Declive

Antonio García Ángel

Fragmento

Jorge tuvo que luchar para sacudirse un sueño reticente al despertador. Eran las cinco de la tarde y había dormido desde el almuerzo. Miró por la ventana y lo invadió una falsa sensación de mañana causada por la luz del atardecer. Tenía una hora para llegar a su turno en un call center donde trabajaba de seis a seis. Su trabajo consistía en autorizar ambulancias y procedimientos médicos para MediSanar, una empresa que prestaba servicios de salud.

Se bañó con agua muy caliente. Cuando salió de la ducha se sentía blando, como si lo pudieran apuñalar con una cuchara. Restregó su cuerpo con una toalla limpia. Fue al clóset, sacó ropa interior, escogió un bluyín y una camisa mal planchada, se sentó en la cama deshecha. Se secó un pie para echarle talco, miró por la ventana hacia el cielo sin pájaros, el brillo metálico del cemento, el reguero de casas y edificios, los buses, los carros. Mientras se ocupaba del otro pie: la carrera trece, el caño, los mechones verdes más allá de la avenida Caracas, las calles que se iban afilando hasta perderse en la lejanía, el cielo azul casi verdoso en el horizonte, con un telón de nubes que avanzaba desde el norte, muy lento. Se puso las medias y procuró sin éxito calzarse un zapato. No le entraba el talón, sus dedos se apretaban en la punta. Se lo quitó, introdujo la mano para ver si tenía algo dentro. Tomó el otro e intentó calzárselo. Tampoco le cupo el pie. Miró sus zapatos con extrañeza, sosteniéndolos apenas a un palmo. Tenían el mismo desgaste, las mismas deformaciones: eran los mismos que tenía puestos antes de la siesta. Se quitó las medias y examinó sus pies con detenimiento, se los tocó a ver si le dolían o los sentía abultados, pero no parecía ser el caso. Fue al baño, los levantó con dificultad —no era muy flexible— y se los miró en el espejo. Se veían iguales que siempre. Quizá sí estaban más grandes. La verdad, no solía reparar en sus pies muy a menudo. Lo importante, pero también lo más extraño, era que no lucían hinchados ni amoratados. Reconoció sus dedos, los gordos un poco más largos que los demás, con uñas desviadas hacia dentro, los meñiques puntudos. Recorrió con la mano las venas brotadas sobre el empeine. Caminó, se empinó, dobló y separó los dedos, arqueó el puente, trató de percibir alguna novedad, un dolor, una molestia. Regresó a su clóset y sacó otro par de zapatos. Tampoco le sirvieron. Aunque no lo parecía, la única explicación posible era que estaba reteniendo líquidos. Debía hacerse un examen de creatinina.

La marejada de preocupaciones que le subió desde las extremidades inferiores y empezaba a sacudir su cabeza se topó con un dique: eran las cinco y veintisiete minutos. Tenía el tiempo justo para llegar a su trabajo. Intentó calzarse los zapatos por última vez. Ante la evidencia de que seguían quedándole pequeños se resignó, dobló hacia dentro la parte trasera de cada uno y se los puso como si fueran zuecos. Tensó los cordones y los amarró con doble nudo. Luego se enfundó la chaqueta de siempre, se pasó un peine por los pelos que sobrevivían sobre sus orejas y la base del cráneo, se comió a la carrera un plato de cereal con leche, hizo un buche de agua con crema dental, tomó una manzana de la nevera, la metió en el bolsillo de su chaqueta y salió al pasillo de su edificio. El ascensor, un vetusto Otis con capacidad para seis personas, trepaba con parsimonia. Jorge quiso apurarlo con el típico e inútil gesto de hundir el botón de llamado una y otra vez, hasta que por fin se abrieron las puertas. Entró. El ascensor traqueaba y daba siempre alguna sacudida, como si el ducto no fuera completamente recto. Se detuvo en el quinto piso. Ahí se subió una señora madura, muy maquillada, fofa, que vestía un abrigo muy grande para su talla. Lo saludó con un «Buenas tardes» y se quedó inmóvil, con cara de preocupación. A Jorge se le ocurrió que a lo mejor el abrigo de esa señora era tan grande porque ella súbitamente había empequeñecido. El ascensor bajó con lentitud asfixiante. Jorge salió en el primer piso; la señora del abrigo siguió hacia los parqueaderos. Wilson, el portero chaparro, bigotudo y risueño, lo saludó y le entregó un par de recibos que habían llegado a su nombre. Jorge salió al ruido de la carrera trece llena de carros, el olor a gasolina, los árboles tiznados de smog, el comercio y los peatones. Esperó a que cambiara el semáforo y cruzó. Le compró unas mentas al vendedor de dulces en la esquina del Banco BBVA, esquivó a la mendiga flaca y medio loca que estaba frente al restaurante Il Pimentón; continuó hasta la avenida Caracas, incómodo con sus zapatos mal calzados. La estación de Transmilenio bullía de gente, las dos filas para comprar pasajes se prolongaban hasta el borde del separador. Jorge rebuscó en su billetera, sacó su tarjeta y se sumó a la muchedumbre que ingresaba. Llegó al torniquete, puso su tarjeta en el lector, atravesó las aspas metálicas y transitó por entre el gentío que avanzaba presuroso e impaciente. Llegó al tramo donde se detenía el bus J24. La masa humana se apiñaba en cada una de las tres puertas. Como era usual, la única oportunidad de entrar en el próximo bus era abriéndose paso a la fuerza, de manera que Jorge escogió la puerta que parecía tener menos personas, guardó su billetera en el bolsillo interior del saco, se aseguró de que su celular estuviera en el fondo del bolsillo delantero de su pantalón y, a golpes de hombro y codos, fue penetrando en el compacto corrillo de pasajeros. Cuando llegó el J24, ya Jorge había avanzado desde la periferia y se encontraba en el centro del tumulto. Los pasajeros que bajaron del bus abrieron un boquete entre los que pretendían subir. Entre empellones y pisotones, Jorge sintió que uno de sus zapatos comenzaba a zafársele. Quiso engancharlo con el pie, pero quienes venían detrás lo embutieron dentro del bus. Se cerraron las puertas y Jorge se sintió indefenso, con el pie derecho apenas cubierto por un calcetín azul. Mientras el J24 se alejaba de la estación Jorge sintió que, si todo eso era un mal sueño, estaba tardando demasiado en despertar. No supo si vio o imaginó una mancha azul, un pedacito de su tenis solitario en la estación, entre la maraña indiferente de pies.

* * *

El recorrido hasta la estación de la avenida Jiménez, unos ocho minutos, le pareció una eternidad. Jorge cuidaba su pie de un pisotón, lo apoyaba con miedo en el piso frío. Normalmente se habría bajado en el Museo del Oro, pero lo hizo enfrente de San Victorino. Le parecía que algunas personas reparaban en su pie descalzo y lo miraban con curiosidad, que disimulaban como quien teme despertar la ira de un loco. Lo más probable era que en medio de la multitud y la luz exigua de las seis nadie lo notara, pero Jorge se sentía avergonzado, bajaba la cabeza, trataba de caminar como si tuviera ambos zapatos. Su pie palpaba con asco puchos, bolitas de chicle, papeles y mugre. Bajó las escaleras y caminó hasta los cajeros, uno de Bancolombia y otro del BBVA, metió su tarjeta débito y sacó dinero. Se le acercó un vendedor que llevaba unas bolas traslúcidas de colores y le canturreó «Son ambientadores, son fragancias, para el baño, sólo mil pesos» y se quedó mirando hacia el piso. Fue el primero en manifestar verdadera sorpresa. Jorge echó a andar. Atravesó los torniquetes y subió hasta la barahúnda de transeúntes y vendedores que abarrotaba las aceras de San Victorino. Los pregones de uno y otro comerciante, repetidos al infinito, se trenzaban como letanías. Controles para todo tipo de televisor se lo encontramos lleve los cargadores los manos libres vea lleve el perro a diez a diez cinco pares por siete mil le tengo la última innovación para los hongos y los sabañones leo la fortuna y hago rezos… En el piso había plásticos extendidos en los que ofrecían zapatos, Jorge se acuclilló frente a uno de ellos. El vendedor, un moreno de cara tosca y manos quizá demasiado pequeñas, se quedó mirando su pie descalzo y le dijo «A la orden, patroncito». Jorge preguntó cuánto costaban. «A treinta el que le guste, patrón, pero aquí hay posibilidad de negociar. ¿Cuál se va a probar? Le tenemos nai, puma, adidas, ribú…». Todos eran imitaciones ramplonas de marcas conocidas, por lo visto sin la menor pretensión de verosimilitud. «¿Por qué anda sin un zapato, patrón?», le preguntó el vendedor. Jorge sintió cierto alivio de poder explicar que lo había perdido en el Transmilenio, en medio de la pelotera de gente que pugnaba por entrar al bus. El tipo sonrió y le preguntó una vez más cuál le había gustado. Se sacó el zapato que le quedaba, se midió un Adidas talla 40 y no le entró, un Nike 41 que le quedó muy apretado y finalmente un Reebok gris número 42, de lona y puntera de gamuza, feo pero más o menos cómodo. El vendedor le dijo «¿Sabe qué, patroncito?, cómprese unas medias de una vez», y le silbó a un vendedor que llevaba un carrito de supermercado lleno de camisetas, calzoncillos y medias, y gritaba «Un par por cinco mil, tres por diez mil». El tipo esquivó unos perritos de pilas que una señora ponía a caminar en el piso y apartó a otra vendedora de ambientadores. Jorge le compró un par de medias cafés, se calzó ambos zapatos mientras el vendedor le decía «Siéntalos, son suavecitos. ¿Le doy una bolsa para que se lleve el zapato?». Jorge lo meditó mientras el tipo de las medias se alejaba y dijo que sí: era una prueba de que originalmente calzaba 38 y ahora sus pies habían aumentado cuatro tallas. Sacó la billetera, le pagó al vendedor, tiró la media sucia y su compañera en un tarro de basura metálico que estaba a unos cuatro pasos, miró la hora en su celular: seis en punto. Se despidió del vendedor y regresó a la estación de Transmilenio, la bolsa verde de rayas blancas en la mano, mirándose los zapatos calzados en esos pies que sentía ajenos.

* * *

Después de un viaje intranquilo, se bajó en la estación Museo del Oro. Salió por la puerta occidental, cruzó la calle y llegó a la esquina. Atravesó la séptima hasta el McDonald’s y tropezó con el borde del andén. No había medido el tamaño de sus zapatos. Después de trastabillar y luego recuperar el equilibrio, pensó con cierta amargura que su tránsito de la talla 38 a la 42 empezaba a tener consecuencias concretas. El cielo había tomado ese color cemento que tienen los días lluviosos. Caminó hasta la esquina de la papelería Panamericana y bajó entre los vendedores de fruta, mapas, cables, controles, esferos y organizadores alfabéticos de papeles en forma de acordeón, dobló por la droguería y atravesó la calle en diagonal, esquivando carros, hasta el otro lado, frente a un restaurante que aunque se llamaba El Medio Oriente tenía un menú siempre colombiano.

InfoPlus funcionaba en el noveno piso de la Torre América, una mole color óxido que se levantaba entre un parqueadero de siete niveles y un lóbrego edificio de oficinas. Atravesó el detector de metales, saludó al guardia y a la señorita de la recepción, deslizó su carnet por una banda magnética y el dedo índice en un escáner, dio vuelta al torniquete y tras unos pasos inseguros se detuvo en medio de los cuatro ascensores. Aguardó mientras se miraba los Reebok chiviados y movía los dedos dentro de ellos. Se abrieron las puertas, salieron más personas de las que a simple vista podrían caber, muchos de InfoPlus que Jorge reconocía; alguno lo saludó al pasar. Entró al ascensor junto con un mensajero que llevaba casco y chaleco de motociclista, dos tipos de corbata, una muchacha muy fea enfundada en un sastre color curuba, otra muy bonita vestida de negro y una anciana diminuta, aristocrática, con el pelo muy blanco. Todos fueron bajándose antes. Jorge se quedó solo y tuvo la impresión de que el ascensor había subido muchos pisos más antes de detenerse en el noveno, donde, tras la turbamulta de gente que ya se iba a casa en el éxodo de las seis, se veía un letrero rojo que decía InfoPlus y había un sofacito aún más rojo frente a un mostrador donde se turnaban dos secretarias. A esa hora no estaba Mónica, fue Adriana quien lo recibió con el mismo «buenas tardes» maquinal que ambas usaban para clientes y trabajadores. Jorge deslizó la banda magnética de su carnet frente a la puerta de vidrio que había a un costado e ingresó en un vestíbulo con dos puertas. Una conducía a la sala donde estaban los casilleros, unos sofás idénticos al de la recepción pero de color negro, cuatro televisores, una mesa de ping-pong, dispensadores de café, bebidas y pasabocas, dos máquinas para trotar como las que tienen los gimnasios y una cocineta. Un puñado de personas del 113 estaba en los sofás, nadie jugaba ping-pong; Wilson Baena, de Colchones Rachman, lo saludó con un gesto desde la trotadora. En el televisor más cercano corría una tanda de comerciales. Jorge forcejeó hasta abrir su casillero, sacó su almohadilla para la oreja y el micrófono, conocido oficialmente como tubo acústico e informalmente como pitillo. Dejó allí la manzana y la bolsa con su único zapato. La puerta estaba torcida y había que ajustarla a los golpes. Con la mano adolorida ajustó el candado, salió de nuevo al vestíbulo esquivando a quienes terminaban su turno y abrió la otra puerta.

Allí quedaba la zona de trabajo, que tenía cuarenta filas de treinta y dos escritorios, para una capacidad de mil doscientos ochenta operarios. Empezaban a despejarse algunos puestos, pero InfoPlus todavía funcionaba a toda máquina. Las terminales encendidas, el aire estancado y la cantidad de gente convertían el call center en un galpón de gallinas. Jorge, acalorado, vadeó las filas de escritorios, pasó junto a los de Hoteles Mercurio, siguió de largo por los puestos ya vacíos

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