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El temperamento melancólico

Jorge Volpi

Fragmento

El temperamento melancólico

LIBRO PRIMERO

LA CULPA

¿De qué sirve castigar cuando existe la culpa? La culpa es una pena que nos impone la propia conciencia, una mezcla de resentimiento y amargura, de miedo y frustración, una prueba implícita e inexcusable de nuestra miseria. Es mucho peor que cualquier reprimenda externa: es un arrepentimiento que se sabe imperdonable. Quizá en el último día, cuando sean juzgadas las almas y los cuerpos, sea lo único que reciban los condenados. Una culpa eterna, insondable, merecida.

Así nos decía la abuela a mi hermana y a mí cuando éramos niñas y ella se encargaba de cuidarnos por las noches. Hablaba con un tono seco y monótono, acaso reminiscencia de rezos repetidos desde temprano, mientras nos sostenía fuertemente del brazo al encontrar algún destrozo o descubrirnos peleando. Nunca nos golpeaba o nos gritaba como hacían los padres de mis compañeras: la abuela se limitaba a introducir en nosotras un miedo —una conciencia del bien, diríamos ahora— capaz de lograr que fuésemos nosotras mismas las encargadas de reprimir la desobediencia. Este método resultó sumamente eficaz y aún ahora no he podido librarme de él sino apenas reconocerlo gracias a incontables sesiones de psicoanálisis.

Yo adoraba a la abuela. Era la única imagen de autoridad que existía en la casa, y se tomaba sus atribuciones muy en serio: ya que mi madre no vigilaba el buen comportamiento moral y religioso de sus hijas, ella tenía que hacerlo. El mundo de sus regaños, sin embargo, nos parecía no sólo extravagante sino incomprensible, lleno de plegarias y genuflexiones y una serie de enseñanzas bíblicas y catequísticas que no oíamos en ninguna otra parte. Antes de comer y de dormir nos hacía persignarnos —no se valía santiguarse— y no perdía oportunidad para referirse a Dios, a su infinita misericordia y su implacable justicia, esa especie de borrador gigantesco que algún día cancelará nuestros pecados y justificará con la santidad las tristezas terrenales.

¿Hasta dónde guardo yo todavía en alguna parte de mi cabeza aquellas imágenes increíbles? ¿Hasta dónde no serán ya componentes indispensables de mi personalidad a pesar del tiempo que ha pasado, de mi incredulidad y de mi fe perdida? A veces creo que es imposible renunciar a las historias que nos han contado durante la infancia; una continúa persiguiéndolas sin percatarse, acaso obsesionada con hallar en el mundo esas convicciones primitivas, la claridad perfecta e inalcanzable de esos recuerdos. No lo sé, extraño a la abuela y sus absurdas ideas aun cuando reconozca en ellas las porciones de mi vida que más aborrezco y más me avergüenzan. Los absolutos, la Verdad única e indiscutible, la Bondad y la Belleza me cercan por doquier; no obstante mi voluntad relativista, la apertura que busco ofrecer y la amplitud de mis gustos presentes, no dejo de advertir a cada momento la insatisfacción que me acecha al darme cuenta de que nunca alcanzaré la perfección. ¿Quién nos habrá diseñado, a mi abuela y a mí, a todos los seres humanos, con ese deseo de alcanzar estratos angélicos, de traspasar los límites de la realidad, de volvernos irremplazables?

Mi pobre abuela no sabía lo que provocaba. Su misión era crear conmigo una criatura dócil, una máquina capaz de responder eficientemente a planes preconcebidos, a órdenes indubitables provenientes de mi cerebro. Nada de impulsos irracionales, nada de sensiblerías, nada de errores: estos eran los postulados de su moral, amparada en los principios de la iglesia y las buenas costumbres. Ser recto y justo equivalía a tener un celador por dentro, el corazón como verdugo y como juez, siguiendo un solo camino, igual y evidente para todos: la virtud. Para ella, la vida era un conjunto ordenado de acontecimientos, un orden explicado y explicable, en donde lo imprevisto solo podía identificarse con el mal, obra de demonios. El deber había sido inoculado en cada uno, y si no se le daba una prioridad incondicional, se caía en las aberraciones, en el egoísmo, la mentira y la muerte.

“¿Dónde está ese deber?”, me atrevía a preguntarle a la abuela, enfurruñada, y ella, con su voz de templo, tañida con dulzura, replicaba que el deber está inscrito en nuestro pecho, y apoyaba las manos hilosas contra el suyo, convencida de cuanto decía. Otras de las cosas que faltaban en su universo: la duda y la incertidumbre, asimiladas con la incredulidad. Creía en sus propias palabras como en las del Señor, como si Él se las hubiera dictado al oído igual que a los evangelistas y a los profetas. Esa era la estirpe a la que pertenecía: una sibila incomprendida, atada a un entorno maligno que se negaba a admitir lo obvio.

A fuerza de repetirlo, el universo de mi abuela terminó por convertirse en el mío: todo lo demás quedaba en un espacio que no me pertenecía: el del mal. Ni a mi madre ni a sus amigos ni a mis compañeros de escuela o a mis maestros, a pesar del respeto o la confianza que yo les tuviera, podía considerarlos como modelos a seguir. Hasta los cuatro años mi educación corrió casi exclusivamente a cargo de ella, y me resultaba imposible traicionarla. Aunque me agradaran las ideas de otras personas, y aunque a veces tratara de imitarlas, no dejaba de tener presente que mi fe estaba en las enseñanzas de la abuela. Mis desobediencias, mis rebeliones y mis caprichos no eran más que actuaciones que me esforzaba por representar delante de los extraños, meras herejías en contra de la verdad sabida. Pecar, como decía la abuela, era sinónimo de interpretar un papel que no era el mío, de comportarme ante los otros, por obstinación, inseguridad o cobardía, de modo diferente a como en realidad sabía que debía hacerlo. Desde este punto de vista, la abuela había triunfado rotundamente: yo no podía librarme del peso de la división entre lo bueno y lo malo, lo que debe hacerse y lo que no; apenas, y con muchos esfuerzos, me atrevía de vez en cuando a optar por lo malo, lo prohibido, pero siempre con la inconformidad acallada de mi espíritu.

Hay quien dice que sólo aquellos que tienen una pronunciada tendencia a la personalidad múltiple o dividida se convierten en grandes actores. No creo que sea mi caso: me hice actriz como culminación de un proceso natural. Para mí era muy fácil camuflarme con una indumentaria, unos gestos y unas palabras que no me pertenecían; a fin de cuentas lo hacía todo el tiempo, inconscientemente, al encontrarme con otras personas. Ser otro, pero sin perder la noción de que, más adelante, podía regresar a mi auténtica personalidad. Son los esquizofrénicos quienes realizan esta función sin retornar jamás a su carácter inicial, acaso porque pierden esta idea de prelación o de anterioridad de un rostro sobre los otros. En cambio, los actores, por más que nos adentremos en un papel, por más que éste nos apasione e involucre, siempre seremos capaces de volver a nosotros mismos, de reconocernos como los iniciadores de esa red de personajes que nos envuelve y en apariencia nos aniquila.

La culpa es el único sentimiento, la única afección humana que es imposible actuar. Su función es recordarnos que no somos lo que aparentamos. Shakespeare lo sabía muy bien y por eso tuvo que representar la horrible culpa de Macbeth dentro del sueño: de otro modo el observador no la vería, no sería capaz de imaginarla. La culpa es inimitable y al ser representada parece inevitablemente falsa. Con un buen actor o una buena actriz, la gente deja de decir éste es fulano representando a Otelo y en verdad, por un instante mágico, piensa que ése es Otelo, el único, el verdadero, que aparece por el poder y la inteligencia de un hombre. En cambio, si oye o mira a alguien actuando la culpa, nunca se deja convencer por la representación, la farsa, el engaño al que lo somete el actor o la actriz. Yo lo intenté muchas veces: inventar la culpa, sentir su peso, transformarla en movimientos, frases y guiños, obsequiarla a quienes me miraban, pero nunca apareció, siquiera remotamente, la sombra que mi abuela me inculcó y de la cual quise valerme en escena. La tristeza y la alegría, el dolor y el miedo, incluso el amor y el placer, al ser actuados remiten a sus contrapartes reales; la culpa, jamás.

No deja de parecer curiosa esta extraña vinculación proveniente de los abismos de mi niñez: culpa y actuación inseparablemente unidas, como si el gran reto de mi vida fuese asimilarlas, volverlas una sola. La hazaña deseada por todo actor o actriz y especialmente por mí: volver verosímil —por vivida— la actuación de la culpa y de este modo librarme de ella, exorcizarla subiéndola al escenario.

Mi madre nunca aceptó mis deseos de convertirme en actriz, nunca comprendió, quizá porque no tuvo el tiempo de conocerme suficientemente —y éste no es un reproche—, que yo podía decidir algo sin la intención expresa de lastimarla. Ella nunca hubiese podido imaginar que, en gran medida, había sido mi abuela —su propia madre— la responsable de mi decisión. Yo misma no me di cuenta de ello hasta mucho después, cuando ya me dedicaba profesionalmente al teatro.

Ésta es otra de las sorpresas de la vida: hará apenas unos cinco años yo estaba convencida, ante el éxito que suponían los inicios de mi carrera, de que por fin había logrado escapar de las tradiciones familiares, de la férrea moral de mi abuela y de la ambigua moral de mi madre —más rígida hacia mí justo porque ella no la llevaba a la práctica en su propia vida—, cuando ocurría exactamente lo contrario. De algún modo mi mente había echado hacia atrás mi educación tradicional, lo que me permitía hacer y decir cosas que antes no hubiera imaginado, pero ello no suponía que no continuaran dominándome. Yo estaba segura de que me había despojado de las ideas y actitudes de mi madre y de mi abuela, sentía un alivio inmoderado al contradecirlas o al comportarme en contra de lo que ellas querían para mí, disfrutaba de repente de una libertad absoluta e inmerecida, pero en el fondo —eso lo veo hasta hoy— esa liberación dependía de los propios prejuicios que buscaba romper. Era una libertad condicionada, un escape ilusorio, más que el producto de una decisión o un anhelo naturales.

Aún recuerdo los inicios de mi rebelión. Imprevistamente, cuando cumplí quince años, mi madre y mi abuela se pusieron de acuerdo para enviarme dos meses de vacaciones con unos tíos que vivían desde hacía varios años en California. Para mí la experiencia era nueva por entero, nunca había salido del país, a mis parientes apenas los recordaba y en realidad nunca había estado tanto tiempo lejos de mi casa. No sé hasta dónde ellas imaginaban los peligros de la vida norteamericana, hasta dónde confiaban ciegamente en el tío prófugo, su esposa colombiana y sus hijos, o si, por el contrario, estando ellas lejos, confiaban en que mi aprendizaje lo llevaran a cabo, al menos, personas conocidas. Llegué a un país extraño, sin hablar una palabra de inglés, y de inmediato me enfrenté a modos de ser no sólo diferentes sino opuestos a los que me habían enseñado. Pronto mis tíos se desentendieron de mí y me dejaron en manos de mis primos —tres muchachos de veinte, catorce y doce años—, sin preocuparse en absoluto de vigilarme. A las dos semanas nos dejaron ir a los cuatro solos a un campamento con la única advertencia de “cuidar bien a la niña”.

Desde el principio me gustó Micky, el mayor, y quizá por eso él me detestaba tanto. Se burlaba de mí, me trataba como si tuviera cuatro años, me imitaba y decía cosas en inglés que hacían reír a los otros y que yo no alcanzaba a entender. Sin embargo, durante el campamento su actitud cambió completamente; mientras John y Tomás jugaban entre ellos y se perseguían en el bosque, Micky se quedaba a conversar conmigo hasta que por fin un día se atrevió a besarme. Después, casi sin darme cuenta, sin considerar las repercusiones, como si fuera otra de sus bromas, me llevó cerca de un riachuelo, me desnudó y me hizo el amor. Fue como un trance, un conjunto de emociones demasiado fuertes para que yo pudiera analizarlas. Por primera vez había dejado de oír la voz de la abuela adentro de mi cabeza —no lo hagas—, aunque fuese sólo por unas cuantas horas. No recuerdo si me gustó o me dolió o qué, regresamos a las tiendas de campaña como si nada, continuamos hablando y esperamos a que los niños se reunieran con nosotros.

Por la noche, antes de dormir —estaba cansada como nunca—, entreví mejor lo que había ocurrido. Mi abuela y mi madre, aunque veladamente, siempre me habían hablado de eso, el peor de los riesgos para una mujer, una mancha que no se puede lavar jamás. Incluso creo que, en el fondo, todas sus recomendaciones se reducían a advertirme contra esta vergüenza que ahora había caído sobre mí como dentro de un sueño. Ya no era virgen y el daño —lo temía, lo sabía— era irreparable. Pero lo que más me consternaba es que no me sentía mal, la culpa se hallaba muy atrás, parapetada, oculta, y lo único que afloraba entonces era una emoción absurda, un orgullo inmaduro y un miedo implacable (quizá lo más grave es que tampoco me sentía enamorada, ni siquiera más ligada a ese pequeño inexperto que era mi primo). ¿Qué había pasado conmigo? ¿Seguía siendo la misma a pesar de que mis actos y mis pensamientos habían traicionado mi pasado, mi modo de ser, mis valores? No dejaba de ser una niña, inocente a pesar de las circunstancias, y me sentía feliz y triste a la vez.

¿Dónde comienza la culpa? ¿Es que este inicio, idéntico para cientos de niñas, fue su causa? Sería demasiado fácil verlo así; lo que importa es el mecanismo que la crea, la contradicción entre lo que se hace y lo que se piensa. Alguna vez me lo dijo la abuela: si tú crees de corazón que es un pecado pisar las líneas del asfalto porque forman cruces semejantes a las de Nuestro Señor, y las pisas a propósito, en verdad estás cometiendo un gran pecado, no importa que tu conducta les parezca inocente a los demás.

Así nace la actuación: el que pisa las cruces de modo voluntario, contrariando sus principios, está actuando; desafía sus convicciones, se apodera de actos ajenos, se desdobla. Y la culpa surge entonces como la memoria que nos indica la falsedad de nuestra conducta, su imposible conciliación con nosotros. Por eso hacer el amor con Micky me pareció inocuo, algo que no me estaba pasando a mí, y por eso tardé tanto en sentirme mal: estaba actuando, mi cuerpo y una parte de mi mente estaban con él, pero no mi alma, no mi conciencia. Estaba ahí, desnuda, llena con su cuerpo, pero me veía ausente, como si me contemplase desde arriba, a salvo. La culpa me hacía comprender la mentira. Podía desoír las prohibiciones, pero nunca al grado de olvidarlas, nunca al grado de aceptar la desobediencia como mía.

Me fue muy difícil adaptarme de nuevo a la vida en México. Al principio nada parecía haber cambiado, como si las vacaciones con mis tíos de California no hubieran sido más que un intermedio sin importancia, pero pronto una crisis de conciencia, aunada a mi ingreso a la preparatoria, me hizo enfrentarme de modo directo a las convenciones de mi casa. Ahora buscaba desafiar cualquier tradición, lanzarme a actuar en el mundo, fuera de mí, convertirme en otra, con otros gustos, otras manías, con sueños y deseos contrarios a los que me habían inculcado. No iba a convertirme en secretaria, como hubiese pensado mi abuela, ni en profesionista, como hubiese preferido mi madre, sino en otra, múltiple, diferente, siempre cambiante, siempre lejos de mí misma: en actriz.

Abandoné la preparatoria en el tercer semestre y me inscribí en una escuela de teatro. Ahí estaba la vida. Dejé de ver a mi familia, de llegar temprano, a veces no regresaba a dormir. Había entrado en un ambiente de fiestas, droga, sexo indiscriminado, arte. Arte. Por primera vez me di cuenta de que estudiar actuación era eso; jamás fue una de mis motivaciones originales y de pronto aparecía como la justificación de mis revueltas. A reacción, me inventé una nueva personalidad cuyo mayor triunfo era hacer a un lado la previa: una máscara perfecta, adherida a mi piel de tal modo que resultaba imposible despegarla del rostro oculto detrás.

Me convertí en una buena actriz, o al menos así lo pensaba en esos días en los cuales los diversos papeles desfilaban como nuevos y enriquecedores disfraces. Las palabras que repetía en el escenario salían naturalmente de mi garganta, como si a mí se me hubiesen ocurrido, como reacciones espontáneas a conflictos reales, trasplantados a mi cuerpo durante algunos minutos. Ya no deseaba otra cosa: actuar era mi única voluntad: encarnar diversos nombres y distintos cuerpos, llenarme de amor u odio ficticios hasta volverlos reales, atragantarme con decenas de emociones ajenas, falsas, necesarias. Literalmente mi vida era la actuación, un despliegue histriónico que se extendía a todos los rincones de mi comportamiento y me abarcaba en todas mis facetas. No pasaba de la ficción a la verdad: la ficción se había transformado en mi única verdad. ¿Qué diferencia podía hallar entre mis pasiones dentro y fuera del escenario, entre el dolor producido por la muerte de mi abuela o el deceso de un amante novelesco, entre el miedo a la soledad y el aislamiento de Ofelia? Para entonces la sensación de estar equivocada, de mantenerme en la falsedad, de rehuir un centro, se había esfumado detrás del telón inmenso de mis personajes; yo era diferente a cada instante, o más que eso: era capaz de modificar mi estado de ánimo, mis preferencias y mis disgustos a voluntad.

Mi debut profesional, luego de decenas de obras estudiantiles, en La sonata de los espectros de Strindberg, tuvo un éxito moderado que al menos me aseguró trabajo durante los siguientes dos años. Sin embargo, la rutina pronto comenzó a carcomerme; comencé a sentir que me faltaba algo, que una parte de mi interpretación se perdía, mostrándome incapaz de convencer completamente al público. Mi desánimo era cada vez mayor: podía representar multitud de sentimientos, pero no conseguía entusiasmarme. Mi vida personal, por su parte, se iba a pique. Me sentía asfixiada, como si de repente todo se hubiese precipitado en mi contra. Fue entonces cuando Carlos enloqueció, y yo ya no pude resistirlo. Mi madre tampoco estaba dispuesta a ayudarme. El teatro dejó de ser un refugio y se convirtió en una cárcel. Estaba harta, cansada, adormecida.

En esos días me enteré de que una agencia de castings solicitaba actores de teatro para trabajar durante tres meses en una película. ¿Cómo imaginar de lo que se trataba? ¿Cómo saber que a partir de entonces mi vida se modificaría diametralmente? ¿Cómo adivinarlo? El desastre enrarecía el aire desde antes, lo presentía a cada momento, casi podía olerlo. Antes de decidirme traté de explicárselo a la psicóloga, pero ella sólo vio otro síntoma de inseguridad. La catástrofe circulaba por mis venas, pero aun así traté de olvidarla, haciéndole caso a la terapia para borrar —de nuevo, como mi abuela indicaba— cualquier síntoma de desequilibrio. Estúpidamente representé de nuevo el papel de paciente y tomé los consejos como obsesivas dosis de tranquilizantes. Debía huir de mi entorno, escapar del infierno que meticulosamente había construido a lo largo de los últimos años. Necesitaba darme otra oportunidad.

Ahora la culpa ha vuelto a aparecer, intolerable. Me ha devuelto a mis temores y me ha lanzado, inconmovible, hacia mi propio y olvidado rostro. Es la culpa del último día, el peor de los castigos, la conciencia de que jamás seré perdonada. Sí, Dios mío, una culpa eterna, insondable, merecida.

EL JUICIO (I)

El fin de las ideologías, el fin del socialismo real, el fin de la Guerra Fría, el fin de la historia. ¿Dónde estamos entonces? ¿Es que ya no habrá tiempo, o nos hallamos frente a un nuevo principio? Como nadie puede entender estas lucubraciones, nos llenamos con una imaginería que, como decía Gonzalo en la maldita película, no es muy distinta de la que existía en el año 1000, cuando el pensamiento escatológico se centraba en esa fecha prodigiosa para marcar el regreso al mundo del Salvador, la instauración del reino de Dios en la tierra y el juicio de las almas. Claro, ahora somos racionalistas, la física y la economía rigen nuestras prospectivas, los hechos son comprobables —o al menos eso nos dicen— y los efectos son precedidos de causas verificables; cada conclusión admite el principio de falsabilidad de las premisas dentro de un sistema determinado. Muy coherente, muy sencillo; somos personas civilizadas, nos basamos en la razón para esgrimir nuestras proposiciones. Pero, ¿en realidad es así? ¿Quién puede creerlo? Los hombres y la Tierra continúan ahí sin que sus relaciones de violencia, terror y esperanza parezcan haberse modificado radicalmente. Maliciosos, no se nos quita la sospecha de que el fin de las ideologías no sea más que otro —quizá el último, eso sí— de los instrumentos inventados para dominar a los demás. De nuevo son palabras y conceptos —preferidos por encima de otros— los que buscan no sólo explicar la realidad, sino modificarla, impulsar a la acción. Uno más de los actos de violencia que cometemos contra los otros y contra nosotros mismos.

Acaso ya no hay historia: entonces no quedaría otro remedio que recordar la anterior, hacer un balance de nuestros odios y nuestros afectos: juzgarnos. Pero ni siquiera como colectividad —esta idea también está a punto de desaparecer—, sino como individuos aislados. Porque si una cosa hemos aprendido con los vaivenes de tantos años es que un ser humano nunca podrá ser otro. Todos los conflictos se reducen a esta única y desesperada lucha: la voluntad de que los demás piensen y actúen como nosotros, que amen y sufran como nosotros, que sean nosotros. La barrera, es una lástima, se ha comprobado infranqueable, incluso en la muerte conjunta. Lo dijo Gruber —aunque yo odie repetirlo—: los seres humanos no pueden vivir solos, pero tampoco pueden vivir juntos. Amén.

¿Qué salida hay? Ninguna: cargar con los siglos pasados y rendir cuentas como si ahora se nos pidiera la liquidación de la empresa (incluso cuando la empresa continuará en liquidación ad infinitum). Creer que nos encontramos frente al fin de la historia es suficiente tragedia para discutir si es cierta o no. La mera idea, albergada en nuestras mentes gracias a quién sabe qué medios publicitarios, basta para conducir a la desesperación y a la locura. No hay nada más adelante. El futuro entendido como conjunto de cambios se ha extinguido. Sólo seremos lo que somos ahora, lo que hemos sido antes, sin posibilidad de redención. Éste es un fin de la historia sin Salvador, sin reino de Dios en la tierra. Un juicio eterno, nada más. Se recordará lo que hemos hecho y lo que hemos omitido, lo que hemos pensado y lo que hemos olvidado, cada una de nuestras fallas, nuestra miseria elevada a la categoría de destino. La película de nuestras vidas corriendo ininterrumpidamente ante nuestros ojos, imposibilitados para cerrarlos, como Alex, el protagonista de Naranja mecánica. Ésta es la gran obra, la gran película que quería Gruber: el arte que ha suprimido a la vida. La proyección interminable de nuestros remordimientos.

LA ENTREVISTA

Para mí sólo era un casting entre tantos otros. Acudí a la dirección indicada esperando las mismas filas de siempre, los mismos rostros inexpresivos de compañeros que ya se me hacían familiares sin conocerlos, el mismo agotamiento ante las preguntas, el modelaje, las caras bonitas frente a los entrevistadores, la lujuria escondida en las facciones secas de estos últimos. Sin embargo, cuando llegué al lugar me llevé una sorpresa. Parecía vacío. No era más que un pequeño despacho casi sin muebles ni adornos, al contrario de la mayor parte de los estudios de pruebas que había conocido, con una secretaria instalada en una mesa de comedor —ni siquiera un escritorio—, eso sí muy arreglada, como de unos cuarenta años, del tipo de las que desearían con toda el alma estar contestando las preguntas en vez de hacerlas. Casi sin voltear a verme, sin saludarme, me entregó una solicitud y me pidió que la llenara.

Nombre: Renata Guillén.

Dirección: Oaxaca 6, departamento 402. Colonia Condesa. 04020, México, D.F. Teléfono: 553 13 25.

Fecha de nacimiento: 26 de marzo, 1967. Edad: 25 años, 11 meses.

Estado civil: Soltera. (Nunca he podido acostumbrarme a poner casada; además, ¿hasta cuándo voy a estar?)

Hijos: No. (Extraña pregunta, pero al fin y al cabo necesaria.)

Estatura: 1.68. Peso: 56 k. Cabello: Negro. Tez: Blanca. Ojos: Cafés. Rasgos particulares: El dedo pequeño de mi pie izquierdo se cruza sobre el siguiente. Ah, y una mancha ligeramente más oscura que el resto de la piel en el costado derecho.

Experiencia cinematográfica: Ninguna. (Creo que no tendría caso incluir mis intervenciones como extra o los anuncios que he filmado para televisión.)

Volví a leer la solicitud y, un poco desilusionada, la devolví a la secretaria. Ya me había ocurrido otras veces: anuncios en los cuales solicitan actrices sólo como pantalla, cuando en realidad quieren mujeres guapas para anunciar perfumes, toallas femeninas o ropa interior.

—Aquí tiene.

—Sus fotografías, por favor.

Las saqué de mi bolsa y se las di sabiendo que las desperdiciaba, molesta de que esa mujer fuese a mirarlas.

—Ah, una cosa más —me dijo cuando yo me disponía a marcharme—. Ahora le voy a pedir que después de sus datos escriba algo sobre usted.

—¿Cómo?

—Habla de ti —dejó de usar el usted de modo despectivo—, un resumen de tu vida, por qué te convertiste en actriz, no sé, lo que se te ocurra —y regresó a sus papeles.

Estuve a punto de no hacerle caso, quería marcharme, pero es en estos casos cuando siempre se piensa en el profesionalismo, en que una no debe dejarse llevar por los impulsos de un momento. Me senté en el piso en un rincón, lo más lejos posible de ella, y traté de concentrarme. ¿Hacía cuánto que yo no escribía nada? Y peor aún: ¿hacía cuánto que no hablaba de mí, que intentaba no pensar en mí? De pronto me veía obligada a recordar mi vida, a ordenarla, a darle un valor, a explicarla para mí y para otros, unos desconocidos que no me habían visto, a los que de seguro tampoco les importaría lo que yo dijera o el esfuerzo que me costara decirlo. Era como ir al psicólogo por la fuerza, otra vez, justo en el momento en que había decidido no volver a visitarlo, harta del esfuerzo inútil de vaciarme ante los demás.

Parecía tan absurdo. Además, ¿cómo iba a poder reducir mi vida a una página? ¿Cómo ser capaz de hacerla caber en unas hojas tamaño carta? No me sentía con ánimos para traer al presente mis recuerdos; la carga de acontecimientos recientes era demasiado intensa, como en las películas cuando enfocan un objeto cercano y queda un espacio borroso con todo lo que está detrás.

Sólo podía pensar en Carlos, imaginaba su rostro, sus ojos clavados en mí, su cuerpo desnudo, sus manos. Eso era lo único que me había quedado de él. Lo demás, su carácter, su voluntad, sus palabras, se habían vuelto indescifrables. No sabía cómo interpretarlas, a qué explicaciones recurrir, a las de qué época. Porque no me cabía la menor duda de que en efecto habían existido dos Carlos, dos hombres diferentes en uno mismo, opuestos, uno el negativo del otro: el primero, a quien conocí hace ocho años, al que amé y todavía amo con todas mis fuerzas, y el que vino después, al que odio tanto como amo al de antes, al primer Carlos, mi Carlos. Me resulta imposible comprender cómo alguien puede transformarse de pronto, por unas frases sin importancia, por un absurdo papel, y dejar de ser quien era. ¿O es que todo lo tendría planeado desde el principio? Esta explicación me duele aún más: la de que siempre hubiese sabido que iba a cambiar, que desde el inicio se estuviese preparando, con sus atenciones y su afecto, para cobrarse lo que me había dado —lo mucho que me había dado—, en el momento en que fuese capaz de exigir y de imponerme cuanto quisiera.

A veces creo que es imposible conocer a las demás personas; a pesar de que se ha vivido con alguien, de que se ha convivido con alguien durante años, de haber compartido días y noches, se termina comprobando que uno no tiene la menor idea de quién es el otro, de que el amor o el cariño disfrazan la imposibilidad de comunicarnos. Somos seres imperfectos, no controlamos nuestras reacciones y a lo mejor nunca sabremos lo que estamos haciendo con aquellos a quienes amamos. La separación entre los seres humanos es infranqueable, y ni siquiera se alivia al hacer el amor; siempre hay un espacio, un intersticio que no podemos llenar y que nos impide acercarnos.

Conocí a Carlos por casualidad hace más de siete años; yo todavía estudiaba y él era un joven crítico que asistió, inesperadamente, a una de las obras que presentábamos en la escuela. Platicamos un momento al final de la representación y, aunque le di mi teléfono, nunca me llamó. Nos encontramos de nuevo un año después, en una fiesta, y a partir de ahí comenzamos a vernos regularmente. Es casi diez años mayor que yo, pero no tardó en convertirse en mi mejor amigo, una especie de hermano mayor con quien consultaba mis dudas, a quien pedía consejos sobre el teatro, la actuación y mis romances. Él me escuchaba paciente, me recomendaba lo mejor —tuve ocasión de comprobarlo— sin ningún egoísmo, con la sabiduría que le adjudicaba mi inexperiencia. Entonces yo cambiaba de un hombre a otro, sólo él permanecía constante, desde fuera, como un punto de referencia al cual acudir en caso de necesidad. Lo admiraba. Era, quizá, la única parte estable de mi vida en esa época. Es probable que en alguna parte de mi mente supiera que yo le gustaba, pero me había encargado de reprimirla, obsesionada en conservarlo como amigo y maestro. Nunca tenía un reproche para mí, sólo nos veíamos cuando yo quería y hacíamos lo que a mí me gustaba; siempre estaba dispuesto a ayudarme y no dudaba en protegerme incluso de mis propias locuras.

Sí, ya he analizado —dos años con el psicólogo— que Carlos representaba el papel del padre que nunca tuve, pero eso ahora me parece irrelevante. Se trataba del hombre más maravilloso que había conocido, el más fiel, el más sincero. Cuando me di cuenta de lo que sentía, ya estaba completamente enamorada de él, y no pasó mucho tiempo para que nuestra relación evolucionara (ahora me cuesta creer en esta palabra) de la amistad al amor. Los besos y los abrazos que nos dábamos al despedirnos no tardaron en convertirse en caricias hasta que de pronto nos descubrimos juntos en la cama. Además de un gran amigo, resultó un gran amante (al menos eso me hacía creer) y yo estaba encantada. El desconcierto por el cambio disminuyó rápidamente, me sentía confiada y feliz en sus manos, yo no oponía ninguna de las reservas que por lo general tenía frente a mis demás compañeros. Continuábamos hablando mucho, seguía cuidándome y aconsejándome, incluso al grado de no definir nuestra relación de modos absolutos y, del mismo modo que antes, no vacilaba en preguntarme sobre otros hombres que se cruzaban en mi vida.

Fui yo misma, espontáneamente, quien lo invitó a quedarse a dormir en mi casa: quería despertar a su lado, mirar sus ojos negros por las mañanas, bañarme y desayunar con él. Poco a poco esas noches se multiplicaron y un buen día le dije —en realidad le pedí— que se mudase de modo definitivo. Esgrimió algunos inconvenientes, me señaló algunas de sus manías, repitió la sentencia de no sé quién de que es más fácil escribir una novela que vivir con alguien, y por fin accedió con una sonrisa interminable. ¿Es que yo no veía nada entonces? ¿No comprendía que, aunque fuese yo quien lo había pedido, en realidad él manejaba todas mis decisiones? ¿O es al contrario y ahora yo fabulo esta intriga para restarle valor a mis determinaciones de esos días?

Sus cosas empezaron a ocupar mi casa: yo las veía como un símbolo de nuestra unión, una muestra más de su afecto. Nuestra relación, en cambio, apenas se modificó: me parecía un sueño, seguía gozando de mi libertad, él no me tasaba en nada, me dejaba decidir mis asuntos sin intervenir en ellos. Hoy me acuerdo de esa época y me parece increíble no encontrar por ninguna parte algún eco, alguna premonición, algún signo de lo que pasaría después. ¿Qué puedo reprocharle de tantos meses? Era ordenado en extremo, nunca salía de noche, no iba a fiestas más que cuando yo lo obligaba, no fumaba ni bebía. Acaso me inquietase un poco su desinterés hacia lo que no se relacionara con mis gustos, como si yo fuese la única porción del universo que le preocupara, pero a fin de cuentas no podía reprochárselo y nunca le dije nada. Quizá su actitud era más extraña de lo que yo quería reconocer: un hombre de treinta y tantos años sin amigos, sin compromisos sociales, sin familia. Como si no tuviese pasado, como si yo, su presente, fuese la sola materia que lo componía. Ahora reflexiono y me parece evidente la anomalía, pero entonces, obsesionada por él, nunca reparé en que todas nuestras conversaciones se reducían a comentar mis problemas, mis preocupaciones, mi vida profesional, mis temores y deseos, jamás los suyos. Nunca le pregunté por él, nunca supe de sus antiguos amores, de sus desilusiones, de su juventud. Las raras veces que lo intenté me respondió con evasivas, diciéndome que no había nada que valiera la pena contarse, sólo tú has sido importante para mí, y como una concesión extraordinaria me mostraba sus crónicas y algunos recortes de periódico en los cuales aparecía nombrado. ¿Cómo iba a suponer que éstas eran expresiones de una furia contenida, de una ira oculta? Para mí sólo eran nuevas demostraciones de un amor profundo, nítido.

¿Qué pensaba Carlos entonces? ¿Qué sentía? Éstas son preguntas que no me han dejado en paz; me siguen atormentando pues ponen en evidencia mi egoísmo. Quizá todos sus actos se encaminaban a conquistarme, en el sentido más literal de la palabra: a volverme completamente suya. Nada podía echarle en cara, cuanto hacía y decía era por mi bien, ¿cómo no creerle, cómo no aceptar —convencida— todas sus opiniones, todas sus ideas? Siendo un modelo de perfección no había pretexto para no obedecerlo, lo que yo hacía de buena gana, sin entender que seguía al pie de la letra, esclavizada, sus palabras. Me dominaba de un modo callado, lleno de una sutil adoración. Sí, ahí estaban las huellas de su desequilibrio, pero yo me negaba a reconocerlas, nadie en mi situación las hubiera descubierto.

Por eso, cuando me dijo: Renata, ¿por qué no nos casamos?, aunque me sorprendió por primera vez en mucho tiempo, no dudé en decirle que sí. Estaba emocionada. Desde muy joven había rechazado la posibilidad de casarme, no quería que me pasara lo que a mi madre, a miles de mujeres; me repugnaba la idea de jurar amor eterno sabiendo que el amor se acaba, se me hacía indigno entregarme como si fuera un objeto en compraventa, jurar fidelidad y obediencia, todo el absurdo ritual. Sin embargo, acepté sin vacilar. Carlos nunca me había pedido nada de modo directo, era la primera ocasión que tenía que ceder ante una proposición suya: lo hice con gusto. No era mucho, perder las convicciones pasadas, más producto del rencor que de la experiencia: de acuerdo, casémonos, sí. De cualquier modo ya nada podía cambiar entre nosotros. Vivíamos juntos desde hacía dos años, sin ningún conflicto, felices, ¿no era suficiente prueba de nuestro éxito?

Escogimos una pequeña iglesia en San Ángel a la que sólo acudieron amigos míos e, inevitablemente, mi madre. ¿Y tú no vas a invitar a alguien?, le pregunté, ingenua, sin entrever que en su soledad se ocultaban las grietas de su temperamento. No, quizá algún compañero del trabajo, mi jefe, pero no me importa demasiado, me dijo, el matrimonio es cosa de dos personas, tú y yo, nadie más tiene por qué intervenir. Asunto privado de dos personas, hacer que el mundo se reduzca a la pareja: aún faltaban varios días para que empezara a entender su respuesta, pero en ese instante volvió a dibujarse como parte de su romanticismo, de su incondicionalidad hacia mí.

No tuvimos luna de miel, me explicó que tenía mucho trabajo y no podía dejar en ese momento la Ciudad de México, luego tendríamos la oportunidad —el resto de nuestras vidas, me dijo— de viajar juntos. No me importó demasiado: hacía menos de un año que yo había regresado de una gira por el norte del país y el sur de los Estados Unidos; sin embargo, no dejó de molestarme un poco, él había escogido la fecha de la boda, él me había convencido de celebrarla, y podía haber solicitado vacaciones.

Pero el auténtico problema, no exagero, se inició el mismo día de la ceremonia, una vez que nos quedamos solos, como por acto de magia.

—Bueno —me dijo por la noche, después de hacer el amor, en esos momentos que preceden al sueño—, creo que ya no es necesario que trabajes, ahora yo voy a encargarme de mantener esta casa.

No podía creerlo, como si fuese un malentendido, una confusión provocada por el alcohol y la madrugada. No te entiendo, le respondí, contrariada, rompiendo la media voz que fluía entre nosotros y su último cigarrillo; no trabajo por el dinero, sino porque me gusta, porque quiero hacerlo. Se durmió sin replicar aunque su aceptación no se parecía a su convencimiento habitual; dejó el cigarrillo, se v

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