PRÓLOGO
JESÚS RAMÍREZ-BERMÚDEZ
Hace años aprendí, en un tratado de psicopatología inglesa, que a mediados del siglo XX aún se usaba la expresión “psicosis de amor”. Esta peculiar categoría psiquiátrica parece tener raíces milenarias, y aunque ha sido erradicada del léxico contemporáneo de la medicina, la sombra que proyecta sobre nuestro razonamiento todavía puede ser observada mediante una forma poco común de introspección, científica y literaria. Me refiero a la mirada de Francisco González-Crussí.
Heredero del patólogo mexicano más conocido, Ruy Pérez Tamayo, el doctor González-Crussí —Frank, como lo conocen en el ambiente médico anglosajón— ha desarrollado una doble vida prolífica. Más de 170 artículos de biomedicina publicados en revistas médicas internacionales le aseguran un sitio de referencia en la investigación del cáncer infantil y otras entidades refractarias a cualquier aproximación frívola. Pero es mejor conocido en los países de lengua inglesa y española por la interrogación que hace del cuerpo humano mediante los recursos de la literatura. Apareció en la escena de las letras en 1985 con aquellas solitarias Notas de un anatomista, celebradas en las páginas de The New York Times, y desde entonces su planteamiento literario de la anatomía patológica se ha expandido hasta abarcar la heterogeneidad de una condición humana limitada, como diría Hans Georg Gadamer, por la filosofía de la finitud. Paulatinamente, sus capacidades de observación, entrenadas por la práctica de la microscopía, lo condujeron hacia un alejamiento de las versiones complacientes sobre la naturaleza humana.
En Mors repentina: ensayos sobre la grandeza y miseria del cuerpo humano, González-Crussí entretiene y perturba, divierte incómodamente a sus lectores con ensayos sobre el seno femenino, el anorrecto y las emociones, o lo conmueve con su estudio de la indiferenciación sexual, donde recuerda casos de los siglos XVII y XVIII, olvidados por la historia de la medicina y por los estudios de género, mas no por la obsesión bibliófila del doctor. He intentado olvidar sin éxito la historia de Jean Baptiste Grandjean, quien al nacer fue identificado como mujer y se le llamó “Anne”. Su deseo erótico por otras chicas, tomado como un signo ominoso de homosexualidad femenina, quedó sustituido por un desconcierto aún mayor: durante la adolescencia, el crecimiento de los genitales, hasta alcanzar proporciones masculinas, reveló errores mal conceptualizados por la teología y la sociedad francesa de aquellos tiempos. El sacerdote encargado de dar consejo a la familia encontró una salida feliz —y transitoria—: Anne ya no sería niña ni sería Anne. Su nuevo nombre, Jean Baptiste, revelaría su identidad masculina a la comunidad.
Menciono esta historia porque trae consigo algunos elementos que hacen memorable la obra de Francisco González-Crussí, los cuales se recrean este nuevo libro, La enfermedad del amor: la paciencia bibliofílica del autor le permite encontrar historias inusuales en viejas bibliotecas de Europa y otras partes del mundo, y luego procede con meticulosidad a revelar las incongruencias constantes entre los mapas culturales de cada época y los hechos del cuerpo humano, imposibles de eliminar mediante el decreto o el soborno. En la historia de Jean Baptiste la incomprensión y la intolerancia, así como la ponzoña del mal de amores, lo llevan a una escena que pone de relieve otra estación terminal en las creaciones del autor: el protagonista fue sometido a un severo escrutinio médico, con toda su carga de relatividades científicas, con su amalgama ideológica y su frío marco legal.
En este sitio de convergencia entre el escrutinio de una mirada diagnóstica, la relatividad de las plataformas culturales y los efectos de realidad de los discursos legales nace la reflexión de González-Crussí. A veces esta reflexión es melancólica, porque las criaturas literarias —históricas o contemporáneas— no encuentran escapatoria frente al doble filo de la naturaleza y la cultura, pero también, y siempre en ascenso, los pensamientos de Crussí sobre la enfermedad admiten y producen todos los recursos de la humanidad: la suya es una mirada compasiva, aunque su compasión no está privada de ironía. Así lo demuestran los ensayos de Día de muertos y otras reflexiones sobre la muerte, donde continúa las investigaciones iniciadas en Notas de un anatomista acerca del embalsamamiento, si bien las lleva a paisajes inesperados de la política, como sucede en la historia post mortem de un cadáver indestructible, el de Eva Perón. Todo parece indicar que el sentido del humor ha logrado humanizar una obra literaria condenada a las variedades oscuras de la experiencia emocional: la nostalgia, la rabia, la indignación, el duelo, son recreados mediante la ironía de una mente reflexiva y, ante todo, abierta a la contemplación panorámica, a la profundidad de la historia.
En La enfermedad del amor, como en otros textos de su saga intelectual, González-Crussí hace un recorrido por la historia de las ideas. Esto lo lleva al encuentro de los grandes clásicos de la Antigüedad grecolatina, donde consigue una envidiable labor de síntesis. No he leído exposiciones tan claras acerca de las ideas de Platón, Aristóteles, Diógenes, Jenofonte. Esto se debe, entre otras razones, a que el autor se conduce sin pedantería, sin intelectualismos ni juegos estéticos para iniciados en alguna secta literaria. Por el contrario, hay una búsqueda de claridad que permita una lectura gozosa y universal.
Entre muchas otras cosas, La enfermedad del amor es un museo de aforismos sobre la dimensión erótica de nuestras vidas y sus casi infinitos reductos hacia la humillación, el fracaso y otros tormentos, pues el amor es “el fenómeno más discutido y menos comprendido”, según Diderot, “la ocupación de las gentes ociosas”, de acuerdo con Diógenes, y en la versión de Platón se trata de “la enfermedad de las mentes desocupadas”. Este museo incluye, por supuesto, una sección dedicada a los aforismos que expresan sorna frente a la conducta amorosa: en palabras del poeta Chamfort, “un enamorado es un hombre que se empeña en parecer más amable de lo que es posible para él, y ésta es la razón por la cual todos los enamorados parecen ridículos”. Un paso más adelante, Rosalinda, el personaje de Shakespeare, manifiesta su escepticismo no sólo hacia el amor, sino también hacia la supuesta gravedad patológica de la obsesión erótica: “Los hombres de tiempo en tiempo han muerto, y se los han comido los gusanos, pero no por amor”. No podría faltar el aforismo sexista en una crítica del mal de amores, así que González-Crussí recupera comentarios de la Ilustración: el amor, “para los hombres, es estar inquieto; para las mujeres, existir”. Pero los relatos de este libro confirman que ambos sexos padecen por igual las penas de la obsesión amorosa. Cuando el rey de Babilonia pide consejo para castigar al amante culpable y flagrante de una de sus mujeres, el filósofo Tyneo le dice: “Déjalo que viva, ya el amor se encargará de castigarlo a su debido tiempo”.
La maldición del amor evoca, por supuesto, las palabras del dios Apolo en el Asno de oro de Apuleyo, cuando se refiere al dios Eros: “Volando con sus alas, fatiga todas las cosas sobre los cielos, y con sus saetas y llamas doma y enflaquece todas las cosas; al cual el mismo dios Júpiter teme, y todos los otros dioses se espantan, los ríos y lagos del infierno le temen”. En efecto, como se narra en el mito de Psique y Eros, el padre de los dioses, Júpiter, se ve obligado a propinar una dura reprimenda a su hijo Eros por las humillaciones constantes del mal de amores: “Pero aún este mismo pecho, en el cual se encierran y disponen todas las leyes de los elementos, y a veces las de las estrellas, muchas veces lo llagaste con continuos golpes de amor, y lo ensuciaste con lazos de terrenal lujuria, y lisiaste mi honra y fama con adulterios torpes y sucios contra las leyes”. Aunque lo condenamos por su conducta inmoral, el padre griego y romano de los dioses señala a su hijo Eros como responsable de las incontables incursiones en esta variación divina de obsesión erótica, la cual trastoca los cimientos mitológicos de Occidente.
La subjetividad masculina, de cara a la irracionalidad del amor malsano, ha sido un tema investigado desde hace mucho tiempo por González-Crussí. En el libro Sobre la naturaleza de las cosas eróticas el autor escribió el ensayo “Sobre los celos masculinos”, donde recuperó una anécdota de Luis Buñuel acerca de un distinguido miembro de las fuerzas armadas. Escribe allí el doctor Crussí: “De buena fuente Buñuel supo que en cierta ocasión este hombre fingió un viaje de negocios, regresó a su casa muy temprano en la mañana, tocó a la puerta de su casa y dijo simulando una voz que su esposa, una mujer de conducta irreprochable, no identificaría: María, déjame pasar. Ahora que tu marido no está, aprovechemos la oportunidad…”
De las Confesiones de san Agustín a las narraciones históricas de Flaubert, La enfermedad del amor no sólo hace una historia crítica del amor terrenal, sino que también plantea de manera frontal la pregunta por la naturaleza patológica del erotismo, en sus variantes conocidas como obsesión erótica o mal de amores. Aunque se trata de un juego intelectual, que pone nuestro razonamiento médico en estado de emergencia, hay que admitir que se trata de un juego serio con graves consecuencias para la salud y la seguridad de muchas personas. Este libro está lleno de ejemplos de tales formas de amor. Aunque el espíritu del doctor González-Crussí es eminentemente clásico, asimismo recupera incontables ejemplos de nuestra era, la era tecnológica de la subjetividad. Mediante dispositivos electrónicos, los amantes monitorean el movimiento psicológico de sus presas y aún los movimientos físicos, como en el caso, descrito en este libro, de una mujer del estado de Wisconsin, la cual vivía confundida y atemorizada porque su ex novio aparecía en todos los lugares que ella visitaba, como si tuviera acceso telepático a sus intenciones. Más bien se trataba de un recurso de plástico y circuitos: el acosador colocó un sistema GPS en el auto de su víctima.
González-Crussí recupera noticias contemporáneas en periódicos consultados en internet con la misma naturalidad con que desentierra historias de la Edad Media, y el inventario de pociones, venenos, cantos y poemas dispuestos en las eras oscuras para dotar de realidad al deseo posesivo se manifiesta en un desfile de franca continuidad que abarca todas las épocas de la humanidad y que incluye nuestros juguetes contemporáneos: tabletas, celulares, computadoras, sistemas de rastreo satelital y en un futuro cercano, me atrevo a decir, dispositivos de monitoreo neuropsicológico que incluso podrían tomar la forma armada de la telepatía sintética. Aquí me detengo para comentar otra dimensión de este proyecto médico-literario: me refiero al estudio de la inteligencia clínica que excava en el corazón de quienes sufren el mal de amores.
La sagacidad clínica, con su semiología experimental, convive con los recursos sofisticados de las imágenes funcionales del cerebro. González-Crussí hace un recorrido por la investigación, a veces precaria, a veces imperial, del amor y sus víctimas. Como diría Julia Kristeva desde los balcones de la terapia íntima: hablar de psicoanálisis es saber que, a fin de cuentas, toda historia termina hablando de amor. En su capítulo sobre la propedéutica clínica del amor obsesivo, el doctor Crussí se detiene en Galeno, quien a su vez se detiene en el pulso de Justa, la esposa de un cónsul romano enamorada en secreto del bailarín Pylades. El médico detecta la estabilidad del pulso ante su aburrido esposo, los amigos y familiares, pero también las variaciones extremas que acontecen específicamente cuando la imagen o el nombre de Pylades irrumpen en el campo de la conciencia.
Con el tiempo, la medicina desarrolló el concepto del pulsus amatorius. Hoy la noción parece soñadora o ridícula, según la sensibilidad del lector, si bien las naciones desarrolladas gastan millones de dólares en investigaciones que capturen el pulsus cerebralis. La doctora Helen Fisher, antropóloga biológica de la Universidad Rutgers de Nueva Jersey, es la campeona de esta tendencia. En uno de sus estudios, un grupo de sujetos “en la etapa intensa inicial del enamoramiento” fueron sometidos al escrutinio tecnológico mientras miraban la fotografía de su ser amado en contraste con otras fotografías; al comparar la actividad cerebral, los autores encontraron que la intensidad de la pasión romántica se relacionaba de manera directa con la activación del núcleo caudado y el área tegmental ventral del mesencéfalo, estructuras que forman parte del sistema de dopamina: la molécula fundamental en la anticipación de las experiencias de recompensa y gratificación. El parentesco neural entre la codificación del amor intenso y los mecanismos tempranos de la adicción a drogas legales o ilegales es obvia, incómoda. Más allá de la analogía, que apoya el concepto popular según el cual el enamoramiento es una borrachera bioquímica, el estudio sin duda aporta datos valiosos para entender la biología de las experiencias amorosas, aunque difícilmente puede utilizarse como una prueba diagnóstica para saber si una persona ama o no a alguien más.
La tentación de creer que disponemos de una máquina para medir el amor es muy atractiva, pero a la luz de la ciencia actual resulta sencillamente falsa. En esta zona de incertidumbre y relatividad se insertan las observaciones de González-Crussí: mediante la disección histórica nos muestra la maraña de caminos que conducen a la elevación y la ruina. El suicidio o la prisión son desenlaces frecuentes en el cuerpo orgánico de sus cuestionamientos y narraciones. El corazón roto por experiencias de rechazo y pérdida también es incluido por González-Crussí en el recuento de los hechos, en la figura de la controvertida cardiomiopatía de Takotsubo.
Los remedios para una condición que resiste la conceptualización científica son igualmente diversos: desde el alcanfor y el lirio blanco hasta recursos como la música, el teatro, la práctica de escuchar fábulas y cuentos entretenidos, o la compañía de “viejas chismosas” que pondrían en escena la imaginación en reversa, a modo de contrarrestar la marea irracional del deseo y sus idealizaciones deformes del objeto amado. Sin concesiones hacia el casto dictamen religioso de la sociedad medieval, algunos médicos de las edades oscuras prescribían directamente el coito como curación para el mal de amores.
La enfermedad del amor es un organismo literario poblado por grandes pensadores arrinconados en los límites de la racionalidad: un museo de anormalidades y relatos de todas las épocas, donde se distingue el triángulo malsano conformado por los hechos del cuerpo y su contradicción con la cultura, ante la figura del médico que sólo alcanza a ver a medias la estructura lógica del problema. Al igual que Los cinco sentidos —celebrado en su momento por Oliver Sacks— o los ensayos de Ver. Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas, este libro se detiene en los puntos ciegos de las teorías científicas, en el remolino donde la medicina y la vida no logran diferenciarse. Sin pasión por la denuncia ni el escándalo, sin necesidad de redimir a nadie, González-Crussí contempla con ironía y serenidad los acontecimientos confusos de la historia y los enlaza para formar una trama sin resolución, pero terriblemente entretenida, que conduce a una discusión final acerca de la naturaleza patológica de la obsesión erótica, puesta en escena mediante el recurso de una ficción filosófica donde los argumentos se tensan y alternan para generar una solución coherente, pero inesperada, un estado de conciencia donde la literatura y la medicina contemplan el horizonte humano que en su momento diagnosticó Francisco de Quevedo: la enfermedad que crece si es curada.
INTRODUCCIÓN
¡Es la ira de los dioses! Una mujer me persigue, y siento miedo […] ¡Estoy enfermo y quiero sanar! ¡Todo lo he intentado! Quizá tú, ¿conoces tú algún dios más fuerte, o alguna poderosa invocación que me libere de ella? Ella me tiene atado con una cadena que nadie puede ver. Si camino, es que ella está avanzando; si me detengo, es que ella reposa. Me queman sus ojos, oigo su voz. Ella me rodea, me penetra. Me parece que se ha convertido en mi alma. Y, sin embargo, entre ella y yo existen, por así decirlo, las olas invisibles de un océano sin límites. Está ella distante y del todo inaccesible. El esplendor de su belleza forma como una nube de luz a su alrededor, y a veces me parece que nunca la he visto… que no existe… que todo eso es un sueño.1
Así es como Flaubert describe el mal de amores que aflige a Matho, un personaje de su muy comentada novela Salambó. Se trata de una historia que, según George Sand, está “llena de oscuridad y centellas” y no pertenece a ningún género literario en particular.2 Ocurre en un ambiente exótico, la antigua Cartago, tres siglos antes de Cristo. Matho es un “bárbaro”, un hombre que no es ciudadano romano. Este hombre se obsesiona con una sacerdotisa de una religión pagana. Para liberarse de ese tormento, consulta a los adivinos, “los que leen las estrellas, los que observan las serpientes, y los que soplan sobre las cenizas de los muertos”. Nadie puede decirle cómo curarse de su pasión.
La novela de Flaubert es sólo una de las innumerables descripciones literarias del amor erótico obsesivo y los trastornos psíquicos que acarrea. La descripción que hace san Agustín en el libro VIII de sus Confesiones, acerca de su lucha por arrancarse las ataduras de la lujuria, es igual de conmovedora, pero el conflicto interno de un místico que se desespera por alcanzar la santa castidad no tiene tanto atractivo para un lector de la época presente. En cambio, la novela de Flaubert posee un carácter dramático y una potencia evocadora que retratan vívidamente la obstinación tenaz, irrefrenable, con que la pasión erótica atormenta a sus víctimas. Sin embargo, desde otro punto de vista, la miseria de quienes sufren el tormento amoroso tiene que haber atraído la atención de los médicos, puesto que sus manifestaciones externas son conspicuas: palidez, pérdida de peso, suspiros constantes, pulso irregular, falta de sueño, etcétera. Es por eso que la medicina de épocas pasadas no dudó en considerar el amor vehemente como una entidad clínica. De ahí que en el capítulo inicial de este libro nuestra atención se enfoque en la manera como los médicos-filósofos de la Antigüedad consideraron el fenómeno de la obsesión erótica, sus variantes y sus complicaciones.
Las complicaciones o “extensiones patológicas” del amor erótico son un asunto serio. No pocas páginas de este libro —sobre todo en los capítulos 3, 4 y 6— están dedicadas a la historia médica de ellas, aun a sabiendas de que muchos tomos voluminosos apenas empezarían a hacer justicia a tan complejo y delicado tema. Tal, por ejemplo, es el caso de la clorosis o “enfermedad verde”, un padecimiento misterioso que apareció en el mundo, causó importantes destrozos en la salud de las víctimas y luego desapareció en forma tan misteriosa como llegó. El lector encontrará información copiosa sobre esta y otras enfermedades asociadas con el amor en varios capítulos de la presente obra.
Aunque nuestro enfoque es principalmente histórico, no podemos dejar de comentar que las patologías del amor resultan tan perjudiciales hoy como antaño. Sólo que en la actualidad se presentan modificadas, y harto agudizadas, por obra y gracia de la tecnología. Es bien sabido que cuando una infatuación crece y se desarrolla de manera unilateral, el amante rechazado puede quedar atrapado en una idea fija como consecuencia de su frustración. En tal caso, el amante repudiado —hombre o mujer— suele convertir al antiguo objeto de su amor en una víctima. La acosa, la persigue, la acecha, la acucia con insistentes llamadas telefónicas, cartas, mensajes e intentos de abordarla en la calle. Las intrusiones indeseables son una conducta propia del amante desdeñado y rencoroso, conocida desde tiempos remotos. La novedad es que hoy se recurre a instrumentos y aparatos de la tecnología moderna: computadoras, teléfonos celulares, tabletas y otros artefactos. Hoy en día, el amor incomprendido destila su ponzoña en correos electrónicos, en redes sociales y por todo el mundo a través de internet.
De dos términos de la lengua inglesa se ha tenido que crear uno nuevo. La primera palabra, bully, designa al matón o bravucón que amenaza, hostiga e intimida. La segunda es cybernetics, la cibernética, es decir, la ciencia que estudia cómo la información se controla y se comunica en los sistemas vivientes y en las máquinas. En años recientes se hizo imprescindible acuñar un término híbrido: cyberbullying. De modo semejante, cyberstalking —este último de cyber + stalking, “perseguimiento”, “hostigamiento”): nuevas palabras para nombrar las nuevas formas de hostigar y aterrorizar.3 Bajo amenazas constantes, la existencia de la víctima se vuelve un verdadero tormento que puede durar años. Se temen las llamadas telefónicas, los mensajes abiertamente amenazadores, acompañados en ocasiones de daño a la propiedad o directamente de episodios de violencia contra la persona.
La gente famosa y a la vista del público es la más expuesta al peligro. David Letterman, un anunciante y cómico muy conocido en la televisión estadounidense, fue perseguido y hostigado durante mucho tiempo por una mujer esquizofrénica. Su mente desquiciada la hizo creer que estaba casada con él. En una ocasión se robó las llaves del auto de su adorado y fue arrestada cuando lo conducía, llevando en él a su pequeño hijo de tres años de edad que, según aseguraba con falsedad, también era de Letterman. Más tarde se suicidó al arrojarse bajo un tren en marcha. Conan O’Brien, otro personaje de la farándula de ese mismo país, fue perseguido y hostigado nada menos que por un sacerdote católico, David Ajemian, miembro de la arquidiócesis de Boston. Le enviaba frecuentes cartas y tarjetas postales con amenazas, y una vez fue arrestado por conducta desordenada cuando trataba de ingresar al estudio donde O’Brien grababa un programa.4 Años después de este arresto, explicó que su conducta, lógicamente atribuida por muchos a una pasión homosexual, en realidad fue causada por un medicamento estimulante que su médico le recetó.5
Los actos violentos en estos casos son cometidos con mayor frecuencia por hombres, si bien el sexo femenino no está exento de ese cargo. La industria fílmica de Hollywood produjo un drama en 1987 que fue un éxito de taquilla, Atracción fatal. En esta obra, una mujer de personalidad desbalanceada tiene un affaire de fin de semana con un hombre casado. Cuando éste rehúsa dejar a su familia, la mujer se convierte en un monstruo psicopático que se aferra con obstinación a él y aterroriza a su esposa mediante su empecinamiento morboso. Un diccionario de la lengua inglesa incorporó la expresión bunny boiler (“hervidora de conejitos”) para una mujer despechada, con base en una escena del filme en la cual la mujer obsesionada mata al conejito mascota de la hija del adúltero y lo hierve en un caldero. La calidad artística de esta obra cinematográfica estuvo muy por debajo del extraordinario éxito comercial que logró.
Otra película, más meritoria desde el punto de vista artístico, pintó el amor obsesivo y patológico en una mujer: se trata de la producción francesa El diario íntimo de Adèle H. (1975), con guión escrito por François Truffaut, Jean Gruault y Suzanne Schiffman e Isabelle Adjani en el rol principal. Su impacto dramático se debe en gran parte a que se basa en hechos históricos reales. Se trata de la historia de Adèle H., la segunda hija del gran escritor francés Victor Hugo. Los autores del guión dijeron que no inventaron nada ni modificaron en absoluto los hechos documentados.6 Adèle llegó a Halifax, Nueva Escocia, Canadá, en 1863, cuando su famoso padre vivía en el exilio en la isla de Guernesey. La joven mujer iba siguiendo a un teniente del ejército inglés, Albert Pinson, acuartelado en Halifax. Este hombre la había seducido y ella, profundamente enamorada, se consideraba su prometida. En esta creencia rechazó varias propuestas de matrimonio, pero él la había dejado y con el tiempo la olvidó.
Adèle lo sigue y él la elude, pues ya está casado. Sin embargo, ella se obstina y lo persigue con una tenacidad increíble. Devorada por la pasión y agobiada por la desesperación, la pobre se hunde en la locura. A lo largo del filme observamos el desgarrador, penosísimo derrumbe de su mente, manifestado por una conducta aberrante. Se imagina casada con Pinson y lo sigue a las islas Barbados cuando su regimiento es transferido a ese lugar. Una escena de la película muestra a Adèle en su propia recámara, donde construyó una especie de pequeño altar en el cual puso un retrato de su amado. Al lado de esta efigie coloca veladoras encendidas, como si el teniente fuera un santo y ella, su ferviente feligresa. En septiembre de 1863 Adèle le escribe a su célebre padre y le pide que envíe su correspondencia dirigida “a la señora Pinson”, porque contrajo matrimonio con él. Es falso. Victor Hugo, engañado por tales afirmaciones, publica el anuncio de la boda de su hija en el periódico Gazette de Guernesey. Al final de una serie de vicisitudes, Pinson la encuentra vagando en las calles, harapienta, indigente. Él trata de ayudarla, pero ella ya no puede reconocerlo. Pinson la abandona a su propia suerte.
La infeliz joven fue regresada a Francia en 1872 e internada en un asilo para enfermos mentales en Saint-Mandé, un suburbio al este de París. Ahí vivió sin jamás recobrar la razón. Murió en 1915, a la edad de 85 años. Durante su búsqueda dolorosa de amor mantuvo un diario, en el cual se basó la película.
Si en el siglo XIX una mujer sola fue capaz de seguir a su hombre con tan impresionante empecinamiento, es posible imaginarse qué puede hacer un enamorado en la época actual, encaprichado en seguir al objeto de sus suspiros, con la ayuda de la tecnología moderna. Hoy existen instrumentos que usan la tecnología de navegación satelital para localizar objetos en tiempo real y en forma altamente precisa. Los aparatos llamados GPS (por sus iniciales en inglés: global positioning system) son un ejemplo que los perseguidores no ignoran. Una mujer en el estado de Wisconsin vivía confundida y atemorizada porque su ex novio la perseguía con una increíble obstinación. No entendía cómo era posible que se le apareciera enfrente cuando ella había tomado toda suerte de precauciones para evitarlo. En una ocasión la dama entró deprisa en un bar que visitaba por primera vez. Para su sorpresa, otra vez el despechado no tardó en aparecerse en el mismo lugar. Esto la hizo sospechar que no era simplemente el instinto de amor el que guiaba los pasos del terco perseguidor. Tenía razón: la acosada mujer descubrió que un aparato GPS había sido colocado en el radiador de su auto. Con este artilugio, las coordenadas de la posición precisa del vehículo eran enviadas a un receptor manual que permitía al hombre saber en todo momento dónde andaba su bello tormento. El hombre fue acusado de hostigamiento y otras felonías, arrestado y puesto a buen recaudo bajo una costosa fianza.7
Volviendo al punto de vista histórico, era natural que los médicos de épocas pasadas intentaran hacer algo para prevenir o curar los desastres causados por la pasión amorosa. En efecto, las técnicas inventadas para dejar de amar a alguien ocupan un lugar importante en la historia de la medicina. Se emplearon medidas dietéticas, recursos de la herbolaria y agentes farmacológicos químicos. Por largo tiempo se recomendó la ingesta de semillas de sauzgatillo, un arbusto de la familia de las verbenáceas conocido con el nombre técnico de Vitex agnus castus (en inglés, chasteberry), para enfriar un poco el ardor sexual demasiado impetuoso. El alcanfor adquirió, no sabemos cómo, una reputación semejante: los monjes lo olían y a veces lo comían, tratando de liberarse de los espoleos de la concupiscencia. El lirio blanco o nenúfar fue muy preciado como sedante y anafrodisiaco. Los mismos efectos se atribuían al nitro o salitre, es decir, el nitrato potásico (KNO3), que se usó con abundancia como ingrediente de la pólvora, ya que deflagra explosivamente. La Enciclopedia Británica nota, sin embargo, que “su valor como supresor del deseo sexual es puramente imaginario”.
Más extendidos fueron ciertos remedios tradicionales, como duchas frías y ejercicio físico extenuante. La superstición encontró aquí un campo fértil. Se recomendaba portar amuletos, artefactos magnéticos, fajas con placas metálicas o con hojas de mandrágora para cubrir los flancos. Todas estas medidas, y muchas otras, se emplearon para enfriar los fuegos de la pasión erótica. No hay evidencia de que ninguna haya producido efectos favorables de manera consistente. En el año 1900, la prestigiosa revista especializada The British Medical Journal reportó que en una región de España, Alanje, en la provincia de Extremadura, existía un manantial cuyas aguas poseían la maravillosa virtud de curar a las jóvenes que sufrían del mal de amores.8 Doctos ingleses examinaron el líquido y concluyeron que “no tenía na
