El comandante de la policía municipal Darío Pizano sube a la camioneta Dodge en compañía de dos policías más, a quienes llama Chacho y Zarco. Suben llevando cada uno una pistola calibre .45 y un rifle .38. La pistola la llevan fajada adelante del pantalón y los rifles los han metido en una bolsa de plástico forrada por dentro con tela de franela. El comandante Darío Pizano va en el lugar del copiloto, Chacho en medio y Zarco al volante. Zarco se ha enfundado unos guantes negros con agujerillos en las palmas para que no le suden las manos al conducir. Son las cinco de la mañana y la ciudad todavía sigue durmiendo. Se escuchan ruidos de sirenas en un punto incierto y motores de tráileres atravesando la ciudad por el libramiento Guadalajara-Manzanillo. Los tráileres van cargados de rodillos de alambrón que descargarán en el puerto en espera de que un contenedor los lleve a cualquier país asiático. El comandante Darío Pizano se estira el bigote y descansa su codo sobre el canto de la portezuela. En la frialdad de su mirada chapotea un aire oscuro.
—¿Dónde nos estarán esperando, Zarco? —el comandante Pizano sólo quiere confirmar lo que ya sabe.
—En la barranca de Tinajas, comandante.
—Quedamos de encontrarnos en punto de las seis —completa Chacho.
El comandante Darío Pizano hace la señal de iniciar la marcha y recuerda a Zarco no olvidar pasar a casa del síndico. Zarco introduce la llave en la ranura y la gira hacia delante. El motor produce un estrépito al arrancar y el humo que arroja el mofle se parece a esa neblina que cubre la cabeza de las vacas en las mañanas frescas. Las llantas de la camioneta Dogde avanzan lentamente por la calle empedrada, como si se hubieran propuesto retrasar la muerte a como dé lugar. En la primera esquina dan vuelta a la derecha y luego a la izquierda. En casa del síndico desciende el comandante Darío Pizano, que da tres toquidos al portón, volteando hacia un lado y hacia otro. De adentro sale el síndico fajándose los pantalones.
—Buenas madrugadas, señor —Darío Pizano hace una venia.
—Buenas —replica el síndico y le entrega al comandante Darío Pizano un sobre cerrado.
El sobre cerrado lleva en su interior tres mil pesos. Se los da nomás para lo que se le ofrezca durante el operativo. El comandante Darío Pizano dobla el sobre cerrado y lo guarda en la bolsa trasera del pantalón. Aunque la sangre del comandante Darío Pizano es de hierro, pide al síndico que si le sucede algo no deje de velar por el futuro de su mujer y sus hijos. El síndico afirma con la cabeza y luego da al comandante Darío Pizano alguna instrucción muy puntual, pero difícil de averiguar porque la ha expresado con la voz asilenciada. El síndico palmea en el hombro al comandante Darío Pizano al despedirse. El comandante Darío Pizano da las gracias y antes de subir a la camioneta Dodge limpia en el posapiés la caca de perro que acaban de pisar sus botas de avestruz. Ras ras, se escucha. El síndico cierra la puerta y apaga la luz del farol que cuelga del tejabán, invadiendo otra vez su casa de penumbras. El comandante Darío Pizano hace la señal de continuar el camino. Saca el sobre cerrado de atrás del pantalón y lo guarda en la guantera.
—Te paras en El Costeño a echar gasolina, Zarco —ordena con una voz rancia.
—Sí, comandante.
Aunque a primera vista el comandante Darío Pizano podría pasar por un hombre más bien dócil, de trato fácil, sus manos apestan a sangre. Es, por lo demás, el perro más fiel del presidente muncipal Roberto Quintero. El comandante Darío Pizano era apenas un muchacho el día que empezó a trabajar como chofer del presidente Quintero, cuando éste era síndico del ayuntamento de Armería. Luego, durante su periodo como diputado de la quincuagésima legislatura, el presidente Roberto Quintero lo convertiría en su asistente personal. Nadie podía traspasar el alambrado de púas que protegía la humanidad del presidente Quintero sin antes no haber estado bajo el escrutinio del comandante Darío Pizano, cuya crueldad siempre ha tenido el filo de una navaja de rasurar. En el cuerpo garrudo del comandante Darío Pizano se esconden verdades que pondrían de culo la seguridad del estado libre y soberano de Colima. Si algún día le abrieran las quijadas con unas pinzas perras, que sería la única forma en que podrían sacarle una palabra entera, los cimientos de la política estatal se vendrían abajo como se viene abajo una casa de paja ante la más ligera ventisca.
—Métele más adentro el pedal, Zarco —ordena el comandante Darío Pizano al ver un perro chocolate que acaba de bajar del camellón intentando cruzar al otro extremo de la carretera.
—Sí, comandante.
El sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, para cumplimentar la orden del comandante Darío Pizano, empuja hasta el fondo el acelerador y centra el cuerpo del perro chocolate, pasándole por encima las cuatro llantas de la camioneta. El sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, se cerciora de que ha cumplido bien su encargo viendo a través del espejo retrovisor el cuerpo del animal convulsionándose sobre la cinta asfáltica, mientras las cuatro llantas de la camioneta Dodge siguen orondas su trayecto.
—Son una plaga esta runfia de perros callejeros —al comandante Darío Pizano se le dibuja una auerola de laxitud en el semblante, como si en lugar de haber matado al roñoso hubiera estado bebiendo leche caliente de cabra en el potrero de los Montealegre.
—Y entre menos haiga, mejor, ¿no, comandante? —se congracia Chacho.
—Es correcto —replica el comandante Pizano al entrar a la estación de gasolina.
Zarco se estaciona en la bomba 3, junto a los baños. El hombre encargado del servicio deja sobre la silla el periódico que estaba leyendo y va hacia la camioneta con paso desganado. La mañana está fresca y con ligeros aires arrebatados que hacen dar girones a bolsas de plástico, cartones usados de jugo, botes de aluminio.
—Buenas madrugadas, señores —saluda el hombre encargado del servicio—. ¿Cuánto le ponemos a esta troquita? —pregunta mientras saca la manguera.
—Llénelo, jefe —dice Zarco.
El comandante Darío Pizano aprovecha los cinco minutos de tregua para entrar en el Kiosko y comprar tres cafés, seis bolillos y una cajetilla de cigarros Marlboro. Después de escrutar con una mirada impasible los pechos de la muchacha de blusa apretada que no sabe si se encuentra frente a un muerto o un espantajo, el comandante Darío Pizano desliza el billete sobre el mostrador y se va dejando un olor alcanforado en el ambiente. La muchacha mira la nuca del hombre que acaba de salir, sus botas negras puntiagudas, su bigote renegrido, sus ojos con ese brillo especial que sólo poseen los hombres que esconden verdades profundas, y siente un deseo de abrazarse a su cuerpo desnudo, enardecido, y luego entrar en él para no salir más nunca. La muchacha del mostrador moja de saliva sus labios hinchados, pone en ristre los pechos en el sujetador y vuelve a subir el volumen de la radio, que está tocando “Derecho de antigüedad”, el último éxito de La Arrolladora Banda Limón. Al llegar a la camioneta, el comandante Darío Pizano arroja la bolsa de bolillos al asiento y pone los tres vasos de café sobre el cofre.
—Ahí tienen, señores.
El sargento segundo Sixto Rivera, alias Chacho, agradece el detalle del café y los bolillos, y entra a la camioneta dando un salto, seguido del comandante Darío Pizano. El hombre encargado del servicio se inclina un poco para ver a los tres hombres que parecen haber llegado de otro planeta. Dibuja con crayones rojos en su lienzo mental los tres perfiles porque más vale un “por si acaso” que un “si lo hubiera sabido”.
—¿Se le ha perdido algo, paisano? —el comandante Dario Pizano averigua en los ojos del hombre encargado del servicio.
—Nada, patrón, es que de pronto su cara se me hizo conocida.
—¿Será que somos enemigos, paisano? —el comandante Darío Pizano aprieta un poco la tuerca.
—Que ni Dios lo oiga, patrón —recula el hombre encargado del servicio.
—Entonces, si quiere ver estrellas, mejor voltee pa’l cielo, ¿no? —el comandante Darío Pizano saca un cigarro de la cajetilla y lo coloca entre sus dientes.
—Usted mismo lo ha dicho, patrón —contesta el hombre encargado del servicio, deseándoles buen viaje.
El sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, enciende el motor y vuelve a ingresar a la carretera a una velocidad moderada. Allá al fondo, detrás de los cerros verdes, se despereza una luz delgada y tierna como los cogollitos de las lechugas. Conforme avanzan, el olor a pasto mojado combinado con el estiercol del ganado penetra en las nervaduras del aire. La camioneta Dodge va cruzando por entradas a ranchos y parcelas, pequeños poblados o rancherías, canales, presas, ríos, maizales o sembradíos de alfalfa, alejándose cada vez más de la ciudad dormida. Durante el trayecto hacia la barranca de Tinajas, donde estarán esperándolos los hermanos Anguiano, los tres hombres que van en la camioneta rememoran la escena que tuvo lugar hace apenas cinco minutos y se van riendo de la cara de espanto que puso el viejo encargado del servicio en la gasolinera. Según reporta el comandante Darío Pizano, los hermanos Mauricio, Onofre y Fermín Anguiano sólo están ahí para darles la ubicación de la casa de los hermanos Bartolo y Marciano Suárez, quienes ya tienen algunas cuentas pendientes con la justicia. Los hermanos Bartolo y Marciano Suárez son acusados de violación, daño en propiedad ajena, allanamiento de morada, amenazas y lesiones. Y no reconocen ninguna autoridad más que aquella que se hace a sus propios huevos, lo que ha hecho difícil su detención. El sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, avisa al comandante Darío Pizano que están próximos a la barranca, que si desea esperar en el descanso de la carretera o prefiere hacer entrar la camioneta hasta el primer desmonte que encuentren empinada abajo. El comandante Darío Pizano pide mejor agazaparse para no despertar sospechas, orden que Zarco cumplimenta al pie de la letra, por lo que entra por una arteria de la terracería y toma la brecha de tierra seca que tiene la forma de una culebra enroscada. Como lo han acordado, Zarco detiene la camioneta en el primer desmonte que encuentran, bordeando la brecha, y a los pocos minutos se ve que salen del pitayal tres hombres a caballo. Son Mauricio, Onofre y Fermín Anguiano. Las bestias en las que vienen montados dan traspiés contra los mogotes de polvo y las piedras picudas. Aunque sus cuerpos parecen sombras alargadas, en los ojos se les alcanzan a atisbar las ganas de venganza.
—Buenos días —adelanta Mauricio y las narices de su caballo zaino magullan el espejo retrovisor de la camioneta Dodge.
—Buenos días, señores —contesta el comandante Darío Pizano.
Según reporta el comandante Darío Pizano, los tres jinetes se bajan del caballo para entregarles un mapa dibujado en una hoja de libreta de rayas, donde vienen las señas bien claras para llegar a la casa de los hermanos Suárez. Es Mauricio quien les indica que tienen que salir otra vez a la carretera, andar dos kilómetros con rumbo a Pihuamo y entrar por el camino hacia Piscila.
—¿Hay que pasar Piscila, entonces? —el comandante Darío Pizano se restira el afelpado bigote.
—No —precisa Mauricio—, así nomás entrando van a andar unos quinientos metros, ¿verdá, Fermín?
—Sí, y lueguito verán el canal del Moralete. Pegado al canal se extiende el camino que los dejará justo en la casa de estos hijos de perra.
—¿Seguro?
—No hay pierde, comandante —confirma Onofre—. Además, ya una vez entrando al pueblo todo mundo les podrá señalar con el dedo cuál es el paradero.
El comandante Darío Pizano, Chacho y Zarco se despiden de los tres hombres, que vuelven a montar sus caballos y desaparecen de nuevo en el pitayal. El comandante Darío Pizano examina el papel con las direcciones y pide a Chacho que suba a la camioneta. Detrás de Chacho sube el comandante Darío Pizano, quien sabe que a juego que tiene revancha no hay que tenerle miedo.
—Vamos, Zarco —el comandante Pizano grita al sargento primero Juan Santoyo, que está orinando pegado a la llanta delantera de la camioneta, dándoles la espalda.
—Ya voy terminando, comandante —dice, y en el silencio de la mañana se oye el chorro de orines que perfora la tierra.
Zarco sube a la camioneta y sigue las indicaciones dadas hace un momento por Mauricio Anguiano: sale a la carretera, entra en el camino que va hacia Piscila y luego toma la vereda junto al canal que los va a sacar hasta la casa de los hermanos Suárez. Durante el recorrido, los amortiguadores de la camioneta Dodge resienten el pedrerío reseco. La caja de la camioneta traquetea. Del otro lado del canal hay una huerta de mangos y una limonera, y puede escucharse el bullicio de las calandrias y los churíos entre las ramas de los árboles. Apenas terminar la huerta de mangos se alcanza a avistar un techadito de dos aguas cubierto con palapa donde un hombre de sombrero de palma está poniéndole los apeos a una mula. Lo rodean gallinas, pollos y patos que se dan de bruces contra sus rodillas. El hombre de los apeos pone el suadero sobre el lomo del animal y sigue con la vista la camioneta Dodge hasta que se pierde en el siguiente entronque. Luego, vuelve a inclinarse para ponerle a la bestia el fuste y el bozal. Como si se tratara de una mujer a la que habría que proferirle afecto, el hombre acaricia la crin de la mula antes de montarla. El sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, detiene la camioneta frente a una casa de adobe acordonada por un muro de poca altura. La casa tiene una puerta de madera grande en medio y dos pilastras a medio derribar en los extremos. El comandante Darío Pizano arroja por la ventana el vaso de café y saca la hoja arrugada con las direcciones. Mira hacia atrás y hacia adelante, hacia un lado, hacia otro, buscando confirmar que se encuentra en el lugar indicado. La seña principal es el curato, que se encuentra dos casas adelante. Los tres hombres aguardan en la camioneta hasta que el copete del sol aparece por detrás del cerro del Moralete y en las aceras se asoman las primeras mujeres que van a las huertas a llevar el almuerzo a sus maridos. Reporta el comandante Darío Pizano que de pronto detiene a un muchacho que viene empujando una carretilla con herramientas de albañilería y le pregunta que si esa de ahí es la casa de Marciano y Bartolo Suárez. El muchacho de la carretilla se quita el sudor de la frente y le dice que, en efecto, ésa es la casa de Chano y Tolo, pero que ellos ahora están durmiendo en la casa de al lado, a la que él va precisamente porque está ayudándoles a construir un pretil.
—¿Y entonces estarán ahí ahorita, joven?
—Seguro sí, don —y vuelve a coger el mando de la carretilla.
—Gracias —el comandante Pizano deja que el muchacho de pelos tiesos siga su camino.
Los tres hombres esperan que entre en la casa, empujando con la espalda la puerta para entrar primero él y, después, sus bártulos. El comandante Darío Pizano saca la pistola y le mete cartucho en la recámara. Ni siquiera tiene que decirle a sus acompañantes que se alisten; ellos mismos le han seguido los movimientos a su comandante y también han amartillado sus armas. Los tres hombres bajan de la camioneta. El sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, coge de la caja los rifles y los recuesta a lo largo del asiento de la camioneta, cerciorándose de que estén abastecidos y con el cartucho arriba. Cierra las ventanillas y pone los seguros. El comandante Darío Pizano hace una seña con la cabeza y los tres hombres emprenden la marcha. Todo se ha detenido esa mañana, salvo el viento, que zarandea los terregales. Pero perros, puercos, torcazas y gallos permanecen clavados en la tierra, inmóviles. Los tres hombres cruzan la calle y se detienen en el umbral de la puerta. Una puerta con herrumbre en los biseles y pintura azul descascarada. Reporta el comandante Darío Pizano que toca tres veces la puerta y grita que abran en nombre del supremo gobierno. Al ver que no abre nadie, da la orden al sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, que derribe de una patada la tranquera, orden que el sargento primero cumplimenta inmediatamente. La puerta se doblega y lo primero que ven al entrar es el cañón de un revólver que empieza a dispararles desde arriba de un pretil. El comandante Darío Pizano y el sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, al sentir la zumbadera de ojivas, encañonan al temerario y también disparan contra su humanidad, entrando intempestivamente en el inmueble. Mientras, el sargento segundo Sixto Rivera, alias Chacho, dispara contra el cuerpo enjuto de Bartolo Suárez, quien, herido de pierna y tórax, brinca la bardilla y huye por la casa vecina. Lo sigue detrás el sargento segundo Sixto Rivera, que también allana la morada para evitar perderlo entre el tumulto de polvo. La pierna de Bartolo Suárez es un desaguadero de sangre que cae en el firme apisonado, con ganas de renunciar al cuerpo que la empuja en su avanzada. Bartolo Suárez llega al curato dando bandazos contra la pila bautismal.
—¡Padre, padre! —grita arañando las paredes de la sacristía.
El presbítero escucha los gritos apelmazados de miedo que retumban en el corredor y sale de la cocina para ver qué está pasando. Renqueando por el túnel negro que es el pasillo, Bartolo Suárez entierra en el chiquihuite de maíz una pistola embadurnada de sudor, cal y sangre. Entra su mano y luego su brazo hasta el fondo del tierno maíz como si él mismo estuviera, en ese acto, sepultándose a sí mismo. El presbítero suplica a Piedad la cocinera que no salga y Piedad la cocinera aprovecha para cerrar rápidamente los accesos que dan al traspatio del predio contiguo y a través del cual podría irrumpir, de quererlo, un batallón de infantería. Bartolo Suárez logra dar tres pasos más, los últimos, y al final queda colgado del cuello del padre Navarrete.
—Deme la bendición, padre —implora; los ojos de Bartolo Suárez son de melaza; la osadía del padre Navarrete titubea un instante—. Le estoy diciendo que me bendiga, padre —amenaza Bartolo Suárez.
Con las manos todavía azoradas, el padre Navarrete se apresura a trazar una doble cruz en la frente del más fiel de sus feligreses.
—Que Dios te tenga en su santa gloria, hijo.
Y cuando apenas va a postrarlo en el equipal junto al altar de san Judas Tadeo, reporta el comandante Darío Pizano que llega el sargento segundo Sixto Rivera, alias Chacho, y, sin importale los hábitos celestiales del padre Navarrete, vacía los cinco cartuchos que le quedan a su pistola en el cuello del altanero, para luego regresar corriendo a asistir a su comandante. El comandante Darío Pizano ahora está en la puerta trasera del inmueble. Al pie de él yace Marciano Suárez bañado en sangre, con las quijadas reventadas.
—Ayúdale a Zarco —ordena el comandante Darío Pizano.
Según se reporta, el sargento segundo Sixto Rivera, alias Chacho, cruza la calle y asiste a Zarco, que ha sido herido por un proyectil en la pierna izquierda. Zarco tiene cogido del pescuezo a un muchacho que responde al nombre de Gonzalo Suárez, hermano menor de Bartolo y Marciano.
—¿Éste fue el que te torció? —rastrea Chacho.
Zarco no sabe si fue él o Marciano, pero sin duda habrá que llevar a encerrar a este muchacho hijo de su puta madre en la cárcel, dice dándole con la mano abierta en el hocico. El sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, pide a Chacho que vaya por la camioneta y venga a levantarlos lo más pronto posible, orden que cumplimenta el sargento segundo Sixto Rivera. Se va corriendo por en medio de la calle con el arma todavía caliente, que estruja su mano derecha, y mientras avanza ve las muecas de los rostros que se asoman por los arcos y las cristaleras de las casas, los ángulos de las esquinas, o aquellas alas de sombrero que salen de detrás de los naranjos. Son como fantasmas que aparecieran y desaparecieran con ganas de salir con los machetes alzados para partir en pedazos a los asesinos, pero que no se atreven porque donde hay miedo, como dicen, ni coraje da. El cielo se ha enrojecido de pronto y las nubes, espantadas por el hedor de la muerte, emigraron hacia mejores lluvias. El sargento segundo Sixto Rivera, alias Chacho, sube a la camioneta y la hace arrancar a gran velocidad. Las llantas avientan piedras hacia un lado y hacia otro, como escupiéndolas. En la siguiente esquina gira a la izquierda y en dos zancadas está en el lugar del crimen. El comandante Darío Pizano entra a la cabina de la camioneta y ordena a Zarco que suba atrás con el charrasqueado.
—Sí, comandante. Brínquele, hijo de su puta madre —y le da otra vez al muchacho con la mano abierta en el hocico.
Para el sargento primero Juan Santoyo, alias Zarco, Gonzalo Suárez no es más que un lechón, por eso lo ha hecho trastear del cachazo que ahora acaba de darle en la espalda.
—Brínquele, le digo, hijo de su puta madre —y al decirlo se le desmiembra la dentadura de rabia.
Gonzalo Suárez sube a la caja de la camioneta y va a sentarse al fondo, en una esquina, con las manos esposadas por la espalda. Se ha golpeado contra el suelo y se ha partido el labior superior y un incisivo. Las encías empiezan a sangrarle.
—¿Sabes lo que le hacemos a los hijos de su puta madre como tú?
—No, señor —las costillas de Gonzalo Suárez castañetean.
—¿No sabes?
—No, señor.
—Ya verás nomás.
El sargento primero Juan Santoyo se sienta en el otro extremo de la caja, con la pistola apuntando hacia el rostro de Gonzalo Suárez. La pierna le sangra y los escalosfríos le espuelean la espina dorsal.
La camioneta sale del pueblo dejando un mar de humo y tolvaneras.
Abel Corona sale de la oficina cuando ya no escucha el traqueteo de las máquinas de escribir. Lupita la secretaria le ha dejado un recado sobre el archivero de afuera. El recado dice: “Lic, le dejé sus tacos en el cajón de abajo, pa’que no se le olbide”. Abel Corona coge el recado, lo dobla en cuatro y se lo echa a la bolsa delantera del pantalón. Camina por el pasillo que da a la entrada principal. Pasa por las oficinas de la Policía Judicial y pregunta si está el comandante Obispo Ventura. Le dicen que no con el dedo.
—¿Le puedes decir que me busque, Cárdenas?
—Sí, licenciado.
Abel Corona cae en la calle y siente el ramalazo del sol en la espalda. Es como acercarse a un comal ardiendo. Atraviesa la empedrada y antes de entrar en el estacionamiento ve a Sabino y a Román en la camioneta, debajo del ficus, en la esquina. El humo de sus cigarros sale por la ventana como una chimenea. Se encamina hacia ellos con paso lento. Aprovecha incluso para encenderse un cigarro, que chupa con delectación.
—¿Saben algo de lo de Tepames?
Abel Corona no puede creer que ahora Sabino y Román estén bajo su mando. Y tal vez ni Sabino ni Román lo crean tampoco. Saben que Abel Corona es un muchacho inteligente y con mucha intuición para sondear en la mirada de los delincuentes, pero no están seguros de que tenga los huevos que tenía el Tigre Guerrero. Aun así es su superior y hay que respetarlo.
—De esto último nada, mi lic —dicen al unísono.
—¿Nada de nada?
—Nada de nada, lic —interviene Sabino—. Lo único es que las rumoradas dicen que hay mucha madeja ahí y esto es apenas la puntita del odio que siempre se han profesado los cabrones. ¿Verdá, cotejo?
—Afirmativo.
Abel Corona les informa que traerá el celular encendido para cualquier eventualidad. Se despide dándole una palmada a Sabino en el antebrazo y vuelve a su vehículo raspando las piedras con la punta de sus botas. Se detiene en el Pollo Feliz. Sentado en la mesa contigua al arroyo de la avenida, Abel Corona mira a los niños que juegan en el bimbalete del establecimiento y no puede evitar pensar que, aun con todo y su hermosa sonrisa, redonda y grande, esos niños también se van a morir algún día, y que ese día puede ser mañana mismo o pasado mañana cuando vayan caminando hacia la escuela y una camioneta doble rodada, manejada por algún trasnochado, se suba a la banqueta y los destripe contra el muro de cemento de la casa marcada con el número 40 de la calle 5 de Mayo, y los padres de esos niños, que ahora departen en la mesa sobre lo que harán en las vacaciones de Pascua o el viaje que realizarán en las próximas navidades, y se congratulan del carro último modelo que acaban de comprar o del ascenso en el trabajo, no tendrán otra cita en su agenda que ir al Ministerio Público para dar fe del cuerpecito destripado por la camioneta doble rodada, un cuerpecito con los huesos pelados y los ojos sin brillo, igual al de los pescados que traen los remolcaderos del fondo del mar. No saben esos padres que ahora cogen con entereza y soberbia el tenedor y el cuchillo que rebana las piezas del pollo, que esa entereza y esa soberbia les faltarán para levantar en brazos el cuerpecito de su hijo, taparlo con una sábana blanca y salir por el pasillo del Ministerio Público rumbo a la casa funeraria. Los pensamientos volanderos de Abel Corona se ven interrumpidos abruptamente por la entrada de dos hombres que se sientan a la mesa junto a la puerta de entrada del restorán. Abel Corona ve que lo miran y le disuaden la mirada, sospechosamente. Los hombres van vestidos más o menos iguales, lo que quiere decir que, según las normas judiciales, llevan a cabo los mismos trabajos. Abel Corona ve que uno de los dos hombres, el de bigote, se levanta y entra al baño, desde donde no sabe si pueda estar pidiendo refuerzos o sólo se ha retrasado por cualquier cosa. El otro hombre lo sigue observando con cautela. Lo ve y se voltea hacia el lado izquierdo. Lo ve y levanta la mirada hacia la campana del rostizador. Lo ve y gira la cabeza hacia el espejo del baño. Abel Corona lo ha fijado en un punto en el que puede saber que lo ven sin que se den cuenta de que los está viendo, por eso está mirando hacia la ferretería de enfrente. Ve la ferretería, pero también ve que el hombre lo ve. Lo ve verlo y lo ve que se voltea hacia el lado izquierdo. Lo ve verlo y lo ve que levanta la mirada hacia la campana del rostizador. Lo ve verlo y lo ve que gira la cabeza hacia el espejo del baño. El otro hombre sale del baño y regresa a la mesa. Abel Corona, que sigue mirando hacia la ferretería, se da cuenta de que al pasar por la barra de ensaladas lo ha visto también. Le ha dicho algo en secreto al otro hombre, sin bigote pero con barba de chivo en el mentón. Ha estirado la cabeza como pollo para decirle algo que, obviamente, no puede escuchar Abel Corona. Abel deja pasar todavía diez minutos antes de pedir la cuenta. No deja el marco que ha trazado la órbita de su ojo para evitar perder así cada movimiento de los sospechosos. La señorita mesera viene con la nota de cuenta y Abel Corona la recibe con el billete extendido. Antes de que la señorita mesera dé la media vuelta, Abel Corona pregunta si el restorán tiene otra salida, a lo que la señorita mesera le contesta que no.
—La única es ésa —señala con las cejas levantadas.
Abel Corona profiere una sonrisa y se incorpora.
—Provecho —se despide al cruzar la mesa de los sospechosos.
—Igualmente —contesta el de sin bigote.
Abel Corona sube a su vehículo y ve que el de sin bigote fija la vista en las placas, como tratando de memorizarlas, mientras el otro anota algo en una libretita de pasta azul. Busca el vehículo en el que llegaron, pero todo es confusión: todos los carros son el carro de los sospechosos.
Echa de reversa, mete primera y arranca sintiendo las pantorrillas entumecidas. Baja por Filomeno Medina y dobla en 16 de Septiembre. La casa de Hortensia está en una cerrada. Por el lado norte la atraviesa la calle Aldama y por el sur la rodea un arroyo que, en tiempos de lluvia, podría llevarse a la ciudad completa. Tal vez por eso da la apariencia de ser una casa que se hunde. Abel Corona se estaciona, como lo ha venido haciendo desde los últimos meses, en la acera opuesta, guardando la misma distancia. Hoy no ha venido sino para fumarse un cigarrillo y contemplar la puerta de su domicilio, intentando recrear con la imaginación lo que sucede ahí adentro. Siempre le ha gustado imaginar lo que pasa dentro de las casas, como si cada una también fuera un mundo con sus ríos, puentes, avenidas, pájaros, playas, cantinas. Y le gusta, además, imaginarse siendo parte de las rutinas de esa gente que vive en ese mundo desconocido. ¿Cómo sería Abel Corona —se pregunta a sí mismo Abel Corona— si en lugar de ser este que es fuera, por ejemplo, el padre de Hortensia, o el hermano, o el amante, o tal vez el vecino que la mira salir en las mañanas a la pescadería de la esquina y la desea su mujer, al menos, por una tarde? En la puerta de fierro de la casa de Hortensia está la batiente de la ventana abierta, pero no se puede ver hacia dentro porque hay una cortinilla que también hace de contrafuerte del aire. Po
