Advertencia
Conocí a Benjamín Arellano Félix el 15 de diciembre de 2013 en una penitenciaría federal en el sureste de Estados Unidos. Ocho meses antes un miembro de mi familia había sido asesinado en una zona residencial pudiente de Tijuana. Conducía alrededor de las ocho de la mañana rumbo a los juzgados federales cuando fue interceptado y recibió cuatro balazos frente a una cámara de monitoreo de la Secretaría de Seguridad Pública municipal. El titular de la dependencia en ese entonces, Alberto Capella, justificó la ausencia de policías al argumentar que la ejecución había ocurrido durante el cambio de turno. Mi familiar había pertenecido durante una década al equipo de abogados del Cártel de Tijuana. Arellano Félix fundó esta organización a principios de los años ochenta y la dirigió hasta su aprehensión en Puebla el 9 de marzo de 2002.
Farrah Fresnedo conoció al líder del cártel el 24 de junio de 2006 en el Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso) del Altiplano, en Almoloya de Juárez. Hablaron durante cuatro horas, antes del careo que Arellano Félix sostuvo con un compadre de mi colega. El compadre había sido aprehendido siete meses antes, acusado de liderar una célula de sicarios al servicio del cártel. Se le imputaron las ejecuciones de Carlos Bowser, titular de la Secretaría de Seguridad Pública de Rosarito, y Eduardo Villalobos, director del Centro de Readaptación Social de Mexicali. Bowser había recibido 69 disparos con un rifle AK-47, conocido también como Cuerno de Chivo, al salir de su casa la mañana del 21 de mayo de 2005; Villalobos había recibido cuatro tiros con una Beretta 9 milímetros a la misma hora, tres días después. Farrah fue al penal a visitar a su compadre y ofrecerle asesoría legal durante el careo; antes de que se lo trajeran los custodios, mi colega espero sentada frente al Min. La conversación entre Farrah y Arellano Félix, sin embargo, no estuvo relacionada con esos asesinatos. Él le preguntó si vería el partido de futbol que horas después eliminaría a México de la justa mundialista en Alemania. De lamentar el pésimo desempeño de la selección nacional ambos pasaron a bromear sobre las pésimas actuaciones de los protagonistas de las telenovelas mexicanas. Al final de la conversación Arellano Félix le aseguró que temía que (¿su familia?, ¿sus amigos?) se olvidaran de él.
Farrah y yo nos conocimos a principios de noviembre de 2012 en su departamento en la colonia Cacho de Tijuana. Un año antes ella había descubierto mi libro Confesión de un sicario en un expendio comercial del aeropuerto de Puerto Vallarta, cerca de la playa nayarita donde vacacionaba con su novio. Este último accedió a comprarle el único ejemplar en venta a regañadientes. Cuatro días después de haber regresado a casa, el 4 de noviembre de 2011, Farrah y su pareja fueron acribillados por un comando de pistoleros mientras viajaban por el bulevar Insurgentes, en la zona Este de Tijuana. Ambos sobrevivieron. Ella recibió tres impactos en la pierna izquierda y permaneció una semana en un hospital privado del Grupo Ángeles, donde terminó de leer mi libro. Su novio, jefe de una célula de sicarios que operaba para el cártel, se fugó el mismo día que ingresaron al sanatorio. Farrah no lo volvió a ver hasta mucho después y únicamente en fotografía, cuando medios nacionales publicaron la nota de su aprehensión el 9 de octubre de 2013 en la Ciudad de México.
Farrah me buscó para proponerme que escribiera sobre este y otros episodios de su vida. Se había relacionado desde muy joven con miembros de la mafia y el atentado era señal de que había transgredido demasiados límites. Estaba sumida en una crisis nerviosa y creía que “confesarse” era una forma de dejar atrás su pasado y reinventarse. Acepté, a pesar de estar hundido en mi propia depresión: mi carrera profesional estaba estancada, mis relaciones afectivas se habían desmoronado y mi abuso de alcohol y drogas era cada vez más frenético. Esa noche bebí en exceso. No concretamos nada.
Cada uno, de manera paralela, comenzó a tocar fondo en el verano de 2013. La crisis de Farrah se agravó porque su ahora ex novio había reaparecido y la buscaba con insistencia; mi ahogo, por otra parte, se había intensificado debido al asesinato de mi familiar. Farrah y yo buscábamos emprender proyectos de trabajo que permitieran sublimar su temor y sobreponerme a mi marasmo. Ella había reanudado sus estudios de criminología y trabajaba con un reputado penalista en San Diego, California. Yo intenté ponerle freno a mis excesos y volví con fervor a mi escritura. La busqué y volvimos a encontrarnos para retomar la idea de hacer un libro. Farrah esta vez me planteó escribir no sobre su vida, sino sobre la de Benjamín Arellano Félix. Escribir sobre él era algo que ya me había propuesto antes de su extradición, pero los permisos para entrevistarlo en Almoloya de Juárez se habían vuelto imposibles de gestionar. Farrah sugirió ubicarlo en Estados Unidos y escribirle directamente a la penitenciaría Su testimonio desde la extradición sería nuestro eje.
Farrah encontró a Arellano Félix a través de sus contactos laborales Le escribió recordándole su encuentro en Almoloya de Juárez y asegurándole que, aunque habían pasado siete años, no lo había olvidado. Le preguntó también si no le interesaría contar su historia para un posible libro. En su carta de respuesta, Arellano Félix evocó la plática de futbol y telenovelas, advirtió que pensaría lo del libro y agradeció el mensaje. Farrah le mandó otra carta presentándome y planteándole nuestro interés en conocerlo. Él pidió que, aunque prefería hablar todo el asunto en persona, le adelantáramos qué temas queríamos abordar y con qué intención. La correspondencia se extendió durante meses e incluso respondió algunas de mis preguntas por escrito. Arellano Félix reconoció que accedería a vernos porque quería señalar públicamente las anomalías en su proceso de extradición. En una carta enviada a finales de noviembre confirmó que había agregado nuestros nombres a su lista de visitas. Hasta entonces sólo había recibido a sus hijos en el penal.
Los apellidos Arellano Félix dieron nombre al imaginario violento urdido en mi cabeza luego de que supe de una ejecución cuando tenía nueve años de edad. El agente del Ministerio Público Miguel Ángel Rodríguez Moreno trabajaba para el cártel hasta que lo fulminó una ráfaga de balas en el verano de 1989. La ejecución fue cumplimentada a cuadra y media de mi casa por Everardo Arturo Páez, alias el Kitty, por órdenes de Ramón Arellano Félix, quien tenía 24 años de edad en ese entonces, 12 menos que su hermano Benjamín. El cadáver quedó tirado en el camino al Instituto México, el colegio católico donde estudiaba junto a los hijos de algunas familias adineradas de Tijuana. Mientras Benjamín se amistaba con los empresarios y políticos más influyentes de la frontera, Ramón reclutaba a muchos de sus hijos, la mayoría nacidos en San Diego. La prensa local los apodó narcojuniors: todos ellos eran egresados del Instituto México o pertenecían a su círculo social. Todos ellos integraron un ejército de sicarios al servicio del cártel.
Benjamín se mudó a Tijuana en 1976 e incursionó en el trasiego de cocaína en el condado de Los Ángeles. El 18 de junio de 1982 fue arrestado por la policía de Montebello en posesión de 100 kilos de esa droga junto a su hermano Eduardo y su esposa en ese entonces, Esperanza Martínez. Salieron libres bajo fianza. Eduardo regresó a Guadalajara, a donde una década atrás se había mudado con sus hermanos para estudiar medicina. Benjamín lo acompañó para apalabrarse con los jefes del Cártel de Guadalajara antes de regresar a Tijuana, y concentrarse en acarrear mariguana del sureste de México para su venta en California. Su hermano Ramón ya tenía tres años acompañándolo y apenas cumplía la mayoría de edad. Benjamín tenía 30 y, a pesar de su detención en California, había probado ser un líder enérgico y prudente: tenía el respeto de los jefes más viejos de la mafia y pronto fue obedecido por funcionarios gubernamentales de Estados Unidos y de México. Durante los próximos 20 años Arellano Félix erigiría un imperio transnacional con base en la frontera. Ramón compró a la clase acomodada local con dinero y amenazas, pero Benjamín los sedujo con su carisma y tesón empresarial. El Min y el Món, como los apodaban los narcojuniors, no eran serranos de botas y sombrero: “eran el Beverly Hills 90210 del crimen organizado”, declaró a Los Angeles Times el entonces fiscal antinarcóticos del Distrito Sur de California, Gonzalo Curiel, cuando el ejército capturó al Min en 2002. La hipocresía que disimuló los nexos entre la élite fronteriza y el cártel fue insostenible cuando los narcojuniors intentaron o se convirtieron en testigos protegidos de la agencia antidrogas estadounidense (DEA). Casi todos murieron ejecutados.
El declive del Cártel de Tijuana comenzó cuando el Partido Acción Nacional (PAN) entró a la presidencia y el enemigo histórico de Benjamín Arellano, Joaquín Guzmán Loera, alias el Chapo, escapó de la cárcel con la complicidad de funcionarios federales. Guzmán Loera estuvo preso en el Cefereso de Puente Grande hasta el 19 de enero de 2001, un año antes de la muerte de Ramón Arellano el 10 de febrero de 2002 en Mazatlán. Estos hechos, ocurridos durante la administración de Vicente Fox, culminaron con la captura del Mín, y todo ello originó la atomización de los cárteles tradicionales y una guerra entre células del crimen organizado que ha ido recrudeciéndose hasta el momento en que escribo esto. El gobierno de Felipe Calderón, también del PAN, intensificó esta escalada violenta y se rindió ante la imposibilidad de gobernar regiones enteras del país. El último año de su sexenio alcanzó la cifra histórica de 115 extradiciones y confirmó así la sumisión absoluta del Estado mexicano ante el aparato político estadounidense.
El New York Times citó un reporte de la DEA en su editorial publicado 18 días después de la muerte del Mon: aseguraba que más de 40% de la cocaína consumida en Estados Unidos durante la década de los noventa había sido ingresada por los Arellano Félix. Alegaba que el líder del cártel operó esos años aliado a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), las tríadas chinas y otras mafias internacionales. Además, señalaba a Benjamín Arellano como el autor intelectual de unos mil asesinatos. Un mes después, La Jornada citó un informe de la Procuraduría General de la República (PGR) en la nota que publicó sobre la captura en Puebla: insistía en su responsabilidad en el homicidio del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, accidentalmente baleado en medio de un ataque al Chapo. El Min pudo rendir su primera declaración sobre ese asesinato hasta el 15 de abril de 2011, tras nueve años de aislamie
