían dejado atrás.
El libro termina con la caída del muro de Berlín y la liberación de Checoslovaquia del asfixiante régimen comunista. Los exiliados políticos que se habían ido en 1968 estaban ansiosos por regresar. En contra de las expectativas que conservaban personas como Ruth —y Vladimír si estuviera vivo—, de que regresarían a su país natal para establecer un régimen socialista democrático, sufrieron una gran desilusión. Al volver, se encontraron con que la visión política y social que habían defendido durante más de veinte años en el exilio estaba obsoleta y no era nada bienvenida. Concluyo con los primeros momentos del proceso postcomunista hacia la democracia.
Se ha escrito un impresionante corpus de libros académicos y de ficción, biográficos y autobiográficos; se han filmado decenas de películas sobre todos y cada uno de los temas tratados en este libro. Aquí, he escrito como hija y nieta, como participante en algunos de los capítulos históricos y, sobre todo, como historiadora. He consultado una gran cantidad de literatura secundaria, leído novelas, memorias, testimonios, cartas y observé decenas de fotos. Desenterré documentos de archivos públicos y baúles personales en varios países; llevé a cabo numerosas entrevistas, todo aquello con el objetivo de escribir una narración que capte las contingencias, incertidumbres, sensibilidades, caos y dilemas en medio de los cuales los personajes debieron tomar decisiones, a menudo letales, o fueron zarandeados durante los momentos fatídicos de la historia sin poder determinar su rumbo ni destino.
No pude escribir una biografía completa ni dibujar el carácter íntegro de ninguno de ellos. Fueron demasiados los documentos que los regímenes totalitarios destruyeron para no dejar huellas de sus crímenes; algunos archivos fueron saqueados o quemados, otros siguen siendo inaccesibles; y, luego, los silencios…
Gran parte de la memorabilia personal de mi madre se perdió durante sus desplazamientos periódicos; los que más añoraba eran piezas de su uniforme militar. El Estado se quedó con los objetos personales de mi padre porque nadie los reclamó cuando murió en Praga en 1975. Las pertenencias de Vladimír cupieron en uno de los baúles que encontré después de su fallecimiento en Londres en 1987. Me quedé con fragmentos, mi memoria y la de otros, para iluminar los detalles personales, sabiendo que esos recuerdos eran selectivos y de ningún modo sustitutos de la historia.3
Escribí el libro por varias razones. Quise dibujar las experiencias de los personajes sobre el gran lienzo de la historia para arrojar luz sobre ambos como una contribución para darle sentido al siglo XX europeo, descrito como “salvaje”, “olvidado”, “arrogante”, “oscuro” o como “edad de los extremos”. Para ello, trencé hilos personales e históricos, mundanos y trascendentales, para crear lo que considero un tejido distintivo. Espero que mi libro le hable al mundo de hoy, dando testimonio del pasado y sirva de mapa para comprender el presente en previsión del futuro.
Recordar es un deber que las generaciones más jóvenes tenemos con los antepasados, sobre todo si nuestros ancestros se enfrentaron a horrores indecibles, se les humilló o si no pudieron o no quisieron hablar por sí mismos. En este libro he intentado responder preguntas que no les formulé por una vergonzosa falta de curiosidad. Ruth tuvo distintas ocasiones para contar su historia, y lo hizo con gusto; pero ninguno de los demás habitantes de este libro tuvo tal oportunidad. Al recuperarlos del olvido o negligencia, he procurado traerlos a la vida en beneficio del lector. Por último, pero no por ello menos importante, he querido que mi hijo, mi nieta y mi nieto mexicanos los conozcan para que también sepan de dónde provienen.
PARTE I
Capítulo 1
Las semillas de la catástrofe
Anna Ungarowa y Vilém Ornstein, mis abuelos, procedieron de dos lados opuestos del Imperio austrohúngaro, un conglomerado de naciones, religiones y lenguas que aspiraban a emanciparse del poder central en Viena. La Primera Guerra Mundial puso fin al imperio y allanó el camino para la creación de nuevos Estados multinacionales. Polonia, en el este, y Checoslovaquia, en el oeste, fueron dos de los varios resultados que derivaron de los nuevos arreglos territoriales y políticos.
Sus países estaban a mundos de distancia —en términos geográficos—, pero cuando Anna y Vilém se conocieron, no resultaron extraños el uno para el otro. Los judíos de cada país vivían codo a codo con sus vecinos checos, eslovacos, ucranianos, húngaros, alemanes, rutenos, lituanos o rusos, en mayor grado en Checoslovaquia que en Polonia. En general, los judíos del este, los Ostjuden, sobre todo de los shtetlej pobres que afluían a la floreciente Checoslovaquia en busca de mejores oportunidades de vida, fueron recibidos con prejuicios. Las poblaciones checa y alemana más prósperas los despreciaban, supuestamente, por su deshonestidad, suciedad, astucia en los tratos, por oler a ajo y cebolla, por temer a Dios y hablar yiddish.
Anna, o Anka como la llamaban su familia y amigos, era una bella mujer de poco más de veinte años cuando Vilém, casualmente de viaje de negocios en Polonia para vender madera, la conoció. En mayo de 1924 ataron el nudo conyugal. Al casarse con Anna, Willi, como se le conocía, se alzó por encima de los prejuicios contra los judíos polacos, desafió tradiciones y convenciones, mostró desprecio tanto por el floreciente nacionalismo alemán en la Checoslovaquia democrática como por el nacionalismo judío o el sionismo.1
Anna
Anna nació en Bielsko, un pequeño pueblo silesiano al suroeste de Cracovia en la Galitzia austriaca, en 1901. Después de haberse casado y quedar embarazada, dio a luz en septiembre de 1925 a su hija Ruth en Przemysl, una ciudad situada al este de Cracovia, enclavada en las faldas de los Cárpatos en la frontera ucraniana, adonde su familia se había mudado. A partir de entonces, fue a Przemysl adonde Ruth volvería para visitar a sus abuelos y tías y a encontrar refugio cuando estuvo en peligro. Ruth nunca aprendió a hablar el polaco ni el yiddish de sus abuelos, por lo que su lengua materna fue la de su padre: el alemán.
Anka había asistido a escuelas alemanas en Bielsko antes de que sus padres, Jakob Ungar y Cecilie Schmeidlerowa, un hermano y dos hermanas, se trasladaran a Przemysl. Hablar alemán era considerado un signo de saber y de cultura; la democracia alemana era tan admirada que los judíos ilustrados deseaban enviar a sus hijos a estudiar a Berlín o Viena. Anka pertenecía a este entorno antes de conocer a Willi, con quien compartía la pertenencia a la clase media judía asimilada, las escuelas y la lengua alemana como el medio de comunicación. Desde el punto de vista tradicional, por casarse Anka a los veintitrés años, se le había pasado su mejor momento. Además, casarse con un hombre de su elección en vez de con uno concertado por una casamentera o por sus padres, decía mucho de la visión moderna de la vida que tenían ella, su marido y sus padres.2
Vilém
Vilém nació en 1896 en la ciudad provincial de Trnovany al noroeste de Praga. La región fronteriza con el Estado alemán de Sajonia se conocía como los Sudetes. Toda esta provincia de habla alemana, dotada de frondosos bosques y bordeada por ríos, fue cedida a Checoslovaquia por el imperio desmembrado tras la Primera Guerra Mundial. Hijo de Ignaz Ornstein y Charlotte Bachrachová, Trnovany era una ciudad pequeña, vecina de Teplice-Šanov, que era el polo de atracción para la inmigración de cerca y lejos por su carácter moderno y las aguas termales. Los manantiales, se creía, curaban muchas dolencias. A finales del siglo XIX la ciudad había crecido hasta alcanzar unos treinta mil habitantes y se convirtió en una metrópolis industrial.3
La boyante ciudad atrajo a empresarios, así como a obreros. Checos, judíos y polacos trajeron consigo su diversidad étnica, nacional y política, pero también generaron tensiones. El checo y el alemán se convirtieron en lenguas oficiales para el disgusto de la mayoría alemana que se oponía incluso a la creación de escuelas checas. Es cierto que el antisemitismo de Teplice se vio mitigado por la larga convivencia con los judíos, por su adhesión a la nacionalidad alemana y por el hecho de que los ricos de entre los judíos eran aceptados en la clase alta local. Los otros adversarios de los alemanes en Teplice eran los socialdemócratas, ya fueran checos, algunos alemanes o judíos.4
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en el verano de 1914, Vilém tenía dieciocho años. Un año después fue reclutado por el ejército imperial y sirvió cerca de su ciudad natal. Si bien los checos de Teplice no compartieron la euforia patriótica por la guerra, no se opusieron a ella cuando empezó. Tampoco los socialdemócratas, checos o alemanes, hasta que surgieron problemas por el influjo de refugiados provenientes de Polonia tras las derrotas militares en el este y el sur de Europa, la escasez de alimentos y bienes a medida que la economía de guerra reemplazaba la producción civil. La guerra fue más larga de lo previsto y las noticias de muertes de hijos y padres se volvieron frecuentes. En medio del sufrimiento generalizado, en febrero de 1917 llegó la noticia de que en Rusia se había producido una revolución que había defenestrado al zar; y en noviembre recibieron el informe de que había estallado una revuelta popular, que los bolcheviques tomaron el poder del Estado, que negociaron el fin de la guerra con Alemania, el reparto de la tierra y del pan. Nada de eso fueron buenas noticias para la angustiada población de Teplice que se enfrentó además a la epidemia de gripe española que paralizó la vida en la ciudad.
El Imperio austrohúngaro perdió la guerra. Vilém fue testigo de la desintegración del ejército imperial junto con el colapso del antiguo régimen y el nacimiento de Checoslovaquia a partir de sus ruinas. Estaba bien preparado para emprender una vida cómoda, aunque poco lucrativa, como comerciante, siempre y cuando la economía del país prosperara. Había completado la escuela primaria alemana, cuatro años de Gymnasium —el equivalente a la escuela preparatoria— y cuatro años en la academia de comercio alemana, lo cual constituía una formación notable.5
Con la desintegración del Imperio austrohúngaro en el otoño de 1918 y la creación de Checoslovaquia, una facción de los alemanes de los Sudetes rechazó la nueva república por enarbolar principios liberales y democráticos, lo mismo que por su identidad eslava. Se inclinaban, más bien, por unirse al Reich alemán vecino o por permanecer fieles al antiguo imperio. Willi era reacio a cualquier noción de Volksgemeinschaft, la comunidad étnico-nacional que los habitantes de los Sudetes, derrotados en la guerra, deseaban establecer en la región fronteriza. Tampoco le interesaba el movimiento sionista, del que Teplice era uno de los bastiones en Checoslovaquia. Los socialdemócratas como Willi creían que una revolución en Alemania, ya en ciernes, habría de dar lugar a un nuevo Estado fundado en principios socialistas. En consecuencia, en los Sudetes se estableció una estructura dual del poder, compuesta por las dos nacionalidades. El gobierno checoslovaco resolvió el conflicto que se incubaba enviando un destacamento del ejército para imponer la soberanía nacional, instalar la burocracia checa, gobernar la región con la nueva constitución y sustituir el estandarte alemán por la bandera checoslovaca blanca, roja y azul, adoptada en 1920.6 Vilém, de habla alemana, se adhirió conscientemente a la minoría socialdemócrata checa, evitando futuras tribulaciones para él y su pequeña familia.
Tras la guerra, Willi trabajó como vendedor en empresas privadas dedicadas a la gestión de bosques y la industria maderera. El trabajo lo condujo por todo el país y el extranjero. En 1923 pasó por Przemysl, conoció a Anka y al año siguiente se casó con ella. Con Ruth en brazos, se instalaron en Teplice, cerca de sus padres y parientes. Allí, Ruth comenzó su educación primaria en una escuela judía alemana.7
Teplice en esos años era una ciudad dinámica y próspera, de ambiente cosmopolita y con una efervescente escena artística a la altura cultural de las grandes metrópolis. Había una ópera, exposiciones de arte, coros y en los cines películas checas, alemanas y estadounidenses; incluso llegó la primera película sonora, The Singing Fool, rodada en 1928, por lo que en el cine sonó “There’s a rainbow ’round my shoulder” de Al Jolson. Se podía asistir a conciertos de la Orquesta Filarmónica Checa o a las funciones de la Compañía de Teatro Nacional y otras compañías teatrales llegadas de Praga representadas tanto en checo como en alemán; una noche subió al escenario un renombrado barítono y a la siguiente un célebre violinista.8 Sin embargo, la crisis económica mundial de finales de la década alteró el animado ritmo de la ciudad y ensombreció las prometedoras perspectivas de Vilém.
Ruth con su madre a principios de los años treinta.
Su padre, Ignaz Ornstein, de setenta y cinco años, murió en Teplice en 1931. Le sobrevivieron su mujer, sus dos hijos y su hija Resi, que entretanto se habían dispersado por el país. Lo que quizá más le dolía a Vilém, además del declive económico de una ciudad que se enorgullecía de sus prósperas industrias, fueron las manifestaciones de los nacionalistas de derecha, quienes chocaron con los socialdemócratas y los comunistas —checos y alemanes— en sangrientos enfrentamientos callejeros. El apacible Vilém, entonces en la treintena, calvo y con un rostro redondo y limpio que irradiaba calidez, decidió trasladarse a Praga con su alegre y desenfadada hija Ruth de seis años y Anka, su bella y elegante esposa.9
Praga
Sin propiedades ni ahorros, los Ornstein se instalaron en la capital alrededor de 1933. La situación económica de Willi, su decisión de abandonar los conflictivos Sudetes, su firme adhesión a la nacionalidad checa y no a la judía o la alemana durante el censo de 1930, y el hecho de que Anka hubiera adoptado la ciudadanía checoslovaca en lugar de seguir siendo polaca, resultaron ser bendiciones a largo plazo. En lugar de adherirse al estatus de una minoría en un Estado multinacional, plagado de tensiones, optaron por la asimilación a la mayoría checa y con ella adquirieron plenos derechos de ciudadanía. Tanto Willi como Anka hablaban el checo con acento que los habría estigmatizado como extraños en cualquier ciudad, pero la cosmopolita, civilizada y simpática Praga tenía la capacidad de acoger muchas peculiaridades. Ruth pasó del alemán al checo sin esfuerzo.10
Checoslovaquia cercenada.
Durante la década de los años 1930, Vilém trabajó como vendedor itinerante y sabemos que dirigió un aserradero en Moravia. No debió de haber sido un hombre pudiente. En una ocasión la policía lo buscó por no pagar la factura de un hotel durante un viaje de negocios, a menos que hubiera otras razones para no hacerlo. Sin embargo, la familia no estaba sin recursos. Es probable que Anka tuviera mayores aspiraciones económicas y sociales que las que Vilém podía darle: pisaba alfombras persas, servía con cubiertos de plata y podría haber tenido —o aspirado a tener— un anillo de diamantes. Le pagaba a una niñera para que cuidara a Ruth mientras se ocupaba de sus aficiones como jugar al bridge varias veces por semana. Durante un tiempo, la abuela Charlotte Ornstein vivió con ellos para ayudarles con los gastos, Ruth recordaba.11
Además de las tribulaciones económicas, Vilém era consciente de la creciente amenaza a su alrededor. Adolf Hitler había abrazado un nacionalismo panalemán, agresivamente antieslavo y antisemita, y veía la política como una lucha racial en la que las minorías alemanas en el extranjero eran “camaradas raciales” del Reich a quienes debía proteger. El auge del nacionalismo alemán en los Sudetes y la creciente influencia del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (el partido nazi) al otro lado de la frontera eran alarmantes. El partido obtuvo buenos resultados en las elecciones de Alemania aun antes de 1933 cuando llegó al poder y convirtió la plataforma racial en su política, acompañada de violencia antijudía. Miles de refugiados alemanes empezaron a huir hacia Checoslovaquia, sobre todo a Praga. Sin embargo, Ruth recordaba que muchos judíos seguían confiando en que “eso no puede pasar aquí”. Con todo lo que estaba ocurriendo, Vilém estaba nervioso.
Un país mutilado
La visión hitleriana de una Alemania poderosa alimentó el deseo de los nacionalistas en los Sudetes por recuperar un pasado perdido. Bajo el liderazgo de Konrad Henlein, un profesor de gimnasia, formaron un partido fascista a toda regla, menos el nombre, y obtuvieron un importante triunfo electoral en 1935. Henlein declaró su lealtad a los ideales nazis, exigió la autonomía política de los alemanes de los Sudetes y la anexión al Reich alemán. Afirmaba que le preocupaba proteger los derechos de los alemanes frente al “gobierno chovinista de Praga”. La crisis económica añadió razones para exigir la separación de los Sudetes de Checoslovaquia. Es cierto que la política nacionalista del gobierno —como emplear solo a los checos en la administración pública y favorecerles frente a los alemanes en la concesión de contratos— provocaba resentimiento entre algunos alemanes. Pero la exaltación de la población alemana por una cuestión negociable podía resolverse con respeto por todos los grupos y con igualdad cívica. Así se lo hizo ver a los habitantes de los Sudetes el optimista presidente Edvard Beneš. Pero la animadversión hacia el gobierno era un simple pretexto para provocar una crisis internacional que llevaría a la mutilación de Checoslovaquia y a someterla a la implacable marcha de Hitler hacia la conquista de toda Europa.12
Como millones de personas, Willi escuchaba en la radio los desvaríos de Hitler, quien propagaba que los checos estaban exterminando a los alemanes de los Sudetes, llevando sus negocios a la bancarrota y matando a los niños de hambre. También debió de leer las campañas de prensa del ministro de Propaganda Joseph Goebbels contra la “plebe de Praga”, tras la detención en el otoño de 1937 de un dirigente del partido nazi en Teplice después de un violento altercado con un agente de seguridad checo. Y además de oír que Alemania buscaba la expansión territorial, debió haber sentido como una intimidación personal que el régimen nazi radicalizara su estrategia para resolver la “cuestión judía” al amenazar con expulsar a los judíos de Alemania, incluso de toda Europa.13 De allí en adelante, las catástrofes se siguieron en cascada.
El Führer acusó a Austria y a Checoslovaquia de perseguir a la población alemana que él había prometido proteger. Primero presionó al presidente austriaco para que les diera libertad de acción a los nazis austriacos y, cuando el canciller se negó a renunciar a la soberanía del país, aumentó la presión. Bajo amenazas y el ultimátum de enviar tropas a Austria, el canciller dimitió. A pesar de haber satisfecho el canciller austriaco todas las exigencias alemanas, Hitler quería invadir, por lo que se inventó una “petición de ayuda” desde dentro de Austria. En marzo de 1938, los soldados alemanes invadieron el país. El Anschluss —la fusión de Austria con el Reich alemán— se produjo entre vítores de la multitud en las calles y de los alemanes en los Sudetes, cuya confianza en sí mismos se vio reforzada.14
Checoslovaquia era el siguiente paso. La instrucción de Hitler al dirigente nazi de los Sudetes, Konrad Henlein, fue que hiciera demandas de justicia para la población “inaceptables para el gobierno”. Y eso fue justo lo que hizo. Se desecharon todas las concesiones que el gobierno checoslovaco estaba dispuesto a hacer en favor de los alemanes de la región para salvaguardar la integridad y la soberanía del país. Hitler quería pelear.15
Para evitar otra devastadora guerra mundial como lo fue la anterior, el primer ministro británico Neville Chamberlain trató de apaciguar al belicista Hitler, creyendo que el ascenso al poder del Führer era una consecuencia lógica de los legítimos agravios derivados del duro trato que había recibido Alemania por parte de los vencedores tras la Primera Guerra Mundial. Además, el primer ministro creía que el nazismo era un baluarte útil contra el comunismo y la Rusia bolchevique. Junto con los franceses, los británicos acordaron que los checoslovacos debían renunciar a todas las zonas con más de un 50% de población alemana. El país se dividió entre los partidarios de acceder a las exigencias alemanas, apoyadas por Gran Bretaña y Francia, y los que estaban decididos a combatirlas. El anuncio por radio a principios de septiembre de 1938 del gobierno checoslovaco de la inminente movilización llegó como un relámpago. El estallido de la guerra parecía inminente y la población estaba dispuesta a defender su país; con sirenas a todo volumen, unos se aprestaron a cavar refugios, otros a distribuir máscaras antigás. Todos los reservistas menores de cuarenta años debían presentarse a filas.16 Con más de cuarenta años a cuestas, Willi quedó a salvo de la movilización. Ruth acababa de cumplir trece años y con la mochila a la espalda y una máscara antigás al lado iba a la escuela como de costumbre.
Pero el 30 de septiembre de 1938, que se recuerda como una día infausto en la historia de Checoslovaquia, se le impusieron los Acuerdos de Múnich. Firmados por Hitler, el primer ministro británico, el presidente francés Édouard Daladier y el Duce Benito Mussolini, sin que un político checo fuera invitado a la capital bávara. Los estadistas europeos no fueron a Múnich para luchar sino para suplicar la paz, capitulando ante Hitler.17
Los Acuerdos de Múnich estipulaban la transferencia de los Sudetes de Checoslovaquia al Reich alemán en el entendido de que esta sería la última exigencia territorial de Hitler. Las tropas alemanas entraron en el norte de Bohemia el 1 de octubre de 1938. El ejército checoslovaco abandonó la región y el ejército alemán, la Wehrmacht, asumió el poder ejecutivo en el territorio ocupado. La anexión de los Sudetes fue un día feliz para los seguidores de Hitler, al que aclamaban como el salvador. Al perder los Sudetes, Checoslovaquia se vio privada de grandes franjas de su territorio, su población, su renta nacional, sus minerales estratégicos, sus industrias y sus fronteras defendibles. El presidente Beneš abdicó el 5 de octubre, pocos días después del veredicto de Múnich. Tras recuperarse de un colapso mental y físico, abandonó Checoslovaquia rumbo a Inglaterra el 22 de octubre. La idea de “desbaratar Múnich” nunca abandonó la mente del presidente; mientras tanto, el país estaba en suspenso.18
Desde la distancia, Willi observaba la violencia infligida a la población judía de los Sudetes, a los opositores de la anexión y a cualquier persona identificada como enemiga del Reich. Los socialdemócratas, comunistas, checos y judíos que no habían huido, llenaron los campos de detención de los Sudetes y los campos de concentración del Reich. Si Checoslovaquia “deseaba mostrarle lealtad a Alemania”, ordenó Hitler, debía expulsar a todos los judíos del país, siguiendo el ejemplo de Alemania, para que la región quedara libre de judíos. Los ataques personales contra actores, músicos y escritores judíos se pusieron de moda, y no solo en los Sudetes. Incluso en una institución tan venerable como el Teatro Nacional, los judíos eran atacados por otros miembros de la compañía. No sabemos si Willi perdió su trabajo, en caso de tenerlo todavía. Tampoco sabemos si se le impidió a Ruth ir a la escuela porque a los alumnos judíos se les había prohibido continuar en las instituciones públicas.19
Hitler no tardó en incorporar el resto del país al Reich. El pretexto era que el gobierno checoslovaco no tomaba las medidas adecuadas contra los judíos. Existía además un conflicto latente entre el gobierno checo y el gobierno eslovaco, que se aprovechó de las circunstancias adversas para que, bajo la presión alemana, afirmara su autonomía y se convirtiera en un Estado fascista. El embajador norteamericano en París declaró: “La situación actual en Eslovaquia ha sido creada deliberadamente por los alemanes debido a la negativa del gobierno y del pueblo checos a entregar el control de su país a Alemania”.20 Y a espaldas del mundo, Hitler les comunicó a sus subordinados el 10 de marzo de 1939: “Entraremos el miércoles 15 de marzo y aplastaremos todo ese constructo checoslovaco mal concebido”.21
La resistencia activa no tenía cabida. Después de la abdicación de Beneš, el nuevo y pusilánime presidente Emil Hácha firmó el decreto que vinculaba el destino del pueblo checoslovaco al del gran Reich alemán. Con Eslovaquia independiente, Bohemia y Moravia se convirtieron en el Protectorado del Reich y la población en sus ciudadanos. Las unidades policiales alemanas, la SS (la policía militar nazi) y la Gestapo (la policía política alemana), muchas de ellas procedentes de los Sudetes, se hicieron presentes en la mayoría de las ciudades checas para ayudar a las autoridades alemanas a administrarlas. Al ocupar los territorios checos, Hitler rompió los Acuerdos de Múnich y envió el mensaje de que no respetaría ningún tratado internacional.22
No sabemos cuándo Vilém empezó a urdir el plan de abandonar Checoslovaquia. A sus trece años, Ruth no recordaba nada de los acontecimientos de los meses anteriores hasta que tomó conciencia de que su padre se disponía a dejar Praga.
Capítulo 2
Un viaje a lo desconocido
Al abandonar la ocupada Checoslovaquia en abril de 1939, el padre de Ruth salvó sus vidas. Arriesgando un futuro incierto, se ahorró a sí mismo y a su hija la ignominia de ser señalados como Untermenschen —subhumanos—, como los nazis se referían a los judíos, con lo cual evitó la persecución y eludió el cautiverio o la muerte. La madre de Ruth no se fue con ellos pues, según la leyenda familiar, se quedó porque quería esconder las posesiones que tuvieran, y los seguiría después. Solo más tarde, en conversaciones con Ruth supe que su madre, en realidad, se había quedado porque tenía un amante, de quien nada ha salido a la luz. El precio que Anna pagó por esta decisión fue colosal.
La crisis de los refugiados
Desde el ascenso de Hitler al poder en 1933, los refugiados judíos y antifascistas habían estado llegando a Checoslovaquia, un país que no los acogía con agrado. Oleadas periódicas de perseguidos —primero desde Alemania, desde Austria tras el Anschluss y desde los Sudetes tras su anexión al Reich— cruzaban la frontera hacia Checoslovaquia. Echar a los judíos de los Sudetes era inhumano y “contrario a las intenciones del Acuerdo de Múnich” que garantizaba la protección de sus derechos de propiedad, escribió el embajador británico en Alemania, Sir Neville Meyrick Henderson. Las expulsiones equivalían a arrojar a los judíos a Checoslovaquia donde los sentimientos contra ellos iban en aumento.1 Empero, tales advertencias expresadas por el mismo gobierno que había firmado los Acuerdos de Múnich cayeron en saco roto.
Después de que toda Checoslovaquia quedara bajo el dominio nazi como el Protectorado de Bohemia y Moravia y se creara el Estado fascista eslovaco en marzo de 1939, muchos de aquellos refugiados empezaron a buscar formas de huir. Nadie estaba a salvo: los judíos en primer lugar, seguidos por las personas que pertenecían a los partidos políticos democráticos y por los dirigentes del gobierno checoslovaco que estaban siendo desplazados de sus cargos. Los judíos refugiados en Checoslovaquia vivían en condiciones deplorables en hoteles a las afueras de Praga o en abarrotados campos de desterrados; circulaban rumores que mujeres con niños pasaban días y noches heladas en los bosques que rodeaban la ciudad. La Cruz Roja checa hacía lo mejor que podía para suministrarles comida y ropa.2
Varias organizaciones humanitarias habían ayudado a los desamparados judíos y políticos en Checoslovaquia cuyas vidas podían estar en peligro aun antes de la ocupación. Esta red incluía a unitarios estadounidenses, socialistas británicos y trabajadores judíos de Praga, que respondían a los cambios en las circunstancias a medida que la guerra parecía aproximarse. En Gran Bretaña, la simpatía pública por los refugiados tras la anexión de los Sudetes —sobre todo dado el papel que la monarquía había desempeñado en el desmembramiento de Checoslovaquia— alentó a la opinión pública y a algunas figuras prominentes, que sentían el peso de la responsabilidad británica por el resultado de los Acuerdos de Múnich, a prestar ayuda a la población indefensa. La recaudación de fondos públicos, dinero donado gracias a los llamamientos de los periódicos liberales y al Concejo de Sindicatos (Trade Union Council, TUC), junto con el fondo del alcalde de Londres, reunieron una suma considerable con la que pudo maniobrar el Comité Británico para los Refugiados de Checoslovaquia, fundado en octubre de 1938. Estas organizaciones consideraban primordial que se concedieran visados británicos a los refugiados en peligro.3
Sin embargo, tras el asalto alemán a todo el país en marzo de 1939, las autoridades nazis se negaron a expedir permisos de salida a los judíos, cerraron las organizaciones humanitarias, detuvieron a sus líderes y durante varias semanas prohibieron la emigración. El embajador estadounidense Wilbur Carr suplicó a su gobierno que fuera generoso con los desventurados checos: “Creo que esto no debe considerarse una cuestión de emigración, sino de protección de seres humanos inocentes contra el efecto de una catástrofe”.4 El embajador apoyó a una organización de ayuda estadounidense que acudió para asistir a la desamparada población, a la que los desesperados refugiados confundieron con una agencia de emigración. Pero la opinión pública estadounidense seguía en un estado de ánimo aislacionista, y el presidente Franklin D. Roosevelt era partidario de solucionar el “problema judío” mediante el traslado de la población a “tierras agrícolas buenas y deshabitadas —o escasamente habitadas— a las que podrían enviarse colonos judíos”.5 En consecuencia, Estados Unidos solo concedió un puñado de visados de inmigración y únicamente bajo la condición de que alguien respondiera por los solicitantes. Los refugiados tuvieron que buscar soluciones en otra parte.
La huida
Vilém Ornstein no debió figurar en la lista de detenciones de la Gestapo que incluía a judíos destacados, exiliados políticos de Alemania y Austria o activistas antinazis. Pero siendo judío y socialdemócrata no veía otra opción que abandonar Checoslovaquia. Ruth recordaba la determinación de su padre de emigrar con la frase: “Llevo a la niña conmigo”. El hecho de mantener unida a la familia, como hicieron otros y que les impidió escapar a tiempo, no era su preocupación.6
Vilém hubiera podido enviar a Ruth en el Kindertransport, el transporte de más de seiscientos niños y niñas checoslovacos a Inglaterra, que un grupo de humanistas británicos organizó durante varios meses antes del estallido de la guerra. Pero él prefirió asumir la responsabilidad de su emigración segura. Este hecho quedó grabado en la memoria de Ruth por el resto de su vida. Vilém no tenía dinero ni posesiones para comprar su partida, que era una forma de persuadir a las autoridades nazis para conceder permisos de salida a cambio de apropiarse de las propiedades de los judíos. Algunos países tenían cuotas de inmigración; otros cerraban sus fronteras a los refugiados por completo; mientras que otros más vendían visados que Vilém no podía comprar. Los refugiados judíos no eran bienvenidos en los países latinoamericanos y los visados que los cónsules ponían a su disposición eran un artículo apreciado en el mercado negro.7 Intentó emigrar a Palestina, pero fracasó sin que se conozca la razón.
Mientras Vilém buscaba rutas para salir, los Ornstein fueron testigos de las políticas nazis contra los judíos, como los carteles colgados en los edificios que les prohibían entrar en los restaurantes y cafés, y escucharon noticias sobre sinagogas incendiadas por todo el país que las poblaciones locales intentaban proteger.8 Lo peor estaba por llegar. Cabe imaginar que Ruth estaba confusa; y su madre, angustiada.
Vilém tenía prisa. Recibió su pasaporte dos semanas después de la ocupación y cuando la emigración volvió a ser legal con la autorización de la Gestapo. Sin embargo, incluso con un permiso de salida era problemático conseguir un visado. La legación británica en Praga estaba desbordada de solicitantes, mientras que las organizaciones de ayuda extranjeras no se daban abasto socorriendo a la gente —a menudo, familias enteras en peligro inmediato— o vacilando sobre la decisión de quién parecía más desamparado. Para las personas por las que no se podía hacer nada, la recomendación era entrar a Polonia ilegalmente. La generosa y audaz inglesa Doreen Warriner, en lugar de seguir su carrera académica como economista, había optado por dirigir una de las organizaciones humanitarias —el Comité Británico para los Refugiados de Checoslovaquia— que atravesaba el país ocupado para llevar a los refugiados a un lugar seguro. Cuando se topaba con callejones sin salida, distribuía dinero y su tarjeta personal para que el portador la presentara en el consulado de Katowice o Cracovia en Polonia, donde existía la posibilidad de solicitar un visado británico. Sus maniobras en favor de los refugiados la obligaron a salir de Praga el 23 de abril de 1939 para frustrar el plan de su detención por la Gestapo.9
Vilém eligió la ruta polaca. Una noche, en abril de 1939, él y Ruth abordaron el tren en la estación Wilson de Praga. No parece que la despedida de su madre haya sido desgarradora: “Váyanse ustedes; yo los alcanzo más adelante”, era como la recordaba Ruth. No obstante, la separación dejaría una huella indeleble en ella por el resto de su vida. Es poco probable que alguien más fuera a despedirlos en la estación del tren. Para Ruth, de trece años, aquel viaje parecía una aventura, además de que ella y su padre consideraban temporal la separación de Anka.10
Los detalles de la organización de aquella huida, plagada de peligros y riesgo de detención, se han perdido para la historia. Con una mochila cada uno, Vilém y Ruth tomaron el tren de Praga a Moravská Ostrava. Su equipaje era ligero: Ruth había metido apenas dos vestidos en su mochila. Viajaron en un tren nocturno que tanto los refugiados como la Gestapo sabían que salía a las once y que las autoridades nazis vigilaban. Llegaron a Ostrava en la madrugada sin contratiempo y se pusieron en contacto con un guía local de confianza, arreglado de antemano, para que los ayudara a cruzar la frontera. Estaban advertidos de que el gobierno polaco se servía de la patrulla fronteriza y de espías para detectar y devolver a los inmigrantes ilegales a fin de evitar la ira alemana. Además de las multitudes de judíos y refugiados políticos, decenas de jóvenes cruzaban la frontera decididos a formar un ejército para liberar a Checoslovaquia del nazismo. Los mineros los conducían a través de túneles abandonados mientras los obreros ferroviarios los introducían en los trenes de contrabando. Si eran capturados, se les encarcelaba o devolvía al territorio del Protectorado.11
George Kennan, quien se convirtió en un eminente diplomático estadounidense tras la guerra gracias a sus bien informados despachos desde Moscú, fue destinado en 1938 como secretario de la legación estadounidense en Praga. Llegó en septiembre y se marchó en 1939 cuando estalló la guerra. Sus tareas consistían en rendir informes políticos. En una ocasión, a finales de abril de 1939, reportó sobre la situación en Ostrava, justo en el momento en que Ruth y su padre debieron de llegar allí y buscar la forma segura de cruzar la frontera con Polonia. Falto en general de empatía hacia las víctimas judías del asalto alemán, Kennan informó de la calma en ambos lados de la frontera checo-polaca; describió a los habitantes de la ciudad como deseosos de complacer a las autoridades alemanas y de profesar la cultura alemana e ideología nazi; se refirió a los meseros en los hoteles saludando a los huéspedes con el “Heil Hitler”; hizo notar que había fotos del Führer colgadas en espacios públicos y la ausencia de las banderas checas. Ostrava, una ciudad obrera, parecía más bien una comunidad alemana.12
Luego de llegar temprano por la mañana a una ciudad desconocida, ocupada por la Wehrmacht, padre e hija atravesaron las calles todavía cubiertas de nieve hasta el Hotel Palace. Allí se reunieron con su guía. Era una época dorada para los contrabandistas. Fuera quien fuera su guía, escondió a Vilém y Ruth hasta la noche, cuando otro los llevó, en una caminata de varios kilómetros a través de la frontera nevada, hasta un pueblo polaco donde los ocultó en un granero, y desapareció. El miedo a ser descubiertos por la policía polaca era sobrecogedor. Para el alivio de Vilém, un buen samaritano apareció con un camión la noche siguiente: los escondió debajo de un montón de heno y los condujo hasta Katowice, a poca distancia de Cracovia.13 Con todo, resulta asombroso que Vilém consiguiera salir de Checoslovaquia junto con Ruth en abril de 1939, un mes después de la ocupación alemana y cuatro meses antes del estallido de la guerra.
Tras su llegada a Cracovia, Ruth estuvo encantada de que la llevaran a Przemysl para quedarse con sus queridos abuelos, con sus tías y su tío mientras su padre se ocupaba de la siguiente etapa del viaje. Cracovia y Katowice eran las dos ciudades donde los refugiados se reunían, socializaban y tramaban futuros a la espera de los visados británicos. El Comité Británico para los Refugiados de Checoslovaquia, junto con los cuáqueros y la comunidad judía local, los mantenían entretanto a flote.14
Llevar a los refugiados a Gran Bretaña era una tarea monumental y una carrera contra reloj. El Ministerio del Interior en el Reino Unido concedía los visados, pero podían tardar semanas o meses en llegar. Cuando por fin llegaron, correspondía al comité decidir a quién otorgárselos. Por sus inclinaciones ideológicas, se les acusaba a los trabajadores humanitarios de preferir conceder visados a los refugiados políticos y, entre ellos, a los comunistas. A veces los organizadores no encontraban a alguien que estaba anotado en la lista y que llevaba mucho tiempo esperando, o bien, que estaba demasiado enfermo para viajar; podía suceder que los refugiados perdieron la paciencia y se fueron al este, a la Unión Soviética; o se podía dar el caso de negar visados a personas que parecían políticamente poco fiables a los ojos de los organizadores. Con un visado otorgado, el siguiente paso era arreglar el viaje en tren del sur al puerto báltico de Gdynia, desde donde zarpaban los barcos. Los trenes no siempre eran puntuales como tampoco era eficiente el servicio telefónico para establecer una comunicación rápida entre los organizadores en el sur y sus colaboradores en el puerto. El estado de la línea marítima suponía otro predicamento, pues los barcos no siempre contaban con los alojamientos disponibles para todos los refugiados.
Las tensiones entre los emigrantes abundaban. Divididos en grupos políticos y lingüísticos —comunistas, socialdemócratas, alemanes de los Sudetes, austriacos, checos judíos— todos competían por el inestimable visado, que unos creían merecer más que otros. Aunado a lo anterior, los propios trabajadores del comité tenían sus prioridades: en lo más alto de la lista estaban las personas en peligro de persecución política que, bajo sus auspicios, habían llegado a Polonia antes de la ocupación de Checoslovaquia; después estaban los refugiados políticos que llegaron a raíz de la ocupación; los judíos eran los últimos y “debían ser seleccionados en función de su idoneidad para la emigración”, es decir, según su supuesta capacidad para asimilarse a la sociedad que los acogía. Las autoridades jamás definieron esta exigencia para evitar cualquier tufillo a antisemitismo. Las mujeres embarazadas cuyos maridos ya estaban en Inglaterra recibían una consideración especial. También hubo el raro caso de refugiados desesperados que habían caído víctimas de los contrabandistas, a los cuales pagaban con joyas y grandes sumas de dinero a cambio de la promesa de llevarlos a Gran Bretaña.15
Ruth estuvo refugiada en Przemysl hasta la primera o segunda semana de mayo, cuando el nombre de Ornstein apareció en la lista de transportes listos para zarpar hacia Gran Bretaña. En contraste con quienes esperaban semanas para su visado, Vilém, a pesar de ser judío y no un refugiado político, tuvo la suerte de que el suyo llegara cuando mucho tres semanas después de haber cruzado la frontera. Tía Pola llevó a Ruth en tren a Cracovia. Fue la última vez que se vieron y que Vilém pudo saludar a su cuñada. Al poco tiempo, padre e hija, con sus compañeros de viaje, tomaron un tren hacia el norte hasta el puerto de Gdynia, donde embarcaron rumbo a Suecia. Ruth vio el mar por primera vez. Fue un viaje difícil: el mar estaba picado y los niños a bordo se marearon. En Malmö tomaron un tren que atravesó Suecia y luego un segundo barco que los llevó por largas horas en el Mar del Norte hasta Gran Bretaña donde desembarcaron en el puerto de Tilbury en la costa este.16
El desembarque
Después de que el Comité Británico se ocupara de que los miles de refugiados llegaran sanos y salvos a Gran Bretaña, tenía la obligación moral, incluso con los escasos recursos en su haber, de seguir velando por su bienestar. El comité se enfrentó a una antigua actitud ambivalente del gobierno y de la opinión pública británicos hacia la inmigración judía, definida en gran medida por los intereses nacionales e imperiales de Gran Bretaña. La sociedad estaba imbuida en cierta corriente de antisemitismo, manifiesta en bromas, estereotipos, menosprecio y acusaciones de que los judíos conspiraban para hacerse con el poder mediante las finanzas internacionales y el comunismo. Al mismo tiempo, era sabido que la aspiración judía de crear un Estado en el mandato de la Sociedad de Naciones, gobernado por el Ministerio de Colonias británico de Palestina, había creado agitación en la región dominada por la población árabe. El gobierno prefería que emigraran a otros países para no alterar el equilibrio demográfico o político
