La conquista de México Tenochtitlan

Sofía Guadarrama Collado

Fragmento

La Conquista de México Tenochtitlan

1

8 DE NOVIEMBRE DE 1519

Motecuzoma Shocoyotzin no sonríe al pasar, cargado en fastuosas andas, por la calzada de Iztapalapan, la cual los macehualtin1 comenzaron a barrer desde la madrugada y donde luego colocaron la majestuosa alfombra de algodón por la cual el tlatoani está transitando en este momento en compañía de Cacama, tecutli2 de Teshcuco; Totoquihuatzin, tecutli de Tlacopan3; Cuauhtláhuac4, tecutli de Iztapalapan; el joven Cuauhtémoc; e Itzcuauhtzin, señor de Tlatelolco; y más de doscientos pipiltin, que llevan sus cabelleras largas atadas sobre la coronilla con una cinta roja, todos descalzos, en silencio, sin mirar a nadie. Miles de hombres, mujeres, niños y ancianos —en la calzada, en las canoas, en las azoteas y en las calles— yacen arrodillados, con las frentes y manos tocando el piso, ya que está prohibido ver al huey tlatoani. Ya casi nadie recuerda su rostro, ése que muchos miraron apenas hace dieciséis años; los más jóvenes ni siquiera lo conocen.

Al final de la calzada se encuentran esos hombres de los que tanto se ha hablado en los últimos años, esos hombres barbados, cubiertos de atuendos que parecen de oro sucio y opaco. Es verdad que tienen venados tan grandes como las casas y que no huyen de la gente; entienden el idioma de los barbudos y obedecen; exhalan con tanta fuerza que parece que se tratara de un fuerte y breve chorro de agua de las cascadas. Sus pasos son ruidosos, como golpes de palos huecos. Vienen caminando hacia el huey tlatoani. Son cuatrocientos cincuenta hombres blancos y aproximadamente seis mil soldados tlashcaltecas, cholultecas, hueshotzincas y totonacas.

Se escucha un trueno, es un estruendo ensordecedor que espanta a los miles de macehualtin arrodillados; un estallido salido de una de las cerbatanas de fuego que traen los hombres barbados. Sólo Motecuzoma y los pipiltin (nobles) han visto asustados el humo y el fuego extendiéndose rápidamente, imposibilitando ver de lejos. La gente no se ha atrevido a levantar la cabeza. Aunque sólo unos cuantos meshícas han visto esos palos de fuego, como le llaman algunos, todos los demás saben que cuando se escucha el trueno alguien cae muerto con la cabeza o el pecho despedazados. Lo saben porque de eso se ha hablado en todos los pueblos y en todas las casas desde hace muchos días. Los barbudos se han apoderado de varios pueblos de las costas y otros tantos cerca de Meshíco Tenochtítlan, utilizando estas trompetas de fuego, como las nombran otros.

En cuanto Motecuzoma baja de sus andas, ayudado por Cacama, tecutli de Teshcuco y Totoquihuatzin, tecutli de Tlacopan, se advierten sus sandalias decoradas con teocuítlatl, (oro) y piedras preciosas, y unas correas que cruzan en forma de equis por sus pantorrillas. Cuatro miembros de la nobleza sostienen las cuatro patas del palio rojo, decorado con plumas verdes, oro, iztac teocuítlatl (plata), chalchihuites y perlas, que evita que al huey tlatoani lo incomoden los rayos del sol. Motecuzoma, Cacama y Totoquihuatzin tienen en sus cabezas las tiaras de oro y de pedrería que los distinguen como señores de la Triple Alianza, y visten exquisitos trajes de algodón anudados sobre el hombro izquierdo.

Los extranjeros bajan de sus grandes venados y caminan hacia el tlatoani. Hay mucho silencio. Se miran a los ojos con gran asombro. Motecuzoma, Cacama y Totoquihuatzin —cumpliendo con el saludo ceremonial— se arrodillan ante los hombres blancos, toman tierra con los dedos y se la llevan a los labios.

Un hombre que trae un cuchillo muy largo, fino y delgado, de un metal parecido a la plata, atado a la cintura, se quita el casco de metal, lo pone cerca de su pecho, sonríe, agacha la cabeza y comienza a hablar frente al huey tlatoani. Su lengua es incomprensible. Otro hombre habla segundos después, pero en lengua maya. Luego una niña, de aproximadamente quince años, que viene con los barbados, pero que no es como ellos, sino que tiene la cara y la piel como todas las que viven en Meshíco Tenochtítlan, tan hermosa como cualquier doncella, camina junto a los que vienen al frente; se acerca al huey tlatoani, sin mirarlo, se arrodilla, pone su frente y sus manos en el piso y pide permiso para hablar.

Motecuzoma ha sido muy bien informado en los últimos años. Sabe que al hombre que viene al mando del invencible ejército que llegó del mar, en todos los pueblos, le llaman Malinche (dueño de Malintzin5), y deduce que esa niña que camina junto a él es la niña Malina Tenépatl, esclava y lengua del señor de barbas largas.

—Mi tecutli Hernando Cortés, capitán de la tropa española enviada por el tlatoani Carlos de España —habla la niña Malina—, dice que se alegra mucho de que por fin puede ver a tan grande señor, y que se siente honrado de que usted le permita conocerlo. También le agradece todos los regalos que le ha enviado desde su llegada.

Malinche se aproxima con una confianza que hasta el momento nadie se ha permitido (Motecuzoma percibe un hedor desconocido) y extiende los brazos hacia el frente. «¿Qué está haciendo?», se preguntan rápidamente todos los miembros de la nobleza. «¿Cómo se atreve?». Cuauhtláhuac y Cacama se apresuran para interceptar al hombre blanco —y también se percatan de su mal olor—, lo toman de las manos y le dicen que está prohibido tocar al huey tlatoani. Los hombres que acompañan a Malinche se alteran y apuntan con sus cerbatanas de fuego. Se escuchan rumores. El tecutli6 Malinche alza las manos, da un paso hacia atrás y habla, pero no se le entiende. Entonces el otro hombre traduce a la lengua maya y la niña Malina, al náhuatl.

—Mi señor Hernando Cortés quiere hacerle un regalo. —La niña mira directamente a los ojos del huey tlatoani.

Motecuzoma voltea a ver a Cacama y a Totoquihuatzin.

—Niña —Cacama la regaña—, cada vez que te dirijas al huey tlatoani Motecuzoma debes hacerlo de esta manera: Tlatoani7, notlatocatzin, huey tlatoani: «Señor, señor mío, gran señor».

Con humildad la niña Malina agacha la cabeza y responde que así lo hará. El tecutli Malinche le pregunta qué le han dicho y ella le informa lo ocurrido. Entonces, él se arrodilla ante el huey tlatoani y todo su séquito lo imita.

—Señor, señor mío, gran señor —dice Malinche sin levantar la cabeza.

—Dile que ya se puede poner de pie —dice Motecuzoma a Malintzin, quien a su vez traduce en lengua maya al otro hombre, al que llaman Jeimo8, que conoce la lengua de los barbados.

En cuanto Malinche se pone de pie, se quita un collar de margaritas y diamantes de vidrio que trae puesto y se lo ofrece a Motecuzoma. Cuauhtláhuac y Cacama se disponen a detenerlo, pero en esta segunda ocasión, Motecuzoma les ordena que no intervengan. Malinche se acerca al tlatoani y le pone el collar.

—Tráiganle dos collares de regalo —dice en voz baja Motecuzoma, sin quitar la mirada del hombre blanco.

Minutos después, uno de los hombres de la nobleza se acerca con dos collares hechos de piezas de conchas rosadas y con unos pendientes de oro con forma de camarones. Se los entregan a Cacama, quien se prepara para entregarlos a Malinche.

—Espera —dice Motecuzoma muy sereno—. Yo se lo daré.

Cacama, Totoquihuatzin, Cuauhtláhuac y el resto de la nobleza no pueden creer que el huey tlatoani esté dispuesto a tener contacto con los extranjeros. Motecuzoma camina lentamente hacia Malinche y le pone el collar.

—Sean todos ustedes bienvenidos a esta su casa —dice Motecuzoma.

Cuauhtláhuac avanza al frente, se arrodilla, toca la tierra con los dedos y se lleva un poco a los labios. Se pone de pie y vuelve a su lugar. El acto lo repite cada uno de los miembros de la nobleza. Sólo se escuchan los ruidos que hacen los venados gigantes con sus hocicos y sus patas, el graznido de las aves acuáticas, el trino de los pajarillos, el arrullo de las tórtolas y el agua inquieta en el lago.

—Cuauhtláhuac, acompaña al tecutli Malinche —ordena Motecuzoma.

Aunque no está de acuerdo, Cuauhtláhuac agacha la cabeza y camina hacia Malinche, lo toma del brazo y espera a que Motecuzoma suba a sus andas. En cuanto comienzan a caminar, se escuchan los gruesos graznidos de las caracolas, el retumbo de los teponashtles, el silbido de las flautas y las sonajas. La gente, como en tiempos pasados, cuando Motecuzoma volvía victorioso de las guerras, les entrega girasoles, magnolias, flores de maíz tostado, flores de tabaco amarillas, flores de cacao. Cuelga en los cuellos de los hombres barbados collares de guirnaldas y adornos de oro. Muchos de los extranjeros se muestran a la defensiva ante los regalos de los macehualtin. Alzan sus armas y apuntan con sus arcos de metal. Meshíco Tenochtítlan, de quince kilómetros cuadrados, tiene doscientos mil habitantes. Todos observan curiosos —desde las azoteas, las canoas en los canales y las copas de los árboles— las armas extrañas de esos hombres, sus venados gigantes, sus barbas largas, sus trajes de plata opaca y sus perros llenos de pelo, pues los de estas tierras apenas si tienen pelambres en la frente y el pecho.

Adelante va un grueso contingente de danzantes. Los siguen los sacerdotes —con las orejas saturadas de heridas por el autosacrificio— que echan incienso hacia los lados; luego vienen los capitanes veteranos con sus trajes de águila y jaguar, y sus macahuitles9 y escudos en cada mano. Otros traen arcos y flechas. Después avanzan los venados gigantes, moviendo sus cabezas de izquierda a derecha, defecando al mismo tiempo que caminan. Una docena de hombres barbados detienen con sus correas a los perros, que ladran exaltados, olfatean, vuelven a ladrar, orinan y vuelven a ladrar.

La gente se pregunta qué significa lo que está dibujado en el estandarte que carga sobre los hombros uno de los extranjeros.

Siguen más venados gigantes y los niños ríen al escuchar las exhalaciones que suenan como chorros de agua. Los extranjeros cargan tantas cosas que parece que trajeran cascabeles de metal. Luego marchan decenas de hombres con más arcos de metal y cerbatanas de fuego.

Hasta el final entra el tecutli Malinche con los capitanes que lo protegen; cientos de guerreros —con sus atuendos de guerra, macahuitles, arcos, flechas, cerbatanas, lanzas y escudos— de Tlashcálan, Tepóztlan, Tliliuhquitépec, Hueshotzinco, Cempoala y Cholólan10. Cantan orgullosos porque han logrado entrar a la ciudad de Meshíco Tenochtítlan, un lugar que para algunos de ellos había estado prohibido por años.

A ellos, los tenoshcas no les dan muestras de bienvenida. La celebración se extingue rápidamente. Cuauhtláhuac los guía hasta un muro de piedra gruesa, con pilares que resguardan el palacio de Ashayácatl, conocido por todos como Las Casas Viejas —ubicado en el lado oeste del recinto sagrado y construido por el abuelo de Motecuzoma Shocoyotzin, el tlatoani Motecuzoma Ilhuicamina, cincuenta años atrás, y remodelado por su padre, el tlatoani Ashayácatl—. En la parte del centro tiene dos pisos y cuatro construcciones exteriores de uno.

—Aquí es. —Cuauhtláhuac señala la entrada del palacio de Ashayácatl.

Pero Malinche no le pone atención. Está impresionado con el majestuoso teocali que se ve al fondo. Aunque está bastante lejos, resalta sobre los demás edificios.

—Es el Coatépetl, el Monte Sagrado —explica la niña Malina—. Está dedicado a Huitzilopochtli, dios de la guerra, y a Tláloc, dios del agua.

Malinche quiere ir a ver el edificio que vio desde que estaba a punto de entrar a la ciudad. Entonces, la niña Malina le expresa a Cuauhtláhuac los deseos de su dueño.

—Motecuzoma los está esperando —dice Cuauhtláhuac, ignorando lo que acaba de escuchar.

Al entrar, Malinche y sus hombres cruzan un amplio patio hasta llegar a la sala principal donde ya se encuentran Motecuzoma y el resto de la nobleza.

—Siéntate aquí —el tlatoani toma a Malinche de la mano y lo guía hasta el asiento real.

Todos los miembros de la nobleza están asombrados al ver lo que hace el huey tlatoani.

—Ésta es tu casa —dice Motecuzoma mirándolo directamente a los ojos—, come y descansa. Este palacio puede albergar a más de doscientos hombres. He dado instrucciones para que los miembros de la nobleza los atiendan como se merecen. Volveré después para hablar contigo. —Sale, para dirigirse a su palacio.


1 Macehualtin es el plural de macehualli y significa «plebeyo, siervo, peón».

2 Tecutli quiere decir «señor, gobernante».

3 Actualmente Tacuba.

4 Cuauhtláhuac o «Águila sobre el agua» era el nombre real de Cuitláhuac, pero Malintzin al traducirlo a los españoles cambió su pronunciación.

5 Sobre el significado de Malintzin hay muchas versiones. Una de ellas dice que fue bautizada como Marina, pero como en náhuatl no existía la letra r, pronunciaban el nombre como Malina, por lo que al agregarle la terminación -tzin, que en náhuatl es un sufijo que indica respeto o cariño, se le llamaba Malintzin. Otra versión cuenta que Malinalli era su nombre en náhuatl, que significa «hierba seca», y que simplemente se le llamaba Malintzin en forma de respeto. Otra más cuenta que Mali en náhuatl significa «cautivo», que unido a -tzin, Malintzin, era «venerable cautiva». Una más asegura que deriva de Malinalli, nombre del decimosegundo día del mes mexica, y que por ser nombre propio, se podían suprimir las últimas dos letras, li, quedando como Malinal.

6 Los españoles confundieron la palabra tecutli —que significa «señor», y en cuya fonética el sonido de cu casi no se escuchaba o no se entendía para el oído castellano, sonando como u— con la palabra teul. Al preguntar por el significado de la palabra teul, los mexicas que les dieron la traducción creyeron que se trataba de teotl, que designa a un dios. Entonces los conquistadores creyeron que los nativos los habían confundido con dioses y escribieron en sus crónicas que los llamaban teules, lo cual es completamente falso, pues cuando ellos llegaron Motecuzoma y todos los mexicas ya sabían que no eran dioses.

7 Tlatoani quiere decir «el que sabe hablar».

8 Jerónimo de Aguilar.

9 El macáhuitl era una macana o garrote de madera que tenía unas cuchillas de obsidiana —vidrio volcánico— finamente cortadas; tenía el mismo uso que una espada.

10 Cholólan o «Chollollan: agua que cae en el lugar de huida» es la actual Cholula, que se ubica a siete kilómetros de la ciudad de Puebla.

La Conquista de México Tenochtitlan

2

Contaba mi padre Ashayácatl que cuando yo nací, en el calpuli (barrio) de Aticpac, en el año Uno Caña (1467), mi tío abuelo, Tlacaélel, el cihuacóatl (supremo sacerdote), hombre de sesenta y nueve años, me observó en brazos de mi madre por unos minutos, en silencio, y sin acercarse dijo: «Tú serás tlatoani».

Crecí sabiendo que era uno de los probables sucesores de mi padre. No sabía aún quién le seguiría en el puesto, pero mi tío abuelo, el gran cihuacóatl Tlacaélel, se encargó de educarme con mano dura siempre que tuvo oportunidad. No hubo día en mi infancia —si se cruzaba en mi camino— en el que él no me corrigiera. Su comportamiento autoritario me hizo pasar muy malos ratos. Jamás me permitió hacer berrinches ni responder de forma insolente a mis mayores.

Mi padre también fue muy estricto. No recuerdo el día exacto, pero lo que no puedo olvidar fue la primera vez que me castigó. Si cierro los ojos puedo ver su mano acercándose a mi boca. En la otra tenía un punzón, que se veía enorme. Tragué saliva cuando sentí sus dedos ásperos en mi labio inferior. Lo jaló hacia afuera y sin advertencia lo perforó.

—Nunca debes mentir —me dijo al mismo tiempo que giraba su mano de derecha a izquierda para que el punzón perforara mi labio.

Mucho después mi madre me contó que tenía cinco años de edad.

En mi mente había un solo pensamiento: «Te odio».

Tenía los brazos extendidos hacia abajo, apretando mis muslos con las manos.

—No llores —ordenó mi padre, como siempre lo hacía, con mirada inflexible.

Nunca lloraba. Enterré las uñas en mis muslos cuando sentí la segunda perforación. Cerré los ojos para no ver las enormes manos de mi padre, y también para no ver a mi madre, para que su llanto no me contagiara, para no pensar en lo que me estaba ocurriendo.

«Te odio».

Luego sentí la tercera perforación. Continuaba con los ojos cerrados. No quería ver el rostro de mi padre.

—Que no se repita —dijo mi padre tras sacar el punzón de mi labio, y luego ordenó—: abre los ojos.

Obedecí.

—Esto es para que aprendas que no debes mentir. Jamás. —Me apuntó al rostro con el dedo índice. Sus ojos estaban tan abiertos que parecía que se le iban a salir—. Por ninguna razón. —Me dio la espalda y se fue.

Me llevé la mano a la boca y respiré profundo para no llorar. Era otra de las reglas que mi padre me había impuesto. No llorar. Por nada. Jamás. Ya antes me había castigado con azotes o golpes. Incluso me había dejado largas horas encerrado.

Mi madre pensó que dejé de llorar en cuando empecé a caminar. Aprendí que no llorar equivalía a no mostrar mis sentimientos, que a fin de cuentas era lo mismo que mentir. Supuse que mentir estaba permitido. Y sin comprenderlo comencé con una mentira ligera, luego con otra. Eran mentiras para eludir la culpa por alguna travesura. Hasta que mi padre me descubrió, me castigó perforándome el labio inferior, y me dejó solo con mi dolor. De pronto vi la palma de mi mano teñida de rojo. Fue la primera vez que vi sangre. Mi sangre escurriendo desde mi boca hasta mi pecho. Sentí su sabor y me gustó.

Imposible olvidar mi infancia. Imposible ignorarla. No entendía porque los niños teníamos tantas obligaciones y castigos. El día que mi padre nos avisó a mis hermanos y a mí que seríamos entregados a los sacerdotes para que nos educaran sonreí: creí que me había liberado de mi padre, quien no preguntó por mi alegría. Seguro pensó que se debía a un interés por mi educación.

Mis hermanos y yo salíamos a jugar con otros niños: primos y vecinos. Nos correteábamos unos a otros con palos de madera, simulando ser guerreros. Algunos teníamos caparazones de tortugas que utilizábamos como escudos. Hacíamos pequeñas lanzas con las ramas de los árboles y luego nos las aventábamos. Corríamos a veces hasta la orilla del lago y si alguien nos daba permiso, nos escondíamos en las canoas. Desde entonces fui mandón. Por lo mismo siempre era el capitán, aunque fuese un juego. Premiaba a los que demostraban su valor y a los cobardes los castigaba o los expulsaba.

La guerra era un juego.

Ninguno de nosotros sabía lo que nos esperaba a partir del día siguiente.

—Van a enseñarnos a ser guerreros —dijo uno de mis primos.

Me fui a dormir esa noche imaginando que nunca más volvería a ver a mi padre, que mi vida cambiaría a partir de entonces. Y cambió. Cambió por completo.

Al amanecer mi padre habló conmigo. Ignoré su largo discurso. Sé que decía algo sobre la obediencia y nuestro futuro. Hubo una despedida solemne antes de entrar a una de las pequeñas aulas. No sabía que volvería a casa y que seguiría mi vida con mi padre. Sonreía. Lo único que me interesaba era alejarme de los castigos. Todos los niños corríamos llenos de alegría. Nadie le dio importancia a la llegada de uno de los sacerdotes. Sólo algunos obedecieron al primer llamado de atención. Luego ingresó otro sacerdote y dio un grito descomunal que provocó un silencio repentino. La desobediencia de un niño generó que los dos hombres fueran tras él. Lo arrastraron hasta el frente del cuarto pese a sus patadas y gritos. Uno de los sacerdotes sacó un punzón igual al que mi padre había utilizado para castigarme por haber mentido y se lo enterró en las costillas, una y otra vez. El niño lloró y le ordenaron que no lo hiciera, porque de lo contrario seguirían con el castigo.

La mirada del sacerdote me hizo recordar los ojos de mi padre. Apenas había llegado y sentía que ya no soportaba estar ahí. Observé en varias direcciones y encontré a mis compañeros con gestos llenos de terror. Era una desilusión comprender que la vida era así en todas partes. Que no sólo se trataba de nuestros padres. Que la educación era general. Miré con odio al sacerdote. Sus ojos me irritaban más que los piquetes que le propinaba al niño, que se esforzaba por no llorar. Me preguntaba por qué aquel niño no podía contener el llanto.

Esa noche nos llevaron a los teocalis para que aprendiéramos a orar mientras echábamos incienso a los dioses. Hacía mucho frío, era de madrugada. Estábamos casi desnudos. De mi nariz salía mucho líquido. Todo mi cuerpo temblaba. Los sacerdotes hacían oraciones al dios Huitzilopochtli mientras que los niños debíamos permanecer hincados, soportando el clima, el hambre y las diminutas piedras que se nos incrustaban en las rodillas.

—Tengo frío —me atreví a interrumpir la oración de los sacerdotes.

Las llamas en la fogata bailoteaban con el viento mientras una recua de hojas secas se deslizaba de un lado a otro del recinto sagrado, que entonces era mucho más pequeño que el actual. El sacerdote, que también estaba arrodillado, detuvo sus oraciones, bajó la cabeza y manos hasta la tierra y habló sin mirarme.

—Es para que valoren los privilegios que nos da el Sol.

—Tengo hambre —insistí.

—Sólo así le darán valor a lo que se llevan a la boca. Deben acostumbrarse a sufrir el hambre, el calor y el frío. De igual forma prepárense para los días calurosos, ya que tampoco podrán quejarse.

Al día siguiente muchos niños amanecimos enfermos, lo cual no sirvió para evadir nuestras responsabilidades. Nos dieron unos brebajes hechos con hierbas y nos sacaron al sol. Decían que la mejor cura para esa enfermedad era estar activos. Cinco días después estábamos completamente sanos. Mi odio hacia mi padre fue creciendo con el paso del tiempo. Creía que yo merecía un mejor destino, no me daba cuenta de que lo que mi padre hacía por nosotros era lo mejor. La educación era su mejor herencia. Pero nada de eso lo comprendía a esa edad.

Pronto fui acostumbrándome a las jornadas. Nunca más volví a enfermarme por pasar casi desnudo toda la noche frente al teocali de Huitzilopochtli. Mi cuerpo se acostumbró al poco alimento que recibía y mi mente a soportar el autosacrificio que debíamos hacer todos los días: perforarnos la lengua o los labios, o alguna otra parte del cuerpo. Aprendí a pescar, a sembrar, a cosechar, a barrer los teocalis. Aprendí las primeras enseñanzas sobre nuestra religión, como los demás niños, sin entender. Repetíamos y repetíamos sin interés, sin ganas de saber por qué estábamos ahí. La mayoría lo asumíamos como una obligación, un camino sin salida, sin comprender la religión desde su esencia.

Hasta los seis años de edad creí que mi padre había sido tlatoani desde siempre. Tampoco entendía mi situación. No me importaba. Nunca pregunté sobre la jura ni las fiestas que se hicieron. Tal vez porque no me interesaba la alegría de mi padre o cualquier cosa relacionada con él.

Mi primer encuentro con la muerte fue cuando tenía siete años. Estaba jugando con mis hermanos a la orilla del lago. Ellos corrieron al interior de la isla mientras yo me quedé observando a dos hombres que golpeaban a otro. Le perforaron el pecho con un cuchillo de obsidiana y huyeron sin percatarse de que los espiaba. Me quedé quieto detrás de un árbol. No sabía si debía callar o correr y avisar a mi padre o a alguien del gobierno. No sentía miedo. En verdad, no sentía miedo. Nunca he sabido qué es eso. No sé por qué. Cuando era niño me preguntaban si sentía miedo y yo no sabía qué responder porque no entendía el significado del miedo. Por eso no hice nada al ver a esos hombres. Por eso no sentí miedo al caminar hacia el hombre caído. No pude quitar la mirada de ese pecho lleno de sangre; tenía un color claro y brillante. Sentí deseos de tocarlo, de meter mis dedos en su herida. No lo hice. Contemplé su rostro inmóvil, sus ojos abiertos que parecían observar el horizonte. De pronto el hombre se movió e hizo un ruido con la garganta sin mover los labios. Sus ojos se dirigieron a mí. Tenía las manos sobre el pecho. Los dedos de sus manos se movían como si quisieran cerrarse. Me estaba observando. De pronto dejó de moverse. Me incliné un poco para comprobar su muerte. En ese momento escuché el grito de un niño y corrí para que no me encontrara ahí, junto al cadáver.

Nunca me pregunté por qué habían asesinado a aquel hombre, pero sí me intrigaba saber qué había sentido al morir. Tampoco le comenté a nadie sobre lo que había visto ni lo que sentí al respecto.

Ni siquiera a mi madre, a quien amé como a nadie. Ella solía observar la luna por largos ratos, a veces toda la noche. Sabía cuándo lo hacía y salía tras ella, que sin decir una palabra ponía su mano en mi cabeza y me acariciaba el cabello, sin quitar la mirada del cielo. Decía que prefería ver la luna cuando salía, porque era se veía más grande. Luego se sentaba en algún lugar. Cuando yo era todavía muy pequeño, ella me acostaba en su regazo y me acurrucaba. Ella veía la luna y yo observaba sus labios, y extendía mi mano para acariciarlos. En cuanto ella sentía mis dedos, se inclinaba y me besaba la frente. Fui creciendo y seguí con el mismo ritual de seguirla, hasta que una noche mi padre le prohibió que me cargara.

—Ya está muy grande ese niño para que lo trates así.

Mi madre no amaba a mi padre. Para el matrimonio no importan los sentimientos de la mujer. Uno va y la pide; y si no se la dan se la roba. Ellas están obligadas a amar y a respetar a su hombre en cuanto se convierten en esposas o concubinas. Si mi madre lo obedecía no era por amor. Jamás logró amarlo, pero nunca le faltó al respeto. Siempre obedeció sus órdenes. Sus otras concubinas eran distintas, sumisas, aunque a sus espaldas hacían cosas que mi madre jamás se atrevió ni con el pensamiento.

El día que ella murió supe que estaba verdaderamente solo. No derramé una sola lágrima. Cuando vi su cadáver, contemplé sus ojos cerrados, su gesto impávido, como si se hubiese ido a dormir con alguna preocupación, algún enojo. No la toqué. No porque tuviera miedo, sino porque lo que yo tenía frente a mí no era mi madre sino un cuerpo muerto. Los cadáveres no me provocan sentimiento alguno; la sangre, sí.

La Conquista de México Tenochtitlan

3

El frío de la madrugada es intenso. Pero a Motecuzoma, que se encuentra en la cima del Coatépetl, eso no le importa. Lleva varias horas ahí, reunido con los sacerdotes en una ceremonia en la que no hubo música ni danzas. En esta ocasión han estado haciendo oraciones desde que anocheció. La llegada de los extranjeros les quitó el sueño.

—¿Qué estoy haciendo? —se pregunta el tlatoani Motecuzoma Shocoyotzin una y otra vez.

La tarde anterior, luego de instalar a los extranjeros en las Casas Viejas, Motecuzoma se fue a su palacio para dialogar con los miembros de la nobleza. Quería saber sus impresiones, pero sólo recibió reclamos y cuestionamientos. Una hora después regresó a las Casas Viejas —donde volvió a percibir el mismo hedor—, invitó al tecutli Malinche a que se sentara en el trono y mandó colocar otro igual para él.

Los dos miembros de la nobleza que habían colocado la silla, que iban descalzos y vestidos con ropas de henequén, dieron unos pasos hacia atrás, sin darle la espalda al tlatoani, y se colocaron en cuclillas a unos metros de distancia del trono, con la cabeza inclinada y la mirada dirigida al piso. Pidieron permiso para retirarse con un tono de voz muy bajo. Motecuzoma le respondió, de forma casi inaudible, a otro de los miembros de la nobleza que se encontraba de pie a un lado suyo, y éste a su vez respondió en voz alta. Los dos hombres se pusieron de pie y sin alzar la mirada caminaron hacia atrás.

Después dio la orden de que entraran todos los pipiltin con los regalos que había preparado para los huéspedes: plumas finas, joyas, seis mil piezas de la más fina ropa de algodón, comida, plata y oro. Fue un proceso muy largo debido a que cada una de las personas que entraban se arrodillaba, hacían las reverencias al tlatoani, entregaban su ofrenda, luego caminaban hacia atrás sin darle la espalda a éste, se sentaban en cuclillas con la cabeza y mirada hacia abajo y pedían permiso para salir; Motecuzoma le respondía al noble que estaba a su lado, éste hablaba y el otro salía sin mirar al frente y sin darle la espalda al tlatoani.

Luego Motecuzoma habló; la lengua de Malinche, que era al que llaman Jeimo, tradujo así:

Estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa, holgad y descansad del trabajo del camino y guerras que habéis tenido, que muy bien sé todos los que se vosotros han ofrecido de Putunchán acá, y bien sé que los de Cempoala y de Tascatélcatl os han dicho muchos males de mí. No creáis más de lo que por vuestros ojos veredes, en especial de aquellos que son mis enemigos y algunos de ellos eran mis vasallos y se me han rebelado con vuestra venida y por favorecerse con vosotros lo dicen, los cuales sé que también os han dicho que yo tenía las casas con las paredes de oro y que las esteras de mis estrados y otras casas de mi servicio eran asimismo de oro, y que yo era y me hacía dios y otras muchas cosas. Las casas ya las véis que son de piedra y cal y tierra —en ese momento Motecuzoma se puso de pie y alzó sus vestiduras para que el tecutli Malinche viera su sexo—. A mí véisme aquí que soy de carne y hueso como vosotros y como cada uno, y que soy mortal y palpable —con gran insistencia se tocó con las manos el pecho, el abdomen, caderas, genitales y piernas—. Ved cómo os han mentido; verdad es que tengo algunas cosas de oro que me han quedado de mis abuelos: todo lo que yo tuviere tenéis cada vez que vosotros lo quisiéredes; yo me voy a otras casas donde vivo; aquí seréis provisto de todas las cosas necesarias para vosotros y para vuestra gente. Y no recibáis pena alguna, pues estáis en vuestra casa y naturaleza11.

Al terminar de decir esto se retiró y permaneció en la sala principal de su palacio con todos los miembros de la nobleza: ministros, sacerdotes y capitanes del ejército. Todos se hicieron la misma pregunta: ¿Qué debemos hacer? Aunque todos creen tener la respuesta, nadie sabe realmente cómo sacar a los barbados de sus tierras. No hay evidencia de la existencia del tlatoani que tanto mencionan, cuyo nombre los pipiltin de Meshíco Tenochtítlan apenas si pueden pronunciar. ¿Calo o Alos? «Qué nombres tan difíciles los de estos extranjeros», expresa uno de los sacerdotes.

Toda la tarde y noche del día anterior estuvieron entrando informantes al palacio. «Acaban de comer», «Han puesto sus armas en las azoteas de las Casas Viejas», «Están cuidando todas las entradas».

—¿Cuántos días piensa darles hospedaje? —preguntaron en varias ocasiones a Motecuzoma.

—No lo sé —respondió mordiéndose el labio inferior.

—Debemos ponerles un límite.

—No es tan fácil —respondió Motecuzoma, apretando los puños—. No sabemos en realidad cuánto poder tiene su tlatoani.

—¿Y si están mintiendo?

—Por eso mismo necesitamos averiguar. —Se llevó las manos a las sienes e inhaló profundamente.

—Consultemos a los dioses.

Salieron de las Casas Nuevas y se dirigieron al Coatépetl, al inicio de la madrugada. Ahí permanecieron haciendo oraciones hasta el amanecer.

En cuanto el horizonte comienza a iluminarse Motecuzoma decide volver a las Casas Nuevas. Hoy ha decidido ayunar. Ordena que le preparen el temazcali, un baño de vapor que tiene en su palacio y que sirve para curar los malestares físicos y emocionales. Al entrar a aquel cuarto oscuro, extiende los brazos y cierra los ojos por unos minutos.

—¿Qué debo hacer?

Una hora más tarde sale del temazcali y se dirige a su habitación, donde ya lo esperan varios pipiltin para vestirlo con un atuendo nuevo.

—¿Qué debo hacer? —se pregunta justo antes de salir de las Casas Nuevas y dirigirse a las Casas Viejas.

El palacio está rodeado de soldados tlashcaltecas, totonacas y cholultecas. Motecuzoma entra en silencio, seguido de un numeroso contingente de pipiltin, sacerdotes, ministros y capitanes del ejército. Los extranjeros que se encuentran en el patio no hacen reverencias. Parece que bromean. Algunos no dejan sus arcos de metal y sus trompetas de fuego. Antes de entrar a la sala principal, uno de los capitanes anuncia la llegada del tlatoani. Malinche, que se encuentra rodeado de sus soldados, les ordena que se callen y hagan reverencia al tlatoani. A pesar de que todos obedecen, se escuchan risas y murmullos. Toda la sala apesta a sudor, a orines, a mierda, a carne podrida. Malinche, arrodillado ante Motecuzoma, regaña en voz alta a los que siguen desdeñando la presencia del tlatoani. Por fin todos callan.

—Tecutli Malinche —dice Motecuzoma y se le acerca—. Ponte de pie.

La niña Malina habla en maya, luego el otro extranjero lo pronuncia en su lengua. Malinche se levanta sin mirar a los ojos al tlatoani, quien se siente complacido con el respeto que muestra el capitán.

—¿Qué tal pasaron la noche?

Motecuzoma quiere saber cómo le ha llamado Malinche, pues no escuchó su nombre ni la palabra tlatoani; y le pide a la niña Malina que le diga a Malinche que repita la palabra.

—Su Majestad.

Motecuzoma intenta repetirlo:

—Su matad.

—Su Majestad —corrige la niña Malina.

—¿Hablas su lengua? —pregunta Motecuzoma.

—Muy poco, mi señor.

—¿Es difícil aprenderla?

—Sí.

Malinche observa y sonríe al mismo tiempo que acaricia el puño del largo cuchillo que cuelga de su cintura. Luego la niña Malina le explica que el tlatoani está interesado en su lengua.

—¿Quiere aprender nuestra lengua? —pregunta Malinche a su joven intérprete.

—Sólo preguntaba —responde Motecuzoma—, tecutli Malinche.

—Hernando Cortés —corrige.

El tlatoani se queda en silencio y observa a Malinche, quien una vez más dice su nombre.

—En… en… —Motecuzoma trata de pronunciar el nombre— en… ando Coté…

—Erre, erre —explica Malinche mostrando el movimiento de la lengua.

—Ede… Ede… —Motecuzoma intenta pronunciar ese sonido inexistente en la lengua náhuatl—. Ede…

—Erre, erre…

—Ege… Ege…

Los extranjeros siguen arrodillados. Motecuzoma frunce el ceño y niega con la cabeza.

—Dice mi señor Cortés que no se preocupe —traduce la niña Malina—, que ya habrá tiempo.

«¿Tiempo?», se pregunta Motecuzoma en silencio. «¿Cuánto tiempo piensan estar aquí?». Observa a los extranjeros y se cuestiona una vez más: «¿Qué más quieren? Ya les dimos la bienvenida, ya les hicimos regalos, ya les ofrecimos nuestra amistad. ¿Quieren más plumas?, ¿más mantas de algodón?, ¿más alimento?, ¿más oro?, ¿más piedras preciosas?».

—Me han dicho que hay un mercado muy grande en Tlaltelulco.

—Tlatelolco —corrige la niña Malina.

A pesar de que tiene muchas cosas importantes que atender, Motecuzoma decide llevarlos personalmente. No es que tenga grandes deseos de pasear con ellos, pero sabe que no es conveniente que anden solos por la ciudad. En cualquier momento podrían llevar a cabo una matanza como la que hicieron en Cholólan, o peor aún, convencer a los tlatelolcas de que se revelen contra Meshíco Tenochtítlan.

—Niña, dile a tu dueño que les voy a mostrar la ciudad. Pueden ponerse todos de pie.

Aún no salen de las Casas Viejas y ya los esperan cientos de meshícas curiosos. Los capitanes del ejército tenoshca les ordenan a gritos que se quiten del paso y que se arrodillen ante el tlatoani.

—Señor, señor mío, gran señor —dice uno de los capitanes—, no podemos salir aún. Mucha gente no obedece nuestras órdenes.

—Quieren ver de cerca a los extranjeros —agrega otro capitán.

La niña Malina le explica lo que sucede al tecutli Malinche, quien a su vez le da una orden a uno de sus soldados. Minutos después se escucha un trueno ensordecedor y una nube de humo se esparce entre ellos. Motecuzoma y su séquito permanecen de pie, mirándose entre sí. Les inquieta que los extranjeros utilicen sus armas con tanta frecuencia.

—Vamos —dice el tlatoani mirando hacia el frente.

Al cruzar por la salida de las Casas Viejas, se encuentran con miles de personas arrodillas, llenas de temor. Los miembros de la nobleza se preparan para acompañarlos también. En cuanto Motecuzoma sale ya lo esperan cientos de soldados. Llevar a sus invitados escoltados por el ejército no es costumbre de ninguno de los pueblos del Anáhuac, pero Motecuzoma ya no confía en los extranjeros. Sube a sus andas ayudado por dos miembros de la nobleza. Malinche y sus hombres suben a sus grandes venados. Los siguen los tamemes (cargadores) y miles de soldados tlashcaltecas, cholultecas, hueshotzincas y totonacas.

Ahí continúan miles de personas por todas partes: arriba de los árboles, en las azoteas, en los canales, en las canoas. Siguen asombrados al ver a los extranjeros montados en sus venados gigantes y con sus palos de fuego y sus arcos de metal. Ni Motecuzoma ni sus tropas pueden controlarlos. Ahora todos ven el rostro del tlatoani.

Al llegar a Tlatelolco, los hombres barbados quedan asombrados al ver a tanta gente, mercancías y animales. Luego de un recorrido muy lento por el tianguis, se dirigen a los teocalis de Tlatelolco, donde los recibe Itzcuauhtzin. Después vuelven a Tenochtítlan y los llevan a La casa de las aves, un sitio muy grande con estanques donde se crían miles de pájaros de muchas especies.

—Las aves de rapiña las mantenemos en aquellas jaulas —explica Motecuzoma al llegar, aún sobre sus andas, y señala hacia un mirador.

—¿Cuántas personas están a cargo de todas estas aves? —pregunta el tecutli Malinche, montado sobre su venado gigante.

—Trescientas.

—¿Para qué tenéis tantas? ¿Os las coméis?

—Solamente clases como las codornices, los guajolotes y los patos. Pero a la mayoría las veneramos por sus extraordinarios plumajes. Todos los días las aves nos regalan sus plumas.

—¿Se las arrancáis?

—No. No hay necesidad de eso. Se les caen solas.

Caminan por un corredor hasta llegar a unas jaulas a las que llaman La casa de las fieras. En una de ellas se encuentra un par de jaguares. El tecutli Malinche y sus capitanes observan con mucha atención y tratan de reconocer a aquellas fieras jamás vistas en sus tierras. Más adelante hay ocelotes, gatos monteses, coyotes, zorros y muchas otras fieras.

—¿Con qué los alimentáis? —Malinche jala la rienda de su venado gigante para evitar que avance.

—Con las partes del cuerpo que no utilizamos de los sacrificados.

El tecutli Malinche niega con la cabeza y hace un gesto que Motecuzoma no logra comprender.

—Ahora vamos a ver las serpientes —dice el tlatoani con entusiasmo.

El lugar destinado a las serpientes es mucho menor. Los españoles buscan en varias direcciones y lo único que ven son cántaros alineados.

—¿Y las serpientes? —pregunta Malinche.

Motecuzoma baja de sus andas, se acerca a uno de los cántaros, le quita la tapa, mete la mano y saca una serpiente tan gruesa como sus brazos.

—Es enorme. —Malinche se acerca, después de bajar de su venado.

—¡No! —dice el tlatoani en voz alta—. ¡Es muy peligrosa! Si lo muerde, moriría en unos cuantos minutos.

Luego de mostrarle una docena de serpientes, Motecuzoma los invita a ver a los enanos y gente deforme que está dentro de unas jaulas.

—¿Por qué los tenéis prisioneros? —pregunta Malinche al mismo tiempo que observa a un par de niños pegados por el pecho.

—Por sus deformidades.

—Miren, acá tenemos al niño araña. —Señala a un niño con cuatro piernas, quien debido a su defecto mantiene su espalda de manera horizontal y se para sobre sus manos y cuatro pies.


11 Segunda Carta de Relación, de Hernán Cortés.

La Conquista de México Tenochtitlan

4

Tu mirada siempre te delata, Motecuzoma. El enojo, el arrepentimiento, la vergüenza, la tristeza y el asombro se ven claramente en tus pupilas oscuras, tus cejas pobladas y rectas, tus párpados gruesos y caídos, tus ojeras onduladas y largas. Lo sabes bien: puedes fingir siempre y cuando no te vean a los ojos.

Nunca fuiste capaz de engañar a tus padres. En una ocasión estuviste a punto de lograrlo. Habías cometido una falta imperdonable, de esas que tu padre, el huey tlatoani Ashayácatl, no perdonaba. Habías robado un macáhuitl porque querías tener un arma de esas en las manos. Uno de los soldados te delató. Fuiste detenido por una tropa junto al lago y llevado ante tu padre, quien siempre tuvo la habilidad para reconocer tus emociones a través de tus ojos.

—¿Robaste esa arma?

—No.

Tu madre estaba a un lado tuyo, mirándote seriamente. No sentiste vergüenza por haberle mentido a tu padre. Aunque sí mucha tristeza de que tu madre, tu joya más preciada, estuviera ahí, delatándote con sus cejas arrugadas. Pero tu padre te descubrió por ello. No la estaba mirando a ella, sino a ti.

—Estás mintiendo —dijo tu padre—. Lo veo en tus ojos.

—Sí, padre. —Te arrodillaste tras admitir tu falta.

—Iba a castigarte con cincuenta azotes en las palmas de las manos, pero por haberme mentido ordenaré que te den el doble.

Tus ojos estaban en los de tu madre. Brillaban. Sabías que ella se sintió mejor en cuanto admitiste tu falta.

Te llevaron al patio principal del Calmécac, reunieron a todos los alumnos alrededor tuyo; te arrodillaron ante una piedra tan grande que te llegaba a la cintura y te ordenaron que pusieras sobre ésta las manos con las palmas hacia arriba. Uno de los maestros dio aquel discurso sobre las leyes y los castigos que merecían los delincuentes. Luego llegó uno de los soldados y comenzó a azotarte. El primer golpe fue el que más te dolió. Los siguientes los ignoraste, mientras pensabas «No duele, no duele».

Luego de la muerte de tu madre, abandonaste los juegos para siempre, Motecuzoma. Eso que hacían los demás niños ya no tenía gracia. Por primera vez los observabas de una manera distinta, como si jamás hubieras sido parte de esos juegos. Te sentías tan extraño frente a ellos. No sabes qué fue lo que pasó, solamente dejaste de pensar en cosas infantiles.

Te dedicaste a aprender. Sentías una necesidad desmedida por mostrarles a todos que no eras como los demás, que no estabas ahí por ser el hijo del tlatoani. Cumplías fácilmente con todos los quehaceres en el Calmécac. Todos tus compañeros te trataban bien, con respeto. Querían ser tus amigos, pero tú no sentías lo mismo; y nunca se los dijiste. Jamás negaste que fueran tus amigos ni los rechazaste. Algo en ti te decía que debías conservar todas esas amistades aunque sintieras que eran un estorbo.

No sólo la muerte de tu madre cambió tu forma de ver el mundo, sino también presenciar por primera vez un sacrificio humano. Estabas al pie del teocali de Huitzilopochtli, que no era tan grande como ahora. Viste cómo llevaban al primero de muchos guerreros enemigos capturados en la última batalla. Un grupo de sacerdotes tenoshcas forcejeaba con el prisionero. Lo cargaron de los brazos y las piernas. La multitud observaba, algunos permanecían en silencio, otros murmuraban y otros vociferaban jubilosos. El hombre al que iban a sacrificar gritaba frenético. Lo que estabas viendo ya lo conocías, aunque sólo por voz de tus maestros. Era un acto que no podías dibujar en tu mente porque antes de eso la guerra y los sacrificios eran sólo un juego.

La altura del teocali de Huitzilopochtli era tan corta que podía verse perfectamente lo que ocurría en la cima: el hombre intentando dar patadas y manotazos para huir de la muerte, y los sacerdotes sacrificadores sometiéndolo para acostarlo sobre la piedra de los sacrificios. Uno de los sacerdotes levantó los brazos, empuñando el cuchillo, miró al cielo, dijo una oración al dios portentoso, luego dejó caer sus manos sobre el pecho del prisionero, que liberó un grito estruendoso. Con un estacazo le perforó la piel. Maniobró para abrirle el pecho al hombre que seguía vivo y dando gritos de dolor, gritos que se quedaron por siempre en tu recuerdo, Motecuzoma. Poco después el sacerdote sacó el corazón del prisionero y lo mostró al pueblo, mientras la sangre le escurría por los brazos, dirigiéndose a los cuatro puntos cardinales. Finalmente el cuerpo fue lanzado por la escalinata del teocali. Conforme el cadáver rodaba y rebotaba escalones abajo, una lluvia de sangre salpicó a los presentes. En ese momento pensaste:

«Deberíamos hacer más sacrificios».

La muerte se apoderó de ti, Motecuzoma Shocoyotzin. Entró en tu mente para nunca más abandonarte. La comprendiste. Esa noche soñaste con cuerpos destazados, llenos de sangre. Viste ese líquido sagrado escurriendo lentamente por los escalones de los teocalis. Había mucha sangre. Suficiente para saciar la sed del dios portentoso. Para lavar los teocalis. Para dar vida. Para nutrir al sol.

—Necesitamos más sangre para alimentar a nuestro pueblo —dijiste años después ante tu maestro, que además era uno de los sacerdotes del teocali de Huitzilopochtli.

Escuchaste a tu espalda el murmullo de algunos compañeros. Tus palabras eran claras, pero el significado no. Mucho menos para ellos, que aún eran muy jóvenes.

—Explícanos lo que estás pensando, Motecuzoma.

—Necesitamos más guerras.

Las miradas de tus compañeros eran como flechas apuntando hacia ti.

—¿Más guerras? —preguntaron algunos.

—¿No te es suficiente con las guerras actuales? —preguntó otro.

—Con eso tenemos bastante sangre y muertos.

—Pero no suficientes prisioneros —respondiste sin apartar la mirada de los ojos de tu maestro.

Al salir te encontraste con algunos compañeros. Tenían las mismas sonrisas burlonas. Sus miradas te persiguieron. No era la primera vez que mostraban esa actitud.

—Ahí va el gran guerrero —espetó uno de ellos liberando una carcajada.

—¡Necesitamos más sangre! —lo secundó otro, exagerando su tono burlesco—. ¡Sangre! ¡Queremos sangre!

Te detuviste sin decir una palabra. Experimentaste la misma ira que habías sentido años atrás cuando tu padre te había castigado perforándote los labios. Los dos muchachos caminaron amenazantes hacia ti.

—No cabe duda, ser el hijo del tlatoani no te hace mejor. —Sonrió uno con provocación.

—Aparentemente —dijiste al mismo tiempo que le enterrabas la rodilla derecha en los testículos.

El otro se apresuró a auxiliar a su compañero que se encontraba retorciéndose en el piso. Sin esperar diste un segundo puntapié.

—Ustedes y yo somos hijos de la nobleza, con destinos similares, pero no somos iguales —dijiste mientras uno se reponía del dolor y el otro trataba de detener el sangrado de su nariz.

Lo que sí era cierto, Motecuzoma, era que tú estabas condenado a recorrer el mismo destino que ellos si no aprendías el dominio de la palabra, el arte del convencimiento, la única arma con la que podrías contar el resto de tu vida.

En lugar de permanecer en el teocali, te fuiste a tu casa. Tenías muchas dudas sobre lo que acababas de hacer. Golpear a dos de tus compañeros era lo de menos. Incluso te habías quedado con deseos de propinarles unos cuantos golpes más. Lo que te preocupaba era tu reputación. No la reputación del hijo del tlatoani, sino la de Motecuzoma Shocoyotzin. Ganar enemigos era lo que menos buscabas. Aunque tampoco podías volver con la cabeza agachada y pedirles perdón.

—No entiendo tu comportamiento, Motecuzoma —dijo tu maestro al verte al día siguiente—. El mejor de mis alumnos, el más sabio, en el que pongo todas mis expectativas se comporta como uno más del vulgo.

Jamás te había regañado ni elogiado. Te sorprendió que de un día para otro te hubiera convertido en el mejor y el peor de sus alumnos. Abría y cerraba los dedos de las manos como si intentara apresar algo. Imaginaste que en ese momento te indicaría el castigo merecido: azotes, quizás; perforaciones en la lengua, o de manera benigna, trabajos arduos.

—Eres uno de los hijos del tlatoani. Tienes una responsabilidad.

Sentiste deseos de decirle que estabas harto de ser el hijo del tlatoani, que sus enseñanzas te aburrían, que no creías lo que decía, que tú tenías una teoría mejor sobre la religión.

—No eres como los demás. Y no estoy hablando de tu linaje.

Levantaste la mirada a pesar de tenerlo prohibido.

—Tu razonamiento es privilegiado.

—Lo dice porque soy hijo del tlatoani.

—No te lo dije antes precisamente porque eres hijo del tlatoani. No quería sembrar la arrogancia en ti. Pronto iniciarás tus entrenamientos militares y deberás tener mucho cuidado, Motecuzoma.

Guardaste silencio, sufriendo la incomodidad de verlo abrir y cerrar los dedos de las manos una y otra vez.

Ese mismo año Dos Casa, 1481, murió tu padre y tú tenías catorce años. No tuviste tiempo de reconciliarte con él. Si hubiera vivido más su relación habría cambiado mucho, Motecuzoma. Pero en aquellos días no lloraste ni mostraste sentimientos de dolor o de arrepentimiento. Ahora ves todo de forma distinta. No eras el único niño que odiaba a su padre, ni el único que era castigado con severidad.

Por primera vez presenciaste los funerales de un tlatoani y la elección de otro; y tu vida cambió por completo. Ya no eras más el hijo del tlatoani, sólo eras un miembro de la nobleza, uno más entre las decenas de sobrinos del nuevo tlatoani Tízoc.

Tu ingreso a las tropas meshícas fue como el de todos. Ser Motecuzoma, hijo de un tlatoani difunto, no te concedió privilegios. Por el contrario, tu hermano Macuilmalinali y tú fueron tratados incluso con mayor severidad por parte de sus compañeros y maestros. Eran los más jóvenes del grupo; un par de muchachitos —casi niños— enclenques e ingenuos. Cualquier broma u hostilidad sería pasada por inadvertida ante los ojos de los capitanes y sacerdotes. Se les dijo desde el primer día que para poder soportar un combate debían comenzar por aguantar los acosos en los entrenamientos.

El primer ataque no tardó en llegar. Macuilmalinali se encontraba a un lado tuyo cuando un grupo de jóvenes los rodearon y saludaron con cordialidad. Ni una sola suspicacia sobre sus planes.

—Oh, gran señor Macuilmalinali —dijo uno de ellos arrodillándose ante tu hermano—. Hemos venido para entregarle esta humilde ofrenda.

Sin preguntarse qué era lo que estaba en el bulto, tu hermano lo tomó y lo abrió sólo para encontrar ropas de mujer.

—¿No le gusta nuestro obsequio? —Le siguió un empujón en el pecho, que llevó a Macuilmalinali a caer de nalgas. Otro joven se había acomodado con rodillas y codos en el piso, justo detrás de tu hermano. Las risas se transformaron en carcajadas. Apenas si pensaste en auxiliar a Macuilmalinali, cuatro manos te rodearon el pecho. Forcejeaste sin poder liberarte.

—¿Es usted quien quiere ponerse el atuendo de guerra?

Lograste disparar un nutrido escupitajo en el rostro de uno de ellos antes de que cayera de rodillas por un fuerte golpe en los testículos. A una distancia muy corta estaba Macuilmalinali acostado bocarriba, iracundo, lanzando patadas y golpes a los que pretendían desvestirlo.

Para defender el honor tuvieron que propinar y recibir golpes hasta que sus agresores se cansaron. Terminaron con sangre en los labios, los ojos hinchados y con cuantiosos moretones por todo el cuerpo.

El segundo ataque fue una semana después. Llevaban más de mediodía concentrados en la tarea que les habían asignado sus maestros: recolectar espinas para el autosacrificio. Debían volver al campo de entrenamiento en cuanto tuvieran el número indicado. De regreso al Calmécac, el mismo grupo de jóvenes les cerró el paso.

—¿Ahora sí vas a ponerte estas ropas? —preguntó uno de ellos extendiendo la mano.

—Sí —respondiste y te acercaste.

Macuilmalinali se quedó desconcertado, pues sabía que aquellos que acceden a vestirse con ropa de mujer se condenan a hacerlo por siempre.

—¿Quieres que me vista yo solo o quieres ayudarme? —dijiste en cuanto él se acercó a ti para darte la ropa.

Liberó una sonrisa mordaz.

—¿La señorita quiere que le ayude?

—Sí. —Tenías las prendas de mujer en una mano.

Aún recuerdas sus ojos y su aliento. Te miró asombrado y asustado. Logró sujetarte del brazo mientras tu mano apretaba el cuchillo que justo en ese instante le habías enterrado en el abdomen. Habías sacado el arma —que llevabas escondida— aprovechando que tenías las prendas femeninas en la mano. Fingiste un intento por desvestirte delante de ellos y sin decir más defendiste tu honor. Los demás infantes quedaron mudos al ver a su amigo caer de rodillas. Dirigieron las miradas en todas las direcciones. No había más testigos que ellos y Macuilmalinali. Le sacaste el cuchillo y le limpiaste la sangre con las ropas que te habían dado.

—¡Vámonos! —exigió uno de ellos asustado y comenzó a correr. Los demás lo siguieron apurados, sin decir una palabra.

Macuilmalinali quedó tieso a tu lado.

—Ya no nos van a molestar —dijiste.

Esa noche, Motecuzoma Shocoyotzin, hubo gran alboroto. Las tropas tenoshcas recorrieron toda la ciudad preguntando a quien se cruzara en su camino si habían visto a algún extranjero merodeando por el tianguis o por las orillas del lago.

A los aprendices les ordenaron que se formaran en el campo de entrenamiento. Había cientos de antorchas encendidas alrededor. Se escucharon los grillos y algunas aves nocturnas. Un grupo de soldados marchó a paso lento frente a ustedes. El capitán —cuyo penacho era de plumas azules y rojas— se aproximó y se detuvo delante de cada uno, acercando considerablemente su rostro mientras fruncía el ceño. Era fácil percibir su aliento.

—¡Esta tarde fue asesinado uno de sus compañeros! —gritó el capitán y caminó de un extremo a otro, empuñando el macáhuitl con la mano derecha—. ¡Quien haya visto algo que dé un paso al frente!

No hubo quien moviera un pie. Sólo se escuchó el viento y los grillos. Levantaste la mirada hacia el cielo y observaste miles de estrellas.

—¿Tenemos al culpable entre nosotros? —Se acercó a uno de tus compañeros—. ¿Fuiste tú?

—¡No, capitán!

Repitió lo mismo frente a cada uno de los alumnos:

—¿Fuiste tú?

—¡No, capitán!

—¿Fuiste tú?

—¡No, capitán!

A tu izquierda se encontraban los testigos, aquellos jóvenes que bien pudieron cambiar tu destino.

—¿Fuiste tú?

No se atrevieron a delatarte.

—¡Daremos con los culpables y los condenaremos a muerte! —sentenció el capitán y se marchó.

Nunca te sentiste mal por haber matado a ese joven. Tenías la certeza de que para eso estabas aprendiendo a usar las armas, y que la vida de un hombre no debía tener valor alguno para un soldado si es que quería sobrevivir.

Para ejercitarse en las armas utilizaban macuahuitles sin piedras de obsidiana, flechas y lanzas sin filo, por lo cual no hacían daño.

—Deberíamos utilizar armas reales —dijiste un día al capitán.

—¿Eres ingenuo o pretendes burlarte de mí? Si usáramos armas de verdad terminarían muertos, Motecuzoma. —Acercó su rostro al tuyo—. ¿Escuchaste? —Te golpeó la sien con sus dedos índice y medio—. Muertos. ¿Y quién iría a las batallas? Me sorprende que digas comentarios de esa índole siendo hijo de un tlatoani.

—Sabemos que es un entrenamiento, que nuestras vidas no corren peligro. Por ello no nos esforzamos lo suficiente para protegernos de los golpes. Si nuestras armas cortaran, seguramente enfocaríamos toda nuestra atención en los movimientos de nuestro contrincante.

—Ay, muchacho. —El capitán liberó una risa casi inaudible. Luego el resto de la tropa lo siguió.

Las risas subieron de tono.

—Por eso muchos soldados mueren en su primera batalla.

—Porque no entrenaron lo suficiente.

—¡Cierto! Y también porque no sabían a lo que se enfrentarían en realidad; porque creían que seguía siendo un juego de niños que se dan de golpes con palos. En cambio, si un guerrero conoce, antes de ir a la guerra, el sabor de la victoria, el valor de un preso, el sentimiento de ver morir a su contrincante, podrá ser un mejor combatiente.

—Para eso existen las Guerras Floridas. Para entrenar y para conocer el sabor de la victoria o de la derrota. Eso lo conocerás en su debido momento. Ya me habían comentado sobre ti, pero no imaginé que llegaras a tanto. Crees saberlo todo. ¿Quieres enseñarme a mí cómo entrenar a mis tropas? Yo he liderado muchas campañas. ¡Yo! ¿Lo entiendes? Sé muy bien lo que hago. No te confundas, muchacho. Ser hijo de un tlatoani no te da lo que a mí me ha dado la experiencia. Tu linaje te ha hecho soberbio.

Poco después —cuando Tízoc había muerto y Ahuízotl fue electo tlatoani—, comenzaste a participar en las batallas y te convertiste rápidamente en uno de los mejores y más valerosos guerreros, no sin antes conocer el sabor de la derrota. Tras las guerras contra Cuauhtlan y la Huasteca, regresaste con un gran número de prisioneros que tú mismo capturaste. En consecuencia el tlatoani Ahuízotl te puso al frente de las tropas que marcharon contra el ejército del Istmo de Tehuantépec —el pedazo de tierra más angosto entre los dos mares—, donde un grupo de comerciantes había sido víctima de imperdonables ofensas.

En esa ocasión regañaste a uno de tus soldados por atreverse a juzgar la decisión del tlatoani de enviar sus tropas para vengar una ofensa.

—Es absurdo que cada vez que alguien ofende a un meshíca en algún pueblo, el tlatoani envíe sus tropas para castigar a los ofensores. Yo creo que lo único que busca son excusas para hacer la guerra.

Llevaban más de una semana caminando en medio de un calor insoportable, que no tenía comparación con el clima de la ciudad isla, Meshíco Tenochtítlan, donde bien podía hacer calor de día, pero de noche bajaban las temperaturas y amanecía tan fresco que daba gusto contemplar el alba. Donde estaban caminando hacía calor día y noche. Te detuviste al escuchar las palabras del soldado y lo miraste de frente.

—Tienes razón en lo que dices. El tlatoani busca excusas para hacer la guerra. Cualquier ofensa es motivo para alzarnos en armas. ¿Y sabes por qué lo hace?

—Por ambición —respondió el soldado con el mismo gesto soberbio que cargan todos los que juzgan a sus gobernantes sin entender las dificultades de gobernar.

—Lo hace para que tú, ellos —señalaste al resto de la tropa—, tus hijos, tu mujer, tu padre, tu madre, tus abuelos y tus hermanos no tengan que ser vasallos de otros pueblos. Tu inexperiencia no te permite comprender lo que acabas de decir. Desconoces el sufrimiento y el hambre que vivieron nuestros ancestros hace cien años. Aún no entiendes por qué somos el altépetl (señorío) más poderoso de toda la Tierra. Si nuestro tlatoani ignorara las ofensas, tarde o temprano seríamos vistos como unos cobardes, y seguramente atacados, y muy probablemente vencidos por nuestros enemigos. Ésta es mi única advertencia. Piensa mejor lo que dices.

El soldado bajó la cabeza y pidió perdón. No volvió a hablar en todo el camino. Al llegar al Istmo de Tehuantépec fue uno de los más valerosos. Volvieron victoriosos a Meshíco Tenochtítlan.

Fueron tantas tus hazañas en los combates y tantos los prisioneros que capturaste personalmente, que pronto recibiste los altos rangos militares conocidos como cuachictin (cabeza rapada), tlacatécatl (comandante de hombres) y tlacochcálcatl (gran general).

La Conquista de México Tenochtitlan

5

Luego de llevar al tecutli Malinche y a sus hombres a conocer las casas de las aves y las fieras, Motecuzoma los lleva a conocer los lugares de recreo que posee: inmensos jardines llenos de todo tipo de flores hermosas y exóticas —por donde pasan bellos ríos de agua tan transparente que se pueden ver las piedras en el fondo—, y grandes estanques poblados de aves y peces.

—Mi señor Cortés pregunta a quién pertenece todo esto —traduce la niña Malina.

—Esto es sólo para el tlatoani, la nobleza y huéspedes —explica Motecuzoma sentado en las andas que cargan seis hombres.

El tecutli Malinche lo observa desde su venado gigante, sin dejar de acariciar el puño de su largo cuchillo de plata. Ya es más de mediodía y no han comido. Muchos de los hombres de Malinche se quejan y piden agua. Entonces Motecuzoma les manda traer garrafas.

—En este lugar se cultivan únicamente plantas medicinales.

—Dice mi señor Cortés que le gustaría volver a la ciudad —traduce la niña Malina.

—Allá, en ese cerro, está Chapultépec —señala Motecuzoma—, uno de mis lugares favoritos de recreo. Tiene un mirador en la cima desde donde se puede ver el lago de Teshcuco, la isla de Meshíco Tenochtítlan y muchos pueblos.

El tlatoani observa al cielo y calcula el tiempo. Entonces ordena que los lleven al recinto sagrado. Los cientos de soldados que los siguen ya están agotados por el calor. Jamás las calles de la ciudad habían estado tan sucias, pues los venados gigantes no han dejado de cagar. Miles de personas curiosas se acercan para verlos y los capitanes de las tropas les gritan para que se quiten del camino. Uno de los miembros de la nobleza —que siempre carga tres varas altas y delgadas— camina delante de las andas que cargan a Motecuzoma, y grita:

—¡Arrodíllense ante el huey tlatoani!

Antes de entrar al recinto sagrado, extiende su brazo con una de las varas para que el tlatoani se sostenga al bajar de sus andas. Pronto una decena de hombres se apresura a acomodar una alfombra de algodón para que Motecuzoma no pise el suelo. Pero él les hace una seña con la mano para que en esta ocasión no la pongan. Luego le pide a Malinche que él y sus hombres bajen de sus venados gigantes y que los dejen afuera, pues están por entrar a un lugar sagrado que merece respeto. Los extranjeros obedecen, y soldados de menor rango se llevan a los venados gigantes a las Casas Viejas. Entonces el tlatoani le explica al tecutli Malinche y a su gente el nombre y la función de cada uno de los edificios.

—Éste que ven aquí —señala un edificio que consta de inmensos muros y columnas, decorados con franjas verdes, amarillas y rojas, que rodean todo el lugar, con más de doscientas aulas y cinco patios— es el Calmécac, la escuela donde asisten únicamente los miembros de la nobleza y donde se preparan los futuros sacerdotes.

Luego señala un ojo de agua, rodeado por una pequeña plataforma de roca.

—Éste es el Tozpálatl, que abastece de agua a todo el recinto sagrado.

Los guía al otro extremo y les muestra una edificación, ubicada detrás del altar de las calaveras, que tiene un patio en forma de rectángulo y dos muros.

—Éste es el juego de pelota. —Es un lugar tan grande que en su interior caben todos los hombres que acompañan a Motecuzoma y Malinche.

—¿Para qué es eso? —Malinche señala los anillos verticales de piedra que se encuentran en la parte central de los muros.

—Los jugadores deben pasar una pelota de caucho por esos anillos, pero solamente golpeándola con las rodillas o las caderas. La gente se sienta a observar el juego desde esas gradas.

—Qué juego tan extraño —dice el tecutli Malinche y todos sus soldados hacen comentarios entre sí. El tlatoani se percata de que están burlándose.

—No es solamente un juego —se dirige a ellos con seriedad—. Tiene un significado religioso: es la lucha entre el día y la noche, la batalla entre Tezcatlipoca y Quetzalcóatl.

El tecutli Malinche y sus hombres lanzan unas carcajadas.

—Sigamos por este otro lado —dice el tlatoani muy molesto por la actitud de los extranjeros.

Pronto Malinche y sus hombres comienzan a hablar en un tono escandaloso.

—¿Qué demonios es esto? —pregunta frente a una larga plataforma rectangular, en cuyos extremos se hallan unas paredes decoradas con cientos de cráneos labrados en piedra y recubiertos por estuco; y en cuyo centro, a todo lo largo, se ubican cientos de cráneos verdaderos, algunos aún con carne, ojos y cabello fresco, perforados de forma vertical por varas de madera.

—Son los cráneos de los enemigos vencidos en batalla. Es el altar de las calaveras (huey tzompantli).

—Esto es… —El tecutli Malinche cierra los ojos y se tapa la boca y nariz—. Repugnante.

El tlatoani continúa e ignora la actitud de Malinche. Muchos de los soldados extranjeros observan el tzompantli con desdén, otros con curiosidad.

—De este lado se encuentra el adoratorio del dios Tonátiuh —explica Motecuzoma—, también conocido como La Casa de las Águilas. Aquí se llevan a cabo, en honor al sol, los combates entre los prisioneros y los guerreros águila y jaguar. Lo cual significa para el enemigo la más gloriosa de las muertes.

Más adelante se encuentran con cuatro edificios alineados entre sí.

—Estos teocalis están dedicados a Coacalco, teocali de los dioses de los pueblos derrotados en batalla; Cihuacóatl, deidad femenina, relacionada con la tierra; Chicomecóatl, dios de la agricultura; y Shochiquetzal, dios de las flores.

En el centro de esas cuatro construcciones se encuentra un edificio con un muro circular en la parte trasera, cuyo techo tiene forma de cono y en el frente tiene muros rectangulares y unos escalones que llevan hasta la cima donde se encuentra un patio rodeado de almenas, una serpiente de aspecto terrorífico y un adoratorio cilíndrico con un techo cónico de madera y paja.

—Éste es el edificio dedicado a Quetzalcóatl, dios del viento. La boca de esa serpiente es la entrada al teocali —explica orgulloso Motecuzoma, pues este teocali ha sido construido en su gobierno y diseñado por él mismo—. Tenemos en nuestro panteón la figura divina llamada Quetzalcóatl, quien está relacionado con uno de los astros, y tiene un ciclo en el cual es visible por las noches, y desaparece en el horizonte antes de reaparecer como un astro de la mañana; luego desaparece de nuevo antes de recobrar su forma de astro nocturno. Este ciclo de muerte y de resurrección, esa alternancia de caracteres matutinos y vespertinos convierte a Quetzalcóatl en una personalidad cíclica, hecha de apariciones y desapariciones12. No significa que Quetzalcóatl vaya a regresar físicamente.

Malinche y sus hombres dirigen su atención al edificio que se encuentra justo frente al teocali de Quetzalcóatl, el Coatépetl, el Monte Sagrado, el huey teocali. Motecuzoma intenta explicarles que los teocalis que se encuentran a los costados están dedicados a los Tezcatlipocas: al norte al Tezcatlipoca rojo y al lado sur al negro, dioses relacionados con la muerte, la destrucción, la hechicería y la oscuridad.

—Estos dioses rigen los puntos cardinales y el eje central de abajo hacia arriba: del cielo a la Tierra —explica.

Pero Malinche no deja de ver el Coatépetl de aproximadamente sesenta metros de alto, con una enorme escalera doble, delimitada por alfardas que alojan cuatro cabezas de serpiente hechas de basalto.

—Mi señor Cortés quiere subir —traduce la niña Malina.

—En un momento —responde Motecuzoma y señala unas construcciones de un solo nivel, en forma de L—. Esos edificios que se ubican entre los teocalis de los Tezcatlipocas y el Coatépetl son los recintos de los guerreros águila, al lado norte; y de los guerreros ocelote, al sur. Ahí se albergan los furiosos guerreros que se pondrán al servicio de Tonátiuh, dios del Sol.

El tecutli Malinche se encuentra contemplando las dos serpientes completas, que parece que se miran retadoramente entre sí, una orientada hacia el norte y la otra hacia el sur, sobre la plataforma principal.

—Mi señor Cortés quiere subir al huey teocali —insiste la niña Malina.

—Vamos —responde Motecuzoma.

—¿Qué es esto? —pregunta Malinche y señala el monolito esculpido justo al inicio de las escaleras.

—Es la imagen de la diosa desmembrada Coyolshauhqui, arrojada al nivel terrestre por su hermano Huitzilopochtli.

La niña Malina traduce y el tecutli Malinche muestra indiferencia ante lo que escucha, pues él y sus hombres están asombrados al ver el piso de la plaza empedrado con lozas blancas, lisas y pulidas.

—Es increíble que esté tan limpio —exclama Malinche.

Dos miembros de la nobleza se acercan a Malinche y le ofrecen sus manos para ayudarle a subir los escalones.

—Va a cansarse mucho al subir a este gran teocali —dice Motecuzoma.

—A mis hombres y a mí no nos cansa nada —responde Malinche mirando hacia la cima del teocali. Luego libera una risa soberbia.

Apenas si suben veinte escalones los extranjeros ya empiezan a jadear.

—Este teocali ha sido ampliado once veces —explica Motecuzoma mientras sube por los escalones con gran agilidad, al igual que todo su séquito de pipiltin, sacerdotes y capitanes—. Cada nuevo desarrollo ha cubierto al anterior.

—¡Esperad! —dice Malinche, que respira agitadamente.

Motecuzoma sonríe al ver que no sólo el tecutli Malinche está completamente agotado.

—Este teocali se orienta hacia la puesta del sol, hacia el poniente; su plataforma rectangular simboliza el nivel terrestre del universo.

Aún no llegan a la mitad y todos los extranjeros se sientan en los escalones a descansar. El tlatoani los observa en silencio y piensa que bien podría deshacerse de esos intrusos en ese momento. Nadie ha podido sobrevivir una caída. Pero intentar empujarlos también es un gran riesgo, pues ellos podrían llevárselos consigo. Además, traen sus trompetas de fuego y sus arcos de metal. «¿Cómo confiar en alguien que jamás suelta sus armas?», piensa.

Subir la otra mitad de los escalones se vuelve un lento y ridículo ritual en el que muchos de ellos lo hacen sentados, mirando hacia la ciudad.

—Dice mi señor Cortés que estos escalones están muy altos.

Al llegar a la parte superior del teocali, Motecuzoma les muestra orgulloso el extraordinario paisaje que se ve desde esa altura: los teocalis del recinto sagrado, que relucen blancos por la cal; toda la ciudad de Tenochtítlan, con sus canales y calles hechas con una simetría exacta, llena de árboles y flores; el lago de Teshcuco, repleto de canoas y aves acuáticas; las tres calzadas —divididas por puentes de madera levadizos, que permiten el libre flujo de agua de un lado a otro de éstas—, que van a Iztapalapan, Tlacopan y Tepeyácac; el acueducto que provee de agua del cerro de Chapultépec a la ciudad; todos los pueblos en las islas cercanas, a las orillas de la laguna, en tierra firme y sobre los montes.

Malinche y sus hombres apenas si pueden respirar. Contemplan la ciudad con las espaldas corcovadas y sus manos sobre las rodillas. Al dirigir su mirada al otro lado observan el gran teponashtle, cuyo resonar se escucha a más de dos leguas de distancia.

—Mi tecutli Cortés quiere que le muestre sus dioses —dice la niña Malina.

—Éstos son el teocali de Tláloc, dios del agua y de la lluvia, dios de los mantenimientos. —Motecuzoma señala el adoratorio decorado con almenas de roca, con formas de caracoles y un tablero de franjas blancas y azules—. Y éste es el teocali de Huitzilopochtli, dios de la guerra, dios tutelar del pueblo meshíca. —El otro está ataviado con un tablero de color rojo y varios cráneos labrados, pintados de color blanco y almenas con formas de mariposas—. Este teocali representa las dos actividades principales de los meshícas: la agricultura y la guerra.

Luego los invita a caminar al interior del adoratorio, el cual está techado con maderas muy finas y labradas con extremo cuidado. Los recibe una nube de humo espeso y oloroso, proveniente del copal ardiendo en los braseros. En la entrada yacen colgados unos cascabeles de oro. El piso y las paredes tienen gruesas costras de sangre. En el centro se encuentran dos altares, los cuales tienen, cada uno, dos bultos corpulentos. Uno de éstos representa la imagen de Huitzilopochtli, cuya cabeza y cuerpo están tachonados con piedras preciosas, perlas y oro. Tiene en el cuello un collar de corazones de oro, plata y piedras azules. Unas serpientes fabricadas con oro y piedras preciosas recorren el cuerpo de Huitzilopochtli, que sostiene en una mano un arco y en la otra, un par de flechas. A un lado se encuentra un ídolo menor, que carga una lanza y un escudo fabricado con oro y piedras preciosas.

En el otro altar yace la imagen de Tezcatlipoca, cuyos ojos están hechos con espejos de metal finamente pulido. Su cuerpo también está decorado con oro y piedras preciosas. A su lado se encuentra la imagen de un dios menor cuyo aspecto es de hombre y de lagarto. Está relleno con semillas de toda la tierra.

Malinche se estremece al ver en uno de los braseros los cuchillos para el sacrificio, manchado con sangre, así como los corazones de los hombres que fueron sacrificados dos días atrás. De pronto y sin avisar sale del adoratorio. Les cuenta a los demás soldados lo que acaba de ver. El tlatoani no entiende lo que dicen, pero infiere que no están de acuerdo con lo que acaban de ver. De pronto, Malinche le dice algo a Jeimo Cuauhtli, y éste le repite a la niña Malina. Ella asiente con la cabeza y se dirige a Motecuzoma.

—Dice mi tecutli Cortés que usted, un señor de tanta grandeza y sabiduría, debería entender que esos ídolos son tan sólo cosas malas, llamadas diablos, que lo tienen completamente engañado. Y si usted desea verificarlo, mi tecutli Cortés puede colocar una cruz y una imagen de la virgen para que usted compruebe el temor que esos demo… —la niña Malina nota la ira en los ojos de Motecuzoma— …nios tendrán ante… esos —por un momento se arrepiente de lo que está diciendo— …objetos santos.

—Si yo hubiera sabido que iban a faltarle el respeto a nuestros dioses, no los hubiese traído hasta aquí. —Observa furioso a la niña Malina—. Tú sabes que eso que acabas de decir se castiga hasta con la muerte. Ellos nos dan salud, lluvias, buenas cosechas y muchas victorias. Los meshícas estamos obligados a venerarlos y a hacer sacrificios para ellos.

La niña Malina baja la cabeza avergonzada, y comienza a traducir. Malinche no necesita esperar a que Jeimo Cuauhtli hable, por lo que ha visto comprende que Motecuzoma está muy molesto. Sabe que por el momento ha sido suficiente.

—Necesitamos descansar —dice Malinche—. Vámonos.

Motecuzoma y su séquito los observan. Los extranjeros se sientan en los escalones y bajan lentamente.


12 Esos rasgos míticos incitaron a algún exégeta a sobreponer la imagen de Quetzalcóatl en la de Cortés. Véase Cortés, de Duverger, p. 360.

La Conquista de México Tenochtitlan

6

Me ejercité en las tropas, cumplí con mis obligaciones y finalmente recibí el nombramiento de soldado. Todavía no acudía a ninguna guerra. Ya había cumplido trece años.

Principalmente me dediqué a estudiar los astros. Aprendí la lectura de los libros pintados. Medité sobre los acontecimientos que ocurrían día a día. Recorrí pueblos y conocí señores importantes que pronto se convertirían en mis aliados. No hablé de mis ideas religiosas y militares. No propuse ni discutí. No era tiempo aún.

Mi primer combate fue un fracaso. Salvé la vida gracias a que los soldados más ejercitados salieron al frente. Recibía pocos golpes al igual que el resto de los soldados de mi edad, la mayoría entre trece y quince años.

Incluso hubo una discusión entre capitanes esa madrugada, antes de salir a combate. Uno de ellos quería que los más jóvenes marcháramos primero. El otro le respondió que no arriesgaría a un grupo de niños.

—¡No son niños! ¡Son soldados!

—¡Inexpertos!

—¡No es la primera vez que llevamos soldados jóvenes a la guerra! ¡Y si no sobreviven será porque así lo quiso el dios Huitzilopochtli! ¡Él sabrá protegerlos!

Finalmente llegó el capitán general de todas las tropas. Luego de escuchar a ambos capitanes, decidió mandarnos atrás.

—Bienvenidos a las tropas —nos saludó a poca distancia. Luego se dirigió a los capitanes—. A ellos —señaló con el dedo índice— denles teponashtles y caracoles para que anuncien la batalla. Y a estos otros déjelos atrás. Protejan sus vidas.

A partir de entonces aprendí que a las tropas hay que inculcarles el deseo de defender su honor. La humillación de uno, debía ser la de todos. Si alguien ofendía a Huitzilopochtli, ofendía al tlatoani, a sus sacerdotes, a su ejército y a su pueblo. Tardé muchos años en comprender esto.

Poco nos duró el privilegio recibido en la primera batalla; en las siguientes comenzaron a morir soldados de todas las edades y tuvimos que ir al frente. Entonces aprendí a usar las armas, y comprobé que cuanto había dicho al capitán, tiempo atrás, sobre las Guerras Floridas era correcto.

Salíamos a las batallas de madrugada y volvíamos al atardecer, cansados y heridos. Comíamos, curábamos nuestras lesiones, reparábamos nuestras armas y dormíamos lo posible —a veces cuatro o cinco horas—, para volver a atacar al amanecer. Estábamos tan flacos y quemados por el sol que apenas si nos reconocían en nuestras casas cuando volvíamos.

En una ocasión perdimos una batalla y fue uno de los momentos más tristes que viví. Las cicatrices de la guerra no sólo se llevan en brazos y piernas, también en la amargura de la derrota. Había pasado poco más de dos años fuera de Meshíco Tenochtítlan y sentía como si hubieran sido diez. Salí con cuerpo de niño y convertido en un hombre. Mis brazos y piernas eran flacos, pero fuertes. Mi voz cambió. Las mujeres que antes encontraba a mi estatura ahora las veía al nivel de mi hombro o más bajas.

Entramos en silencio, con parsimonia, por la calzada de Tepeyácac. Sentí las miradas de la gente sobre nosotros. Había duelo por todas partes. Mujeres viudas con semblantes cadavéricos, niños tan huérfanos como desnutridos, padres y madres pálidos y con lóbregas ojeras.

Comprendí que no sólo los soldados habíamos sufrido la hambruna. Entendí la necesidad de prevenir que la miseria arrasara con Meshíco Tenochtítlan en guerras futuras.

Al entrar al palacio del tlatoani, nos encontramos con un gran banquete. Tízoc fue recibido con gran regocijo por sus esposas, sacerdotes, ministros y consejeros, que se veían igual de saludables que antes.

—Vengan a comer —nos dijeron.

—¿Y tu pueblo? —le pregunté.

—¿Qué con el pueblo?

—¿Qué van a comer tus vasallos? ¿Ya los viste?

—Ya me ocuparé de eso.

—¿Cuándo? ¿Hoy o en una semana?

Me dirigí a la servidumbre y les ordené que llevaran toda la comida a la entrada del palacio.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó enfurecido.

—¡Voy a alimentar a los tenoshcas!

Todos los presentes se mantuvieron al margen. Sólo algunos se atrevían a murmurar.

—¿Qué le ha ocurrido a este muchacho? —se alcanzó a escuchar.

Los sirvientes se mantuvieron en espera de lo que diría Tízoc.

—¡Vamos! —grité a los sirvientes—. ¿Qué esperan?

—¡No se muevan! ¡Yo soy el tlatoani!

—¿Les vas a negar el alimento? ¡Respóndeme! Si es así, saldré en este momento y le diré a todos los meshícas que su tlatoani no les quiere dar de comer.

No respondió. Su respiración se agitó.

—¡Lleven la comida afuera! —me dirigí nuevamente a los sirvientes.

Tras dar aquel banquete a la gente, me fui al teocali de Huitzilopochtli donde solía pasar la mayor parte de mi tiempo. De pronto, mi maestro Tlecuauhtli apareció a mi espalda.

—Tuviste suerte. Otro tlatoani habría ordenado que te mataran por lo que hiciste.

No respondí.

—A mí no me engañas, Motecuzoma —dijo.

—¿De qué habla? —le pregunté sin quitar la mirada del teocali del dios portentoso.

Unos nubarrones surcaron el cielo.

—Eso que hiciste. Salir ante el vulgo y gritar: ¡Tenoshcas, vengan a comer! Eso no era suficiente para alimentar a un pueblo. Ni siquiera a uno de los barrios. Algo te traes entre manos.

—Debemos ganarnos la lealtad del pueblo. —Dirigí los ojos a mi maestro—. Dale de comer a tu pueblo para que luego ellos te preparen los banquetes. De lo contrario un día te servirán veneno.

Sonrió, y puso la mano en mi hombro.

—Tú y yo nos estamos entendiendo.

—Al volver a Tenochtítlan y ver tanta gente desnutrida sentí mucha ira por haber desperdiciado tanto tiempo en una guerra y volver sin riquezas.

—A ti te dolió el fracaso.

Me quedé en silencio. Jalé aire. Tlecuauhtli mostró la dentadura al mismo tiempo que alzó las cejas.

—No es eso —mentí—. Sólo que…

Tlecuauhtli hizo una mueca de ironía y movió la cabeza de izquierda a derecha. Gotas espesas comenzaron a golpear el piso y los escalones del teocali.

—Vámonos —recomendó mi maestro.

Negué con la cabeza.

—Aquí me voy a quedar.

Seguí a Tlecuauhtli con la mirada mientras bajaba por las escaleras del teocali. Pronto vi cómo se hicieron enormes charcos en la plaza principal. La gente que había estado caminando por ahí corrió apresurada para esconderse de la lluvia. Luego oscureció y grandes relámpagos iluminaron el cielo. Siempre me ha gustado quedarme bajo la lluvia y sentir el regalo del dios Tláloc. Es cuando mejor acomodo mis ideas. Volví a mi casa hasta la madrugada, cuando las lluvias habían terminado.

Muy pocas veces me he quedado dormido hasta que sale el sol. Esa mañana un dolor de cabeza me despertó. Escuché el ruido de los guajolotes y a algunos niños jugando. Me senté por un rato en mi petate y observé la luz que entraba. Arrugué los ojos y bostecé. Cuauhtláhuac seguía dormido en el otro petate. Tras ponerme de pie le di una patada en la pierna para despertarlo. Luego me apuré a bañarme para acudir al Coatépetl.

Llegué tarde. La ceremonia matutina a nuestro dios portentoso había terminado. Sólo estaba mi maestro Tlecuauhtli.

—Le suplico perdone mi tardanza, maestro —dije arrodillado.

—Ponte de pie y acompáñame.

Caminamos hasta el lago. Luego subimos a una canoa. Mi maestro me ordenó remar. No habló, y yo no me atreví a preguntar a dónde nos dirigíamos. De pronto ordenó que me detuviera. Estábamos en el centro del lago. Alrededor podíamos ver centenares de canoas. Había hombres pescando y otros llevando mercancías.

—¿Qué quieres? —me preguntó sin preámbulo.

—No entiendo, maestro.

—Sí. Sabes a lo que me refiero. —Se masajeaba los dedos de la mano derecha—. ¿Hasta dónde quieres llegar?

Los pescadores se encontraban tan ocupados que resultaba imposible que nos estuvieran escuchando. Sentía la mirada de mi maestro como un par de lanzas. Estuve a punto de responder, pero me tragué mis palabras.

—Te conozco bien, Motecuzoma.

Observé media docena de gansos que nadaban cerca de nuestra canoa. Metían sus cabezas en el agua y luego se sacudían.

—Sé que no estás de acuerdo con la forma de gobernar de Tízoc.

—Hay muchas cosas que debemos cambiar.

—Pensé que ya lo entendías. Los ministros y sacerdotes estamos para aconsejarlo.

Mi maestro Tlecuauhtli guardó silencio por un instante. La canoa se bamboleaba suavemente. Un ganso pasó volando muy cerca de nosotros.

—Hemos decidido nombrarte consejero.

No supe cómo responder. Estaba seguro de que con lo que había hecho el día anterior había perdido todas las posibilidades de recibir un c

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