¡Cómo me duelen los hijos sobreprotegidos!…
Porque no sólo hacen sufrir, sino que también sufren… ¡y mucho! Los hay de todas edades y todos cargan una gran culpa y autodesprecio.
¡Sí que me duelen los hijos sobreprotegidos!; aunque son el resultado de una dinámica familiar, ellos portan la etiqueta de “malos” o “fracasados”.
Los hijos sobreprotegidos se vuelven tiranos dictadores o débiles dependientes porque sus padres no les pueden decir no, porque no les ponen límites, porque les facilitan y solucionan todo, porque no los dejan vivir las consecuencias de sus actos y hasta les permiten que los maltraten. Y ¡hay tantos de esos hijos en la actualidad!
De ninguna manera quiero ser mal interpretada como una de esas personas que consideran que los niños y jóvenes de estos tiempos están “echados a perder” y que las generaciones pasadas fueron mejores. ¡Todo lo contrario! No sólo creo, sino también estoy convencida, de que nuestros niños y jóvenes son maravillosos y fascinantes, y que la tendencia que los adultos tenemos a descalificarlos y considerar que se comportan “mal” sólo se debe a la eterna “brecha generacional” que ha existido desde siempre y que consiste en el hecho de que cada generación de adultos descalifica a la nueva generación de jóvenes, para afirmar que “en sus tiempos era mejor”.
No obstante, creo también que en cada generación se forman numerosos hijos sobreprotegidos, debido a que muchos padres de la misma presentan una tremenda falta de autoridad, que es justamente lo que genera esta clase de hijos. Este fenómeno se ha dado sin duda en cada generación, a lo largo de la historia.
Pero resulta que aquí estoy yo, viviendo en esta época y siendo parte de esta generación de padres; y es por lo tanto, sobre la crisis de autoridad de los padres de ésta época, y de los hijos sobreprotegidos de estos tiempos, de lo que me toca hablar.
Es necesario que tomemos conciencia de los diversos factores y situaciones por los que los padres pasamos actualmente, los cuales nos hacen tan difícil el ser capaces de poner límites a los hijos, de decirles no cuando hay que hacerlo y de manejar una autoridad y disciplina sanas y amorosas, porque ni siquiera entendemos la importancia de ellas en la vida.
Es indispensable darnos cuenta de todas las consecuencias desastrosas que la falta de autoridad de los padres y la sobreprotección hacia los hijos acarrea; no sólo al hijo que se le sobreprotege, sino también a las generaciones venideras, como lo veremos más adelante. Yo creo y confío en que cuando un padre comprende la trascendencia tan destructiva que tiene el hecho de sobreproteger a su hijo, entonces ese padre despertará sus recursos internos que le permitirán retomar su autoridad cedida al hijo, tal vez sin haberse dado cuenta.
Una familia es un sistema, un grupo de individuos de una misma clase y especie y como tal requiere una jerarquía que le dé balance y orden y le permita existir de manera equilibrada y armoniosa. Las estructuras jerárquicas son necesarias para la supervivencia en todos los niveles y, en el caso de la familia, implican un orden descendente de acuerdo con criterios de autoridad y poder. Esto significa que lo esperado —porque es lo sano— es que los padres ocupen el primer lugar en ese orden jerárquico. No porque sean mejores, superiores o más valiosos, sino porque son los mayores, los procreadores. A ellos les corresponde tomar ese lugar de acuerdo con la armonía y el
