Octavio Paz en su siglo

Christopher Domínguez Michael

Fragmento

Título

PRÓLOGO

Muerto Octavio Paz durante la noche del 19 de abril de 1998, varios de los escritores de su entorno nos sentimos comprometidos a escribir un testimonio, pero no nos hermanamos en ese círculo hermético del cual se nos creía secuaces cotidianos. Cada uno, huérfano a su manera, tomó su camino. Nos seguimos viendo casi todos y hacemos, algunos de nosotros, una revista, Letras Libres, que es y no es la continuación de Vuelta (1976-1998), pero a todos nos llama, obsesiva, la memoria de Paz. Tarde o temprano acabaríamos por escribir un libro sobre el poeta. Aquí está el mío. En el terreno de lo biográfico me han precedido, entre los escritores de Vuelta, Guillermo Sheridan (2004) y Enrique Krauze (2011), pero creo que corresponderá a otra generación, lejana de los amores y de los odios de ese siglo XX que Paz encarnó como pocos entre quienes hablamos español, escribir la obra decisiva sobre la vida y la obra del autor de El laberinto de la soledad.

Así que este libro no es una biografía definitiva, si es que las hay. Es el testimonio de un crítico contemporáneo que tuvo la fortuna no sólo de leer a Paz, sino además de estar cerca de su irradiación personal e intelectual. Es sólo una de las primeras aproximaciones al derrotero de un clásico y está sujeta, como toda biografía, a envejecer, gracias a las mudanzas del gusto y la apertura progresiva de los archivos. Espero que este libro envejezca rápido, debido a la multiplicación del conocimiento de quien considero uno de los grandes poetas del siglo XX.

Tampoco es una biografía oficial. Aunque el libro está dedicado a los amigos de Vuelta con los que participé durante una década en la revista dirigida por Paz, ninguno de ellos leyó una sola página de este Octavio Paz en su siglo durante su escritura y edición. A todos ellos los entrevisté profesionalmente para la televisión, y de la información que me dieron me serví con gratitud, como indican las notas a pie de página respectivas. A veces los molesté, como a muchos otros colegas y generalmente por correo electrónico, en la búsqueda de algún dato, una precisión o una anécdota. Debí ser más preguntón, porque acostumbrado desde la infancia a llevar un diario, al registrar en él lo que escuché y vi en mis años en Vuelta, pensé que tendría material suficiente: cuando me atreví a consultarlo me encontré sólo con el escenario abrumador de mi propia y banal existencia. A pesar de ello, me serví de esa fuente contemporánea. Así, este libro expresa centralmente lo que yo pienso de Paz, de su tiempo, de sus libros y de mucho de lo escrito por sus críticos, los amigos y los no tan amigos. Un tiempo de Paz que, fatalmente, traté de hacer mío. La medida en que lo logré o la forma en que pudo materializarse ese empeño fatuo será asunto que los lectores decidirán. Este libro, lo acepto, bien puede ser considerado una apología: defiendo la virtud de un poeta y de su poética, que también fue una política del espíritu y una política a secas. Pero sería incapaz de creer que un poeta de advocación surrealista, como él, pudiera ser materia de una hagiografía.

Tampoco es una biografía autorizada. Tomé la decisión de no importunar a Marie José Paz (1934-2018), la viuda del Premio Nobel y el amor de su vida. Preferí esperar hasta que el proyecto estuviera del todo encaminado, concentrándome en hacerle unas cuantas preguntas concisas, como se las hice pocos días antes de que se cumpliese el centenario de Paz. Me contestó con franqueza y encanto. La invité a que leyese el manuscrito y ella prefirió no hacerlo, dándome un voto de confianza que le agradezco desde el cariño viejo y renovado. Acaso en Octavio Paz en su siglo dije cosas con las que ella no estaba de acuerdo. Pero Marilló —así le decía Octavio— creía, como él, en la religión de la amistad: aspiré a corresponderle, menos en la exactitud de mis juicios que en el ejercicio de esa devoción.

Finalmente, mis intentos por entrevistarme con Laura Helena Paz Garro, fallecida casi el mismo día en que su padre cumplía su primer centenario, fueron infructuosos. Tomé sus Memorias (2003) como lo que son, la verdad interior de una poeta fallecida a los 73 años, a quien nunca tuve el gusto de conocer, pero en la cual siempre imaginé a una infortunada muchacha. Fue un testigo principalísimo en la vida de su padre hasta sus veinte años y no le pediría a ella lo que rechazaría para mí: juzgar a sus padres con objetividad impoluta y hasta con sagacidad biográfica. ¿Quién puede hacer cosa similar? ¿A cuál de nuestros amigos o familiares le pediríamos ejercitarse en esa ecuanimidad? Más difícil fue merodear entre los papeles, a menudo insoportables de leer, de su madre, Elena Garro (1916-1998), la gran escritora a quien no le fue suficiente con escribir un puñado de novelas en clave donde Paz profesa de villano. Dejó un testimonio sobre el viaje que ella y su marido, recién casados, hicieron a la España de la Guerra Civil en 1937, páginas bastante veraces al contrastarlas con lo recordado por Paz y otros protagonistas de aquel periplo. Escribió, también, líneas escalofriantes y ponzoñosas, que, aderezadas por su asombrosa inteligencia y por una probable perturbación clínica, yo no podía darme el lujo de ignorar, pero cuya veracidad dejo al buen juicio del lector. Nunca la expresión amor/odio fue tan exacta como cuando se habla de aquel terrible matrimonio, lleno, por compensación, de una rica experiencia política y literaria compartida, como ambos lo expresaron en privado y en público.

Como muchos mexicanos de mi generación leí, en el primer año de la preparatoria y por obligación escolar, El laberinto de la soledad. No sólo lo leí sino que además escribí sobre ese libro en 1978, indignado y nervioso, mi primera reseña crítica, tal cual me la pidió mi profesor.1 Lo que yo decía en ese resumen escolar era una sarta de tonterías marxistoides, olvidables y predecibles en un muchacho de dieciséis años que se aprestaba, como tantos preuniversitarios y universitarios en esa década por tantos motivos siniestra que fueron los años setenta del siglo pasado, a militar en un partido de izquierda. Lo inolvidable son esos nervios que me consumían al escribir contra lo que Paz, ya entonces remoto y todopoderoso, íntimo y distante, pensaba de México y de los mexicanos. El gran poeta, como es natural, nunca se materializaría para leer la tarea de un bachiller que ni siquiera pensaba en publicar esas líneas en el boletín escolar. Ahora todo me queda clarísimo: al leer a Paz y al discrepar de él, como me lo exigía mi circunstancia, había yo contraído la pasión crítica predicada por el poeta cuyo resultado, acaso final, sea esta biografía.

Conocí a Octavio Paz en persona el 4 de agosto de 1988 en las instalaciones de Vuelta, situadas en aquel entonces en un edificio oficinesco en el sur de la Ciudad de México. Llevaba yo casi un año colaborando en la revista con ensayos y reseñas. En aquella reunión, por iniciativa de Enrique Krauze, subdirector de la revista, y del secretario de redacción, Aurelio Asiain, se formó una mesa editorial destinada a hacer valer un cambio generacional que ellos juzgaban urgente, y se invitó a una decena de jóvenes escritores a integrarse formalmente a Vuelta.2 Mientras Paz estaba más activo que nunca, convertido en el polémico jefe espiritual de nuestra literatura, sus antiguos compañeros de Plural (1971-1976) y de los primeros años de Vuelta se habían retirado a hacer su obra, tal cual lo dijo el mismo Octavio esa tarde. Como he podido corroborar leyendo mi Diario de esas fechas, llegué allí feliz, nervioso y lleno de sentimientos encontrados. Venía yo de la izquierda intelectual en cuyos periódicos y revistas publicaba desde antes de los veinte años textos de crítica literaria y política; aunque algo más leído, empero, era yo aún aquel chamaco de prepa que resumía El laberinto de la soledad soñando una discusión con Paz para convencerlo, nada menos, de que teniendo la razón en principio, estaba equivocado. Naturalmente, el convencido fui yo. La historia de ese convencimiento, de sus accidentes, ilusiones, decepciones y certidumbres, es otra narración, la mía, en la cual el protagonismo de Paz volvía imposible no escribir este libro.

A lo largo de la última década de Vuelta, fui miembro de su consejo editorial (como acabó por llamarse aquella mesa), y me ocupé, sobre todo, de la crítica de narrativa mexicana e hispanoamericana, labor que compartía con Fabienne Bradu. Era —no sé qué piense ella ahora— una posición privilegiada por ser modesta. Paz compartía con su maestro André Breton el desdén por la novela con el cual Paul Valéry, por cierto, había a su vez educado al surrealista. Hombre al día, Paz se cuidaba de expresarlo abiertamente, pero a diferencia de los críticos de poesía o de los poetas mismos, que suscitaban su atención severa y permanente, en el terreno de la narrativa nuestras opiniones le interesaban menos. Como T. S. Eliot en The Criterion, Paz leía toda la revista, cada mes, dondequiera que estuviera, lo que no se hacía entre sus “consejeros” ni siempre ni bien, por lo cual estaba al tanto de nuestras opiniones y de los pequeños problemas que a veces le causaban nuestros entusiasmos o anatemas ante cuentos y novelas que dudosamente lo apasionaban.

Paz, como buen moderno, era antimoderno, y hasta pensó en escribir alguna denostación del teléfono como enemigo número uno de la literatura, pero fue un gran conversador telefónico. Durante nuestras conversaciones por ese medio sentí varias veces la tentación de tomar notas no sólo para cumplir correctamente con lo que se me encomendaba —él era el director de la revista de cuya redacción yo formaba parte—, sino además para atrapar algo de sus palabras. Pocas veces lo hice, porque Octavio, cortés y hasta cálido en persona, podía ser muy intimidante por teléfono. Le hubiera fascinado el correo electrónico, ese regreso milagroso del arte epistolar. Me llamaba con una frecuencia que me emocionaba y enorgullecía. Yo no era, ni con mucho, de los personajes de Vuelta más requeridos por Paz, pero tengo mensajes suyos que él mismo le dictaba a mi sirvienta, mal alfabetizada, con una paciencia a la vez rutinaria y asombrosa.

Por teléfono, invariablemente llegaba el momento estelar en el cual Octavio tenía la suprema cortesía no de preguntar “¿Qué está usted escribiendo?”, que entre escritores de rango tan distinto podía ser embarazoso, sino algo más sabio e igualitario: “¿Qué está usted leyendo?” Contestar que la novela de zutano o perengano o los cuentos de fulanita, era tirar por la borda minutos valiosísimos: Paz, según entiendo, nunca se psicoanalizó, pero tenía un uso lacaniano del tiempo. La sesión telefónica, sobre todo, podía durar tres minutos, treinta, o hasta más; era él, sin embargo, quien la cortaba abruptamente, con una malicia que no puedo creer involuntaria. Era mejor decir, falsamente o no, que uno estaba leyendo —no era yo entonces lector de poesía— a Gibbon, a Burke, al agrarista mexicano Andrés Molina Enríquez, a Castoriadis, o a Pérez Galdós, o, en el peor de los casos por la falta de pericia, a Proust o a Kafka, y así ganar minutos de una conversación riquísima para mí, porque su técnica no era el monólogo sino la mayéutica.

Finalmente, yo gozaba de un pequeño privilegio que aprovechaba mucho menos, obviamente, de lo que mi vanidad anhelaba. Paz vivió y murió obsesionado por la aurora que se convirtió en pira sangrienta: el comunismo del siglo XX, primero como ortodoxo, luego como heterodoxo. Pues bien, en aquellos años yo era el único de su entorno que había sido militante del Partido Comunista Mexicano y que conocía un poco la URSS, y me las daba de connoisseur de las minucias y sutilezas del bolchevismo y sus herejías. Yo era el indicado, para él, cuando se trataba de saber si el economista Preobrazhenski había estado en favor o en contra del comunismo de guerra en 1920; si el holandés acusado de prenderle fuego al Reichstag era militante del partido o sólo compañero de viaje; si Anatole France llegó a tener carnet del Partido Comunista Francés o si ésa era otra de las mentiras de Romain Rolland; dónde fue más infeliz Trotski, si en Noruega o en la isla de Prinkipo, donde se le quemaron sus libros al bolchevique como le ocurrió a Paz, o en cuál de las sesiones del VI Congreso de la Internacional el Partido Comunista Mexicano perdió, como diría su amigo José Revueltas, la cabeza. Cuando Paz estaba con el ánimo de esa trivia trascendental, me complacía acompañarlo.

Vuelta fue sólo el núcleo de la familia intelectual de Paz, que era grande e incluía a varios de sus “enemigos tan queridos”, como él los llamaba con frecuencia. A veces, cuando con razón o sin ella nos sentíamos molestos con él, lo encontrábamos más atento con sus enemigos tan queridos que con sus colaboradores más cercanos. Como en toda familia, al menos en la época en que yo pasé por ella, había trifulcas espantosas y reconciliaciones felicísimas; hijos pródigos y ovejas negras; amenazas de cerrar la casa y venderlo todo; refundaciones y revueltas; lágrimas y risas; sobremesas de alto riesgo métrico y encuentros agrestes en el pasillo oficinesco; excomuniones y rehabilitaciones; mezquindad y desprendimiento, suyos, pero también nuestros.

Para los efectos de este prólogo me respondo un par de cosas, curándome en salud por si me preguntan. ¿Fui amigo de Paz? No, de ninguna manera, me digo de inmediato; es imposible que un nieto lo sea de un abuelo, y más tratándose de un hombre que tuvo muchas amistades (él las hubiera llamado, más propiamente, “relaciones”), y más amigos íntimos a lo largo de su vida que los que yo creía antes de averiguar ciertas cosas, leer algunas cartas y escribir este libro. Pero sí, lo fui, si me atengo a su idea filosófica de la amistad un poco jansenista, es decir, una comunidad, religiosa pero heterodoxa, en la convicción y en la complicidad: un reconocimiento no secreto sino un tanto iniciático para el cual él no necesitaba sino algunos signos, en prosa, en verso, en espíritu. Alguna palabra clave podía abrir ese registro en su memoria. Cuando esa amistad, por lo que fuese, se perdía, al ex amigo lo esperaban las tinieblas exteriores. Cuando había perdón o reconciliación, y Paz se reconcilió con muchos de sus adversarios, es que el amigo, aunque suspendido, nunca había dejado de serlo. Su reserva era ajena a las ruidosas efusiones, al estilo peninsular o a las familiaridades tan mexicanas que, como lo ha dicho Krauze, a Paz le recordaban a su padre, el Mexicano proverbial, devoto de esa Fiesta que lo entregó a la muerte por desmembramiento. Los momentos en que yo me sentí tocado por la gracia de su cariño fueron para mí muchos, y si fueron correspondidos es indecoroso suponerlo. En todo caso, en nada importan para una biografía de Paz. Sólo consigno, porque tiene que ver con su vida (él fue hijo de un alcohólico que se mató bebiendo) y con la mía (a los treinta años casi me mata mi propio alcoholismo), lo que me dijo, saliendo con Marie José, de la fiesta de mi primer matrimonio en marzo de 1990. Aquello se había convertido en una bacanal, y al ir yo a despedirlo tambaleante en la puerta y profiriendo insensateces, se retiró fulminándome: “Si sigue usted bebiendo como lo hace se volverá un desalmado.

La segunda y última pregunta es si Paz esperaba que algunos de los escritores de Vuelta escribiéramos su vida. Ignoro si lo habló con Krauze o con Sheridan. A los académicos dedicados a su obra, Paz los ayudaba y los acicateaba; sabía bien que algunos de nosotros, durante las reuniones mensuales de la revista, tomábamos notas mentales de sus recuerdos y opiniones, aunque rara vez las escribíamos en su presencia. De alguna manera, así lo deseaba él, sin decirlo, un poco como el general Emiliano Zapata le contaba historias al licenciado Octavio Paz Solórzano, sin insinuarle que debía escribirlas pero acaso deseándolo. Quizá a su propia vanidad la nutriera verse rodeado de una tropilla de Boswells, pero calculo que le habría parecido intolerable que un libro sobre él se quedara a medio camino, como tantas veces pareció ocurrirle a este Octavio Paz en su siglo. Practicó Paz una generosidad infrecuente en el medio literario, al menos el mexicano: con mucha regularidad escribió sobre los jóvenes, fuesen pintores o escritores. Por ello me angustiaba la posibilidad de no compartir con los más jóvenes lo que he leído sobre él y aquello que me fue transmitido de viva voz por el poeta.

Yo sólo me propuse hacerlo tras su muerte, y contra este libro conspiraron escrúpulos de distinta naturaleza. Asumiendo el escrúpulo documental, la dispersión de su archivo, quedaba el de la cercanía de la persona en combinación con esas puertas del siglo XX que su propia muerte, para nosotros, cerraba. Paz estaba demasiado cerca, no sólo de quienes compartimos algunos pasajes de su vida y de su muerte, sino además de muchos mexicanos (y también hispanoamericanos, franceses, estadounidenses e indios, como corroboré en un homenaje en Nueva Delhi en octubre de 2002), quienes al admirarlo nos paralizábamos, como le ocurría a sus adversarios. No sólo los tirios, sino también nosotros, los troyanos, teníamos a su Tiempo nublado, título afortunado en una obra abundantísima en títulos esplendentes en francés y en inglés además de en español, como nuestro propio tiempo. Entendíamos a Paz y a sus combates, a la alianza hoy de ardua explicación entre historia y poesía, literatura y revolución, como cosa a la vez menuda y grandiosa, de todos los días.

Gracias a él nos sentíamos contemporáneos de la Revolución mexicana y de la Revolución rusa, del siglo de las vanguardias que se bifurcaron en guerra y sueño. Pero el tiempo pasaba y el siglo XX se fugaba a gran velocidad. No podía dejar que la oportunidad de escribir este libro pasara. Hubiera sido una renuncia a la comunidad de los amigos, al privilegio que recibí cuando él me eligió como uno más de los jóvenes escritores que lo acompañaron haciendo Vuelta durante su última década. “¿Qué es un clásico?”, se preguntaron, entre muchos, Sainte-Beuve y T. S. Eliot. Podría dársele una dimensión onírica a la pregunta clasicista. Yo sueño frecuentemente con Octavio. A veces está sano, a veces estragado por la enfermedad. Los sueños son realistas: nunca lo he soñado joven pues no tengo memoria de ese ser. Invariablemente, en mis sueños está vivo, aunque a veces escondido para evitar a la opinión pública o para distraerla, o escribiendo algo que exige el retiro. A veces habla de su propia muerte como de una imprecisión o de una mentira, lo cual sé bien que es un tópico soñado por muchos entre los deudos. Alguna vez lo soñé como lo vi una tarde de conspiración en 1992, sentado en el suelo de su departamento, con piernas cruzadas, cenando una tortilla española que Marie José nos ofrecía y hablándonos de otra cosa. Con un clásico siempre se sueña: está condenado a errar en torno a nosotros desde los sueños, desde “esa borrosa patria de los muertos”, como Octavio Paz la describió.

Christopher Domínguez Michael

Chicago, 18 de septiembre de 2013,
San Lorenzo de El Escorial,
3 de julio de 2014.


1 De hecho, el origen textual de este libro, o para decirlo con Michel Tournier, la cueva donde se originó, es el capítulo 7, un ensayo comparativo sobre El laberinto de la soledad que injerté en calidad de interludio y que el lector más interesado en la vida que en la obra de Paz puede saltarse.

2 Aunque a Asiain lo conocía yo por amigos comunes desde la adolescencia, empecé a escribir en Vuelta gracias a Enrique Krauze, quien el 10 de marzo de 1986 al terminar la mesa redonda que compartimos en la Feria del Libro del Palacio de Minería, después de cumplirse los diez años de la muerte de Daniel Cosío Villegas, me invitó a colaborar en la revista. Jaime Perales Contreras no tiene razón cuando dice: “El más joven de los críticos literarios de Vuelta, Christopher Domínguez Michael […] empezó a tratar a Octavio Paz por la amistad de su padre, José Luis Domínguez, psicoanalista de escritores como Juan José Arreola.” (Perales Contreras, Octavio Paz y su círculo intelectual, México, Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM)/ Ediciones Coyoacán, 2013, p. 369) Mi padre, psiquiatra, trató en los años sesenta y setenta, en la Ciudad de México, a escritores y actores como Arreola, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Inés Arredondo, María Douglas, entre otros. No conoció a Paz sino hasta aquella fiesta de la que hablo más adelante, en 1990. Cuando le presenté a mis dos hermanos, Daniel y Sebastián, el poeta le preguntó a mi padre: “¿Por qué les ha puesto a sus hijos nombres de mártires?”

Título

Yo no daría la vida por mi vida: es otra mi verdadera historia.

OCTAVIO PAZ, “Fuente” (1949)

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CAPÍTULO 1

Un niño en la Revolución mexicana

tu dios está hecho de muchos santos
y hay muchos siglos en tus años.

PAZ, Entre la piedra y la flor (1937-1976)

UN POETA VENECIANO

Hijo de la Revolución mexicana, Octavio Ireneo Paz y Lozano nació al cuarto para las doce de la noche del 31 de marzo de 1914 en el número 14 de la pequeña calle de Venecia en la Ciudad de México, y no en el entonces accesible pero no vecino pueblo sureño de Mixcoac, el cual, mito poético, se convertiría en su proverbial paraíso perdido. A Paz le divertía que los pocos conocedores de ese detalle lo llamasen un “poeta veneciano”.1

Situada en la frontera de la antigua colonia Juárez, refugio de los nuevos ricos del porfiriato a finales del siglo XIX, la calle existe y conserva una insólita tranquilidad; se ubica muy cerca la Zona Rosa, que en los años sesenta tuvo su fama de Greenwich Village local habitada por modernos, intelectuales y hippies, y que hoy, degradada, es un barrio invadido por criminales, prostitutos y vendedores ambulantes. Sabemos, así, dónde nació uno de los grandes poetas del siglo XX, pero todavía no se puede visitar su tumba, pues no la tiene. Sus cenizas las conservó su viuda, Marie José, en espera, supongo, de un lugar adecuado para depositarlas tras cumplirse en 2014 un siglo de su nacimiento. Acaso proceda respetar la voluntad poética de Paz, quien finalizó su “Epitafio sobre ninguna piedra” diciendo, cuando visitó su Mixcoac y lo encontró borrado por la “Tolvanera Madre”: “mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire.”2

También sabemos mucho sobre la familia Paz gracias a un puñado de biógrafos, profesión escasa en México que en este caso, y a contracorriente, se ha volcado a ilustrarnos sobre la vida y la muerte de los Paz, quienes han cobrado, con justicia, el carácter de una dinastía letrada. Pero fue Octavio Paz el más interesado en arrojar luz sobre su abuelo Ireneo Paz, nacido en 1836, y sobre su padre, Octavio Paz Solórzano, nacido en 1883. Antes de que en los años ochenta del siglo pasado el poeta, ya en la antesala del Premio Nobel de Literatura obtenido en 1990, estimulase con textos y entrevistas a los investigadores, él mismo había empezado a reconstruir poéticamente su infancia antes de cumplir los treinta años.

En A la orilla del mundo (1942) aparece “Elegía interrumpida”, cuyo verso inicial es “Hoy recuerdo a los muertos de mi casa”, donde habla del abuelo, pues “Al primer muerto nunca lo olvidamos, / aunque muera de rayo, tan aprisa”, y donde después se refería a su padre, “Al que se fue por unas horas y nadie sabe en qué silencio entró”.3 Tanto “Elegía interrumpida” como “Semillas para un himno”, primera idealización plena del jardín de la infancia, irán a dar a una de sus sumas poéticas: la edición de 1960 de Libertad bajo palabra.4 No sólo fue Paz un poeta de lenta maduración sino también un editor caprichoso y vehemente de su propia poesía. Comentaristas que exaltan ese proceder en poetas de su simpatía y lo llaman “autocrítica activa”, tratándose de Paz lo consideran manipulación y ocultamiento.

En los años setenta, una vez que regresó definitivamente a México, Paz contó que lo había hecho para reanudar “dos diálogos pendientes: uno con mi madre y el otro con mi país”. De hecho, Paz, hijo único, renunció a su cátedra anual en la Universidad de Harvard en 1978 debido a la gravedad del estado de salud de su madre.5 El diálogo con la muy anciana Josefina (legalmente registrada como Josefa y nacida en México como hija de andaluces) Lozano Delgado (1893-1980) ya no le fue fácil, pues “vivía más en el pasado que en el presente”.6

Quizá los intelectuales mexicanos con quienes Paz regresó a polemizar con vehemencia también vivían en el pasado, obsesionados aún con el matrimonio o el divorcio entre la Revolución mexicana y la Revolución rusa. Para cortar ese nudo, que a él también lo ahogaba, escribió los fascinantes poemas largos y memoriosos de los años setenta (“Nocturno de San Ildefonso”, “Vuelta” y Pasado en claro), en los cuales su tormentoso y atormentado padre aparece como un verdadero fantasma al cual exorcisó exitosamente después de que éste sometió a su familia, según dice el filólogo Guillermo Sheridan, “al detallado catálogo de atrocidades que los alcohólicos suelen infligir a los suyos”.7

Paz no sólo nació en el “año axial” de 1914, para utilizar el anglicismo que él popularizó al referirse a las revueltas juveniles de 1968 en Postdata, sino que además fue hijo de un intelectual zapatista y nieto de un periodista liberal, ambos “de armas tomar”. Don Ireneo fue un típico liberal republicano del siglo XIX, hombre de espada y pluma. Aunque ya retirado de las guerras contra los odiados rivales conservadores y de las guerrillas contra los invasores franceses alcanzó el título de general, don Ireneo, siendo coronel a las órdenes de Porfirio Díaz, fue uno de los grandes periodistas mexicanos de su tiempo, un verdadero especialista de periodismo satírico, al grado de que uno de sus adversarios, Maximiliano, no se privaba de leer El payaso, uno de los pasquines que publicaba aquél contra el malhadado emperador intruso, según cuenta el historiador Enrique Krauze.8

Los periódicos de don Ireneo llevaban largos subtítulos al estilo de “bulliciosos, satíricos, sentimentales, burlescos, demagogos y endemoniados”,9 que en mucho divertían, aun viejo, a su nieto. Pertenecía don Ireneo a esa clase de patriarcas del XIX a los que se les recuerda con veneración nestoriana: aunque fue lampiño uno se lo imagina no sólo sabio sino también barbado desde su juventud. Tras pregonar la Constitución de 1857, le hizo una oposición encarnizada al presidente Benito Juárez, liberal de origen zapoteco que había mandado fusilar a Maximiliano y restaurado la República en 1867. Con una capacidad de distanciamiento que heredaría su nieto, don Ireneo le reconoció a Juárez sus méritos como salvador de la república, pero lo urgió a que abandonara el poder al que se aferró a través de sus reelecciones presidenciales, todas ellas sospechosas de compra de votos al por mayor.

A diferencia del abogado Paz Solórzano, que endiosó a Zapata, ni don Ireneo ni su nieto Octavio encontraron nunca del todo ejemplar a ningún héroe histórico. Don Ireneo, en cambio, le enseñó a su nieto a venerar a aquellos a quienes la historia tritura: al maltrecho Mirabeau, a las víctimas girondinas del Terror, y aun a Marat, Saint-Just y Robespierre, las bêtes noires del abuelo. Quien haya sentido, como Paz, piedad y admiración por Lev Trotski, no puede sino haberse educado compadeciendo a aquellos “mártires y victimarios”, primeros hijos devorados por el nuevo Saturno revolucionario.

Pero don Ireneo fue más pragmático, y siendo el autor del que todavía es el lema oficial del gobierno mexicano en el siglo XXI: “Sufragio efectivo, no reelección”, se convirtió en uno de los políticos-periodistas más proclives al general Porfirio Díaz, pues fue diputado y senador en varias ocasiones. A partir de 1880, Díaz se reelegiría ininterrumpidamente hasta 1910, y por ello desencadenó esa vasta guerra civil bautizada con unanimidad por su siglo como la Revolución mexicana.

Su lealtad republicana le costó a Ireneo persecusiones, prisiones y escapatorias, en ocasiones graciosamente narradas en memorias suyas como Algunas campañas (1884-1885), pues este periodista, además, quiso ser (no fue el único) un Benito Pérez Galdós mexicano novelando nuestros episodios nacionales. No es una casualidad que las novelas históricas de don Ireneo vayan desde una de las primeras que se dedicaron al drama de La Malinche (Doña Marina, 1885), la esclava que los indios le regalaron al conquistador Hernán Cortés y que con ahistórica injusticia, desde los primeros años del virreinato emblematizó, la traición a la patria, hasta otra novela, inconclusa, sobre Francisco I. Madero, el demócrata con fama de iluso que derrotó a Díaz y fue cruelmente asesinado en el golpe contrarrevolucionario de 1913. Como su abuelo, aunque con inigualable sofisticación, el poeta Paz hizo de su obra ensayística un recorrido de principio a fin por la historia nacional. La historia entera de México, dijo a manera de provocación el crítico y académico Adolfo Castañón, fue sólo un capítulo de su vida: “En cierta ocasión oí que Octavio Paz lamentaba haber regresado a vivir a México después de haber vivido tanto en el extranjero. Quién sabe si regresar al cabo de esos años no había sido un error —decía—. Sea cual fuere la respuesta —él mismo ha dado muchas respuestas, tantas como poemas, ensayos o libros ha escrito sobre México y sus creadores—, me pregunto si hubiese sido posible que Octavio Paz no regresara a México.”10

Aceptó don Ireneo al régimen reeleccionista, porque había traído a México la añorada paz política y el urgente progreso material pospuestos desde la Independencia, justificando sus abusos autoritarios con razonamientos similares a los que usaría su nieto Octavio al explicar la permanencia del orden nuevo que había traído al país el régimen de la Revolución mexicana y su partido hegemónico desde 1929 y gobernante aún cuando murió Paz en 1998.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI), fundado como Partido Nacional Revolucionario en 1929, fue Partido de la Revolución Mexicana entre 1938 y 1946, y volvió al poder, tras doce años en la oposición, en 2012. Girando pendularmente entre la izquierda y la derecha, el PRI, a diferencia de los partidos totalitarios, no exigía afiliación a los diplomáticos profesionales, prefiriendo mantener para ellos una cuota de independencia de la que estos se enorgullecían. Paz trabajó casi un cuarto de siglo en la diplomacia, aprobando, grosso modo, la política internacional de los gobiernos del PRI. Eso dijo, interrogado por el escritor español Julián Ríos, poco después de renunciar a ser el embajador de México en la India debido a un desacuerdo supremo: la matanza de Tlatelolco en 1968.11

Paz, más allá de haber sido feliz y agradecido usufructuario de ese “arte de ser abuelo” que don Ireneo le prodigó durante la infancia, hereda del viejo liberal el arrojo del periodista militante y el oficio del editor. También se instruye no sólo en la esgrima deportiva que abuelo y nieto ensayaban en la destartalada mansión de Mixcoac, sino también en otro arte, el de la esgrima polémica, a menudo rematada con el insulto elegante y mortífero, instrumento en el cual el poeta se perfeccionó después leyendo y escuchando a su admirado André Breton, autor de manifiestos, anatemas y excomuniones. Cuando en esas últimas décadas de su vida, durante la cual se volvió una figura decisiva en la transición de México hacia la democracia, Paz apelaba a anteponer la moral de la responsabilidad frente a la moral de las convicciones, creo que en él se dejaban oír la prudencia y el escepticismo de don Ireneo.

De lo aprendido y de lo vivido por Paz en la India durante sus años de embajador entre 1962 y 1968, estuvo el valor, menospreciado por su educación revolucionaria (en su doble vertiente zapatista y leninista), de la democracia electoral. Compartió con nosotros, en alguna reunión de Vuelta, su asombro ante las filas de intocables, algunos de ellos condenados a morir de hambre días o semanas después de haber votado, formados con estoicismo para elegir a sus gobernantes. Pudo recordar también la alegría con que un siglo atrás, después de la destrucción del imperio de Maximiliano en 1867, don Ireneo llamaba a “explicar lo que podía significar en un país republicano el acto grandioso de depositar el voto libre en las urnas electorales”.12

Sus angustias, sus fracasos y la moral de sus convicciones, no podían sino provenir, intelectual y caracterológicamente, de su padre, Octavio Paz Solórzano. No es que este señorito, a quien el éxito de su padre dio un puesto como impresor allegado a la dictadura liberal, haya sido desde el principio un hombre de ideas fijas, que eso son, después de todo, las convicciones. Al contrario: la caída del antiguo régimen antes y después de 1910 hizo vacilar al abogado Paz Solórzano. Simpatizó con la candidatura, al final abandonada, de Bernardo Reyes (el padre de Alfonso Reyes, el escritor característico de la primera mitad del siglo XX mexicano, como Paz lo fue de la segunda), un prestigiado general que ofrecía una suerte de porfirismo sin don Porfirio, posibilidad rechazada por los Científicos, la élite afrancesada y tecnocrática representativa de los jóvenes políticos, quienes, por cierto, habían alejado a don Ireneo del círculo más cercano al dictador. Más tarde, Paz Solórzano celebró la revolución democrática de Madero, para pasar al hostigamiento periodístico contra la amenazante guerrilla de Emiliano Zapata, carismático y elegante caudillo campesino a quienes los Paz, padre e hijo, señalaban en La Patria, el último de los periódicos familiares, como un Atila al frente de “gruesas bandas de endemoniados”.13 Era el estilo de su tiempo: el propio Madero fue derribado y asesinado, en buena medida, gracias a la aplaudida impunidad de una prensa salvaje.

Pero el 26 de agosto de 1914, Paz Solórzano, al hacer publicar en La patria, el periódico de su padre, el Plan de Ayala de Zapata, se convirtió, como no pocos intelectuales del siglo, de manera casi instantánea y sin duda fervorosa a una causa, la agrarista, a la que dedicaría su vida breve, truncada abruptamente el 10 de marzo de 1935, cuando un ferrocarril lo arrolló, borracho, en el municipio de Los Reyes-La Paz, un villorrio a cuyos campesinos representaba como abogado agrario en los juzgados. Hasta hace poco, casi todas las fuentes, empezando por el propio Paz, dábamos erróneamente como la fecha del accidente y la muerte de Paz Solórzano, el 8 de marzo de 1936. Acaso, hemos conjeturado los interesados en la minucia, que hacer caer en 1936 la muerte de su padre le permitía al poeta concentrar dramáticamente en un solo año su amor por Elena Garro y la publicación de “No pasarán”, el poema comprometido cuya edición masiva quizá atrajo la atención de Rafael Alberti y Pablo Neruda, quienes lo invitarían el siguiente año —1937— al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia.

La tentación es no agregar mayor cosa a Pasado en claro (1974), uno de los poemas más conmovedores de Paz, donde el poeta, desdeñado por su supuesta frialdad y cerebralismo, cuenta la muerte de su padre con una emoción precisa —dolor puro— rara vez igualada en nuestra lengua: “Del vómito a la sed / atado al potro del alcohol, mi padre iba y venía entre las llamas. / Por los durmientes y los rieles / de una estación de moscas y de polvo / una tarde juntamos sus pedazos.”14

Paz Solórzano, ese hombre súbito que salió un momento y no volvió, según su hijo, del mismo modo se convirtió de la noche a la mañana a la fe agrarista. Por formación profesional y origen social, considera Sheridan, debió de sumarse al ejército constitucionalista de Venustiano Carranza, que es adonde fueron a dar muchos intelectuales como él. Pero Paz Solórzano sintió el llamado, digamos telúrico, del zapatismo, como lo infiere Krauze. Empero, entre el estallido de la Revolución y la conversión zapatista, Paz Solórzano bien pudo, no sólo denunciar al jefe suriano en La Patria, sino trabajar, como la gran mayoría de los letrados mexicanos en el gobierno del usurpador Victoriano Huerta, el asesino de Madero. Ello explicaría, según me lo ha comentado Adame, que habiendo nacido su hijo Octavio en Mixcoac, por comodidad, Paz Solórzano lo haya registrado en su probable oficina en el centro de la Ciudad de México, en la callecita de Venecia.

El abogado, adoctrinado por Antonio Díaz Soto y Gama, el ideólogo principal de los surianos (como les gustaba ser nombrados a los zapatistas, que llegaron a rodear la Ciudad de México, pues dominaron parte del Estado de México, Puebla y Morelos, extendiéndose hasta Guerrero y Chiapas), sirvió como correo en la víspera de la Convención de Aguascalientes, cuyos ejércitos campesinos, encabezados por Villa y Zapata, tomaron la capital de la república en diciembre de 1914, siete meses después del nacimiento de Octavio Paz. El padre tuvo el privilegio de asaltar militarmente el pueblo de Mixcoac, donde don Ireneo había decidido refugiarse con las mujeres y los niños de la familia.

En abril de 1917 Zapata nombró a Paz Solórzano como su representante en los Estados Unidos, y durante la travesía hacia el norte, siempre según Sheridan, “su conversión a la iglesia agraria adquiere tintes de apostolado y su narrativa un tono evangélico: muchas veces a pie, en lomo de mula otras, desharrapado y sucio, robado y perseguido, por todos los pueblos donde pasa predica ‘a todos los campesinos con quienes hablaba del derecho que tienen a la tierra’ ”.15

En San Antonio, primero, y luego en Los Ángeles, Paz Solórzano, como propagandista, comprador de armamento y agente secreto, comparte el fracaso político y militar del zapatismo, en esencia una revolución conservadora dentro de la Revolución mexicana cuyas banderas agraristas le fueron fácilmente sustraídas por los vencedores carrancistas, quienes representaban, con una verdadera y despiadada visión nacional, la continuidad entre las guerras de Reforma del siglo XIX y el nuevo Estado revolucionario, al que dotarían de una nueva constitución ambiguamente liberal, la de 1917.

Asesinado en 1919 Zapata en la hacienda de Chinameca, dentro de sus dominios morelenses, y condenados sus guerrilleros a retomar su otra identidad, la de campesinos, un intelectual como Paz Solórzano, que se había sumado entusiasta a La Bola —como se llamaba con alegría popular al caos revolucionario—, no pudo sino emprender el retorno, amnistiado por el nuevo caudillo —el general Alvaro Obregón, todopoderoso desde 1920 tras mandar asesinar a don Venustiano Carranza—, a la Ciudad de México. Había malvivido en Los Ángeles animando la exigua fraternidad de los zapatistas desterrados e intentando vender guiones cinematográficos, o reeditando un best seller de don Ireneo sobre el legendario bandido Joaquín Murrieta.

FALSOS VIAJES FANTASMAS

Antes de seguir con los fallidos intentos de Paz Solórzano de darle vida después de la muerte al zapatismo, enfrentemos un punto controvertido en la biografía temprana de Paz: el viaje del niño Octavio y de su madre, la joven y bella Josefina, a pasar una temporada con papá en Los Ángeles. Fue Sheridan el único de los biógrafos de Paz que puso en duda ese viaje pues consideraba imprudentísima la idea del abogado de hacer atravesar seis mil kilómetros de un país en guerra, inermes y solos, a su esposa y a su hijo, para alcanzarlo en Los Ángeles, lugar del cual el poeta, ese “preciso memorialista de su infancia”, dijo muy poco. Paz nada registró, teniendo allá entre cinco y seis años, sobre el viaje, la duración de la estancia o sus impresiones ante su primer encuentro con el mar, previsibles en el carácter poético.16

Eran de tomarse en cuenta las dudas de Sheridan sobre ese viaje, quien lo creía un recuerdo construido por la soledad de un niño abandonado por su padre. Yo agregué en su momento que un alcohólico solitario es persona atrabiliaria capaz de poner en riesgo a su familia, como lo habría hecho el abogado mandándolos llamar. Pero Felipe Gálvez, el biógrafo de Paz Solórzano, no menciona nunca la llegada a Los Ángeles de la familia del abogado exiliado, y afirma que éste se reencontró con su hijo de seis años, al cual no había visto crecer, a fines de julio de 1920 en Mixcoac. Incluso, un año antes el propio Paz Solórzano se había pintado en el destierro “enteramente solo y sin recursos de ninguna clase”, y su hijo el poeta sólo habló explícitamente de esa estancia en fecha muy tardía, cuando escribió “Entrada retrospectiva” (1992), prólogo al tomo que reunió sus escritos sobre la historia y la política de México, y “Silueta de Ireneo Paz” (1996), escrito como epílogo de una nueva edición de Otras campañas, de su abuelo.

Tomé en cuenta el fragmento de Vislumbres de la India (1995) donde Paz se refiere con mayor exactitud a un viaje de infancia, pero a San Antonio, Texas, la primera parada del abogado del otro lado de la frontera durante el periodo final de la Revolución mexicana. Viajaban “para protegernos de los guerrilleros que asaltaban los trenes” con una escolta militar que “su madre veía con recelo”, pues era de los enemigos de su padre que lo habían obligado a marcharse al destierro.17

La fabricación del recuerdo o la llana mentira adquiere alguna importancia, porque involucra en “Entrada retrospectiva” un tópico central en la obra paziana que remite a las páginas iniciales de El laberinto de la soledad (1950): el asunto de la otredad que en aquel ensayo del medio siglo se manifiesta en el pachuco, un tipo excéntrico de mexicano habitante de los Estados Unidos en los años cuarenta, fecha efectiva de la primera visita adulta de Paz a California. Sin embargo, en 1992 el poeta se recuerda a los seis años asistiendo a su primer día de clases en Los Ángeles, impresionado cuando mira ondear la bandera de las barras y las estrellas, pero aterrado por su desconocimiento completo del inglés, el cual, en el lunch, lo hará víctima de la agresión de sus compañeritos estadounidenses, pues ignorando cómo pedir una cuchara, prefiere no comer a exhibirse. Pero una profesora lo inquiere al observar su plato vacío, y al musitar en español el objeto necesitado comienza a ser víctima del hoy tan publicitado bullying con la repetición en coro de la exótica palabra cuchara. El asunto terminó en un pleito infantil: el niño mexicano regresó a su casa golpeado y “no volví a la escuela durante quince días; después, poco a poco, todo se normalizó: ellos olvidaron la palabra cuchara y yo aprendí a decir spoon”.18

No creía yo, pese a la plausibilidad de las dudas de Sheridan, que Paz, aunque todo pasado sea ruina por la que caminamos confundidos, se haya arriesgado, lúcido y puntilloso como era, a elucubrar una fantasía tan espesa. En cuanto al inglés de Paz, funcional pero defectuoso, él nunca dijo que hubiese sido bilingüe gracias a ese viaje infantil, y afirmó que lo mejoró sólo hasta 1943, dado el imperativo de la poesía de los Estados Unidos, su nuevo amor.19

Aparecida ya la primera edición de este libro, Ángel Gilberto Adame corroboró, al fin, documentalmente la presencia de los Octavios y de Josefa Lozano en Los Ángeles, en 1920, a donde madre e hijo habrían llegado por tren, vía Laredo. Documentos censatarios sitúan a la familia Paz en los Estados Unidos en 1916 y en 1920. Se trató de dos viajes con un intermedio en Mixcoac. El propio Sheridan, en la nueva edición de Poeta con paisaje (2015), admite como errática aquella conjetura suya.20 Pero a donde Sheridan deseaba llegar, aun cuando suela desconfiar de las banalizaciones freudianas, es a reconstruir la ausencia del padre, perdido en la Revolución, primero; remoto luego en el exilio, y aún más lejano después, obnubilado por el alcoholismo, como un tópico en la vida de Paz. Krauze lo ve de otra manera, acaso complementaria. Partiendo de los emotivos recuerdos que Paz Solórzano dejó entre los campesinos cuyas causas legales hizo suyas en los años treinta, Krauze afirma que la Fiesta Revolucionaria en la que el mexicano “se hombrea” con la muerte es una descripción transformada en sociología de la “vida exterior agitada” de Paz Solórzano, llena de “amigos, mujeres, fiestas”, según el poeta. “¡Claro que me acuerdo del licenciado Octavio Paz!”, dirá uno de los viejos que Gálvez alcanzó a entrevistar, “hasta parece que lo estoy viendo llegar por allá. Sonriendo y con una hembra colgada en cada brazo”.21

“Para aquel ‘abogado del pueblo’”, resume Krauze, “visitar cotidianamente Acatitla —‘lugar de carrizo o carrizal’— era volver al origen, ‘revolucionar’, tocar de nuevo la verdad indígena de México, comer chichicuilotes, atopinas, tlacololes, acociles, atepocates, cuatecones —dieta de siglos—, andar con la palomilla, brindar por Zapata, oír corridos ‘que todos repetían con gusto y con gritos’ buscar ‘un buen trago de caña y beber el garrafón con mucha alegría’, ir de cacería de patos en la laguna, llevárselos a sus queridas, a sus ‘veteranas’. Y, sobre todo, andar en las fiestas: ‘a don Octavio le entusiasmaban las fiestas de pueblo donde corría el buen pulque —recordaba el hijo de Cornelio Nava, el amigo de Paz—. Y qué pulque, señor. Espeso y sabroso[…] Con Octavio Paz Solórzano anduvieron por aquí personajes famosos como Soto y Gama […] Ah, y casi lo olvidaba: su hijo, el escritor que lleva su nombre. Él entonces era un niño, pero aquí estuvo”.22

Tan persuasiva es esa imagen arquetípica del Mexicano, que a un maestro carpintero que hizo trabajos en la Casa de Alvarado, en Coyoacán, en la que murió Paz, le pregunté, fingiéndome inocente, cómo era el poeta a quien no podía sino haber entrevisto demacrado en sus últimos días y durante poquísimos minutos. Me devolvió ese buen hombre, para mi sorpresa, una narración fantasiosa en la cual quien aparecía no era Paz, el poeta en agonía, sino un personaje imaginario similar al abogado tal cual lo recordaban los campesinos de Santa Martha Acatitla: rodeado de mujeres, compadres y tequilas, o una imagen idiosincrásica del Indio Fernández, el belicoso y pintoresco cineasta, también fallecido en Coyoacán.

Ése fue, empero, el padre con el que convivió Paz, durante dieciséis años en Mixcoac. Tomando en cuenta que los varones de esa generación no se ocupaban de sus hijos como la sociedad exige que lo hagan idealmente ahora, Paz tuvo una vida de familia a su manera nuclear: junto al padre proveedor, aunque “parrandero y jugador”, estuvo la madre firme en la sombra y desfigurada en el recuerdo, cuya figura, aunque mencionada en Pasado en claro como “abnegada, feroz, obtusa, providente, / jilguera, perra, hormiga, jabalina”, es más imprecisa.23 Doña Josefina se volvió a casar con un primo suyo, José Delgado Trocha, padrastro al que Laura Helena, única hija de Elena Garro y Octavio Paz, acusó, en sus Memorias de 2003, de haberla violado durante la temprana infancia. Paz fue testigo de aquella segunda boda de su madre, junto con su suegro José Antonio Garro, otra prueba más, contra las mentiras de Elena, de las buenas relaciones existentes entre ambas familias. Como es frecuente en sus Memorias, la hija de Paz reelabora temas y asuntos previamente comentados por su madre en sus cartas y diarios. El 25 de septiembre de 1974, Garro, la madre, le cuenta a su amiga Gabriela Mora que “Paz se quedó impávido” ante el abuso.24

El decaimiento de doña Josefina se agravó en junio de 1977, cuando Paz regresaba de Barcelona, y al poeta catalán Pere Gimferrer le contará por carta la solicitud con que la acompañó en el hospital: “La vejez es una infancia terrible, atroz”.25 A su muerte el 1 de febrero de 1980, Gabriel Zaid, el poeta católico de la revista Vuelta, que dirigió Paz desde 1976 hasta su muerte, tuvo el gesto de encargarle un novenario. Uno de los presentes en aquel poco concurrido entierro de una nonagenaria, el legendario primo Guillermo, tan presente en la poesía memoriosa de Paz, recuerda a un Octavio de 65 años que lloraba sin consuelo.26

Paz, digámoslo así, no cometió parricidio, y quizás, al autodestruirse, Paz Solórzano se salvó a los ojos de un hijo. Según ese testimonio no incluido entre sus propios escritos, aunque “difícil y tensa”, la relación entre los Octavios debió de ser mucho más estrecha, aun silenciosa, de lo que se cree. Entre ambos, le dijo Paz a Gálvez, el biógrafo de su padre, “no hubo desamor. Cierto es que casi me era imposible hablar con él, pero yo lo quería y siempre busqué su compañía. Cuando él escribía yo me acercaba y procuraba darle mi auxilio. Varios de los artículos que usted ha reunido los puse yo en limpio, a máquina, antes de que él los llevara a la redacción”.27

El poeta se engañaba a sí mismo como lo hacemos todos al recordar a nuestras familias, esos “criaderos de alacranes” así llamados por él con certero horror en Pasado en claro. Paz no confinó al olvido a su padre. No encuentro, como dice con exageración uno de sus críticos más insistentes —Jorge Aguilar Mora—, “un conflicto desgarrador” de Paz con su padre, y si lo hubo, lo creo curado satisfactoriamente cuando hace de Zapata, como dice el propio Aguilar Mora, el personaje histórico principal de El laberinto de la soledad, o convirtiendo al abogado Paz Solórzano, el intelectual zapatista, en la imagen misma del Mexicano, ese gran personaje paziano, como lo sugiere Krauze.28

Durante el primer lustro de los años treinta, la vida intelectual y política de los Octavios se cruza; mientras el hijo mecanografía los artículos del padre, que serán su biografía de Zapata escrita como capítulo de una Historia de la Revolución mexicana (1936) colectiva, escribe además sus primeros poemas y artículos, los cuales el padre prefiere ignorar. Mientras tanto, al acercarse a su fin, Paz Solórzano va acumulando derrotas políticas. Se enrola en 1922 en el Partido Nacional Agrarista, llamado a preservar el zapatismo pero desplazado de la vida política tras el asesinato del presidente reelecto, el general Obregón, en 1928. Había sido diputado federal (1920-1922) durante un par de años e inmediatamente después, hasta 1926, secretario de gobierno del estado de Morelos, y por unos meses, gobernador interino de la patria chica de Zapata, encargo que le impide encabezar, al parecer, los funerales de don Ireneo en noviembre de 1924. La prensa, que diez años atrás había festejado el nacimiento del nieto, informa que esa misión protocolaria recayó en éste, quien muchos años después recordará que su abuelo fue el primer hombre que vio morir. Y le tocará juntar en un costal los restos disgregados de su padre: más que suficiente para prolongar una dinastía.

Paz tuvo, finalmente, una media hermana. Poco después de la muerte de su padre, uno de los amigos del abogado le preguntó si quería conocerla, y el joven poeta dijo que sí. Se llamó Perla Dina Poucel Aviña (1923-1991), hija de María Raquel Poucel Aviña (1907-1971) y registrada, como se ve, con el nombre de sus abuelos, e hija ilegítima de un padre violento que llegó a ser denunciado como golpeador por otras de sus amantes. El asunto llegó a las páginas de El Nacional en 1932. Dice Sheridan que “decidido a desfacer en algo los entuertos de su padre, Paz decidió protegerla. La recomendó ante Relaciones Exteriores y la vio ‘tres o cuatro veces’, pero a la vez dice ignorar si ‘usa el apellido Paz’. Sabía bien que no, pues en carta de 1944 le pide a Octavio G. Barreda que conserve ‘en su modesto empleo’ a ‘mi recomendada, Perla Poucel’ a quien ‘quisiera ayudar en la medida de mis fuerzas’”. Dieciocho años después, Paz persiste. En carta del 11 de octubre de 1962 a su amigo el crítico e historiador José Luis Martínez, entonces embajador mexicano en Lima, con quien habría conseguido que Perla fuese empleada como canciller, Paz la describe como una persona “de gran competencia y a la que me siento ligado”. “En la seducción de María Raquel Poucel Aviña”, madre de Perla, concluye Sheridan que Paz Solórzano, “de cuarenta años agregó el estupro al adulterio: tenía catorce o quince años al quedar encinta”.29

Pese al padre alcohólico y adúltero, Paz preservó esa conciencia dinástica a lo largo de su vida. Como veremos, el padre y el abuelo aparecen y desaparecen, como turnándose, en el dominio de los ciclos octavianos. Y algo más sobre esa conciencia dinástica: es sabido por los historiadores que el 27 de julio de 1880 Ireneo Paz mató en duelo a Santiago Sierra, hermano de don Justo, el historiador y ministro porfiriano, por un asunto de calumnias periodísticas —un remordimiento que el abuelo Ireneo padeció toda su vida. Más de un siglo después su nieto sospechaba que la familia Sierra, que siguió siendo prominente en México (Javier Barros Sierra era el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México —UNAM— en 1968), le tenía inquina a él por aquel lance fatal de su abuelo. Supongo que la suspicacia se disipó cuando el hijo del rector, Javier Barros Valero, organizó la primera celebración oficial para Paz en su septuagésimo aniversario, en 1984. En el mundo cortesano y jerárquico dominado por el PRI esa clase de detalles importaban.

Fue Paz “un niño en la Revolución mexicana”, título del relato autobiográfico que en 1951 publicó Andrés Iduarte, uno de sus profesores, en la Escuela Nacional Preparatoria (ENP). No sufrió Paz ni las cuitas ni las mudanzas que otros, mayores que él —como sus maestros, los poetas de la revista Contemporáneos—, padecieron. Paz, como nieto del antiguo régimen e hijo del orden nuevo de la Revolución mexicana, estaba relativamente a salvo en Mixcoac, pasando junto a don Ireneo sus primeros y felices años; de Paz Solórzano admiró su agrarismo religioso, y sufrió por su alcoholismo.

Afuera la guerra civil, adentro el paraíso de Mixcoac, gloriosamente reconstruido, por Sheridan en Poeta con paisaje a partir de los propios poemas de Paz. Mundo a la vez predecible y único: el jardín, la biblioteca, las escuelas —sucesivamente, una francesa, en El Zacatito, regenteada por los padres lasallistas; después, otra, su “viejo y amado” colegio Williams,30 a cargo de un par de hermanos ingleses a la vez deportistas y puritanos— y el llano, zona exterior donde a Paz lo inician los criados indígenas en el temascal. Ese oscurísimo baño de vapor, hoy muy común como oferta para el turismo alternativo, debió parecer en aquellos años una verdadera reminiscencia telúrica.

A la lista de lecturas, todas salidas de la biblioteca de don Ireneo y también recopiladas por Sheridan, pertenecen México a través de los siglos (1884), la autobiografía colectiva que los liberales hicieron de su gesta, pero también alguna historia de Francia y otra de España; la Divina Comedia ilustrada por Gustave Doré; Las mil y una noches expurgadas; Hans Christian Andersen; Max Nordau y su Degeneración (una lectura de adolescencia traspapelada en la infancia); El asno de oro de Apuleyo; el antiguo Ramón de Campoamor, y el moderno Rubén Darío, todos ellos recreados y reconstruidos, pues para ello existe la literatura, por el poeta memorioso.

Una vez que los carrancistas, a quienes consideraba Paz en 1971 “el ala derecha de la Revolución, es decir, la facción conservadora y termidoriana”,31 confiscaron o destruyeron la imprenta de don Ireneo en venganza por el zapatismo de Paz Solórzano, la familia vino a menos. Eso fue en 1915. La gran casa de Mixcoac, que a principios de siglo “tenía frontón, boliche, alberca, billar, quioscos y hasta jardín japonés”, según enumera Krauze, empezó a derruirse haciendo retroceder a la familia de habitación en habitación, hasta que el futuro poeta, en otra memorable imagen, tuvo a una enredadera por room mate.32

Aquella casa en la plaza de San Juan de Mixcoac se volvió, dice Sheridan, un “amplio barco fantasma” presidido por Papa Neo, el abuelo que llamaba a la mesa resoplando un cuerno de caza y a cuyas órdenes estaba su nieto, a quien además enseñó a cultivar algunas legumbres. Al padre ausente por motivos de largo asueto revolucionario, a la madre con fama de cantarina, al primo Guillermo Haro y Paz, se sumaba la enigmática tía, Amalia Paz, una “india feísima que fue la primera traductora de Baudelaire al español”, según Garro, la cual, instalada por unos días con la madre de Paz tras su matrimonio en 1937, desarrolló una gran devoción por la desventurada solterona.33

La tía Amalia “pertenece a esa categoría de las mezzosopranos en las óperas románticas”, quien “es al mismo tiempo insustituible y banal”. Ella tenía un álbum que, violado el secreter que lo resguardaba por sus sobrinos, permitió a Paz descubrir un poema autógrafo, el primero que leyó en su vida, del flâneur modernista Manuel Gutiérrez Nájera. Algo hizo de vida social con remembranzas sicalípticas el nieto con su abuelo: lo acompañaba a visitar a una antigua actriz, madre de la famosa Mimí Derba, que lo recibía “con abrazos y besos”.34

Adentro, el árbol. Afuera, la Revolución. Adentro, la poesía. Afuera, la historia, que no es una pesadilla, dirá Paz corrigiendo a Joyce, porque de ella nunca se despierta. En el Emiliano Zapata, de Paz Solórzano, que su hijo prologó en 1986 sin decir que el autor era su padre, quizás asumiendo que los lectores lo sabían, le reprocha ser un hagiógrafo del caudillo a quien su jacobinismo le impidió reconocer lo devotos que eran los zapatistas de la Virgen de Guadalupe.

Y aparece la Fiesta Revolucionaria, casi como un folclor que será reinterpretado en El laberinto de la soledad, con páginas, las de Paz Solórzano, que no hubieran desmerecido entre las de Herodoto o de Polibio. Cuando Eufemio, el hermano del caudillo, tomó el convento de San Diego, leemos en Emiliano Zapata “algunos intrépidos revolucionarios iban desarmados, con botes de hoja de lata que producían un ruido infernal, que unido al griterío de los zapatistas, al sonido de los cuernos y al estruendo del combate, producían un efecto horrible en los habitantes pacíficos. Los que llevaban los botes tenían atados al cuello unas bolsas conteniendo bolas de dinamita, que no dejaban de arrojar al enemigo”.35

La fotogénica Revolución mexicana, la primera que fue filmada, y quizá la única en que uno de sus caudillos —el inefable Pancho Villa— fue invitado a protagonizar una película en tiempo real, hacía decir a Paz Solórzano, en descargo de la crueldad de los zapatistas —idénticos en su desenfreno al resto de las facciones en pugna—, que la costumbre de “los fusilamientos con música” también la “ejecutó en Ciudad Juárez y para solaz de nuestros primos, un general carrancista. La Cucaracha, La Valentina y otras por el estilo” eran las favoritas de aquel jenízaro.36

Paz tiene, en los novelones históricos del abuelo y en el periodismo ideológico de su padre, una raíz. Leer a los primeros Paz es notar lo mucho que se trasmina de Ireneo al pensamiento liberal tardío del segundo Octavio, mientras el padre nutre las primeras consideraciones de Paz sobre el Mexicano, las reunidas después por él mismo y por Enrico Mario Santí en Primeras letras (1988); por otro lado el argumento, no el único, pero acaso el central, de El laberinto de la soledad, el ensayo más leído de Paz y el mencionado con mayor frecuencia en las listas de los grandes libros del siglo pasado, se origina en la hagiografía que su padre escribiese del general Zapata, una dramatización, a su vez, de la vida de Paz Solórzano. Y al recuerdo de su padre debe, él, que estaba lejos de ser un sibarita, una de sus pocas obsesiones culinarias, el “‘pato enlodado’ de la laguna, rociado con pulque curado de tuna”,37 propio de la región de Texcoco, donde litigó y murió su padre.

En “Canción mexicana”, aparecido en Ladera este (1969) y uno de sus poemas más característicos, Paz se quejará, incurriendo a esas alturas de su vida en la falsa modestia, de que mientras su abuelo, “al tomar el café, / me hablaba de Juárez y de Porfirio”, y su padre, “al tomar la copa, / me hablaba de Zapata y de Villa, Soto y Gama y los Flores Magón”, él se quedaba callado, sin saber de quién hablar, porque en su casa “el mantel olía a pólvora”.38

Mucha pólvora, de otra espesura, conocería Octavio Paz en su vida. Su propio mantel, tejido a lo largo de su vida, desde los años treinta “olía a pólvora”, como lo apuntamos Krauze y todos los que hemos dado su obvia respuesta a aquella pregunta final, por supuesto retórica, de “Canción mexicana”.39 El abuelo y el padre le habían dado México. Conquistar el mundo le tocaría al poeta siguiendo su propio camino: sus héroes y antihéroes serían los contemporáneos de todos los hombres, tal como en El laberinto de la soledad él afirmó que debían serlo los mexicanos.


1 Todas las citas de las Obras completas, tomos I-VIII, provienen de la edición del Fondo de Cultura Económica (FCE), México, 2014. A Ángel Gilberto Adame, en Octavio Paz. El misterio de la vocación (México, Aguilar, 2015), no le queda clara la falta de concordancia entre la calle de nacimiento, en el centro de la Ciudad de México, con la elaboración, casi simúltanea, de una partida parroquial que hace constar su bautizo, en Mixcoac. Ante la duda, me quedo con el testimonio del poeta, quien de viva voz afirmó, siempre, haber nacido en la calle de Venecia. La explicación del misterio acaso tenga que ver con las veleidades políticas de su padre, el licenciado Octavio Paz Solórzano.

2 Octavio Paz, “Epitafio sobre ninguna piedra” (1987) en Obras completas, VII. Obra poética, México, FCE, 2014, p. 641.

3 Ibid., pp. 81-82.

4 Consúltese la indispensable obra de Hugo J. Verani, Bibliografía crítica de Octavio Paz (1931-1996), México, El Colegio Nacional, 1997. En 2014 salió el tomo primero de una nueva edición: Bibliografía crítica de Octavio Paz (1931-2013), también editada por El Colegio Nacional, al cual seguirá un segundo tomo.

5 Jaime Perales Contreras, Octavio Paz y su círculo intelectual, ITAM/Coyoacán, 2013, p. 265.

6 Paz, “Soy otro, soy muchos” (1996) en Obras completas, VIII. Miscelánea. Primeros escritos y entrevistas, México, FCE, 2014, p. 933.

7 Guillermo Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, México, Era, 2004, p. 59.

8 Enrique Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, México, Debolsillo, 2014, p. 19.

9 Paz, “Postfacio” (1996) a Antonia Pi-Suñer Llorens, prólogo a Ireneo Paz, Otras campañas, I y II, México, FCE / El Colegio Nacional, 1997, p. 10.

10 Adolfo Castañón, “Octavio Paz: las voces del despertar” en Arbitrario de literatura mexicana, Vuelta, México, 1995, p. 398.

11 Paz, “Solo a dos voces” (1973) en Obras completas, VIII, op. cit., p. 1205.

12 Pi-Suñer, prólogo a Ireneo Paz, Otras compañas, op. cit., p. 11.

13 Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, op. cit., p. 30.

14 Paz, “Pasado en claro” (1974) en Obras completas, VII, op. cit., pp. 588-589.

15 Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, op. cit., p. 49.

16 Ibid., pp. 49-50.

17 Paz, Vislumbres de la India (1995) en Obras completas, VI. Ideas y costumbres. La letra y el cetro. Usos y símbolos, México, FCE, 2014, p. 823.

18 Paz, “Prólogo. Entrada retrospectiva” (1992) en Obras completas, V. El peregrino en su patria. Historia y política de México, México, FCE, 2014, pp. 16-17. Años después de la muerte de Paz, comentando el misterio de la cuchara, el filósofo Alejandro Rossi, uno de los amigos íntimos que Paz tuvo durante sus últimos lustros, me dijo, respaldando acaso la hipótesis de Sheridan, que a él, en su infancia cosmopolita, le había sucedido el mismo episodio cuchara/spoon y se lo había contado a Paz quien acaso hizo propio, como sucede entre amigos, un recuerdo ajeno.

19 Paz, “Conversación con Octavio Paz” (1975) en Obras completas, VIII, op. cit., p. 576.

20 Ángel Gilberto Adame, Octavio Paz. El misterio de la vocación, México, Aguilar, 2015, p. 32; Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, I, México, Era, 2015 (nueva edición), p. 13; Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, op. cit., p. 81.

21 Ibid., pp. 41-42; Octavio Paz Solórzano, Hoguera que fue, compilación, testimonios y notas de Felipe Gálvez, México, Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)/Unidad Xochimilco, 1986, p. 74.

22 Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, op. cit., p. 42.

23 Paz, Pasado en claro (1974) en Obras completas, VII, op. cit., pp. 588.

24 Elena Garro, Correspondencia con Gabriela Mora (1974-1980), Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Puebla, 2007, p. 74; Helena Paz Garro, Memorias, México, Océano, 2003, p. 18; Adame, Octavio Paz. El misterio de la vocación, op. cit., pp. 127-128.

25 Paz, Memorias y palabras. Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997, Barcelona, Seix Barral, 1999, p. 151.

26 Sheridan, “El primo Guillermo” en Letras Libres, núm. 181, México, enero de 2014, p. 110.

27 Paz Solórzano, Hoguera que fue, op. cit., p. 73.

28 Jorge Aguilar Mora, La sombra del tiempo. Ensayos sobre Octavio Paz y Juan Rulfo, México, Siglo XXI, 2010, p. 33; Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, op. cit., pp. 118-119.

29 Sheridan, “Octavio Paz y su padre: dramas de familia”, El Universal, México, 6 de mayo de 2014; María Luisa Pérez Cervantes, “El Lic. Octavio Paz es acusado por una señora”, El Nacional, México, 13 de diciembre de 1932; Octavio Paz /José Luis Martínez, Al calor de la amistad. Correspondencia 1950-1984, México, FCE, 2014, p. 35; Sheridan, Habitación con retratos. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, 2, México, Era, 2015, pp. 178-179.

30 Armando Ponce, “Carta de Octavio Paz a los alumnos del Colegio Williams”, núm. 1952, Proceso, México, 30 de marzo de 2014, p. 75.

31 Paz, “El mundo actual al reojo” (1971) en Obras completas, VIII, op. cit., p. 740.

32 Krauze, Octavio Paz, el poeta y la revolución, op. cit, p. 27; Paz, “Tiempos, lugares, encuentros” (1991) en Obras completas, VIII, op. cit., p. 898.

33 Garro, Correspondencia con Gabriela Mora (1974-1980), op. cit., p. 93.

34 Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, op. cit., pp. 34-35.

35 Octavio Paz Solórzano, Emiliano Zapata, prólogo de Octavio Paz, México,FCE, 2012, p. 73.

36 Paz Solórzano, Hoguera que fue, op. cit., p. 342.

37 Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, op. cit., p. 41.

38 Paz, “Intermitencias del oeste, 2 (Canción mexicana)” [1968] en Obras completas, VII, op. cit., p. 379.

39 Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, op. cit., p. 269.

Título

CAPÍTULO 2

Doble vida: revolucionario y poeta

Fui cobarde,
no vi de frente al mal y hoy corrobora
al filósofo el siglo:
¿El mal? Un par de
ojos sin cara, un repleto vacío.

El mal: un alguien nadie, un algo nada.

¿Stalin tuvo cara? La sospecha
le comió cara y alma y albedrío.

PAZ, “Aunque es de noche”, en Árbol adentro (1987)

LOW DISHONEST DECADE

“Low dishonest decade” llamó W. H. Auden a los años treinta en “September 1, 1939”, el poema escrito por el inglés cuando se enteró de que las tropas alemanas invadían Polonia. Acaso esa década, llamémosla canalla en español, terminó con las bombas atómicas arrojadas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Pero ¿cuándo empezó ese episodio central de esa guerra civil europea que se tornó planetaria y separó a las dos grandes conflagraciones mundiales? ¿Dio comienzo casi diez años atrás, cuando Mussolini decidió marchar sobre Roma en 1922 y apestar la bota italiana con el fascismo ante el aplauso de tantos intelectuales? ¿Empezó mucho antes, cuando Lenin, según se lo imaginó Edmund Wilson, encontró bajo la almohada la llave que abriría la puerta de la Historia y lanzó a los bolcheviques sobre el Palacio de invierno de Petrogrado, convenciendo a los letrados de todo el planeta de que la utopía podía ser fundada sobre la tierra?

Entre los “protagonistas y agonistas” de los años treinta, como él pudo decirlo, estuvo el poeta Octavio Paz, porque el juicio póstumo ha sido más severo con los pensadores y artistas que los justificaron que con los propios jefes asesinos y sus masas, organizadas, feroces y obsecuentes. Ya nadie se sorprende de los Vishinski y de los Röhm, ni de los militaristas japoneses que tras arrasar el puerto de Nanking dejaron a su paso cientos de cadáveres de mujeres violadas y descuartizadas. Las empresas de los Goering y los Yezhov, una lanzada la Noche de los Cristales Rotos contra los judíos alemanes y la otra hecha para montar los procesos de Moscú, que dieron inicio al Gran Terror y al Gulag, pueden analizarse a través de la banalidad del mal o de la causalidad diabólica. El sacrificio de los millones de ucranianos, algunos de los cuales antes de morir de hambre devoraron a sus hijos gracias al experimento de colectivización agraria impuesto por Stalin (que Lev Trotski, el exiliado romántico, menospreció entre los principales crímenes de su némesis), es también motivo de increíble espanto y de investigación académica, pero tampoco es tan difícil de explicar como el enigma de la inteligencia que justifica el genocidio en todas sus variantes: “Hay una falla, una secreta hendedura en la conciencia del intelectual moderno”, concluirá Paz al final de sus días.1 Fueron los intelectuales —bardos, novelistas, ideólogos, hombres de ciencia— quienes le regalaron, le vendieron o le rentaron al poder totalitario un catálogo casi infinito de coartadas, ofrecidas lo mismo por aquellos que permanecieron ciegos o ignorantes ante crímenes de escandaloso conocimiento público, que por quienes los bendijeron en nombre del milenario Tercer Reich de Hitler, o de la sustitución, por el comunismo, del reino de la necesidad por el reino de la libertad.

La lista de cómplices y de cegatones como la de arrepentidos y obcecados es larga, y a muchos de ellos Paz les dedicó una línea o un trazo a lo largo de su obra. Cito casi al azar, jugando con el índice de las Obras completas. A propósito de su conflicto, literario e ideológico, con el poeta chileno Pablo Neruda, a quien reconoció al fin de su vida como “su enemigo más querido”, Paz recordó que “los debates de aquellos años —también los de ahora— pertenecen no tanto a la historia de las ideas políticas como a la de la patología religiosa”.2

De Ezra Pound, cuyos poemas breves le encantaban, dijo Paz que fue, de los grandes poetas de los Estados Unidos, el único en sucumbir a “la fascinación totalitaria”, y escogió como ídolo a Mussolini, el “menos brutal de los dictadores de este siglo”. En contraste con otros escritores latinoamericanos y europeos, “Pound no obtuvo por su apostasía ni condecoraciones ni honras fúnebres nacionales sino el encierro por muchos años en un manicomio. Fue terrible pero quizá mejor que el feliz chapotear en el lodo de un Aragon”.3

De los procesos de Moscú, escribió en 1971 que habían combinado “a Iván el Terrible con Calígula y a ambos con el Gran Inquisidor: los crímenes de que se acusó a los antiguos compañeros de Lenin eran a un tiempo inmensos, abominables e increíbles”.4 En 1973 encontrará al último Jean-Paul Sartre, incorregible, repitiendo a su manera el grito del general falangista José Millán Astray: “¡Muera la inteligencia traidora!”, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, grito “repetido a lo largo del siglo XX en muchos púlpitos negros, pardos, blancos y rojos. Lo sorprendente es que ahora lo profiera un intelectual típico como Sartre. Aunque no tanto: la atrición, la contrición, la maceración, y en fin, el odio a sí mismo, es parte de su herencia protestante”.5

Un año después agregará: “Cuando pienso en Aragon, Neruda, Alberti y otros famosos poetas y escritores estalinistas, siento el calosfrío que me da la lectura de ciertos pasajes del Infierno. Empezaron de buena fe, sin duda”. Les reconoce Paz a esos poetas “desalmados” su negativa a “cerrar los ojos ante los horrores del capitalismo y ante los desastres del imperialismo en Asia, y África y nuestra América”; pero ese “impulso generoso de indignación ante el mal y de solidaridad con las víctimas” los fue envolviendo: “insensiblemente, de compromiso en compromiso, se vieron envueltos en una malla de mentiras, falsedades, engaños y perjurios hasta que perdieron el alma.”6

Esta retahíla de condenas y lamentos podría extenderse páginas y páginas, muy dolorosas para él, porque involucraban a escritores muy admirados; proviene del doble examen de conciencia, poético e intelectual, que Paz, en prosa y en verso, hizo de su propia década canalla. En su caso la cerró cuando en 1951, en la revista Sur, de Buenos Aires —pues en México nadie se hubiera atrevido a publicarlo—, el poeta respaldó las documentadas denuncias de David Rousset, que venía saliendo de Buchenwald, sobre la existencia de los campos de trabajo en la Unión Soviética.

El joven Paz no estuvo entre el puñado de iluminados y videntes —¿de qué otra manera llamarlos?— que en los años treinta cruzaron la puerta estrecha, y que al no decidirse por el fascismo o el comunismo, ocuparon paradójicamente en el centro, la más excéntrica de las posiciones. Esto no los hizo indiferentes ante el dolor del siglo: a veces sólo ellos percibieron sus dimensiones inauditas. Menos que mentes frías capaces de encontrarse con la realidad tras la bruma espesa, pocos fueron piadosos y retrocedieron por compasión. Fue el propio Paz, leyéndolo, quien me enseñó, a admirar a la mayoría de estos autores: Georges Bernanos, André Gide a su vuelta de la URSS, Simone Weil cuando regresó (como George Orwell) de Cataluña, Élie Halévi, Jorge Cuesta, James Burnham, Bruno Rizzi, Julien Benda, Thomas Mann, e. e. cummings. Hombres y mujeres, judíos en busca de Dios y agnósticos protestantes, monárquicos estremecidos ante los cementerios bajo la luz de la luna, antiguos trotskistas, heterodoxos en la heterodoxia.

Ante ellos, que habían pecado con la historia, el agnóstico Paz era muy religioso. Recuerdo que el 17 de diciembre de 1997, en su última aparición pública, finalizados los discursos, sus amigos hicieron una fila para despedirse personalmente de él entrando en pequeños grupos en las habitaciones donde moriría meses después. A uno de ellos, un escritor que estimaba y del cual se había distanciado —fueron tantísimos quienes estuvieron en ese caso— durante los años de aquél en la izquierda radical, Octavio le preguntó si se había arrepentido. “Sí”, le dijo nuestro amigo, ciertamente alejado hacía tiempo del mundillo guevarista tan poblado en América Latina, “ya me hice una autocrítica”. “Dije arrepentimiento, no autocrítica”, le espetó, no muy amable, Octavio.

Porque la historia de Paz como cruzado de la causa y como “guerrillero de la poesía”, según la afortunada frase encontrada por Guillermo Sheridan, cuyo relato seguiremos, fue la de muchos jóvenes rebeldes enrolados de buena fe en las partidas de caza de la década canalla, víctimas de una patología religiosa. En el célebre pasaje autocrítico de “Nocturno de San Ildefonso” lo dice así: “El bien, quisimos el bien: / enderezar el mundo / No nos faltó entereza: / nos faltó humildad / Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia.”7

No consideraba Paz al error de juventud como atenuante. En aquellos tiempos, a los veinte años e incluso antes, nunca se era suficientemente inmaduro como para perseguir, matar o morir perseguido, como le habrá ocurrido al misterioso y supuestamente legendario amigo de Paz, José Bosch, el joven anarquista catalán desaparecido.

SAN ILDEFONSO

En 1930 Paz entró en la ENP de San Ildefonso, la pieza clave en el diseño de los positivistas decimonónicos para salvar a México mediante la educación. A una cuadra del Zócalo de la Ciudad de México, ocupaba la escuela el antiguo Palacio de San Ildefonso, epicentro en la poesía del viejo Paz, quien retomó el recorrido de “los largos corredores, las columnas airosas entre los frescos de Charlot, Fermín Revueltas, Rivera y Orozco”8 en “Nocturno de San Ildefonso” y en “1930: Vistas fijas” (1987).

Venía llegando Paz de la Secundaria Tres, no muy lejana de la colonia Juárez, donde nació en una casa que describió en su nota sobre Bosch. En las muchas y extraordinarias entrevistas que dio (es, con Jorge Luis Borges, el gran maestro en el género), Paz va recordando las actividades a las que un joven con ansias de poeta, a las puertas de la Preparatoria, podía realizar en la pequeña pero ya intensa Ciudad de México, como ir a los conciertos dominicales de música moderna que Carlos Chávez y Silvestre Revueltas dirigían en el recién inaugurado Palacio de Bellas Artes, en cuyo vestíbulo, sesenta y ocho años después, sería velado en calidad de poeta nacional. “Fue famosa la noche” —le contó Paz a Manuel Ulacia—, en que Carlos Pellicer “recitó con su voz profunda de cántaro la fábula de Pedro y el lobo de Prokófiev. Aplaudimos a rabiar”.9

Había otras opciones, agrega Sheridan: teatro popular en la Carpa Garibaldi, y teatro vanguardista, pues los poetas de Contemporáneos, ya fuese como traductores, actores o tramoyistas, se brindaban con obras de Simon Gantillon, Jean Giraudoux, Lord Dunsany y Eugene O’Neil. Sheridan calcula que tras esas experiencias estéticas aquellos muchachos, de los que Paz formaba parte, tomarían el rumbo del barrio prostibulario de San Camilito, para hacer encarnar a las diosas de la ilusión estética.10

En la ENP tenía como maestro a Alejandro Gómez Arias, profesor de literatura mexicana que había encabezado recién la victoriosa conquista de la autonomía para la Universidad Nacional y novio, durante un breve tiempo, de Frida Kahlo, también egresada de la ENP y siete años mayor que Paz, quien se convertirá, cuando la pintora se transforme en icono, en uno de los pocos adversarios de su culto. Pero también recibía lecciones de Antonio Díaz Soto y Gama, el mentor zapatista de su padre y catedrático de la novedosa Historia de la Revolución Mexicana, y del poeta Pellicer, con quien hará el viaje a España en 1937.

Pellicer, muy joven, había acompañado a América del Sur al secretario de Educación Pública José Vasconcelos, entonces un prohombre obsesionado en convertir en continental el mensaje revolucionario de México. Pellicer estuvo con Vasconcelos en las cataratas del Iguazú, cuya descripción fascinó a Paz, lo mismo que las imágenes que aquel poeta viajero de la generación anterior ofrecía de Florencia y del cercano Oriente. “A veces”, remata Paz, Pellicer “nos leía sus poemas con una voz de ultratumba que me sobrecogía. Fueron los primeros poemas modernos que oí. Subrayo que los oí como lo que eran realmente: poemas modernos, a pesar de la manera anticuada con que su autor los recitaba”.11

Paz viajaba al centro de la Ciudad de México —entonces a nadie se le ocurría apellidarlo como “histórico”— desde Mixcoac haciendo escala en San Pedro de los Pinos. Soñaría, sin tener dinero para hacerlo, con emanciparse y rentar cuarto propio en el centro. Se levantaba temprano para disfrutar del barrio universitario y sus prolongaciones, el Palacio Nacional al que el gobierno revolucionario le estaba agregando un tercer piso y donde Diego Rivera apenas empezaba a pintar sus murales, o la Plaza de Santo Domingo, en la cual hasta la fecha se colocan los llamados evangelistas, escribanos públicos que dotados de una máquina de escribir (y ahora de computadoras personales) auxilian en trámites legales y cartas de amor a clientes de ambos sexos, analfabetas o apresurados, con frecuencia. Uno de los mejores amigos de Paz durante aquellos tiempos fue Enrique Ramírez y Ramírez, según Elena Garro, “un joven moreno delgado, de grandes ojos negros, que llevaba zapatos sin calcetines”,12 quien completaba sus ingresos como “evangelista”. El fervoroso comunismo de Ramírez y Ramírez, por cierto, delataba una prehistoria recentísima en la derecha católica.

En esa época Paz hizo su primer viaje solo a la provincia en las vacaciones del verano de 1931 o de 1932. Un compañero de la ENP invitó a Octavio y a otros amigos a su tierra en Tixtla, Guerrero, a la cual llegaron a caballo. El capitalino no sabía montar, pero le proporcionaron un caballo manso, y al anochecer llegaron a Tixtla, en tierra caliente, solar natal del escritor liberal Ignacio Manuel Altamirano. “Me dolían las piernas: nunca había montado tantas horas. Pero tenía diecisiete años y, después de un refrigerio, me eché en un catre lleno de carrizos, instalado en un corredor de la casa. En el trópico de México como en el de la India, mucha gente duerme al aire libre. A pesar de la dureza del catre, me dormí pronto, mecido por la música de los grillos y el rumor de los follajes.”13

A la mañana siguiente dieron un paseo por el pueblo y comieron melones. “No había monumentos que visitar y la única atracción era la naturaleza: los árboles, los pájaros, las frutas.” Le gustó la gente, “de sonrisa fácil y mirada relampagueante. Sensibilidad y ráfagas de violencia”. Regresaron a la casa de su amigo al anochecer: “nos recibieron con alborozo las mujeres, que me veían con curiosidad y un poco de burla. Mis anfitriones me iniciaron en el misterio del pozole guerrerense y de otros platillos y bebidas. Naturalmente alguien trajo una guitarra y se cantaron canciones”. Al día siguiente fueron a Chilapa, “una ciudad eclesiástica” de “arquitectura pesada y sin estilo” donde visitaron un convento y les compraron dulces a las monjitas. “Dimos una vuelta al atardecer por la melancólica plaza: jóvenes adustos y muchachas recatadas. Nada más distinto de Tixtla: dos Méxicos: uno tropical, republicano y echado para fuera; otro, clerical, pétreo y ensimismado. Los dos violentos.” Diez años después se encontró a su amigo guerrerense y recordaron aquella “memorable excursión”. Ese “paseo fue una iniciación”.14

No hizo el joven Paz muchas otras excursiones de esa naturaleza: la política y la poesía se convertirían en el alma bicéfala de aquellos preparatorianos. Alternaremos una y otra narración, aunque sea al fin y al cabo una sola, la de la educación sentimental, pues para él y sus amigos “la poesía se convirtió, ya que no en una religión pública, en un culto esotérico oscilante entre las catacumbas y el sótano de los conspiradores”, dirá Paz en Itinerario (1993), lo más cercano a una autobiografía formal entre lo que escribió. “Yo no encontraba”, dirá en el mismo párrafo, “oposición entre la poesía y la revolución: las dos eran facetas del mismo movimiento, dos alas de la misma pasión. Esta creencia me uniría más tarde a los surrealistas”.15

Paz estaba haciendo la transición entre la biblioteca de don Ireneo o lo que quedaba de ella, saqueada o malbaratada, y las revistas literarias modernas, como registra Sheridan. Había pasado de los decimonónicos franceses a los rusos, la literatura cuya novedad existencial llevaba décadas, sin visos de agotarse, fascinando a Occidente. El lector de novelas, dejando a su adorado Benito Pérez Galdós por el erótico y erotizante D. H. Lawrence, se transformará en lector de poesía, y los antiguos románticos fueron sustituidos por los “modernos modernos”, como T. S. Eliot, Saint-John Perse y Paul Valéry. No poca importancia tenía que la generación de Paz fuese la primera en América Latina tras el esfuerzo de los modernistas y de los entonces vigentes poetas de la revista Contemporáneos, para la cual la poesía en lengua española era ya moderna gracias, también, al ejemplo luminoso de la Generación del 27 en España.

Hacia 1931 se leía en México Residencia en la tierra de Neruda, y los nombres de Borges, César Vallejo, Vicente Huidobro, Rafael Alberti y Federico García Lorca circulaban como valiosa moneda corriente, según puntualiza Sheridan. Es importante decirlo de una vez: para Paz la poesía hispanoamericana moderna, de Rubén Darío a Gonzalo Rojas, sin olvidar a la decena de nuevos poetas que él promovió, era tan importante como la inglesa o la francesa. Se concebía a sí mismo como heredero y salvaguarda de una tradición riquísima, la de Francisco de Quevedo y Luis de Góngora; como un hijo del Siglo de Oro de la lengua española; despreciaba a todos aquellos obtusos académicos eurocéntricos o ignaros lectores sin curiosidad que se privaban de ella.

El mecanógrafo silencioso de los alegatos agraristas de su hosco padre se convirtió en lector de Karl Marx y de Mijaíl Bakunin, escritores clásicos a los que seguirían los autores “comerciales” en forma de los catecismos de Yuri Plejánov y Nikolái Bujarin, todos materia de polémicas interminables en la ENP y sus cercanías. Por fortuna llegaron a los ojos del joven Paz otras lecturas, lejanas del marxismo que se imponía, inexorable, como la lengua franca de la mitad del planeta: Friedrich Nietzsche con su Gaya ciencia, Oswald Spengler y su Decadencia de Occidente, José Ortega y Gasset con su Revista de Occidente, la fenomenología de Edmund Husserl y los primeros libros freudianos, la Nouvelle Revue Française (NRF) con Gide pero también con el católico Paul Claudel y con el profético Julien Benda, quien acababa de alertar al mundo contra La traición de los clérigos (1927). “Un diluvio en el que muchos se ahogaron”, concluirá Paz.16

Si es que en la lectura fervorosa durante la adolescencia cabe la palabra “contemplación”, a ésta le seguía “acción”. En 1929, por asomarse a una de las manifestaciones democráticas que respaldaban la fracasada candidatura del ex secretario Vasconcelos a la presidencia, Paz, de quince años, pasa algunas horas en la comisaría de las que “emergió secretamente envanecido, bautizado en la religión de la acción”.17

De ese arresto iniciático fue librado con presteza por el licenciado Paz Solórzano, quien en los años siguientes acudiría con puntualidad a las comisarías, urgido por Octavio, para sacar a amigos suyos, otros muchachos revoltosos como Bosch y Ramírez y Ramírez. Así ocurrió cuando este último, ya militante comunista en enero de 1933, fue arrestado por repartir ejemplares del Socorro Rojo y liberado gracias a los Paz.

México en 1930, por ser un país aún poco industrializado, padeció de manera gradual los efectos del crack financiero del año anterior. Era, en cambio, una nación rural empobrecida cuyos caudillos revolucionarios, que mantenían al exiguo Partido Comunista Mexicano (PCM) en la clandestinidad, incumplían con las promesas de reparto agrario, afrenta indignante para Paz Solórzano y trasmitida cotidianamente a su hijo, el cual empezó a hacer sus pininos en la política, más estudiantil que revolucionaria, si tomamos en cuenta que el futuro novelista José Revueltas, militante comunista, amigo y contemporáneo estricto de Paz, en esos años cumpliría dos estancias en verdad purgativas en las Islas Marías, penal situado en el Océano Pacífico a cien kilómetros de las costas de Nayarit.

Paz empezó firmando el consabido manifiesto de protesta que fue remitido al presidente de Francia en el affaire de Louis Aragon: el poeta surrealista convertido al estalinismo había publicado “Front Rouge”, un poema panfletario que llamaba a la desobediencia proletaria y por el cual se le pretendía condenar a cinco años de prisión. A ello siguió un activismo de mayor calado: se unió la multifacética Unión Estudiantil Pro-Obrero y Campesina (UEPOC), que acaudillada por Roberto Atwood combatía las imitaciones locales de la católica Acción Francesa y había simpatizado con el vasconcelismo. Se empeñaba esa cofradía militante en continuar con la alfabetización del pueblo, el legado del antiguo secretario de Educación, Vasconcelos, quien se decía defraudado en las elecciones presidenciales de 1929.18

La nómina de la UEPOC, con Ramírez y Ramírez y Bosch como dirigentes, incorpora a futuras celebridades como el presidente de México entre 1958 y 1964, Adolfo López Mateos, Kahlo, José Revueltas, Rubén Salazar Mallén (un maldito a la mexicana que irá del comunismo al fascismo), Eli de Gortari (filósofo cuyo sobrino también será presidente de México), Juan de la Cabada (cuentista que será miembro distinguido del PCM), el futuro regente de la ciudad Ernesto P. Uruchurtu y Octavio Novaro, otro cercano amigo de su tocayo Paz.

Una vez electo presidente el general Lázaro Cárdenas en 1934, el régimen de la Revolución mexicana dará un giro a la izquierda convirtiendo al país en otra tierra de la gran promesa revolucionaria. Tan pronto a Plutarco Elías Calles se le perdonó la vida (una innovación del clemente general Cárdenas en relación con el gatillo fácil de sus predecesores) y se le exilió por oponerse, según dijo el defenestrado Jefe Máximo, a la “comunistización” de México, el cardenismo intensificó el reparto agrario e impulsó los ejidos colectivos, organizó a los sindicatos contra los empresarios y expropió el petróleo el 18 de marzo de 1938.

Con la URSS, el de Cárdenas fue el único gobierno del mundo en pertrechar a la república española en guerra civil, e hizo historia votando en la Sociedad de Naciones contra la invasión fascista de Etiopía en 1935 y la anexión nazi de Austria en 1938. Pero no sólo eso; al concederle asilo a Trotski, persona non grata en medio planeta y perseguida por Stalin hasta su asesinato en 1940, en Coyoacán, Cárdenas dio una muestra contundente de independencia política que le fue acremente reprochada por los estalinistas mexicanos, encabezados no tanto por el PCM, cuyos dirigentes se acobardaron cuando recibieron las primeras insinuaciones de que debían liquidar al hereje. Vicente Lombardo Toledano (1894-1968), prominente sindicalista y figura dominante del estalinismo mexicano, fue quien con mayor vehemencia, condenó el asilo concedido a Trotski.

A ese gesto de humanidad, darle refugio a Trotski en enero de 1937, se sumó el asilo de veinticinco mil republicanos derrotados y llegados al país entre 1939 y 1942, entre los cuales destacaron escritores, filósofos y profesionistas a la postre indispensables para la modernización intelectual del país. El joven Paz, como toda la izquierda mexicana, compartió el entusiasmo por el cardenismo, que le abrió las puertas, para empezar, a sus amigos, los jóvenes poetas españoles que conociera en la España republicana. Pero a diferencia de muchos hombres de su generación descreyó de lo que él llamaba la “leyenda piadosa” del general Cárdenas, y en los últimos años de su vida mostró escasa simpatía por la política de su hijo y heredero político, Cuauhtémoc Cárdenas, quien en 1987, al encabezar una escisión de izquierda del partido oficial, aceleró la transición democrática en México.

“El gobierno de Cárdenas”, concluirá el viejo Paz en Itinerario, “se distinguió por sus generosos afanes igualitarios, sus reformas sociales (no todas atinadas), su funesto corporativismo en materia política y su audaz y casi siempre acertada política internacional”.19

Entre las víctimas de ese “funesto corporativismo” estuvieron organizaciones juveniles como la de Paz y sus amigos. Cárdenas hizo de su gobierno una variante de “frente popular” que, en un estilo autóctono, se parecía más al fascio mussoliniano que al modelo estalinista, absorbiendo a buena parte de la sociedad civil organizada, incluidos y a su pesar, los centros empresariales. La UEPOC, rápidamente ligada a la más ortodoxa Federación de Estudiantes Revolucionarios, terminó por fusionarse, como en la España del Frente Popular, en una organización paraguas del Partido Comunista; las Juventudes Socialistas Unificadas de México (JSUM). Pero eso será hasta después del VI Congreso de la Internacional Comunista, reunido en Moscú en el verano de 1935, una vez generalizada la política de los frentes populares contra el fascismo, que para un hombre de izquierdas ajeno al Partido Comunista, como Paz, era el mejor escenario político y existencial.

La agitada vida estudiantil, según la crónica de Sheridan, incluye alguna visita a los fumaderos de opio y a salones de baile como el México, que honrará el compositor Aaron Copland justo en 1936, o la elaboración de bebidas alcohólicas domésticas como el calambre, aventuras que para Paz alcanzan su agria culminación la noche en que al entrar a la cervecería El Paraíso, “un figón con suelo de aserrín y humor de meados”, se topa, fatalmente, con la figura trastabillante de su padre.20

La urgencia de la izquierda era la de sovietizar la Revolución mexicana, desde entonces tenida por fracasada, interrumpida o traicionada, tema que Paz tejerá y destejerá a lo largo de su vida intelectual. A Paz le tocó ver la desintegración de la Unión Soviética, y entrevistado en 1991 sobre sus pasiones rusas, las literarias y las políticas, recordó la seducción provocada en su generación por el héroe de Leónid Andréiev en su Sashka Yegulev (1912). Paz se identificaba, según Sheridan, con el héroe de esa novela, hijo de un alcohólico, y habrá sentido el llamado de la violencia revolucionaria, donde se confunde, al más puro estilo vanguardista, a la guerrilla con la poesía. Lo que Paz admitió no saber en ese entonces, según le dijo un crítico ruso, era que Andréiev “murió en el destierro, en plena Revolución y peleado a muerte con los comunistas”.21

Algunos de esos intentos de radicalización expresan las paradojas del nacionalismo revolucionario mexicano, del todo ajeno en sus orígenes al marxismo, al quererse radicalizar. Por ejemplo, la discusión sobre la obligatoriedad de que el nuevo Estado ofreciera al pueblo “educación socialista” era un absurdo contra el cual se rebelan lo mismo los pocos liberales de la época como Jorge Cuesta (a quien tendremos, en pocos años, como abogado del diablo para Paz) que los marxistas doctrinarios. Unos y otros estaban convencidos de la incapacidad del Estado mexicano, que no era bolchevique, y en cuya universidad se parapetaba en defensa de la libertad de cátedra su rector, Manuel Gómez Morín, para impartir educación socialista. Los maestros que la divulgaron —como el propio Paz lo hizo en Yucatán en la primavera de 1937— enseñaban El ABC del comunismo y algo de educación sexual más nacionalismo revolucionario.

Paz se deja llevar por el rumbo que va tomando la década deshonesta, como diría Auden. Entra, de mala gana, en la Facultad de Derecho en 1933, el mismo año en que Hitler se convierte en canciller del Reich, y un año después lo encontramos solidarizándose con los campesinos veracruzanos, justo cuando el asesinato de Serguéi Kírov, lugarteniente de Stalin, desata a partir de 1934 el Gran Terror.

Un segundo arresto de Paz (durante el primero había compartido la celda con Bosch), nimiedad provocada porque él y sus amigos interrumpieron en 1930 un discurso de las autoridades escolares acusándolas de peleles del Jefe Máximo (el general Calles, el poder tras el trono en el país hasta la elección de Cárdenas), tuvo consecuencias decisivas para la biografía poética y política de Paz.

“Rocambolesco, con algo de personaje de Koestler y Dumas a la vez, Bosch era también el hermano mayor de Paz, su tovarich y el guía de su formación ideológica”;22 el catalán Bosch, hijo de un antiguo militante anarquista exiliado en México, fue expulsado del país el 19 de mayo de 1930 tras ese incidente menor, aplicándosele el artículo 33 constitucional que permite la expulsión sumaria de un extranjero pernicioso. En Barcelona acabará por involucrarse con el heterodoxo Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Paz lo creyó víctima de la Guerra Civil, y le escribió una elegía cuya lectura arrojó un episodio novelesco en la Barcelona de 1937. Desde entonces —ya lo veremos— el mártir de su siglo será para Paz el camarada Bosch, la doble víctima por antonomasia: de Francisco Franco y de Stalin.

Fue él quien sembró la duda, y pasó de recomendarle a su amigo la lectura del príncipe ácrata Piotr Kropotkin, a encarnar “nuestra conciencia”. “Nos enseñó a desconfiar de la autoridad y del poder: nos hizo ver que la libertad es el eje de la justicia. Su influencia fue perdurable: ahí comenzó la repugnancia que todavía siento por los jefes, las burocracias y las ideologías autoritarias”,23 escribió Paz en la nota donde explica la reintegración de la elegía a Bosch al corpus de su poesía, una de las exclusiones que mayor escozor causaron entre sus críticos de izquierda.

En Bosch, como en ningún otro personaje de la vida de Paz, confluye todo: la poesía y la política, la amistad y la historia, la rebelión y la revolución, pero también el dilema crítico del poeta ante su obra de juventud. Desde entonces, Paz, joven poeta militante, es más poeta que militante, y evade afiliarse para no “aceptar la jurisdicción del partido comunista y sus jerarcas en materia de arte y de literatura”,24 aunque incurra, excepcionalmente, en la poesía de propaganda.

Le fue difícil a Paz escuchar y distinguir su propia voz poética. Entre ese griterío ideológico lo ofuscaba la furia de la propia voz. Su primer libro publicado (Luna silvestre, 1933) no es el primero que la crítica le reconoce (Raíz del hombre, 1937), ni tampoco aquel del que no se siente del todo desalentado: A la orilla del mundo (1942). Según él, su primer libro verdadero será Libertad bajo palabra (1949), y aunque para entender la manipulación de títulos, subtítulos y revisiones a la que Paz somete la primera parte de su obra sea menester auxiliarse con conversaciones como la que él sostuvo en 1988 con Anthony Stanton, es evidente que la inseguridad caracteriza esos años de formación.25

Paz —se lo dijo en una carta a Jean-Claude Masson, el editor de su obra en la Bibliothèque de la Pléiade26— sentía sobre sí todo el peso de la indignidad espiritual que le acarrean a un escritor sus malas páginas. No siempre creía en esa disculpa torera que implora que al poeta se le juzgue por sus mejores tardes.

Por ello, para leer la poesía de Paz en profundidad es mejor combinar dos maneras de lectura. Primero, siguiendo la cronología de sus libros singulares tal cual aparecieron, y luego, a través de Libertad bajo palabra en sus ediciones de 1960 y 1968, en las sucesivas sumas poéticas (1979 y 1990) de su Obra poética, y finalmente con lo definitivamente fijado por él —fue una edición del propio autor— en sus Obras completas. Leemos así aquello que el poeta, consciente de que disputaba la soberanía de su obra con sus lectores, fue modificando: reacomodos, supresiones, refinamientos. Paz indicó así la manera en que quería ser leído: es el poeta como ejercitante de una poética, desdoblamiento en pareja que puede resultar excesivo, molesto para algunos de sus lectores. A Paz lo gobierna una tautología: el poeta es crítico porque es moderno y es moderno porque es crítico.

Aplicar ese criterio ante los primeros versos del poeta joven no es fácil. Más allá de las revistas sentimentales o cómicas que los jóvenes de la ENP perpetran, bien estudiadas por Sheridan en Poeta con paisaje, la historia poética de Paz inicia con Barandal, aparecida en agosto de 1931. De los muchachos editores, algunos murieron precozmente o la respetabilidad los sacó bien pronto de su infatuación lírica y primaveral. Pese a su evidente inclinación hacia la izquierda, la revista, bien diseñada por Salvador Novo, el poeta de Contemporáneos que pastorea a los chicos, evade la política, pese a la presencia de Ramírez y Ramírez y de otro comunista, Efraín Huerta, el autor de Absoluto amor (1935), un poeta que en la vejez de ambos competirá con él por un público joven y radical naturalmente más ávido de leer a un poeta tenido por coloquialista y comprometido como Huerta (o a un cursi como Jaime Sabines) que a Paz.

Pese a las diferencias ideológicas que los separaron y a la homofobia aplicada por Huerta en sus artículos periodísticos contra los Contemporáneos, sus maestros, el aprecio mutuo prevaleció entre ambos, aunque en una carta de 1965 Paz dijo, sibilino o malhumorado, que “Huerta no es un buen hombre sino un buen poeta”.27

Fue Efraín, según el relato de Paz en Itinerario, quien habría hecho posible su viaje a España en junio de 1937 al percatarse de que los líderes locales de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), molestos con la invitación a un poeta sin partido y no del todo ortodoxo, trataron de hacerle llegar por vía marítima hasta Mérida, donde estaba Paz, la invitación, para que llegara semanas o meses después, caduca. Al darse cuenta de la maniobra, Huerta habló con Elena Garro, la novia de Paz, y ésta lo alertó de inmediato. Pero ahora que se conoce la correspondencia entre Paz y Garro en esos meses, parece que no fue exactamente así, como el poeta lo poetizó: recibió la noticia, traída por un “presuroso mensajero”, mientras se paseaba por el Juego de Pelota en Chichén-Itzá. La fabricación del recuerdo delata su estima por Huerta, nacido como él y como José Revueltas en 1914. Paz se habría enterado por la prensa de su invitación.28

Tras el anatema lanzado por Neruda contra Paz, Huerta, como todos los poetas comunistas, se alejará de él. En 1964, en pleno deshielo tras el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, Huerta (ya para entonces comunista sin partido pero devoto de Stalin hasta el final) se sintió libre de defender a Paz de los infundios propalados por Neruda, que lo incluía entre los malquerientes que hacían campaña contra un posible Premio Nobel para el chileno. Paz se lo agradeció por carta.29

Regresemos al año escolar que va de 1931 a 1932. Los Barandales, que así bautizaron su revista por reunirse habitualmente en el mismo barandal que daba al patio central de la ENP, pronto se distancian de su primer valedor, Novo, que como la mayoría de los Contemporáneos era homosexual y que al parecer se le insinuó a uno de los muchachos. Buscaron entonces la protección de Pellicer, homosexual también, pero al parecer más cuidadoso de las formas, ya retirado a sus treinta y cuatro años en las lejanas Lomas de Chapultepec, al cuidado de sus colecciones arqueológicas prehispánicas. Todos los críticos coinciden en que el primer Paz le debe mucho, como poeta, a Pellicer, y también a Juan Ramón Jiménez, a quien conoció en una escala en La Habana de regreso a México, en su annus mirabilis de 1937.

Aunque Luna silvestre no dio de qué hablar ni suscitó reseñas, su “intimismo” en una época de grandilocuencia le abrió, no sin discreción, puertas que pocos años después cruzaría entusiasta. La siguiente tanda de poemas, calificados por Santí de “sonetos neobarrocos que muestran una huella vanguardista”,30 aparecida en los Cuadernos del Valle de México, una segunda revista en la que Paz participó, le fueron mostrados por el joven poeta a Alberti durante su primera visita a México en 1935, en gira de propaganda en favor del Socorro Rojo Internacional.

Alberti distinguía las peras de las manzanas. Según Paz le contó a Ríos en 1973, cuando le mostró a Alberti sus poemas en compañía de otros versificadores revolucionarios adolescentes, el ya célebre poeta comunista le dijo que la suya no era “una poesía revolucionaria en el sentido político”. Pero, atajó Alberti con unas palabras que lo emocionaron, “Octavio es el único poeta revolucionario entre todos ustedes, porque es el único en el cual hay una tentativa por transformar el lenguaje”.31

Menos presuntuosa es una reconstrucción posterior de la anécdota, en la que al salir de esa reunión Alberti se lleva aparte a Paz sin exaltarlo frente al resto de los poetas revolucionarios. Entre los sonetos leídos a Alberti debió estar aquel que comienza con el mar, un tema lejano a Paz, que si lo conoció fue durante la primera infancia gracias a aquel viaje, puesto en duda, a Los Ángeles en busca de su padre. Poeta de tierra adentro, aquel balbuceo de Paz habrá complacido al poeta gaditano: “El mar, el mar y tú, plural espejo, / el mar de torso perezoso y lento / nadando por el mar, del mar sediento: / el mar que muere y nace en un reflejo.”32

Los Alberti fueron rodeados con entusiasmo. Recuerda Paz, quien fue también un gran retratista literario, a esa pareja tan atractiva y vistosa: “Los dos eran jóvenes y bien parecidos: ella rubia y un poco opulenta, vestida de rojo llameante y azul subido; él con aire deportivo, chaqueta de tweed, camisa celeste y corbata amarillo canario. Insolencia, desparpajo, alegría, magnetismo y el fulgor sulfúreo del radicalismo político.”33

El trato de los poetas mexicanos, recuerda Paz, era ceremonioso, motivo que hizo a Alberti muy popular por ser un camarada antisolemne, “un fuego de artificios”. Lo encontró “chispeante, más satírico que irónico y más jovial que satírico”. Le maravilló “oírlo recitar un pasaje de Góngora, una canción de Lope, un soneto de Garcilaso”.34

Cabría contrastar el retrato de su admirado Alberti, escrito en 1984, con los recuerdos un tanto más solemnes que del joven Paz dejaron su profesor Andrés Iduarte y su amigo el periodista José Alvarado. El primero lo recuerda “tímido, o más bien ya refrenado, con explosiones pronto suavizadas por la mucha y la mejor lectura, inteligencia penetrante hasta la duda y sensibilidad doliente hasta la desolación, espontáneo y confidencial en la entrega de su corazón y enseguida torturado y distante hasta la hosquedad”. El segundo lo sitúa precisamente en el barandal de la ENP, deslumbrado ante esa luz del Valle de México de la que hablaría poco antes de morir: “más allá de sus ojos desconcertados se advertían ya desde entonces una inquebrantable voluntad poética y una sed de inventar el mundo.” A Octavio, concluye Alvarado, lo distinguía su voluntad de dominio: quería ser “un verdadero dueño de la poesía”.35

¿Qué fue lo que impidió que Paz se ahogase en el diluvio de los años treinta? ¿Por qué no se convirtió en uno más de los militantes abnegados o de los poetas “deshonrados”, como también los llamaría Benjamin Péret por aquellos tiempos, o por qué no se perdió, como era su temor antes de irse de México por primera vez durante diez años en 1943, en el alcoholismo y en el periodismo, siguiendo el camino sombrío de su padre?

La explicación está, a mi entender, en su capacidad para sobrellevar una doble vida poética en una tensión no resuelta sino muchos años y algunos libros después. El Paz revolucionario, joven hombre público, el que publicaba ¡No pasarán! (1936), dándole su óbolo a la poesía comprometida, tampoco era el lírico erotizante afectado de culteranismo, opaco, de Raíz de hombre. Su otro yo, en construcción, era aquel que dialogaba con Xavier Villaurrutia y Cuesta, sus verdaderos maestros y a los cuales llegó a ofender hasta groseramente en privado, acalorado por la ofuscación política.

En el momento en que estuvo más cerca de afiliarse al Partido Comunista, durante los meses previos al viaje a España cuando organizaba una escuela para trabajadores en Mérida —entre marzo y mayo de 1937—, Paz se adhiere en privado a la campaña nacionalista, atizada por los demagogos del régimen, contra los Contemporáneos por cosmopolitas y artepuristas. En una carta a Garro dice Paz, nada menos, “que los Contemporáneos” merecerían “una buena paliza” por haber traicionado tres veces “a su patria, a los obreros y a la cultura”. Se habría avergonzado muchísimo recordando ese exabrupto, pues llegó más lejos en esa misma carta: dentro de una invectiva generalizada contra todos “los zopilotes que engañan al pueblo” incluye entre esas aves de rapiña a los intelectuales, tímidos zopilotes “que viven del cadáver de muchas cosas, surtiéndose con las sobras del banquete”. Leyendo esos párrafos, donde Paz imposta el odio de los comunistas por los supuestos “intelectuales burgueses”, recordé una reunión en su casa en marzo de 1992, cuando lo escuché decir, misteriosamente, que habían sido los Contemporáneos, supuestamente apolíticos, quienes “lo habían enseñado a odiar”.36

Y se arriesga con Elena a defender su poesía comprometida con esa enjundia (o ceguera) ausente meses antes cuando los Contemporáneos en pleno lo invitaron a comer: “¡No pasarán! les demuestra las verdaderas raíces de su odio a lo que llaman tontamente, literatura de propaganda.” Todas las literaturas, instruye Paz a su novia, han sido de propaganda. Con todo se puede hacer arte, le dice. No sólo con “su asquerosa putrefacción, con su venenosa afición” a los colores y a las formas, “a la Belleza en el aire”.37

Si se había apartado, como dice Sheridan, de la izquierda más dura, la que manufactura Crisol, órgano mensual del Bloque de Obreros Intelectuales, expresión de la Proletkult mexicana, es porque asumía su indecisión ante la disyuntiva entre el “arte de tesis” y el “arte puro”, y con cierta astucia pospuso una toma de posición ante las consecuencias capaces de destruirlo no sólo a él sino además a las dos o tres de las generaciones que convivían en aquella década. Ese dilema, coincidimos todos sus críticos, no empieza a resolverse hasta “Poesía de soledad y poesía de comunión”, aparecido en El Hijo Pródigo en agosto de 1943 y rescatado en Las peras del olmo (1957), donde Paz contrasta a San Juan de la Cruz con Quevedo, la inocencia y la conciencia, para polarizar a la poesía entre la búsqueda de la soledad y el anhelo de la comunión.38 Sólo entonces la tensión empieza a resolverse para dar término a la doble vida poética de Paz, misma que será la materia de esa otra autobiografía secreta que son Los hijos del limo: del romanticismo a la vanguardia (1974).

En Itinerario, otra vez, lo resume con su habitual genio sintético. Cuenta el desconcierto de su generación ante Eliot, Saint-John Perse, Kafka y Faulkner, al fin y al cabo admiraciones que no empañaban “nuestra fe en la Revolución de Octubre”. Por ello, idolatraban a André Malraux, uno de los pocos que en sus novelas unían a la “modernidad estética” con el “realismo político”. Y por ello, también, “muchas de nuestras discusiones eran ingenuas parodias de los diálogos entre el liberal idealista Settembrini y Naphta, el jesuita comunista”.39

INTRODUCCIÓN AL MÉTODO DE JORGE CUESTA

“Recuerdo”, dice Paz, “que en 1935, cuando lo conocí, Jorge Cuesta me señaló la disparidad entre mis simpatías comunistas y mis gustos e ideas estéticas y filosóficas. Tenía razón, pero el mismo reproche se podía haber hecho, en esos años, a Gide, a Breton y otros muchos, entre ellos al mismo Walter Benjamin”. Y no sólo ellos, “los surrealistas franceses se habían declarado comunistas sin renegar de sus principios”, lo mismo que el poeta católico José Bergamín, quien “proclamaba su adhesión a la revolución sin renunciar a la cruz, ¿cómo no perdonar nuestras contradicciones? No eran nuestras: eran de la época”.40

La “cadena del ser” se había roto con la idea de revolución, y al hacerse de la intuición para descubrirla, Paz se fue librando de ser devorado por el “fanatismo monomaniaco” imperante: “En el siglo XX”, dirá en Itinerario, “la escisión se convirtió en una condición connatural: éramos realmente almas divididas en un mundo dividido”. Algunos, precisa el poeta, “logramos transformar esa hendidura psíquica en independencia intelectual y moral”.41

Pero si llegó a ese descubrimiento más tarde, fue gracias a aquellos maestros que lo salvaron del horror de la década canalla, los poetas que hicieron Ulises, Contemporáneos, Examen y que, humillados y ofendidos, se refugiaron, a ratos, en las revistas de la siguiente generación, la de Paz.

No quiero caer en la trampa de creer en las opiniones finales del poeta, las consignadas en Itinerario muy en especial por su convicción testamentaria, como si fueran sus opiniones de toda la vida. Su relación con los Contemporáneos es la historia de una educación, con sus vacilaciones y sus desengaños: de Novo, quizá desde el chisme de que se quiso propasar con alguno de los efebos de Barandal, siempre tuvo una opinión despectiva. En una reunión en su casa en marzo de 1992, Paz nos dio otra versión de ese enredo: había sido Pellicer quien platónicamente se había enamorado del joven Octavio, y fue Novo quien, enterado, lo divulgó con su habitual malignidad.42 Durante ochenta años, sin que aparentemente nadie se percatara, la confesión de amor de Pellicer por el joven Octavio Paz Lozano estuvo, apenas encriptada ( “Lozanía”, “octavo” y “paz”), a la vista de todos y hasta apareció en alguna edición de su poesía completa: “Toda la lozanía / que en octavos de tono –paz intensa– / cifro en sangre poema y poesía.”43 Ello refuerza mi conjetura de que entre los motivos por los cuales Paz apresuró su matrimonio con Elena Garro para irse a España en 1937, estuvo el temor al acoso de Pellicer, el otro poeta mexicano que viajaba. Los jóvenes necesitan sentirse seguros en sus preferencias sexuales. Por otra parte, Pellicer, a diferencia del malévolo Novo, siempre conservó la buena reputación de ser caballeroso en extremo en cuanto a su apetencia erótica y a su intimidad amorosa.

En los años cincuenta, cuando Paz hizo teatro con Poesía en Voz Alta, Novo apoyó con entusiasmo a la novísima compañía, lo cual no impidió que lo describiera como un satírico venal para “quien la gente se vuelve objeto de escarnio y befa”, y quien a veces escribió con “bilis y caca”, aunque le reconociese su capacidad para “asombrar o irritar”, su desafiante “voluntad de ser moderno”, y su audacia al leer, antes que nadie en América Latina, la poesía estadounidense.44

Su Pellicer, tan admirado en la juventud, permaneció estático en su apreciación, la publicada en 1955 en la Revista Mexicana de Literatura, donde lo definía como “el más rico y vasto de los poetas de su generación”, pero no el más perfecto ni el más denso ni el más dramático.45 Atípico entre los Contemporáneos, por católico, escribió su mejor poesía antes de los cuarenta años, una vez aparecida Hora de junio en 1937. Se convirtió, según le comentaba Paz a Juan García Ponce en una carta desde Nueva Delhi del 7 de febrero de 1967, en un poeta anacrónico en doble sentido, una suerte de modernista trasnochado y de vanguardista de los años veinte.46 Finalmente, Pellicer no fue un hombre de ideas, lo cual para Paz, incluso tratándose de un poeta, era siempre una minusvalía.

El inmenso cariño de Paz por Villaurrutia permaneció inalterado de principio a fin y lo motivó a escribir uno de sus libros más hermosos (Xavier Villaurrutia en persona y obra, 1978), ilustrado, además, por un amigo común, Juan Soriano, la amistad más duradera de Paz: lo conoció siendo el pintor muy joven y nunca dejaron de verse ni de quererse. Cosa curiosa: a Paz le irritaba oír la conseja de que Villaurrutia se había suicidado, extraña prevención en un poeta acostumbrado a lidiar con los surrealistas, algunos de ellos devotos del Dios Salvaje, el dios de los suicidas. La muerte de Villaurrutia, el 25 de diciembre de 1950, oficiosamente fue atribuida a un infarto.

En cambio, ostentoso fue el suicidio de Jaime Torres Bodet, quien enfermo de cáncer se dio un tiro en la cueva palatina en 1974 a los 72 años. Paz sintió la necesidad de cesar la larga deturpación sufrida por este poeta menor y funcionario ejemplar en el gobierno mexicano y en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Cultura y la Ciencia (Unesco) de la que fue director general entre 1948 y 1952. Fue un hombre al que se le acusó (Novo dixit) de haber tenido “no vida, sino biografía”. En los años sesenta, en privado, para orientar a la generación de La Casa del Lago, que redescubría a los Contemporáneos, Paz coincidía de hecho, con esa frase lapidaria de Novo. A García Ponce le escribió que Torres Bodet portaba la máscara de la respetabilidad satisfecha y jugaba a la mascarada de la literatura del frac, del jaquet y de las condecoraciones. No llega a ser un Giradoux. Tan sólo llevaba su uniforme, decía.47

Paz no gozaba de las simpatías de Torres Bodet, quien, cuando coincidieron en la diplomacia, aparentemente lo transfirió de improviso, como castigo, desde París hacia Oriente en 1951. Pero tardíamente Paz le dio su lugar como una suerte de Jean-Baptiste Colbert criollo, comentario suyo que, desdeñoso al principio, se endulzó como elogio en boca de un Paz más conservador, quien apreciaba sus virtudes como hombre de Estado.48 A través de la inquina que Paz le tuvo a Torres Bodet en los sesenta, y observando cómo ésta fue desapareciendo, puede seguirse otro proceso interior, frecuente en Paz: el remordimiento.

En 1982, cuando a los Contemporáneos, en un gesto de rehabilitación un poco a la soviética (se cumplía medio siglo de que habían sido arrojados de sus empleos en la Secretaría de Educación Pública debido a una campaña de purificación moral), el gobierno mexicano les prodigó un homenaje nacional, se exaltó su patriotismo, puesto en duda por quienes los perseguían por desarraigados, extranjerizantes, elitistas y homosexuales. Como lo sostuvo Paz desde su primer repaso general sobre los Contemporáneos, en 1942 habían sido “cosmopolitas en materia de arte” y al mismo tiempo “patriotas convencidos” como lo fue José Gorostiza, poeta perfecto de Muerte sin fin y el “ángel guardián” de Paz en la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), artífice de la política internacional de México durante veinte años, que fueron más o menos los que hacían a Paz sentirse tranquilo al evaluar su vida diplomática.

Al novelista García Ponce, entonces también un hiperactivo crítico de arte y literatura, le confió que le divertía y lo consternaba que algunos de los colegas de Gorostiza ni siquiera sabían que era poeta o creían que se trataba de un capricho y no de su verdadera vocación. No es distinto lo que le pasaba, agrego, a Wallace Stevens en su compañía de seguros. Formaba parte Gorostiza, creía Paz, de la estirpe de los consejeros de los príncipes, más a la manera de Confucio que a la de Maquiavelo.49

El recuerdo de Cuesta se fue sedimentando de una manera más lenta, pues era más problemático al no involucrar a la nobleza del servicio público desinteresado o a la poesía pura, sino a la ideología, al demonio de la política. Cuesta fue un liberal elitista y constitucionalista; uno de los espíritus que con mayor decisión (y desde la más previsible soledad intelectual) se opuso, en la década canalla, al imperio universal del marxismo.

“Marx”, tituló célebremente en 1935 a uno de sus artículos (Cuesta murió sin haber publicado un libro), “no era inteligente, ni científico, ni revolucionario, tampoco socialista sino contrarrevolucionario y místico”. Pero no arremetió contra Marx, como lector que era Cuesta de Benda (o radical, pero como Alain, el educador, según Paz) desde las posiciones de la Acción Francesa (cuyo clasicismo no le era del todo antipático) o de las fascistas. Su rechazo fue liberal, dirigido contra cualquier Estado postulante de teologías políticas.

A su horrenda muerte —Cuesta se colgó en 1942 en un asilo psiquiátrico de Tlalpan tras una tentativa de emasculación— Paz le dedicó un soneto, “La caída”, que apareció en la primera edición de Libertad bajo palabra (1949), en el cual dialoga no tanto con Cuesta sino con su poema principal, para muchos su gran fracaso, el Canto a un dios mineral. Los últimos tres versos del poema de Paz bien podrían servir de epitafio para su maestro: “Y nada quedó sino el goce impío / de la razón cayendo en la inefable / y helada intimidad de su vacío.”50

En El laberinto de la soledad, Cuesta aparece un par de veces como aquel que en su búsqueda del aire fresco de la libertad se arriesga a “desprenderse del cuerpo de la Iglesia y salir a la intemperie”.51 Pero fue hasta la aparición de la primera edición de las Obras de Cuesta que Paz pudo, como muchos, leerlo en libro recordando sus artículos de los años treinta en El Nacional, y no poco material inédito. Pero en el prólogo de Poesía en movimiento, la antología que en 1965 hizo de la poesía mexicana con Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis, Paz dice: “No faltará quien nos reproche la ausencia de Jorge Cuesta. La influencia de su pensamiento fue muy profunda en los poetas de su generación y aun en la mía, pero su poesía no está en sus poemas sino en la obra de aquellos que tuvimos la suerte de escucharlo.”52

Se le reprochó, en efecto. Desde Nueva Delhi, en febrero de 1967 Paz le escribe a Tomás Segovia que “la omisión de Cuesta en Poesía en movimiento le ha parecido a varios amigos ‘un crimen’”, y páginas adelante, en esa misma correspondencia, menciona a García Ponce, más tarde colaborador muy cercano en Plural y Vuelta, como protagónico en “la ridícula querella a propósito de Cuesta”. Con García Ponce, poco después, Paz se disculpó aceptando que había sido un error pero no un pecado capital, omitir a Cuesta.53

Pasaron veinte años y el atractivo de Cuesta, por buenas y malas razones (el químico suicida y loco que soñaba con cambiar de sexo se había convertido en un tema ideal para el profesorado posmoderno), siguió creciendo. En privado o en público, varios escritores de mi generación (Javier Sicilia, Francisco Segovia, Alejandro Katz, yo mismo, entre otros) inquirimos a Paz sobre Cuesta. Algunos lo descubrieron como poeta (motivo de valoración bizantina dado su hermetismo) y otros como pensador político (fue calificado hasta de anarquista, puesto que ésa fue la posición final de su amigo sobreviviente, Salazar Mallén, quien atizó su vieja batalla contra Paz presentándolo como un ingrato con Cuesta). Paz se dio cuenta de que décadas después de su muerte Cuesta seguía exponiéndole, como lo había hecho con él, su teoría del clasicismo mexicano a los más jóvenes. Por ello, Paz debía asumir con mayor responsabilidad su deuda con él, colocándolo en el centro de sus años de aprendizaje.

En la “Introducción a la historia de la poesía mexicana”, prólogo a la doble edición, aparecida simultáneamente en francés y en inglés a instancias de la Unesco (es decir, de Torres Bodet), Cuesta no aparece mencionado, pues aquella antología, endriago prologado por Claudel (en francés) y por C. M. Bowra (en inglés) no llegaba, lamentablemente, a nuestra poesía moderna. Las traducciones al inglés las hizo, muy poco familiarizado con la lengua española, pero conocedor del latín y escritor también de lengua francesa, Samuel Beckett, cuya fama, en sus albores, no le impidió aceptar una chamba bien pagada para la cual no estaba del todo capacitado.54 No hace mucho, releyendo Molloy (1951), una de las novelas que Beckett escribió en francés y él mismo tradujo al inglés, Aurelio Asiain, encontró lo siguiente en la primera página: “Quizás estoy aquí gracias a este hombre que viene cada semana. Aunque él lo niega. Me da un poco de dinero y se lleva los papeles. Tantos papeles, tanto dinero.” La época coincide con la de un Beckett traduciendo para la antología mexicana de la Unesco y ese anónimo pagador, por qué no, podría haber sido Paz…55

Ello provocó que Paz, aunque reconociera que el latín de Beckett le había ayudado a hacer unas versiones sorprendentes de López Velarde en inglés, no se entusiasmase por el dramaturgo, rareza tratándose de ese irlandés tan bien recordado por todos y todas. Su mundo le parecía estrecho y eurocéntrico, y veía con desdén aquella doble antología en cuya ficha bibliográfica aparecían los nombres de dos futuros premios Nobel, a quienes, viajando en la máquina del tiempo podríamos ver en un café de la plaza de Trocadéro en la primavera de 1950 discutiendo cómo traducir a López Velarde al inglés. Tras confesarle que no sabía español, Beckett se mostró entusiasta al descubrir el genio de Sor Juana Inés de la Cruz y de otros poetas novohispanos. Le divirtieron mucho al absurdista los versos, cómicos por macabros, del último de los románticos mexicanos, Manuel Acuña. Todo esto lo contó Paz a la muerte del irlandés en 1989.56

En su reseña a La poesía mexicana moderna (1952) es Paz quien le reprocha a su autor, Antonio Castro Leal, un crítico de la generación anterior que había envejecido rápidamente, su desdén por los Contemporáneos, que incluye su “silencio sobre la extraña y dramática vida espiritual de Jorge Cuesta” y el empeño en no decir “ni una palabra” sobre Villaurrutia ocultando “el sentido que para él tenían el sueño, el amor y la muerte”. Ni siquiera una alusión hizo el decrépito Castro Leal a Muerte sin fin, de Gorostiza, “torre de cristal y de fuego está llamado a perdurar con la misma vida de las más altas creaciones del idioma”.57

Para Paz fue evidente entonces que a él le tocaba hacer, aunque fuese en solitario, la vindicación de los poetas de Contemporáneos, sin los cuales no hubieran penetrado “en nuestra poesía el mundo de los sueños, las misteriosas correspondencias de Baudelaire, las analogías de Nerval, la inmensa libertad de espíritu de Blake”.58 Así lo decía Paz en la reseña contra Castro Leal publicada en su primera colección de escritos críticos, Las peras del olmo, que aparece en fecha tan tardía como 1957.

Después de Cuadrivio (1965), donde retrató, magistral, a Darío, a Ramón López Velarde, a Fernando Pessoa y a Luis Cernuda, Paz vuelve a Cuesta en su libro de 1978 sobre Villaurrutia. En esos días de 1935, cuando Paz lo conoció, Cuesta defendía con una abrumadora dialéctica a la universidad de la violación de la libertad de cátedra, implícita en la imposición de la educación socialista. Los estudiantes se agolpaban a las puertas del Consejo Universitario, donde los liberales en la voz del filósofo Antonio Caso se defendían del abogado de las izquierdas, Lombardo Toledano.

Cuesta, recuerda Paz, salió a fumarse un cigarrillo. Lo conocía de vista, compartían un amigo (Salazar Mallén) y hacía poco Paz lo había observado en compañía de Aldous Huxley en su visita a los frescos de José Clemente Orozco en la ENP. Paz se presentó mentando a Huxley y de allí pasaron a Lawrence, y más allá del viejo colegio jesuita de San Ildefonso convertido en escuela preparatoria, Cuesta se llevó a comer al joven Paz a un céntrico restaurante alemán de la calle de Bolívar.

“Era la primera vez que yo comía en un lugar elegante ¡y con Jorge Cuesta! Hablamos de Lawrence y de Huxley, es decir, de la pasión y de la razón, de Gide y de Malraux, es decir, de la curiosidad y de la acción. Esas horas fueron mi primera experiencia con el prodigioso mecanismo mental que fue Jorge Cuesta”, dirá Paz, quien dedicará varias páginas a explorar el tema de la inteligencia, en mi opinión fáustica, del poeta crítico por excelencia, el fundador de la crítica moderna en México.

“Aquella tarde —y fue la primera de muchas— asistí a un espectáculo en verdad alucinante: delante de mí veía levantarse edificios mentales que tenían la tenuidad y la resistencia de una tela de araña”, y también la fragilidad de esa tela, pues los edificios mentales “se balanceaban un instante para ser barridos, en otro instante, por el viento distraído de la conversación”.59

“¿Por qué Jorge Cuesta escribió tan poco?”, se preguntará Paz describiéndolo poseído por “el demonio socrático de la conversación” incapaz hasta de apuntar en un cuaderno sus ideas y ocurrencias. “¿Pereza, desdén? ¿O quiso irse sin dejar nada? Dicen que antes de morir destruyó todos sus papeles.”60

Quizá Cuesta, quien tenía en sí mismo a su peor enemigo, se deshizo de algunas páginas durante sus internamientos psiquiátricos, de mano en mano, pues algunos originales suyos circulaban entre escritores y coleccionistas hasta los años ochenta. Yo mismo recibí de regalo (me las dio Salazar Mallén) unas fórmulas químicas anotadas en el papel membretado de los laboratorios donde trabajaba. Se las mostré a un químico para que las descifrara, creyéndome poseedor del secreto de la eterna juventud barruntado por Cuesta. Nada de eso: eran ejercicios rutinarios de laboratorista, instrucciones para ser ejecutadas por aprendices. Pero Cuesta, pese a lo pensado por Paz en 1978, no escribió tan poco. Dejó bastantes artículos periodísticos (pese a su sintaxis bizantina, fue un maestro del ensayo breve y portátil, gloria de nuestra lengua gracias al magisterio de Ortega y de Paz); ensayos inéditos o publicados en revistas insólitas, y mucha poesía, que seguirá alimentando la caldera del diablo.

Desde 1964, se han publicado tres ediciones de sus obras completas en cuatro o cinco volúmenes, al gusto del cliente, y en ellos pueden leerse, como una advertencia a su joven amigo, algunas líne

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