INTRODUCCIÓN
Este libro fue escrito en medio de los acontecimientos que relata. De ahí el título. Mientras lo termino, el estallido social sigue su curso y a mi alrededor algunos especulan sobre cómo se comportará a la vuelta del verano. Muchos sostienen que aumentará de intensidad. Hablamos de él como si fuera un fenómeno con vida propia y hasta aquí, efectivamente, ha resultado impredecible e incontrolable. Sus esquirlas vuelan en direcciones muy distintas. Los centennials, las mujeres, los jubilados o quienes cargan con ellos, los adolescentes del Sename, aquellos que han visto a su madre morir mientras espera atención médica, los grupos anarquistas y los de extrema izquierda, los deprimidos, los bipolares y las organizaciones sociales, siguen trayectorias diferentes. No son los mismos quienes tocan cacerolas, quienes saquean, los que pelean en la Primera Línea de la calle Ramón Corvalán y los que llegan cada tarde al monumento en honor al general Manuel Baquedano. A lo largo de estos cuatro meses el estallido ha sido fiesta, comunión, reflexión, barbarie, delincuencia y guerra.
El tiempo nunca había transcurrido tan rápido como ahora. Las películas y series futuristas se contentan con recrearnos en un par de años más, como si todo lo imaginable pudiera suceder en ese plazo. La atención que requiere enfrentar el bombardeo del porvenir impide mirar hacia atrás. Se les pregunta más a los jóvenes que a los viejos. Pareciera que todo el saber acumulado fuera irrelevante para entender este presente arrollador.
No se trata de una crisis, sino de un estallido. Si la crisis es una línea que se quiebra, el estallido es un universo que se despedaza. Son muchas las crisis que contiene el estallido: de las relaciones entre hombres y mujeres, padres e hijos, patrones y empleados, gobernantes y gobernados. Hasta hace poco todos mirábamos la misma pantalla de televisión, mientras que hoy cada cual tiene la versión del mundo que más le acomoda en las aplicaciones de su celular. La falta de referencias comunes empuja a la dispersión, acota los liderazgos y dificulta el diálogo. En estos momentos conviven en Chile, sin rozarse, aunque a veces habiten la misma casa, quienes ven al país en manos de delincuentes y terroristas, con los que aseguran padecer una tiranía cruel e implacable.
Ya pocos discuten que la ortodoxia neoliberal —que marcó el modelo de desarrollo chileno durante las últimas cuatro décadas— llegó a su fin. Cambió el tono de la conversación pública. Hoy nadie piensa que serán las fuerzas del mercado las que, sin regulación alguna, solucionarán este descalabro. Volvió el tiempo de la política, justo cuando los políticos alcanzan la cima de su desprestigio.
Históricamente, el poder fue un hermano inseparable del secreto. Se le evaluaba por sus resultados, y no por sus quehaceres previos. El ámbito de sus deliberaciones no correspondía a los gobernados. La cocina se mantenía lejos de los comensales. Como los medios de comunicación eran pocos y funcionaban en el ámbito del poder, no era difícil controlar la información. Había cosas que los «caballeros» no ventilaban. Pero la tecnología permitió que cualquiera hiciera público lo que veía, lo que sabía, lo que sospechaba, y el respeto por los caballeros se desmoronó.
Comprobamos que un altísimo porcentaje de los curas, que predicaban la castidad y alentaban la homofobia, eran homosexuales, y que muchos de ellos abusaban sexualmente de los niños y niñas que los padres dejaban a su cargo, porque daban confianza. ¿Cuántos santos de la Iglesia habrán sido pedófilos? Supimos que las leyes dictadas en el congreso solían representar los intereses de quienes financiaban las campañas electorales, que los comandantes en jefe del Ejército se permitían lujos inauditos, que Carabineros de Chile no era la institución incorruptible de la que nos jactábamos ante el resto de América Latina, que los pollos, el papel higiénico y hasta los medicamentos los subían de precio de manera ilegal, a escondidas, ignorando que cada vez más viejos pobres se suicidan cansados de luchar por conseguirlos. El poder se convirtió en sinónimo de abuso.
Es por todo lo anterior que el estallido ataca, en primer lugar, a las élites, porque aquello que era considerado primacía o prevalencia, hoy es visto simplemente como privilegio. Para muchos fue como salir de un sueño. «Nos metían el pico en el ojo sin que nos diéramos cuenta; ahora chillamos mientras nos lo meten», decía un cartel en la marcha más grande que recuerde este país. «¡Chile despertó!», fue el primer gran grito del estallido.
No hay ninguna fe en pie: ni el socialismo ni el capitalismo ni el cristianismo. Irrumpió con fuerza la palabra «dignidad», quizás apelando al único dios que sobrevive: uno mismo. En 2011, el escritor marroqu
