Eterna Vigilia

Marisha Pessl

Fragmento

Índice

Índice

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

TERCERA PARTE

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

AGRADECIMIENTOS

PARA DAVID

En ocasiones no hay respuestas,

en ocasiones encuentras el amor,

en ocasiones la oscuridad tiene dientes,

en ocasiones oculta un ruiseñor.

En la vida solo puedes esperar,

al emprender travesía tan incierta,

que te acaben faltando las palabras.

¿Y entonces? Pregúntale a quien sepa.

J. C. GOSSAMER MADWICK

La casa oscura tras el último recodo

PRIMERA PARTE

PRIMERA

PARTE

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 1

No había hablado con Whitley Lansing, ni con ningún otro, desde hacía más de un año.

Cuando recibí el mensaje, tras el último examen final, sentí que era algo inevitable, como un cometa que atraviesa el cielo en mitad de la noche anunciando el destino.

Cuánto tiempo. WTF. #nomola. Perdona. Otra vez el Tourette. ¿Qué tal tu primer año en la uni? ¿Una pasada? ¿O un asco?

En serio. Te echamos de menos.

Rompo el silencio pq vienen todos a Wincroft por mi cumple. Linda estará en Mallorca y SE Burt en St. Bart’s, casándose por tercera vez (una yogui vegana). La casa será toda nuestra el fin de semana. Como antes.

¿Te vienes? ¿Qué me dices, Bumblebee? Carpe noctem.

Vive la noche.

No conocía a ninguna otra chica capaz de mirar a todo el mundo como una modelo de Dior vestida de cuero y manejar expresiones en latín como si fuera su lengua materna.

—¿Cómo te ha ido el examen? —me preguntó mi madre cuando pasó a buscarme.

—He confundido a Sócrates con Platón y no me ha dado tiempo a terminar el ejercicio —contesté mientras me abrochaba el cinturón de seguridad.

—Seguro que lo has hecho de maravilla. —Sonrió y me miró con cautela—. ¿Queda algo pendiente?

Negué con la cabeza.

Mi padre y yo lo habíamos recogido todo en mi habitación de la residencia y ya había ido a devolver los libros de texto a la asociación de estudiantes para tener el treinta por ciento de descuento el próximo curso. Mi compañera de habitación era de New Haven, se llamaba Casey y todos los fines de semana volvía a casa a ver a su novio. A duras penas había coincidido con ella desde la semana de presentación previa al inicio del curso.

El final de mi primer año en el Emerson College había pasado sin pena ni gloria, con el silencio indiferente que se suele reservar a una liquidación por cierre en un centro comercial de pequeñas dimensiones.

—Va a pasar algo malo —me habría dicho Jim.

No tenía planes para el verano, salvo trabajar con mis padres en el Captain’s Crow.

El Captain’s Crow —o el Crow, como lo llaman los vecinos— es la cafetería-heladería junto al mar que tiene mi familia en Watch Hill, el pueblecito de costa de Rhode Island donde me crie.

Watch Hill, Estado de Rhode Island. Población: todo el mundo se conoce.

Mi bisabuelo, Burn Hartley, abrió el establecimiento en 1885, cuando Watch Hill era poco más que una aldea escarpada a donde iban los capitanes de balleneros a recordar cómo era pisar tierra firme y a tomar a sus hijos en brazos por primera vez antes de volver a lanzarse al Atlántico, rumbo a lo desconocido. En la entrada hay colgado un retrato a lápiz enmarcado de mi bisabuelo, en el que aparece con la mirada penetrante de un genio de las letras o de un explorador intrépido que nunca hubiera regresado del Ártico. No obstante, lo cierto es que apenas sabía leer, prefería los rostros familiares a los desconocidos y habría escogido la tierra firme antes que el mar. Lo único que hizo en toda su vida fue dirigir nuestro pequeño restaurante junto al puerto y perfeccionar la receta de la mejor crema de almejas del mundo.

Me pasé todo el verano sirviendo helado a adolescentes bronceados con chanclas y camisetas de colores pastel, que iban y venían en grupos grandes y bulliciosos, como bancos de peces. Preparé hamburguesas con queso, sándwiches de atún, ensaladas y batidos. Barrí la arena que cubría las baldosas a cuadros blancos y negros del suelo. Repartí servilletas, bolsitas de kétchup, sobres de sal, pulseras para mayores de veintiún años, granizados de limón y folletos de excursiones para pescar en alta mar. Dejé móviles perdidos al lado de la caja registradora para que fueran fáciles de localizar cuando sus dueños, presas del pánico, entraran a toda prisa: «Me he dejado el... Ah... ¡Gracias, eres la mejor!». Recogí rasgados billetes azules del tiovivo de temática marina de 1893, situado en la playa, a poca distancia, donde podías montarte en sirenas desgastadas sin rostro en vez de caballitos. Watch Hill había vivido sus cinco minutos de gloria el día que Eleanor Roosevelt fue fotografiada sentada a lo amazona a lomos de un pato de cabeza roja y cola turquesa. (En el pueblo se bromeaba con lo incómoda y cohibida que se la veía en la instantánea, aplastada bajo las capas —pesadas y rígidas como placas tectónicas— de su falda de volantes.)

Limpié chorretones de salsa barbacoa de los cubos de la basura y restos de Barco Naufragado derretido de las mesas (Barco Naufragado era el sabor de helado favorito de todos los niños: un revoltijo de pasta de hacer galletas, nueces, masa para bizcocho y pepitas de chocolate negro). Fregué con lejía, desengrasante y detergente las ventanas, las encimeras y los pomos de las puertas. Limpié mejillones y almejas y los pulí de uno en uno, con el ahínco de un gemólogo que inspecciona esmeraldas de forma obsesiva. La mayoría de los días me levantaba a las cinco de la mañana e iba con mi padre a escoger el pescado y el marisco de la jornada cuando llegaban los barcos pesqueros; examinaba las patas de cangrejo y los lenguados, las ostras y las lubinas, deslizando mis manos por sus patas y pinzas aún en movimiento, vientres tornasolados y caparazones. Compuse las letras de la banda sonora de una película inventada titulada Lola Anderson: atraco en la autopista y garabateé palabras, rimas, rostros y manos en servilletas y menús para llevar, que después tiraba a la basura sin que nadie llegara a verlos. Asistí a un grupo de acompañamiento al duelo para adolescentes en el Centro Social de North Stonington. Solo había un participante más: un chico taciturno llamado Turks cuyo padre había fallecido de ELA. Tras dos sesiones, no volvió más, así que me quedé sola con Deb, la terapeuta, una mujer nerviosa que llevaba traje pantalón y blandía un libro de ocho centímetros de grosor titulado Gestión del duelo para jóvenes.

—«El objetivo de este ejercicio es construir un significado positivo en torno a la relación perdida» —leyó en el capítulo siete, tras entregarme la ficha Carta de despedida—. «En esta hoja, redacta un texto para el ser amado que se ha ido. Escribe sobre tus buenos recuerdos, esperanzas y preguntas pendientes».

Estampó contra mi mesa un bolígrafo mordisqueado que rezaba «Resort Isla Tabeego» y se marchó. La oí hablar por teléfono en el pasillo, discutiendo con un tal Barry y preguntándole por qué no había ido a dormir a casa esa noche.

Decoré la Carta de despedida con un halcón que gañía y la letra de las canciones de Perdida en la cabeza, una película japonesa imaginaria de anime sobre una idea olvidada.

Después me escabullí por la salida de emergencia y no regresé jamás.

Enseñé a Sleepy Sam —un adolescente inglés aburridísimo que estaba en Estados Unidos visitando a su padre— a preparar empanadas de almeja y sándwiches de queso fundido perfectos. «La plancha a fuego medio, mantequilla, cuatro minutos por cada lado, seis lonchas de cheddar Vermont intenso, dos de fontina». El 4 de julio me invitó a una fiesta en casa de un amigo de un amigo. Para su asombro, me presenté allí. Me quedé al lado de una lámpara de pie con una cerveza caliente en la mano, oyendo hablar de clases de guitarra y Zach Galifianakis mientras buscaba el momento adecuado para huir.

—Esa de ahí, por cierto, es Bee —señaló Sleepy Sam—. Y sabe hablar, os lo prometo.

No le dije nada a nadie sobre el mensaje de Whitley, aunque no se me iba de la cabeza ni un momento.

Era el vestido demasiado atrevido y todavía sin estrenar que me había comprado, pero no había llegado a sacar de la bolsa. Lo había guardado al fondo del armario, doblado y envuelto en papel de seda, con el recibo al lado y las etiquetas intactas. Mi intención era devolverlo.

Sin embargo, cabía la remota posibilidad de que reuniera el valor necesario para ponérmelo.

Me sabía la fecha de su cumpleaños tan bien como la del mío: 30 de agosto.

Cayó en viernes. El gran acontecimiento del día había sido la aparición de un perro abandonado que vagaba por la calle principal. No llevaba placa de identificación y presentaba el aspecto desesperado de un prisionero de guerra. Era de color gris, tenía el pelo enmarañado y se sobresaltaba cada vez que alguien intentaba tocarlo. Asustado por un bocinazo, acabó deslizándose entre los cubos de basura de detrás del Captain’s Crow.

—¿Has visto el barro amarillo con restos de sal que lleva en las patas traseras? Es del lado oeste de Nickybogg Creek —anunció el agente Locke, emocionado por tener un misterio entre manos por primera vez en lo que iba de año.

El animal abandonado había sido tema de conversación todo el día —qué hacer con él, de dónde vendría— y hasta mucho después no me descubrí a mí misma recordando a ese perro sin rumbo que había llegado al pueblo salido de la nada. Me pregunté si sería algún tipo de señal, una advertencia de que iba a suceder algo terrible, de que no debía tomar la tan glorificada y misteriosa senda menos transitada sino el camino muy concurrido, amplio y bien iluminado: el que ya conocía.

Para entonces ya era demasiado tarde. Se había puesto el sol y Sleepy Sam se había marchado. Yo había dado la vuelta a las sillas de la cafetería y las había colocado encima de las mesas. Había sacado la basura. Al fin y al cabo, así es la naturaleza humana. Nadie presta atención a las señales cuando aparecen.

Mi madre y mi padre habían dado por hecho que iría con ellos al cine Dreamland de Westerly a ver la maratón de clásicos de la comedia de enredo, como todos los viernes.

—Tengo planes para esta noche —anuncié.

Mi padre se quedó asombrado:

—¿De verdad, Bumble? ¡Qué bien!

—Voy a ir a Wincroft en coche.

Se quedaron mudos. Mi madre acababa de darle la vuelta al cartel de «Cerrado» de la puerta y se giró mientras se abrigaba con la rebeca, tiritando pese a los veinticuatro grados del exterior.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó.

—No hace mucho. Iré con cuidado y volveré antes de medianoche. Están todos allí porque es el cumpleaños de Whitley. Creo que me irá bien verlos.

—Es un camino demasiado largo para conducir de noche —dijo mi padre.

Mi madre me miraba como si me hubieran dado un pronóstico de seis semanas de vida. A veces, cuando estaba disgustada de verdad, masticaba un chicle imaginario. Estaba haciéndolo en ese momento.

—Afrontar el pasado forma parte del proceso de duelo —sentencié.

—Eso no tiene nada que ver. Yo...

—No pasa nada, Victoria. —Mi padre le puso la mano en el hombro.

—Pero el doctor Quentin dijo que no te pusieras en situaciones de estrés que...

—Habíamos quedado en que el doctor Quentin es imbécil —la interrumpí.

—El doctor Quentin, efectivamente, es imbécil —corroboró mi padre mientras asentía con cara de arrepentimiento—. Debimos haber sospechado al ver que se llamaba casi igual que la cárcel de San Quentin.

—Ya sabéis que no me gusta que os compinchéis contra mí —protestó mi madre.

En ese momento, alguien —algún dominguero con la cara roja, bermudas a rayas y varias cervezas de más— intentó abrir la puerta.

—Está cerrado —le espetó mi madre.

Y así es como acabé conduciendo la vieja camioneta Dodge RAM verde de mi padre, que sonaba como un anciano con enfisema, a lo largo de ochenta kilómetros de la costa de Rhode Island.

Wincroft.

El nombre parecía salido de una novela decadente llena de fantasmas y chiflados. La mansión era un conjunto disperso de construcciones de ladrillo rojo, torrecillas, jardines y gárgolas en forma de cuervo. La había construido, en la década de 1930, un cazador profesional de grandes piezas que, supuestamente, contaba a Hemingway y Lawrence de Arabia entre sus amistades. Había viajado por todo el mundo matando animales bellísimos y por ese motivo Wincroft, su finca junto al mar, nunca había estado habitada más de unas semanas en sesenta años. Cuando Burt, el peculiar segundo expadrastro de Whitley —de ahí el apodo SE Burt—, la compró en la década de 1980 a raíz de una ejecución hipotecaria, reformó por completo su interior, con un estilo poco acertado que Whitley denominó «si Madonna le vomitara encima a Cyndi Lauper».

Con todo, no era inusual abrir una cómoda del desván o un baúl polvoriento y encontrar fotografías de desconocidos con rifles de caza y pieles de zorro o animales disecados: un hurón, una rana roja, un roedor de alguna especie exótica. Por ello, las visitas a Wincroft tenían el halo de misterio de una expedición arqueológica, como si a nuestro alrededor, en los suelos, paredes y techos, una civilización perdida esperara a ser descubierta.

—Somos lo que guardamos —había dicho Jim en cierta ocasión mientras sacaba un reptil disecado de una caja de zapatos.

Al abandonar la interestatal, la carretera se llenaba de curvas y cambios de sentido, como si quisiera dejarte bien mareada. La costa de Rhode Island —no la parte de Newport, arrogante y pretenciosa, cuyos violentos acantilados y mansiones colosales miraban con desdén los diminutos veleros que sazonaban el puerto, sino la otra— era áspera y decadente, abandonada a su suerte y abrasada por el sol, como un viejo vagabundo de playa con la ropa desteñida que no recuerda dónde ha dormido la noche anterior. Los céspedes estaban marchitos y resecos; las calzadas, llenas de grietas y sal, con señales de tráfico descoloridas y semáforos averiados. Los puentes se abrían paso a codazos entre las ciénagas para luego desplomarse exhaustos al otro lado del camino.

Yo todavía conservaba sus números de teléfono, pero no quería llamarles. Ni siquiera sabía si estarían allí. En los meses transcurridos, podían haber cambiado de planes. Quizá, cuando llamara a la puerta, no me abriría Whitley sino Burt, su segundo expadrastro, con su pelo canoso, rizado y demasiado largo; SE Burt, quien hacía siglos había compuesto una canción nominada a los Oscar para una trágica historia de amor protagonizada por Ryan O’Neill. O puede que estuvieran todos. Quizá lo que yo deseaba era descubrir qué cara pondrían al verme. Y que fuera una cara que no hubieran podido ensayar.

Por otro lado, si ignoraban que yo iba a ir, aún estaba a tiempo de dar media vuelta. A tiempo de reunirme con mis padres en el Dreamland para ver Luna nueva, ir después al Shakedown a tomar pasteles de cangrejo y ostras, saludar a Artie, el dueño, y fingir no haber oído como le susurraba a mi padre, mientras yo iba al baño, «Bee ha conseguido salir adelante», como si yo fuera un caballo de carreras malherido al que hubieran decidido no sacrificar. No era culpa de Artie. Era la reacción natural de la gente al descubrir lo que había ocurrido: Jim, mi novio, había muerto en el último curso de instituto.

Que el amor de tu vida se muera de repente no es algo que se suponga que debe pasarte en la adolescencia. Si te sucede, no obstante, suele ayudar que al menos se deba a uno de los tres principales motivos comprensibles para morir joven: a) accidente de tráfico; b) cáncer; c) suicidio. De este modo, una vez escogida la opción adecuada, el adulto más cercano puede apresurarse a hablarte de todas las películas (muchas de ellas protagonizadas por Timothy Hutton) y libros de autoayuda que podrían servirte para «superarlo».

Pero ¿y si las circunstancias de la muerte de tu novio todavía no han sido aclaradas y te acechan la culpa y la incertidumbre?

En ese caso, no hay película o libro de autoayuda en el mundo que pueda consolarte.

Salvo, quizá, El exorcista.

Si esa noche no acudía, mis antiguos amigos irían a Wincroft y después volverían a sus casas, y eso sería todo. No asistir sería el último empujón a ese viejo velero de juguete de mi infancia, el impulso que de verdad lo enviaría a la deriva hacia el centro del lago, lejos de la orilla, fuera de mi alcance para siempre.

Y jamás descubriría qué le había sucedido a Jim.

Seguí conduciendo.

La serpenteante carretera parecía apremiarme a seguir adelante, dejando atrás las hayas amarillentas; un puente; la visión súbita y asombrosa de un puerto donde veleros blancos de altos mástiles se agolpaban como una manada de unicornios dándose un festín antes de desaparecer. No podía creer la facilidad con la que recordaba el camino: a la izquierda en la gasolinera, a la derecha en Elm, a la derecha en la señal de stop donde jugabas a los dados con la muerte, caravanas destartaladas con ropa tendida y neumáticos pinchados en el patio. A continuación, los árboles se apartaban con deferencia ante el cielo y el mar, siempre coloreados de naranja y rosa al anochecer, que se fundían en un abrazo.

Y ahí estaba. La puerta de hierro forjado ornamentada con una gran W.

Abierta. Con las luces encendidas.

Giré y aceleré. Las ramas de roble iban quedando atrás como cintas que se sueltan de una cola de caballo. El viento aullaba a través de las ventanas abiertas. Una curva más y vi la mansión, las ventanas doradas y llenas de vida, imponiéndose entre el ladrillo rojo y la pizarra, gárgolas en forma de cuervo posadas para siempre en el tejado.

Mientras frenaba, estuve a punto de echarme a reír al ver los cuatro coches aparcados, uno al lado del otro. No reconocí ninguno, salvo el Honda Accord de Martha con la pegatina «Pita si crees en la teoría de la relatividad» en el parachoques. Si me lo hubieran pedido, no me habría costado demasiado relacionar los otros vehículos con sus respectivos propietarios.

Yo había cambiado mucho. A juzgar por los automóviles, ellos no.

Me miré en el retrovisor y me horroricé de inmediato: la coleta medio deshecha, los labios cortados, la frente brillante. Tenía el aspecto de quien acaba de correr una maratón y llega en último lugar. Me sequé el rostro con las servilletas que mi padre guardaba en el compartimento de la puerta, me pellizqué las mejillas, me coloqué los mechones de pelo suelto detrás de la oreja. Después subí a saltos los escalones de piedra y golpeé la puerta con la aldaba de latón en forma de león.

No pasó nada.

Llamé al timbre una, dos, tres veces, en un único movimiento ansioso y febril, porque sabía que, si dudaba, me derrumbaría. Me hundiría como una bota perdida, atrapada en una trampa para langostas, directa al fondo del mar.

Se abrió la puerta.

Kipling estaba de pie en el umbral. Llevaba una peluca rosa que le llegaba hasta la barbilla, un polo azul, bermudas, chanclas. Estaba muy moreno y mordisqueaba un mezclador de bebidas rojo, que se le cayó de la boca al verme.

—¡Dios mío, no me lo puedo creer! —exclamó con su entonación lenta de plantación de algodón.

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 2

En la vida real no existen las entradas triunfales. O no son como te gustaría que fueran.

A ti te gustaría algo a medio camino entre una telenovela colombiana (gritos de emoción, rostros anhelantes, ríos de rímel) y una escena digna de Oscar de Meryl Streep (diálogos ingeniosos, abrazos, el mundo entero uniéndose para cantar en armonía).

Pero en la vida real es todo muy incómodo.

Mi aparición repentina en Wincroft fue como un torpedo mal dirigido. Me había fallado la puntería y ahora iba a la deriva, sin rumbo, a punto de explotar, pero sin objetivo. De pie en el vestíbulo, bajo la lámpara de araña, con unos vaqueros cortados, zapatillas de deporte y una camiseta manchada de Barco Naufragado, mientras ellos, recién duchados, eran todo glamur, me sentí ridícula. No debería haber ido.

Se disponían a asistir a un concierto de punk rock con las entradas agotadas en el Able Seaman de Newport, el antro frente a la playa donde habíamos pasado muchos fines de semana del último año de instituto con pases de dos días y carnés de identidad falsos. Iban viniendo a saludarme, pero a la vez estaban preparándose para salir. Había una desagradable sensación de distracción y conversaciones mal ajustadas.

Kip primero me abrazó. Después me observó educadamente, como si estuviera en un museo y yo fuera el cuadro minúsculo y decepcionante del que el guía estuviera parloteando sin cesar.

Whitley se acercó corriendo.

—¡Dios mío, Beatrice! —Me dio dos besos—. ¡Sí que has venido! Qué fuerte.

Su belleza era aún más asombrosa de lo que recordaba: botas vaqueras de tacón de aguja que le llegaban hasta el muslo, una sudadera enorme con una boca de lentejuelas delante, pantalones negros cortados con flecos, perfume de gardenia y cuero. Me impactó de golpe el anuncio de revista en que se había convertido su presencia y al mismo tiempo me resultaba imposible creer que hubiera sido mi mejor amiga. Un número incontable de noches, en la Darrow-Harker School de Warwick, Rhode Island —hogar de los cruzados—, nos habíamos quedado levantadas después del toque de queda, aunque estuviera prohibido, con las mejillas a lunares por la crema antiacné y calcetines de lana en los pies. Le había confiado cosas que nunca le había contado a nadie. Ahora me parecía una escena fuera de lugar recortada de otra película.

—¿Cómo estás, Bee? —me preguntó mientras me apretaba las manos.

—Bien.

—¡Qué gran sorpresa! Es decir, ya sé que... Yo... ¡Ostras! Las sillas de jardín, hay que meterlas en casa. Dicen que va a llover, ¿no?

Se alejó a toda prisa, con la larga melena rubia ondeándole sobre la espalda.

—Tenía razón Kip —exclamó mientras desaparecía en la cocina—. Dijo que te presentarías sin avisar, como el típico personaje al que todos dan por muerto en una película de... de Jake Gyllenhaal, por ejemplo. Le contestamos que no se flipara tanto. Yo creía que, para ti, antes muerta que volver a vernos a ninguno de nosotros. Así que ahora le debo... cincuenta dólares, creo.

—Cien dólares. —Kip la interrumpió con un dedo levantado—. No te escaquees. Lo de hacerte la loca con las deudas es uno de tus peores defectos, Lansing.

—¿Qué? Espera, hay que darle el Prozac a Gandalf o se meará por todas partes.

—Gandalf está deprimido —me explicó Kip mientras asentía con delicadeza—. Además, tiene personalidad múltiple. Es un gran danés, pero se siente perro faldero.

—Conozco a Gandalf —le recordé con un hilo de voz.

—¡Beatrice!

Cannon bajaba trotando por las escaleras, descalzo, con unas Puma en la mano. Al llegar al final se detuvo y me miró con una sonrisa reconfortante.

—No me lo puedo creer. Santa Bee en carne y hueso. ¿Cómo está Dios?

—Muy gracioso.

Él también estaba cambiado. Seguía llevando su característica sudadera gris con capucha de hacker, pero la prenda ya no estaba deformada ni tenía manchas naranjas de ganchitos, como cuando Cannon se pasaba dos semanas con ella puesta en la gélida sala de ordenadores subterránea de Darrow. Ahora era de cachemira. Cannon se había hecho medio famoso en segundo curso, cuando descubrió un fallo en el sistema operativo OS X de Apple: si pulsabas accidentalmente determinadas teclas, la pantalla se colgaba y el escritorio se convertía en la fantasmagórica escena invernal del fondo de pantalla Blue Pond. El error descubierto, que bautizó con el nombre de Jaula de Cannon, le sirvió para aparecer en primera página de un millón de blogs de Silicon Valley. Lo último que sabía de él era que estudiaba informática en Stanford.

Se acercó a mí de un salto y me dio un abrazo. Olía a madera cara para suelos.

—¿Qué tal en la uni? Y tus padres, ¿cómo están? ¿Aún tienen la heladería?

—Sí.

Me miró fijamente, con una expresión intensa e impenetrable.

—Me encanta ese sitio.

—Hola, Bee —dijo una voz solemne.

Al darme la vuelta vi a Martha. Me observaba parpadeando desde detrás de sus gruesas gafas de científica chiflada, que le daban la mirada penetrante, como de teleobjetivo, por la que era famosa. Había cambiado los pantalones caquis y las camisas Oxford anchas por unos vaqueros negros rasgados y una camiseta que le iba grande con una palabra en alemán: Torschlusspanik. Además, se había teñido el pelo, que tenía fino y castaño, de color azul eléctrico.

—Hola —saludé.

—Es increíble que no hayas cambiado nada —comentó Kip arrastrando las palabras. Su sonrisa era como un botón minúsculo en un tapizado para un salón elegante—. ¿Duermes en un congelador para un experimento de criogenia o qué? Porque no es justo, chiquilla. Yo tengo patas de gallo y gota.

Whitley había vuelto. Agarrada a su pequeño bolso Chanel rosa pálido, evitaba mirarme.

—Vienes con nosotros, ¿verdad?

La idea no parecía entusiasmarla, a juzgar por cómo introducía sus pies de uñas perfectas en unas bailarinas Lanvin.

—Bueno, yo...

—Pues claro que te vienes —intervino Cannon mientras me pasaba el brazo por los hombros—. Yo te consigo una entrada en la reventa. Y si no hay reventa... ya se nos ocurrirá algo.

Laissez les bon temps roulez —dijo Kip, levantando su copa.

Al salir, el silencio se podía cortar con un cuchillo. Solo se oían nuestras pisadas en el suelo y el viento silbando entre los árboles. El corazón me latía con fuerza y tenía la cara roja como un tomate. Lo único que quería era echar a correr hasta mi pickup y largarme a toda pastilla por la carretera, a doscientos kilómetros por hora, como si nada de esto hubiera sucedido.

—¿Vamos en dos coches? —preguntó Martha.

—Somos cinco —contestó Whitley—. Cabemos en el mío apretujados.

—¿Nos prometes que mirarás por el retrovisor al menos una vez, chiquilla? —inquirió Kip.

—Me troncho de la risa.

Nos apiñamos en el interior de su Jaguar verde oscuro descapotable. Whitley, muy seria —recordé que eso significaba que estaba nerviosa—, pulsó varios botones de la pantalla de la guantera. El motor carraspeó con elegancia y el techo del vehículo empezó a deslizarse como un huevo en eclosión. Poco después bajábamos por el camino a toda velocidad, con Whitley acelerando como una veterana piloto de competición de NASCAR, virando bruscamente sobre la hierba y regateando entre los rododendros. Yo estaba en el asiento de atrás, sentada entre Kip y Martha, tratando de no aplastar a ninguno de los dos.

Kip lanzó su peluca rosa al aire.

—¡Aaaah! —gritó, echando la cabeza atrás, mientras la peluca aterrizaba en la calzada a nuestras espaldas—. ¡Tras una larga ausencia, la banda vuelve a reunirse! ¡Nunca más nos separaremos! ¡Nos vamos de gira mundial!

«¿Y qué pasa con el vocalista?», no pude dejar de pensar mientras lo miraba. «¿No os estáis olvidando de Jim?».

Cuando llegamos, los teloneros ya habían empezado a tocar. No hubo tiempo para charlar, solo para abrirnos paso ansiosamente entre la muchedumbre que se agolpaba en el exterior mientras Whitley se aproximaba al portero. Martha entró a buscar mesa y Cannon se puso a preguntar a tipos con la cabeza rapada y aliento de Budweiser si les sobraba alguna entrada, lo que me dejó pegada absurdamente a la barandilla lateral.

—¡Entrad sin mí! —le grité a Kip, que acababa de materializarse a mi lado.

—Ni hablar. —Entrelazó su brazo con el mío—. Ahora que te hemos recuperado, no te dejaremos ir jamás. Me voy a pegar a ti como una lapa, chiquilla. Hazte a la idea.

Me eché a reír. Parecía el principio de la primera conversación de verdad de la noche.

Kipling y yo siempre habíamos sido muy amigos. Alto y desgarbado, con el pelo de color cobrizo y «rostro de caballero antiguo» —así se describía a sí mismo—, era la persona más divertida que había conocido en mi vida. Era raro y excéntrico, como el talismán medio roto que podrías encontrar en un expositor polvoriento al fondo de una tienda de antigüedades, sugiriendo a la vez un pasado estremecedor y buena suerte. Era gay, aunque sostenía que le interesaba más una historia bien contada que el sexo, y veía Darrow como un club de campo, no como un lugar donde se supusiera que iba a aprender algo. Quedar con Kipling para estudiar en la biblioteca significaba que te interrumpiera constantemente para contarte anécdotas y hacer observaciones sobre la vida, sus amigos y el sinfín de personajes peculiares que poblaban Moss Bluff, su minúscula localidad natal de Luisiana, como si no estuviéramos recluidos en un cubículo sofocante, agobiados por los exámenes de acceso a la universidad, sino descansando tranquilamente en un porche sin otra ocupación que ahuyentar a las moscas. Aunque era tan rico como todos los demás («dinero de unos grandes almacenes ya extintos»), había vivido lo que él calificaba de «infancia desgraciada» gracias a su madre, la escalofriante «mami Greer».

Poco se sabía realmente sobre mami Greer, aparte de los detalles que Kipling dejaba caer como un puñado de confeti y que le encantaba lanzar al aire sin previo aviso. Cuando Kipling tenía apenas uno o dos años, su madre lo había dejado encerrado y solo durante días en la habitación número 2 del motel Royal Sonaga («en la planta baja, al lado de las máquinas expendedoras, para poder largarse sin pagar»), sin más alimento que una montaña de pastelillos de bollería industrial y la presentadora de la teletienda como única compañía. La negligencia de su madre había provocado que un pitbull encadenado en un patio trasero atacara a Kipling cuando este tenía cinco años, le arrancara de un mordisco tres dedos de la mano izquierda y le dejara una «minimarca de tiburón» en la barbilla, secuelas que él exhibía como si fueran el Corazón Púrpura. «¡Soy el Fantasma de la Ópera!», decía, extendiendo con alegría su mano mutilada ante tu rostro.

Cuando finalmente un tribunal le quitó la custodia de Kip a su madre y lo envió a v

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