
CAPÍTULO 1
Un bromista
En todo el mundo existen escuelas con problemas de disciplina, con malos alumnos, como el típico niño que pone zancadillas todo el tiempo, la niña que se la pasa hablando en clase, o esa alumnita de kínder que te amenaza con un cuchillo para que le des tu sándwich (hay casos). Pues mi colegio, la Escuela Primaria Pública 34 de Llano Seco, era famoso por sus bromistas. Hubiera estado bien si fuera una escuela de payasos, y no una primaria común y corriente. Las travesuras no eran muy brillantes pero sí abundantes. Por ejemplo, si dejabas descuidada tu mochila, seguro alguien ponía dentro una rana, un escarabajo o hasta una trampa para ratones (con ratón incluido). Tenías que revisar muy bien el pupitre porque, sin saber, podrías sentarte en un clavo oxidado.
El principal bromista de la escuela se llamaba Gonzalo González, mejor conocido como Gonzo; era el más alto de los alumnos de sexto y le habían salido tres barros que presumía como si fueran medallas de la próxima adolescencia. Gonzo era famoso porque no podía resistirse a hacer una broma o travesura. Si te distraías, te pegaba un letrero atrás que decía: SE RECIBEN PATADAS GRATIS o agitaba tus bolígrafos para que se chorrearan en tus manos; y claro, era experto en apodos. “La Chonchi”, “El Cornetas”, “El Muchomoco” eran algunos. Gonzo también hacía caricaturas muy crueles con cualquier defecto físico que tuvieras. A los que tenían sobrepeso los pintaba como ballenas de triple papada, si tenías una mancha en la piel, ya eras una vaca. Y un día, en la pared de un pasillo, dibujó al director, el profe Lorenzo Aguilar; lo reconocimos por los lentes y por el tamaño bajito. Al lado escribió: “Pestecabeza”. Le preguntaron por qué, y Gonzo explicó como si fuera obvio:
—Es tan chaparro que la cabeza le huele a pies. ¡No se le acerquen demasiado!
Todos rieron, y desde entonces, el director fue conocido como profe Pestecabeza. Creo que en algún momento se enteró, y fue cuando decidió tomar medidas extremas.
—Jóvenes, hay un tema del que quiero hablarles —dijo una mañana en formación, antes de entrar a clases—. La indisciplina en esta escuela ya está fuera de control…
Alguien (bueno, fue Gonzo) murmuró: “Uf, ¡aquí huele a pies!”. Y muchos rieron.
—Ya no hay respeto por nadie, ni entre ustedes, ni para maestros o directivos —siguió el director, muy serio.
Casi nadie prestaba atención, ya conocíamos sus sermones: siempre nos recomendaba portarnos bien, ser buenos niños, decía que éramos el futuro del país, y amenazaba con ponernos reportes de mala conducta, una equis roja en el expediente, que muchos los coleccionaban como si fueran estampitas.
—Como sé que no me hacen caso, tuve que tomar medidas drásticas —el director levantó la voz para que lo escucharan—. Jóvenes, por favor, silencio…
Pero el patio parecía un gallinero, niñas y niños hacían otras cosas más entretenidas que poner atención. Algunos intercambiaban chismes, los resultados de un partido de fut, alguien jugaba a la pelota. Lo normal era que el director nos enviara a nuestro salón, luego de un derrotado suspiro; pero en esta ocasión hizo una seña.
—¿Sería tan amable de pasar, señor Petrus?
Se hizo un silencio repentino, más bien por la curiosidad, eso nadie lo esperaba. De la dirección salió un hombre enorme, vestía uniforme militar, un casco antimotines y unas gafas de sol tipo espejo.
—Jóvenes, quiero que conozcan a Peter Petrus —dijo el director—. Y trabaja para…
—Yo puedo presentarme, gracias —el soldado tomó el micrófono—. Vengo de Ryu, una compañía que se especializa en erradicar malos comportamientos en las escuelas. Reeducamos traviesos, mañosos, desobedientes y toda clase de sabandijas.
Su voz era muy grave y potente, reconozco que imponía cierto respeto.
—Los niños de ahora se portan cada vez peor —siguió—, son más caprichosos que antes, más exigentes, violentos, y con poca capacidad de concentración; y los adultos que deben educarlos cada vez son más blandengues.
El señor Petrus lanzó una mirada de desaprobación al profe Pestecabeza y a los otros maestros.
—Pero bueno, para eso estamos nosotros —siguió el señor Petrus—. Para volver las cosas a su carril. Ryu es una compañía internacional, preocupada por la educación infantil, y trabajamos en varios países con gran éxito.
—¡Y no va a costar nada a la Escuela 34 de Llano Seco! —comentó el director, con entusiasmo—. Ni un centavo.
—Nuestros servicios serán gratuitos, de momento —reconoció el señor Petrus—, porque queremos darnos a conocer en escuelas públicas y privadas de la zona. Tenemos presencia en varios países y el método que manejamos es infalible. Pongan atención. Para Ryu no hay diferencia entre un travieso y un criminal. Todas las faltas reciben el mismo castigo extremo. Si alguien llega tarde, ¡castigo!
El señor Petrus dio un puñetazo contra la palma de su mano, muchos niños respingaron, tal vez imaginaron el golpe en sus cabezas.
—Si alguien habla en clase, ¡castigo! —el soldado dio otro puñetazo—. Si alguien trae los zapatos sucios, las uñas largas o incendia la escuela con un lanzallamas, ¡es exactamente el mismo castigo!
—Pero no son cosas iguales —dijo una voz (sí, ya pueden imaginar quién fue).
El señor Petrus tenía un oído muy bueno, porque de inmediato guardo silencio y bajó de la tarima. Caminó con paso marcial entre las filas, hasta detenerse frente a Gonzo, que aunque presumía de ser alto, al lado del soldado parecía un pigmeo.
—Gonzalo González, doce años, ¿verdad? —el señor Petrus examinó con desprecio al principal bromista de la escuela—. Treinta y ocho retardos, faltas abundantes, insultos al profesorado, acoso escolar, faltas sin justificar, mal aliento. ¡Eso se acabó! Una travesura más y recibirás el castigo extremo de Ryu. ¿Entendiste?

—Sí, pero ¿cuál es el dichoso castigo extremo? —se atrevió a preguntar Gonzalo, que no temía ni a la Virgen y a sus mil querubines.
—Créeme, no querrás conocer los detalles —fue la extraña respuesta del señor Petrus—. Todos los alumnos estarán vigilados a partir de hoy, ¿entendido?
Su voz era tan potente que no necesitaba micrófono.
—¡Pregunté que si entendieron! —vociferó.
Dijimos que sí. El profe Pestecabeza sonrió, nunca lo había visto tan aliviado.
Tal vez algunos lectores ya estén apostando que el señor Petrus va a ser el villano de esta historia, pero debo aclarar que, aunque era tan malo como pegarle a un perrito bebé, hay alguien mucho más perverso en este relato, pero faltan algunos capítulos para que aparezca, así que no nos adelantemos.
Al día siguiente, muchos alumnos esperábamos ver soldados en los pasillos de la escuela, en los salones, tal vez hasta en la tiendita de la cooperativa, todos revisando que nos portáramos como angelitos. Pero las cosas se veían normal, lo único distinto era que, en el letrero del colegio, había un adhesivo amarillo con un símbolo triangular y dentro un gran ojo que anunciaba: centro educativo monitoreado por ryu.
¿Qué quería decir con eso? ¿Serían ciertas las amenazas del señor Petrus? ¿Y cuál era el dichoso castigo extremo? Para salir de dudas sólo necesitábamos que alguien cometiera una travesura, y claro, sucedió.
Ocurrió en mi salón. Esa semana hacíamos el ejercicio del huevito, la típica lección de responsabilidad: cada compañero tenía que adoptar un huevito, bautizarlo, llevarlo a la escuela, a la casa, y todo sin que se rompiera. Ése era el día de la evaluación y la maestra estaba revisando la mesa con la granja de nuestros “hijos-huevos”. Algunas niñas habían hecho hasta ropita, una manta o una casa a su respectiva criatura. Entonces se abrió la puerta y entró el profe Pestecabeza… digo, el director.
—Buenos días, jóvenes —saludó de buen humor.
La maestra ordenó que ocupáramos nuestro lugar.
—No se preocupen, no les quitaré mucho tiempo —aseguró el director—. Sólo vengo a saludar y a recordarles que la empresa Ryu ya se encuentra en operación. Les recomiendo que se porten bien y se dediquen a estudiar; si lo hacen, no les va a pasar nada.
Pero en ese salón de clase, a esa hora, se habían juntado dos elementos que ningún travieso podía dejar pasar:
Huevitos + el director = una travesura memorable.
—¿Tienen alguna pregunta? —inquirió el profe Pestecabeza.
Gonzo levantó la mano.
—¿Ryu siempre castiga? Pero ¿qué pasa si vengo camino a la escuela y me atropella un camión y por eso no llego? ¿Me castigarían de todos modos? ¿Y si, en la clase de deporte, sin querer, le pego a alguien con la pelota? ¿Me van a dar latigazos?
—A ver, una cosa a la vez —pidió el director y se aproximó a la silla que estaba al frente—. Los castigos son razonables, no son unos bárbaros; además, todo está contemplado en el reglamento…
En ese momento se escuchó un “¡crac!”, seguido por un “¡splush!”. Nos quedamos helados al ver que los ruidos provenían de abajo del director. Y al ver el líquido viscoso, entendimos. Alguien puso unos huevitos debajo del cojín de la silla. El profe Pestecabeza se levantó de inmediato pero se le quedó una fea mancha de huevo en el trasero y los zapatos batidos con yemas y claras.
Algunas niñas gritaron: “Mi hijito”. La maestra estaba azorada, y claro, las risas infantiles estallaron. Gonzo era el que más reía.
—¿Quién fue? —exclamó el profesor Pestecabeza.
Obviamente nadie levantó la mano.
—Ya daremos con el culpable —aseguró mientras intentaba limpiarse con una chambrita de uno de los huevitos.
Yo creí que en ese momento iba a entrar el señor Petrus y nos interrogaría, como en las películas de militares, pero no. El director salió del salón a toda prisa y la maestra dio por cancelado el ejercicio de responsabilidad.
—Por favor, dejen de reírse —pidió preocupada.
Y unas horas más tarde sucedió. El niño Gonzalo González, el famoso Gonzo, desapareció.

CAPÍTULO 2
Un niño simple
Se dijeron muchas cosas: que a la salida de la escuela Gonzo se encontró con el señor Petrus y se lo llevó encadenado; también que, de camino a su casa, unos hombres de negro (ya saben, los que ocultan huellas de extraterrestres) metieron a Gonzo a un carro con vidrios polarizados. Pero el asunto es que se esfumó.
El más asustado era su mejor amigo, Plutarco.
—De verdad desapareció —murmuró en el salón, un par de días después—. Llamé a su casa y nadie contesta. Esto no es normal.
—Hay que hablar con el profe Pestecabeza —sugirió otro amigo.
Pero no hizo falta, porque el mismo director, en la formación del día siguiente, aclaró frente a todos:
—Como seguro ya se dieron cuenta, uno de sus compañeros fue castigado por la compañía Ryu. Recuerden, a cualquiera que cometa una falta le pasará lo mismo. Todos los padres ya están informados, y de momento están de acuerdo.
Plutarco levantó la mano.
—Pero ¿a dónde se llevaron a Gonzo? —la voz tembló un poco—. ¿Cómo lo van a castigar? ¿Cuándo vuelve?
—No se preocupen por eso, su compañero estará bien —aseguró el director—. Ustedes concéntrense en seguir las reglas y en portarse bien. Aprendan a Dino.
Entonces sucedió algo muy bochornoso: todos, niños y niñas de la Escuela Primaria Pública 34 de Llano Seco voltearon a verme. Sí, a mí, Dino. Fue muy incómodo porque nadie, nunca, me ponía demasiada atención. Por cierto, ¡qué modales! Voy en el segundo capítulo y ni siquiera me he presentado.
Y no hay mucho que decir, me llamo Dino Duarte e iba en el mismo grupo que Gonzo (sexto B) y yo era lo contrario a él. No me gustaban las travesuras, ni llamar la atención. Siempre fui un niño simple, tan simple como un pan sin sal, como una noche sin luna, como la “h” muda. Nunca en mi vida había destacado en nada, ni para bien ni para mal. No me gustaba levantar la mano en clase para responder (aunque fuera el único que conociera la respuesta), ni ofrecerme a borrar el pizarrón. Vaya, un pedazo de piedra era más interesante que yo. Y no era un trauma o algo así, siempre fui un niño simple, aburrido y feliz. Sí, feliz… ¡me encantaba ser así! Ser aburrido era la mayor de mis cualidades.
Era una tradición familiar. Elías y Norma, mis padres, siempre me enseñaron el valor de la discreción, la limpieza y la rutina. Todos los jueves comíamos picadillo, y los lunes, pollo con papas (tenían que ser papas, y tres) y a diario gelatina de limón (jamás otro sabor o cambiar a flan, ¡eso sería demasiado!). Todo estaba ordenado, con un horario estricto, me dejaban ver una hora de televisión al día, y podía elegir entre dibujos animados o una serie antigua, y debía irme a dormir a las 9 en punto, que era cuando mi papá preguntaba, siempre:
—¿Todo bien? ¿Hiciste tus cosas?
Por “cosas” quería decir si había hecho la tarea, lavarme los dientes, meter la ropa sucia al cesto, sacar la basura.
—Sí, ya —respondía.
—Bien.
Esta conversación de ocho palabras la repetíamos a diario. No había que agregar nada más. Era otra de las enseñanzas de mis padres: si no había necesidad de gastar saliva para decir algo interesante o urgente, lo mejor era guardar silencio. Ellos mismos conversaban poco, supongo que también porque volvían cansados de la fábrica de tuercas y tornillos donde trabajaban.
—La rutina es seguridad y la seguridad es importante —fue el discurso más largo que le escuché decir a mi mamá.
Así que nunca me metía en problemas, cumplía con las tareas, llegaba a tiempo, obedecía a los maestros, en el recreo comía un sándwich de jamón (siempre con dos rebanadas, ni una más, ni una menos) y luego compraba un paquete de papas fritas, y me las iba a comer a una banca del fondo del patio, en silencio, solo y feliz, sin que nadie me hiciera caso. Y la verdad es que eso me parecía perfecto.
Así que cuando el director me señaló como el ejemplo del alumno bien portado, me asusté, porque no hay nada que odien más los traviesos que les pongan de ejemplo al ñoño de la escuela. Los maestros no se dan cuenta de que es como arrojar a una oveja a los lobos. Imaginé que a partir de ese momento me llegarían insultos, zancadillas, trampas para ratones (con ratones). Pero nada de esto pasó gracias a que todos temían a la misteriosa empresa Ryu. Aunque odiaban mi ñoña existencia, nadie quiso arriesgarse y desaparecer como Gonzo.
Tal vez algunos lectores imaginen que esta historia podría terminar aquí: una escuela de niños traviesos recibe una lección, y a partir de entonces son obligados a imitar al niño más simple y aburrido de la escuela. Fin.
Pero esto apenas comienza (¡es el capítulo dos!) y alguien estaba por llegar a la escuela y a muchos les iba a cambiar la vida.
Sobre todo a mí.


CAPÍTULO 3
Una capitalina
En las escuelas un chisme suele durar desde un día hasta una semana, pero si el chisme está de verdad sabroso, no hay tiempo límite. Habíamos cumplido un mes desde la desaparición de Gonzo y el chisme seguía fresco. El amigo de un primo de alguien de quinto año dijo que vio a Gonzo en la calle, pero sin ojos ni lengua, pidiendo limosna (¡se había vuelto una leyenda de terror!). Pero de pronto, sin que nadie lo esperara, un nuevo tema acaparó todas las conversaciones de la Escuela Primaria Pública 34, se trataba de una niña llamada Rina Rico.
Siempre es novedad cuando llega un alumno nuevo. En automático pasa por el “sistema de catalogación”. Todos, con mirada de escáner, analizamos al recién llegado y se le integra con su especie. Sé que suena algo feo, como si se tratara de un zoológico, pero en mi escuela era así y había muchas especies: la de los “deportistas”, la de las “niñas bonitas”, los “niños marca”, los “estudiositos”, los “traviesos” (donde estaba Gonzo), los “invisibles” (a la cual yo pertenecía) y la de los “chismosos” (ahí entrábamos todos, ¿a quién no le gusta un buen chisme?).
Pero en la Escuela Primaria Pública 34 de la ciudad de Llano Seco nunca se había visto a una niña como Rina Rico. Decían que venía de la capital, tal vez por eso usaba boinas, botas con remaches, y en las manos, anillos y pulseras con cuarzos. Tenía un acento muy curioso y decía frases como: “Eso está ultraboom” si algo le gustaba, o al contrario: “¡Qué ultraflat!”, además de palabritas en francés que nadie entendía.
¿En qué especie ponerla? ¿En la de las niñas bonitas? Pues no, Rina no era tan guapa como Eleuteria de sexto B, ni tampoco tan fea e invisible como Dana de sexto A (tenían los nombres al revés, como para compensar). Tampoco preguntó por tareas atrasadas (eso la hubiera colocado con los estudiosos), ni se inscribió al equipo de voleibol o fut femenil, como las deportistas. En realidad, Rina no mostraba interés en integrarse a ninguna especie. Le gustaba hablar, pero no con los compañeros, sino con los maestros, a los que tuteaba; hasta al director, al profe Pestecabeza, lo saludaba como si fuera su amigo: “¿Cómo estás, Lorenzo? Hoy te ves estupendo”.
Rina Rico tenía su propia especie: la de los ultraboom, y muchas niñas de la escuela morían de ganas por ser parte de ese club, pero no se atrevían ni a hablarle. “¿Y si no somos lo suficientemente modernas?”, escuché que dijo una en clase.
—¿Están hablando sin permiso? —preguntó la maestra.
Las niñas, aterrorizadas, guardaron silencio, ¡no querían recibir un castigo de Ryu! Pero esa misma semana algunas empezaron a imitar a Rina, desde la manera de caminar, hasta su forma de hablar; se quitaron las pulseritas de plástico o diademas demasiado infantiles, aunque fue muy difícil encontrar joyas de cuarzo en la ciudad de Llano Seco, así que se conformaron con hacerse joyería con trocitos de vidrio.
Mientras, el efecto con los niños fue aún más devastador. El 90% se enamoró perdidamente de Rina Rico y comenzaron a dejarle en su pupitre cartitas y papelitos con mensajes de amor, pero Rina, despistada o indiferente, los hacía a un lado.
—¿Eso es basura fuera de su lugar? —preguntaba la maestra.
Y los pretendientes, con susto, corrían a levantar sus cartitas sin abrir.
Desesperados, los niños idearon otra manera de llamar la atención de Rina, y lo hicieron según su especie. Por ejemplo: los deportistas se pusieron a hacer dominadas de balón. Los estudiosos se colocaron sus “medallas de aprovechamiento”, esperando, no sé, que Rina se acercara para felicitarlos o pedirles ayuda para una tarea. Los niños marca se vistieron con sus mejores tenis, relojes, parecían un catálogo de tienda. Y hasta los traviesos ¡se atrevieron a entrar de nuevo en acción!
Esa semana estallaron tres bombas de peste, de las que sueltan humo y un olor a podrido que dan ganas de vomitar por la nariz. Una bomba se activó en el baño de las niñas, otra en el gimnasio y una más en la sala por la dirección. Decían que había sido Plutarco, el mejor amigo de Gonzo, que había enloquecido de amor por Rina y estaba tan desesperado por atraer su atención que no le importó recibir el castigo extremo.
Mientras tanto, yo seguía con mi rutina de siempre: comía picadillo los jueves, pollo los lunes, intercambiaba las ocho palabras diarias con mi papá, veía una hora de tele, almorzaba en el recreo mi sándwich y una bolsa de papitas, y así tenía planeado hacerlo por siempre jamás, hasta que escuché esa voz, cuando estaba en la banca del patio.
—¿Me das papas?
Levanté la vista y vi que se trataba de una niña. No estaba acostumbrado a que nadie me hablara, así que el corazón me dio de pataditas de nervios. Durante cinco segundos pensé en varias posibilidades: negarme, empujarla y salir corriendo, pero nunca me ha gustado la violencia; aunque si le daba papas, sería peor, porque la pedigüeña me buscaría todos los días para lo mismo. Seríamos como amigos de papas y luego me pediría la tarea, un lápiz, un riñón para trasplante. Me fijé en la bolsita, quedaban dos papas, rápidamente me las comí.
—Perdón, ya no me quedan —dije con alivio.
Fin, asunto resuelto, respiré. Lo había conseguido.
—No te preocupes, yo tengo jícama, por si quieres —la niña se sentó a mi lado, sacando un recipiente—. ¿A dónde vas?
Estaba de pie. Me había levantado en automático.
—Al baño —expliqué.
—Acabo de pasar por el de hombres y está cerrado —explicó la niña—. Lo están limpiando. ¿O te urge tanto como para ir a un arbolito?
Me puse muy rojo, ¡no iba a hablar con ella de mis ganas de hacer pis! ¿Y un arbolito? Ni que fuera perro.
—¿Te llamas Dino, nada más? —preguntó mientras comía jícama.

La miré, desconcertado. La niña explicó:
—Tal vez te llamas Juan Dinosaurio y por eso te dicen Dino. Puede ser. Una vez conocí a unos hermanos que se llamaban Hipoclorito y Bismuto, les decían Hipo y Bismu, creo que sus papás eran químicos. ¿En serio no quieres jícama? También traigo semillas de girasol, ¿las has probado?
Hablaba como a mil por hora y me costaba concentrarme en lo que decía.
—Sólo soy Dino —respondí.
Estaba a punto de irme, ya era demasiada plática con una desconocida por ese día, por la semana, ¡y por el año!, pero fue cuando la niña dijo algo que casi provoca el primer infarto infantil registrado en Llano Seco.
—Oye, Dino, me gustas.
Abrí los ojos y la boca, y creo que hasta el cerebelo. Quedé petrificado.
—Bueno, medio-medio —siguió la niña —. Es que eres medio guapo y medio feo, eres lo que se conoce como un guapifeo. Mi anterior novio era guapifeo, conozco súper bien a los de tu tipo.
—Seguro ya están limpios los baños —dije sin más y crucé el patio a toda prisa, sin darme la vuelta.
—¡Espera! —oí que gritó la niña—. No te he dicho mi nombre.
No era necesario, yo ya lo sabía: era la nueva, era Rina Rico.

CAPÍTULO 4
Un momento guapifeo
La famosa Rina Rico me había hablado, y no sólo eso, yo le gustaba. ¡Uff! No sabía qué pensar. Ese día cuando llegué a mi casa, me miré en el espejo. ¿Guapifeo? No entendía, sólo vi una nariz sin chiste (un poco grande), unos ojos cafés y más bien pequeños, lentes de nerd, labios medianos; tal vez lo único que me distinguía eran los hoyuelos en las mejillas que aparecían las raras ocasiones en que sonreía. Lo demás, vamos, se veía muy normalito.
Debía ser una pequeña broma, pensé. Rina lo hizo para divertirse, seguro a los dos minutos de hablar conmigo me olvidó y siguió a otra cosa.
Pero al día siguiente Rina me esperaba en la entrada de la escuela.
—Hola, Dino, ¿cómo estás? ¿También vas a comer papitas hoy? Oye, ¿cómo te fue con la tarea de español?
Ahí estaba, otra vez, y no parecía estar bromeando. Entre balbuceos dije que tenía cosas que hacer y salí corriendo, pero unos minutos después, en el salón, Rina se me volvió a acercar:
—Oye, Dino, adivina, supe que vivimos por el mismo lado de Llano Seco. Deberíamos irnos juntos a la salida. ¿Cómo ves?
Se hizo un silencio muy extraño en el salón. Y es que todas las especies escolares: niñas bonitas, deportis
