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El Gran Juego (El Gran Juego 1)

Jennifer Lynn Barnes

Fragmento

cap-1

PRÓLOGO

UN AÑO ANTES

El poder tenía un precio, siempre. La única pregunta era lo alto que podía ser dicho precio y quién iba a pagarlo.

Rohan lo sabía mucho mejor que la mayoría de la gente. También sabía mucho mejor que nadie que no debía tomárselo a la tremenda. ¿Qué suponía perder un poco de sangre o un dedo, o romperle el corazón a un amigo de vez en cuando? Aunque tampoco es que Rohan tuviera amigos per se.

—Pregúntame por qué estás aquí.

La orden, que el Propietario pronunció en voz baja, rasgó el aire como si fuera una espada.

El Propietario del Piedad del Diablo era sinónimo de poder y había criado a Rohan como a un hijo, uno maquiavélico, sin moral y muy útil. Ya de pequeño, Rohan había comprendido que, en ese palacio oculto y subterráneo, la información servía de moneda y la ignorancia era una debilidad.

Sabía que no le convenía preguntar nada.

En lugar de eso, esbozó una sonrisa, la de un canalla, una de las armas de su arsenal, equivalente a cualquier espada o secreto que atesorase.

—Preguntar es para aquellos que no tienen otra manera de obtener respuestas.

—Y tú dominas a la perfección esas otras maneras —reconoció el Propietario—. Observación, manipulación, la capacidad de volverse invisible o de someter a una audiencia a tu voluntad.

—También suelo resultar bastante atractivo.

Rohan estaba jugando a un juego peligroso, pero es que era el único juego al que había jugado en su vida.

—Bien, si no piensas preguntar… —La mano del Propietario se cerró sobre el mango de su elaborado bastón de plata—, entonces dime, Rohan: ¿por qué te he hecho venir?

Ahí estaba. Respondió con la certeza latiéndole en las venas.

—Por la sucesión.

El Piedad del Diablo era, a simple vista, una lujosa casa de apuestas clandestina, conocida únicamente por sus miembros: los extraordinariamente ricos, la aristocracia, personas con influencia. Sin embargo, en realidad, el Piedad era mucho más que eso. Una herencia histórica. Una fuerza de las sombras. Un lugar en el que se cerraban tratos y se decidían fortunas.

—La sucesión —confirmó el Propietario—. Necesito un heredero. Me quedan dos años de vida, tres como mucho. El 31 de diciembre del próximo año cederé la corona.

Cualquier persona habría prestado atención a la cercanía de su muerte, pero Rohan no lo hizo. En doscientos años, el control del Piedad solo había cambiado de manos en cuatro ocasiones. El heredero siempre era joven, y el nombramiento, de por vida.

Era, y siempre había sido, el máximo objetivo de Rohan.

—No soy su única opción como heredero.

—¿Y por qué deberías serlo? —En boca del Propietario, aquella pregunta no era retórica. «Expón tus razones, muchacho».

«Conozco cada palmo del Piedad —pensó Rohan—. Cada rincón en la sombra, cada truco. Los miembros me conocen. Saben que no deben hacerme enfadar. Ya ha comentado mis aptitudes; al menos, las más agradables».

En voz alta, Rohan optó por una táctica diferente.

—Ambos sabemos que soy un excelente bastardo.

—Eres tal como te he moldeado. Pero algunas cosas hay que ganárselas.

—Estoy listo.

Rohan experimentó la misma sensación que cuando pisaba un ring de boxeo para una pelea: el dolor era inevitable, aunque también irrelevante.

—Hay que pagar una entrada. —El Propietario fue directo al grano—. Para obtener el control del Piedad, debes comprar antes tu participación. Diez millones de libras bastarán.

Automáticamente, la mente de Rohan empezó a trazar diferentes caminos hasta la corona. Su sexto sentido se activó ante las posibles opciones.

—¿Dónde está el truco?

—El truco, querido muchacho, es el que han aceptado todos aquellos que nos han antecedido, incluido el heredero del primer Propietario. Está prohibido hacerse rico dentro de las paredes del Piedad y utilizar cualquier influencia que se haya obtenido durante el periodo en que se ha ejercido el cargo. Ni siquiera puedes entrar en sus salas, usar su nombre, acercarte a ninguno de sus miembros ni aceptar sus favores.

Fuera del Piedad, Rohan no tenía nada, ni siquiera apellido.

—Abandonarás Londres en veinticuatro horas y no regresarás a menos que y hasta que hayas obtenido el dinero para pagar la entrada.

Diez millones de libras. Aquello no era un simple desafío. Era el exilio.

—En tu ausencia —continuó el Propietario—, la duquesa te sustituirá como Factótum. Si no consigues el dinero, ella se convertirá en mi heredera.

Ahí estaba: la mano, la apuesta, el riesgo.

—Ve —ordenó el Propietario, bloqueándole el paso hacia sus aposentos—. Ahora.

Rohan conocía Londres. Podía moverse como un fantasma por cualquier parte de la ciudad, tanto en las esferas de la alta sociedad como por los bajos fondos. Sin embargo, por primera vez desde que tenía cinco años, no podía regresar al Piedad.

«Busca una brecha. Una fisura. Un punto débil». Con la mente agitada, Rohan fue a buscar una pinta de cerveza.

Dos perros se peleaban en el exterior del pub que había elegido. El más pequeño tenía el aspecto de una loba y estaba perdiendo la batalla. Puede que intervenir no fuera la opción más sensata, pero, en aquel momento, en lo último que pensaba Rohan era en la sensatez.

Cuando el perro más grande salió despedido, Rohan se restregó la sangre del antebrazo y se arrodilló junto al más pequeño. La perra gruñó. Él esbozó una sonrisa.

La puerta del local se abrió. En el interior, había una televisión a todo volumen desde la que retumbaba la voz de un presentador: «Nos informan de que la primera edición del Gran Juego, la increíble competición anual basada en unos fascinantes rompecabezas mentales y creada por la heredera Hawthorne, la señorita Avery Grambs, ha concluido. El ganador del premio de diecisiete millones de dólares se anunciará mediante una retransmisión en vivo que se producirá en cualquier…».

La puerta se cerró de golpe.

Rohan clavó los ojos en la mirada lobuna de la perra.

—Anual… —murmuró.

Lo que significaba que, al año siguiente, habría otra. Tendría un año para planearlo. Un año para arreglarlo todo. Afortunadamente, Avery Grambs nunca había sido miembro del Piedad.

«Hola, fisura». Rohan se puso en pie y, antes de encaminarse hacia la puerta del pub, bajó la mirada.

—¿Vienes? —le preguntó al animal.

En el interior, el dueño lo reconoció de inmediato.

—¿Qué te pongo?

Pese a que ya no contaba con la protección del Piedad, un hombre con las capacidades y la reputación de Rohan siempre guardaba algún as en la manga.

—Una pinta para mí. Y un filete para ella. —Torció el gesto, subiendo una de las comisuras de sus labios, y añadió—: Y una manera de salir de Londres. Esta misma noche.

CAPÍTULO 1

LYRA

El sueño empezó como siempre, con la flor. Ver la cala en su mano provocaba en Lyra un miedo enfermizo y dulzón. Miró su otra mano, que sostenía los tristes restos de un collar de caramelos. Solo le quedaban tres piezas.

«No».

En algún nivel de su conciencia, Lyra sabía que tenía diecinueve años, pero, en el sueño, sus manos eran pequeñas, como las de una niña. Una gran sombra se cernía sobre ella.

Y, entonces, oía el susurro: «Esto lo ha hecho un Hawthorne».

La sombra (su padre biológico) se daba media vuelta y se alejaba. Lyra era incapaz de ver su rostro. Oía sus pasos subiendo las escaleras.

«Tiene una pistola». Lyra se despertó sobresaltada, con el aliento atrapado en el pecho, el cuerpo rígido y la cabeza… sobre un escritorio. Tras un instante en que su visión dejó de ser borrosa y el mundo real regresó con firmeza a su lugar, Lyra recordó que estaba en clase.

Pero el aula magna en la que se encontraba estaba casi vacía.

—Tienes diez minutos más para acabar el examen.

La única persona con la que compartía la sala era un hombre de unos cincuenta años, ataviado con una americana.

«¿Examen?». Lyra se apresuró a mirar un reloj colgado en una de las paredes. Al ver la hora, la sensación de pánico empezó a disminuir.

—A estas alturas, bien podrías conformarte con un cero —le dijo el profesor, con el ceño fruncido—. El resto de tus compañeros ya ha terminado. Sospecho que no se fueron de juerga toda la noche.

«Claro, la única razón por la que una chica con mi aspecto podría estar tan cansada como para dormirse en clase es porque se ha ido de juerga la noche anterior». Lyra sintió una oleada de irritación, que barrió los restos del miedo que aún persistían de la pesadilla. Miró hacia el examen. Uno de respuesta múltiple.

—Veré qué puedo hacer en diez minutos.

Lyra sacó un bolígrafo de su mochila y empezó a leer.

La mayoría de la gente veía imágenes en su mente, pero, para Lyra, solo había palabras, conceptos y sensaciones. La única vez que había llegado a imaginar algo era en sueños. Por suerte, el hecho de no perderse en imaginaciones mentales la convertía en una lectora muy rápida. Y, también por suerte, la persona que había elaborado aquel examen había utilizado un patrón predecible, uno que le resultó familiar.

Para encontrar la respuesta correcta, bastaba con descodificar las relaciones entre las diferentes opciones propuestas. ¿Había dos opuestas? ¿Una de dichas opciones opuestas se diferenciaba sutilmente del resto? ¿O había dos respuestas que sonaban iguales? ¿O tal vez había una o más respuestas que parecían correctas, pero que con toda probabilidad no lo eran? En eso consistían los test de respuesta múltiple. No era necesario saber nada del tema si se lograba descifrar el código.

Lyra contestó cinco preguntas en el primer minuto. Cuatro en el siguiente. Cuantas más casillas rellenaba, más palpable se hacía el enfado del profesor con ella.

—Me estás haciendo perder el tiempo —declaró—. Y estás perdiendo el tuyo.

La Lyra de antes tal vez se hubiese tomado a pecho el comentario. En lugar de eso, siguió leyendo. «Reconoce el patrón, reconoce la respuesta». Antes de que transcurriera el último minuto, entregó el test, sabiendo exactamente qué vería el profesor al mirarla: una chica cuyo cuerpo, como pensaba la mayoría de la gente, era más el de una juerguista que el de una bailarina.

Aunque ya no era una bailarina. Ya no.

Lyra cogió la mochila, dispuesta a marcharse.

—Espera —ordenó secamente el profesor, deteniéndola—. Voy a corregirlo ahora mismo.

«Voy a darte una lección», eso era lo que había querido decir en realidad.

Lyra se volvió despacio hacia él, lo que le dio tiempo para adoptar una expresión neutral.

Tras corregir las diez primeras respuestas, el profesor solo había marcado un fallo. Continuó frunciendo el ceño y el porcentaje se mantuvo para después mejorar.

—Noventa y cuatro. —Alzó la mirada—. No está mal.

«No ha terminado», pensó Lyra.

—Imagina lo que podrías hacer si te esforzaras un poco más.

—¿Y cómo sabe usted si me esfuerzo o no? —preguntó Lyra.

Lo hizo con voz calmada, pero mirándolo directamente a los ojos.

—Vas en pijama, estás despeinada y te has pasado casi todo el examen durmiendo. —Ah, ahora había pasado de juerguista a perezosa. Con tono severo, el profesor añadió—: Nunca te he visto en clase.

Lyra se encogió de hombros.

—Claro, porque no tengo esta asignatura.

—No tienes… —Incapaz de terminar la frase, clavó sus ojos en los de Lyra—. No tienes…

—No tengo esta asignatura —repitió Lyra—. Me quedé dormida en la clase anterior.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta y enfiló el pasillo hacia la salida. Con grandes zancadas. Tal vez resultara elegante.

Tal vez aún lo fuera.

El profesor la siguió.

—¿Cómo has acertado un noventa y cuatro por ciento de respuestas en el examen de una asignatura en la que ni siquiera estás matriculada?

—Redactar un examen con preguntas trampa es contraproducente si la persona que se examina sabe buscar trampas —le contestó, sin dejar de caminar y dándole la espalda.

CAPÍTULO 2

LYRA

El correo electrónico le llegó esa misma tarde. Remitente: Admisiones, con copia a Tesorería; el asunto: «Créditos no abonados».

Leerlo tres veces no cambió lo que decía.

El teléfono de Lyra empezó a sonar cuando iba por la mitad de la cuarta lectura. «No pasa nada —se dijo a sí misma, más por costumbre que por otro motivo—. Todo va perfectamente».

Preparándose para el impacto, contestó.

—Hola, mamá.

—¡Vaya, pero si te acuerdas de mí! ¡Y tu teléfono funciona! ¡Y no te ha secuestrado ningún asesino en serie obsesionado con las matemáticas y dispuesto a añadirte a su increíblemente siniestra ecuación!

—¿Tu nuevo libro? —adivinó Lyra.

Su madre era escritora.

—¡Mi nuevo libro! Ella es una pirada de los números; le gustan más que las personas. Él es un policía que confía más en sus instintos que en los cálculos de ella. Se odian.

—¿Para bien?

—Para bien. Y, ya que hablamos de química alucinante y de tensión romántica crepitante…, ¿cómo estás?

Lyra hizo una mueca.

—Vaya manera más penosa de cambiar de tema, mamá.

—¡Responde a la pregunta y déjate de evasivas! Tengo mono de hija. Tu padre cree que la primera semana de noviembre es demasiado pronto para sacar la decoración navideña, tu hermano tiene cuatro años y no soporta el chocolate negro y, si quiero que alguien vea comedias románticas conmigo, tengo que atarlo con bridas.

Durante los últimos tres años, Lyra había hecho todo lo posible por parecer normal, por ser normal, una Lyra a la que le encantaba la Navidad, el chocolate negro y las comedias románticas. Y cada día que pasaba fingiendo sentía que moría por dentro un poquito más.

Así fue como había terminado en una universidad a miles de kilómetros de casa.

—Bueno, ¿cómo estás?

Su madre tenía intención de preguntárselo indefinidamente.

Lyra contestó con tres palabras.

—Soltera. Quisquillosa. Armada.

Su madre soltó una carcajada.

—Eso es mentira.

—¿El qué, lo de quisquillosa o lo de armada? —preguntó Lyra.

Ni siquiera se molestó en discutir lo de soltera.

—Lo de quisquillosa —replicó su madre—. Eres una persona buena y generosa, Lyra Catalina Kane, y ambas sabemos que cualquier objeto puede convertirse en un arma si crees de corazón que puedes desfigurar o matar a alguien con él.

La conversación era tan normal, tan «ellas», que Lyra apenas lo soportaba.

—¿Mamá? He recibido un correo de la oficina de Admisiones de la universidad.

Un silencio cayó entre ellas como si fuera un árbol milenario.

—Puede que el último cheque de mi editor se haya retrasado —dijo finalmente su madre—. Y que fuera inferior a lo que esperaba. Pero lo arreglaré, cariño. Todo va bien.

«Todo va bien». Lyra no dejaba de repetirse esa frase desde hacía tres años, desde que el apellido Hawthorne había conquistado las noticias y desde que todos aquellos recuerdos que había logrado reprimir por un buen motivo la habían inundado de nuevo. Uno de ellos en particular.

—Olvídalo, mamá. —Lyra necesitaba colgar. Era más fácil proyectar cierta normalidad con la distancia de por medio, pero, aun así, no le resultaba fácil—. Me tomaré el próximo semestre libre, conseguiré trabajo y buscaré un préstamo, así podré retomar las clases en otoño.

—Ni hablar.

La voz que había pronunciado aquellas palabras no era la de su madre.

—Hola, papá.

Keith Kane se había casado con su madre cuando ella tenía tres años y la había adoptado con cinco. Era el único padre que conocía. De hecho, antes de los sueños, ni siquiera recordaba a su padre biológico.

—Ya nos encargamos tu madre y yo, Lyra.

El tono de su padre no admitía discusión.

La antigua Lyra ni siquiera lo habría intentado.

—¿Y cómo pensáis hacerlo? —insistió.

—Hay alternativas.

Solo por la manera en que había pronunciado «alternativas», Lyra adivinó en qué estaba pensando.

—Mile’s End —dijo.

Era una opción imposible. Mile’s End era más que una casa. Era el desván a dos aguas y el columpio en el porche delantero, y los bosques y el arroyo, y las generaciones de los Kane que habían grabado sus nombres en el tronco del mismo árbol.

Lyra había crecido en Mile’s End. Había grabado su nombre en ese árbol a los nueve años y su hermano pequeño merecía hacer lo mismo. No podían venderla.

—Llevamos tiempo planteándonos recortar gastos —dijo su padre en tono práctico y sereno—. El mantenimiento de esa casona nos está ahogando. Si me deshiciera de Mile’s End, podríamos comprar una pequeña casa en la ciudad, matricularte en un centro de cierta reputación, ahorrar para la universidad de tu hermano. Hay un promotor inmobiliario que…

—Siempre hay un promotor inmobiliario —lo cortó Lyra—. Y tú siempre lo mandas al infierno.

Sin embargo, en aquella ocasión, el silencio al otro extremo de la línea lo dijo todo.

CAPÍTULO 3

LYRA

Correr dolía. Tal vez por eso le gustaba. La antigua Lyra no soportaba correr. Pero la nueva podía hacerlo durante kilómetros y más kilómetros. El problema era que, después de un tiempo, empezó a doler menos. Así que cada día iba un poco más lejos.

Mucho más.

Más a fondo.

Sus padres y amigos se sorprendieron cuando dejó la danza. Había aguantado, fingiendo todo lo que pudo, hasta noviembre de su último año de bachillerato, casi exactamente un año atrás. Pero no era tan buena actriz como para fingir que no había sido bailarina. En el pasado.

Parecía un error haber tirado por la borda aquel futuro por un sueño. Un único recuerdo. Lyra ya sabía que su padre biológico estaba muerto, pero lo que no sabía era que se había suicidado. Que ella había estado allí en ese preciso momento. Había enterrado el trauma en lo más hondo de su alma y esa vivencia ni siquiera existía. Y así, literalmente de la noche a la mañana, había dejado de ser una adolescente feliz y normal.

Había dejado de ser normal. Había dejado de estar bien, por no decir que su felicidad se había esfumado.

Sus padres lo sabían, no lo que había cambiado, pero sí que algo lo había hecho. Había huido a una universidad lejana, aunque ¿con qué resultado? Las becas no daban para mucho. Sus padres le habían dicho que el dinero que faltaba de la matrícula no supondría un problema, pero estaba claro que habían mentido, lo que probablemente significaba que Lyra no había fingido tan bien como pensaba eso de ser normal.

Mientras corría, cada vez más y más lejos, la mente de Lyra solo llegaba a la misma conclusión: «Tengo que dejar la universidad». Eso supondría ganar algo de tiempo, ahorrarles un par de recibos. La idea de dejar la universidad no debería afectarle. Lyra no había hecho muchos amigos durante el semestre, aunque tampoco se había esforzado. Había pasado por las clases como una zombi con intereses académicos. Solo se mantenía a flote.

Lo que era mejor que ahogarse.

Lyra apretó la mandíbula y aumentó el ritmo. No debía de ser bueno llegar tan lejos en la misma salida. Pero, a veces, lo único que se podía hacer era seguir adelante.

Cuando se detuvo, apenas podía respirar. Con la pista borrosa ante sus ojos, Lyra se inclinó, apoyó las manos en las rodillas y tomó aliento. Un imbécil eligió ese preciso momento para soltarle una grosería, como si se hubiera agachado solo para que él la viera.

Un instante después, apareció una pelota de fútbol a sus pies.

Lyra alzó la mirada, distinguió a unos tíos que esperaban a ver cómo reaccionaba y se quedó unos pocos segundos pensando en cuál era el término colectivo que designaba un grupo de gilipollas.

¿Un rebaño?

¿Una bandada?

«No —concluyó Lyra, recogiendo la pelota—. Un circo». Seguramente, el circo de gilipollas no esperaba que le diera una patada a la pelota y la hiciera volar sobre sus cabezas hacia la portería, pero su padre era entrenador de fútbol en un instituto y, cuando el cuerpo de Lyra aprendía a hacer algo, nunca lo olvidaba.

—¡Has fallado! —gritó uno de los tipos con una risotada.

La pelota pegó en un ángulo del larguero, rebotó y fue a dar en la nuca del imbécil que había soltado la grosería.

—No —respondió Lyra—. No lo he hecho.

Dejar la universidad era la decisión correcta. La única posible. Pero, cuando Lyra fue a subir los escalones de la oficina de Admisiones, acabó a una manzana, en la oficina de Correos.

«Lo haré. Solo necesito unos minutos». Lyra se encaminó mecánicamente hacia su apartado de correos. No estaba esperando nada. Era pura procrastinación, pero eso no impidió que girara la llave y abriera el casillero.

En el interior había un sobre de un grueso papel de lino. «Sin remite». Lo sacó. El sobre era más pesado de lo que parecía. «Sin sello». A Lyra se le heló la sangre. Ese sobre, fuera lo que fuese, no se había enviado por correo.

Miró por encima del hombro, con la sensación de que alguien la observaba, y, acto seguido, rasgó el sobre y lo abrió. Contenía dos objetos.

El primero era una hoja de papel fino con un mensaje garabateado con una tinta azul oscura: TE LO MERECES. Nada más leer aquellas palabras, la hoja empezó a deshacerse en sus manos. Unos pocos segundos después, había quedado reducida a polvo.

Completamente consciente de cómo su corazón latía desbocado contra su caja torácica con una fuerza brutal y repetitiva, Lyra metió la mano en el sobre y palpó el segundo de los objetos. Era del tamaño de una carta doblada, pero, al rozar sus bordes dorados con las yemas de los dedos, comprendió que estaba hecho de metal, de un metal muy fino.

Lo sacó del sobre y vio que el metal estaba grabado: tres palabras acompañadas de un símbolo. Reparó en que no era un símbolo. Era un código QR, esperando a que lo escanearan. Al leer las palabras, comprendió exactamente qué sostenía en las manos.

Era una carta dorada, una invitación, una convocatoria. Las palabras grabadas sobre el código eran fácilmente reconocibles, para ella y para cualquier persona del planeta con acceso a los medios de comunicación.

EL GRAN JUEGO.

CAPÍTULO 4

GIGI

¡Gigi Grayson no estaba obsesionada! ¡Ni tampoco iba a tope de cafeína! ¡Y menos aún iba a caerse del tejado! Pero prueba a decirle todo eso a una Hawthorne.

Una mano firme la sujetó del codo. Un brazo trajeado le rodeó la cintura.

Y, acto seguido, Gigi estuvo de vuelta en su dormitorio, sana y salva. Así es como siempre solía ocurrir con su hermanastro Hawthorne. Hacía que las cosas sucedieran al instante. Todo en Grayson Hawthorne respiraba poder. ¡Salía victorioso en cualquier discusión con solo arquear sus puntiagudas cejas rubias!

Aunque puede que existiera la diminuta, minúscula posibilidad de que Gigi sí fuera a caerse del tejado.

—¡Vaya, Grayson, ya te echaba de menos! ¡Toma, un gato!

Gigi aupó rápidamente a Katara (su enorme gata de Bengala, que, de hecho, era prácticamente un leopardo) y la depositó en los brazos de Grayson.

Los gatos eran una táctica excelente para desarmar a cualquiera.

Sin embargo, resultaba imposible pescar a Grayson con la guardia baja. Acarició con mano firme la cabeza de Katara.

—Explícate.

Como el segundo nieto mayor de los cuatro del ya fallecido multimillonario Tobias Hawthorne, Grayson era propenso a dar órdenes.

También tenía la mala costumbre de olvidar que no tenía treinta años, sino que solo era tres años y medio mayor que ella.

—¿Qué quieres que te explique: por qué estaba en el tejado, por qué no te he devuelto las llamadas o por qué te acabo de poner un gato en los brazos? —preguntó alegremente Gigi.

Los ojos gris pálido de Grayson recorrieron la estancia, deteniéndose en los cientos de papeles con esbozos que cubrían todas las superficies: su colchón, el suelo, incluso las paredes. Acto seguido, alzó la mirada hacia ella. Sin pronunciar palabra, Grayson subió con delicadeza la manga izquierda de Gigi. Unas notas bailaban en su piel, recién garabateadas con su caligrafía caótica y enrevesada.

—Me he quedado sin papel. ¡Pero creo que ya casi lo tengo! —exclamó Gigi, esbozando una sonrisa—. Solo necesitaba una perspectiva diferente.

Grayson la fulminó con la mirada.

—De ahí, el tejado.

—De ahí, el tejado.

Grayson depositó a Katara con suavidad en el suelo.

—Me pareció entender que tenías pensado viajar en tu año sabático.

Esa era precisamente la razón por la que había estado evitando sus llamadas.

—Aún me queda tiempo para hacer de Gigi Trotamundos —prometió.

—Después del Gran Juego.

No era una pregunta.

Gigi no se molestó en negarlo. ¿Qué sentido tenía hacerlo?

—Siete jugadores —dijo, con ojos radiantes—. Siete cartas doradas: tres para jugadores elegidos por Avery, y las otras cuatro, pases libres.

Esos pases libres estaban escondidos por todo Estados Unidos en ubicaciones desconocidas. Veinticuatro horas atrás habían proporcionado una pista, la única. ¡Y Gigi Grayson, descifradora de códigos, enigmas y acertijos, ya había encontrado el rastro!

—Gigi… —dijo Grayson en tono calmado.

—¡Ni se te ocurra revelar nada! —soltó Gigi—. El hecho de ser tu hermana ya despertará suficientes dudas, y más cuando todo el mundo sabe que el Gran Juego es un trabajo en equipo.

Un trabajo en equipo entre los hermanos Hawthorne y la heredera Hawthorne, entre los cuatro nietos de Tobias Hawthorne y la adolescente que supuestamente había heredado al azar toda la fortuna del excéntrico multimillonario.

—Da la casualidad de que no he tenido nada que ver con el juego de este año —confesó Grayson—. Avery y Jamie me pidieron trabajar sobre el terreno, en su funcionamiento; así que, para proteger la integridad de los enigmas, no sé nada de ellos.

«No puedes mostrar la mano si no sabes qué cartas tienes», pensó Gigi.

—Me alegro por ti —le dijo—. Pero, aun así, ¡ni una palabra! —Lo miró con firmeza—. Tengo que conseguirlo yo sola.

Grayson respondió al intento de firmeza de Gigi con exactamente dos segundos de silencio, a los que siguió una única pregunta:

—¿Dónde está tu cama?

Gigi no se esperaba ese cambio de tema. «Muy ingenioso», Grayson. Dedicándole la mejor de sus sonrisas, señaló hacia el colchón que había en el suelo.

—Voilà!

—Eso es un colchón. ¿Dónde está tu cama?

La cama en cuestión era una antigüedad de caoba. Antes de que Gigi lograra concebir una explicación lo suficientemente caótica y adecuada que lo distrajera de su pregunta, Grayson se encaminó hacia el armario y lo abrió.

—Es probable que te preguntes dónde está el resto de mi ropa —dijo alegremente Gigi—. Y a mí me encantaría contártelo… Después del juego.

—Me conformaré con cinco palabras o menos, Juliet.

El hecho de que hubiera utilizado su nombre de pila era señal de que no iba a darse por vencido. En el año y medio que había transcurrido desde que conoció a su hermano, Gigi había llegado a la conclusión (gracias a sus poderes de deducción y a cierto fisgoneo) de que el multimillonario Tobias Hawthorne había moldeado a su nieto Grayson desde la tierna infancia para convertirlo en el heredero perfecto: formidable, autoritario, con todo siempre bajo control.

Gigi puso los ojos en blanco y cedió a su petición, remarcando cada palabra con los dedos.

—Un golpe a la inversa —afirmó, sonriendo de oreja a oreja.

Grayson respondió arqueando de nuevo las cejas.

—Un golpe a la inversa es un robo como cualquier otro, con el allanamiento y demás, pero, en lugar de robar, dejas algo —aclaró Gigi.

—¿Y pretendes que crea que tu cama de caoba ahora está en casa de otra persona?

—¡Menuda tontería! —exclamó Gigi—. La vendí por unos pavos e hice un golpe a la inversa con el dinero.

Decidida, Gigi se puso en cuclillas y llamó a Katara para que se acercase.

Anticipando, correctamente, que iba a acabar con una gata enorme en la cabeza, Grayson se arrodilló y posó la mano con suavidad sobre el hombro de Gigi.

—¿Tiene esto que ver con nuestro padre?

Gigi siguió respirando con total normalidad. Siguió sonriendo. El truco para fingir que EL SECRETO era solo un secreto y que ella lo guardaba mejor que nadie se basaba en no permitirse pensar en Sheffield Grayson.

Además, sonreír te hacía más feliz. Eso decía la ciencia.

—Tiene que ver conmigo —afirmó Gigi. Rascó la parte inferior del hocico de Katara y utilizó una de las patas de la gata para señalar la puerta—. Lárgate.

Grayson no se largó.

—Tengo algo para ti. —Metió la mano en la chaqueta de su traje Armani y sacó una caja de regalo negra, de un par de centímetros de altura y quizá el doble de ancha que una caja de galletas—. De parte de Avery.

Gigi clavó su mirada en ella. Cuando Grayson la abrió, el único pensamiento que oía en su cabeza por encima de los retumbantes latidos de su propio corazón era: «Siete cartas doradas: tres para jugadores elegidos por Avery».

—Si la quieres, es tuya.

Grayson pronunció aquellas palabras con tono dócil. No era una persona dócil y eso le indicó a Gigi que aquel regalo no era una tontería ni un juego. Era la manera de Avery de compensar…

«No pienses en ello. Solo sigue sonriendo».

—No pienso decírselo a nadie —prometió Gigi, sintiendo que se le formaba un traicionero nudo en la garganta—. Avery sabe que no lo haré, ¿verdad?

Grayson la miró a los ojos.

—Lo sabe.

Gigi tomó aliento y retrocedió un paso.

—Dile a Avery que gracias, pero no.

No pensaba cargar con la culpa de nadie. No quería su compasión. No quería que Grayson pensara que no era lo bastante fuerte ni durante una milésima de segundo. Que merecía su compasión.

—Si no lo aceptas, tengo instrucciones de ofrecérselo a Savannah.

—Savannah está ocupada —replicó Gigi de inmediato—. Con la universidad. Y el baloncesto. Y la dominación absoluta del mundo.

La hermana melliza de Gigi ignoraba EL SECRETO. Savannah era la lista, la guapa, la fuerte. Estaba centrada, era decidida y la universidad le iba muy bien.

Y Gigi… estaba allí.

Bajó la mirada hacia los garabatos que tenía en el brazo, desterrando la presencia de Grayson de su mente. Podía lograrlo… Todo.

Guardar EL SECRETO.

Proteger a Savannah.

Descifrar el acertijo y conseguir una carta por sí misma.

Y demostrar, de una vez por todas, que tenía lo que hay que tener para ganar.

CAPÍTULO 5

ROHAN

«Si me dieran un billete de diez libras cada vez que alguien me apunta con una pistola en la nuca…», pensó Rohan.

—Dámela.

A todas luces, la voz del tipo de la pistola lo traicionaba, pero parecía no darse ni cuenta.

—Que te dé ¿el qué? —preguntó Rohan, dándose la vuelta y mostrando sus manos vacías.

De acuerdo, un segundo antes no lo estaban.

—La carta. —El hombre agitó el arma ante el rostro de Rohan—. ¡Dámela! Solo quedan dos.

—A decir verdad, ya no queda ninguna —anunció arrastrando las palabras.

—Eso no lo puedes saber.

Rohan sonrió.

—Habré cometido un error.

Percibió sin ninguna duda el instante preciso en que su oponente se daba cuenta: Rohan no cometía errores. Encontró la primera carta que ofrecía el pase libre en Las Vegas y la segunda allí, en Atlanta. Con eso, había pasado a la siguiente fase de su plan.

Desde aquella azotea, las vistas al patio interior más abajo eran excelentes.

—¿Tienes las otras dos que faltan? ¿Las dos? —El hombre bajó la pistola y dio un paso hacia él. Ambas cosas eran un error—. Dame una, por favor.

—-Me alegra ver que tus modales han mejorado, pero prefiero elegir yo mismo mis rivales. —Rohan le dio la espalda al hombre, y a la pistola, y dirigió la mirada hacia el patio interior—. Ella, por ejemplo.

Dos plantas más abajo, una joven con el pelo de color chocolate y una caída ante ella que desafiaba a la gravedad examinaba una estatua.

—A lo mejor, la carta que he encontrado aquí está ahora mismo allí abajo —tarareó alegremente.

Una milésima de segundo después, el hombre que empuñaba el arma salió disparado hacia las escaleras, hacia el patio. Hacia la chica.

—Si le haces daño, te arrepentirás.

Rohan pronunció esas palabras sin acalorarse. No había razón para ello.

La mayoría de la gente tenía la cordura suficiente como para reconocer el momento en que su ánimo cambiaba.

—¡Así es, queridos espectadores! En una nota de prensa, la heredera Hawthorne, Avery Grambs, ha confirmado que, en las últimas cuarenta y ocho horas, se han adjudicado los siete puestos de la edición de este año del Gran Juego.

Sentado en el borde de una cama que no era la suya, únicamente ataviado con un lujoso albornoz de algodón turco, Rohan hacía girar lentamente una navaja entre los dedos. Ser un fantasma tenía sus ventajas. En el año anterior, se había colado y había salido con facilidad de hoteles igual de lujosos o más que este. Se había pasado todo el año obteniendo fondos, contactos, información…, no los suficientes para procurarle el Piedad, pero sí para no dejar cabos sueltos en el plan que tenía entre manos.

—La edición anterior del juego se basó en un todos contra todos —continuó el reportero en la pantalla— y personas de todo el mundo compitieron en una serie de elaboradas pistas y acertijos que los llevaron desde Mozambique a Alaska o a Dubái. En cuanto a esta edición, aún no se han revelado los detalles y las identidades de los siete afortunados participantes son todavía un secreto bien guardado.

No tan bien guardado. No para alguien con las habilidades de Rohan.

—El lugar donde se celebrará el juego también se mantiene en absoluto secreto.

—El término «absoluto» se sobrevalora —comentó Rohan.

Apagó la televisión. Después de presentar la carta dorada, le habían proporcionado la ubicación y la hora en concreto en que pasarían a recogerlo. Se aproximaba el momento y Rohan se dirigió hacia la enorme ducha de la suite.

Se despojó del albornoz, pero conservó la navaja.

Mientras el vapor empañaba los cristales de la mampara, Rohan acarició el vidrio con la punta del filo. Sus modales siempre habían sido delicados, siempre había sabido cuánto tenía que apretar, ya fuera con fuerza o con sutileza. En un gesto suave, atravesó el vapor con la navaja y dibujó seis símbolos en la humedad que se había formado en la superficie del cristal.

Un alfil, una torre, un caballo, dos peones y una reina.

Rohan ya había empezado a clasificar a sus rivales. Odette Morales. Brady Daniels, Knox Landry. Tachó el alfil, la torre y el caballo con la punta de la navaja. Eso solo dejaba a los tres jugadores que tenían una edad similar a la suya, los que apenas alcanzaban los veinte años. Gigi Grayson, a la que había visto desde la azotea. A los otros dos solo los conocía sobre el papel.

Un juego como aquel requería ciertos recursos. Y esos tres eran… posibles opciones.

«Gigi Grayson. Savannah Grayson. Lyra Kane». Solo era cuestión de tiempo saber cuál de ellas le resultaría más útil… y cuál de ellas tenía la versatilidad de la reina.

CAPÍTULO 6

LYRA

Un vehículo con chófer recogió a Lyra en el lugar designado para el encuentro. Un avión privado la llevó de una pista de aterrizaje vigilada a otra. Allí la esperaba un helicóptero.

—Bienvenidos a bordo —dijo una voz desde detrás del aparato.

Un instante después, una silueta alta y delgada lo rodeó y se aproximó.

Lyra lo reconoció de inmediato. Por supuesto que lo reconoció. Jameson Hawthorne era fácil de reconocer.

—Técnicamente, aún no estoy a bordo —señaló Lyra.

¿Había sonado eso mezquino? Tal vez. Sin embargo, se trataba de un Hawthorne y, nada más verlo, el sueño había regresado y, con él, las únicas tres frases que le había dicho su padre ya fallecido y que ella recordaba.

«Feliz cumpleaños, Lyra».

«Esto lo ha hecho un Hawthorne».

Y, a continuación, un acertijo: «¿Cómo empieza una apuesta? Así, no».

—Cuando he dicho «a bordo», no me refería al helicóptero. —Al parecer, James Hawthorne era de esa clase de personas que convertía una mueca en una sonrisa en un abrir y cerrar de ojos—. Bienvenida al Gran Juego, Lyra Catalina Kane.

Había algo, cierta energía negativa, una provocación, en la manera en que había pronunciado aquellas palabras.

—Eres Jameson Hawthorne —dijo Lyra.

No permitió que su voz transmitiera ni un ápice de temor reverencial. No quería que pensara que se sentía intimidada por su presencia, por su aspecto, por la forma de apoyarse despreocupadamente contra el helicóptero, como si fuera una pared.

—Culpable —respondió Jameson—. De hecho, de casi todo. —Entonces, mirando por encima del hombro de Lyra, gritó—: ¡Llegas tarde!

—Si por «tarde» te refieres a «pronto», así es.

Lyra se quedó inmóvil. Reconocía esa voz, igual que su cuerpo conocía una coreografía practicada miles de veces, esos movimientos grabados en su cuerpo pese a que habían pasado décadas, y que la hacían estremecer en cuanto la música empezaba a sonar. Conocía esa voz.

Grayson Hawthorne.

—Tarde, sin duda —dijo Jameson.

—Nunca llego tarde.

—Casi pienso que alguien te ha dado la hora incorrecta —dijo Jameson con aire inocente.

Lyra apenas oía a Jameson porque el único sonido que su cerebro procesaba eran los pasos a sus espaldas, sobre el cemento. Se dijo que era un disparate, que era imposible que notara que Grayson Hawthorne se acercaba.

No significaba nada para ella.

«Esto lo ha hecho un Hawthorne». Ese recuerdo dio paso al siguiente: la voz de su padre sustituida por la de Grayson. «Deja de llamar». Esa fue la apremiante y desdeñosa orden que le había dado la tercera y última vez que había marcado su número de teléfono en busca de respu

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