1
¿Has recibido alguna vez la carta de un muerto? No me refiero al email de alguien que murió y cuyas palabras siguen dando vueltas en Twitter. Tampoco pienso en el Facebook de un amigo o pariente que se marchó de este mundo y del cual nadie se ha encargado de eliminar sus fotos, comentarios y likes. No, no me refiero a ese tipo de mensaje, sino a una simple carta, escrita de puño y letra por alguien que murió hace mucho.
¿No?
Pues yo sí.
Y nada menos que de mi abuelo. Bueno, en realidad de alguien mucho más viejo: de mi bisabuelo. Da lo mismo porque yo lo llamo abuelo Marcel, y murió hace una eternidad. Más que raro, ¿no? Rarísimo.
Sin querer dármelas de superhéroe, les cuento que cuando recibí la carta (déjenme decirlo así) no se me pusieron los pelos de punta ni me bajó un ataque de pánico.
Marcel Mondragón, así se llamaba, era un francés del cual solo he visto un par de fotos amarillentas. Era hijo de Gaston Mondragon (sin acento), que llegó con su señora Geneviève Gombert y sus cuatro niños, hace más de un siglo, de la Normandía, que queda en Francia, a Chiloé, la isla más grande y boscosa que hay en el extremo sur del mundo. Iban escapando de la pobreza europea en busca de nuevos horizontes.
Oculté la carta. Preferí no contárselo a mis padres. Ya les hablaré de ellos. Me pareció que era un asunto entre Marcel y yo. Punto. Aunque haya vivido en otro tiempo y no lo hayas conocido, un bisabuelo sigue siendo alguien cercano, porque llevas su sangre, sus genes, y tal vez hasta sus ojos o el pelo, el corte de cara o su voz o sentimientos. En fin, sabes que es parte de tu familia, aunque ya no queden ni sus cenizas.
Yo no le tengo ni una pizca de miedo a los muertos. Siendo franco, les tengo solo un poquito. Pero ni se me nota. Y esto gracias a una amiga, Elsita, cuyo padre administra el Cementerio de Playa Ancha.
Yo no sabía que los cementerios necesitan administrador. ¿Qué administrarán? Bueno, aunque no lo crean, Elsita y su familia viven en el cementerio, mejor dicho, en la entrada al cementerio. Allí jugábamos a las escondidas los fines de semana, pero en cuanto oscurecía, volvíamos corriendo a la casa porque pone nervioso eso de jugar de noche entre tumbas, murciélagos y aparecidos. Ya saben: estoy acostumbrado a andar entre muertos.
Hay otra razón para mi coraje. La casa de mis padres, es decir, la casa donde vivo, está en el cerro Panteón de Valparaíso, donde hay tres cementerios: el General, el Número 2 y el de Disidentes. Por lo tanto, vivimos rodeados de nichos y mausoleos, de muertos más bien, aunque también tenemos vecinos vivos, que son los de temer, dice mamá.
En el Cementerio de Disidentes, que mira hacia la ciudad y el mar, enterraban en el siglo XIX a los que no eran católicos o no creían en Dios. Hasta 1825 a esos muertos los enterraban en quebradas o los arrojaban al océano en sacos con piedras para que se fueran a pique.
En mi cerro hay vecinos (me refiero ahora a los vivos) tranquilos, amables y buena onda, y también algunos que son copuchentos y cascarrabias. Estos últimos no se pierden detalle de cuanto hacemos en la calle: si jugamos una pichanga, encumbramos volantines o nos sentamos a conversar o chequear mensajes de texto. Ellos no nos quieren y nos espían entre las cortinas, pues quieren saber de qué hablamos y qué planeamos. Tienen ojos de águila y oído de gato, reclaman por todo y hasta llaman a veces a Carabineros por molestar.
Pero comencé hablando de la carta que Marcel escribió hace tiempo en un papel amarillento y quebradizo, que de milagro llegó a mis manos, y me fui por las ramas.
—¡Ladrón! ¡Ladrón! —gritan en el jardín.
Pardiez! Tengo que interrumpir mis apuntes porque Séneca avisa que alguien llegó a casa. Creo que es mamá con sus amigas del alma: Alice y Loreto, cotorras admiradoras de cantantes vejetes como Salvatore Adamo, Rod Stewart y Leonardo Favio. Me moriría de vergüenza si descubren este diario de vida, que cierro con un candadito antes de esconderlo en mi velador. ¡Gracias por avisar, Séneca, loro querido!
2
¿Cómo me llegó la carta?, se preguntarán ustedes (Ya no hay moros en la costa). En verdad, la encontré en uno de los siete baúles que papá guarda en el sótano entre muebles viejos, herramientas oxidadas y tarros de pintura vacíos. ¿Saben una cosa? Mamá sueña con vender esos cachureos sin que papá lo note, pero no lo hace porque él los ama y dice que «todo sirve en algún momento de la vida», aunque tal vez mamá está deshaciéndose igual de todo eso de a poco, con disimulo, y sin que ni yo lo note.
—No toquen esas antigüedades, que ya no se ven en ninguna parte y valdrán un dineral —augura papá cuando mamá reclama contra ellas.
—¡Vienes juntando cachivaches desde antes de que naciera Lucas! —responde mamá.
Lucas soy yo. Tengo casi quince años, estoy en el colegio David Trumboll y, por lo tanto, esos trastes llevan en el sótano de nuestra casa al menos «tres lustros», como diría el señor Monardes, el profe de lenguaje.
—Allí los baúles no estorban a nadie —asegura papá—. Se valorizan más que los ahorros en un banco. Pertenecieron a mis antepasados, los Mondragón Gombert, que llegaron a Chile de Francia en 1900. Es mi deber conservarlos y preservar la memoria familiar, que nos da identidad. ¿Qué sería de nosotros si no fuera por los antepasados?
Para ser franco, de todo lo que hay en el sótano solo me gustan los baúles con sus enormes candados herrumbrosos, que pertenecieron a Marcel. En ellos venían todas las pertenencias de su familia cuando esta arribó a Valparaíso en un vapor que había zarpado del puerto francés de Saint-Malo. Eran inmigrantes, no hablaban español, y el gobierno los envió de colonos a la isla de Chiloé. Como el tatarabuelo era un productor de vino arruinado por una peste que secó todas las parras en Europa, tuvo que aprender a cultivar papa, coliflor y remolacha.
—¿Puedo llevarme al menos el baúl grande a mi pieza? —pregunté varias veces a mamá.
—No, porque tienen termitas —respondía ella siempre, pero yo nunca he visto el fino aserrín que van dejando a su paso.
Como soy tincado, una tarde en que mamá tenía un té con sus amigas, acarreé ese cofre a mi dormitorio, que está en el segundo piso.
No lo hice solo, desde luego, porque es pesado. Mis amigos Grisel, Matías, Max y Jaime me ayudaron a trasladarlo. Lucy, mi perrita westie blanca, se nos cruzó en la escalera y casi nos tumbó. Habría sido un desastre.
Desde entonces hago como que ese baúl no está en mi pieza, y mamá hace como que no lo ve. Hace poco encontré por casualidad la llave de su candado en un frasco lleno de clavos. Papá esconde las llaves de los candados porque no quiere que nadie intrusee en sus baúles.
Para mí atreverme a dar el paso y abrirlo fue como actuar en una escena de Piratas del Caribe. El candado soltó de pronto un clic y levanté la tapa haciendo llorar a las bisagras.
Ante mis ojos emergió otra época.
3
Voy tan rápido con los apuntes que ni siquiera me he presentado.
Ya dije que me llamo Lucas, bueno, Lucas Mondragón Bonnanotte. Mi primer apellido es francés, como ya saben, y el segundo italiano, pero soy más chileno que los porotos y apenas chapurreo unas palabritas de inglés. Papá se llama Cristián y es abogado; mamá se llama Giovanna y es dueña de Domani, una pizzería de la calle Victoria, donde ofrece ravioles, ñoquis y también pizzas.
Además de Lucy, que duerme en mi pieza, tengo un loro choroy del sur, harto viejo y algo desplumado, que es bueno para transmitir y se llama Séneca. Durante el día se la pasa en el nogal del jardín comiendo uvas y choclos, soltando palabrotas y gritando «¡Ladrón! ¡ladrón!», cada vez que alguien se acerca a casa. Por las noches aloja también en mi dormitorio, posado en un aro que cuelga de una cadena.
Y bueno, con Jaime, Max y Matías integramos un club secreto, los Argonautas, que se reúne en La Pajarera, un estudio ubicado en el último piso de un vetusto edificio de cuatro niveles de la calle Mongolfier. Desde allí vemos toda la ciudad y la bahía.
Mamá lo compró como inversión, pero como el universitario al que se lo arrendó nunca le pagó y casi lo incendia por fumar un pito de marihuana, no lo arrienda y nos lo presta. Se llega a él subiendo unas empinadas escaleras exteriores. No hay mejor sitio en el mundo para sesionar que La Pajarera.
Los Argonautas nos comunicamos por WhatsApp y ustedes nos pueden escribir a lapajareradeargonautas@gmail.com. Para ingresar al club hay que pasar por siete difíciles pruebas que enviamos a los postulantes que las solicitan.
¿Nos gustan algunas chicas? Bueno, de eso hablaré más adelante. En especial de Grisel, que es la que a mí me gusta (pero parece que yo no le gusto a ella). En fin, me carga contar varias historias a la vez, porque pierdo el hilo, me voy por las ramas y me confundo.
Mejor volvamos a lo del baúl del abuelo ahora que mamá atiende el Domani, y papá pierde el poco pelo que le queda en los tribunales.
4
Cuando abrí el baúl aparecieron cosas que quizá nadie ha tocado en un siglo: faldas y pantalones, calcetines, servilletas y sábanas bordadas, todo doblado con cariño, pero apolillado. Olía a papel húmedo porque el cofre está revestido con diarios, y de un rincón colgaba una araña muerta en su propia red.
Eran diarios de Francia. Mi francés, como probablemente el de ustedes, no es fluido. Seré franco, apenas sé decir bonjour, monsieur, mademoiselle, au revoir, c’est la vie y pardiez!, mi palabra favorita. Seguí husmeando, seducido por el laberinto del tiempo que se abría. Y en el fondo del cofre hallé un sombrero negro de fieltro de ala ancha y, más interesante aún, dentro de unas botas de cuero, altas y firmes, una foto en sepia. En ella aparece gente rubia y delgada, ojerosa, de mirada triste, antepasados míos, supongo, que posan huraños ante la cámara.
—¡Buenas noches, mon amour! —exclamó Séneca, aleteando con frenesí. (Lo aprendió seguramente de papá).
Y hubo algo más que llamó mi atención: al deslizar las yemas de los dedos por el diario que cubre el interior de la tapa del baúl, palpé un desnivel rectangular.
Rasgué el papel con un cortaplumas y apareció una carta.
Sí, una vieja carta algo borroneada por la humedad, y además sin estampillas. En su exterior decía: «A mis descendientes».
5
No sé quién serás, ni cómo serás, pero sí que serás. Desde mi fría y húmeda mañana... (ilegible) te envío este saludo. Nos unen la sangre que fluye por nuestras venas, ahora estas líneas y mi convicción de que ellas te permitirán reparar una injusticia.
Esta carta te guiará a mi confesión, que hasta hoy ha sido mi secreto, y que diseminé en varios (ilegible)...
No te desprendas de los baúles, porque son parte del mensaje, ni te deshagas de mis cuadros, porque son claves para rearmar la historia.Consulta, cuando puedas, (ilegible)...mbre de 1936 de El Mercurio de Valparaíso. No puedo ponerlo todo aquí.
Consulta, cuando puedas, (ilegible)...mbre de 1936 de El Mercurio de Valparaíso. No puedo ponerlo todo aquí.
Con un beso sobre tu frente,
Marcel M
Granizo, (ilegible) de 1941
6
Matías apareció en mi casa una hora después de que le envié el WhatsApp. Estaba jugando fútbol en el colegio. Llegó en bicicleta, sudoroso y despeinado. No es fácil subir el cerro pedaleando por la calle Ecuador.
—¿Por qué usaste Armagedón? —preguntó, intrigado.
Armagedón es la clave de los Argonautas para alertar sobre situaciones urgentes que exigen una reunión inmediata. Escogimos ese nombre porque, viendo el infinito Pacífico, admiramos a los intrépidos navegantes del Argos, el legendario velero de la antigüedad griega, como nos enseñó el profe Sergio Flores, en la clase de historia.
Max aún no llega porque está en su clase de violín (su madre sueña con que sea violinista, pero él quiere ser ingeniero mecánico), y Jaime, que anhela ser submarinista, anda en la capital con sus padres.
—Me urge consultar unos diarios muy viejos —expliqué.
—¿De cuándo?
—De setiembre, noviembre y diciembre de 1936.
—¿Y qué buscas?
—Algo que se vincule con mi abuelo Marcel Mondragón.
Matías soltó un resoplido y sacudió la cabeza, serio.
—Pues ni remedio, habrá que hacerlo.
Convocar Armagedón no implica tener que revelar los detalles de lo que uno tiene entre manos, pero garantiza recibir el apoyo incondicional de los demás. Lo puedes utilizar solo tres veces cada año. Por juramento, los Argonautas deben actuar con lealtad, solidaridad y discreción, vale decir, deben cooperar de corazón, sin preguntar ni exigir nada a cambio.
—Dame los datos —dijo Matías con su celular en la mano.
Tras averiguar que El Mercurio de Valparaíso no tiene el archivo de esa época on-line, se alejó pedaleando.
Ese atardecer, después de entrar a Séneca a mi pieza, me quedé ante el baúl del abuelo como si de ese modo pudiera comunicarme con él.
Mamá me llamó al rato a cenar.
Había chuletas de cordero.
7
Esa misma noche nos reunimos en La Pajarera. Desde allá se ve el Cementerio de Disidentes, un lugar tranquilo, limpio, aunque sombrío; la luna le arrancaba guiños a las lápidas. Como sus puertas cierran antes del crepúsculo, saltamos el muro para reunirnos en la terraza que da al Pacífico.
Pocos se atreven a visitar el cementerio a esa hora. Temen a los muertos. Quienes no les temen son los satánicos, que celebran misas negras en las noches de luna llena. En sus ritos sacrifican gatos blancos, alaban al diablo, beben pisco y fuman marihuana, y después se van entonando himnos espeluznantes por los callejones del cerro.
Algunos de los Argonautas —no diré quiénes— también le temían al cementerio al comienzo. Es por culpa de las películas de terror que han visto. Imaginaban que de las tumbas se levantarían esqueletos vestidos con andrajos para perseguirnos. En verdad, no pasa nada. No es cierto que los muertos bailen como en el video Thriller, de Michael Jackson.
Matías ama las flores de los cementerios porque viene del norte, de Calama, una ciudad minera, donde en los cementerios ellas son de plástico. Acá son de verdad. Su madre lo trajo a Valparaíso a los siete años. Tiene una peluquería en la plazuela Ecuador. Matías no conoce a su padre.
—¿Cómo que no lo conoces? —le pregunté, mientras tratábamos de pescar (con disimulo) uno de los peces dorados de la pileta de la plaza de la Victoria. Matías, que es bueno para las matemáticas y tartamudea a veces, tiene varias cañas y una cajita de anzuelos. Su sueño es ir a pescar un día con su padre.
—Pues no lo conozco.
—¿Y cómo que no lo conoces?
—Porque soy hijo del amor —dijo con la cara triste.
No entendí eso de que es hijo del amor y preferí quedarme callado. Se lo consulté después a mamá.
—Tú también eres hijo del amor —respondió ella.
—Pero yo sí conozco a mi papá.
—Claro, es parecido, pero no es lo mismo. Tú y tu amigo son hijos del amor, algo bello.
—¿Y tu papá vive? —le pregunté a Matías en otra oportunidad.
Estábamos solos de nuevo.
—Mi mamá dice que murió antes de que yo naciera —contó—, pero no lo creo.
—¿Por qué?
—Porque yo tengo una foto con él.
—Pero ¿cómo es eso?
—Encontré esa foto en una caja de zapatos entre tarjetas postales, y yo tengo tres años. Mi papá aparece agachado para ponerse a mi altura. Detrás hay un quiosco de diarios. Por los titulares saqué la fecha.
—O sea que no está muerto —comenté.
—O al menos estaba vivo entonces.
—¿No le preguntas a tu mamá?
—Ella me dijo que está muerto para siempre. En fin —agregó con los ojos húmedos—, a lo mejor un día aparece por casa y me lleva a pescar.
Tengo un par de amigos que son hijos de padres divorciados o de madre viuda, pero saben quién es su papá. Un día los Argonautas deberíamos salir a buscar al papá de mi amigo.
Matías tiene otra historia increíble. Cuenta que su abuelo materno se marchó al exilio durante la dictadura, eso hace casi medio siglo. Se fue a Cuba y allá se hizo militar, y lo enviaron a la guerra en Angola, donde se contagió de un mal que lo hinchaba como sapo. Alcanzó el grado de teniente del ejército cubano, y dejó un ojo y tres dedos en la selva.
—Le otorgaron cuatro medallas —contó una noche Matías en La Pajarera—: una por cada dedo, la cuarta por el ojo. Cuando murió, en La Habana, no podían meterlo en el ataúd, tan hinchado estaba.
Esa noche llegó también Max, que es de origen suizo por padre y madre. Jaime, que postulará a la Escuela Naval para ser —como ya dije— submarinista, no apareció ni se disculpó. Tampoco respondió por WhatsApp. Harto raro.
—Me respondieron de El Mercurio que puedo entrar al archivo el miércoles —anunció Matías—. Debo ir sin mochila ni maletín, solo puedo llevar celular, un lápiz y un block de apuntes.
Estábamos en eso cuando llegó un WhatsApp de Jaime.
Los Cíclopes no me dejaron pasar. Me amenazaron con marcarme la cara si seguía subiendo por la escala Mondaca. Volví a casa.
Jaime vive en un edificio frente al mar, en la avenida Altamirano de Playa Ancha. El departamento de sus padres está en el piso veinticinco. Desde allá arriba parece que uno se va a caer sobre Valparaíso.
—Vamos a tener que darles una lección a los Cíclopes —sugirió Max— o terminarán prohibiéndonos hasta pasear por el cerro.
—¿Estás loco? —exclamé yo—. Son muchos.
Me parece pésima idea. Hay como una docena de Cíclopes. Controlan el tráfico de marihuana en varios cerros. Tienen prontuario, pero entran y salen rápido de la cárcel como si nada. Y andan armados. Lo mejor es ignorarlos.
—¿Entonces arriaremos bandera sin presentar batalla? —preguntó Matías.
—Si no les damos guerra, no podremos ni salir a la calle —dijo Max.
—No les ganaremos nunca —dije yo—. Mejor denunciarlos a Carabineros.
—No tienen tiempo para asuntos como esos —dijo Matías—. Mejor nosotros nos encargamos de esos flaites.
Es peligroso. Los Cíclopes usan punzones, navajas y pistolas hechizas. No estudian ni trabajan. Además, cuentan con la complicidad de sus familiares.
—¿Propones armarnos y limpiar la escala? —pregunté.
—¿Y tú prefieres vivir como un ratón, moverte solo por la subida Ecuador y en los minibuses del colegio?
—Tranquilos, amigos —dijo Max, con su calma suiza—. Esta noche no podremos decidirlo. Lo importante es hallar una solución y estar unidos.
8
—Tenemos cita en el archivo —anuncié al recepcionista de El Mercurio. Se lo dije mirándolo fijo a los ojos, con autoridad y voz clara, como me enseñó papá, que no soporta a la gente que no mira de frente a los ojos cuando habla.
En Valparaíso uno puede esperar por lo menos tres respuestas en estos casos: un sí, un no o un déjeme consultar primero. La respuesta será «no» o «déjeme consultar» si uno llega apocado; pero puede ser «sí» en caso de que uno pregunte como si un jefe lo estuviese esperando.
Pues esa treta usamos con Matías para llegar al archivo de El Mercurio de Valparaíso, el diario más antiguo del mundo en lengua española.
Bajamos al sótano y entramos a una galería de paredes de piedra y ladrillo, alumbrada por una luz amarillenta. Detrás de los muros, cuenta papá, está la entrada a la famosa cueva del Chivato, en el pasado escondite de piratas, que desciende a una playa hoy cubierta por la ciudad.
El subsuelo de Valparaíso está cruzado por túneles, como si fuese un queso holandés. Hay túneles tanto en los cerros como en la parte plana, un territorio que fue conquistado al mar y que algún día volverá a recuperar, según mamá, preocupada d
