La musa de las pesadillas (El soñador desconocido 2)

Laini Taylor

Fragmento

La musa de las pesadillas

1

COMO JOYAS, COMO UN DESAFÍO

Aunque Kora y Nova nunca habían visto un mesarthim, sabían todo sobre ellos. Todos lo sabían. Sabían sobre su piel: “Azul como los zafiros”, decía Nova, aunque tampoco habían visto nunca un zafiro. “Azul como los témpanos de hielo”, decía Kora. Ésos los veían todo el tiempo. Sabían que “mesarthim” quería decir “sirvientes”, aunque no se trataba de sirvientes ordinarios. Eran los soldados-magos del imperio. Podían volar, o exhalar fuego, o leer mentes, o convertirse en sombras y de nuevo en carne. Iban y venían a través de hendiduras en el cielo. Podían curar, cambiar de forma y desaparecer. Tenían dones bélicos y fuerza imposible y podían decirle a alguien cómo moriría. Por supuesto, no tenían todas estas cosas a la vez: cada uno tenía un don, sólo uno, y no los elegían. Los dones estaban en ellos, como estaban en todos, esperando —como las brasas esperan el aire— en caso de que uno fuera tan afortunado, tan bendecido como para ser elegido.

Así había sido elegida la madre de Kora y Nova el día en que los mesarthim llegaron por última vez a Rieva, dieciséis años atrás.

En aquel entonces las muchachas eran bebés, por lo que no recordaban a los Sirvientes de piel azul en su nave celeste de metal, ni recordaban a su madre, pues los Sirvientes se la llevaron y la hicieron una de ellos, y nunca volvió.

Solía enviarles cartas desde Aqa, la ciudad imperial donde, según escribía, la gente no era sólo blanca o azul, sino de todos los colores, y el palacio de metal divino flotaba en el aire y se movía de un lugar a otro. Queridas, decía la última carta, que había llegado hacía ocho años. Me embarco hacia el Exterior. No sé cuándo volveré, pero sin duda serán mujeres adultas para entonces. Cuídense una a la otra por mí, y siempre recuerden, sin importar lo que les diga cualquiera: las habría elegido a ustedes, si ellos me hubieran permitido elegir.

Las habría elegido a ustedes.

En invierno, en Rieva, calentaban piedras planas al fuego para ponerlas entre sus mantas por la noche, aunque se enfriaban rápido y se sentían duras en las costillas al despertar. Pues bien, esas cinco palabras eran como piedras que nunca perdían su calor ni lastimaban la carne, y Kora y Nova las llevaban a todas partes. O quizá las usaban, como joyas. Como un desafío. Alguien nos ama, decían sus rostros cuando le sostenían la mirada a Skoyë o se negaban a subordinarse ante su padre. No era gran cosa tener cartas en vez de una madre —y ahora sólo tenían el recuerdo de las cartas, pues Skoyë las había echado al fuego “por accidente”—, pero también se tenían una a la otra. Kora y Nova: compañeras, aliadas. Hermanas. Eran indivisibles, como los versos de un dístico que, fuera de contexto, perderían el sentido. Sus nombres bien podrían haber sido uno solo —Koraynova— de tan raras veces que se pronunciaban por separado, y cuando así era, sonaban incompletos, como la mitad de una concha de mejillón, abierta y partida en dos. Cada una era la persona de la otra, el lugar de la otra. No necesitaban magia para leer sus pensamientos, sólo miradas, y sus esperanzas eran mellizas aunque ellas no lo fueran. Estaban de pie lado a lado, preparándose juntas contra el futuro. Sin importar lo que la vida les impusiera o cómo les fallara, sabían que se tenían una a la otra.

Y entonces los mesarthim volvieron.

Nova fue la primera en verlos. Estaba en la playa, y acababa de incorporarse para quitarse el cabello de los ojos. Tuvo que usar el antebrazo, pues llevaba el arpón en una mano y el cuchillo para desollar en la otra. Sus dedos estaban crispados como garras en torno de los instrumentos y estaba ensangrentada hasta los codos. Sintió el jalón pegajoso de la sangre medio seca y se frotó la frente con el brazo. Entonces algo destelló en el cielo, y Nova levantó la mirada para ver qué era.

—Kora —dijo.

Kora no la oyó. Su rostro, también manchado de sangre, estaba pálido, con expresión insensible y serena. Su cuchillo se movía hacia atrás y hacia delante, pero sus ojos estaban en blanco, como si resguardara su mente en un lugar más agradable, al no necesitarla para ese atroz trabajo. Un cadáver de uul se alzaba entre ellas, a medio desollar. La playa estaba regada con docenas de cadáveres y más figuras encorvadas como ellas. Sangre y grasa aglutinaban la arena. Los cyrs chirriaban, peleando por las entrañas, y las aguas someras eran un hervidero de peces espinosos y de tiburones picudos atraídos por el hedor dulce y salado. Era la Matanza, la peor época del año en Rieva… para las mujeres y las niñas, en todo caso. Los hombres y los niños la disfrutaban. Ellos no blandían arpones y cuchillos, sino lanzas. Mataban y cortaban los colmillos para tallar trofeos con ellos, y dejaban el resto. La carnicería era trabajo de mujeres, sin importar que requiriera más músculo y más resistencia que matar. “Nuestras mujeres son fuertes”, se jactaban los hombres desde el cabo, lejos del hedor y las moscas. Y sí que eran fuertes, y estaban cansadas y sombrías, trémulas de agotamiento y manchadas de todos los viles fluidos que exudan las cosas muertas, cuando el destello llamó la atención de Nova.

—Kora —dijo de nuevo, y esta vez su hermana levantó la vista y siguió su mirada hacia el cielo.

Fue como si, a pesar de haber visto lo que había ahí, Nova no pudiera procesarlo hasta que Kora lo procesara también. En cuanto los ojos de su hermana se fijaron en el objeto, ambas sintieron la sacudida.

Era una nave celeste.

Una nave celeste quería decir que eran los mesarthim.

Y los mesarthim significaban…

Escape. Un escape de Rieva y del hielo y de los uuls y de la monotonía. De la tiranía de Skoyë y de la apatía de su padre, y por último —y sobre todo—, de los hombres. A lo largo del último año los hombres de la aldea habían empezado a detenerse cuando ellas pasaban; su mirada iba de Kora a Nova y de Nova a Kora como si estuvieran eligiendo un pollo para el matadero. Kora tenía diecisiete años y Nova dieciséis. Su padre podía casarlas cuando quisiera. La única razón por la que aún no lo había hecho era porque Skoyë, la madrastra de las muchachas, no quería perder a su par de esclavas. Ellas hacían la mayor parte del trabajo y además cuidaban a su bandada de medios hermanos menores. Sin embargo, Skoyë no podía retenerlas para siempre. Las muchachas eran regalos que debían darse, no guardarse; o, más bien, eran como ganado que debía venderse, como bien sabía todo padre de una hija deseable en Rieva. Kora y Nova eran muy bellas, con su cabello rubio y sus brillantes ojos cafés. Tenían delicadas muñecas que ocultaban su fuerza, y aunque su figura era secreta bajo las capas de lana y piel de uul, al menos sus caderas eran difíciles de esconder. Tenían suficientes curvas para mantener tibias las mantas, y además era bien sabido que eran trabajadoras. No pasaría mucho tiempo. Seguramente para el Invierno Profundo, cuando llegara el mes oscuro, estarían casadas, viviendo con quien le hiciera la mejor oferta a su padre, y ya no una con la otra.

Y no era sólo la idea de estar separadas, o que no tuvieran deseos de ser esposas. Lo peor de todo era la pérdida de la mentira.

¿Cuál mentira?

Esta no es nuestra vida.

Desde que tenían memoria eso era lo que se decían una a la otra, con palabras y sin ellas. Tenían una manera de mirarse, cierta intensidad fija, que era igual que decirlo en voz alta. Cuando peor iban las cosas —en medio de la Matanza, cuando se apilaba cadáver sobre cadáver, o cuando Skoyë las abofeteaba, o cuando se les acababa la comida antes de que se acabara el invierno—, mantenían la mentira ardiendo entre ellas. Esta no es nuestra vida. Recuérdalo. No pertenecemos aquí. Los mesarthim volverán y nos escogerán. Esta no es nuestra verdadera vida. Sin importar qué tan mal se pusieran las cosas, tenían eso para seguir adelante. Si hubieran sido una sola muchacha en vez de dos aquello se habría apagado mucho tiempo atrás, como una vela encendida con sólo una mano para resguardarla. Pero eran dos, y entre ellas mantenían viva la llama, la veían reflejada una en la otra y se prestaban la fe, nunca solas y nunca derrotadas.

Por las noches hablaban en susurros sobre los dones que tendrían. Serían poderosas como su madre, estaban seguras. Estaban hechas para ser magas-soldado, no esposas-criadas ni hijas-esclavas, y serían transportadas a Aqa con el propósito de entrenar para la batalla y llevar metal divino sobre la piel, y cuando llegara el momento también ellas se embarcarían hacia el Exterior: subirían y saldrían por una hendidura en el cielo para ser heroínas del imperio, azules como zafiros y témpanos, hermosas como estrellas.

Sin embargo pasaban los años y no llegaban los mesarthim, y la mentira empezó a agotarse, de modo que cuando se miraban una a la otra en busca de la fe que mantenían juntas, comenzaron a encontrar miedo en su lugar. ¿Y si, después de todo, esta es nuestra vida?

Cada año, en la víspera del Invierno Profundo, Kora y Nova subían por la senda montañosa, resbalosa por el hielo, para contemplar la breve aparición del sol, pues sabían que sería la última vez que lo verían en un mes. Pues bien, perder su mentira se sentía como perder el sol, no por un mes sino para siempre.

Así pues, contemplar esa nave celeste… fue como el retorno de la luz.

Nova soltó un chillido. Kora rio, una risa de alegría y liberación y… acusación.

—¿Hoy? —le preguntó a la nave en el cielo. El sonido frenético y vibrante de su risa resonó por toda la playa—. ¿En serio?

—¿No podrían haber venido la semana pasada? —exclamó Nova echando la cabeza hacia atrás, con la misma alegría y liberación en su voz, y el mismo dejo de aspereza. Ambas estaban empapadas en sudor, impregnadas de sangre, y tenían los ojos enrojecidos por las tripas y los gases, ¿y los mesarthim venían ahora? A lo largo de la playa, entre los cadáveres húmedos y huecos de bestias a medio destazar y las nubes de moscas, las demás mujeres también miraron al cielo. Los cuchillos quedaron inmóviles. En medio de la indiferencia e insensibilidad de la masacre surgió el asombro conforme la nave se acercaba. Estaba hecha de metal divino, de un azul intenso y tan brillante como un espejo que reflejaba el sol y dejaba manchas en la vista de las mujeres.

Las naves celestes de los mesarthim tenían la forma que les daba la mente de su capitán, y ésta tenía el aspecto de una avispa. Sus alas eran tan finas como la hoja de un cuchillo, y su cabeza era un óvalo agudo con dos grandes esferas a manera de ojos. Su cuerpo de insecto estaba formado por un tórax y un abdomen conectados por un pellizco de cintura. Incluso tenía aguijón. Volaba sobre sus cabezas en dirección al cabo, y se perdió de vista tras la barrera de roca que protegía del viento a la aldea.

A Kora y a Nova les palpitaba el corazón. Se sentían mareadas y temblaban de emoción, nerviosismo, reverencia, esperanza y reivindicación. Clavaron sus arpones y cuchillos en el uul; mientras retiraban los dedos de las gastadas empuñaduras de sus herramientas, ambas sabían que nunca regresarían a recogerlas.

Esta no es nuestra vida.

—¿Qué creen que están haciendo? —preguntó Skoyë mientras las hermanas iban tropezando hacia la orilla.

La ignoraron y se arrodillaron en las heladas aguas someras para mojarse las cabezas. Aunque la espuma del mar era rosada, y trozos de grasa y cartílago se mecían entre las ondas, aun así el agua estaba más limpia que ellas. Se restregaron la piel y el cabello, con cuidado de no entrar a las aguas profundas donde se revolcaban los tiburones y los peces espinosos.

—Vuelvan a trabajar, ustedes dos —las reprendió Skoyë—. No es momento de renunciar.

La miraron con incredulidad.

—Los mesarthim han llegado —dijo Kora, con un tono cálido de asombro en su voz—. Nos pondrán a prueba.

—No hasta que terminen con ese uul.

—Termínalo tú —dijo Nova—. No necesitan verte a ti.

La expresión de Skoyë se enfrió. No estaba acostumbrada a que le respondieran, y no fue sólo por la respuesta. Percibió el filo del tono de Nova. Skoyë había estado a prueba dieciséis años atrás, y las muchachas sabían cuál había sido su don. Todos en Rieva estuvieron a prueba, excepto los bebés, y sólo una persona resultó elegida: Nyoka, la madre de Kora y Nova. Nyoka tenía un don bélico de poder impactante, literalmente impactante: podía emitir ondas de choque hacia la tierra y el aire. Cuando su poder despertó, sacudió la aldea y provocó una avalancha que hizo desaparecer el sendero hacia las minas clausuradas. El don de Skoyë también era, técnicamente, un don bélico, aunque de magnitud tan baja que era un chiste. Podía transmitir la sensación de ser pinchado con agujas; al menos pudo hacerlo durante el breve tiempo que duró su prueba. Sólo los Elegidos podían conservar sus dones, y sólo en estricto servicio al imperio. Todos los demás tenían que volver a la normalidad: indignos. Indefensos. Pálidos.

Furiosa, Skoyë alzó la mano para abofetear a Nova, pero Kora le sujetó la muñeca. No dijo nada. Sólo negó con la cabeza. Skoyë retiró la mano, tan atónita como encolerizada. Las muchachas siempre habían sido capaces de enfurecerla, no por su desobediencia sino por la manera que tenían de ser intocables, de estar por encima, mirando a todos los demás desde un lugar en las alturas al cual ellos no tenían acceso.

—¿Creen que van a elegirlas a ustedes sólo porque la eligieron a ella? —preguntó.

La perfecta Nyoka. Skoyë tenía ganas de escupir. No bastaba que Nyoka hubiera sido elegida, arrancada de esa helada roca infernal en medio de la nada, sino que además permanecía en el corazón de su esposo y en las fantasías de sus hijas, y en los recuerdos compasivos de todos los demás. Nyoka logró escapar y quedar preservada en una falsa perfección: ser para siempre la hermosa y joven madre llamada a la grandeza. Los labios de Skoyë se curvaron en una mueca burlona.

—¿Creen que son mejores que el resto de nosotros? ¿Creen que ella lo era?

—siseó Nova en respuesta a la primera pregunta—. —siseó en respuesta a la segunda—. Y sí.

Mostraba los dientes. Quería morder. Pero Kora tomó su mano y se la llevó hacia el sendero que serpenteaba en dirección a la pared rocosa. No eran las únicas que iban hacia allá: todas las demás mujeres y niñas habían partido hacia la aldea. Había visitantes. Rieva estaba en el fondo del mundo; donde estaría el drenaje, si los mundos tuvieran drenaje. Cualquier tipo de extraños era tan raro como las mariposas arrastradas por la tormenta, y estos extraños eran mesarthim. Nadie iba a perdérselo, aunque los uuls se pudrieran en la playa.

Se oía un parloteo ansioso, risas ahogadas, el murmullo y zumbido de la emoción. Ninguna de las demás se había molestado en lavarse. No es que Kora y Nova estuvieran limpias, pero tenían las manos y la cara rojas de tanto restregarse, y el cabello, salado y húmedo, peinado con los dedos. Todas las demás estaban embadurnadas de grasa y oscuras de sangre, y algunas aún sujetaban sus garfios y cuchillos.

Parecían un enjambre de asesinas saliendo de un panal.

Llegaron a la aldea. La nave-avispa estaba en el claro. Los hombres y niños estaban reunidos a su alrededor, y la mirada que dirigieron a sus mujeres estaba llena de disgusto y vergüenza.

—Me disculpo por el olor —dijo el anciano de la aldea, Shergesh, a sus estimados visitantes.

Así fue como Kora y Nova vieron a los mesarthim por primera vez, o tal vez por segunda si habían estado en brazos de Nyoka dieciséis años antes, cuando estuvo de pie donde ellas estaban ahora, con su vida a punto de cambiar.

Había cuatro visitantes: tres hombres y una mujer y, en efecto, eran azules como témpanos. Si había algún hilo de esperanza de que Nyoka estuviera con ellos, ahí moría. Nyoka había sido rubia como sus hijas. Aquella mujer tenía apretados rizos negros. En cuanto a los hombres, uno era alto y llevaba la cabeza rapada, y otro tenía cabello blanco y largo que le colgaba hasta la cintura. El último era ordinario, excepto por la piel azul. O… tendría que haber sido ordinario. Su cabello era castaño y su rostro era simple. No era alto ni bajo, ni apuesto ni feo, y sin embargo tenía algo que atraía la mirada. ¿Su manera de pararse, el ángulo arrogante de su barbilla? Sin una razón clara, Kora y Nova estaban seguras de que era el capitán, el que había dado forma de avispa al metal divino y había volado la nave hasta ahí. Era el herrero.

De todos los dones de los mesarthim —había demasiados para contarlos, siempre mutaciones nuevas en un índice de magia en expansión constante—, uno era el principal. Toda persona nacida en el mundo de Mesaret tenía una habilidad latente que despertaría al contacto con el metal divino, como llamaban al raro elemento azul, el mesarthium. Sin embargo, sólo un puñado entre millones poseía la habilidad primordial: manipular el metal divino. A estos pocos se les llamaba herreros, pues podían dar forma al mesarthium como hacían los herreros comunes con los metales comunes, aunque no usaban fuego, ni yunques ni martillos, sino su mente. El mesarthium era la sustancia más dura conocida. Era perfectamente impenetrable a los cortes, al calor o a los ácidos. Ni siquiera se podía arañar. Sin embargo, ante la mente de un herrero era infinitamente maleable y respondía a las órdenes. Los herreros podían minarlo, moldearlo, despertar sus asombrosas propiedades. Podían construir con él, volar en él, crear vínculos con él, de modo que era como algo vivo.

Ese era el don con el que soñaban los niños cuando jugaban a los Sirvientes en la aldea, y era sobre lo que susurraban ahora, sonrojados y ansiosos, y hablaban de cómo serían sus naves cuando estuvieran al mando: tiburones alados y serpientes aéreas, aves rapaces de metal, demonios y mantarrayas. Algunos mencionaban cosas menos amenazadoras: aves cantoras, libélulas y sirenas. Aoki, uno de los medios hermanos de Kora y Nova, decía que la suya sería un trasero.

—La puerta será el agujero —dijo, señalando el suyo.

—Querida Thakra, no dejes que Aoki sea herrero —susurró Kora, invocando a la serafina viajera a la que le rezaban en su pequeña iglesia de roca.

Nova sofocó una risa.

—Una nave-trasero sería aterradora —dijo—. Tal vez me robe la idea si resulta que soy herrera.

—No, no lo harás —dijo Kora—. Nuestra nave será un uul, en amoroso recuerdo de nuestro hogar.

Esta vez no lograron ocultar su risa, y llamaron la atención de su padre. Él las silenció con una mirada. Era bueno en eso. Creían que ese debió haber sido su don: represor de la alegría, enemigo de la risa. De hecho, había hecho la prueba y resultó fundamental: podía convertir las cosas en hielo, y lo hacía bien. Sin embargo, la magnitud de su poder era baja, igual que la de Skoyë y que la de todos en Rieva, y en realidad que la de casi todos en cualquier parte. Los dones fuertes eran poco comunes; por eso los Sirvientes salían en expediciones y ponían a prueba a gente de todo el mundo, en busca de agujas en un pajar para engrosar las filas imperiales.

Kora y Nova sabían que eran agujas. Tenían que serlo.

Su alegría menguó, y no fue la mirada de su padre lo que la sofocó, sino la de los Sirvientes cuando contemplaron a las mujeres reunidas, y las olieron. No pudieron ocultar su asco. Uno murmuró a otro, cuya respuesta fue una risa tan áspera como una tos. Kora y Nova no los culpaban. El olor era grotesco aun cuando uno estaba acostumbrado. ¿Cómo sería para los no iniciados en la matanza de uuls, y para aquellos que nunca habían tenido que desollar ni destripar nada? Era doloroso formar parte de esa desagradable turba y saber que para los visitantes resultaban indistinguibles del resto. Ambas formularon la misma plegaria desesperada en sus mentes. Aunque no sabían que ambas pensaron lo mismo en el mismo momento, no les habría sorprendido saberlo.

Mírennos, desearon. Mírennos.

Y como si lo hubieran dicho en voz alta —como si lo hubieran gritado—, uno de los cuatro mesarthim dejó de hablar a media frase y se volteó a mirarlas directamente.

Las hermanas se quedaron inmóviles, cada una aferrada a los dedos de la otra, tiesos de tanto sujetar cuchillos, y se encogieron ante la mirada del visitante. Se trataba del Sirviente alto con la cabeza azul rapada. Las había oído. Debía ser telépata. Sus ojos se clavaron y… se vaciaron en los de ellas. Lo sintieron como una brisa que agita la hierba, removiendo y mirando, tal como querían ser vistas. A continuación le dijo algo a la mujer, quien a su vez dijo algo a Shergesh.

El anciano de la aldea frunció los labios, inconforme.

—Quizá los muchachos primero… —aventuró.

Pero la mujer dijo:

—No. Aquí tienen sangre de Sirvientes. Las pondremos a prueba primero a ellas.

Así, Kora y Nova fueron conducidas al interior de la nave-avispa, y las puertas se fundieron hasta cerrarse tras ellas.

La musa de las pesadillas

2

NUEVOS HORRORES

Sarai había vivido y respirado pesadillas desde que tenía seis años. Durante cuatro mil noches había explorado los paisajes oníricos de Weep, contemplando y creando horrores. Era la Musa de las Pesadillas. Sus cien polillas centinelas se habían posado en todas las frentes. Ningún hombre, mujer o niño estaba a salvo de ella. Conocía sus vergüenzas y agonías, sus pesares y miedos, y pensó… creyó… que conocía todos los horrores y ya no podía sorprenderse.

Eso fue antes de tener que arrodillarse entre las flores del jardín de la ciudadela y preparar su propio cuerpo para la cremación.

Pobre cuerpo roto. Yacía entre las flores blancas, hermoso y lleno de color: piel azul, seda rosada, cabello canela, sangre roja.

Durante diecisiete años, esa había sido ella. Esos pies habían andado por los pisos de la ciudadela en interminables circuitos de inquietud. Esos labios habían sonreído, habían lanzado polillas al cielo y habían bebido lluvia en copas de plata repujada. Todo lo que significaba ser Sarai estaba anclado en la carne y los huesos que tenía ante ella. O lo había estado. Ahora ella estaba arrancada de aquello, removida de su piel por la muerte, y ese cuerpo era… ¿qué? Una cosa. Una reliquia de su vida concluida. Y estaban por quemarlo.

Siempre habrá nuevos horrores. Ahora lo sabía.

La musa de las pesadillas

3

UNA NIÑA ANDRAJOSA CON OJOS
COMO ALAS DE ESCARABAJO

La ciudadela de los mesarthim casi había caído del cielo la noche anterior. Habría aplastado a la ciudad de Weep. Si alguien hubiera sobrevivido al impacto se habría ahogado en las inundaciones al desbordarse el río subterráneo y llenar las calles. Sin embargo, nada de eso sucedió, porque alguien lo detuvo. No importó que la ciudadela tuviera cientos de metros de altura, ni que estuviera hecha de un metal alienígena ni que un dios le hubiera dado la forma de un ángel: Lazlo la detuvo. Lazlo Strange, el soñador faranji que, por alguna razón, era un dios. Impidió que la ciudadela cayera, y así, en vez de que todos murieran, sólo murió Sarai.

Bueno, eso no era completamente cierto. También el explosionista murió, pero su muerte fue justicia poética. La de Sarai sólo fue mala suerte. Estaba de pie en su terraza —justo sobre la palma abierta del serafín gigante— cuando la ciudadela se sacudió y se inclinó. No había nada de donde sujetarse. Sarai resbaló, seda sobre mesarthium, por la lisa mano metálica y cayó por la orilla.

Cayó y murió. Y uno habría pensado que ahí acabaría el terror, pero no fue así. Aún había evanescencia, y era peor. Las almas de los muertos no se apagaban cuando la chispa de la vida abandonaba el cuerpo: se vertían al aire para deshacerse lánguidamente. Si uno había tenido una vida larga, si uno estaba cansado y listo para el fin, tal vez sentía paz; pero Sarai no estaba lista, y lo había sentido como disolverse; como si fuera una gota de sangre en agua, o una bola de granizo sobre una cálida lengua roja. El mundo había intentado disolverla, derretirla y reabsorberla.

Y… algo detuvo el proceso.

Ese algo, por supuesto, fue Minya.

Aquella pequeña niña era más fuerte que toda la boca succionadora del mundo. Arrancaba fantasmas de la garganta del mundo mientras éste intentaba tragarlos completos. Arrancó a Sarai. La salvó. Ese era el don de engendro de dios de Minya: atrapar las almas de los recién muertos y evitar que se disolvieran. Bueno, esa era la mitad de su don, y en los primeros embriagadores instantes de su salvación Sarai no pensó en el resto.

Fue como ser salvada de ahogarse. Estaba deshaciéndose, sola e indefensa, atrapada en la marea de la evanescencia, y entonces, de repente, dejó de estarlo. Era ella misma de nuevo, de pie en el jardín de la ciudadela. Lo primero que vio con sus nuevos ojos fue a Minya, y lo primero que hizo con sus nuevos brazos fue abrazarla. En su alivio, olvidó el conflicto que existía entre ellas.

—Gracias —susurró enérgica.

Minya no le devolvió el abrazo, pero Sarai apenas lo notó. Su alivio era todo en ese momento. Casi se había disuelto en la nada, pero ahí estaba, real y sólida, y en casa. A pesar de lo mucho que había soñado con escapar de ese lugar, ahora lo sentía como un santuario. Miró a su alrededor; todos estaban ahí: Ruby, Sparrow, Feral, las Ellens, algunos de los otros fantasmas, y…

Lazlo.

Lazlo estaba ahí, magnífico y azul, con luz de embrujo en los ojos. Contemplarlo dejaba atónita a Sarai. Se sentía como aire inhalado hacia la oscuridad sólo para ser exhalado después como canción. Estaba muerta, pero era música. Estaba salvada, y embelesada. Voló hacia él. Él la sujetó, y su rostro era una llamarada de amor. Tenía lágrimas en las mejillas, que ella secó a besos. Sus bocas sonrientes se tocaron.

Ella era un fantasma y él era un dios, y se besaron como si hubieran perdido su sueño y vuelto a encontrarlo.

Los labios de Lazlo rozaron el hombro de Sarai, junto al delgado tirante de su camisón. La había besado ahí en su último sueño compartido, mientras su cuerpo presionaba el de ella sobre un colchón de plumas y el calor se esparcía a través de ellos, como luz. Eso había sido apenas la noche anterior. Él había besado su hombro de sueños, y ahora besaba su hombro fantasma, y ella inclinó la cabeza para susurrar en su oído.

Tenía palabras en los labios: las palabras más dulces. Aún no las habían pronunciado entre ellos. Tenían muy poco tiempo, y ella no quería perder un segundo más; pero las palabras que salieron de su boca no eran dulces y… no eran suyas.

Esta era la otra parte del don de Minya. Sí, la niña atrapaba almas y las agarraba al mundo. Les daba forma. Las hacía reales. Impedía que se disolvieran.

También las controlaba.

—Vamos a jugar un juego —Sarai se oyó decir. Era su voz, pero el tono no era suyo. Era un tono dulce y afilado, como un cuchillo que escurría azúcar. Era Minya hablando a través de ella—. Soy buena para los juegos. Ya lo verás —Sarai intentó detener las palabras, pero no pudo. Sus labios, su lengua y su voz no estaban bajo su control—. Este es así. Sólo hay una regla. Haz todo lo que diga, o dejo que su alma se vaya. ¿Qué te parece?

Haz todo lo que diga.

O dejo que su alma se vaya.

Sarai sintió a Lazlo tensarse. Él retrocedió para ver su rostro. La luz de embrujo había desaparecido de los ojos de Lazlo, remplazada por un terror que reflejaba el de Sarai conforme se daba cuenta de la nueva realidad:

Sarai era ahora un fantasma, esclava de Minya; Minya vio la ventaja y la aprovechó. Lazlo amaba a Sarai, y Minya tenía en sus manos el hilo del alma de Sarai, de modo que también tenía agarrado a Lazlo.

—Asiente si entiendes —dijo.

Lazlo asintió.

—No —dijo Sarai, y la palabra sonó áspera por su horror y desaliento. Sintió como si hubiera recuperado su voz arrebatándosela a Minya, pero cayó en la cuenta de que Minya debió habérselo permitido; que todo lo que hacía ahora lo hacía porque Minya la obligaba o porque se lo permitía. Santos dioses. Había jurado no volver jamás a obedecer a la perversa voluntad de Minya, y ahora era su esclava.

La escena en el jardín de la ciudadela era así: las flores silenciosas, la hilera de ciruelos y las tiras de metal que Lazlo había desprendido de las paredes para interceptar el ataque de los fantasmas de Minya. Sus armas, capturadas, estaban sujetas entre el metal, y una docena de fantasmas flotaba detrás. Ruby, Sparrow y Feral aún estaban amontonados junto al barandal de la terraza. Rasalas, la bestia de metal, estaba casi inmóvil, aunque su enorme pecho subía y bajaba, y también de otros modos parecía inactivo pero vivo. Sobre todos ellos, la gran águila blanca que llamaban Espectro trazaba círculos en el cielo.

A la mitad del jardín, sobre el círculo de flores, yacía el azul y el rosa, la canela y la sangre del cadáver de Sarai, ante el cual Sarai y Lazlo encaraban a Minya.

La niña era diminuta con su cuerpo antinatural y aún vestía los harapos de quince años de su ropa infantil. Su cara era redonda y suave, una cara de niña, y sus grandes ojos oscuros brillaban triunfantes y maliciosos. Sin nada, excepto el fulgor de esos ojos para contradecir al resto de su ser —su pequeño tamaño, su suciedad—, conseguía irradiar poder, y algo peor, un maligno fanatismo que era su propia ley y acuerdo.

—Minya —rogó Sarai, cuya mente daba vueltas con tanta novedad: su muerte, el poder de Lazlo, y con todo lo que no era nuevo, el odio y miedo que gobernaban sus vidas y las de los humanos—. Todo ha cambiado. ¿No lo ves? Somos libres.

Libres. La palabra era musical. Volaba. Sarai la imaginó tomando forma, como una de sus polillas, y revoloteando resplandeciente por el aire.

—¿Libres? —repitió Minya. La palabra no resplandeció al decirla ella. No voló.

—Sí —afirmó Sarai, porque ahí estaba la respuesta a todo. Lazlo era la respuesta a todo. Con su muerte y su recuperación, Sarai había tardado en comprender lo que todo aquello significaba, pero ahora se aferraba a ese hilo de esperanza. Durante todas sus vidas habían estado atrapados en esa prisión celeste, incapaces de escapar e incluso de cerrar las puertas. Habían vivido con la certidumbre de que, tarde o temprano, los humanos llegarían y correría la sangre. Hasta la semana anterior habían estado seguros de que esa sangre sería la suya. El ejército de Minya cambió eso. Ahora, en vez de morir, matarían. ¿Y cómo serían sus vidas entonces? Seguirían atrapados, pero ahora con cadáveres por compañía, y un odio y un miedo que no serían legado de sus padres, sino algo nuevo, brillante y completamente suyo.

Sin embargo no tenía por qué ser así.

—Lazlo puede controlar el mesarthium —continuó Sarai—. Es lo que siempre hemos necesitado. Puede mover la ciudadela —miró a Lazlo, con la esperanza de tener razón, y una nueva calidez se encendió en su interior al contemplarlo—. Ahora podemos ir a cualquier lugar.

Minya la miró sin expresión antes de dirigir la mirada a Lazlo.

Lazlo no entendía qué estaba pensando la niña. En sus ojos no había interrogación alguna. Eran tan negros e inexpresivos como las alas de un escarabajo, duras como caparazón, pero Lazlo se aferró al mismo hilo de esperanza que Sarai.

—Es verdad. Puedo sentir los campos magnéticos. Si retiro las anclas, creo… —se detuvo; no era momento para incertidumbres—. que podemos volar.

Era un momento trascendente. El cielo los llamaba hacia todas direcciones. Sarai lo sentía. Ruby, Sparrow y Feral también lo sintieron y se acercaron, aún abrazados unos a otros. Después de todos sus años de indefensión en aquel lugar, después de tanto ocultarse y temer, podían simplemente irse.

—Bueno, alabado sea el Salvador de Todos —dijo Minya con voz tan inexpresiva como su rostro—. Pero aún no empieces a trazar una ruta. No he terminado con Weep.

Terminado con Weep. A Sarai se le secó la boca. Con ese tono soso y esa expresión podía referirse a cualquier cosa, pero no era así. Hablaba de venganza.

Hablaba de matanza.

Habían peleado mucho en los últimos días y todas las feas palabras de Minya resonaban en su mente.

Me das asco. Eres tan blanda.

Eres patética. Nos dejarías morir.

Podía soportar los insultos, e incluso las acusaciones de traición. Le dolían, pero lo que la dejaba sin esperanzas era la sed de sangre.

Habré tenido suficiente carnicería cuando me haya desquitado de todo.

La convicción de Minya era absoluta. Los humanos habían masacrado a los de su especie. Ella estaba de pie en el pasillo y escuchó cómo menguaban los gritos, un bebé tras otro, hasta que el silencio reinó. Salvó a todos los que pudo, pero no fue suficiente: sólo cuatro contra los treinta que escuchó que habían sido asesinados. Todo lo que Minya era, todo lo que hacía, nacía de la Carnicería. Sarai estaba segura de que en toda la eternidad jamás había existido una cólera más pura que la de Minya. De frente a ella, deseó algo que nunca antes había deseado: el don de su madre. Isagol, la diosa de la desesperanza, había sido capaz de manipular las emociones. Si Sarai pudiera hacerlo, podría deshacer el odio de Minya. Pero no podía. ¿Para qué servía excepto para las pesadillas?

—Minya, por favor —dijo—. Ya ha habido mucho dolor. Esta es una oportunidad de comenzar de nuevo. No somos nuestros padres. No tenemos que ser monstruos —su súplica fue un suspiro desgarrado—. No nos conviertas en monstruos.

Minya inclinó la cabeza.

—¿Nosotros, monstruos? Y defiendes al padre que intentó matarte en tu cuna. El gran Matadioses, asesino de bebés. Si eso es lo que significa ser un héroe, Sarai… —mostró sus pequeños dientes de leche y gruñó—: prefiero ser un monstruo.

Sarai negó con la cabeza.

—No estoy defendiéndolo. No se trata de él. Se trata de nosotros y de lo que decidimos ser.

—No puedes elegir —estalló Minya—. Estás muerta. ¡Y yo elijo al monstruo!

La esperanza de Sarai, entonces, le falló. No había sido muy fuerte, para empezar. Conocía muy bien a Minya. Ahora que Sarai era un fantasma, Minya podía forzarla a hacer lo que por tanto tiempo se había negado a hacer: matar a su padre, el Matadioses, Eril-Fane. Y luego ¿qué? ¿Hacia dónde los conduciría la venganza de Minya? ¿Cómo, exactamente, se desquitaría de la Carnicería? ¿Cuántos tendrían que morir para satisfacerla?

Se volteó hacia Lazlo.

—Escúchame —le dijo con rapidez, temerosa de que Minya detuviera su voz—. No puedes hacer lo que ella dice. No sabes cómo es —después de todo, dependía de él; Minya podía elegir al monstruo, pero sin el poder de Lazlo no resultaba más amenazante que antes, cuando estaba atrapada en la ciudadela, incapaz de alcanzar a sus enemigos—. Puedes detenerla —susurró Sarai.

Lazlo la oyó, pero sus palabras eran como símbolos en espera de ser descifrados. Había demasiadas cosas por asimilar. Ella estaba muerta. Él había sostenido su cuerpo roto, que ahora estaba tirado ahí mismo. Según todo lo que Lazlo sabía sobre el mundo, aquello debía ser el fin. Sin embargo, ella estaba ahí de pie. Estaba ahí, y también allá, y aunque Lazlo sabía que lo que abrazaba era un fantasma, no podía creerlo. Se sentía muy real. Le pasó la palma de la mano por la espalda. La tela resbaló como seda sobre piel, y la carne cedió bajo sus dedos, suave, flexible y cálida.

—Sarai —dijo Lazlo—. Ahora te tengo. No permitiré que deje ir a tu alma. Te lo prometo.

—¡No prometas eso! No debes ayudarla, Lazlo. Ni por mí ni por nada. Prométeme eso.

Lazlo parpadeó. Escuchaba las palabras de Sarai, pero no podía aceptarlas. Sarai era la diosa que había conocido en sus sueños y con la que había caído hacia las estrellas. Le compró la luna, besó su cuello azul y la abrazó mientras dormía. Ella le salvó la vida. Le salvó la vida, y él no pudo salvarla a ella. Era impensable fallarle de nuevo.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Lazlo con voz ronca.

Sarai percibió su angustia. Su voz era extraordinaria: áspera y llena de emoción. Afectaba a Sarai como una textura, como la dulce caricia de una palma callosa; deseaba apoyarse en esa voz y permitir que la acariciara para siempre. En vez de eso, se obligó a decir palabras amargas. Aunque el terror de su desdoblamiento aún pulsaba en ella, habló absolutamente en serio cuando dijo:

—Preferiría disiparme que ser tu ruina, y la muerte de Weep.

Ruina. Muerte. Esas palabras estaban mal. Lazlo negó con la cabeza, pero no pudo sacudirse esas palabras. Había salvado a Weep. Jamás podría hacerle daño, pero tampoco podía perder a Sarai. ¿De verdad esa era la elección que se le presentaba?

—No puedes pedirme que no te salve.

Minya decidió hablar en ese momento.

—En serio, Sarai, ¿qué piensas? —su tono sugería simpatía por el sufrimiento de Lazlo, como si fuera Sarai quien lo ponía en esa situación imposible y no Minya—. ¿Que él podría dejarte desaparecer y cargar con eso en su conciencia?

—¡No hables de su conciencia cuando lo desgarrarías por la mitad sin pensarlo! —exclamó Sarai.

Minya se encogió de hombros.

—Dos mitades siguen siendo un todo.

—No es así —dijo Sarai con amargura—. Yo lo sé bien.

Minya la había convertido en lo que era, la Musa de las Pesadillas, pero los años de sumergirse en los sueños de los humanos la habían cambiado. Antes el odio era como una armadura, pero lo había perdido, y sin odio se encontró indefensa contra el sufrimiento de Weep. Su conciencia se había partido a la mitad, y la desgarradura era una herida. Dos mitades no eran un todo; eran dos partes sangrientas y desgajadas: la parte leal a su familia de engendros de dioses y la parte que entendía que los humanos también eran víctimas.

—Pobre de ti —dijo Minya—. ¿Es mi culpa que tengan conciencias tan débiles?

—No es debilidad elegir la paz en lugar de la guerra.

—Es debilidad huir —dijo Minya con desprecio—. ¡Y yo no huiré!

—No es huir. Es ser libres de marcharnos…

—¡No somos libres! —gritó Minya, interrumpiéndola—. ¿Cómo podemos ser libres si no se ha hecho justicia? —su ira creció. Estaba siempre ahí, siempre encendida, y no era muy difícil avivar las llamas. Pensar en que los asesinos quedaran impunes, o en que el Matadioses caminara campante por las calles soleadas de Weep, encendía un fuego infernal en sus corazones, y no podía comprender, jamás iba a poder comprender, por qué no sucedía en los de Sarai. ¿Qué le faltaba?, ¿porqué la Carnicería no significaba nada para ella? Y dijo furiosa—: Pero tienes razón en una cosa. Todo ha cambiado. Ahora no tenemos que esperar que ellos vengan a nosotros —con una mirada calculadora a Rasalas, la bestia alada, dijo—: Podemos bajar a la ciudad cuando queramos.

Bajar a la ciudad.

Minya, en Weep.

Lazlo y Sarai estaban de pie cerca uno del otro. La mano de Lazlo se sentía cálida en la base de la espalda de Sarai, y ella sintió la sacudida que lo recorrió. La recorrió también a ella al pensar en Minya en Weep. Vio cómo sería: una niña harapienta con ojos duros como las alas del escarabajo, arrastrando un ejército de fantasmas. Los lanzaría sobre sus propios amigos y familiares, y cada vida que extinguieran sería un soldado más para su ejército. ¿Quién podría combatir a semejante fuerza? Los tizerkanes eran fuertes pero pocos, y no se podía herir ni matar a los fantasmas.

—No —dijo Sarai con voz ahogada—. Lazlo no te llevará allá.

—Lo hará si te ama.

La última palabra, que había sonado tan dulce en labios de Sarai unos momentos antes, era obscena en labios de Minya.

—¿Verdad? —dijo la niña, volviendo sus ojos oscuros hacia Lazlo.

¿Cómo podía responder? Ambas opciones eran impensables. Cuando negó con la cabeza, no lo hizo a modo de respuesta. Estaba a la deriva, girando. Sólo sacudió la cabeza para aclarar su mente, pero Minya lo tomó como respuesta y entornó los ojos.

Minya no sabía de dónde había salido aquel extraño ni por qué era engendro de dioses como ellos, pero tenía certeza de una cosa: ella había ganado. Él tenía el don de Skathis, y aun así lo había derrotado. ¿No entendían eso? Los tenía en su poder, y aun así estaban deliberando como si aquello fuera una discusión.

No era una discusión.

Siempre que Minya ganaba en el quell —Minya siempre ganaba en el quell— volcaba el tablero y las piezas salían volando, de modo que el perdedor tenía que andar a gatas para recogerlas. Era importante que los perdedores entendieran lo que eran; a veces era necesario hacerlos entender. Pero, ¿cómo?

Nada más fácil. El extraño abrazaba a Sarai como si fuera suya. No era suya. No podía abrazarla si Minya decidía llevársela.

Y Minya lo hizo.

Se la arrebató. Oh, no movió ni un músculo. Simplemente obligó a la sustancia de Sarai a obedecerla. Podría haber hecho que pareciera que Sarai lo hacía por voluntad propia, pero ¿dónde quedaba la lección? En lugar de eso la tomó por las muñecas, por el cabello, por su ser. Y la jaló.

La musa de las pesadillas

4

GUERRA CON LO IMPOSIBLE

Lazlo sentía como si se aferrara al borde de la razón con las puntas de sus dedos, y como si el mundo pudiera sacudirse y tirarlo en cualquier momento, como el estallido lo había lanzado la noche anterior. Sin duda eso era parte de la situación: se había golpeado la cabeza contra el empedrado. Le dolía. El mareo iba y venía, y aún le zumbaban los oídos, por donde había sangrado. Tenía sangre seca en el cuello, mezclada con el polvo de la explosión, aunque era mínima la sangre que llevaba encima. Tenía los brazos, las manos y el pecho oscurecidos por la sangre de Sarai, y esa realidad —¿qué podía ser más real que la sangre?— desataba en él una guerra entre el dolor y la incredulidad.

¿Cómo podía hallarle sentido a todo lo ocurrido? En el sueño más hermoso de su vida había compartido sus corazones con Sarai, la había besado, había volado con ella y caído con ella desde el borde de la inocencia hacia algo cálido y dulce y perfecto, sólo para separarse de ella con un súbito despertar…

… Y encontrar al alquimista Thyon Nero en su ventana, frío, con las acusaciones que condujeron a Lazlo a descubrir quién y qué era: no un huérfano de Zosma sino el hijo medio humano de un dios, bendecido con el poder que había sido la perdición de Weep y justo a tiempo para salvar a la ciudad.

Pero no a Sarai.

Había salvado a todos excepto a ella. Aún no podía tomar aire. Lo atormentaría para siempre la visión del cuerpo arqueado sobre la reja en la cual había caído, con sangre goteando de las puntas de su largo cabello.

Sin embargo, la cadena de prodigios y horrores no terminó con la muerte de Sarai. Este no era el mundo como Lazlo lo había conocido fuera de sus libros de cuentos de hadas: era un lugar donde las polillas eran mágicas y los dioses eran reales, y donde los ángeles habían quemado demonios en una pira del tamaño de la luna. Aquí, la muerte no era el final. El alma de Sarai estaba a salvo, sujeta —oh, dios—, pero una niña sucia tenía su destino suspendido como un juguete en un hilo y los sumergió a ambos en el horror.

Ahora Minya se llevaba a Sarai, y la desesperación de Lazlo se desfondó, convirtiéndose en un abismo de profundidades ignotas. Intentó retenerla, pero mientras más la sujetaba, más se disolvía ella. Era como intentar aferrarse al reflejo de la luna.

Había una palabra de un mito: sathaz. Era el deseo de poseer lo que nunca podría ser de uno. Significaba un anhelo sin sentido y sin esperanza, como el de un niño de la calle que sueña con ser rey; la palabra venía del cuento del hombre que amaba a la luna. A Lazlo le había gustado esa historia, pero ahora la odiaba. Era una historia sobre hacer las paces con lo imposible, y ya no podía hacer eso. Cuando Sarai se escurrió entre sus brazos, lo supo: sólo podía hacer la guerra.

Guerra con lo imposible. Guerra con la monstruosa niña que estaba ante él. Nada menos que guerra.

Pero… ¿cómo podía combatirla cuando ella retenía el alma de Sarai?

Apretó la mandíbula para evitar que salieran de su boca palabras imprudentes. El aire silbaba entre sus dientes. Apretó también los puños, pero había demasiada furia para que su cuerpo la contuviera, y Lazlo aún no comprendía que ya no era un simple hombre. Los límites de su ser habían cambiado: era carne y sangre, y era hueso y espíritu, y ahora también era metal.

Rasalas rugió. La criatura que había pertenecido a Skathis, y que había sido espantosa, ahora era majestuosa y pertenecía a Lazlo. Parte spectral y parte ravid, era brillante y poderosa, con enormes astas de metal especular y con una hechura tan fina que su pelaje de mesarthium era sedoso al tacto. No fue intención de Lazlo que rugiera, pero ahora la bestia era una extensión suya, y cuando cerró la boca, Rasalas abrió la suya. El sonido… cuando la criatura rugió abajo, en la ciudad, el sonido fue de angustia pura. Esta vez fue de furia, y la ciudadela entera vibró al unísono.

Minya sintió el rugido resonar en su ser y ni siquiera parpadeó. Sabía cuál furia importaba, y Lazlo también lo sabía.

—No hablo bestia —dijo Minya cuando el rugido se apagó—, pero espero que eso no haya sido un no —ahora su voz sonaba tranquila, incluso aburrida—. Espero que recuerdes la regla. Sólo hay una.

Haz todo lo que diga o dejo que su alma se vaya.

—La recuerdo —dijo Lazlo.

Ahora Sarai estaba al lado de Minya, rígida como una tabla. Estaba suspendida en el aire, como colgada de un gancho. El horror y la indefensión eran evidentes en sus ojos, y Lazlo estaba seguro de que el momento había llegado: la elección imposible entre la chica que amaba y una ciudad entera. Un rumor colmó sus oídos. Levantó las manos, suplicante.

—No la lastimes.

—No me hagas lastimarla —respondió Minya.

Un sonido llegó desde detrás de Lazlo. Era parte grito ahogado, parte sollozo, y aunque era leve, abrió una grieta en la atmósfera de amenaza. Minya dirigió una mirada a los otros tres hijos de los dioses. Ruby, Sparrow y Feral aún estaban impactados. La sacudida de la ciudad, la caída de Sarai, y esa extraña que la traía muerta. Una sacudida tras otra, y ahora esto.

—¿Qué haces? —preguntó Sparrow, incrédula. Miraba fijamente a Minya con horror en los ojos—. No puedes… usar a Sarai.

—Está claro que puedo —respondió Minya, y para demostrarlo hizo que Sarai asintiera.

Fue grotesco aquel brusco asentimiento, mientras los ojos de Sarai suplicaban. Esa era la única debilidad del don de Minya: no podía evitar que el horror de sus esclavos se manifestara en sus ojos. O quizá simplemente lo prefería así.

Otro sollozo brotó de la garganta de Sparrow.

—¡Detente! —gritó.

Avanzó, deseosa de acercarse a Sarai y alejarla de Minya (no es que pudiera hacerlo), pero se detuvo en seco ante el cadáver que estaba atravesado en el camino. Podría haberlo rodeado o pasado por encima, pero se detuvo y lo miró. Sólo lo había visto desde la terraza, cuando Lazlo lo depositó en el suelo. De cerca, la brutal realidad la dejó sin aliento. Ruby y Feral llegaron a su lado y también miraron fijamente el cadáver. A Ruby se le escapó un quejido.

Sarai había quedado empalada. La herida, un horrible agujero desfigurado, estaba en el centro de su pecho. Había quedado colgada cabeza abajo, por lo que la sangre había bajado por su cuello y saturado su cabello. En las sienes y la coronilla el cabello aún era color canela, pero las largas ondas eran color vino oscuro y estaban apelmazadas en una masa pegajosa.

Los tres miraron de Sarai a Sarai y de regreso —del cuerpo al fantasma y del fantasma al cuerpo—, intentando reconciliar a ambos. El fantasma vestía el mismo camisón rosado que el cuerpo, aunque no tenía sangre ni herida. Tenía los ojos abiertos; el cadáver los tenía cerrados. Lazlo se los había cerrado a besos al bajarlo al suelo, aunque no se podía decir que luciera en paz. Ninguna de las Sarais lucía en paz, ni la inerte y desechada ni la detenida a mitad del aire, peón de un juego traicionero.

—Está muerta, Minya —dijo Sparrow con una lágrima corriendo por cada mejilla—. Sarai murió.

Con un resoplido, Minya dijo:

—Me doy cuenta de eso, gracias.

—Ah, ¿sí? —preguntó Feral—. Digo, porque dijiste que esto era un juego —su propia voz le sonaba débil en contraste con la del extraño. Inconscientemente la hizo más grave en un intento por emular la masculina voz de Lazlo—. Mírala, Minya —dijo, señalando el cuerpo—. Esto no es un juego. Esto es la muerte.

Minya miró el cuerpo, pero si Feral esperaba una reacción, lo decepcionó.

—¿Crees que no sé lo que es la muerte? —preguntó con una sonrisa divertida en los labios.

Vaya que lo sabía. Cuando tenía seis años todas las personas que conocía fueron asesinadas a sangre fría, excepto los cuatro bebés que salvó justo a tiempo. La muerte la había convertido en lo que era: una antinatural niña que nunca crecía, que nunca olvidaba y que jamás perdonaría.

—Minya —dijo Ruby—. Déjala ir.

Lazlo no podía saber lo inusual que era que estuvieran enfrentando a Minya. Sólo Sarai hacía eso y, por supuesto, ahora no podía, así que hacían lo que sabían que haría ella, y prestaron sus voces por la suya silenciada. Hablaban en pequeñas rachas de aliento, con las mejillas púrpuras. Era aterrador, y también liberador, como abrir de un empujón una puerta que nunca se habían atrevido a tocar. Lazlo esperó, agradecido por su intervención, y rogó que Minya los escuchara.

—¿Quieren que la deje ir? —preguntó Minya con un destello peligroso en los ojos.

—No —dijo rápidamente Lazlo, adivinando su intención de soltar el alma de Sarai a la evanescencia. Era como en un cuento de hadas: un deseo mal formulado, vuelto en contra de su autor.

—Ya sabes lo que quiero decir —dijo Ruby impaciente—. Somos familia. No nos esclavizamos entre nosotros.

Tú no lo haces porque no puedes —replicó Minya.

—No lo haría si pudiera —dijo Ruby, aunque no sonó muy convincente, a decir verdad.

—No usamos nuestra magia unos sobre otros —dijo Feral—. Es tu regla.

Minya los había hecho prometer eso cuando eran pequeños. Se pusieron las manos en los corazones y juraron, y lo habían cumplido, excepto por la ocasional nube de lluvia o cama quemada.

Minya los contempló, reunidos en torno al extraño. Parecían todos organizados en su contra. Dio su respuesta lentamente, como si dijera algo obvio a unos idiotas:

—Si no usara mi magia en ella, se disiparía.

—Pues úsala para ella, no contra ella —imploró Sparrow—. Puedes retener su alma, pero darle libre albedrío, como lo haces con las Ellens.

Las Ellens eran las dos mujeres fantasmas que los habían criado, y había un problema con la inocente afirmación de Sparrow. Las mujeres, como todos notaban ahora, no daban muestras de “libre albedrío” en ese momento. Si lo hubieran tenido, no habrían permanecido apartadas, amontonadas detrás de la barrera de metal que Lazlo hizo cuando repelió el ataque de Minya. Estarían ahí con ellos, metidas en sus asuntos, cacareando y mandando como era su costumbre.

Pero no estaban, y al darse cuenta de eso, el impacto tomó una nueva dirección.

—Minya —dijo Feral, consternado—. Dime que no estás controlando a las Ellens.

Era inconcebible. Las Ellens no eran como los demás fantasmas del triste ejército de muertos de Minya. No detestaban a los hijos de dioses. Los amaban, y habían muerto tratando de protegerlos del Matadioses. Sus almas fueron las primeras que Minya capturó el funesto día en que se vio sola con cuatro bebés por criar en una prisión salpicada de sangre. Jamás lo habría logrado sin ellas, y era como había dicho Sparrow, o al menos así había sido siempre: usaba su magia para ellas, no en su contra. Sí, sujetaba sus almas como con hilos, como hacía con todos los demás, pero sólo para que no se disiparan. Les dejaba su libre albedrío. Supuestamente.

La cara de Minya se tensó, y un atisbo de culpa apareció para desvanecerse de inmediato.

—Las necesitaba. Estaba defendiendo la ciudadela —dijo dirigiendo una mirada de especial furia a Lazlo—. Después de que él atrapó dentro a mi ejército.

—Bueno, ya no estás defendiéndolas —dijo Feral—. Déjalas libres.

—Está bien —dijo Minya.

Las mujeres fantasmas salieron de detrás de la barrera, libres. Los ojos de la Gran Ellen lucían feroces. A veces, para que los niños le dijeran la verdad, transformaba su cabeza en la de un halcón. Ellos nunca podían desafiar esa mirada penetrante. Esta vez no se transformó, pero su mirada no era menos aguda.

—Mis queridos, mis víboras —dijo mientras se acercaba; parecía deslizarse sin que sus pies tocaran el suelo—. Acabemos con esta pelea, ¿sí? —con una voz que era a partes iguales cariño y desaprobación, le dijo a Minya—: Sé que estás molesta, pero Sarai no es el enemigo.

—Nos traicionó.

La Gran Ellen chasqueó la lengua.

—No hizo tal cosa. No hizo lo que tú querías. Eso no es traición, cariño. Es desacuerdo.

La Pequeña Ellen, que era más joven y menuda que su corpulenta y matronal compañera, añadió con cierto humor:

nunca haces lo que yo quiero que hagas. ¿Es traición cada vez que te escondes del baño?

—Eso es diferente —musitó Minya.

Para Lazlo, que observaba con la terrible sensación de que sus corazones estaban estrujados, el tono de la interacción resultaba de lo más extraño. Era un tono muy casual, nada acorde con la situación, en la que Minya tenía prisionera el alma de Sarai. Bien podrían estar reprendiendo a un niño por apretar demasiado a un gatito.

—Debemos decidir todos qué hacer —dijo Feral con su nueva voz grave—. Juntos.

Sparrow añadió, con una nota de súplica:

—Minya, somos nosotros.

Nosotros, escuchó Minya. La palabra era diminuta, y era enorme, y era suya. Sin ella no habría “nosotros”, sólo montones de huesos en cunas. Y sin embargo se reunían en torno a ese hombre que nunca habían visto antes y la miraban como si ella fuera la extraña.

No. La miraban como si fuera el enemigo. Era una mirada que Minya conocía muy bien. Durante quince años, cada alma que había capturado la había mirado así. Un estremecimiento de… algo… la recorrió. Era tan feroz como el júbilo, pero no era júbilo. Corría por sus venas como mesarthium fundido y la hacía sentir invencible.

Era odio.

Era un reflejo, como sacar el cuchillo cuando la mano del adversario se crispa. Corría por su ser como sangre, como espíritu. Le cosquilleaban las manos. El sol pareció hacerse más brillante, y todo se volvió simple. Se trataba de lo que Minya sabía: tener un enemigo, ser un enemigo. Odiar a quienes te odian. Odiarlos mejor. Odiarlos peor. Ser el monstruo que más temen. Y siempre que se pueda, y de cualquier manera posible, hacerlos sufrir.

El sentimiento la inundó con rapidez. Si hubiera tenido colmillos, habrían estado perlados de veneno y prestos para morder.

Pero… ¿morder a quién?

¿Odiar a quién?

Ellos eran su gente. Todo lo que había hecho en los últimos quince años había sido por ellos. Somos nosotros, decía Sparrow. Nosotros nosotros nosotros. Pero estaban allá, mirándola así, y ella no era parte de su nosotros. Ahora estaba fuera, sola, aparte. Un súbito vacío se abrió en su interior. ¿La traicionarían todos como había hecho Sarai? y… ¿qué haría si lo hacían?

—No tenemos que decidir todo el curso de nuestras vidas en este momento —dijo la Gran Ellen.

Fijó su mirada en Minya. Sus ojos ya no eran de halcón sino suaves y de un café aterciopelado, llenos de devota compasión.

Había algo enroscado en el interior de Minya, algo que se tensaba más y más conforme los otros la confrontaban. Decirle qué hacer sólo lograría arrinconarla, y entonces, como un animal atrapado, pelearía hasta el final. Desde el principio, Lazlo le había puesto los nervios de punta al salir de la nada como una visión imposible —¡Un mesarthim, a lomo de Rasalas!— y ordenarle que capturara el alma de Sarai. ¡Como si no hubiera podido hacerlo por sí sola! ¡Qué descaro! Ardía como ácido. Incluso la mantuvo en el suelo, poniéndole la pezuña de Rasalas sobre el pecho. Le dolía, y estaba segura de que se le estaba formando un moretón, pero eso no era nada comparado con su resentimiento. Al obligarla a hacer lo que ella estaba haciendo por sí misma, era como si él hubiera ganado algo y ella hubiera perdido.

¿Qué tal si se lo hubiera pedido? Por favor, ¿podrías capturar el alma de Sarai? O, mejor aún, si hubiera confiado en que lo haría. Ay, no habría sido todo saludos y sentarse a tomar el té, pero ¿estaría Sarai inmovilizada en el aire ahora? Tal vez no.

Y aunque no se podía esperar que Lazlo conociera a Minya, los otros sí debían conocerla. Sin embargo, de todos ellos sólo la Gran Ellen entendía qué hacer.

—Una cosa a la vez y primero lo primero —dijo—. ¿Por qué no nos dices qué es lo primero, cariño?

En vez de ordenar, la nana preguntó. Mostró deferencia y dejó que Minya eligiera, y aquella cosa enroscada en el interior de la niña se relajó un poco. Era miedo, por supuesto, aunque Minya no lo supiera. Creía que era furia, sólo furia y siempre furia, pero ese era sólo el disfraz que se ponía, pues el miedo era debilidad y ella había jurado nunca más ser débil.

Podría haber respondido que primero matarían a Eril-Fane. Era lo que esperaban. Podía verlo en su tensión y en su cautela. Sin embargo veía algo más en ellos: una naciente rebeldía. Habían puesto a prueba sus voces contra ella, y aún sentían el sabor en sus bocas. Sería una estupidez empujarlos en ese momento, y Minya no era estúpida. En la vida, como en el quell, los ataques directos enfrentan la mayor resistencia. Es mejor actuar de manera oblicua, dejar que

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