1.
Una vez interrogué a Golo sobre sus tenis. Eran unos Converse viejísimos que jamás se molestaba en lavar. Le sugerí que ya que sus cuadros se estaban vendiendo tan bien, quizás no sería mal momento para comprar unos zapatos nuevos. Golo se molestó. Se molestó tanto que esa noche no cogimos. Tiró al escusado la cocaína que nos quedaba y se fue a dormir al sillón.
2.
Golo no creía en Dios. Al menos eso decía.
3.
A Golo le gustaba ver películas. Y las mujeres. Sobre todo las mujeres. Ningún tipo de mujer en especial. O, bueno, al menos eso decía. Conocí a Golo en un brindis. Tenía un tic nervioso en los hombros y las puntas de los dedos en carne viva por morderse las uñas. A veces le sangraban. Fue un brindis por una muestra colectiva que montó la Galería Fernández Fiallo. En aquellos días la Galería Fernández Fiallo era la más importante de la ciudad. A la fecha creo que lo sigue siendo, pero la verdad es que jamás ha reunido tal cantidad de talentos jóvenes como en la época en que conocí a Golo.
4.
Golo no era un tipo que a primera vista se pudiera calificar de excéntrico. Tampoco podría decirse que fuera un artista a juzgar por su facha. Mucho menos un pintor de tal calibre. Esa noche llegué a confundirlo con uno de los yuppies que abarrotaban las exposiciones de la Galería Fernández Fiallo. Golo daba más la impresión de ser un niño bien con una semana sin bañarse. Cualquier cosa antes que un pintor. Por entonces ya se perfilaba como el artista de propuesta estética más sólida de su generación y etcétera, etcétera, etcétera. Todas esas cosas por las que ustedes deben saber de él a estas alturas. Golo tenía veintitrés años cuando lo conocí. Tartamudeaba horrores. Y nunca miraba a los ojos mientras hablaba. Le gustaba venirse en mi espalda y, a veces, cuando estaba más caliente, me pedía que yo se lo hiciera por detrás.
5.
Si me lo preguntan, diré que sí. Quise a Golo, ese imbécil, con toda mi alma. Pero no me pregunten por qué.
6.
Golo era guapo, notablemente guapo, con un aire de pulcritud y corrección del que jamás, a pesar de que lo intentara con una suciedad y un desarreglo calculados, podía desprenderse. Se mordía las uñas cuando estaba nervioso y por temporadas se dejaba crecer un bigote ralo a lo Johnny Depp del que parecía enorgullecerse. Sus cambios de ropa aparentaban estar regidos por un estricto calendario mensual. No hablemos de su melena desastrosa, por favor. Le rondaba la idea de hacerse dreadlocks como un cochino hippie cuando lo conocí. No. Ni hablar. Se lo tuve tajantemente prohibido. Pero con todo y su desaliño, y quizás por efecto de eso mismo, Golo podía llevarse a la cama a quien quisiera.
7.
Si me lo preguntan, aunque creo que no lo harán, recién me había graduado en la maestría en filosofía del arte. La universidad fue también el mejor pretexto para zafarme de una vez por todas del control de mi familia, de su moral conservadora. Se puede decir que era algo más o menos como un hijo de papi, con ascendentes económicos y culturales nada despreciables. Iba a hacer seis años que salí de la casa de mis padres para estudiar la carrera. Seis también desde que llegué a esta ciudad. Al terminar la escuela conseguí trabajo en la ahora extinta Galería Martha Herrera. En las fechas que cuento, ésa era la principal rival de la Galería Fernández Fiallo. Entre ambas se libraba una guerra sin descanso ni parámetros éticos. Todo con tal de promocionar las nuevas tendencias, los nuevos espíritus de la primera década del siglo XXI de manera desinteresada. Unos tiburones, unos mercenarios sin un pelo de sensibilidad que veían en el arte la mercancía idónea para especular o lavar dinero. Nada más. Eso es lo que éramos. Es muy simple. ¿Cómo entré a ese círculo? Bueno, siempre quise ser pintor. Lo intenté una y mil veces. Lo intenté hasta el cansancio. Pero la universidad, el dinero de mis padres, el extranjero y mi salida del clóset, me dieron cosas más sustanciales de que ocuparme. Digamos que tengo un pulso excelente y una imaginación por encima de la media, pero sucede que también soy daltónico. Sufrir daltonismo es un obstáculo de peso cuando la principal influencia de uno es Rothko.
8.
A Golo le gustaban los gatos. En especial Martínez, el gato de la vecina. Pero a Golo, en cambio, no le simpatizaban los perros. Golo detestaba a los perros. Un curador amigo mío fue a entregarnos unos documentos al departamento. Era domingo, traía de paseo a su perro, un bull terrier compacto y macizo como un yunque. En cierto momento el bull terrier olfateó a Martínez y se echó tras él. Tiraron lámparas, floreros, sillas y todo lo que se interpuso en su camino. Golo estaba durmiendo en nuestra habitación. Pero cuando escuchó el desastre, salió furioso, vestido únicamente con unos calzones de mujer. Se puso en cuatro patas, confrontando al bull terrier. El animal le enseñaba los colmillos y le escupía en la cara. Entonces Golo comenzó a ladrarle tan fuerte, nariz contra nariz, que el otro escondió la cola y fue a meterse entre las piernas de su amo.
9.
Mis padres me regalaron un departamento en una zona de moda entre los artistas e intelectuales de la ciudad. Lo compartí con mi anterior pareja durante dos años. Él se largó a Londres con sus planes de ser músico. Era la tercera vez que su padre le pagaba un cambio de vocación. Quizás lo que en realidad le urgía para estar en paz consigo mismo era un cambio de sexo. Puedo decir que, antes de Golo, aquel tipo era la única persona a la que había amado. Cansado de cierta clase de hombres, terminé por traerme al departamento a un muchach
