La sombra de fuego

Alberto Rojas M.

Fragmento

Creditos

1.ª edición: julio, 2013

© Alberto Rojas M., 2013

© Ediciones B Chile, S. A., 2013

Avda. Las Torres 1375-A Huechuraba - Santiago, Chile

www.edicionesb.cl

Registro de Propiedad Intelectual: 207872

ISBN DIGITAL: 978-956-304-135-4

Edición: Patricio Jara

Portada: Francisca Toral

Maquetación ebook: Caurina.com

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Para mis padres, María Cristina y Alberto

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

SEGUNDA PARTE

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

TERCERA PARTE

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Final de vuelo

PRIMERA PARTE

EL PRISIONERO

Capítulo 1

—Oye, Soto.

—¿Qué quieres?

—¿Escuchaste lo que dijo el teniente?

—No.

El cabo miró sin mucho disimulo en todas direcciones, como si esperara ver a alguien aparecer súbitamente de entre las sombras para reprenderlo. Pero la noche no reveló la presencia de nadie más. Sólo entonces se acercó hasta su compañero.

—Farías, no puedes dejar tu puesto, estamos de guardia —le advirtió Soto.

—Lo sé, lo sé —contestó su compañero—, pero yo le escuché decir al teniente que a lo mejor se trataba de un brujo. Tú sabes, como los que hay en el sur, allá en Chiloé.

—Farías, los brujos no existen —aseguró Soto, aferrando su fusil con las dos manos—. Ni en el sur ni en ningún otro lado.

—Eso es lo que tú crees, pero mi viejita, que ya está en el cielo, una vez me dijo que de niña había visto a uno volando sobre las copas de unos árboles del fundo donde vivía. Y era una noche muy parecida a ésta.

—¿Un mago… volando?

—No, un mago no. Un brujo. Y convertido en un enorme pájaro negro.

—Si no lleváramos tantas horas de guardia, pensaría que de nuevo estás borracho —respondió Soto con desdén, al tiempo que se acomodaba su gorra de color rojo.

Ambos guardaron silencio y se frotaron las manos entumecidas de tanto sujetar sus fusiles helados. Los ponchos que llevaban ya estaban húmedos y las chaquetas del uniforme comenzaban a correr la misma suerte. Para colmo, Soto tenía rota la suela de su bota izquierda.

—Este marzo está muy helado…

—¡Silencio! ¡Cállate, Farías! ¿Escuchaste eso?

Los dos centinelas se voltearon escudriñando la noche. A unos cien metros estaba la casa patronal que custodiaban desde hacía seis días. Pero no había nadie en el típico corredor techado que la rodeaba. Sólo distinguieron la débil luz de unas velas a través de sus ventanas. Y a un grupo de soldados que cumplía su ronda nocturna, igual que ellos.

A unos cincuenta metros de la casa se levantaba una bodega de muros blancos, desde donde otros dos soldados los miraron inexpresivos. Todo estaba igual que tres horas antes, al comenzar su guardia. Entonces se dieron cuenta de que el ruido extraño venía de otro lado, más allá, desde el camino.

Soto fue el primero en levantar su fusil, no sin antes comprobar que en su cartuchera apenas le quedaban cinco balas. Si había problemas, la pelea no duraría mucho. A lo lejos, entremedio de los árboles, una luz anaranjada avanzaba hacia ellos. Luego vislumbraron dos más. No, finalmente eran cuatro las bolas de fuego que volaban por el camino.

—Son brujos, ¿verdad? —susurró Farías, asustado.

—¿Brujos? ¿Acaso no escuchas el galope? Son jinetes con antorchas, quizás una decena —le respondió Soto malhumorado.

—¿Y quiénes serán?

—No lo sé, pero mejor haces como yo y sacas tu bayoneta…

En menos de un minuto, los centinelas tuvieron delante de ellos a toda una columna de caballería armada hasta los dientes. Soto contó a ocho soldados que iban delante de un carruaje negro, con las ventanillas arriba y sin ningún emblema. Otros ocho, también a caballo, cerraban la formación.

Uno de los jinetes desmontó, sacudió su gorra, acomodó su sable y sin soltar las riendas de su caballo, avanzó hasta donde se encontraban los guardias.

—Soy el coronel Ernesto Martínez.

—Cabo Soto, mi coronel —contestó en posición firme.

—Descanse, cabo. ¿Quién está a cargo?

—El teniente Godoy. Está adentro, con el…

—Suficiente. Dejen que mis hombres se desplieguen en esta posición, ellos ya saben qué hacer, ¿me entendió?

—Sí, mi coronel —respondió cuadrándose. Farías lo imitó
torpemente.

Martínez volvió a montar e hizo una seña al cochero. Éste avanzó con el carruaje acompañado de sólo seis escoltas, los que se detuvieron justo frente a la casa. Entonces, tres civiles bajaron lentamente vestidos con elegantes ropas oscuras y, tras ponerse sus finos sombreros, entraron en la casa sin decir palabra.

Al abrir la puerta se encontraron con cinco soldados más y un oficial, los que se cuadraron en cuanto vieron entrar a los visitantes. Todos se veían delgados y demacrados.

—Teniente Osvaldo Godoy, a sus órdenes. No sabía que usted vendría con…

—Esa era la idea, teniente —dijo el coronel Martínez—. Mientras menos lo sepan, mejor.

—Por favor, señores, pasen al comedor —insistió el teniente—, allí estarán más cómodos.

Los tres civiles avanzaron junto a los dos oficiales por un largo pasillo que los condujo hasta un comedor amplio con muebles finos de madera. Los escoltaban tres soldados más. Todos demostraban estar muy nerviosos.

—Bien, ahora su informe, teniente Godoy. Por favor, sea claro.

—Tal como usted nos ordenó tras recibir mi mensaje, desalojamos a los dueños del fundo diciéndoles que era por su propia seguridad, pero sin dar más explicaciones. También a los inquilinos, que en total eran unas cuatro familias. Se quedaron sólo dos mujeres para atender la cocina. Luego apostamos centinelas en el perímetro y sobre todo en las entradas al fundo. La cosa esa… quedó en la bodega, también custodiada por guardias armados de día y de noche. No encontramos a nadie más.

—¿Y el prisionero? —preguntó uno de los civiles, que lucía un amplio bigote negro.

—Se encuentra en uno de los dormitorios, señor. No ha salido de ahí en estos seis días.

—¿Y ha dicho algo?

—Lo mismo que cuando lo capturamos —respondió Godoy—: insiste en hablar con alguien de mayor rango.

—Bueno, entonces le daremos en el gusto. Tráiganlo —ordenó el coronel Martínez.

Los tres soldados salieron del comedor por el pasillo hacia el interior de la casa. Al cabo de algunos minutos, regresaron escoltando a un hombre alto y delgado, de rostro alargado, nariz recta y párpados un poco caídos. Un bigote cuidadosamente recortado le daba un aire intelectual. Llevaba unos pantalones color caqui y botas altas, además de una chaqueta gruesa de cuello alto.

—Siéntese —dijo Martínez, ofreciéndole una silla.

El prisionero, en silencio, los miró desconcertado. En especial a los tres civiles que lo estudiaban minuciosamente desde el otro extremo del comedor.

—¿Nombre?

—¿Otra vez? Pero si esto ya lo hablé con…

—Entonces dígalo de nuevo —exclamó molesto el coronel.

—Alejandro Bello Silva.

—¿Edad?

—Veintisiete años.

—¿Rango?

—Teniente Primero del Ejército de Chile.

En ese instante los soldados que lo habían escoltado estallaron en carcajadas, pero la mirada de hielo de Martínez los hizo
enmudecer.

—¿Nacionalidad?

—Ya le dije, soy chileno. ¿Quién es usted? ¿Y por qué todos ustedes están vestidos así, con esos uniformes tan antiguos?

—Las preguntas las hago yo, así que cuide sus modales… Además, le informo que usted está arrestado bajo sospecha de
espionaje.

Bello abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Espía? ¿Y de quién? ¿Del Imperio Austro-Húngaro, tal vez?

—No, señor —repuso el teniente Godoy—. De la Alianza.

—¿Alianza? ¿De qué Alianza está hablando?

—De la Alianza formada por Perú y Bolivia, ¿cuál otra?

Entonces fue Bello quien se empezó a reír, mientras el resto de los presentes lo miraba con una mezcla de molestia y sorpresa.

—No le veo la gracia —dijo Godoy con los dientes apretados.

—La verdad es que no sé de qué se trata todo esto, pero si es una broma, les digo que ha sido la mejor. Ni en París viví algo parecido. Ahora, ¿me dejan volver al cuartel? —insistió Bello, poniéndose de pie—. ¿O yo también tengo algún papel en esta representación de la Guerra del Pacífico? A lo mejor podría ser…

En ese instante el coronel Martínez se levantó violentamente, desenfundó su revólver Colt y le apuntó directo a la cara. Los soldados que lo custodiaban hicieron lo mismo con sus fusiles. Bello sólo atinó a levantar las manos en gesto de rendición.

—Si es por los daños del avión… yo los puedo pagar.

—¿Qué cosa dijo? ¿Avión? —gritó Martínez—. ¡Explíquese! ¡Ahora!

—¡Basta! ¡Es suficiente, capitán! —exclamó uno de los civiles que hasta ese minuto había permanecido en silencio—. Es obvio que este hombre es un loco y que hemos perdido nuestro tiempo. Debemos irnos antes de que...

—Pero aunque fuera sólo un loco, eso no explica “la cosa” que dicen tener en la bodega. Y que por cierto, yo todavía no he visto —repuso otro de los hombres, de mayor edad que el resto, que lucía una amplia calvicie y barba cana—. Además, su historia es tan extraña que honestamente me cuesta creer que sea un espía. Un comerciante, un académico o incluso un religioso serían identidades más adecuadas. ¿Pero esto?

—Señor Presidente, yo creo que usted…

El hombre levantó la mano en señal de que no insistiera. Luego avanzó hasta donde se encontraba Bello y se sentó junto a él.

—Hijo, ¿usted sabe dónde está?

—Eso es obvio, en Chile. ¿O no?

—¿Y qué día es hoy?

—El 15 ó 16 de marzo de 1914. Yo despegué el día 9, así que considerando los días que llevo aquí…

Todos en el comedor se miraron en completo silencio. El teniente Godoy ya había escuchado a Bello decir lo mismo varias veces, pero para el coronel Martínez era una respuesta que ciertamente no esperaba.

—Muchacho, parece que usted está sumamente confundido —dijo el hombre—. Este es el año 1881. Y yo soy el Presidente Aníbal Pinto Garmendia. Ese hombre tan malhumorado que usted ve allá es Manuel Recabarren, mi ministro del Interior. Y el que está a su lado es José Francisco Vergara, mi ministro de Guerra y Marina. Además, estamos en el mes de abril. Ahora terminemos con toda esta farsa y dígame la verdad.

La sonrisa de Bello se fue borrando progresivamente de sus labios, hasta desaparecer por completo de su rostro desencajado. La chispa inicial de sus ojos se había apagado completamente.

—Todo esto es una broma, ¿verdad? —musitó—. No es posible que no sea 1914.

—No hijo, no es una broma —respondió Pinto—. Es 1881 y si usted realmente me quiere convencer de que viene del próximo siglo, que usted viene del futuro, necesito algo más que sus
palabras.

—Treinta y tres años… en el pasado… —musitó Bello con la mirada perdida—. No puede ser… ¡Es imposible!

El coronel Martínez le hizo una seña a uno de sus hombres y éste salió rápidamente del comedor. Regresó con un montón de largas y pesadas cadenas.

—Es suficiente, engríllenlo —ordenó.

—¡No, no! ¡Esperen! —exclamó Bello poniéndose de pie al lado de Pinto—. Miren, no sé qué está pasando aquí, pero yo sólo estaba realizando mi examen para obtener la licencia de piloto. Y si no me creen, hablen con el general Arístides Pinto, que es el inspector de Aeronáutica. O mejor, con el capitán Manuel Ávalos, él es el director de la Escuela Militar de Aviación. Cualquiera de los dos confirmará lo que les estoy diciendo.

—¿Eran sus oficiales superiores?

—Sí, exactamente.

—Ninguno de los dos me resulta familiar —dijo Martínez, anotando ambos nombres.

Bello continuó con su relato.

—Dije que estaba rindiendo mi examen para piloto. Eran las cinco de la madrugada cuando despegué por primera vez del aeródromo de Lo Espejo rumbo a Culitrín. El segundo punto de la ruta era Cartagena y desde ahí debía regresar a Lo Espejo. Todo en un máximo de 48 horas. Pero no pude aterrizar en Culitrín porque había una neblina densa. Durante más de hora y media volé sobre el lugar, esperando a que se despejara, pero nada. Así que decidí volver a Lo Espejo. Eran cerca de las siete y media de la mañana.

Alejandro reparó en que todos lo observaban con evidente desconcierto.

—¿Y qué pasó luego? —insistió Martínez.

—Volví a despegar cerca de las nueve y media. En otro avión venía el teniente Ponce.

—Reconoce que tiene un cómplice… —interrumpió el coronel Martínez.

—No, cómplice no. Es… era… mi compañero de vuelo. Ese día también daba su examen, igual que el teniente Torres y el sargento Menadier…

—¿Y qué fue de ellos?

—No lo sé.

—¡No mienta!

—Ya le dije que no lo sé. No los volví a ver. Con Ponce llegamos a Culitrín pasadas las diez de la mañana, a pesar del fuerte viento. Allí almorzamos y luego despegamos rumbo a Cartagena, poco antes de las cinco de la tarde, con una diferencia de cinco minutos.

—¿Y qué pasó con él? ¿Dónde está ahora?

—Lo ignoro. Ponce volaba detrás mío, pero lo perdí de vista como a las siete de la tarde. Precisamente cuando apareció la niebla… y ese viento…

La voz de Alejandro se fue apagando hasta quedar en silencio, con la mirada fija en el suelo, tratando de controlar su angustia. Todas las miradas estaban sobre él.

—Teniente Godoy, ¿verdad?

—Sí, señor Presidente.

—Tengo entendido que uno de sus hombres fue quien capturó al prisionero, ¿correcto?

—Sí, señor. El cabo Galdames.

—Dígale que venga, por favor.

Godoy ordenó a uno de los guardias que fuera a buscarlo. A la vuelta de algunos minutos entró al comedor un soldado sin afeitar, algo despeinado y que infructuosamente intentaba abrochar su guerrera azul al mismo tiempo que ajustaba la hebilla del cinturón.

—¡Cabo Galdames, mi teniente!

—Cabo, quiero que repita todo el incidente, tal como me lo contó —dijo el teniente Godoy—. Y no omita nada, ¿entendió?

—Sí, mi teniente. Hace seis días estábamos custodiando el camino frente al fundo, como de costumbre; nada nuevo. Deben haber sido como las seis de la tarde. En esos días hubo una niebla muy rara, la recuerdo bien. Era muy cerrada y se veía poco. Incluso a veces creíamos escuchar cosas… como voces… que venían de la niebla. Algunos compañeros hasta se asustaron un poco.

—Prosiga —ordenó el teniente.

—Con el resto de la patrulla de repente escuchamos un ruido. No sé cómo explicarlo, porque era muy raro. No se parecía a nada que hubiera escuchado antes, pero a cada momento se hacía más y más fuerte. Incluso pensamos que podía ser un derrumbe en los cerros cercanos.

—¿Y?

—Entonces una cosa, una sombra enorme nos pasó por encima. Nunca había visto algo así.

Pinto se puso de pie y se plantó frente al cabo Galdames, que no sabía si sudaba porque estaba delante del Presidente o porque temía que no le creyeran.

—¿Una sombra que pasó sobre usted y el resto de la patrulla? —inquirió Pinto—. ¿Quiere decir que eso… esa cosa de la que usted habla… venía volando? ¿O acaso estaba suspendida en el aire?

—No exactamente, señor… Mejor dicho, venía cayendo del cielo. Pasó muy rápido, rompió las ramas de varios árboles y terminó de caer en un claro, a unos doscientos metros de donde nos encontrábamos.

—Entonces… —insistió el coronel Martínez.

—Yo me adelanté a mis compañeros y cuando llegué al lado de esa cosa, este hombre, el que está parado ahí —dijo señalando a Alejandro Bello—, se quitó una especie de máscara que llevaba puesta y salió a tropezones.

—¿Y después?

—Siguiendo mis órdenes, lo tomé prisionero. Ahí fue cuando me dijo que él era del Ejército de Chile. Pero su uniforme no se parecía en nada al nuestro. Luego llegó el teniente Godoy, que se llevó al prisionero y un par de horas después nos ordenó mover esa cosa hasta la bodega del fundo. Así que buscamos cuerdas y después de amarrárselas, la arrastramos con unas mulas.

—Entonces ustedes tienen al Sánchez Besa —dijo Alejandro sin ocultar su alivio—. ¿Está muy dañado?

—Nosotros no tenemos detenido a ningún Sánchez… o lo que sea que dijo —exclamó el teniente Godoy.

—Ese es el modelo de mi avión, la cosa, como la llaman ustedes. Sólo espero que todavía funcione... Si me llevan hasta ella, yo probaré que todo lo que he dicho es verdad. Señor Presidente, usted quería pruebas; déjeme dárselas, por favor.

Pinto lo miró con expresión rigurosa. Toda su historia parecía producto de la locura, o en el mejor de los casos, del exceso de chicha. Un hombre que venía del futuro, en una especie de máquina capaz de volar. Realmente costaba creerlo.

—Hijo, yo dije que no me iría sin ver esa cosa de la que todos hablan, así que vamos de una buena vez.

—Teniente Godoy —ordenó Martínez—, hágase cargo del prisionero. Si intenta algo extraño, tire a matar.

Capítulo 2

Las autoridades salieron de la casa escoltados por una numerosa guardia. Un poco más atrás, el teniente Godoy y sus hombres custodiaban a Bello con las bayonetas puestas en sus fusiles, casi esperaran algún intento de escape.

Los soldados que iban delante alumbraban con antorchas el trecho que separaba la casa patronal de la bodega. Al llegar hasta sus puertas, los dos centinelas apostados ahí se cuadraron, impresionados de ver frente a ellos al mismísimo Presidente Aníbal Pinto, acompañado de sus dos más poderosos ministros.

—¡Abran las puertas! —ordenó Martínez—. Tú y tú, iluminen la bodega, lleven toda la luz que necesiten.

Los soldados entraron a la bodega oscura con dos antorchas cada uno y las colgaron en muros y pilares. Las ratas escapaban hacia el fondo de la construcción, donde todavía quedaban sombras que las pudieran cobijar. El lugar olía a humedad, estiércol y pasto seco.

Cuando estuvieron dentro, los centinelas del frontis cerraron la gran puerta. Todos estaban en silencio, observando algo que nunca antes habían visto ni podían comprender.

El Presidente Pinto fue el primero en acercarse, desoyendo las advertencias de sus dos ministros. La cosa era más grande de lo que había imaginado. Lo primero que se le cruzó por la mente fue la figura de una gran cruz. Salvo que tenía tres grandes ruedas que la sostenían, una de las cuales estaba bastante dañada. “Se parecen a las de un velocípedo”, pensó. Pero lo que más le llamó la atención fue la gran hélice ubicada detrás del asiento.

Pinto estaba perplejo. No estaba seguro de que esa cosa realmente pudiera volar, pero algo sí era cierto: se trataba de una máquina formidable.

Su primer impulso fue tocarla. Era suave, aunque fría. En el costado derecho todavía quedaban evidencias de los golpes contra las copas de los árboles, tal como el cabo Galdames había dicho. De modo que, fuera lo que fuera eso, realmente parecía haber caído del cielo. Pero lo que más le sorprendió fue el escudo pintado sobre la máquina: una estrella blanca sobre un fondo bicolor; la mitad superior era azul y la inferior roja. No había duda, eran los colores de Chile.

—Señor Bello —dijo haciendo el ademán de que se acercara—. ¿Por qué dice Manuel Rodríguez en el costado de su máquina?

—Cada avión es bautizado con un nombre, señor Presidente.

—Sí, es sólo un nombre, pero me parece más que apropiado —contestó pensativo—. Teniente, usted afirma que este objeto es capaz de volar. ¿Me podría explicar cómo lo hace? Porque se ve bastante pesado.

—Señor Presidente, es pura física —replicó el piloto—. Aunque todo está en la potencia del motor que hace girar la hélice; es un Renault. El resto lo hacen las alas y el timón. Le dan la estabilidad y la dirección del vuelo.

—¿Renault? ¿Acaso esta máquina es francesa? —preguntó el ministro Recabarren.

—El motor sí, pero el biplano lo diseñó y construyó José Luis Sánchez Besa, en Francia —explicó con entusiasmo—. Lo hizo en sus propios talleres, en la localidad de Issy Les Moulineaux.

—Un chileno construyó esto en Francia… —susurró el Presidente Pinto, asombrado—. Es increíble.

Los soldados parecían no haber comprendido ni una palabra de lo dicho por el prisionero. El coronel Martínez se miró con el ministro Vergara, pero ninguno se atrevió a hacer algún
comentario.

—El problema es que no soy un experto en mecánica, joven. Verá, yo soy abogado.

—Lo sé, señor Presidente, pero déjeme mostrarle cómo funciona. Si usted lo ve, sabrá que digo la verdad.

—¿Y qué necesita?

—Mis herramientas.

El teniente Godoy se adelantó con un saco de arpillera y lo dejó caer al suelo. Alejandro lo abrió y empezó a sacar objetos que resultaron igual de desconcertantes que el mismo avión.

—¿Y qué es eso? —preguntó el ministro Recabarren.

—Esto es un altímetro aneroide —respondió, revisando el resto del contenido del saco—. Esto es una brújula Deperdusin y estas son dos bombas para los neumáticos. Ah, y están las llaves.

Sin esperar a que lo autorizaran, el piloto comenzó a examinar el motor. Estaba mejor de lo que suponía esperar. Luego revisó el timón, que respondía con cierta dificultad. Finalmente recorrió en toda su envergadura las alas impermeables del avión, constatando que los daños eran mínimos.

—Imagino que no me permitirán probarlo a campo abierto.

—Ya veo que entiende la situación —le respondió irónicamente el coronel Martínez—. Nada de trucos, sólo una demostración para el Presidente y sus ministros. Pero ante cualquier movimiento sospechoso, le juro que mis hombres abrirán fuego contra usted y esta cosa.

Alejandro asintió. Sus manos estaban transpiradas y sentía la boca seca. No podía esperar más para despertar de esa pesadilla. Sin embargo, algo en lo más profundo de su mente parecía confirmarle una y otra vez que no estaba dormido.

—Necesitaré que alguien me ayude —dijo al tiempo que se sentaba ante los controles.

—Galdames —ordenó el teniente Godoy—, ayúdelo.

—Cuando le diga, tome la hélice… sí, esa es. La empuja con toda su fuerza y se aleja de inmediato. ¿Comprende? Señor Presidente, la máquina no podrá volar dentro de esta bodega, pero al menos le mostraré el funcionamiento de su motor.

Pinto respondió levantando su mano derecha. Luego se alejó algunos pasos, casi tocando la puerta de la bodega con su espalda. Recabarren y Vergara se ubicaron estratégicamente entre los soldados que apuntaban a la nave y su piloto.

—¿Listo?

—¡Listo! —respondió Galdames.

—¡Ahora!

El soldado empujó la hélice con todas sus fuerzas y corrió a esconderse tras unos fardos de pasto seco. Pero nada ocurrió.

—¡Otra vez!

Galdames salió de entremedio de los fardos y se colocó nuevamente detrás de la máquina. Bello tenía la sensación de que los fusiles que lo apuntaban se veían cada vez más cerca.

—¡Ahora! —gritó por segunda vez—. ¡Con más fuerza!

Las manos del soldado se cerraron como garras sobre la hélice y la empujaron con tanta energía que perdió el equilibrio y cayó al suelo.

Entonces hubo una especie de estampido y la hélice comenzó a girar más y más rápido, hasta que su velocidad hizo imposible distinguirla. El avión, que permanecía amarrado a unos postes de la bodega, como un caballo salvaje esperando ser domado, se movió algunos centímetros hacia delante, desatando el pánico en los presentes. El coronel Martínez incluso pensó dar la orden de abrir fuego. Algunos soldados perdieron sus gorras producto del viento, mientras los ministros y el propio Pinto se tapaban los oídos, tratando de protegerse del ruido ensordecedor.

“Suficiente”, pensó Alejandro, y apagó todo. La hélice entonces comenzó a perder fuerza, girando cada vez más lento, hasta detenerse. Todos permanecieron en silencio.

El Presidente Pinto habló al oído con el ministro Vergara. Éste inclinó la cabeza en señal de afirmación y cruzó la bodega hasta donde estaba Martínez, con quien también habló en susurros.
Bello se había bajado del avión y permanecía en silencio, esperando alguna palabra, alguna señal, cualquier cosa.

—Teniente Godoy, saque a todos sus hombres de la bodega y permanezca alerta —ordenó Martínez—. El Presidente, los señores ministros y yo interrogaremos a solas al prisionero.

Desconcertados, los soldados salieron uno a uno de la bodega. Cerraron la pesada puerta con un golpe seco.

—Bello, acérquese —ordenó Martínez—. El señor Presidente quiere hablar con usted.

Pinto y sus ministros observaban al Sánchez Besa como si de repente toda la historia de Alejandro tuviese sentido y pudiera ser verdad.

—Fascinante —dijo el ministro Recabarren—. Parece una locura, algo imposible… Caballeros, ¿se imaginan las posibilidades?

—Teniente, no sé cómo llegó hasta aquí y no sé si realmente es posible viajar al pasado o al futuro. Pero usted y su artefacto parecen demostrar que sí se puede —añadió Pinto.

Bello dejó escapar un largo suspiro. Sonreía de manera nerviosa. Luego se dejó caer al suelo de la bodega, mientras besaba un crucifijo que llevaba al cuello. Sus plegarias habían sido escuchadas. Al menos en parte.

—En el próximo siglo, ¿todos tienen un artefacto como éste? —preguntó Martínez.

—No señor, esto es equipo militar. La gente todavía usa carruajes, aunque en Santiago cada día hay más automóviles.

—¿Auto… movi…? ¿Qué es lo que dijo?

—Son como carruajes sin caballos —le explicó al coronel—. Tienen un motor parecido al del biplano, les permite moverse por sí solos.

—¡Increíble! —exclamó Recabarren.

Pero el teniente Bello ya no los escuchaba. Casi de manera frenética comenzó a desatar las amarras que inmovilizaban a su avión, revisando nuevamente que no hubiese daños en la estructura que sujetaba las ruedas o en el freno.

—Si me prestan un par de mulas, mañana podría llevarlo a algún campo abierto y despegar. Todavía tiene combustible.

—Teniente —lo interrumpió el Presidente Pinto—, ¿su máquina voladora puede viajar de regreso al futuro?

—Por supuesto que no, sólo vuela.

—¡Sólo vuela! —murmuró Recabarren—. Como si fuera poco.

—Entonces, si su máquina no es capaz de llevarlo de regreso a 1914, ¿cómo pretende hacerlo? —insistió el Presidente.

—No lo sé. Tal vez si hago la misma ruta, más o menos a la misma hora, quizás logre volver. Yo no puedo explicar cómo llegué aquí, pero pienso que esa niebla verdosa tuvo algo que ver. Si lograra cruzar nuevamente a través de ella…

—Entonces, mientras intenta descubrir cómo regresar al siglo XX nos podría responder un par de preguntas más —comentó el coronel Martínez, sin mirarlo.

—Claro…

—Teniente, como usted sabe, estamos en medio de una guerra. Y este conflicto con Perú y Bolivia ya se ha vuelto muy largo —dijo Pinto apesadumbrado—. Aunque cueste aceptarlo, todo parece demostrar que usted realmente viene del año 1914. Por eso, por favor, me gustaría saber qué pasará con Chile… Necesitamos saber qué nos espera y si tenemos alguna esperanza.

—¿Esperanzas? Bueno, la verdad es que si es abril de 1881, entonces las cosas ya han ido bastante bien para Chile. Después de todo, ya capturamos el Huáscar, tomamos el Morro de Arica y nuestras tropas ocupan Lima. ¿No es así? En todo caso le adelanto que la ocupación costará muchas vidas… Pero quedan sólo dos años más de guerra, porque todo acabará en 1883. Ah, y en las elecciones de este año, lamento decirle que Domingo Santa María será elegido como su sucesor.

Los cuatro hombres que tenía delante de él lo observaron con los ojos desorbitados. El ministro Vergara quedó con la boca entreabierta, mientras Recabarren miraba fijamente al Presidente Pinto a la espera de algún comentario. Sin embargo, el primero en romper el silencio fue el coronel Martínez, quien nuevamente desenfundó su revólver, apuntando directamente a Bello.

—¡Se lo dije, señor Presidente! —exclamó el oficial, fuera de sí—. ¡Este hombre es un espía! ¡Yo se lo dije! ¡Es un traidor!

—Martínez, baje el arma… —ordenó Pinto.

—¿Qué? ¿Acaso piensa creer toda esa basura? ¿Es que usted ha enloquecido?

—¡Coronel Martínez, guarde su arma! ¡Es una orden directa! Porque hasta donde sé, todavía soy el Presidente de este país.

El coronel acató en silencio, guardando lentamente el revólver Colt en su cartuchera. Luego estiró su uniforme, se pasó la mano por el pelo y tras una larga inspiración, se ajustó la gorra. Alejandro permanecía con las manos en alto.

—Joven —dijo el Presidente—, le pido que disculpe al coronel Martínez, pero sus palabras han sido un tanto… perturbadoras. En especial considerando que él, hace algún tiempo, perdió a dos hermanos en combate.

—No entiendo…

—Nosotros tampoco, teniente Bello, se lo aseguro. Básicamente porque todo lo que usted nos dijo jamás ha ocurrido.

—Pero cómo…

—Desde la derrota de nuestra flota camino a El Callao en mayo de 1879, la guerra ha ido mal para nosotros, muy mal —explicó el ministro Vergara, con tono sombrío—. Allí perdimos a lo mejor de nuestra oficialidad naval: Juan Williams Rebolledo, Arturo Prat y a Carlos Condell, entre tantos otros. Es que el Huáscar y el Independencia eran y son realmente buques casi imparables, igual que el resto de los acorazados peruanos. Basta pensar en el Manco Cápac, el Rímac o el Arequipa. Desde un comienzo la superioridad de la flota peruana les garantizó el control del mar.

—Pero es imposible… eso nunca pasó —insistió Alejandro.

—Claro que ocurrió, teniente —continuó Pinto—. Antes del inicio de la guerra, Perú en secreto le había comprado al Imperio Germano-Austríaco varios buques de guerra más modernos que los de Gran Bretaña o Francia. Eso fue lo que nos condenó.

Alejandro Bello nuevamente se dejó caer al suelo, mientras se tomaba la cabeza, incapaz de creer lo que le estaban diciendo.

—Esto es una pesadilla dentro de otra pesadilla —musitó.

—No, teniente, es la realidad —agregó el ministro Vergara—. Una realidad tan dura, que enfrentamos de manera casi segura la derrota. Hace ocho meses que Valparaíso está bajo un bloqueo impenetrable. Y si su infantería sigue avanzando al ritmo actual, dentro de un par de meses estarán en Santiago. Por eso, en cinco días más comenzaremos a trasladar el gobierno a Concepción. La capital es indefendible…

—Señor —interrumpió el coronel Martínez—, no pierda su tiempo con este hombre.

El Presidente Pinto sacó su reloj con cadena de uno de los bolsillos de su chaleco y lo abrió con una mano. Ya eran casi las seis de la mañana.

—Tiempo… —musitó el Mandatario—. Sí, todo parece ser una cuestión de tiempo.

—¿Qué? No comprendo… —dijo Alejandro.

—Usted y su máquina del futuro están aquí, eso es un hecho, aunque todavía me cueste aceptarlo. Porque ni siquiera los ingleses deben tener un artefacto volador como éste —continuó
Pinto—. Y en mi opinión, eso avala todo lo que usted nos ha dicho: que en otro Chile, uno muy distinto al nuestro, sí ganamos esta guerra. Estoy hablando de dos mundos separados como las vías del ferrocarril. Un riel no se toca con el otro en kilómetros, pero ambos existen… Hasta que en un empalme, las líneas sí se cruzan, ¿me entienden?

El teniente Bello caminó sin rumbo por la bodega, tratando de ordenar las ideas inverosímiles dentro de su cabeza.

—En seis años, más mi madre, la señora Ana Rosa, dará a luz a su tercer hijo. Y lo llamará Alejandro…

—Sí teniente, pero tal vez ese niño no logre nacer si las tropas enemigas siguen avanzando hacia el sur —exclamó Pinto.

—¿Qué quiere decir?

—Que si usted nos ayuda, con su máquina podríamos tener una oportunidad ante Perú y Bolivia. Es cierto, es sólo un… un… ¿cómo lo llamó? ¿Un avión?

—Sí, un avión —aclaró Alejandro, visiblemente agotado.

—Puede ser sólo uno, pero imagínese… Nadie en el mundo, en todo este planeta, tiene una máquina voladora. Nadie, salvo nosotros. Y si ya perdimos la guerra en el mar, tal vez podríamos ganarla desde el cielo.

—¿Me está pidiendo que me quede? ¿Que deje la vida que tengo en 1914?

—Teniente, de momento no sé cómo pueda usted regresar a su época. Pero lo necesito a usted y a su artefacto volador ahora, en esta guerra; su patria se lo exige. Además, después de todo, técnicamente usted sigue perteneciendo al Ejército de Chile.

—¿Y así cambiar el curso de esta guerra?

—Mucho más que eso. Imagine nuestras posibilidades si logramos replicar el funcionamiento de su avión —insistió el ministro Recabarren—. Si lográramos construir más, entonces podríamos cambiar la historia.

A Alejandro entonces lo invadió una profunda sensación de soledad, como si fuera el último ser vivo en el planeta. Una especie de náufrago entre las imbatibles olas del tiempo.

—Parece que ya no tengo un futuro —dijo con voz pausada—, y por lo visto tampoco un pasado. Al menos no como lo conocí.

—Pero puede construir ambos. Depende de usted, todo depende de usted —insistió Pinto—. Teniente Bello, no sé si es creyente, pero yo sí, y le aseguro que su presencia aquí y ahora no puede ser sólo obra del azar.

Alejandro seguía desorientado. Treinta y tres años era más que su propia edad. Una vida entera lo separaba de todo lo que él había conocido. Sus hermanos, sus amigos, todos estaban esperándolo en 1914. O tal vez ya no y finalmente, después de algunos meses y cansados de aguardar un milagro, lo darían por muerto. Quizás Pinto estaba en lo correcto y toda esa locura en verdad tenía un sentido.

—Todavía no puedo creer que en realidad esto esté ocurriendo. Es como un sueño del cual no se puede salir. Pero sé que estoy despierto y de alguna forma, no sé cómo, tengo la certeza de que esto sí es 1881. Así que está bien… me quedaré —musitó el piloto—. Pero sólo hasta que la guerra se estabilice. O hasta que encuentre la forma de regresar a mi época. Lo que sea primero, ¿está claro?

—Claro como el agua de un río del sur, muchacho. Créame, haremos todo lo posible por ayudarlo —dijo el Presidente Pinto estrechando con fuerza la mano del piloto—. Tenemos mucho trabajo por delante. ¿Vergara?

—¿Señor Presidente?

—Quiero que personalmente se ocupe de que el teniente Bello tenga la mejor habitación en la casa de este fundo. Y que no le falte absolutamente nada: comida, ropa limpia, buenos libros, tabaco… lo que sea. ¿Está claro?

—Por supuesto, señor Presidente —contestó el ministro, mientras hacía mentalmente una lista de las tareas.

—Muchacho —dijo Pinto—, ahora debo regresar a Santiago, pero usted permanecerá aquí, bien atendido y protegido por el coronel Martínez y el teniente Godoy. Si necesita algo para su máquina, no dude en pedirlo.

—Muchas gracias señor Presidente. Un baño y ropa limpia serían un buen comienzo.

—Délo por hecho. Ahora señores, volvamos a la capital.

El Presidente Pinto, sus dos ministros y Martínez salieron entonces de la bodega. Dejaron a Bello solo junto a su máquina voladora, sumido en sus más profundos y angustiantes pensamientos.

Mientras tanto, el grupo, permanentemente escoltado por un puñado de soldados, regresó hasta el frontis de la casa patronal para subir al coche.

—Ah, coronel Martínez —dijo Pinto antes de cerrar la puerta—. De todo lo que ha ocurrido esta noche, ni una palabra a nadie. Ni al resto de mi gabinete ni mucho menos al Congreso. Y eso es válido para usted y todos los hombres desplegados en este momento en la zona. Así que no demore en explicárselo también al teniente Godoy. ¿Comprendió?

—Entendido, señor. Pero si alguien pregunta qué pasó en el fundo…

—Vamos, capitán, diga cualquier cosa… Tal vez que hubo un brote de tifus que causó numerosos muertos —sugirió el ministro Recabarren—. Y que por eso nadie puede entrar ni salir hasta nuevo aviso.

—Así lo haré.

—Otra cosa, Martínez —agregó el Presidente antes de sentarse dentro del carruaje—: quiero que en un máximo de dos días usted disperse a todos los soldados de este batallón, reubicándolos en otras unidades del país. Avíseme y ordenaré que le manden tropas nuevas; no quiero rumores difíciles de desmentir. Y aunque confío en que nadie hable de más, prefiero separarlos para evitar que alguien pueda reconstruir lo ocurrido aquí durante los últimos días. No podemos correr el riesgo de que esto llegue a oídos de algún espía.

—Entendido, señor.

—Por último, ni Bello ni su máquina tienen autorización para salir del fundo, hasta una nueva orden mía. Mientras tanto, déle lo que pida.

—¿Y si insiste en abandonar el fundo? —preguntó el coronel Martínez, alargando las últimas palabras.

—Entonces… sólo haga lo que tenga que hacer. Pero por Dios, proteja esa máquina con su vida.

Capítulo 3

Todo era como en esas antiguas fotos algo borrosas que sus abuelos le habían mostrado alguna vez. Hombres de bigotes frondosos, uniformes con botones metálicos, bayonetas, gorras de color rojo, guerreras azules, botas… Estaba en medio de la Guerra del Pacífico. Si efectivamente todo lo que había hablado con el Presidente Pinto y sus ministros era verdad, estaba realmente en ella.

Aunque ya eran casi las once de la mañana, según le había confirmado el teniente Godoy, y el día se mostraba bastante despejado, Alejandro todavía sentía frío. Un frío que no lograba quitarse de encima, casi como un fantasma enquistado en su alma. Y por un momento se preguntó si acaso no sería miedo.

A pesar de su uniforme, todos los soldados parecían ignorarlo, incluso cuando después del desayuno fue a la bodega a revisar que su avión estuviera bien. A su alrededor las tropas desplegadas en el fundo permanecían en constante movimiento, llevando cajas de municiones, alimentos y todo tipo de equipo militar en diferentes direcciones. El fundo parecía un bastión que defender ante un inminente ataque.

A unos cincuenta metros, un grupo de soldados practicaba combate cuerpo a cuerpo; unos con bayoneta y otros con corvo. Alejandro se quedó un momento observando sus movimientos, precisos y letales. Una estocada en el cuello, un corte en el vientre; el corazón y los pulmones eran los blancos imprescindibles en caso de tener que matar a un soldado enemigo cara a cara, lo más rápido posible.

—¡No, no! ¡Así no! —exclamó un sargento que entrenaba con un cabo—. No puedes atacar y desproteger tu flanco al mismo tiempo.

—Lo siento, mi sargento…

—¡Más lo vas a sentir cuando te saquen las tripas y se las coman los perros! —le gritó con todos sus fuerzas—. ¡Atácame de nuevo! ¡Atácame!

El soldado, dubitativo, tomó su corvo y se fue encima. El sargento lo esquivó sin mayor esfuerzo. Luego intentó atacarlo por el lado contrario, pero el sargento fue mucho más rápido: de un golpe arrebató el arma de la mano del cabo y con su mismo corvo le cortó la pierna por encima de la rodilla derecha. El cabo cayó al suelo retorciéndose y gritando de dolor.

—¿Entendiste ahora? Así es como tienes que hacerlo, imbécil —le reprochó el sargento, lanzando al suelo el corvo todavía ensangrentado—. Si yo hubiese sido un soldado enemigo, estarías muerto. ¡Enfermeras! ¡Enfermeras!

De la nada aparecieron dos mujeres vestidas con un uniforme igual al de los soldados, excepto porque sus chaquetas eran blancas; en vez de pantalones llevaban faldas de color rojo hasta la rodilla y sus botas eran más estilizadas. Alejandro, impresionado por la escena, pensó que sus ropas se asemejaban mucho a las de las cantineras que habían acompañado a las tropas chilenas durante la guerra de 1836.

—Cúrenlo rápido para que vuelva lo antes posible al entrenamiento —ordenó el sargento—. Y déjate de lloriquear, porque aquí necesito hombres, no guaguas.

Las enfermeras vendaron la pierna del soldado con la velocidad que da la experiencia. Luego lo pusieron de pie y se lo llevaron cojeando hasta unas carpas blancas levantadas al otro lado del campo.

—No hay más opciones cuando se acaban las balas, ¿verdad? —dijo una voz a su espalda—. Son ellos o nosotros.

Alejandro se dio la vuelta y encontró al teniente Godoy, quien cuidadosamente armaba un cigarrillo; con sólo tres dedos tomó el papelillo, puso el tabaco que llevaba en una pequeña bolsita y luego dio los correctos dobleces para que no se desarmara.

—¿Quiere uno?

—No, gracias —respondió el piloto—. No fumo.

—¿No? ¿Acaso la gente ya no fuma en 1914?

—Claro que fuman, y bastante, sobre todo en París.

—¿Ha estado allí recientemente?

—El año pasado.

—O sea… en 1913.

—Sí, exactamente —contestó mientras veía el humo desaparecer en el aire.

El teniente Godoy se detuvo un momento a contemplar al hombre que tenía delante, con su imponente estatura, enfundado en esas extrañas ropas.

—Teniente Bello —dijo masticando cada palabra—, en verdad no me gustaría estar en su posición.

—¿Por qué lo dice?

—Porque si es verdad todo lo que usted contó anoche, y déjeme decirle que yo sí le creo, usted es lo más cercano que puede haber a un náufrago… Solo y aislado en alguna isla perdida en el mar, sin tener dónde ir, sin alguien con quien compartir sus experiencias.

—Siempre hay opciones, teniente Godoy. No creo en los problemas que no tienen solución.

—¿Entonces realmente cree que podrá volver a su época y a ese otro Chile del que nos habló?

—Si no lo creyera, entonces sí me volvería completamente loco.

El teniente Osvaldo Godoy rió de buena gana, y sin dejar que su cigarrillo cayera de sus labios, avanzó hasta Alejandro para tocar sus ropas.

—Parece que sus vestimentas son gruesas, pero será mejor que se cambie. Yo me encargaré de entregarle ropa adecuada. Así llamará menos la atención, ¿no cree?

—Pienso que cualquier ropa me serviría, con tal de que sea de mi talla.

—No, cualquier ropa no. Usted es teniente, debe llevar un uniforme de la República, como el mío. Es un hecho, le buscaré algo —insistió, dándole una palmada en la espalda—. Venga, acompáñeme.

Ambos se encaminaron hacia un conjunto de carretas llenas de cajas de madera que varios soldados estaban descargando. Todas eran rectangulares, aunque algunas más anchas que otras.

—Veamos —dijo Godoy, mientras inclinaba su cabeza para leer mejor los rótulos—. Botas, municiones, cantimploras…

—Tal vez los uniformes no llegaron en este envío.

—No, se supone que deberían… ¡Un Winchester Firefox! ¡No sabía que habían llegado!

—¿Un qué?

—Un Winchester Firefox —repitió entusiasmado—. Es lo último en armas para francotiradores; jamás he tenido uno en mis manos.

Alejandro observó con curiosidad al teniente, que derrochaba entusiasmo mientras retiraba las tablas una a una con una barra de metal. En su interior, la caja estaba llena de trapos que envolvían objetos alargados y angulosos.

Godoy entonces tomó uno de los bultos y comenzó a desenvolverlo con cuidado, girándolo lentamente, hasta dejar al descubierto un rifle como Alejandro nunca antes había visto. Sin duda, era mucho más alargado que otras armas que recordaba y por el costado estaba dibujado en bajorrelieve el perfil de un zorro que dejaba tras de sí una estela de llamas. Además tenía una culata de madera oscura, más larga y curva, que Godoy rápidamente acomodó contra su hombro, mientras calibraba el peso del arma.

Pero lo que más intrigó a Alejandro fue el cilindro dorado puesto encima de la recámara de las municiones.

—¿Y eso qué es?

—¿Esto? Es lo que permite dar en el blanco a casi ochocientos metros de distancia —le explicó Osvaldo, mientras pedía municiones a los soldados que continuaban bajando las cajas—. Es un telescopio de tres fases.

Sin perder tiempo, cargó seis balas en el rifle y apuntó hacia un manzano más allá de la casa del fundo. Osvaldo retiró las tapas que cubrían ambos extremos del telescopio y observó a través del lente. Mientras sostenía el rifle con su mano derecha, con el dedo índice izquierdo giró el primer anillo de la mira, aclarando lentamente la imagen. Luego giró en sentido contrario un segundo anillo, que acercó el blanco hasta volverlo completamente nítido. El último anillo trabó los lentes, para no tener que calibrarlos nuevamente.

—Estamos listos.

El disparo asustó a todos los caballos. Llenó la mañana de gritos y relinchos, mientras los soldados corrían en todas direcciones con sus armas listas.

—Le apuesto cinco monedas de oro, teniente Bello, que a ochocientos metros de aquí hay una rama en el suelo, con tres manzanas rojas, justo a los pies del árbol.

—No soy dado a las apuestas, pero… habrá que ir a ver.

—¿Y qué estamos esperando?

En ese instante Alejandro vio al coronel Ernesto Martínez acercarse a ellos a caballo. Iba acompañado de dos escoltas fuertemente armados.

—Buenos días —dijo sin mayor emoción.

—Buenos días, coronel —contestó Godoy cuadrándose ante él.

—¿Y a usted no le enseñaron a saludar a sus superiores? —le reclamó a Alejandro desde lo alto de su montura—. ¿Acaso mis galones no se ven?

—Eh… sí, disculpe mi… coronel.

—Eso está mejor, no olvide que este fundo es ahora una plaza militar y que hay reglas y rangos que respetar.

—Sí, coronel.

—Y usted, Godoy, ¿quién le dio permiso para usar ese rifle? ¿Acaso debo recordarle que no cualquiera puede manipular un arma de esa precisión? ¡Vea el alboroto que generó!

—Lo siento, señor —contestó en voz baja—. Es que… pensé en probarla y…

—¿Las caja de los rifles estaba cerrada?

—Sí, señor.

—¿Yo le ordené abrirla?

—No, señor.

—¿Le dije que quería una prueba de campo de los Winchester Firefox?

—No, señor.

—Entonces le aconsejo recordar que aquí el que ahora da las órdenes soy yo y no usted —dijo recalcando cada palabra—. Fue una verdadera odisea lograr que esos traficantes de armas rusos nos vendieran apenas seis, para que usted termine jugando con ellos para impresionar a sus amigos.

—No se volverá a repetir, señor. Se lo garantizo.

—Más le vale, Godoy; doy por cerrado el episodio. Ahora, lo que importa. Estaba buscando al teniente Bello porque el Presidente me encargó decirle que si necesita algo para usted o su máquina, sólo hágalo saber al teniente Godoy o a mí, ¿entendido? Es de vital importancia que esa… cosa… sea capaz de volar nuevamente.

—Gracias, haré una última inspección y le informaré lo que necesito.

—Perfecto. Mientras ta

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