CAPÍTULO 1
— Vuelve a contarme la primera vez que jugasteis una partida de ajedrez en el parque.
El rostro de Jameson estaba iluminado bajo la mera luz de una vela, pero incluso en esa penumbra pude ver el fulgor de sus oscuros ojos verdes.
No había nada —ni nadie— que encendiera la sangre de Jameson Hawthorne como lo hacía un misterio.
—Fue justo después del funeral de mi madre —le dije—. Unos pocos días, quizá una semana.
Nos encontrábamos en los túneles que había bajo la Casa Hawthorne, solos, donde nadie pudiera oírnos. Había pasado menos de un mes desde que pusiera los pies por vez primera en la palaciega mansión texana, y una semana desde que resolviéramos el misterio acerca de por qué me habían llevado allí.
Ojalá hubiéramos resuelto de verdad ese misterio.
—Mi madre y yo solíamos ir a pasear por el parque. —Cerré los ojos para poder concentrarme en los hechos y no en la intensidad con la que Jameson se aferraba a cada una de mis palabras—. Lo llamaba El juego de pasear sin rumbo. —Abrí los ojos para protegerme de ese recuerdo—. Unos pocos días después de su funeral, fui al parque sin ella por primera vez. Cuando me acerqué al estanque, vi que había un montón de gente. Había un hombre tumbado en el camino, con los ojos cerrados y tapado con unas mantas andrajosas.
—Un sin techo. —Todo esto Jameson ya lo había oído, pero en ningún momento aflojó su férrea concentración en mí.
—La gente pensó que estaba muerto o que iba tan borracho que había perdido el conocimiento. Entonces se sentó. Vi que un policía se abría paso entre el gentío.
—Pero tú llegaste primero hasta el hombre —acabó Jameson por mí; sus ojos fijos en los míos, sus labios ligeramente curvados hacia arriba—. Y le pediste que jugara contigo al ajedrez.
No esperaba que Harry aceptara mi oferta, todavía menos que me ganara.
—Jugamos todas las semanas a partir de entonces —expliqué—. Algunas semanas, un par de veces o tres. Nunca me dijo más que su nombre.
«Su verdadero nombre no era Harry. Me mintió», pensé. Y por eso estaba en esos túneles con Jameson Hawthorne. Por eso el chico había empezado a mirarme como si yo volviera a ser un misterio, un enigma que él, y nadie más que él, lograría resolver.
No podía ser una coincidencia que el multimillonario Tobias Hawthorne hubiera legado su fortuna a una desconocida que conocía a su «difunto» hijo.
—¿Estás segura de que era Toby? —preguntó Jameson. El aire que nos separaba estaba cargado.
Esos días, pocas cosas tenía más claras que esa. Tres semanas atrás, yo era una chica normal, que se las iba arreglando e intentaba desesperadamente sobrevivir al instituto, conseguir una beca y largarse. Luego, de la noche a la mañana, me enteré de que uno de los hombres más ricos del país había fallecido y me había incluido en su testamento. Tobias Hawthorne me había dejado una herencia de miles de millones, prácticamente toda su fortuna, y yo no tenía ni idea de por qué. Jameson y yo nos habíamos pasado dos semanas desenmarañando los rompecabezas y las pistas que había ido dejando el viejo. ¿Por qué yo? Pues por mi nombre. Por el día en que nací. Porque Tobias Hawthorne se lo había jugado todo a una carta con la esperanza de que yo volviera a unir a su dividida familia.
O, al menos, esa fue la conclusión a la que nos había llevado el último juego del viejo.
—Estoy segura —le contesté a Jameson con fiereza—. Toby está vivo. Y si tu abuelo lo sabía, y sé que eso es un gran «si», pero si él lo sabía, entonces tenemos que dar por hecho que o bien me escogió a mí porque conocía a Toby, o bien se las arregló como fuera para que su hijo y yo nos conociéramos.
Si una cosa había aprendido del difunto multimillonario Tobias Hawthorne, era que tenía la capacidad de orquestar casi cualquier cosa, de manipular a casi cualquier persona. Le encantaban los rompecabezas, los acertijos y los juegos.
«Y Jameson es igual», pensé.
—¿Qué pasa si ese día en el parque no fue la primera vez que viste a mi tío? —Jameson se me acercó un paso; irradiaba una energía tremenda—. Piénsalo, Heredera. Dijiste que la única vez que coincidiste con mi abuelo, tú tenías seis años y él te vio en la cafetería donde tu madre trabajaba de camarera. Y oyó tu nombre completo.
Avery Kylie Grambs, reordenado, se convertía en A very risky gamble, es decir, en «Una apuesta muy arriesgada». Un nombre que alguien como Tobias Hawthorne recordaría.
—Eso es —respondí.
Jameson ya estaba muy cerca de mí. Demasiado cerca. Todos los chicos Hawthorne eran magnéticos. Más que la vida misma. Tenían cierto efecto sobre la gente, y a Jameson se le daba muy bien usarlo para conseguir lo que quería. «Ahora quiere algo de mí», me dije.
—¿Qué hacía mi abuelo, un multimillonario texano con toda una horda de chefs privados a su servicio, comiendo en una cafetería de mala muerte perdida en un pueblecillo en medio de Connecticut que no conoce nadie?
Mi mente se disparó.
—¿Crees que estaba buscando algo?
Jameson sonrió con astucia.
—O a alguien. ¿Y si el viejo fue hasta allí en busca de Toby y te encontró a ti?
Había algo escondido en el modo en que había dicho «a ti». Como si yo fuera alguien. Como si yo importara. Pero Jameson y yo ya habíamos pasado por ahí.
—¿Y todo lo demás es una distracción? —pregunté, apartando la mirada de él—. Mi nombre. El hecho de que Emily muriera el día de mi cumpleaños. El rompecabezas que nos dejó tu abuelo… ¿Fue todo una mentira?
Jameson no reaccionó al oír el nombre de Emily. En medio de un misterio nada podía distraerlo, ni siquiera ella.
—Una mentira —repitió Jameson—. O un amago.
Alargó la mano para apartarme del rostro un mechón de pelo y todos los nervios de mi cuerpo se pusieron en alerta roja. Me aparté con brusquedad.
—Deja de mirarme así —le advertí con firmeza.
—¿Así cómo? —rebatió él.
Me crucé de brazos y lo fulminé con la mirada.
—Activas el encanto cuando quieres algo.
—Heredera, me hieres. —Nadie debería tener derecho a estar tan guapo como lo estaba Jameson cuando esbozaba aquella sonrisita pícara—. Lo único que quiero es que rebusques en cada rincón de tu memoria. Mi abuelo era una persona que pensaba en cuatro dimensiones. Quizá tenía más de una razón para escogerte a ti. «¿Por qué matar dos pájaros de un tiro si puedes matar a doce?», decía él siempre.
Había algo en su voz, en su mirada todavía fija en mí, que hubiera hecho muy fácil verme atrapada de nuevo. En las posibilidades. En el misterio. En él.
Sin embargo, yo no era el tipo de persona que cometía dos veces el mismo error.
—Quizá te equivocas. —Le di la espalda—. ¿Y si tu abuelo no sabía que Toby estaba vivo? ¿Y si Toby fue quien se percató de que el viejo me observaba, de que se planteaba dejarme toda su fortuna?
Harry, tal y como yo lo conocía, jugaba de miedo al ajedrez. Quizá ese día en el parque no fue una coincidencia. Quizá había ido a buscarme.
—Se nos está escapando algo —reflexionó Jameson, que avanzó para quedarse de pie detrás de mí, muy cerca—. O quizá —murmuró directamente sobre mi nuca— estás escondiendo algo.
No iba desencaminado del todo. Yo no era de las que ponen todas las cartas sobre la mesa. Y Jameson Winchester Hawthorne ni siquiera fingía ser alguien en quien se pudiera confiar.
—Ya veo por dónde vas, Heredera. —Casi podía oír su sonrisita torcida—. Si así es como quieres jugar a este juego, ¿por qué no lo hacemos interesante?
Me di la vuelta para mirarlo de frente. Cara a cara, resultaba difícil olvidar que cuando Jameson besaba a una chica, no era tímido. No era delicado. «No era real», me recordé a mí misma. Para él yo no fui más que una pieza del rompecabezas, una herramienta que usar. Y seguía siendo una pieza del rompecabezas.
—No todo es un juego —le dije.
—Y, tal vez —replicó Jameson con los ojos iluminados—, ese es el problema. Tal vez por eso nos pasamos un día tras otro devanándonos los sesos en estos túneles, pensando en ello sin parar y sin llegar a ninguna parte. Porque esto no es un juego. Todavía. Un juego tiene reglas. Tiene un ganador. Tal vez, Heredera, lo que tú y yo necesitamos para resolver el misterio de Toby Hawthorne es un poco de motivación.
—¿Qué tipo de motivación? —pregunté achicando los ojos.
—¿Qué te parece una apuesta? —Jameson enarcó una ceja—. Si yo resuelvo todo esto primero, entonces tú tendrás que perdonar y olvidarte de mi pequeña falta de juicio tras descodificar la pista del Black Wood.
En el bosque Black Wood fue donde descubrimos que su difunta exnovia había muerto el día de mi cumpleaños. En ese momento fue cuando nos dimos cuenta, por vez primera, de que Tobias Hawthorne no me había escogido porque fuera especial. Me había escogido por lo que podía hacerles.
Inmediatamente después de lo ocurrido, Jameson no volvió a acercarse a mí.
—Y si yo gano —repliqué, clavando la mirada en esos oscuros ojos verdes suyos—, entonces tú tendrás que olvidarte de que nos besamos. Y jamás intentarás hechizarme para que te bese otra vez.
No confiaba en él, pero tampoco confiaba en mí misma cuando estábamos juntos.
—Muy bien, Heredera. —Jameson avanzó un paso y se quedó de pie justo a mi lado. Me acercó los labios al oído y susurró—: Que empiece el juego.
CAPÍTULO 2
Una vez cerrada la apuesta, Jameson se largó por un túnel hacia una dirección y yo tomé la opuesta. La Casa Hawthorne era inmensa, interminable, tan grande que, incluso tras tres semanas allí, todavía no la había visto entera. Una persona podía dedicar años a explorar ese lugar y, aun así, no conocer todas las entradas y salidas, todos los pasadizos secretos y espacios ocultos. Y eso sin contar los túneles subterráneos.
Por suerte para mí, soy de las que aprenden rápido. Atajé por las profundidades del ala del gimnasio y tomé un túnel que recorría la sala de música por debajo. Pasé por debajo del solárium y subí unas escaleras secretas que me llevaron hasta la Gran Sala, donde me encontré a Nash Hawthorne apoyado tranquilamente contra la chimenea de piedra. Esperando.
—Hola, chiquilla.
Nash ni siquiera parpadeó al verme emerger aparentemente de la nada. De hecho, el mayor de los hermanos Hawthorne daba la impresión de que aunque la mansión entera se le desmoronara encima, él se quedaría apoyado contra esa misma chimenea. Nash Hawthorne probablemente saludaría con su sombrero de vaquero a la Muerte en persona.
—Hola —contesté.
—Imagino que no habrás visto a Grayson —comentó Nash, cuyo acento hizo que la duda resultara casi perezosa.
Sin embargo, no suavizó en absoluto el impacto de lo que acababa de decir.
—No. —Mantuve el rostro neutro y la respuesta corta. Grayson Hawthorne y yo llevábamos días guardando las distancias.
—E imagino que no sabrás nada acerca de la charla que Gray tuvo con nuestra madre justo antes de que se marchara de casa, ¿verdad?
Skye Hawthorne, la hija menor de Tobias Hawthorne y la madre de los cuatro nietos Hawthorne, había intentado matarme. La persona que había empuñado el arma por orden suya es quien se encontraba en una celda de la cárcel, pero Skye se había visto obligada a abandonar la Casa Hawthorne. Grayson la obligó. «Te voy a proteger siempre —me había dicho—. Pero esto…, nosotros… No puede ser, Avery».
—Ni idea —respondí sin emoción.
—Eso pensaba. —Nash me guiñó un ojo—. Tu hermana y tu abogada te buscan. Ala este.
He ahí una afirmación cargada de implicaciones donde las haya. Mi abogada había sido su prometida y ahora mi hermana era…
No sé qué eran Libby y Nash Hawthorne.
—Gracias —le dije, pero cuando subí la escalinata de caracol hacia el ala este de la Casa Hawthorne, no lo hice para ir a buscar a Libby. Ni a Alisa. Había hecho una apuesta con Jameson y pretendía ganarla. Primera parada: el despacho de Tobias Hawthorne.
En el estudio había un escritorio de caoba y, detrás de la mesa, había una pared abarrotada de trofeos y patentes y libros con el nombre «Hawthorne» en el lomo; un imponente recordatorio tangible de que los hermanos Hawthorne no tenían absolutamente nada de ordinario. Habían recibido todas las oportunidades del mundo y el viejo había esperado de los chicos que fueran extraordinarios. Sin embargo, yo no había acudido a ese despacho para admirar los trofeos.
En lugar de quedarme embobada, tomé asiento en el escritorio y activé el compartimento secreto que había descubierto no hacía mucho tiempo. Encerraba un portafolios que, a su vez, contenía fotografías mías. Infinidad de fotografías a lo largo de los años. Tras ese trascendental encuentro en la cafetería, Tobias Hawthorne me había seguido la pista. «¿Solo por mi nombre? ¿O tenía otro motivo?», quería saber.
Fui pasando las fotos hasta dar con las dos que buscaba. Jameson había dado en el clavo en los túneles. Le estaba escondiendo algo. Me habían sacado dos fotos con Toby, pero lo único que el fotógrafo había conseguido capturar en ambas instantáneas era la nuca del hombre que estaba a mi lado.
¿Acaso Tobias Hawthorne había reconocido a Toby por detrás? ¿Acaso «Harry» se había dado cuenta de que nos estaban haciendo una foto y se había dado la vuelta a propósito?
Por lo que respecta a las pistas, aquello no daba mucho más de sí. Lo único que demostraba esa recopilación era que Tobias Hawthorne había empezado a seguirme la pista mucho antes de que apareciera «Harry». Revisé el resto de fotografías hasta llegar a mi partida de nacimiento. La firma de mi madre era pulcra, pero la de mi padre era una mezcla de cursiva y letra de imprenta. Tobias Hawthorne había subrayado la firma de mi padre junto con mi fecha de nacimiento.
El 18 de octubre. Ya sabía el significado de eso. Tanto Grayson como Jameson se enamoraron de una chica llamada Emily Laughlin. Su muerte —el 18 de octubre— había separado a los dos hermanos. De algún modo, el viejo había pretendido que yo volviera a unirlos. Pero ¿por qué Tobias Hawthorne había subrayado la firma de mi padre? Ricky Grambs era un inútil y un mal padre. Ni siquiera se había dignado a contestar el teléfono cuando mi madre murió. De haber sido por él, yo habría ido a parar a un hospicio. Con los ojos fijos en la firma de Ricky, deseé comprender por qué Tobias Hawthorne la había subrayado.
Nada.
En un rincón de mi mente, escuché la voz de mi madre. «Tengo un secreto —me había dicho muchísimo tiempo antes de que Tobias Hawthorne me añadiera a su testamento— del día que naciste».
Se refiriera a lo que se refiriera, no iba a adivinarlo nunca ahora que se había ido. Lo único que sabía con certeza era que yo no era una Hawthorne. Si el nombre de mi padre en esa partida de nacimiento no era prueba suficiente, una prueba de ADN ya había confirmado que yo no tenía sangre Hawthorne.
«¿Por qué Toby fue a buscarme? ¿Realmente fue a buscarme?», me pregunté. Me acordé de lo que había dicho Jameson de su abuelo sobre matar a doce pájaros de un tiro. Al volver a rebuscar en ese portafolios, intenté encontrar una pizca de sentido. ¿Qué se me estaba escapando? Tenía que haber algo…
Un golpecito en la puerta fue el único aviso que recibí antes de que el picaporte empezara a girar. A toda velocidad, recogí las fotografías y volví a meter el portafolios en el compartimento secreto.
—Aquí estás. —Alisa Ortega, abogada, era un modelo de profesionalidad. Arqueó las cejas en la expresión que yo llamaba mentalmente la «Mirada de Alisa»—. ¿Estoy en lo cierto si doy por hecho que te has olvidado del partido?
—El partido —repetí sin tener muy claro a qué se refería. Tenía la sensación de que había empezado un partido en el preciso instante en que crucé las puertas de la Casa Hawthorne.
—El partido de fútbol —aclaró Alisa con otra «Mirada de Alisa»—. La segunda parte de tu puesta de largo ante la sociedad texana. Tras la marcha de Skye de la Casa Hawthorne, las apariencias son más importantes que nunca. Necesitamos controlar la narrativa. Esto es como el cuento de la Cenicienta y no un escándalo, lo cual significa que debes representar el papel de Cenicienta. En público. Tan a menudo y de forma tan convincente como sea posible, empezando por hacer uso de tu palco de propietaria esta misma noche.
«El palco de propietaria», me repetí. Ahora lo comprendía.
—El partido —volví a repetir, situándome por fin—. El partido de la NFL. Porque soy propietaria de un equipo de fútbol americano.
Aquello todavía me parecía tan absolutamente disparatado que casi consiguió distraerme de lo otro que había mencionado Alisa, la parte que concernía a Skye. Según el acuerdo que establecí con Grayson, no podía contarle a nadie la implicación de su madre en el intento de asesinato contra mi persona. A cambio, él se había ocupado de todo.
Tal y como había prometido que haría.
—Hay cuarenta y ocho asientos en el palco del propietario —empezó a decir Alisa, activando el modo discurso—. Se crea la disposición general de los asientos con meses de antelación. Solo personas vips. Esto no es solo fútbol americano, es un modo de asegurarte un lugar en una docena de mesas distintas. Las invitaciones están muy codiciadas, todo el mundo quiere una: políticos, famosos, altos cargos… Le he pedido a Oren que investigue a todos los asistentes de esta noche, y tendremos a un fotógrafo profesional preparado para aprovechar las oportunidades de hacer fotos estratégicas. Landon ha preparado un comunicado de prensa que se hará público una hora antes del partido. Lo único que ahora debe preocuparnos es…
La voz de Alisa fue apagándose con delicadeza.
Yo me reí por lo bajo.
—¿Soy yo?
—Esto es como un cuento de la Cenicienta —me recordó Alisa—. ¿Qué crees que se pondría Cenicienta para su primer partido de la NFL?
Aquello tenía que ser una pregunta trampa.
—¿Algo así? —Libby apareció de la nada en el umbral de la puerta. Llevaba una camiseta de los Lone Stars de Texas con una bufanda a juego, unos guantes a juego y hasta unas botas a juego. Llevaba su cabellera azul recogida en unas coletas con un buen puñado de cintas azules y doradas.
Alisa forzó una sonrisa.
—Sí —me dijo a mí—. Algo así, quitando el pintalabios negro, el pintaúñas negro y la gargantilla.
Libby venía a ser la gótica más alegre del mundo y Alisa no era muy partidaria del sentido de la moda de mi hermana.
—Como iba diciendo —continuó Alisa con mucho énfasis—, esta noche es importante. Mientras Avery hace de Cenicienta para las cámaras, yo circularé entre nuestros invitados para hacerme una idea más precisa de sus opiniones.
—¿Sus opiniones sobre qué? —pregunté yo.
Me habían dicho una y mil veces que el testamento de Tobias Hawthorne era invulnerable. Por lo que yo sabía, la familia Hawthorne había aceptado que no podían recusarlo.
—Nunca viene mal tener a un puñado de personas poderosas de tu lado —comentó Alisa—. Y queremos que nuestros aliados estén tranquilos.
—Espero no estar interrumpiendo. —Nash hizo como si nos acabara de encontrar a las tres por casualidad, como si no hubiera sido él quien me había avisado de que Alisa y Libby andaban buscándome—. Sigue, Lee-Lee —le pidió a mi abogada—. ¿Qué decías de estar tranquilos?
—Necesitamos que se sepa que Avery no ha venido a desestabilizar nada. —Alisa evitaba mirar directamente a Nash como quien evita mirar el sol—. Tu abuelo tenía inversiones, socios, relaciones políticas… Esas cosas requieren una minuciosa armonía.
—Lo que quiere decir cuando dice esto —me tradujo Nash— es que necesita que la gente piense que McNamara, Ortega & Jones tiene la situación totalmente bajo control.
«¿La situación? —pensé—. ¿O a mí?». No me entusiasmaba la idea de ser la marioneta de nadie. En teoría, al menos, se suponía que el bufete trabajaba para mí.
Aquello me dio una idea.
—¿Alisa? ¿Te acuerdas de que te pedí que enviaras dinero a un amigo mío?
—Harry, ¿verdad? —contestó Alisa, aunque tuve la clara sensación de que su atención estaba dividida en tres frentes: entre mi pregunta, sus grandes planes para esa noche y el modo en que las comisuras de los labios de Nash se curvaron hacia arriba al ver el atuendo de Libby.
Lo último que necesitaba era que mi abogada estuviera concentrada en el modo en que su ex miraba a mi hermana.
—Sí. ¿Pudiste hacerle llegar el dinero? —pregunté. La manera más sencilla de conseguir respuestas sería localizar a Toby… antes de que lo hiciera Jameson.
Alisa apartó con esfuerzo los ojos de Libby y Nash.
—Por desgracia —respondió con energía—, mis contactos han sido incapaces de dar con el rastro de tu Harry.
Analicé mentalmente las implicaciones de ello. Toby Hawthorne había aparecido por el parque pocos días después de la muerte de mi madre, y menos de un mes más tarde de que yo me fuera había desaparecido del mapa.
—Veamos —dijo Alisa, dando una palmada—, sobre tu ropa…
CAPÍTULO 3
No había visto un partido de fútbol americano en mi vida; pero, como la nueva propietaria de los Lone Stars de Texas, no podía decir la verdad a la multitud de reporteros que se congregaron alrededor del todoterreno cuando estacionamos frente al estadio, de la misma manera que no podía admitir que la camiseta con hombros descubiertos y las botas de vaquera que llevaba se me antojaban tan auténticas como un disfraz de Halloween.
—Baja la ventanilla —me indicó Alisa—, sonríe y grita: «¡Vamos, Lone Stars!».
No quería bajar la ventanilla. No quería sonreír. No quería gritar nada. Pero lo hice. Porque eso era un cuento como el de la Cenicienta, y yo era la estrella.
—¡Avery!
—¡Avery, aquí!
—¿Qué sensaciones tienes para tu primer partido como nueva propietaria?
—¿Tienes algo que decir a quien te acusa de haber agredido a Skye Hawthorne?
No había tenido mucho entrenamiento para la prensa, pero sí el suficiente para conocer la regla básica cuando los reporteros te disparan preguntas a toda velocidad: no hay que responder. A decir verdad, la única cosa que me estaba permitido decir era que estaba emocionada, agradecida, anonadada y abrumada en el sentido más increíble posible.
Así que hice todo lo que pude por expresar emoción, gratitud y sorpresa. Casi mil personas asistirían al partido de esa noche. Millones lo verían retransmitido en todo el mundo y animarían al equipo. A mi equipo.
—¡Vamos, Lone Stars! —grité.
Hice ademán de volver a subir la ventanilla; pero en cuanto acerqué el dedo al botón, una figura se desmarcó de la multitud. No era un reportero.
Era mi padre.
Ricky Grambs se había pasado toda la vida tratándome como si fuera la última de sus prioridades, si llega. Hacía más de un año que no lo veía. Pero ¿ahora que yo había heredado miles de millones?
Ahí estaba él.
Le di la espalda —a él y a los paparazzi— y subí la ventanilla.
—¿Ave?
La voz de Libby sonó insegura. Nuestro todoterreno blindado desapareció hacia las profundidades del estadio para aparcar en un garaje privado. Mi hermana era una optimista. Pensaba lo mejor de todo el mundo, también del hombre que en toda su vida no había movido ni un maldito dedo por ninguna de las dos.
—¿Sabías que iba a estar aquí? —le pregunté con voz grave.
—¡No! —exclamó Libby—. ¡Lo prometo! —Se mordió el labio inferior y se estropeó el pintalabios con los dientes—. Pero solo quiere hablar.
«¿Qué te apuestas?», pensé.
Desde el asiento del conductor, Oren, mi jefe de seguridad, aparcó el todoterreno y habló con calma por el pinganillo.
—Tenemos un frente cerca de la entrada norte. Guardad las distancias, pero quiero un informe completo.
Lo bonito de ser una multimillonaria con un equipo de seguridad a rebosar de veteranos de las fuerzas especiales era que las posibilidades de que volvieran a tenderme una emboscada eran prácticamente nulas. Ahogué los sentimientos que el encuentro con Ricky había reavivado y me bajé del coche para adentrarme en uno de los estadios más grandes de todo el mundo.
—Vamos allá —dije.
—Para que conste —comentó Alisa mientras se bajaba del todoterreno—, el bufete es más que capaz de encargarse de tu padre.
Y eso era lo bonito de ser el único cliente de un bufete de abogados de primerísimo nivel.
—¿Estás bien? —insistió. Alisa no era precisamente una persona sentimental ni cariñosa. Más bien estaba intentando determinar si yo me convertiría en un problema esa noche.
—Estoy bien —contesté.
—¿Por qué no debería estarlo?
Esa voz —grave y aterciopelada— emergió de un ascensor que había detrás de mí. Por primera vez en siete días, me di la vuelta y me encontré de cara con Grayson Hawthorne. Tenía el pelo claro y los ojos grises como el hielo, y unos pómulos tan afilados que podrían considerarse armas. Dos semanas atrás, habría dicho que era el cretino más arrogante, seguro de sí mismo y creído que había conocido en mi vida.
Pero en ese momento ya no tenía tan claro qué decir de Grayson Hawthorne.
—¿Por qué —repitió con mucha claridad mientras salía del ascensor— Avery no iba a estar bien?
—El inútil de mi padre se ha presentado allí fuera —susurré—. No pasa nada.
Grayson me miró con fijeza, sus ojos clavados en los míos, y luego se volvió hacia Oren.
—¿Supone una amenaza?
«Te voy a proteger siempre —me había jurado—. Pero esto…, nosotros… No puede ser, Avery».
—No necesito que me protejas —le dije a Grayson con aspereza—. Cuando se trata de Ricky, soy una experta en protegerme a mí misma.
Pasé junto a Grayson con paso airado y me metí en el ascensor del que acababa de salir él.
El truco cuando a una la abandonan es no permitirse nunca anhelar que vuelva quien se ha ido.
Al cabo de un minuto, cuando las puertas del ascensor se abrieron en el palco del propietario, salí, con Alisa a un lado y Oren al otro, y ni siquiera volví la mirada hacia Grayson. Puesto que había cogido el ascensor para bajar a recibirme, era evidente que ya había estado ahí arriba, probablemente codeándose con todos. Sin mí.
—Avery. Has llegado. —Zara Hawthorne-Calligaris llevaba un fino collar de perlas alrededor del cuello. Había algo en su afilada sonrisa que me hizo pensar que esa mujer, si se le antojaba, podría llegar a matar a un hombre con esas mismas perlas—. No estaba segura de si harías acto de presencia esta noche.
«Y estabas preparadísima para ser el centro de atención en mi ausencia», repliqué para mis adentros. Pensé en lo que Alisa había dicho sobre aliados y poderosos y la influencia que podía comprarse con una entrada en ese palco.
Como diría Jameson: «Que empiece el juego».
CAPÍTULO 4
El palco del propietario tenía una visibilidad perfecta sobre la línea de cincuenta yardas, pero una hora antes del saque inicial nadie miraba el campo. El palco era muy amplio y largo, y cuanto más se alejaba uno de los asientos, más parecía un club o un bar exclusivo. Esa noche yo era el entretenimiento: una rareza, una curiosidad, una muñequita de papel disfrazada para la ocasión. Pasé lo que me pareció una eternidad encajando manos, posando para los fotógrafos y fingiendo entender chistes relacionados con el fútbol americano. Me las arreglé para no quedarme mirando embobada a una estrella del pop, un antiguo vicepresidente y un gigante de la tecnología que, probablemente, hacía más dinero en el tiempo que se tarda en orinar del que la mayoría de las personas ganarían en toda una vida.
Mi cerebro estuvo a punto de dejar de funcionar cuando escuché el tratamiento de «su alteza» y me di cuenta de que había miembros de la realeza entre los asistentes.
Creo que Alisa percibió que estaba llegando a mi límite.
—Es casi la hora del saque inicial —me dijo al tiempo que me colocaba la mano en el hombro con suavidad, seguramente para evitar que me escapara—. Vamos, te acompaño a tu asiento.
Aguanté hasta el medio tiempo, pero entonces hui de verdad. Grayson me interceptó. Sin pronunciar palabra, hizo un gesto con la cabeza hacia un lateral y luego echó a andar, convencido de que lo seguiría.
Muy a mi pesar, lo seguí. Y me encontré ante un segundo ascensor.
—Este sube —me dijo.
Ir a donde fuera con Grayson Hawthorne probablemente era un error; pero, dado que la alternativa era seguir haciendo sociedad, decidí tentar a la suerte.
Subimos en el ascensor juntos y en silencio. La puerta se abrió y quedamos ante una pequeña estancia con cinco asientos, todos vacíos. La visibilidad sobre el campo era todavía mejor que en el palco de abajo.
—Mi abuelo aguantaba en el palco hasta cierto punto, pero cuando se hartaba subía hasta aquí —me explicó Grayson—. Mis hermanos y yo éramos los únicos que podíamos estar aquí con él.
Me senté y observé el estadio. Había tantísimas personas allí congregadas que su energía, su caos, su pura presencia resultaban abrumadores. Sin embargo, allí arriba se estaba en silencio.
—Pensé que vendrías al partido con Jameson. —Grayson no hizo ademán de sentarse, como si no confiara en sí mismo si estaba demasiado cerca de mí—. Habéis estado pasando mucho tiempo juntos.
Ese comentario me irritó por motivos que ni siquiera podía explicar.
—Tu hermano y yo hemos hecho una apuesta.
—¿Qué tipo de apuesta?
No tenía ninguna intención de contestar; pero, tras dejar que mis ojos viajaran hasta los suyos, no pude resistirme a pronunciar lo único que me aseguraría una reacción.
—Toby está vivo.
Para otra persona, la reacción de Grayson quizá hubiera pasado desapercibida, pero yo vi como se sacudía por dentro. No podía despegar sus ojos grises de los míos.
—¿Disculpa?
—Tu tío está vivo y va por ahí, tan tranquilo, fingiendo que es un hombre sin techo de New Castle, Connecticut. —Tal vez podría haber sido un poco más delicada, sí.
Grayson se me acercó. Se dignó a sentarse a mi lado; la tensión se le reflejaba en los brazos cuando colocó las manos, enlazadas, entre las rodillas.
—¿Qué me estás diciendo exactamente, Avery?
No estaba acostumbrada a oírle llamarme por mi nombre. Era demasiado tarde para retirar lo que había dicho.
—Vi una foto de Toby en el guardapelo de tu abuela. —Cerré los ojos al rememorar ese momento—. Lo reconocí. Me había dicho que se llamaba Harry. Jugamos al ajedrez en el parque todas las semanas durante más de un año. —Volví a abrir los ojos—. Jameson y yo no estamos seguros de cuál es la explicación… todavía. Hemos hecho una apuesta para ver quién lo descubre primero.
—¿A quién se lo has contado? —La voz de Grayson era terriblemente seria.
—¿Lo de la apuesta?
—Lo de Toby.
—Nana estaba allí cuando lo descubrí. Iba a contárselo a Alisa, pero…
—No lo hagas —me cortó Grayson—. No le digas una sola palabra de todo esto a nadie. ¿Lo entiendes?
Me quedé mirándolo.
—Empiezo a tener la sensación de que no.
—Mi madre no tiene ninguna manera de recusar el testamento. Mi tía no tiene ninguna manera de recusar el testamento. Ahora bien, ¿Toby? —Grayson había crecido como el heredero forzoso. De los cuatro hermanos Hawthorne, él era quien peor se tomó que lo desheredaran—. Si mi tío está vivo, él es la única persona del planeta que podría ser capaz de romper el testamento del viejo.
—Lo dices como si fuera algo malo —contesté—. Desde mi perspectiva, sin duda. Pero desde la vuestra…
—Mi madre no puede enterarse. Zara no puede enterarse. —Su expresión era intensa, todo su ser estaba concentrado en mí—. McNamara, Ortega & Jones no puede enterarse.
En toda la semana que Jameson y yo llevábamos discutiendo aquel giro de los acontecimientos, nos habíamos centrado por completo en el misterio, no en lo que podría pasar si de pronto resultaba que el heredero perdido de Tobias Hawthorne estaba vivo.
—¿No tienes siquiera un poco de curiosidad? —le pregunté a Grayson—. Sobre qué significa esto, digo.
—Ya sé lo que significa —replicó Grayson secamente—. Te estoy diciendo lo que significa, Avery.
—Si tu tío estuviera interesado en heredar, llegado este punto, ¿no crees que ya habría dicho algo? —inquirí—. A no ser que haya una razón que justifique que siga escondido.
—Pues que se esconda. ¿Tienes idea de lo arriesgado…? —Grayson no pudo acabar de formular la pregunta.
—¿Y qué es la vida sin un poco de riesgo, hermano?
Me volví hacia el ascensor. No me había dado cuenta de que había bajado o vuelto a subir, pero ahí estaba Jameson. Pasó de largo al lado de Grayson y se instaló en el asiento que quedaba junto al mío.
—¿Has hecho algún progreso en nuestra apuesta, Heredera?
Solté una risita desdeñosa.
—A ti te lo voy a contar.
Jameson sonrió con satisfacción y luego abrió la boca para decir algo más, pero sus palabras quedaron ahogadas por una explosión. Más de una. «Disparos», me dije. El pánico empezó a correr por mis venas, y para cuando me quise dar cuenta estaba tumbada en el suelo. «¿Quién está disparando?», me pregunté. Fue como estar en el Black Wood. Igual que en el Black Wood.
—Heredera.
No podía moverme. No podía respirar. Y, de repente, Jameson estaba en el suelo a mi lado. Acercó su rostro al mío y acunó mi cabeza entre sus manos.
—Fuegos artificiales —me dijo—. Son solo fuegos artificiales. Heredera, por el medio tiempo.
Mi cerebro comprendió las palabras, pero mi cuerpo seguía absorto en el recuerdo. Jameson había estado allí conmigo en el Black Wood. Me había protegido con su cuerpo.
—Estás bien, Avery. —Grayson se arrodilló junto a Jameson, a mi lado—. No dejaremos que nada te haga daño.
Durante un momento demasiado largo, en esa estancia no se oyó nada más que nuestra respiración. La de Grayson. La de Jameson. La mía.
—Solo fuegos artificiales —repetí mirando a Jameson, con el corazón encogido.
Grayson se puso de pie, pero Jameson se quedó exactamente donde estaba. Me miraba con fijeza, con su cuerpo pegado al mío. Había algo parecido a la ternura en su expresión. Tragué saliva y luego sus labios esbozaron una sonrisa traviesa.
—Para que conste, Heredera, yo he hecho excelentes progresos en nuestra apuesta. —Recorrió el perfil de mi mandíbula con el pulgar.
Sentí un escalofrío, lo fulminé con la mirada y me puse en pie de un salto. Por el bien de mi propia cordura, necesitaba ganar esa apuesta. Y rápido.
CAPÍTULO 5
Lunes era sinónimo de ir al instituto. Al instituto privado. Un instituto privado con unos recursos al parecer infinitos y un «horario modular», lo cual me dejaba ratos de tiempo libre a lo largo de la jornada. Utilicé todos esos ratos para descubrir lo que pude acerca de Toby Hawthorne.
Ya sabía lo básico: era el más joven de los tres hijos de Tobias Hawthorne y, según la mayoría, el favorito. A los diecinueve años, él y unos amigos se fueron de viaje a una isla privada de la costa de Oregón que pertenecía a la familia Hawthorne. Hubo un incendio devastador y una tormenta tremenda, y su cuerpo no se encontró jamás.
La tragedia llegó a los medios de comunicación, y leer concienzudamente unos cuantos artículos me concedió unos pocos detalles más acerca de lo ocurrido. Cuatro personas se fueron a la Isla Hawthorne. Ninguna de ellas volvió con vida. Se encontraron tres cuerpos. Tras la tormenta en el mar, se dio a Toby por desaparecido.
Descubrí lo que pude sobre las otras víctimas. Dos de ellas eran básicamente clones de Toby: chicos de colegio privado. Herederos. La tercera era una chica, Kaylie Rooney. Por lo que descubrí, se trataba de una adolescente problemática de la zona, natural de un pueblo de pescadores del continente. Muchos artículos mencionaban que la muchacha tenía antecedentes, un expediente juvenil confidencial. Me llevó un buen rato dar con una fuente —aunque no muy respetable, por cierto— que afirmaba que los antecedentes penales de Kaylie Rooney incluían drogas, agresiones e incendio premeditado.
«Ella provocó el incendio —pensé. Esa era la historia que difundió la prensa, sin dar la cara ni decir las cosas por su nombre—. Tres jóvenes muy prometedores y una joven conflictiva. Una fiesta que se fue de madre. Todo consumido por las llamas». La prensa culpó a Kaylie, a veces entre líneas, otras veces de manera explícita. Los chicos fueron idolatrados y engrandecidos y alabados como brillantes ejemplos de sus comunidades. «Colin Anders Wright. David Golding. Tobias Hawthorne II», enumeré. Tanta genialidad y tanto potencial perdidos demasiado pronto.
¿Kaylie Rooney, en cambio? Ella era problemática.
Mi móvil vibró y eché un vistazo a la pantalla. Un mensaje de Jameson: «Tengo una pista».
Jameson estaba en el último curso del Heights Country Day. Se encontraba en algún lugar de ese magnífico campus. «¿Qué tipo de pista?», pensé, pero no quise darle la satisfacción de contestarle al momento. Al rato, mi móvil me informó de que me estaba escribiendo de nuevo.
«Dime lo que sabes», pensé.
Entonces, finalmente, me llegó el mensaje. «¿Quieres subir la apuesta?».
El refectorio del Heights Country Day no parecía una cafetería de instituto. Había largas mesas de madera que iban de punta a punta de la estancia. Cuadros colgados en las paredes. Los techos eran altos y abovedados, y los ventanales estaban hechos de vidrieras. Mientras me compraba la comida, escruté a conciencia el comedor en busca de Jameson…, pero me encontré a otro hermano Hawthorne.
Xander Hawthorne estaba sentado a una mesa, observaba con mucha atención un invento que había colocado en la superficie. El artilugio se parecía un poco a un cubo de Rubik, pero era más largo y sus piezas podían girar y desplegarse en todas direcciones. Sospeché que se trataba de una obra original del mismísimo Xander Hawthorne. Una vez me contó que era el hermano más predispuesto a distraerse con maquinaria compleja… y con bollos.
Aquello me dio que pensar mientras lo observaba cómo manipulaba con los dedos tres piezas de aquí para allá. Cuando sus hermanos estaban inmersos en los juegos de su abuelo, Xander a menudo acababa compartiendo los bollos con el viejo. «¿Hablaron de Toby en alguna ocasión?», me pregunté. Solo había una manera de descubrirlo. Crucé la cafetería para sentarme al lado de Xander, pero estaba tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera me vio. Estaba girando las piezas; de aquí para allá, de aquí para allá.
—¿Xander?
Se volvió hacia mí y parpadeó.
—¡Avery! ¡Qué sorpresa tan bonita y subjetivamente inesperada! —Su mano derecha deambuló por el lateral del chisme y fue hasta la libreta que tenía al lado. La cerró de un golpazo.
Aquello me dijo que Xander Hawthorne estaba tramando algo. Aunque, bueno, yo también.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Eso depende —contestó Xander—. ¿Tienes intención de compartir estas delicias?
Bajé la mirada hacia el cruasán y la galleta que había en mi bandeja y le acerqué la segunda.
—¿Qué sabes de tu tío Toby?
—¿Por qué quieres saberlo? —Xander le dio un mordisco a la galleta y frunció el ceño—. ¿Lleva arándanos secos? ¿Qué clase de monstruo mezcla perlas de azúcar y mantequilla con arándanos secos?
—Bueno, tenía curiosidad —contesté.
—Ya sabes lo que dicen de la curiosidad —me advirtió Xander con alegría y dio otro bocado colosal a la galleta—. La curiosidad mató a… ¡Bex! —Xander engulló el mordisco que acababa de dar, al tiempo que se le iluminaba el rostro.
Seguí su mirada y me encontré con Rebecca Laughlin, que estaba de pie detrás de mí, con una bandeja de comida en la mano y con el mismo aspecto que ofrecía siempre: el de una princesa sacada de un cuento de hadas. La cabellera roja como los rubíes. Los ojos imponentemente abiertos.
«Culpable a más no poder», pensé.
Como si me hubiera leído el pensamiento, Rebecca apartó la mirada al instante. Pude sentir los esfuerzos que hacía para no mirarme.
—Pensé que necesitarías ayuda —le dijo a Xander con timidez— con…
—¡Eso! —la cortó Xander, inclinándose hacia delante.
Achiqué los ojos y volví la cabeza hacia el más joven de los Hawthorne… y la libreta que había cerrado de un golpazo nada más verme.
—¿El qué? —pregunté con recelo.
—Debería irme —dijo Rebecca, que todavía estaba detrás de mí.
—Deberías sentarte y escuchar mis quejas sobre los arándanos secos —la corrigió Xander.
Tras un largo momento, Rebecca se sentó, pero dejó una silla vacía entre las dos. Sus claros ojos verdes viajaron hasta los míos.
—Avery. —Volvió a bajar la mirada—. Te debo una disculpa.
La última vez que Rebecca y yo hablamos, me confesó que había enc
