1
Theodore Boone se despertó de muy mal humor. De hecho, ya se había acostado malhumorado, y la cosa no había mejorado durante la noche. Mientras los primeros rayos de sol iluminaban su habitación, se quedó mirando al techo, tratando de pensar en maneras de evitar la semana que tenía por delante. Por lo general disfrutaba de la escuela —de sus amigos, de los profesores, de la mayoría de las clases, de los debates—, pero había veces en que lo único que quería era quedarse en la cama. Esa era una de tales ocasiones: la peor semana de todo el año. A partir del día siguiente, martes, y hasta el viernes, todos los alumnos de octavo curso estarían clavados a sus pupitres haciendo una serie de terribles exámenes.
Judge, tumbado al lado de la cama, sabía que algo iba mal, y al final había acabado subiéndose en ella. La señora Boone pondría mala cara si viera al perro encima de la cama, pero en ese momento ella estaba abajo, leyendo tranquilamente el periódico de la mañana. No se enteraría. ¿O tal vez sí? De vez en cuando encontraba algún pelo de perro en el edredón y le preguntaba a Theo si Judge había estado durmiendo con él. La mayoría de las veces el chico admitía que sí, pero rápidamente replicaba: «¿Y qué quieres que haga?». No podía controlar al perro mientras él dormía profundamente. Y, a decir verdad, a Theo tampoco le gustaba que se subiera a la cama. Judge tenía la irritante costumbre de estirarse y dar patadas hasta arrinconarlo en el borde, donde a menudo quedaba a escasos centímetros de caer al suelo y despertarse con un buen chichón. No, Theo prefería que el perro durmiera en su pequeña camita en el suelo.
Lo cierto era que Judge hacía lo que quería, y no solo en el cuarto de Theo, sino en todas las habitaciones de la casa.
En días como el de hoy, Theo envidiaba a su perro. Menuda vida la suya: sin escuela, sin deberes, sin exámenes, sin presión. Comía cuando se le antojaba, se pasaba dormitando la mayor parte del día en el bufete y no se preocupaba por casi nada. Los Boone se ocupaban de todas sus necesidades y él hacía lo que quería.
A regañadientes, Theo salió de la cama, acarició la cabeza de su perro y le dio los buenos días, aunque con menos entusiasmo que de costumbre. Luego fue al cuarto de baño. La semana anterior, el dentista le había ajustado los aparatos y aún le dolía la mandíbula. Sonrió ante el espejo, contempló la boca llena de metal que tanto detestaba, y trató de consolarse con la idea de que «tal vez» le quitasen los aparatos antes de empezar noveno.
Se metió en la ducha, sin dejar de pensar en el próximo curso. El instituto. No estaba preparado para ello. Tenía trece años y le gustaba ir a la Escuela de Enseñanza Media Strattenburg, donde le caían bien los profesores (al menos, la mayoría), era capitán del equipo de debate, casi un Scout Águila y... bueno, se veía a sí mismo como una especie de líder. Era sin duda el único chico abogado de la escuela, el único que soñaba con ser o bien un gran letrado judicial, o bien un joven y brillante juez. Aún no había logrado decidirse.
Pero en noveno curso sería solo otro novato más en el nivel más bajo. En el instituto, los estudiantes de primer año no gozaban de ningún respeto. Theo se sentía a gusto en la escuela intermedia porque había conseguido encontrar su sitio, un sitio que iba a desaparecer dentro de solo unos meses. En el instituto todo era fútbol americano, baloncesto, animadoras, coches, citas, bandas de música, teatro, clases enormes, ropa, afeitarse y... en fin, crecer. Sencillamente, no estaba preparado para ello. Muchos de sus amigos querían que el tiempo pasara deprisa para hacerse mayores, pero él no.
Salió de la ducha y se secó. Judge lo observaba, sin pensar en nada más que en el desayuno. Menuda suerte la suya.
Mientras se cepillaba los dientes —o, mejor dicho, se limpiaba los aparatos—, tuvo que admitir que su vida estaba cambiando. El instituto se cernía lentamente en el horizonte. Una de las señales de advertencia más evidentes y desagradables eran los exámenes estandarizados, una espantosa idea urdida por algunos expertos en algún lugar remoto. Esa gente había decidido que era muy importante que todos los alumnos de octavo del estado hicieran los mismos exámenes al mismo tiempo, con el fin de comparar el rendimiento educativo en las distintas escuelas intermedias. Esa era una de las razones. La otra, al menos en Strattenburg, era dividir a los alumnos de octavo en tres grupos de cara a su ingreso en el instituto. Los estudiantes más inteligentes entrarían a formar parte del programa de Excelencia. Los que sacaran peores notas serían asignados al programa de enseñanza menos avanzado, llamado de Refuerzo. Y los alumnos medios disfrutarían del instituto sin recibir ningún tratamiento especial.
Otra de las razones para hacer esos exámenes era evaluar el rendimiento del cuerpo docente de cada centro. Si una clase obtenía muy buenas calificaciones, su profesor o profesora podían obtener una bonificación. Por el contrario, si las notas eran bajas, podían llegar a ocurrirles cosas muy desagradables. Incluso podían ser despedidos.
Ni que decir tiene que todo aquel proceso —exámenes, puntuaciones, segregación de alumnos, evaluación de profesores— se había convertido en un asunto de lo más controvertido. Por descontado, los estudiantes odiaban aquellos exámenes. A la mayoría de los profesores tampoco les gustaban. Casi todos los padres querían que sus hijos accedieran al programa de Excelencia, y casi todos quedaban decepcionados. Y aquellos cuyos hijos entraban en el programa de Refuerzo se enfadaban mucho e incluso se sentían avergonzados.
El debate estaba al rojo vivo. La señora Boone se oponía firmemente a los exámenes, por lo que, cómo no, el señor Boone se mostraba a favor. La familia llevaba semanas hablando del tema durante la cena, en el coche, y hasta cuando veían la televisión. Durante el último mes, los profesores de octavo habían estado preparando a sus alumnos para las pruebas. «Enseñar para los exámenes» era la descripción favorita, lo que implicaba renunciar a la enseñanza creativa y a la diversión en el aula.
Theo estaba ya más que harto de los exámenes, y ni siquiera habían empezado.
Se vistió, cogió su mochila y bajó las escaleras, con Judge pegado a sus talones. Dio los buenos días a su madre. Como de costumbre, estaba en bata, acurrucada en el sofá de la salita, tomando café y leyendo el periódico. El señor Boone siempre se marchaba temprano para compartir café y charla con sus colegas abogados en su cafetería habitual del centro.
Theo preparó dos cuencos de Cheerios y puso uno en el suelo para Judge. Los dos desayunaban siempre en silencio, pero en ocasiones la señora Boone se les unía para hablar un poco. Solía hacerlo cuando sospechaba que algo preocupaba a Theo. Ese día entró en la cocina, se sirvió un poco más de café y tomó asiento frente a su hijo.
—¿Cómo se presenta el día? —le preguntó.
—Pues más repasos y más prácticas sobre cómo hacer los exámenes.
—¿Estás nervioso?
—No mucho. La verdad es que ya estoy cansado. No se me dan bien este tipo de pruebas, y por eso no me gustan.
Era cierto. Theo sacaba casi siempre sobresalientes, con algún notable en ciencias, pero nunca había sido bueno en las pruebas estandarizadas.
—¿Qué pasa si no consigo entrar en el programa de Excelencia? —preguntó.
—Teddy, vas a ser siempre un alumno excelente, ya sea en el instituto, en la universidad o en la facultad de derecho, si es que al final decides ir. No ha de preocuparte demasiado dónde te vayan a colocar en noveno curso.
—Gracias, mamá.
Sus palabras le hicieron sentir bien, a pesar de que lo había llamado «Teddy». Era un diminutivo cariñoso que, por suerte, solo ella empleaba, y únicamente cuando estaban a solas.
Theo tenía amigos cuyos padres se estaban volviendo locos y perdiendo el sueño por culpa de los exámenes. Estaban convencidos de que, si sus hijos no conseguían entrar en el programa de Excelencia, fracasarían en la vida. Todo aquello le parecía una gran estupidez a Theo.
—Supongo que ya sabes —dijo su madre— que se están alzando voces por todo el país en contra de esos exámenes. Se están volviendo muy impopulares, y al parecer se hacen bastantes trampas.
—¿Cómo se pueden hacer trampas en un examen estandarizado?
—No estoy segura, pero he leído algo al respecto. En un distrito escolar, los profesores cambiaron las respuestas. Cuesta de creer, ¿no te parece?
—¿Y por qué haría un profesor algo así?
—Bueno, en este caso, a la escuela no le iba muy bien y estaba bajo vigilancia por parte de las autoridades del distrito. Además, los profesores querían conseguir alguna bonificación. Pero nada de esto tiene ningún sentido.
—Creo que me estoy poniendo enfermo. ¿Estoy pálido?
—No, Teddy. Se te ve muy sano.
Ya eran las ocho, hora de ponerse en marcha. Como de costumbre, Theo enjuagó los dos cuencos y los dejó en el fregadero. Besó a su madre en la mejilla y le dijo:
—Me voy.
—¿Tienes dinero para el almuerzo?
La misma pregunta cinco veces a la semana.
—Sí, siempre.
—¿Y has hecho todos tus deberes?
—Todos, mamá.
—¿Y cuándo te veré?
—Pasaré por el bufete después del cole.
Theo iba allí todos los días después de la escuela, sin falta, pero su madre se lo preguntaba igualmente.
—Ten cuidado. Y acuérdate de sonreír.
—Estoy sonriendo, mamá.
—Te quiero, Teddy.
—Y yo a ti.
Theo salió de la casa y se despidió de Judge. El perro se iría en el coche con la señora Boone al bufete, donde se pasaría el día durmiendo y comiendo sin preocuparse por nada. Theo se montó en su bici y salió pedaleando a toda velocidad, pensando una vez más que ojalá pudiera ser un perro durante los cuatro próximos días.
2
Cuando el timbre sonó a las 8.40, el señor Mount llamó al orden a sus tropas. Por lo general, los lunes solían ser bastante ruidosos, con los chicos parloteando sin parar sobre lo que habían hecho durante el fin de semana. No obstante, ese día el ambiente estaba muy apagado. Lo cierto era que todo octavo curso —desde los alumnos hasta los profesores, pasando por los encargados de Administración y quizá incluso las secretarias y los conserjes— temía la semana que se avecinaba.
Woody levantó una mano.
—Señor Mount, tengo una idea. Como sé que no voy a entrar en el programa de Excelencia, y como también sé que soy demasiado listo para el de Refuerzo, ¿por qué no puedo saltarme todos esos exámenes y pasar directamente al programa normal?
El señor Mount sonrió y respondió:
—Pues porque las autoridades docentes dicen que tienes que hacer esos exámenes. Es una manera de asegurarnos de que nuestra escuela está haciendo un buen trabajo.
—Nuestra escuela está incluida en el diez por ciento de las mejores del estado —replicó Woody—, o al menos eso es lo que nos dicen siempre por aquí. Por supuesto que estamos haciendo un buen trabajo. Tenemos grandes profesores, alumnos brillantes y todo lo demás.
—Lo siento. Mirad, chicos, a mí tampoco me entusiasman estos exámenes, pero yo no hago las normas.
Woody estaba lanzado.
—Muy bien, pero eche un vistazo a la clase. Sabemos que Chase, Joey, Aaron, y tal vez Theo, sacarán una nota alta y entrarán en el programa de Excelencia. También sabemos que los más lentos, Justin, Darren y sobre todo Edward, acabarán en el programa de Refuerzo. ¿Por qué el resto no reconocemos simplemente que somos normalitos y nos evitamos los exámenes?
En medio del murmullo general, se oyó decir a Edward:
—Habla por ti, idiota.
—Mi coeficiente intelectual es más alto que el tuyo —espetó Darren desde la otra punta de la clase.
—Por poco te suspenden en educación física —gritó Justin desde el fondo.
—Vale, vale... Ya está bien —ordenó el señor Mount alzando ambas manos.
—Creo que voy a vomitar —dijo Woody—. Me estoy poniendo muy malo.
—Déjalo ya, Woody. Tenéis repaso de matemáticas a primera hora con la señorita Garman. Luego lengua inglesa con la señorita Eberlee, y después un descanso de quince minutos. Sé que os entusiasma el plan. Así que vamos allá.
Los chicos soltaron gemidos y gruñidos, y salieron arrastrando los pies del aula, como si fueran a enfrentarse a un pelotón de fusilamiento.
Después de tres horas de tortura, los alumnos se alegraron mucho de poder hacer una pausa de treinta minutos para almorzar en la cafetería de la escuela. Theo no tenía muchas ganas de compañía, pero entonces vio a April Finnemore, que estaba sola. Cogió su bandeja con espaguetis y ensalada y se sentó junto a ella.
—Pasándotelo bien, ¿eh? —le preguntó.
—Hola, Theo —respondió ella en voz baja.
Eran muy buenos amigos, no en plan romántico ni nada de eso, aunque Woody y los otros a menudo le hacían bromas sobre su novia rarita. April no era rara, solo diferente. Era muy seria, a menudo estaba malhumorada y se sentía incomprendida por sus compañeros. Se vestía más como un chico, llevaba el pelo muy corto y no le interesaban nada la moda, los cotilleos de adolescentes ni demás convenciones sociales que a ella le parecían triviales. Lo que a April le gustaba de verdad era el arte. Quería ser pintora y vivir en París o Santa Fe, algún sitio muy lejos de casa, porque el suyo no era un hogar feliz. Sus padres estaban como cabras. Su hermano y su hermana, mayores que ella, ya se habían ido de casa. Por eso a menudo estaba sola y tenía que apañárselas por sí misma.
Theo era el único chico de octavo que intentaba comprenderla.
—¿Estás tan aburrida como yo?
—Totalmente. Ojalá fuera ya viernes y todos esos exámenes hubieran pasado ya.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó Theo, enrollando los espaguetis en su tenedor.
—Sí, mucho. Tengo que entrar en el grupo de Excelencia porque tiene un mejor programa de arte. Es lo único que me importa. Las clases de arte admiten pocos alumnos y los mejores profesores están en ese programa.
Hablaba en voz muy baja, mientras jugueteaba con la ensalada de su plato. Tenía el apetito de un pajarillo. Aún no había tocado su rollito de huevo, y Theo ya le había echado el ojo.
—Lo harás muy bien, April. Si quisieras, sacarías todo sobresalie
